El Peregrino de la Vía Láctea

Camino

El Camino de Santiago me cambió la vida. Por eso la referencia, a la milenaria Ruta de las Estrellas en esta web, es obligada.
Después de recorrer este Camino, desde Roncesvalles a Santiago, en la primavera del año 2000, tomé decisiones que afectaron considerablemente a mi vida personal y profesional.
Tras recorrer a pie, durante un mes, los casi 800 kilómetros que integran esta Ruta Sagrada, mi percepción sobre la existencia cambió de forma tan drástica, que me sentí incapaz de seguir haciendo lo mismo y viviendo de la misma manera que lo había hecho en los últimos 20 años.
A nivel profesional, decidí dejar el periodismo -que había ejercido con total dedicación durante dos décadas- para adentrarme en el camino de la escritura de novelas; algo que siempre había querido hacer, y que me llevó a descubrir mi auténtica vocación literaria.
Los cambios a nivel personal, relacionados con la espiritualidad y el desarrollo de la conciencia, aún siguen produciéndose. Pero no hablaré de ellos puesto que afectan exclusivamente a mi intimidad.
Desde el 2000, he tomado conciencia de mi condición de Peregrina, y he vuelto cada año al Camino de Santiago; auténtica ruta de transformación interior, para todo el que recorra con sus pies este sendero de iniciación.
Como dice un poema del siglo XIII, sobre esta milenaria ruta: "La puerta se abre a todos, enfermos y sanos, no sólo a católicos, sino aún a paganos, a judíos, herejes, ociosos y vanos; y, más brevemente, a buenos y profanos".

rayita arcoiris

Documental sobre el impacto vital del Camino de Santiago

En noviembre de 2011 he participado en un documental que Patrizia Platè y Clara Navarro, de Hadar Entertainment, están rodando sobre el impacto que el Camino de Santiago tiene en la vida de quienes lo realizan.

documental

En esta sección se han publicado, entre abril y septiembre del 2008, relatos y reflexiones sobre mi experiencia en el Camino de Santiago, que se difundieron paralelamente en el blog de Tristán Llop, cuyo enlace es: http://nuevavibracion.blogspot.com/


Peregrinos

cartel

El pasado 8 de agosto llegó a las pantallas españolas una película francesa que en nuestro país se ha titulado “Peregrinos”, aunque en Francia –donde se estrenó en el 2005- se la llamó “Saint-Jacques… La Mecque”. Es decir: “Santiago… La Meca”.
El argumento de la película podría resumirse diciendo que una madre, cuyos tres hijos están enemistados y no se hablan, establece en su testamento al morir, que éstos deben realizar juntos y a pie el Camino de Santiago, desde la localidad francesa de Le Puy, si quieren cobrar la suculenta herencia que les ha dejado. En caso contrario, esta herencia irá a parar a una institución benéfica.
Con todo el dolor de su corazón, los tres hermanos, una mujer y dos hombres, inician la peregrinación a Santiago, junto con otras seis personas, para poder cobrar la herencia. Lo que seguramente no entraba en sus planes, es la transformación que experimentan durante los dos meses que dura la experiencia.
Viendo la película, que se desarrolla en clave de comedia, tuve la certeza de que tanto la directora como el guionista habían hecho el Camino de Santiago. Así se comprende cómo logran que el espectador-peregrino se identifique totalmente con algunas de las escenas que ven en la pantalla, provocándole la sonrisa, cuando no abiertamente la carcajada.
No desvelaré más aspectos de la película para no fastidiarle a nadie el argumento, si es que tiene pensado verla. Lo que me interesa resaltar en este comentario es que la historia muestra, de forma desenfadada, el aspecto más importante del Camino de Santiago: la transformación.
Ya lo he dicho otras muchas veces: la Ruta de  las Estrellas es un camino de transformación interior, y si esa transformación no se produce, no estamos recorriendo el auténtico Camino.
Puede que hayamos hecho muchos amigos, que lo hayamos pasado fenomenal, que hayamos visto espléndidos paisajes, que hayamos realizado turismo barato o una extraordinaria ruta cultural y gastronómica. ¡Y eso está muy bien! Pero si no se ha producido una transformación interior, de poco nos habrá servido.
Los alquimistas de la Edad Media llamaban al proceso de transmutación de los metales viles en el oro filosofal “Camino de Santiago”. Ellos no recorrían físicamente la ruta, pero le aplicaban su nombre a ese camino de transformación interna, que era lo que realmente significaba la alquimia.
En un libro que he leído últimamente de Leonardo Boff, titulado “Espiritualidad”, reseña una conversación que tuvo con el Dalai Lama. El impulsor de la Teología de la Liberación le pregunta al líder espiritual tibetano: “Santidad, ¿cuál es la mejor religión?”
Y el Dalai Lama, sonriendo, le contestó: “La mejor religión es la que te hace mejor” .
Emulando a Boff, yo preguntaría: ¿Cuál es el mejor Camino?
Y como respuesta aplicaría la del Dalai Lama.
El mejor Camino es el que te hace mejor. El que te transforma interiormente.

(15 de septiembre de 2008)

***

Desde la primavera de 2000, cuando caminé por primera vez por la Ruta Jacobea, he vuelto todos los años al Camino de Santiago para revivir y continuar con ese proceso de transformación interior.

Tras la reciente experiencia por la Ruta de las Estrellas, el Camino me ha dado su última lección: que no hace falta que recorra ningún sendero externo, porque el Camino discurre ahora por mi interior. Allí donde yo esté, allí se encuentra mi Camino.
Muchas gracias a todos los que os habéis acercado al Camino de Santiago a través de mis palabras y… ¡Buen Camino, peregrinos!


Las señales del camino

sennales

La última reflexión sobre el Camino de Santiago que hice antes de verano hablaba sobre la mochila y la necesidad que todos tenemos de aligerar nuestro equipaje de lo innecesario, para que la ruta sea más llevadera. Ahora voy a hablar de las señales del Camino. Esas señales que se sitúan en las encrucijadas, para que no nos perdamos en el sendero, y lleguemos de forma certera a nuestro destino...

La señal más conocida, la que más se identifica con el Camino de Santiago, es la flecha amarilla. Dicen que fue el párroco de O Cebreiro, ya fallecido, Elías Valiña, gran impulsor y estudioso del Camino, el que lo recorrió marcando la ruta con flechas pintadas de amarillo para que los peregrinos pudieran seguirlas y no se perdieran.

Después, cuando el Camino de Santiago cogió el auge que tiene ahora, las instituciones y las distintas asociaciones de amigos del Camino, han ido reponiendo la pintura de esas flechas, y añadiendo azulejos azules con una estrella-concha amarilla, mojones y otras señales indicadoras, con lo que hoy en día es muy difícil perderse al recorrer la Ruta de las Estrellas.

Pero no olvidemos que todo lo que está relacionado con este Camino de Santiago que recorremos por la tierra bajo la Vía Láctea celeste, tiene una simbología en esa otra ruta interior que es la que nos va transformando mientras andamos. Y, como no podía ser menos, también a ese nivel interior tenemos que seguir las señales, si no queremos perdernos. Aunque también es cierto que a veces, para encontrarnos, tenemos que perdernos previamente.

Mientras recorremos a pie el Camino de Santiago o mientras transitamos por nuestra vida cotidiana, son innumerables las señales que nos muestran qué camino hemos de coger en cada momento. De la misma forma que cuando llegamos a una encrucijada en la Ruta Jacobea, una flecha amarilla o una estrella o un mojón con una concha nos dice por donde hemos de continuar, así ocurre también a lo largo de nuestra existencia, si estamos atentos para ver y escuchar.

Puede que las señales de la vida no sean tan evidentes como las que encontramos en el Camino de Santiago, pero lo que sí es seguro es que están ante nuestros ojos; aunque nosotros no podamos verlas en algunos momentos. Son señales que aparecen en muchas formas diferentes y que, en ocasiones, nos dejan aquellos que nos han precedido en el Camino, como ocurre en la Ruta de las estrellas.

Pueden llegar a través de un libro, de Internet, en una conversación escuchada al azar, y hasta en un anuncio de la tele o en el titular de un periódico. El Todo se vale de todo para hacernos llegar sus mensajes. Pero especialmente nos habla en el silencio, a través de esa voz interna que todos percibimos, aún en medio de la agitación de la vida cotidiana, y de las voces estridentes del exterior que intentan confundirnos.

Por eso, si no queremos perdernos en el Camino, en el de Santiago y en el de la Vida, sigamos las señales y continuemos andando hacia ese Ultreya, más allá, que gritaban los peregrinos de la Edad Media cuando llegaban a la meta. Eso sí, sin olvidarnos de descansar, porque a veces hay que hacer un alto en el camino y reponer fuerzas antes de seguir caminando.

(1 de septiembre de 2008)


La mochila: ligeros de equipaje

mochila

La mochila es uno de los elementos básicos para hacer el Camino de Santiago. Durante los días que transitamos por la ruta de las estrellas, la mochila es nuestra más fiel compañera de viaje porque en ella llevamos todo lo que necesitamos para realizar la peregrinación.
         Lo que sucede con la mochila es algo muy curioso, que debería hacernos reflexionar. Hay días que se adapta a nuestra espalda, como si formase parte de ella, y ni siquiera nos damos cuenta de que la llevamos a cuestas. Otros días, la misma mochila, con el mismo peso, se nos clava en las costillas y nos hunde como si fuera una losa.
         La primera vez que hice el Camino de Santiago, mi mochila estaba llena de cosas inútiles. Alguien me aconsejó que debía llevar medicinas para todo, como si a lo largo de la ruta no hubiera cientos de farmacias donde poder adquirir el medicamento apropiado, en caso de necesitarlo. Mi mochila llevaba un botiquín de lo más completo, que ya lo hubiera querido para sí la Cruz Roja.
         Pocos días después de iniciar el Camino, lo que más me dolía, a causa del peso de la mochila, era la espalda. Al llegar a un punto de la ruta, la Divina Providencia hizo que me encontrara “al azar” con un personaje del Camino, al que llamaban “Pablito”. Este hombre, nada más echarme la vista encima, me dijo: “Con todo ese peso en la mochila, no vas a llegar a Santiago”.
         Lo primero que hizo fue ajustármela, pues mi inexperiencia me hacía llevarla colgando, con lo que la mochila tiraba de mí hacia atrás con todo su peso. Nada más ponerla en su sitio sentí un inmenso alivio. Después, “Pablito” –al que no he vuelto a ver nunca más en otras ocasiones por la misma ruta- me aconsejó que me deshiciera de todo lo innecesario y además me regaló una vara de avellano, que todavía conservo, para que pudiera servirme de apoyo.
         No me hice de rogar, y en el primer albergue en el que pernocté después del consejo de “Pablito”, dejé todos los medicamentos y toda la ropa y los utensilios que llevaba “por si acaso”. Me quedé sólo con lo imprescindible y, gracias a que vacié mi mochila, no tengo ninguna duda, pude llegar a Santiago.
         Le estoy inmensamente agradecida a este hombre al que, como digo, no he vuelto a ver. Regalándome sus consejos y su vara de avellano, me hizo un regalo aún mayor al mostrarme que el Camino, el de Santiago y el de la vida, hay que hacerlo, como decía Antonio Machado, “ligero de equipaje”.
         La mochila actuó como un símbolo de todo lo que yo debía abandonar para siempre en el Camino. Y no sólo tuve que vaciar la que llevaba en la espalda, sino  que, mientras continuaba andando por la mágica ruta de las estrellas, también tuve que descargar esa otra mochila que no se ve. La que está repleta de sentimientos, pensamientos, emociones y malas experiencias del pasado que, si no nos deshacemos de ellas, impedirán que lleguemos a nuestro particular y simbólico Santiago.

(15 de julio del 2008)


El eterno ahora del Camino

     tiempo

    Vivir el momento presente. Parece fácil ¿verdad? Sin embargo nuestra mente vaga continuamente del pasado al futuro, sin detenerse casi nunca en lugar en el que estamos, y en el instante que vivimos. El Camino de Santiago te obliga, en cierto modo, a vivir en el presente y a dejarte llevar por ese momento eterno.
         Esta es otra de las cosas que enseña la Ruta de las Estrellas. Mientras andas el Camino, el tiempo adquiere una dimensión y un valor distinto al que le otorgamos en nuestra existencia cotidiana.
Para empezar, lo único que tienes que hacer desde que te levantas a la salida del sol es andar. Ninguna otra obligación te espera en ese día. Te puedes permitir el lujo de ir añadiéndole vivencias a tus días, sin la tiranía de horarios establecidos.
         Lo primero que hice, de forma instintiva, al llegar a Roncesvalles para hacer mi primer Camino fue quitarme el reloj. Y cada vez que regreso a la Ruta de las Estrellas vuelvo a repetir el mismo ritual. Guardo el reloj y no me lo vuelvo a poner hasta que termina mi Ruta.
En una ocasión, incluso, se me olvidó llevármelo y me lo dejé en casa. Pensé: “mejor, está claro que el tiempo que voy a vivir no se puede medir con los parámetros normales de las horas y los minutos”.
         Como siempre, no resulta fácil gozar de esta extraordinaria libertad. Cuando llegamos al Camino estamos demasiado impregnados de nuestros hábitos cotidianos y no nos entra en la cabeza que no hay nada concreto que hacer, ni ningún sitio al que llegar con urgencia.
La ruta que transita por el llamado Camino francés, está tan sobradamente dotada de albergues, bares y tiendas donde pernoctar, comer y comprar lo necesario, que no hace falta correr para llegar a ningún sitio concreto, salvo que tú quieras que ése sea tu objetivo.
Aún así, como digo, los primeros días del Camino resulta difícil dejar el sitio de donde venimos. Nuestro cuerpo ya no está en nuestro hogar, ni en el lugar donde trabajamos. Nuestros pasos nos han llevado lejos de allí. Pero nuestra mente continúa ocupada con los problemas que nos preocupan, con lo que hemos dejado atrás, y esto nos impide vivir el momento presente que nos ofrece la Ruta de las Estrellas.
Con el tiempo –por eso insisto tanto en que dediquemos al Camino todos los días que podamos- poco a poco y paso a paso, ese runrún incesante de la mente se va apagando y empezamos a sintonizarnos con el aquí y ahora que estamos viviendo.
Hasta que un día, casi sin darte cuenta, después de haberte vaciado, el Camino se te mete dentro, te haces uno con él, y en el silencio –sólo roto por los sonidos de la Madre Naturaleza- empiezas a escuchar su voz.
Puede que sea un susurro, que dure sólo un instante, pero es suficiente para que seas consciente de que en esos pocos segundos has conectado más con la Vida que en todas las horas, los días y los años que marcan tu reloj y tu calendario.
Sólo por vivir uno de esos instantes que te permiten saborear el eterno ahora, merece la pena la búsqueda que te lleva a andar cientos de kilómetros por el mágico Camino de Santiago.

(1 de julio del 2008)


“¡Más Camino y menos Compostela!”

compostela

       Hace unos días me preguntó mi madre si era verdad lo que había leído en un libro escrito por un  conocido psiquiatra: Que lo importante de hacer el Camino, no era llegar a Santiago, sino todo lo que se aprende durante el peregrinaje por la ruta de la estrellas. Naturalmente, le contesté que así era, y su pregunta me recordó una anécdota.
         Un hospitalero que conocí en el albergue de Ventosa (Logroño), hace unos años, y que resultó que había nacido en mi misma ciudad, se había dedicado a hacer carteles y a difundir por la Ruta Jacobea una consigna que decía: “Más Camino y menos Compostela”.
         Para los que no lo sepan, la “Compostela” es una especie de certificado que expide en latín la Oficina del Peregrino, al llegar a Santiago, por haber recorrido a pie los últimos cien kilómetros de la Ruta Jacobea.
Miles de personas obtienen cada año su “Compostela” correspondiente -que los acredita como peregrinos que han hecho el Camino “por causa piadosa y devota”- tras haber andado exclusivamente estos últimos cien kilómetros que, a un ritmo normal, pueden hacerse sin dificultad en tres días.
¿Esto es censurable? Claro que no. Nada más lejos de mi intención que censurar esta práctica, cada día más extendida, hasta el punto de que figura en la oferta de agencias de viajes nacionales y extranjeras. Esto ha provocado que un amigo mío haya acuñado la palabra “turigrino” (mezcla de turista y peregrino) para muchos de los que reducen la Ruta Jacobea a estos últimos kilómetros.
El Camino, ya lo hemos dicho, es como la Vida, y cada cual lo recorre como quiere, en el tiempo que considera oportuno, y con la actitud que le da la gana. Sin embargo, si su intención es sólo la de andar los últimos cien kilómetros para conseguir la “Compostela”, se perderá la experiencia y la enseñanza que le ofrece el recorrido completo o más amplio del Camino.
Hay autores, como Juan Pedro Morín y Jaime Cobreros, que dividen el Camino iniciático de Santiago en tres partes: De Roncesvalles a San Juan de Ortega “para asimilarse a los ritmos cósmicos y desprenderse de cargas mentales”.
De Burgos a Astorga, “para terminar de depurarse e iniciar la transformación y regeneración que nos lleva a la muerte iniciática”. Y, por último “desde la subida del Monte Irago –donde se encuentra uno de mis lugares favoritos, la Cruz de Ferro-, en Rabanal del Camino, hasta Finisterre, donde se vive la etapa de liberación”.
Como puede comprobarse, se hace imprescindible vivir todas las etapas para que el peregrino pueda realizar el proceso de transmutación interior que nos ofrece este Camino alquímico. Y la experiencia de este proceso no se puede adquirir andando solamente los últimos cien kilómetros de la Ruta. Por mucho que te den un papel al llegar a Santiago, que certifique tu condición de peregrino.
La meta es el Camino. O,  como decía Ángel, el hospitalero que conocí en Ventosa: “¡Más Camino y menos Compostela!

(15 de junio de 2008)


La búsqueda de sí mismo:
Inicio de la peregrinación

caminando

Me contó mi buen amigo Tristán que, según su padre, Kabaleb, cuando alguien no hace en su interior los cambios necesarios, surge la necesidad del viaje. Estoy segura de que eso es lo que ocurre con relación al Camino de Santiago.
Cuando realicé la peregrinación por primera vez no sabía qué fuerza me empujaba para dejar trabajo y familia y andar, casi 800 kilómetros, por una ruta de la que apenas sabía nada, y que me iba a mantener alejada, durante un mes, de mi casa y de mi ambiente habitual.
Ahora estoy convencida de que ese fuerza que me impulsó a hacer esta peregrinación, no fue otra que la necesidad imperiosa que yo tenía de cambiar mi visión de la vida. Y como no fui capaz de realizar ese cambio por dentro, mi Yo Superior me condujo a experimentar esa transmutación alquímica necesaria, andando por el Camino de Santiago.
Durante mi experiencia en esta ruta, pude comprobar cómo muchos peregrinos no sabían qué estaban haciendo allí. Aunque en todos se podía adivinar un impulso, más o menos claro, de búsqueda de sí mismos.
Luego, con el tiempo, el propio Camino habla a cada uno en su idioma y ofrece respuestas a los interrogantes vitales de cada cual. Aunque claro, esta no es una ley matemática que funciona a la primera, y a veces esa necesidad de cambio nos lleva al Camino de Santiago una y otra vez.
A pesar del despiste inicial que tenemos los peregrinos cuando iniciamos el Camino de Santiago p0r primera vez, hay algunas señales que nos resultan evidentes en cuanto ponemos los pies en la ruta de las estrellas.
La primera es la similitud del Camino con la propia vida. Y, derivada de ésta, te haces consciente de tu condición de peregrino. Sólo estás aquí de paso. Llegas a la Tierra con fecha de caducidad, como los yogures, y lo haces por una razón, con una finalidad que, si no sabes, debes descubrir.
Otra cosa de la que te haces consciente –y cuando hablo de hacerse consciente, no me refiero a una certeza intelectual- es de que sólo te sostienen tus propios pies. Nadie puede andar por ti. El Camino es un viaje solitario, aún cuando haya mucha gente a tu lado.
Y te das cuenta también de que no es lo mismo “conocer el Camino, que andar el Camino”. Existe la costumbre de querer llevar “controlados” todos los aspectos de la ruta. Cuántos kilómetros vas a andar cada día, dónde se ubican los albergues, qué iglesia hay que visitar… Pretendes planificar el Camino, como quieres planificar la vida, pero es imposible.
Se puede llevar una guía, se puede haber mirado cada palmo de la ruta en Internet, se puede “conocer” perfectamente el Camino, aún antes de haber puesto un pie en él. Pero ese conocimiento virtual o intelectual no te servirá de nada.
El Camino, como la vida, hay que andarlo con los pies, y recorrerlo con todos los sentidos. Mojándose con la lluvia, quemándose con el sol y abiertos a cualquier experiencia. Al igual que la existencia, el Camino de Santiago no te descubrirá sus secretos, si no lo vas recorriendo cada día.
Luego, en algún momento, quizás cuando lo hayas hecho muchas veces, te descubrirá el mayor secreto de todos: que tú eres el Camino, y que no hace falta ir a ninguna parte para encontrarte a ti mismo.

Como dec ía Machado: “caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.
Los grandes descubrimientos no ocurrirán hasta que no seas capaz de hacer los cambios interiores necesarios. Mientras llega ese momento, ¡disfruta con alegría de la experiencia que te ofrece la ruta jacobea y… buen Camino!

(1 de junio de 2008)


El peregrino y la muerte

peregrino y muerte

Entre los muchos símbolos que encontramos en el Camino de Santiago, la muerte está muy presente. Suele aparecer en forma de calavera, en los capiteles de algunas iglesias, sobre las puertas, o escondida en los lugares más insospechados Y es que la ruta de las estrellas es un camino iniciático de muerte y resurrección.

            El peregrino que inicia el Camino a pie, no es el mismo que llega a Santiago. En su interior se ha producido una transformación, que pasa por la muerte de su antigua personalidad profana, para renacer a una nueva dimensión sagrada.
         Decía el brujo yaqui don Juan, según cuenta en sus libros Carlos Castaneda, que la muerte camina siempre a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo estirado, y que si miramos de reojo con rapidez, podemos percibir su sombra.
         En uno de los libros de Castaneda, “Viaje a Ixtlan” el chamán le recomienda a su discípulo que utilice a la muerte como consejera, y le obliga a que se pregunte: “¿Cómo puede uno darse tanta importancia, sabiendo que la muerte nos está acechando y nos dará alcance?”
         El proceso de cambio que afecta al peregrino durante su recorrido por el Camino de Santiago, pasa necesariamente por la muerte. Un sendero imprescindible para poder nacer a una nueva vida.
         Hay quien da por terminada la peregrinación con la llegada a la catedral de Santiago de Compostela, donde simbólicamente se ubica la tumba del apóstol. Al hacerlo así, el proceso de la muerte que se ha producido a lo largo del Camino, culmina en esta tumba.
Pero tras la muerte ha de llegar la resurrección, y el peregrino tiene que continuar caminando, durante tres simbólicos días más, para llegar al mar. Allí, en Finisterre, el final de la tierra, el peregrino sube hasta el faro para contemplar la puesta de sol, alcanzando así la fase de resurrección.
Antes de ver cómo el disco solar se sumerge en las aguas, el peregrino se ha desprendido de algunas de sus viejas prendas, que ha llevado durante todo el Camino, y las ha quemado en una especie de altar. Con este gesto, está simbolizando la muerte de esa vieja personalidad que quiere trascender.
Jesucristo resucitó al tercer día de su muerte. De la misma forma, el peregrino, después de llegar a la tumba de Compostela, aún tiene que completar la ruta para resucitar a su nueva personalidad sagrada; la que tendrá que regir su vida a partir de entonces.
Hablamos de símbolos, claro está. Nuestro cuerpo no muere ni resucita a lo largo del Camino. Pero los esquemas que sostenían nuestro mundo, se han derrumbado, han cambiado.
La muerte no ha dejado de acompañarnos desde que damos nuestro primer paso en la ruta de las estrellas, y al final, se ha llevado para siempre a nuestra antigua personalidad. 
Esa muerte, que tantas veces vemos representada durante la ruta por una calavera, camina a nuestro lado. Y haríamos bien en aceptar sus consejos y entregarle de buen grado todo lo que ya no nos sirve para la nueva vida que vamos a emprender a la vuelta del Camino.

Esa muerte diaria que experimenta el peregrino, es absolutamente necesaria para la transmutación que experimentará al final de la peregrinación. De la misma forma que es imprescindible que la oruga muera, para que pueda nacer la mariposa.

(15 de mayo de 2008)


 

¡Bendita locura! El síndrome del camino

        Erro

Hace unos meses leí un reportaje en un periódico, sobre el Camino de Santiago, cuyo título era: “El jubileo nos vuelve locos”. Como subtítulo, podía leerse: “Los psiquiatras descubren el “Síndrome del Camino”, un trastorno agudo en el comportamiento del caminante”.
         Un poco perpleja, pero con verdadero interés, me afané en la lectura del reportaje para comprobar en qué consistía ese “Síndrome del Camino”. También quise comprobar si yo misma padecía del “trastorno agudo” de personalidad que decían los psiquiatras, no se diera el caso de que la ruta de las estrellas me hubiera vuelto loca, y ni siquiera me hubiera dado cuenta.
         El reportaje recogía un estudio llevado a cabo por el Servicio de Psiquiatría y de Atención al Paciente de un hospital de Burgos (una de las ciudades por las que discurre la ruta jacobea) en el que se reflejaba que “cientos de peregrinos” desarrollaban, mientras hacían el Camino de Santiago, un comportamiento “anómalo, peculiar y muy extraño”.
         Cada vez más intrigada, continué leyendo para saber en qué consistía exactamente ese comportamiento “extraño” de los peregrinos. Según el estudio aludido, éstos tenían “brotes psicóticos comunes”, es decir: “alucinaciones, delirios y paranoias”.
         Después de alucinar un buen rato con lo que estaba leyendo (tanto como si estuviera haciendo el Camino) me enteré de que el perfil del peregrino afectado era un hombre de mediana edad, 40 años (con lo que respiré un poco al ser mujer y haber sobrepasado la edad “peligrosa” en más de una década) que presentaba una transformación aguda de su personalidad.
         La “buena noticia”, según se recogía en el reportaje, es que ninguno de los pacientes con este cuadro clínico, necesitó un ingreso prolongado en el hospital –la estancia media fue de diez días- y que la mayoría decidió poner fin a la peregrinación… Aunque algunos obstinados se empeñaron en seguir hasta el final del Camino, haciendo caso omiso a su supuesta “locura”.
         Cada vez más “alucinada”, me interesé por cuáles eran los desencadenantes para que el caminante experimentara lo que el reportaje definía como una “metamorfosis mental y espiritual”.
Según referían a los psiquiatras los propios peregrinos, que sufrían una “misteriosa transformación”, estos desencadenantes del cambio eran:
“Misticismo, fatiga, llagas en los pies, insomnio, el tiempo pausado del caminar y el encuentro con la belleza y el arte” que salpica la ruta jacobea.
Para terminar el reportaje, un psiquiatra puso el ejemplo de una doctora que iba haciendo el Camino de Santiago, acompañada de sus  colegas, y éstos la ingresaron en Burgos porque “empezó a desvariar” y “no era ella”. Ya recuperada, esta médico indicó que “pese a ser atea, había descubierto el Camino”.
“¡Bien por la doctora!”, grité yo al terminar de leer el insólito reportaje, llevada sin duda por esa locura que se debe haber adueñado de mí, después de recorrer desde hace años, de forma recalcitrante, la ruta de las estrellas.
La pregunta que me hice a continuación fue la siguiente: ¿Recorrer el Camino de Santiago nos vuelve locos? Sin duda, pero ¡bendita locura!, diría yo. Y me atrevo a añadir que “La sabiduría divina es locura para los hombres”. 1 Corintios 1,25.
Sí, recorrer a pie el Camino de Santiago puede suponer una metamorfosis interior, que a los ojos de los demás sea considerada como locura. El mundo que vivimos es una creación de nuestra mente, refleja la idea que tenemos de él. Si esa idea cambia, también se transforma nuestro mundo.
Cuando vamos “haciendo Camino al andar”, por la ruta de las estrellas, nuestra mente se va transformando. Las cosas que nos parecían importantes, van perdiendo valor, experimentamos una comunión con la naturaleza, sentimos que formamos parte de ella. Todo lo relativizamos.
La fatiga y el cansancio nos obligan a rendir nuestras barreras mentales. Empezamos a vivir y a disfrutar exclusivamente el momento. Nuestros conceptos de espacio y de tiempo se modifican, se expanden, nuestros sentidos se agudizan y somos capaces de vislumbrar “cosas” y “seres”, que nuestra mente racional no nos permitiría ver en otras circunstancias, aunque estén delante de nuestras narices.
No es extraño que los psiquiatras hablen de “alucinaciones” ni de “misticismo”, pues se percibe la grandeza del Creador y la conexión divina, no sólo en el interior, sino en todo lo que te rodea, a través de cada paso que se va dando por la ruta jacobea.
Sí, está claro que el Camino nos vuelve locos, pero no es una locura que puedan curar los psiquiatras. Es esa locura que nos lleva a alejarnos del mundo de “cordura” que hemos vivido con anterioridad, y nos empuja a descubrir quiénes somos en realidad y qué camino hemos de tomar para regresar a nuestra esencia divina. Insisto: ¡bendita locura!

(1 de mayo del 2008)


La Piedra y la Cruz

cruz de ferro

Aunque estaba a punto de empezar el verano, hacía un frío invernal aquella mañana de primavera. Aún era de noche cuando Estrella salió del albergue de Gaucelmo, en Rabanal del Camino, llamado así por un ermitaño que habitó en esos inhóspitos parajes, varios siglos atrás.
La jornada se presentaba muy larga y ardua hasta recorrer los casi 35 kilómetros que la separaban de Ponferrada; la ciudad que fue una de las principales encomiendas templarias, y la siguiente etapa en el Camino de Santiago que Estrella iba recorriendo desde Roncesvalles.
         Aquella mañana, antes de salir del albergue, Estrella hurgó en el fondo de su mochila buscando una piedra que había traído desde su casa. Durante los días que llevaba recorriendo la Ruta Jacobea, se había olvidado por completo de aquella piedra, hasta el punto de que no sabía dónde la había metido, y temía haberla perdido.
         Repasando la guía, para revisar la jornada que le tocaba recorrer, recordó que ese día le tocaba pasar por uno de los lugares más emblemáticos del Camino de Santiago, la Cruz de Ferro, el punto más elevado de la Ruta Jacobea. Era tradicional que los peregrinos depositaran una piedra en la base de esa cruz, y por eso Estrella se había traído una desde su ciudad.
         Decía la tradición que el actual lugar del monte Irago, donde se ubicaba la Cruz de Ferro, fue en la antigüedad un altar romano dedicado a Mercurio, considerado, entre otras cosas, el dios protector de los caminos, y el mensajero entre los dioses y los seres humanos.
         Por eso aquella mañana Estrella había buscado con tanto interés la piedra que había traído para depositarla a los pies de la Cruz. Cuando la encontró, sonrió satisfecha y la guardó en el bolsillo del forro polar que llevaba puesto, con el fin de tenerla a mano cuando recorriera los ocho kilómetros que separaban el mítico lugar de Rabanal del Camino.
         La subida hacia el pueblo de Foncebadón, que en la Edad Media había contado con dos hospederías, dos hospitales y un convento, no era demasiado pronunciada. En aquellos momentos, el lugar estaba prácticamente deshabitado; pero al recorrerlo, Estrella experimentó cierta sensación de irrealidad.
         “Es como si te introdujeras en el túnel del tiempo –se dijo a sí misma- casi se puede percibir la presencia de los que en otros tiempos habitaron y recorrieron estos parajes”.
         Mientras caminaba, la luz del día había ido ganando terreno a la oscuridad de la noche. Estrella comprobó cómo el sol había ido alzándose por su espalda, iluminando con su presencia aquel hermoso lugar. Pensó que aquellos parajes eran tan bellos, que sobrecogían.
Las nubes algodonosas, de un blanco inmaculado que a veces se teñía de rosado, se enredaban entre los montes dejando al descubierto picos que se empinaban como queriendo tocar el cielo. Algunas de estas cumbres tenían restos de nieve, que se volvían dorados al roce de los rayos de sol.
         Impresionada por el paisaje y respirando el aire frío y limpio de aquel lugar, Estrella apenas se dio cuanta de que su mano izquierda jugueteaba con la piedra que llevaba en el bolsillo. De pronto, divisó de lejos una sencilla cruz de hierro, que estaba sobre un montículo al lado del camino y cerca de una pequeña ermita.
Con una extraña inquietud por dentro, Estrella sintió cómo se le aceleraba el corazón, se acercó a la ermita y dejó su mochila en el suelo. Un grupo de peregrinos bromeaban y se hacían fotos junto a la cruz, subidos al montículo. Otros escribían algo y lo sujetaban como podían en el palo de madera que sostenía la Cruz de Ferro.
Ella prefirió esperar un rato para depositar su piedra cuando los demás se hubieran marchado. Algo en su interior le reclamaba cierta intimidad para llevar a cabo su ofrenda ante el antiguo altar romano dedicado a Mercurio.
         No hizo falta esperar demasiado. Como por arte de magia los peregrinos, que recorrían el Camino a pie o en bicicleta, se marcharon en pocos minutos y Estrella quedó sola ante la Cruz de Ferro.
“Ahora es el momento” –se dijo a sí misma, sin dejar de acariciar la piedra que llevaba en el bolsillo.
         Procurando no resbalarse, Estrella ascendió por el montículo hasta la base de la Cruz. La miró con detenimiento y vio que era una cruz muy sencilla, sin ningún ornamento. Respiró profundamente y observó el bello paisaje que tenía alrededor. Le pareció que aquel lugar era un punto de encuentro entre lo de arriba y lo de abajo: entre el cielo y la tierra.
         Sumida en una extraña emoción, Estrella sacó la piedra que llevaba en el bolsillo, caliente por el contacto con su mano, y la depositó a los pies de la Cruz.
Al hacerlo, ocurrió algo extraordinario. No fue un pensamiento, sino una certeza interior que provenía de dentro de ella misma, y también del exterior. Era como si el cielo y la tierra se hubieran puesto de acuerdo para comunicarle su mensaje
         Sin ningún genero de duda, Estrella supo que ella y la piedra eran lo mismo. Eran seres vivos que estaban hechos de la misma esencia, de idéntica energía. Las dos constituían una unidad, que a su vez formaba parte de todo lo que las rodeaba.
La simbiosis que experimentó con aquella piedra era indescriptible. Se podía decir que lo que ella conocía como Estrella desapareció para hacerse piedra y el mineral dejó de serlo para convertirse en Estrella. Sin embargo, ambas seguían experimentando su propia esencia.
Una fuerte conmoción se apoderó de Estrella y allí, arrodillada a los pies de aquella sencilla Cruz de hierro, junto a la piedra, Estrella estuvo llorando durante un tiempo que no pudo determinar.
En esos momentos, Estrella supo que cuando ella muriera aquella piedra continuaría allí, en ese extraordinario lugar, dando testimonio de su paso por esta Tierra.
Y supo que junto a ella estarían también las piedras que miles y miles de peregrinos han depositado en ese altar, a través de los siglos, a su paso por el mágico Camino de Santiago.

(15 de abril de 2008)


 

En esta primera entrega se publica el relato "La luz", con el que obtuve el primer premio en el certamen convocado por el albergue de peregrinos San Saturnino, de la localidad de Ventosa (Logroño), en el año 2004. Que esta luz os ilumine.

 

La Luz

cebreiro

Estrella no sabía qué estaba haciendo allí. A su alrededor todos dormían, pero ella no podía conciliar el sueño. Y no era por los ronquidos de los peregrinos que tenía en las literas de alrededor. No podía dormir porque durante toda la penosa jornada de ese día, una pregunta había resonado una y otra vez en su cabeza: “¿Qué haces aquí?” Aunque ya llevaba tres semanas andando por el Camino de Santiago, aún no sabía la razón que le había llevado a recorrer aquella ruta milenaria, y algo en su interior le exigía una respuesta a su pregunta. Removiéndose en su saco, recapituló sobre los motivos que la habían llevado a emprender aquella peregrinación. Ella nunca se había planteado recorrer el Camino de Santiago pero, en los últimos meses, todo le hablaba de la ruta de las estrellas. Si ponía la televisión, un anuncio le recordaba que ese año se celebraba el Xacobeo, o bien emitían un reportaje sobre los miles de peregrinos, de todo el mundo, que llegaban hasta Compostela. Si viajaba por carretera, unos enormes paneles publicitarios le anunciaban la histórica ruta. En las librerías, numerosas guías del Camino parecían llamarla desde los expositores. Eso sin contar con las conchas que veía por todas partes, o la necesidad que experimentaba cada noche de elevar la mirada hacia el cielo estrellado, para distinguir el Camino celeste de la vía láctea, extendiéndose en el infinito. Empezó a sentir en su interior que el Camino de Santiago la llamaba y, poco a poco, la posibilidad de emprender esa ruta milenaria fue tomando cuerpo en su cabeza. Primero como una remota idea. Después, como una absoluta certeza. “De acuerdo –se dijo un día para sus adentros- no sé por qué, pero está claro que tengo que hacer el Camino de Santiago”. Los potentes ronquidos de un peregrino alemán atronaban las paredes del albergue. Algunos compañeros de habitación se removían en sus camas, y los muelles de las literas chirriaban en una especie de acompañamiento musical al sonido gutural de los rugidos. Estrella seguía sin poder dormir, y continuó repasando los motivos que la habían empujado a recorrer el Camino de Santiago. Recordó el día en que, sorprendida de su firme resolución y, sin dudarlo más, fijó una fecha para comenzar la peregrinación y empezó con los preparativos del viaje. No fue fácil encontrar a alguien que pudiera hacer su trabajo, y disponer de un mes para recorrer a pie el Camino desde Roncesvalles a Santiago.


Sus amistades le decían que no tenía por qué hacer el Camino completo, que podía elegir un tramo más corto. Los últimos 100 kilómetros, como hacían muchas personas para obtener la Compostela, o dejarlo a medio para continuar en otra ocasión. Pero Estrella no contemplaba esa posibilidad y a todo el mundo respondía: “Si lo hago, quiero hacerlo entero. Quiero andar los casi 800 kilómetros que separan Roncesvalles de Santiago. Para menos no me pongo”.
Ella no había hecho en su vida nada parecido. Su trabajo y su familia la absorvían por completo, y dejar su casa y su empresa durante tantos días, fuera del periodo vacacional veraniego, era algo muy complicado. Pero estaba decidida. Sus hijos eran ya mayores, podían valerse por sí mismos.En cuanto al trabajo, pensó: “Nadie es imprescindible. Somos nosotros los que nos creemos necesarios. Que se apañen sin mi”. Un mes antes de la fecha elegida para iniciar el viaje, Estrella dedicaba una hora diaria a andar por su ciudad, para entrenarse y para “domar” las botas que se había comprado. Luego, ya en el Camino, se daría cuenta de que su entrenamiento –siempre por terreno llano- era a todas luces insuficiente para acometer la dureza de algunos tramos por los que transitaba la ruta. Además de entrenarse físicamente, Estrella compró la mochila, el saco, y una guía del Camino que le ofrecía información pormenorizada sobre las distintas etapas. También empezó a leer todo lo que caía en sus manos sobre la peregrinación a Santiago, despertando con ello sus ansias de emprender cuanto antes el Camino. Conoció a un joven que lo había recorrido a pie varias veces. Y ahora, acostada en la parte de arriba de la litera, Estrella recordó las palabras que éste le había dicho: “El Camino no se hace con las piernas, sino con la cabeza. Si piensas que puedes terminarlo, podrás. Además –añadió- estoy seguro de que tú llegarás a Santiago porque tienes pinta de hyppie”. Recordando esta frase, Estrella sonrió. A sus 45 años no tenía muy claro si “tener pinta de hippie” era un piropo o una conclusión preocupante. El insomnio proseguía. Estrella sacó una pequeña linterna del bolsillo interior del saco, y miró el reloj que llevaba puesto en la muñeca izquierda. Eran las dos y veinte de la madrugada. El tiempo seguía pasando y ella, no sólo continuaba sin poder dormir, sino que cada vez se encontraba más despejada. Alumbrándose con la linterna, y procurando hacer el menor ruido posible, abrió la cremallera de su saco rojo y negro, y bajando por los barrotes de la parte trasera de la litera, llegó al suelo. Notó el frío en sus pies desnudos y, de puntillas, salió de la habitación, sorteando botas y mochilas, para llegar hasta el servicio. Allí vació su vejiga y, con el mismo sigilo, volvió a la cama. Cuando terminó de acomodarse nuevamente en el saco, le vino a la memoria la mala noche que pasó en otro albergue, cuando llevaba sólo seis días de Camino. Desanimada, con fiebre y un intenso dolor por todo el cuerpo, no tuvo fuerzas suficientes para bajar de la litera –siempre le tocaba arriba- y llegar hasta el servicio. Tampoco aquella noche pudo dormir y cuando inició el Camino al día siguiente, estuvo a punto de arrojar la toalla y volverse a casa. Sin embargo, conforme iba andando, el dolor y la fiebre cedieron y su ánimo, aunque había conocido días mejores, fue acomodándose al ritmo de los pasos y, poco a poco, abandonó las tierras sombrías para tornarse algo más luminoso. Ese día fue cuando Estrella descubrió que el Camino se parece mucho a la vida. Que hay momentos buenos y malos, tristes y alegres, gozosos y dolorosos, pero que si estamos aquí es para continuar andando y no permitir que nada nos paralice.


Recordando ahora esos momentos, tan cercanos y tan lejanos a la vez -porque en el Camino el tiempo vivido tiene una dimensión distinta al de nuestra vida cotidiana-Estrella se dio cuenta de que fue después de esa primera semana cuando estuvo más abierta y receptiva a todo lo que el Camino le decía. Y desde entonces -ahora se daba cuenta- fueron muchas las ocasiones en las que percibió el paralelismo entre Vida y Camino. Comprendió el sentido que tenía la mochila en la peregrinación. Esa mochila que al principio le destrozaba la espalda y cuyas correas se le clavaban en los hombros, debido al excesivo peso que cargaba.
Para aliviar ese peso, Estrella tuvo que ir abandonando en los albergues cosas que había llevado “por si acaso”, y que en realidad eran imnecesarias. Y esa noche, acurrucada en su saco, fue consciente de que también en la vida cotidiana es imprescindible aligerar tu equipaje. De pensamientos, personas, circunstancias y aspectos de tu pasado que te pesan y te impiden avanzar en tu camino. Supo que hay que llevar sólo lo necesario y prescindir de lo superfluo. El Camino también le había enseñado, a través del contacto diario con la naturaleza, que vivimos en un mundo de opuestos. Día y noche, frío y calor, luz y oscuridad, y que esos ritmos y ciclos naturales también existen en nuestro interior, formando parte de nuestra esencia como seres humanos. Pero la lección más importante que le había proporcionado el Camino de Santiago era la de la aceptación. Estrella se había dado cuenta de que caminando por la ruta de las estrellas, el peregrino acepta, con total estoicismo, todo lo que le depara el día, y se amolda sin protestar a cualquier circunstancia. Pensó que allí, en el Camino, se esta más predispuesto que en la vida cotidiana a aceptar las cosas que no se pueden cambiar. “Si llueve te mojas y no te enfadas con la lluvia –dijo para sus adentros- si hace sol aguantas el calor. Si al llegar al albergue hay agua caliente te duchas con ella, y si no con agua fría. Si no quedan literas duermes en el suelo. No intentas modificar lo que no tiene remedio, creándote problemas ficticios”. Con una repentina lucidez, Estrella, acompañada por el sonido monótono de los ronquidos de varios peregrinos, empezó a darse cuenta de que, después de tres semanas de ruta, ya no era ella la que andaba el Camino de Santiago, sino que era el Camino el que la había poseído y transitaba a través de ella, empezando a descubrirle sus secretos. Con esta íntima satisfacción instalada en su mente, se relajó y, finalmente, cayó en un profundo sueño. Los susurros de otros peregrinos y un ruido de cremalleras y bolsas de plástico la despertaron. Los primeros rayos de sol empezaban a colarse por las ventanas del refugio, y provocaron que Estrella saltase de la cama precipitadamente. Una de las cosas que más le gustaban del Camino era salir al amanecer, ver cómo el sol ascendía a sus espaldas, escuchar el canto de los pájaros, y respirar el aire fresco de la mañana. Mientras guardaba todo en la mochila se dio cuenta de que ese día se había levantado de muy buen humor. Las escasas horas que había dormido aquella noche le proporcionaron un profundo descanso. Pero sobre todo, lo que más alegraba su ánimo eran las reflexiones a las que había llegado durante la madrugada. Por eso, cuando abandonó el refugio e inició la marcha, el corazón latía rítmicamente en su pecho, mientras en su cabeza rondaba un pensamiento de esperanza: “Quizás el Camino me diga hoy qué es lo que estoy haciendo aquí”.
“¡Buen Camino!” se decían unos a otros cuando coincidían a lo largo de la jornada. Después de varias horas caminando, Estrella seguía reflexionando sobre los motivos de la peregrinación, y deseó de corazón que todos los peregrinos encontrasen lo que habían ido a buscar al Camino de Santiago. Sin embargo, una sombra de duda empezaba a empañar su alma. - Y yo, ¿lo encontraré? –dijo en voz alta.


Continuó andando y al rato, se respondió de viva voz: - ¡Cómo voy a encontrarlo si ni siquiera sé qué estoy buscando! La ruta que había previsto para ese día no tenía excesiva dificultad. Después de tres semanas, sus pies se habían habituado a recorrer kilómetros y su espalda se curvaba flexiblemente para acoger a la mochila, como si ésta ya formara parte de su anatomía. Aún así, los ocho kilómetros de subida hasta el monte O Cebreiro, le estaban resultando más duros de lo que se imaginaba. Su intención era la de pasar este emblemático lugar, situado a las puertas de Galicia, y continuar camino hasta el albergue siguiente. Pero cuando llegó hasta arriba, algo llamó su atención. En una especie de panel, se hablaba de un milagro que se había producido hacia el año 1.300, cuando un pastor, en plena tempestad, subió hasta allí para escuchar misa. El sacerdote le recriminó su esfuerzo, y en ese momento la sagrada hostia se convirtió en carne y el vino en sangre, conservándose allí el grial del milagro. Estrella ya había leído sobre esta leyenda en la guía del Camino que llevaba, sin embargo, algo en su interior la obligó a detenerse. Sin saber muy bien hacia dónde iba, pero con gran decisión, llegó hasta una ermita. Las puertas estaban cerradas pero ella, con curiosidad, se asomó por una grieta que había en la madera. La iglesia estaba a oscuras pero la luz del sol se filtraba por unas ventanas situadas en el muro detrás del altar, donde se encontraba la imagen de Cristo crucificado. La magia de aquellos rayos de luz, formando un triángulo y concentrándose en el centro de la ermita, sobrecogieron el ánimo de Estrella. Fue en ese preciso momento cuando supo qué estaba buscando en el Camino de Santiago y qué es lo que pediría al apostol cuando se postrara ante él en el pórtico de la Gloria: Iluminación. Luz interior que alumbrase su camino, como alumbraba la oscuridad de esa iglesia. Con gran emoción, Estrella escuchó una voz en su cabeza que le decía: “Y las puertas se abrirán” Al mismo tiempo, una mujer le dijo a sus espaldas: - ¿Quieres pasar? - Si, me gustaría –respondió ella- pero la puerta está cerrada. - Yo tengo la llave –dijo la mujer sonriendo- Al abrir las puertas, Estrella pasó dentro y se acercó a la imagen del Cristo, mientras la luz le bañaba el rostro cubierto de lágrimas. A la derecha, vio el cáliz del milagro y una preciosa talla románica de la Virgen y el Niño. No supo decir cuánto tiempo permaneció allí sola, porque todo lo vivido en esos momentos pertenecía a otra dimensión distinta.Al salir de la ermita de Santa María la Real, ya no era la misma persona. Con su mochila a cuestas, emprendió nuevamente su marcha por Camino de Santiago. Ahora ya sabía qué estaba haciendo allí y, además, acababa de descubrir que su nombre era presagio. Porque ella era una de las muchas estrellas que conforman la ruta mágica y milenaria. Por fin había encontrado su Camino.

(1 de abril de 2008)