Los libros de Rosa Villada

MIS ARTÍCULOS MÁS PERSONALES


Mi abuelita y yo

(Este texto es de mi hijo Sergio,
que lo publicó en su blog
Trazo, línea, mancha
en el verano de 2014)
SergioyabuelitaRosa

El pasado domingo 29 de junio falleció la que, desde siempre, ha sido como una segunda madre para mí.

Mis padres se separaron siendo yo muy pequeño y durante una buena temporada estuvimos viviendo en su casa, con ella y mi abuelo. Este último y mi madre siempre estaban trabajando, así que mi abuelita, que era como la llamaba, y yo pasábamos mucho tiempo juntos.

Ella jugaba conmigo, me enseñó a montar en bici, y a veces se enfadaba un poco porque le pintarrajeaba los muebles o pegaba arañas de plastilina en las puertas, cuando jugaba a ser Spiderman.

Mi madre y mis tíos siempre me han contado que con ellos era diferente, toda una campeona en el lanzamiento de zapatilla, pero conmigo tenía una paciencia infinita y jamás me pegó. Bueno, una vez me dio unos azotes, pero me lo busqué yo solito, por tirarme a una piscina sin saber todavía nadar.

Recuerdo, sobre todo, los largos veranos que pasábamos en un chalé que tenía mi abuelo y que, años después, cuando se jubiló, acabaron vendiendo.

Yo pasaba la mañana acosándola para que me hiciera caso mientras ella barría, hacía las camas y preparaba la comida. Era un ama de casa ocupada, pero, al final, siempre conseguía arrastrarla hacia la piscina (aquella a la que me tiré y de cuyo fondo me rescató mi tío Jose) donde jugábamos a que ella era un pulpo y me atrapaba con sus piernas.

También recuerdo cuando fuimos a comprar su casa, en la que murió en su cama, rodeada del cariño de los suyos, y cómo me gustó, en cuanto la vi, la enorme terraza en la que he jugado tantas y tantas horas.

Aunque en sus últimos días apenas nos reconocía y estaba muy desmejorada físicamente yo siempre la recordaré tal y como está en la fotografía en la que aparecemos los dos y que se tomó, imagino, durante algunas navidades, siendo yo un crío.

Y esto es así porque, cada vez que la veía, por muchos años que hubieran pasado, yo siempre me sentía a su lado como un niño feliz.

Te echo mucho de menos, abuelita. Mucho.

Tu marcha hace que me duela el corazón, pero ni todo el dolor del mundo es comparable a lo enormemente afortunado que me siento por haberte conocido. Gracias por haber estado siempre a mi lado.



Mi padre

(14 de abril del 2012)

Manuel Villada

El pasado martes murió Manolo, mi padre. Se tomó su tiempo. Lo hizo despacio, con calma, como había hecho todo a lo largo de su vida. No sólo ahora, que era un anciano, de joven tampoco tenía nunca prisa. Dos días antes de morir me dijo con convicción: “yo ya no hago nada aquí”. En ese momento supe que había aceptado la muerte y que quedaba muy poco para que se fuera. En los últimos momentos casi no podía hablar, apenas le entendíamos, pero la noche anterior a su fallecimiento volvió a expresarme su mayor deseo con total lucidez. Me dijo en un susurro, mientras yo le preguntaba si quería un vaso de leche: “lo que quiero ya es descansar”. Pocas horas después cumplió su deseo y abandonó el cuerpo débil y cansado, que ya no era capaz de albergarle.

Mi padre murió en su casa, con su familia. Rosa María, mi madre, con la que se casó hace 58 años, le cogía la mano en el momento de su muerte. Expiró de manera natural. Había llegado su hora después de 84 años de vida. No estaba enfermo. No pasó por ningún hospital. Se fue consumiendo como una vela, poco a poco, sin prisas. Pero no perdió su intensa luz ni su peculiar sentido del humor. La mayor parte del tiempo mantenía los ojos cerrados a esta realidad. El mundo exterior dejó de importarle, se volcaba en su interior. Era fácil verle sonreír mientras dormía o ensoñaba. Parecía como si estuviera escrutando otros mundos, a los que sólo él tenía acceso. Se preparaba para la muerte.

Dicen que cuando uno muere ve pasar toda su vida, de forma rápida, como si se tratase de una película. No sé si mi padre la habrá visto, pero yo sí he visto pasar ante mí muchos recuerdos desde la infancia. Cuando me llevaba al parque y echábamos migas de pan a las palomas y a los peces que había en el estanque. Cuando llegaba a casa del trabajo y todos los días me traía una chocolatina. Yo se la enseñaba a mi hermano José Ramón, que era un bebé tumbado en su moisés, mientras le decía: “mi papá me ha traído una chocolatina, y a ti no”. Le he visto contándome cuentos todas las noches, alumbrando con su linterna mis pesadillas.

Y los domingos por la mañana cuando mis hermanos Mane, José Ramón y yo, nos metíamos en su cama a escuchar las historias de un negro que conoció en África, llamado “Maloco”, y de cómo un león le hizo una cicatriz de un zarpazo… Mi padre nunca estuvo en África, y la cicatriz que cruzaba su espalda se debía a una operación de pulmón. También he visto nuestros desencuentros, durante mi adolescencia y juventud, cuando mis ansias de libertad y mis ideales chocaban frontalmente con la disciplina que pretendía imponerme. He visto cuando nació mi hijo Sergio y le hice abuelo por primera vez… Después vinieron más nietos, nueve en total, y un bisnieto.

Unos días antes de que mi padre empezase a apagarse, tuve un sueño muy vívido y significativo. Yo quería regalarle un pájaro. Fui a comprarlo y me mostraron una gran jaula atestada de ellos. Estaba tan llena, que los animalitos no se podían mover y se apretujaban contra los barrotes. Enfadada, le dije al vendedor: “yo no quiero esos pájaros, quiero uno que vuele libre”. Entonces apareció un hermoso pájaro sobrevolando nuestras cabezas, y grité: “¡Ese, ese es el pájaro que quiero!” Me desperté bruscamente con la sensación de que el sueño me estaba transmitiendo un importante mensaje. Ya no tengo ninguna duda. En realidad me estaba anunciando que el espíritu de mi padre pronto dejaría su jaula para volar libremente, como el pájaro de mi sueño… ¡Vuela, vuela alto, papi!


La vida sin Falina

(5 de junio de 2010)

Falina

Falina ha muerto. Era mi perra. Ha convivido con nosotros durante quince años, desde que nos la regalaron recién nacida. Fue la única hembra de la camada y era el doble de grande que sus hermanos. Cuando vino a vivir a casa, mis hijos Sergio, Ana y Violeta lo celebraron como un gran acontecimiento. Sobre todo las niñas, que tenían 10 y 6 años y que, desde el primer momento, se responsabilizaron totalmente de la perra, de sacarla, de mimarla. Fue su gran amiga y compañera de juegos. La llamamos Falina, como la novia de Bambi.

Falina conquistó enseguida nuestro corazón y se instaló allí, para no irse ya nunca jamás. Ahora que ha muerto, está todavía más presente. Siempre la consideramos como un miembro de la familia, como alguien muy especial, pues realmente lo era. Era un ser extraordinario que vino a iluminar nuestras vidas. Cuando mis hijas se marcharon a estudiar fuera de Albacete, fuimos mi marido y yo los que asumimos su cuidado. Aunque he de decir que entre la perra y yo siempre hubo una sintonía especial. Podíamos entendernos sólo con mirarnos. Siempre me sorprendía su inteligencia y su gran sensibilidad.

Cuando me preocupaba algo y me encontraba en baja forma, Falina era la primera en notarlo. Se ponía a mi lado y me interrogaba con la mirada, como diciendo: “¿Qué te pasa?”. Yo le respondía hablándole: “No te preocupes, estoy bien, no me pasa nada, es sólo que…” y le contaba cómo me sentía o lo que me inquietaba. Ella me escuchaba. Estoy segura de que me entendía. Su forma de consolarme consistía en lamerme la mano, demostrándome así su cariño. También de esa manera era como me despertaba por las mañanas. Si mi brazo colgaba de la cama me lamía la mano. Otras veces metía su cabeza por debajo para que yo la acariciara. Cuando consideraba que ya había dormido lo suficiente, se ponía de pie sobre sus patas traseras, junto a la cama, y me zarandeaba suavemente con la pata delantera.

Falina ha sido mucho más que un fiel y cariñoso animal de compañía. Ha sido un ser muy querido por mí, y por toda mi familia. Se ha entregado por completo a nosotros, con todo su corazón. Ese mismo corazón enorme que le falló el miércoles, a fuerza de darnos todo su amor. Ha sido mi maestra, un ser único y excepcional que me ha enseñado el amor incondicional, sin esperar nada a cambio. Y no sólo nos ha entregado quince años de su vida, sino que también nos regaló la experiencia de compartir su muerte; unos momentos preciados que nunca olvidaré.

Falina murió como me gustaría morir a mí. En casa, de forma natural, en el que siempre había sido su hogar. Se despidió de la vida y de nosotros dándonos lo mejor de sí misma. Nos mostró la esencia del buen morir, como nos había mostrado la alegria de vivir, que caracterizó toda su existencia. Mi marido y yo estuvimos a su lado, acompañándola hasta el último aliento, acariciándola y haciéndole saber, cada uno a su manera, lo mucho que la queríamos y lo importante que era para nosotros.

Resulta duro volver a casa y ver que no está. Que no sale corriendo a recibirte a la puerta, moviendo el rabo y dando saltos de alegría. Resulta duro vivir sin Falina. Siento como si me hubieran arrancado un trozo… Por otro lado, estoy tranquila. Sé que ella, esté donde esté, se encuentra bien: lo que se incineró fue sólo un cuerpo vacío, viejo y enfermo. Te damos las gracias, Falina, por el regalo de tu vida y de tu muerte. No tengo ninguna duda de que volveremos a encontrarnos. Descansa en paz, amiga.