<?xml version="1.0" encoding="windows-1252"?>
<FictionBook xmlns:l="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns="http://www.gribuser.ru/xml/fictionbook/2.0">
<description>
<title-info>
<author>
<first-name>Rosa</first-name>
<last-name>Villada</last-name>
</author>
<book-title>El color de las palabras</book-title>
<date></date>
<lang>sp</lang>
</title-info>
<document-info>
<author>
<first-name></first-name>
<last-name></last-name>
</author>
<program-used>Book Designer 5.0</program-used>
<date>02/04/2010</date>
<src-url></src-url>
<src-ocr></src-ocr>
<id>BD-42F1FF-66DB-2146-E3A1-2CA5-D676-2AEF08</id>
<version>1.0</version>
</document-info>
<publish-info>
</publish-info>
</description>
<body>
<title>
<p>Rosa Villada</p>
<empty-line/>
<p>El color de las palabras</p>
</title>
<section>
<empty-line/>
<p>A mis padres, Rosa María y Manolo, y a mis hermanos, José Ramón y Manuel Enrique</p>
<empty-line/>
<p>Conocí el bien y el mal pecado y virtud, justicia e infamia; juzgué y fui juzgado pasé por el nacimiento y por la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mí.</p>
<p>Hazrat Inayat Khan</p>
<empty-line/>
<subtitle>Capitulo I</subtitle>
<p>Todos duermen. Yo, sentada frente al mar, contemplo el amanecer.</p>
<p>Aún no sabría explicar por qué al llegar a aquella casa me puse a llorar. Ya han transcurrido varios meses y todavía recuerdo aquel día como si fuera la escena de una película. Como si no hubiera sido yo la protagonista de aquellos acontecimientos que han cambiado mi vida. A veces, nuestra existencia discurre de una forma anodina, como si una mano invisible nos trajera y nos llevase a lo largo de un destino que no controlamos. Pero un día cualquiera, sin que nada nos haga presagiar ningún cambio, esa mano nos suelta y nos invita a vivir por nuestra cuenta y a hacernos merecedores de nuestro propio devenir. Entonces, algo en nuestro interior nos hace intuir que existe una razón para vivir. En esos momentos aún no sabemos cual es. Y somos conscientes de que quizás no lleguemos a averiguarlo nunca. Pero la simple certeza de que la vida tiene un sentido nos despierta y nos da el valor suficiente para adentrarnos en ese misterioso espacio que configura nuestra existencia y el mundo que nos rodea. Al menos eso es lo que me pasó a mí. Cumpliendo la promesa que me hice a mí misma cuando murió Ginés, me dispongo a hablar sobre el secreto que mantuvo oculto durante toda su vida. Y al hacerlo, también me redimo de mi propia vida. Porque todos estamos interconectados y lo que nos afecta a cada uno, también influye en los demás.</p>
<p>Sin saber por qué, cuando crucé el umbral de aquel portal, se me saltaron las lágrimas. Recuerdo que contemplé con resignación los elevados escalones que aparecieron ante mi vista, antes de comenzar a subirlos. Miré hacia arriba, como si tuviera que escalar una alta montaña, y suspiré profundamente al poner el pie en el primer peldaño. "Nada menos que un cuarto sin ascensor", pensé, como si la subida de aquellas escaleras fuera una tarea a la que me sintiera incapaz de hacer frente.</p>
<p>Al llegar al primer descansillo me fijé en que las paredes estaban desconchadas, y un fuerte olor a verdura cocida, mezclado con el de la humedad, me produjo ganas de vomitar. Contuve una arcada y me derrumbé llorando compulsivamente. - ¿Qué hago yo aquí?, me pregunté en voz alta.</p>
<p>Incapaz de seguir subiendo me senté en un escalón y traté de serenarme un poco. No podía presentarme ante aquel hombre en esas condiciones. En realidad, ni siquiera sabía si quería aceptar aquel trabajo. Necesitaba el dinero, eso era verdad, pero en esos momentos yo me encontraba perdida y aquella tétrica escalera, con olor a viejo y a podrido, no invitaba a seguir subiendo.</p>
<p>Cuando una semana antes vi el anuncio en el dominical de aquel periódico, nunca pensé que me llamarían. Y menos aún que me reclamaran con tanta precipitación. Fue Raúl el que me llevó el recorte en el que solicitaban biógrafos a domicilio. "¿Y si escribe su vida?", se leía en un gran titular. "Si quiere contar su historia, pero no se siente capaz, ahora hay empresas que redactan biografías por encargo", rezaba el subtítulo.</p>
<p>Lo que menos se me había pasado por la cabeza era la posibilidad de ejercer como "negro literario", y así se lo hice saber a Raúl. Pero él había insistido:</p>
<p>- Será "negra", en todo caso. Y es mucho mejor escribir la vida de otros a no tener dinero para vivir la propia- me respondió, visiblemente enfadado.</p>
<empty-line/>
<p>Nuestra relación no iba muy bien. Me pregunté si alguna vez había funcionado.</p>
<p>Pero esa pregunta no venía al caso en aquellos momentos, porque me sentía incapaz de responderla. Y tampoco tenía fuerzas para ponerme a discutir con él. Para argumentarle que no me apetecía escribir las batallitas de algún viejo chiflado, cuya aspiración era dejarle una biografía a sus nietos falsa, seguramente- para que éstos tuvieran una buena imagen de él cuando muriera.</p>
<p>Porque estaba claro que los clientes potenciales de "Negro sobre Blanco" así se llamaba la empresa de biógrafos a domicilio para la que iba a trabajar- eran personas mayores que querían dejar a sus descendientes constancia de su vida por escrito. Bien por haber pasado por experiencias sorprendentes, bien por querer transmitir algún tipo de conocimiento o, sencillamente, por satisfacer su vanidad personal.</p>
<p>Así me lo explicó Arturo Calasparra cuando fui a solicitar sin ganas el trabajo, sólo para no tener que aguantar los reproches de Raúl. Enseguida comprobaría que Ginés Alcalá no respondía para nada a las características de lo que Calasparra definió como "cliente potencial".</p>
<p>Recuerdo nítidamente la mala impresión que me causó Arturo Calasparra, que no dejaba de examinarme descaradamente, mientras me explicaba en qué consistía el trabajo. Yo le escuchaba pensando que a veces hay personas que nos repelen, sin que sepamos muy bien el porqué. En este caso, yo definiría nuestro primer encuentro como una "animadversión a primera vista". Al menos por mi parte. Y estoy convencida de que ese tipo de sentimientos siempre son mutuos.</p>
<p>- Vaya, eres culo de mal asiento dijo Calasparra mientras analizaba minuciosamente mi curriculum y, de paso, me miraba el trasero como queriendo hacer un chiste. Yo no veía la gracia por ningún sitio, y aunque intenté forzar una sonrisa de compromiso, no me salió.</p>
<p>- En los últimos diez años has tenido ocho trabajos distintos. No está nada mal, es todo un récord. ¿Te has ido tú o te han despedido? preguntó mirándome por encima de las gafas con sus ojos saltones- Ha habido de todo respondí sin ganas de dar explicacionesTeniendo en cuenta que acababa de cumplir 30 años, mi vida laboral había sido muy intensa. Nunca me gustó estudiar. O mejor dicho, nunca me gustó ir a clase. Me aburría soberanamente. Siempre me sentí rara entre tanta gente. Como si todo el mundo formase parte de un club social al que yo no tenía acceso. Supongo que las circunstancias que rodearon la muerte de mi padre, las continuas depresiones de mi madre y las habladurías sobre mi insólita "enfermedad", acrecentaron el rechazo de los demás y esa sensación mía de sentirme excluida.</p>
<p>Recuerdo que en los años de instituto sólo me gustaba leer. Cualquier cosa que cayera en mis manos era suficiente para que pudiera aislarme de ese mundo que me resultaba hostil, y que no me aceptaba. Durante las clases procuraba pasar desapercibida. Sentarme en algún lugar discreto, lejos de la mirada de los profesores, para continuar leyendo el libro que me ocupase en esos momentos. Solía colocarlo encima de mis rodillas, y mientras el profesor de turno realizaba sus tediosas explicaciones, yo me sumergía en la lectura de aquellas historias ajenas, que me resultaban más gratificantes que la mía propia.</p>
<p>Fui aprobando a trancas y barrancas, y sólo una clase consiguió atraer mi atención: la de Filosofía de mi último año de bachiller. La daba un cura que no tenía nada que ver con el resto del profesorado. Cuando entablé amistad con él comprendí que se sentía tan solo y tan raro como yo. En cierta ocasión me dijo algo que me impresionó bastante, algo que definió como "una crisis de fe".</p>
<empty-line/>
<p>Dijo que la mayoría de la gente estaba confundida porque tenían una visión parcial de Dios. "Sólo lo identifican con el amor y un sin fin de cosas buenas. Pero también es odio. Puesto que nada hay fuera de Él añadió- Dios no sólo es la luz, sino también la oscuridad, y esa oscuridad habita dentro de cada ser humano, aunque la religión oficial no quiera reconocerlo y rechace la maldad". Aquel profesor me recomendó lecturas que yo devoraba, con ansias de explicar un mundo que para mí no tenía sentido. Su repentina muerte me sumió en un aislamiento aún mayor del que tenía antes de conocerle.</p>
<p>Mientras yo repasaba mentalmente aquellos difíciles años, Arturo Calasparra continuaba examinando mi curriculum, deteniéndose en mi último trabajo, el que me proporcionó Matute, y en el que descubrí mi vocación por la escritura.</p>
<p>- Vaya, veo que has trabajado en un periódico.</p>
<p>- Sí, en la sección de sucesos. Estuve dos años, pero cuando terminaron mis contratos temporales me despidieron para no tener que hacerme fija. Lo sentí mucho, porque ese trabajo me gustaba añadí más para mí misma que para darle explicaciones a él- Está mal el curro en los medios ¿verdad? dijo Calasparra queriéndose hacer el simpático- Yo también trabajé en una emisora antes de que tú llegaras al periodismo.</p>
<p>Quizás hayas oído hablar de mí…</p>
<p>Hice un gesto negativo con la cabeza y él continuó:</p>
<p>- Era el director, pero tuve un problemilla con la empresa y me fui de allí. Estaba harto de aquel trabajo en el que sabías cuando entrabas pero no cuando salías. Demasiado sacrificado, no podías tener vida propia. Por eso me fui, negocié mi salida y con el dinero de la indemnización monté esta empresa. Desde entonces vivo como un rajá…</p>
<p>Escuchándole me dio la impresión de que Arturo Calasparra siempre había vivido como un rajá… a costa de putear a todos los que tenía alrededor. Su abundante mata de pelo negro le provocaba unas ondas pasadas de moda, que le daban un aspecto antiguo. Seguramente no tendría más de 40 años, puede que menos, pero su papada y sus ojos de rana le hacían parecer mayor, y daban a su rostro un aire de bobalicón. De esos que parecen niños grandes, pero a los que no hay que perder de vista porque a la menor ocasión te clavan el puñal por la espalda. Sin saber por qué sentí cierta repugnancia.</p>
<p>Mientras Calasparra me explicaba en qué consistía el trabajo "si es que eres tan afortunada como para que contemos contigo" me dijo observándome descaradamente las tetas- yo experimentaba cada vez más repulsión por aquel hombre que no dejaba de desnudarme con la mirada. Decidí cortar cuanto antes aquella conversación y escapar de aquel lugar al que sólo había acudido para poder decirle a Raúl esa noche que había solicitado el trabajo.</p>
<p>Días después, sentada en aquellas mugrientas escaleras, algo más serena que cuando llegué, pensé que aquella casa no tenía nada que ver con la idea que yo me había forjado del lugar donde debía vivir la clase de persona que contrata a alguien para escribir su biografía. Y tampoco se ajustaba a lo que me había dicho Arturo Calasparra quien, muy a mi pesar, se había convertido en mi jefe.</p>
<p>- Nuestros clientes potenciales suelen ser personas de dinero. No demasiado ricas, porque esos ya son famosos de por sí y lo que quieren es pasar desapercibidos, pero sí lo suficiente como para poder pagar nuestras tarifas, que oscilan entre los 5000 y los 10.000 euros, dependiendo de las condiciones del contrato.</p>
<empty-line/>
<p>- ¿Y cual será mi papel? ¿Tendré que enseñarle lo que escribo? pregunté de mala gana, todavía sorprendida por la repentina llamada telefónica en la que Calasparra me informó de que había tenido "la inmensa suerte" de ser seleccionada para el trabajo- Naturalmente respondió- ten en cuenta que tú no figuras para nada. Aunque pueda parecer ingrato, el nombre del verdadero autor, el tuyo en este caso, queda escondido en el más absoluto anonimato. Es el cliente el que firma la autobiografía, y tú te limitas a escribirla.</p>
<p>"Mira qué bien me dije entonces- yo sólo me limito a hacer todo el trabajo, y él es quien figura como autor". Cuanto más lo pensaba, más me repugnaba aquel hombre y el papel que yo iba a asumir. No sólo no me gustaba sino que me parecía algo indecente. Por dentro me sentía como si fuera cómplice de un engaño a gran escala, protagonista de una situación que, por principios, rechazaba.</p>
<p>Arturo Calasparra seguía dándome explicaciones sobre el trabajo, pero yo las oía lejanas. No dejaba de escuchar otra voz que resonaba en mi mente y me repetía:</p>
<p>"Tú que odias el engaño, que aborreces la mentira, y ahora no tienes más remedio que prestarte a una farsa"… Y así era, la voz de mi conciencia, o lo que coño fuera aquello, había pronunciado las palabras clave: "No tienes más remedio".</p>
<p>La voz de Calasparra interrumpió mi rumiar mental para preguntarme:</p>
<p>- Bueno, ¿te interesa el trabajo o qué?</p>
<p>Me escuché a mi misma respondiendo con poca convicción:</p>
<p>- Claro que me interesa.</p>
<p>El llanto desconsolado de un niño pequeño me hizo salir de mi ensimismamiento, y me devolvió a la realidad de aquellas mugrientas escaleras. Por un instante tomé la determinación de levantarme y continuar subiendo, pero cuando iba a hacerlo me faltó el impulso necesario y nuevamente dudé sobre la conveniencia de empezar aquel trabajo. Al comprobar que me habían fallado las fuerzas para ponerme de pie, me sentí, como otras tantas veces, una persona débil y abrumada, incapaz de tomar decisiones. Y casi de inmediato, como acompañando este pensamiento, la imagen de mi madre acudió a mi mente, sumiéndome en una apatía aún mayor, lo que provocó que las lágrimas acudieran nuevamente a mis ojos.</p>
<p>Por aquella época, siempre que pensaba en mi madre sentía una honda tristeza instalándose en mi pecho, y volvía a experimentar hacia ella sensaciones contradictorias. Por una parte odiaba a mi madre y este sentimiento me producía malestar y remordimientos. Pero no podía evitarlo. Estaba convencida de que ella, Virtudes Salgado, era la culpable de que yo no tuviera el empuje suficiente para afrontar con valentía los problemas de la vida. Su educación rígida y siniestra, las continuas alusiones a que yo era débil, como mi padre, y que no servía para nada, habían hecho mella permanente en mi ánimo.</p>
<p>Por otra parte, también sentía cariño y una inmensa lástima hacia ella. Sobre todo desde que su depresión crónica había derivado hacia una fuerte demencia, que mantenía a mi madre recluida en un centro psiquiátrico. Quizás porque nunca había superado el suicidio de mi padre, que se produjo cuando yo era sólo una niña.</p>
<p>El recuerdo que yo mantenía de mi padre, del cariño que me demostraba cuando jugaba conmigo, hizo que tuviera fuerzas suficientes para ponerme en pie y continuar subiendo aquellas escaleras que me conducían a un trabajo que no quería hacer, y hacia un destino incierto. Pero cualquier cosa era mejor que enfrentarme aquella noche a Raúl y mantener una nueva discusión con él.</p>
<p>Mientras seguía subiendo los incómodos escalones, me pregunté por qué reñía tanto con mi novio y por qué no había tenido el valor suficiente para cortar la relación con él. Al pensar en ello noté cómo las fuerzas me faltaban nuevamente, y al llegar al descansillo del tercer piso me detuve unos instantes, con la respiración entrecortada, a tomar aliento. No era sólo el cuerpo el que demostraba fatiga. El desánimo me nacía del alma.</p>
<p>Debería haber cortado con Raúl el mismo día en que descubrí que se seguía acostando con su ex mujer. En aquel momento algo se rompió para siempre en la relación, y yo tenía la íntima convicción de que me chuleaba emocionalmente. Pero no encontraba fuerzas para romper con él y llegué a asumir la situación con una apatía e indiferencia que me hacían odiarme a mí misma. Nada era claro y diáfano entre nosotros. Oficialmente, Raúl no vivía conmigo porque, según le había dicho el psicólogo de familia, al que él y su ex mujer acudieron tras su divorcio, eso podía ser perjudicial para los dos hijos pequeños que habían tenido en su matrimonio.</p>
<p>Lo que no impedía, sin embargo, que Raúl pasara en mi casa las noches que le apetecía, ni tampoco que durmiera de vez en cuando en su antiguo domicilio familiar ahora de Aurora, su ex mujer- siempre, según decía él, por el bien de sus hijos. Unos niños por los que, según confieso, yo no experimentaba ninguna simpatía. Me parecían impertinentes y malcriados, siempre dispuestos a sacar provecho, material y emocionalmente, de la separación de sus padres.</p>
<p>Las pocas ocasiones en las que nos juntábamos los cuatro, yo hacía de tripas corazón e intentaba ser amable con ellos. Pero aquellos monstruos enanos no me lo ponían nada fácil y se aliaban con su padre, para que yo me sintiera excluida del grupo. Cosa que conseguían, haciéndome sentir como una especie de perversa madrastra de Blancanieves, que había irrumpido en su vida sólo para estropear la armonía familiar. Nada más lejos de la verdad, puesto que cuando yo conocí a Raúl, él ya llevaba más de un año separado de su mujer. Si es que a aquella confusa situación que mantenía con Aurora se le podía llamar separación.</p>
<p>En aquellos últimos meses, en los que yo había pasado de tener un trabajo agotador en el periódico, a quedarme en el paro con todo el tiempo del mundo para pensar, había dado muchas vueltas a nuestra absurda relación. En el fondo de mi alma sabía con toda certeza que Raúl se seguía acostando con su ex mujer. Él lo negaba y me juraba que sólo había sido algo fortuito, que no volvería a ocurrir. Lo peor de todo no es que no le creyera. Lo peor era que nuestra relación había llegado a un punto en el que a mí todo me daba igual. A pesar de eso, en aquel instante algo en mi interior me dijo: "Quién sabe si cuando aceptes este trabajo encuentras la fortaleza suficiente para romper con alguien que no te aporta nada".</p>
<p>Animada con este pensamiento optimista el primero que tenía en mucho tiempo- subí con resolución los escalones que me quedaban hasta el cuarto piso donde vivía el hombre cuya biografía tenía que escribir. Antes de llamar a la puerta saqué una libreta de mi mochila y miré su nombre. Volví a guardar el cuaderno y, suspirando profundamente, llamé al timbre. Esperé unos instantes y, como nadie respondía, volví a llamar. Aguardé un tiempo prudencial y ya me disponía a marcharme, un tanto decepcionada, cuando la puerta se abrió.</p>
<p>Ante mí apareció un hombre mayor, cuya edad no supe determinar. Alto y de aspecto fornido, que me miraba con ojos interrogantes. Nada más verlo, me invadió una corriente de simpatía hacia aquel desconocido. Sin poder recordar su nombre, que acababa de mirar en mi libreta, esbocé una sonrisa y dije lo primero que me vino a la cabeza:</p>
<p>- Soy su negra. </p>
<p>- ¿Cómo dices? me interrogó él con cara de asombroProcurando disimular la intensa sensación de ridículo que experimentaba, añadí:</p>
<p>- Quiero decir que soy su biógrafa, la persona que ha contratado para que escriba su vida.</p>
<p>- Ah claro, no entendía lo que me decías. No tengo mucha costumbre de recibir visitas dijo a modo de justificación- Pero pasa, no te quedes en la puerta. Mi nombre es Ginés añadió mientras me tendía una mano fuerte, aunque algo deformada por la artrosisGinés Alcalá.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO II</subtitle>
<empty-line/>
<p>La casa no se parecía en nada ni al portal ni a las tétricas escaleras que tanto trabajo le había costado subir.</p>
<p>- Pasa le dijo Ginés- estás en tu casa. Es un piso modesto, pero muy acogedor. Ya que en la calle hay tanta hostilidad, uno debe procurarse un entorno agradable para vivir.</p>
<p>Perdona, no me has dicho tu nombre.</p>
<p>- Me llamo Iris.</p>
<p>- No es un nombre muy corriente, pero es bonito añadió Ginés- suena bien.</p>
<p>- En realidad ese no es mi verdadero nombre. Me llamo Rosario Villaverde, pero de pequeña mi padre empezó a llamarme Iris, y todo el mundo me llama así.</p>
<p>Iris estuvo tentada de contarle a aquel hombre, al que acababa de conocer, por qué su padre le puso ese nombre. Pero se calló. Sólo su madre y Matute sabían la razón de ese apodo. Ni siquiera se lo había contado a Raúl. Al poco tiempo de conocerle intentó hablarle de su misteriosa "enfermedad", pero él creyó que estaba de broma y no le hizo mucho caso. Esto provocó que Iris se replegase de nuevo en su secreto, y nunca había vuelto a hablar de ello ni con él ni con nadie más. Ahora, mientras se introducía en aquella casa, se sintió un poco desconcertada por el impulso irresistible que había tenido de contárselo a aquel desconocido.</p>
<p>La casa le pareció a Iris mucho más que un entorno agradable para vivir, como la había definido Ginés. La estancia principal era amplia y luminosa. Estaba repleta de libros, y ese detalle le agradó.</p>
<p>- El piso es viejo, pero está rehabilitado le mostró Ginés- Esta habitación tan grande es la suma de tres. Vivo solo, y como no necesitaba tantas habitaciones, decidí tirar los tabiques y hacer una sola a mi gusto. En realidad casi toda la casa se limita a lo que estás viendo. Sólo hay otro cuarto, que es mi dormitorio, más el baño y esta pequeña cocina… Bueno, además de la terraza, claro, que es la joya de la corona. Pasa por aquí, te la voy a enseñar…</p>
<p>Iris, fascinada, siguió a Ginés en silencio hasta una gran terraza dividida en dos partes. Una de ellas estaba acristalada y contenía un pequeño invernadero repleto de plantas. La otra parte, cubierta por un gran toldo, tenía algunos muebles de jardín bañados por el intenso sol que lucía ese día.</p>
<p>Mientras contemplaba aquel asombroso lugar, que le pareció un oasis en medio del desierto, Iris sintió de pronto un lametazo en los dedos del pie que le asomaban por las sandalias. Sobresaltada, dio un grito y un salto hacia atrás, a la vez que contemplaba a un perro pequeño que meneaba el rabo y la miraba con curiosidad.</p>
<p>- Mira, le has caído bien la tranquilizó Ginés- Te presento a Falina, mi perra. Como a mí, le gusta el sol y aunque haga calor se pasa el día tumbada en la terraza.</p>
<p>Nada más escuchar la voz de su amo, la perra, de raza indefinida, color canela, con las patas y el hocico blancos, se tumbó a los pies de Ginés panza arriba, dispuesta a recibir caricias. Con gran delicadeza, el hombre se desprendió de una de las zapatillas sin talón que llevaba puestas, y empezó a acariciar la tripa del animal con el pie, mientras le decía en tono cariñoso: - ¡Pero qué jodida eres, de sobra sabes que me cuesta trabajo agacharme!</p>
<p>La muestra de afecto entre Ginés y la perra, le hizo pensar a Iris que quizás aquel hombre no tuviera a nadie a quien demostrar su cariño, salvo a ese animal que se entregaba totalmente a las caricias de su amo. La imagen le resultó tan insólita y tan tierna, que provocó en ella una nueva oleada de simpatía hacia aquella persona que acababa de conocer.</p>
<empty-line/>
<p>Como si leyera sus pensamientos, Ginés volvió a calzarse la zapatilla y dirigiéndose a Iris le comentó:</p>
<p>- Falina es mi única familia, y yo la suya, así que nos cuidamos mutuamente.</p>
<p>De vuelta al enorme salón, sentados cómodamente en un sofá, Iris preguntó a Ginés: - ¿Falina?, ¿de qué me suena ese nombre?</p>
<p>- Era la novia de Bambi. Supongo que habrás visto esa película de dibujos de Walt Disney. Es una de las más famosas, todo el mundo la ha visto. Seguro que tú también la viste.</p>
<p>Iris se detuvo a pensar unos instantes y respondió:</p>
<p>- Sí, claro que la vi. Me llevó mi padre cuando era pequeña. Lloré mucho cuando los cazadores matan a la madre de Bambi.</p>
<p>- Yo también lloré dijo Ginés con la mirada perdida- y ya no era ningún niñoTras un incómodo silencio, añadió con un tono de tristeza en la voz:</p>
<p>- Claro que en aquella época era frecuente que yo llorase.</p>
<p>Sin saber qué decir, Iris permaneció callada, intuyendo que esa repentina aflicción de Ginés, quizás podía esconder alguna profunda herida en su alma.</p>
<p>Fue Ginés el que, volviendo a su habitual tono de amabilidad, rompió el silencio para preguntar: - ¿Y a ti por qué te puso tu padre el nombre de Iris?</p>
<p>Iris le escuchó como si la voz procediera de otro mundo. De algún lugar muy lejano en el espacio y en el tiempo. Lo que para aquel hombre era una simple pregunta, escondía para ella un secreto que había guardado durante muchos años, desde la muerte de su padre. En aquella época, incapaz de aceptar lo que le pasaba a su hija, su madre le había hecho jurar sobre una Biblia que jamás se lo contaría a nadie. Y ahora, la pregunta de Ginés que tantas veces le habían hecho otras personas, sin que le afectaseprovocaba en ella un alud de imágenes, recuerdos y sensaciones que acudían a su mente.</p>
<p>Pasajes de su infancia y adolescencia, que agazapados en algún rincón oscuro de su memoria esperaban ser liberados y luchaban por salir a la superficie, buscando la luz del exterior. Un poco aturdida por esta insólita sensación, dudó antes de responder:</p>
<p>- Mi padre me puso Iris porque podía ver el color de las palabras.</p>
<p>- No te entiendo. ¿Qué quieres decir? se interesó Ginés- Que cuando la gente hablaba, yo podía ver las palabras que salían por su boca y el color de cada una de las letras que formaban esas palabras. - ¿En serio? ¿Podías ver las letras en colores? ¿Aún puedes? ¿Cómo es eso, cómo sucede? preguntó impresionado- No sé cómo sucede dijo Iris con los ojos brillantes y la mirada perdida- pero puedo verlo. Nunca he dejado de verlo añadió mientras experimentaba una gran liberación por dentroGinés no dijo nada. Permaneció un rato en silencio mirándola, evaluando el alcance de la confesión de Iris. Siguiendo un impulso interior, cogió la mano de la joven y la apretó entre las suyas. Fue un apretón cálido y fraternal que hizo sonreír a Iris mientras las miradas de ambos se cruzaron.</p>
<p>- Y dime preguntó Ginés con ternura como si fuera lo más natural del mundo- ¿de qué color es la A?</p>
<p>- La A es azul respondió Iris con resolución mientras las lágrimas acudían a sus ojosComo si todos los años que había vivido hubieran sido sólo una excusa para llegar a ese momento, Iris volvió a añadir con gran emoción:</p>
<p>- La A es azul.</p>
<empty-line/>
<p>Aquella noche cuando llegué a casa noté que era otra persona. Algo había cambiado en mi. La confesión que le había hecho a Ginés había marcado un antes y un después en mi vida. En el exterior todo era lo mismo, todo parecía igual. Pero en mi interior se había producido un cambio fundamental que, desde ese mismo momento afectaría a mi vida futura.</p>
<p>En muchas ocasiones me he preguntado qué fue lo que me impulsó a confesarle a Ginés el secreto que durante tantos años había callado. No sabría decirlo. Contárselo fue para mí algo natural. Desde el momento en que entré en su casa, y con el conocimiento que iba teniendo de él en los días sucesivos, se iba acrecentando la sensación de que éramos viejos conocidos. De que ya nos habíamos visto antes. Quién sabe.</p>
<p>Hay quien dice que este mundo, este planeta en el que vivimos, es sólo una escuela a la que nuestras almas vuelven una y otra vez para resolver las tareas pendientes, hasta que redescubren su propia divinidad. El karma, como dicen los budistas. Yo no sé si eso será o no verdad. Lo que sí sé es que mi alma se reconocía en la de Ginés, como si fuéramos viejos camaradas que se reencuentran después de largo tiempo sin verse. Con él, a pesar de que era 30 años mayor que yo, la comunicación era fluida. Y yo me sentía como si después de haber permanecido durante mucho tiempo en un país extranjero, en tierra de nadie, encontrase mi propio hogar y a alguien que hablaba mi mismo idioma.</p>
<p>Aquella noche, cuando llegué a casa, tenía un mensaje en el contestador automático del teléfono, en el que Raúl me decía que no iría a dormir:</p>
<p>- Iris, soy yo, Aurora me ha avisado que el crío está con fiebre. Me quedaré a dormir en su casa. ¿Cómo te ha ido con tu viejo "cuentabatallitas"? Ya me contarás. Te recuerdo que mañana tengo viaje. Ya hablaremos. Un beso.</p>
<p>Raúl trabajaba como representante farmacéutico y gracias a sus continuos viajes yo disfrutaba de un poco de soledad. Era triste reconocerlo, pero me encontraba mucho mejor cuando Raúl no estaba en casa, que cuando dormía a mi lado. Aquella noche, especialmente, di gracias a los dioses porque su hijo tuviera fiebre y se hubiera ido a dormir a la casa de su ex mujer. Yo necesitaba estar sola para pensar en todo lo que había pasado.</p>
<p>Para pensar en aquel hombre con el que me sentía tan a gusto, aunque acabase de conocerlo, y para pensar en mi nuevo trabajo. Un trabajo que sólo unas horas antes me había repelido, y que sin embargo en esos momentos me resultaba tremendamente esperanzador, porque me daba la oportunidad de intimar con una persona como Ginés.</p>
<p>Pero lo más importante de todo, lo que yo quería, era buscar una explicación lógica que me aclarase por qué le había hablado a aquel hombre de mi capacidad para ver el color de las palabras. Y lo había hecho sin avergonzarme de ello y sin sentirme como un bicho raro.</p>
<p>Porque así es como yo me había sentido durante toda mi vida. Como un bicho raro, alguien de quien se reían en el colegio. A quien trataban como una enferma mental, por no ser como todos los demás.</p>
<p>Me tumbé en la cama y traté de revivir con la máxima claridad escenas de mi infancia que permanecían escondidas en algún lugar recóndito de mi memoria. Siempre había tenido miedo de introducirme en la oscuridad de ese lugar, donde las imágenes se mezclaban.</p>
<empty-line/>
<p>Pero esa noche estaba dispuesta a revivir episodios de mi niñez, que me pudieran ayudar a comprender en qué momento descubrí que no era como las demás niñas. Sin saber por qué, me vino a la memoria una frase que había leído en algún sitio: "Entrar en la oscuridad con una luz, sólo nos permite conocer la luz. Para conocer la oscuridad, hay que ir a oscuras".</p>
<p>Y así, a oscuras, me adentré en ese extraño terreno de la infancia. Me vi pequeña, con pocos años, pensando qué hacía yo aquí en este mundo. Preguntándome de dónde venía y por qué estaba allí. Me vi tal y como era en aquella época. Una niña morena, con el pelo corto y rizado. La sonrisa picarona. Con grandes ojos negros, de mirada inteligente, que contemplaba a mis padres y al resto de las personas mayores como si fueran seres perdidos, inferiores a mí y a cualquier otro niño, que no entendían nada de lo que sucedía a su alrededor.</p>
<p>Me recordé sabiendo algo que los mayores no sabían, que habían olvidado, y que yo ahora he olvidado también. Ese día, no sé por qué es importante para mí, aparece siempre en mis recuerdos. Estaba en mi casa, y llevaba unas botas blancas.</p>
<p>Andaba con ellas contemplando un suelo de ladrillos blancos y negros, como si fuera un tablero de ajedrez. Observaba a mis padres. Mi madre tenía la cara triste, como siempre, pero yo no sé por qué. Mi padre estaba alegre y abría los brazos para cogerme.</p>
<p>Me coge, me zarandea cariñosamente, y mientras él juega conmigo, mi madre le hace un comentario sobre mí, que pone a mi padre de mal humor. Discuten. No puedo oír lo que dicen, pero a pesar de todo sé sobre lo que le están hablando, y pienso:</p>
<p>"Pobrecillos, se creen que no me doy cuenta de las cosas, y son ellos los que no se enteran".</p>
<p>Continúo tumbada en mi cama y, por un momento, parece que voy a recordar quién soy yo y qué hago en este mundo. Sé que esa niña, que esa Iris de mis recuerdos infantiles sabía ese día quien era. Sabía quién había sido antes, de donde procedía, y por qué estaba aquí. Pero luego también lo olvidó, y cada vez que yo intento ahora atrapar ese recuerdo, todo se esfuma y se vuelve oscuridad y vacío. Un enorme agujero negro por el que se escapan todos los recuerdos. Y siento miedo.</p>
<p>Es difícil averiguar en qué momento de tu infancia las cosas cambian para ti.</p>
<p>Cuándo empieza tu mente a saber que una silla es una silla. Cuando empiezas a ordenar el caos en tu cabeza, para que todo aparezca nítido en su sitio. Me pregunto ¿cuándo sucede ese cambio? ¿Es algo que ocurre poco a poco o de una sola vez?</p>
<p>Dicen que el mundo tal y como lo concebimos es sólo una descripción. Pero ¿por qué tenemos que aceptar la descripción que nos imponen los demás y no otra?</p>
<p>Hay personas que, como yo, percibimos el mundo de una forma distinta. Mis padres no tardaron mucho tiempo en darse cuenta de ello. Pero sí en aceptarlo.</p>
<p>Cuando después de visitar a muchos médicos un psiquiatra les confirmó que yo padecía sinestesia, mi madre consideró que mi "enfermedad" no era más que "una monstruosa deformación" que sólo podía ser fruto de un castigo divino por haber pecado.</p>
<p>Nunca comprendí por qué decía eso hasta la noche de aquel día en que conocí a Ginés. Fue entonces, buceando en mis recuerdos infantiles, cuando tomé conciencia por primera vez de que mis padres se vieron forzados a casarse porque mi madre estaba embarazada.</p>
<p>Esa noche recordé por fin lo que mi madre le dijo a mi padre, mientras él jugaba conmigo:</p>
<p>- Ojalá hubiera nacida muerta. - ¿Pero qué dices? ¿Cómo se te ocurre decir algo así? le reprochó mi padre14 - Sabes muy bien por qué lo digo. Porque es un castigo de Dios. Si no hubiéramos pecado gritó- si no nos hubiéramos acostado juntos aquel día, si hubiéramos esperado a casarnos, habríamos tenido una hija normal. - ¡Nuestra hija es normal! respondió a voces mi padre- No vuelvas a decir eso, y menos delante de ella.</p>
<p>- No, no es normal ¡No viene del cielo, como los demás niños, viene del infierno! añadió ella llorando- ¡Ojalá hubiera nacido muerta!.</p>
<p>A veces los nombres que nos ponen al nacer nos marcan para toda la vida. A mi madre la llamaron Virtudes. No sé si fue este nombre lo que influyó en su extrema y enfermiza religiosidad, o fue su férrea educación en un colegio de monjas. Lo cierto es que toda su vida ha estado marcada por el remordimiento de aquel desliz sexual que tuvo con mi padre, y que produjo mi posterior nacimiento.</p>
<p>A mi madre la educaron para que su objetivo en la vida fuera el de llegar a ser una persona virtuosa, pero mi presencia en el mundo le recordaba constantemente su pecado y que nunca podría lograr esa virtud a la que aspiraba. Mi presencia le recordaba que había fracasado, que su vida era un castigo y un fracaso.</p>
<p>Aquella noche me di cuenta de que mi madre siempre había arrastrado un profundo sentimiento de culpa. Y puesto que era culpable, merecía ser castigada.</p>
<p>Yo representé para ella un "castigo divino". Como lo fue después el suicidio de mi padre y posteriormente las continuas depresiones que le llevaron hasta la locura.</p>
<p>Locura en la que se refugió para no tener que enfrentarse al mundo "de pecado" que la rodeaba. Pero, sobre todo, para no tener que enfrentarse a su propia vida.</p>
<p>Creo que fue aquella noche cuando dejé de odiar a mi madre. Comprendí el drama de su vida y sentí por ella un profundo amor y una inmensa compasión.</p>
<empty-line/>
</section>
<section>
<title>
<p>CAPITULO III</p>
</title>
<empty-line/>
<p>"Tiene un cáncer de pulmón, y le quedan unos seis meses de vida". Las palabras del doctor resonaron, una vez más, en la mente de Ginés con la misma nitidez con que las escuchó por primera vez, tres meses atrás. Esas palabras se le habían grabado a fuego en su recuerdo, y continuamente las escuchaba en su interior con la misma claridad con que las percibió cuando fueron pronunciadas.</p>
<p>Llevaba ya un tiempo encontrándose mal cuando se decidió a ir al médico. El nunca había estado enfermo del cuerpo. Era una persona fuerte que sólo había tenido las dolencias habituales. Nada de importancia. Otra cosa era la enfermedad del alma. Ese sufrimiento crónico que había acompañado a Ginés desde que tenía 20 años, y que ya nunca le había abandonado.</p>
<p>Esa noche, mientras contemplaba las estrellas desde la terraza de su casa, con Falina durmiendo plácidamente a sus pies, Ginés recordó el momento en que el médico le había anunciado que, como mucho, le quedaban seis meses de vida. A él no le gustaban los médicos, ni los hospitales. Se sabía cuando entrabas en ellos, pero no cuando salías. Aunque estaban ubicados en el interior de las ciudades y formaban parte de la vida cotidiana, todos los hospitales constituían mundos extraños, dominados por el sufrimiento, el dolor y la muerte.</p>
<p>Ginés había acudido muy a su pesar, cuando sospechó que aquella tos persistente y ese dolor crónico en el pecho no se debían a ningún catarro mal curado, como él mismo se diagnosticó al principio. Cuando un día al levantarse la tos se había teñido de sangre y observó que había enflaquecido y que cada vez tenía menos apetito, decidió consultar con un médico.</p>
<p>Fueron varios días de pruebas interminables, de esperas en las distintas salas del hospital. De ver a personas con el sufrimiento reflejado en el rostro, de percibir cómo la muerte les danzaba alrededor con intención de clavarles sus garras. Fueron días donde el tiempo pareció detenerse, mientras una voz se instalaba en su mente, en sus huesos, en todos y cada uno de los poros de la piel. Una voz que le repetía: "Estás enfermo. Te estás muriendo".</p>
<p>Quizás por eso no se vino abajo cuando oyó que aquel doctor le confirmaba lo que él ya sabía en su interior: Que le quedaba poco tiempo de vida. Y ahora, amparado en la soledad y la oscuridad de aquella noche de verano, su último verano, Ginés recordaba aquella secuencia de su vida como si la estuviera reviviendo otra vez.</p>
<p>- No quiero que me engañe, doctor, dígame qué es lo que tengo con toda claridad le pidió al médico al ver que éste dudaba, sin dejar de examinar su historia clínicaA Ginés le dio lástima aquel doctor. Era un muchacho joven. Seguramente no hacía mucho que había terminado la carrera, y no estaba acostumbrado a pasar por el mal trago de decirle a la gente que estaba a punto de morir. Por eso Ginés se lo puso fácil y, mirándole fíjamente a los ojos azules le animó:</p>
<p>- Dígame lo que sea sin rodeos, con claridad, para que yo lo entienda ¿Me estoy muriendo, verdad?</p>
<p>El doctor aún dudó. Sin apartar la mirada de la historia clínica, buscaba en su interior los términos médicos adecuados que amortiguasen de alguna manera la crudeza de lo que iba a decir a aquel hombre. Alzó la vista y al encontrarse con los ojos anhelantes de Ginés, no pudo seguir dilatándolo y le dijo al fin:</p>
<p>- Tiene un cáncer de pulmón y le quedan unos seis meses de vida.</p>
<p>Ginés no dijo nada, pero le agradeció con la mirada que hubiera sido tan sincero con él. Nunca había entendido el porqué de tanta reticencia, por parte de médicos y familiares de enfermos, para decirle a éstos lo que tenían. Y más aún en el caso de que la enfermedad fuera mortal. Siempre había pensado que un ser humano tiene derecho a saber cuándo va a morir.</p>
<p>El médico seguía hablando y Ginés asentía mecánicamente con la cabeza, pero ya no le escuchaba. Aquel joven le explicaba los síntomas que iba a ir sufriendo, y le hablaba de un tratamiento para hacer más llevaderos los últimos días de la enfermedad.</p>
<p>Pero Ginés estaba aún tan impactado, que no podía concentrarse en las palabras del doctor. Ahora, reviviendo aquel momento, sonrió al acordarse de algunas cosas que le dijo, a las que entonces no prestó atención.</p>
<p>Según el médico, el 87% por ciento de las personas que padecían cáncer de pulmón, eran fumadores. Pero él no había fumado ni un solo cigarro en su vida.</p>
<p>También le dijo que en las etapas iniciales, la enfermedad se desarrolla de forma silenciosa. Y cuando los síntomas dan la cara, el cáncer está ya muy avanzado. Y eso era lo que le había ocurrido a él.</p>
<p>Por el cielo pasó una estrella fugaz, y Ginés experimentó una extraña sintonía con el universo. Aquella estrella había conectado perfectamente con sus pensamientos y sus más íntimos sentimientos. Nuestro paso por este mundo era tan fugaz como el de aquella estrella y, sin embargo, la gente vivía como si la existencia fuera eterna, como si no hubiera de morir nunca..</p>
<p>Ajena a los pensamientos de su amo, Falina se estiró en el suelo. Se levantó, miró hacia el cielo, y luego a Ginés, que le hizo una caricia. Se rascó con la pata tras la oreja y dando dos o tres vueltas sobre el mismo lugar, volvió a tumbarse en el suelo de la terraza para seguir durmiendo. Ginés contempló al animal y volvió a pensar qué sería de ella cuando él muriera.</p>
<p>Al volver del hospital, el día que le comunicaron su enfermedad, lo primero que pensó es qué sería de la perra. Aunque ya era un animal adulto, resultaba evidente que viviría más que él. No tenía a quien dejarla, y tampoco quería abandonarla a su suerte en una protectora de animales. Falina era mucho más que una mascota de compañía. Era su familia.</p>
<p>Pensó que, llegado el momento, la llevaría al veterinario para que le pusiera una inyección que acabase con la vida del animal. Este pensamiento le había torturado día y noche, hasta que lo rechazó de pleno. Él no tenía valor para hacer algo así. Ese día, sin embargo, se había abierto una puerta a la esperanza. ¿Se podría quedar Iris con la perra?</p>
<p>Aunque acababa de conocerla, aquella chica especial le había inspirado confianza. Y a Falina también le había caído bien. Eso era evidente.</p>
<p>Pero no quería precipitarse. Aún no sabía nada de la joven que había conocido ese mismo día. Y ella tampoco sabía nada de él. Aún no le había dicho que le quedaba muy poco tiempo de vida, y que esa era la razón por la que quería que se escribiera su biografía. Porque ya no había tiempo y él tenía algo que contar. Un suceso que ocurrió cuando Ginés tenía 20 años, y que había marcado toda su vida futura.</p>
<p>Se preguntó si tendría valor para contárselo y también se preguntó, una vez más, por qué había sentido ahora esa necesidad imperiosa de transmitir a alguien lo que durante tanto tiempo había callado. Esa era la pregunta que llevaba haciéndose durante los últimos tres meses, y para la que no había encontrado una respuesta convincente.</p>
<p>Lo único que sabía es que tenía que liberarse de aquel suceso que le había torturado y perseguido día y noche. Y que la mejor forma de hacerlo era contándolo.</p>
<p>Curiosamente, su vida había sido tan solitaria que no tenía a quien decírselo. Por eso, cuando vio en el periódico aquel anuncio de biógrafos a domicilio, se le ocurrió que esa podía ser la solución. Estuvo mucho tiempo dándole vueltas, sin decidirse, hasta que un día, cuando los remordimientos le acosaban, llamó por teléfono a aquella empresa.</p>
<empty-line/>
<p>Luego se arrepintió y estuvo a punto de llamar de nuevo para anular el contrato, pero no lo hizo. Al fin y al cabo qué más daba. Ya no tenía nada que perder. Ya no quedaba tiempo. Iba a morir y la seguridad de que para él ya no habría más primaveras ni más veranos, cambió de un plumazo toda su existencia.</p>
<p>Aunque habían pasado ya tres meses desde que el joven médico le había anunciado su enfermedad y su muerte inminente, él no lo había aceptado todavía. La seguridad de que iba a morir estaba instalada en su mente. Era un pensamiento constante, pero hasta ese momento no lo había asumido en la profundidad de su ser. No había dado su consentimiento a la muerte para que ésta se lo llevase.</p>
<p>Sólo unos días después de llamar a "Negro sobre Blanco", aquella empresa de biógrafos a domicilio, se produjo el cambio en su interior. Ocurrió cuando empezaron a surgirle las dudas, cuando empezó a plantearse qué repercusiones podía tener su confesión si veía la luz en forma de libro. Y en esas estaba cuando oyó con nitidez una voz dentro de su cabeza que le decía: "Ginés, qué más da. Tu ya no estarás aquí. Vas a morir".</p>
<p>En aquel momento tomó conciencia por primera vez de su muerte inminente. Ya no era sólo una seguridad intelectual dentro de su mente, sino una certeza de su alma que se le reveló como inmortal y le demandó el control de su existencia. Una existencia que perduraría tras la muerte.</p>
<p>Aunque él nunca había sido una persona religiosa, y siempre había creído que con la muerte todo se acababa, ahora algo en su interior le decía que no era así. Que la personalidad que había sido Ginés Alcalá sí desaparecería para siempre. Pero que su verdadero ser, su consciencia, siempre había vivido, y siempre seguiría viviendo.</p>
<p>Entonces Ginés se entregó a aquella fuerza vital, y cedió el control. Al hacerlo, algo se rompió en su interior y lloró como no había llorado nunca. Hasta entonces, sus lágrimas habían estado asociadas a la tristeza, pero en esos momentos, la certeza de que iba a morir y su apertura a la consciencia cósmica supusieron una inmensa liberación para él. Desde aquel día, nada volvió a ser igual.</p>
<p>Ahora se sentía contento de no haber anulado el contrato con la empresa de biógrafos a domicilio, porque eso le había permitido conocer a Iris. Aunque cuando llegó a su casa aquel día, y sus miradas se cruzaron, le dio la impresión de que no era en ese momento cuando se veían por primera vez, sino que ya se conocían con anterioridad.</p>
<p>Por unos instantes se detuvo a pensar en lo que Iris le había confesado. En su facilidad para percibir cosas que no percibían los demás. Intentó saber qué se sentiría al poder ver el color de las palabras. Para una persona que no pudiera acceder a esos fenómenos perceptivos, era imposible imaginárselo. De la misma manera que era imposible explicarle a un ciego de nacimiento qué es la luz o los colores.</p>
<p>Le pareció que había tenido mucha suerte al haberse encontrado con Iris y se lamentó de disponer de tan poco tiempo para conocerla mejor. En cuanto se dio cuenta de este pensamiento, algo se removió en su interior. No estaba acostumbrado a pensar en nadie que no fuera él mismo o su perra. Su mundo se reducía a sus libros y a esos dos seres. Y aún estaba menos acostumbrado a querer intimar con alguien más.</p>
<p>Algo inquieto, Ginés se levantó de su asiento, y empezó a pasear por la terraza, mirando al cielo de vez en cuando. Volvió a ver más estrellas fugaces, y de pronto cayó en la cuenta de que se trataba de las llamadas "lágrimas de San Lorenzo". Cada mes de agosto, en torno a la festividad de este santo, podían divisarse en el cielo multitud de estrellas fugaces, cuando no había luna llena. Sin saber por qué, se identificó con aquellas luces que atravesaban velozmente la atmósfera del planeta.</p>
<empty-line/>
<p>Sus ojos se humedecieron al tomar conciencia de que también su existencia en la tierra sería fugaz. Y se preguntó cuál sería su estela. ¿Dejaría él alguna estela, alguna señal de su paso por este mundo? En esos momentos Ginés comprendía por qué la gente decía que en esta vida había que escribir un libro, plantar un árbol y tener un hijo.</p>
<p>Era porque cualquiera de esas tres cosas pervive cuando mueres. Pero él no había plantado nunca un árbol, ni había escrito un libro, ni había tenido hijos. Su paso por la tierra sería tan fugaz como el de aquellas estrellas, pero sin dejar ninguna estela luminosa que dejase constancia de su vida, cuando él ya no estuviera aquí.</p>
<p>De pronto pensó que ya no era así, que ahora sí dejaría algo: su biografía. Iris se encargaría de escribirla, y también sería la depositaria de ese libro. No se trataba de introducirlo en el mercado literario, ni de contarle al mundo lo que seguramente el mundo no tenía ningún interés en saber. La cuestión era que él tenía necesidad de contar lo que hasta ese momento había callado, de liberarse de ese recuerdo antes de morir. Y eso era suficiente.</p>
<p>Ginés se sintió contento y emocionado al llegar a esta conclusión. Hasta ese momento, hasta ese día en que había conocido a Iris, no se había dado cuenta de que era a ella precisamente a quien tenía que contarle el secreto que le había torturado toda su vida. ¿Por qué a ella? No lo sabía, era algo que escapaba a su comprensión, pero eso ya no tenía la más mínima importancia.</p>
<p>El hecho de que hubiera tomado conciencia de su muerte, también le hacía tomar en esos momentos conciencia de su vida. Se daba cuenta de que la vida y la muerte no eran dos cosas distintas ni contrarias, sino lo mismo. No se podía separar una de otra.</p>
<p>Como no se puede separar el frío y el calor, porque se trata de los dos polos opuestos de una misma energía.</p>
<p>Se daba cuenta de que la vida trabaja para la muerte, ya que desde el mismo momento en que nacemos estamos empezando a morir. Y también la muerte trabaja para la vida, porque toda destrucción va seguida de una transformación que es, en realidad, el origen de una nueva forma de vida.</p>
<p>Ya no tenía ningún pudor en hablarle a Iris de su vida. Alguna vez, cuando en su interior empezó a tomar forma la idea de que debía contar a alguien lo que le ocurrió, pensó que quizás debía buscar a un sacerdote y confesarse. O acudir a un psicólogo. En realidad era casi lo mismo. Antes las personas eran más religiosas y buscaban el perdón que se les proporcionaba en un confesionario.</p>
<p>Ahora ya casi nadie iba a misa, sobre todo la gente joven, y se habían sustituido los altares y las sotanas por el diván del psicólogo. Pero al fin y al cabo, en las iglesias o en las consultas médicas, la gente iba buscando lo mismo. Que alguien les escuchase y pudiera otorgar un poco de luz para iluminar la oscuridad de sus atormentadas almas.</p>
<p>Pero él no quería eso. Ahora se daba cuenta de que lo que él estaba buscando era el contacto y la comprensión de otro ser humano. No que le tratasen como un pecador, o como un enfermo. Y quien sabe pensó- quizás Iris también tuviera necesidad de conocer a alguien con quien pudiera mostrarse tal y como era, sin tener que esconder esa facultad perceptiva que tenía, que a él le parecía un preciado don.</p>
<p>Satisfecho por estos pensamientos, Ginés experimentó un bienestar interno como no recordaba haber tenido nunca. Por primera vez se sentía ilusionado y con ganas de vivir. Sonrió pensando qué extraño era este mundo. Durante muchos años su vida había sido una especie de condena por la que tenía que pasar para expiar una culpa que le había atormentado. Y ahora, justamente ahora cuando le habían puesto fecha de caducidad a su existencia y sabía que iba a morir, se encontraba más vivo que nunca.</p>
<empty-line/>
<p>Este agradable sentimiento, insólito para él, le hizo pensar en cómo había desperdiciado tantos años y tanta energía en compadecerse de sí mismo, en recrearse en la oscuridad del pozo en el que había estado metido, en lugar de buscar la luz.</p>
<p>- A veces dijo en voz alta dirigiéndose a Falina, que continuaba durmiendo- el pasado nos atrapa y como no podemos escapar de él, nos olvidamos que la vida sólo se encuentra en el presentePero eso se había acabado continuó reflexionando- porque pensaba aprovechar el escaso tiempo que le quedaba de vida. Gracias a Iris iba a poder cancelar su deuda con el pasado y también con Irene. Aquella joven que fue su novia y con la que pensaba compartir su vida.</p>
<p>No importaba que sólo le quedasen unos días para transitar por este mundo.</p>
<p>Pensó que la vida no se mide por la cantidad de años que vivas, sino por la calidad de tu existencia. Por la consciencia con que vivas todos y cada uno de los momentos que permanezcas en la tierra. Y esa consciencia sólo se puede experimentar en el presente, en el aquí y el ahora, porque el pasado y el futuro realmente no existen.</p>
<p>Él había vivido una no existencia porque había estado anclado a un suceso que ocurrió en su pasado, que una vez pasado, ya no tenía existencia real. Sin saberlo, había estado aferrado a un fantasma al que él mismo había ido alimentando cada día.</p>
<p>Pero ahora, por fin, iba a decirle adiós a Irene y a todos esos años en los que había habitado en un mundo irreal. Desde ese mismo momento, había dejado de ser una sombra en un mundo de sombras, y empezaba, con plena consciencia, a caminar hacia la luz.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO IV</subtitle>
<empty-line/>
<p>"Murió "La Manuela", acuchillada". Santiago Ramírez, más conocido como el inspector "Matute", miraba una y otra vez el titular del viejo periódico, como si la visión de ese papel fuera a darle la clave para resolver aquel crimen que había quedado impune, y que él se empeñaba en recordar de vez en cuando, porque estaba convencido de que el asesino andaba suelto por las calles de Puerto Grande.</p>
<p>Releyendo nuevamente el trozo de periódico, y viendo otra vez las fotografías que hizo la policía al cadáver de la mujer, volvió a pensar, una vez más, que si "la Manuela" no hubiera sido una mendiga, la investigación de su asesinato no habría terminado tan pronto.</p>
<p>- "Si hubieras sido la mujer o la hija de algún político dijo en voz alta dirigiéndose a las fotografías que tenía encima de la mesa- se habría removido Roma con Santiago hasta dar con el asesino. Pero claro, ¿a quien le importa tu muerte?</p>
<p>Matute suspiró profundamente, mientras seguía dando vueltas a los recortes de prensa que guardaba con el expediente policial. El subtítulo de la información decía:</p>
<p>"Apareció en su casa, desnuda, con la cabeza ensangrentada y heridas de arma blanca en los muslos y otras partes del cuerpo".</p>
<p>Manuela Martínez Márquez, o como ella decía cuando le preguntaban su nombre, "la ma ma… Manuela", era una deficiente mental que formaba parte del paisaje local de Puerto Grande. Vivía en uno de los barrios periféricos más pobres. Uno de esos lugares en los que se mezclan las chabolas con viviendas de protección oficial, que se construyen con el fin de asegurar que los más pobres y marginados vivan recluidos en las afueras, para no estropear la decoración urbana de las clases más pudientes.</p>
<p>"La Manuela" habitaba sola en una de esas casas cochambrosas, y vivía de la mendicidad. Solía pasear a diario su alma de niña, encerrada en aquel pesado cuerpo de mujer. Con su mano permanentemente extendida, tal y como quedó después de su muerte, "la Manuela", cuyo coeficiente intelectual no sobrepasaba el de un niño, se mostraba infantil cuando pedía "argo" a las mujeres, y repentinamente adulta cuando piropeaba a los hombres.</p>
<p>A más de uno consiguió sacarle los colores cuando intentaba echarle mano a los genitales, mientras guiñaba los ojillos y se le llenaba la cara con su mejor sonrisa picarona. A los varones casi siempre les decía frases soeces y comprometedoras, sobre todo si iban acompañados de sus mujeres. Lo que llegaba a provocar tensas situaciones en plena calle, que a veces desembocaban en discusiones entre las parejas, para gran regocijo de "la Manuela".</p>
<p>A "la Manuela" la habían violado brutalmente antes de matarla. No era la primera vez que algún desaprensivo abusaba de ella. Algunos años atrás la dejaron preñada, pero el fruto de aquella violación no llegó a nacer a causa de un aborto natural.</p>
<p>Abortó en medio de una céntrica calle de Puerto Grande y la gente no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que empezó a correrle la sangre por las piernas.</p>
<p>Al llevarla al hospital fue cuando se descubrió que estaba embarazada y acababa de abortar, porque la mujer no era consciente de ello. Tampoco pudieron sacarle quien la había violado. En aquellos momentos, un grupo feminista que se reunía cada jueves para mirarse el clítoris con un espejo decían que al visualizarlo era más fácil llegar al orgasmo- decidieron emprender una cruzada para lograr el permiso del juez y esterilizar a "la Manuela".</p>
<p>Pero como la mendiga se mostraba totalmente reacia a cooperar con los afanes castradores del feminismo local, las chicas terminaron por desistir. No sin antes ofrecer una rueda de prensa para acusar al poder judicial de machista. Finalmente, dejaron en paz a "la Manuela" para seguir buscándose el clítoris, espejo en mano.</p>
<p>Ahora, varios años después de aquel suceso, alguien había vuelto a violar a "la Manuela". Sólo que en esta ocasión había completado su infamia, acuchillándola después. "Y seguro que el asesino dijo en voz alta el inspector Matute- pasea todos los días por esta ciudad, con la cabeza alta, como si fuera una persona respetable".</p>
<p>Fueron 22 los sospechosos interrogados por la policía, pero todos eran personas que vivían en el mismo barrio que "la Manuela", y Matute estaba convencido de que ninguno de ellos había cometido aquel horrible crimen. El inspector pensaba que existía una especie de solidaridad entre aquella gente pobre y desarraigada, por lo que ninguno de ellos se atrevería a hacer algo así a nadie de su clase.</p>
<p>Esa había sido siempre la teoría de Roque Villaverde. El inspector decía que los "desclasados", como los llamaba, se tenían cierto respeto entre sí. Y Matute había compartido esa teoría. Si su mejor amigo hubiera podido investigar el crimen de "la Manuela", habría estado de acuerdo con él en que el asesino no era ningún vecino de aquel barrio marginado.</p>
<p>Suspirando profundamente, Matute se preguntó por qué la visión de aquellas fotos de la mendiga muerta, le habían recordado a Roque. De repente se sintió muy cansado y no pudo evitar que le viniera a la memoria la imagen de otro muerto. La del propio Roque con la cabeza destrozada por el disparo de su pistola reglamentaria.</p>
<p>El suicidio de su mejor amigo le trajo a la mente otra foto fija, que no había podido olvidar a pesar de los años transcurridos. La de una niña de corta edad, Iris, caminando por el cementerio de su mano, detrás del féretro de su padre, mientras Virtudes, la madre de la pequeña, era atendida de un ataque de nervios.</p>
<p>Recordó las peleas que mantuvo en aquel momento con sus superiores para que el Estado se hiciera cargo de los gastos médicos generados por las depresiones de Virtudes, tras la muerte de su esposo. Pero todo fue inútil. Sí Roque hubiera muerto en un atentado terrorista, habría sido considerado como una "víctima".</p>
<p>Pero para el Estado no existían las "víctimas" de ese otro terror cotidiano que Roque y él contemplaban cada día, y que no se sustentaba en las pistolas, sino en la miseria, en la falta de un futuro, en la pobreza y en el dolor de unas gentes que no tenían otra alternativa que la de delinquir para salir adelante.</p>
<p>Para Matute, ése era el verdadero terrorismo, cuya contemplación diaria provocó que su amigo no tuviera fuerzas para seguir viviendo. Al menos eso era lo que pensaba él, que Roque se suicidó escandalizado por la nefasta visión de un mundo subterráneo que los políticos prefieren ignorar, aunque se desarrolle a pocos metros de los campos de golf que los poderosos suelen frecuentar.</p>
<p>"Más inversiones en educación es lo que hace falta le pareció a Matute escuchar la voz de su amigo- si enseñasen a toda esta gente a leer, y les dieran algo a qué agarrarse, el mundo sería distinto. Una persona que tiene acceso a infinitos mundos a través de los libros, no puede ser una mala persona", solía decir Roque.</p>
<p>Matute sonrió al pensar que a su amigo le hubiera gustado saber que un juez acababa de "condenar" a un adolescente conflictivo a aprender a leer. Seguramente este magistrado era tan idealista como Roque.</p>
<p>Porque Roque era un idealista. El siempre se lo decía: "Eres un peligro público.</p>
<p>Todos los idealistas lo sois porque no aceptáis el mundo tal cual es. Sólo lo veis como a vosotros os gustaría que fuera, y eso os hacer chocar frontalmente con la realidad".</p>
<p>También su padre fue un idealista. Santiago Ramírez, de quien heredó nombre y apellido, era todo lo contrario que él. Su padre fue una persona buena, que confiaba en los hombres. Tenía fe en la humanidad, aunque se murió de tristeza sin haber visto cumplida su mayor ilusión: el regreso de la democracia a España.</p>
<p>Quizás fuera mejor así, pensó "Matute". Su padre, un maestro rural de la República, un humanista, como a él le gustaba definirse, era un hombre que no había soportado la falta de libertad y la mediocridad intelectual de la dictadura.</p>
<p>Seguramente tampoco habría sobrevivido al comprobar cómo los herederos de Pablo Iglesias y Largo Caballero, hombres a los que él consideraba íntegros y había admirado, habían hecho ahora del dinero y del poder social sus más altos ideales.</p>
<p>Aún así, seguro que su padre habría continuado con su fe inalterable en el ser humano. "El ser humano", ésa era la frase favorita de su padre. Y como si al recordarla hubiera tocado algún resorte íntimo, al inspector Santiago Ramírez, hijo, se le humedecieron los ojos y se le hizo un nudo en la garganta.</p>
<p>Por primera vez desde que su padre había muerto, notó cómo un muro se derrumbaba en su interior, y se permitió echarle de menos. Añoró su bondad y su mirada limpia. Y, como si estuviera reviviendo la escena en ese momento, recordó el día en que le dijo que no iba a estudiar magisterio. Que quería ser policía.</p>
<p>Rememoró la cara de perplejidad de su padre, el mazazo que debió sentir al escuchar cómo su propio hijo se aliaba con el enemigo. Porque para su padre, ser policía en aquellos momentos era pasarse al enemigo. Alistarse en las filas del régimen franquista, de los que reprimían y torturaban.</p>
<p>Aún así, cuando se recuperó del impacto y pudo hablar, el maestro republicano le respondió con un hilo de voz, y una profunda tristeza en los ojos:</p>
<p>- Como quieras, hijo. Seguro que también desde la policía puedes hacer algo por el ser humano.</p>
<p>Nunca había olvidado aquella frase: "Hacer algo por el ser humano". ¿Hacía él algo por el ser humano?, se preguntó interiormente. Era difícil tener fe en la humanidad desde el trabajo que desarrollaba. Desde su puesto, cada día tropezaba con el muestrario más miserable de la especie humana. Antes pensaba que unos eran los verdugos y otros las víctimas. Como la Manuela.</p>
<p>Con los años había llegado a una conclusión que seguramente gustaría a su padre. Y también a Roque. Que víctimas eran todos, agresores y agredidos. Víctimas de un mundo sustentado en valores ilusorios, en estados condicionados del alma. Víctimas del terrorismo cotidiano que conlleva la miseria moral. La inversión en el tener, más que en el ser.</p>
<p>Matute contempló una vez más las fotos de la mendiga asesinada y pensó que hasta su padre habría perdido algo de su inalterable fe en la humanidad, viendo tan inútil y horrible crimen.</p>
<p>El insistente sonido del teléfono le hizo abandonar sus pensamientos para devolverle al mundo real. Tras descolgar el aparato, escuchó en silencio las órdenes que le estaba transmitiendo el comisario jefe, mientras el rostro de "Matute" se transformaba visiblemente en el de una persona enfadada. - ¿Estás de broma, jefe? soltó al fin.</p>
<p>- No, no estoy de broma. Yo también recibo órdenes y se me ha ordenado que le dé prioridad a este asunto respondió el comisario- Pero si se trata sólo de un robo en un chalet. De los que hay cientos todos los días.</p>
<p>Sabes que tengo entre manos otros asuntos de más importancia.</p>
<p>- Y tu sabes que ese chalet pertenece al hermano del gobernador…</p>
<p>- Ya no se llaman así le interrumpió Matute- ¡ Me da igual cómo hostias se llamen ahora! bramó el comisario- la cuestión es que hay que coger a los que han robado porque si no el gobernador…</p>
<p>- Subdelegados le cortó el policía- ahora se llaman subdelegados.</p>
<p>- Bueno pues el subdelegado va a ser el hazmerreír de la oposición, cada vez que salga diciendo que en Puerto Grande no hay problemas de seguridad ciudadana.</p>
<p>- A mí eso me da igual, si se ríen que se rían- se atrevió a responder Matute- y además no es de mi competencia. Te recuerdo que pertenezco a la brigada criminal.</p>
<p>- Mira, Matute, no me toques los cojones. Coge de una vez a esos rateros de mierda, porque hay que darles un buen escarmiento público. - ¡Pero si son unos críos, jefe! dijo "Matute" con un tono de tristeza en la voz- Si tuvieran alguna perspectiva de futuro, a lo mejor no robaban.</p>
<p>- No me vengas con historias para no dormir. Eso es cosa de los políticos. Nosotros no hacemos las leyes argumentó el comisario jefe- nuestro deber se limita a hacer que se cumplan. Y el que no las cumpla, al trullo.</p>
<p>- No todos los que no las cumplen van al trullo, jefe. - ¡Matute, no me jodas!, Tu haz lo que te he dicho, y punto. Si quieres cambiar el mundo, preséntate a las próximas elecciones.</p>
<p>- El mundo no se puede dejar en manos de los políticos concluyó Matute antes de colgar el teléfonoPara él los políticos profesionales eran auténticos parásitos de la sociedad, que no servían para nada. Vivían a costa del dinero y el trabajo de los demás. Engañaban a la gente y, en el fondo, eran todos basura. No tenían escrúpulos y utilizaban cualquier cosa en beneficio propio. Hasta las tragedias naturales y la muerte de los demás eran simple estadística, cuando no una moneda de cambio cotidiana para ganar votos en las urnas.</p>
<p>No dudaba que algunas personas, los menos, se acercasen a la política con buenas intenciones, para dar, y no para coger. Pero pasado un tiempo todos lo que quisieran seguir en esa actividad, tenían que enfangarse en la corrupción y las luchas de poder de los partidos. Porque era imposible llevar años en política, sin haberse metido en arenas cenagosas.</p>
<p>Matute notó cómo estas reflexiones le iban poniendo de mal humor. Siempre le pasaba, los políticos tenían ese efecto sobre él, no podía evitarlo. Le desagradaban mucho más que cualquier delincuente. Le provocaban un profundo rechazo. La mayoría de los delincuentes que conocían eran gente pobre, sin recursos ni educación. Era difícil que se dedicaran a algo distinto que a robar coches y a dar tirones por la calle. Le inspiraban una secreta lástima.</p>
<p>Pero se le revolvían las tripas cuando veía bajar a los políticos de sus coches oficiales, con sus falsas sonrisas y sus abrazos artificiales. Esos sí que eran mala gente, y a todos los veía igual. No detectaba ninguna diferencia entre los de un partido y los de otro. Todos iban a lo mismo, a ver cómo podían seguir disfrutando de sus privilegios y viviendo a costa del trabajo de los demás.</p>
<p>Con estos pensamientos en la mente, Matute empezó a recoger las fotografías del cadáver de "la Manuela" y se hizo el firme propósito de no permitir que aquel crimen quedase impune.</p>
<p>- Se lo debo a mi padre dijo en voz alta, sorprendido, como si no fuera él el que pronunciase esas palabras- Me lo debo a mí mismo. Y a Roque añadió con convicciónY también a "la Manuela". ¿Acaso no era ella un ser humano?</p>
<p>Mientras guardaba en un armario el expediente de aquel crimen, Matute continuó dando voz a sus reflexiones:</p>
<p>- Mira por donde, mi padre va a llevar razón y también desde la policía voy a poder hacer algo por el ser humano.</p>
<empty-line/>
<p>Cuando se disponía a salir del despacho, el teléfono comenzó a sonar de nuevo.</p>
<p>Vaciló un momento antes de cogerlo, por si se trataba otra vez de su jefe y, después de varias llamadas, levantó el auricular. Al escuchar la voz que venía del otro lado del hilo, el rostro se le iluminó. - ¡Iris!, qué alegría me da escucharte. Hace un rato estaba pensando en ti. ¿No pasará nada malo, verdad? añadió con un tono de preocupación en la voz- Si te refieres a mi madre, no te preocupes, todo sigue igual… Aunque a veces me gustaría que pasase algo de una vez. Últimamente me sorprendo a mí misma con una imagen fija, la de que suena el teléfono y me anuncian que mi madre ha muerto. Luego me siento culpable por tener este tipo de pensamientos. Después sigo reflexionando y concluyo que eso sería lo mejor para ella y para mí. Lo de mi madre no es vivir.</p>
<p>Matute permaneció unos instantes en silencio antes de responder. Quería a Iris como si fuera su propia hija. Desde el suicidio de su amigo, él se había responsabilizado de aquella niña y había procurado que ni a ella ni a su madre les faltase nada. A veces hasta se había inventado distintas "ayudas" del Estado, para poder darle a Virtudes el dinero que necesitaba, y que el orgullo de la mujer nunca le habría permitido aceptar.</p>
<p>"No necesitamos limosnas de nadie solía decir- si somos pobres es por la voluntad de Dios. Por no haber seguido sus mandamientos es por lo que Dios nos ha castigado con todo lo que nos pasa. Con la muerte de Roque y con la enfermedad de la niña".</p>
<p>- No debes culparte de nada Iris. Tu no tienes la culpa de la situación a la que ha llegado tu madre dijo al fin- Ya sabes lo que pienso, que así no merece la pena vivir y que estaría mejor muerta…</p>
<p>- Ya, pero no es tu madre sino la mía.</p>
<p>- Sí, lo comprendo. Comprendo que es muy fácil dar consejos a los demás, pero hace un rato yo me he acordado de mi padre y se me han saltado las lágrimas. - ¿De verdad? preguntó Iris- gracias por contármelo. No sé que hubiera sido de mí si tú no hubieras estado a mi lado todos estos años. Hay cosas que, hasta ahora, sólo he podido hablar contigo. - ¿Cómo hasta ahora? preguntó Matute más sorprendido que enfadado- ¿es que has mandado ya a paseo a ese novio impresentable que tienes y has dado con otro decente?</p>
<p>- No, aún no he mandado a paseo a Raúl rió Iris- no se trata de eso. Se trata del hombre que me contrató para escribir su biografía. ¿Te puedes creer que le he contado que padezco sinestesia?</p>
<p>- A ver, a ver, eso me lo tienes que contar más despacio. ¿Cómo se llama ese hombre? ¿Cuántos años tiene? ¿A qué se dedica?. ¿Te parece una persona fiable? ¿Comemos juntos y me lo cuentas?</p>
<p>- Vale, vale, no te pongas en plan padre- respondió Iris risueña- Para eso te llamaba, para quedar contigo y contártelo. Que me haya atrevido a decírselo ¡y sin conocerle!, me parece un acontecimiento tan importante que tenemos que hablar. Pero no por teléfono, sino cara a cara.</p>
<p>- De acuerdo, me tienes perplejo. Perplejo e intrigado. Quedamos a las dos y media donde siempre.</p>
<p>Antes de colgar, escuchó la voz de Iris gritándole:</p>
<p>- Espera, casi se me olvida. ¿Conoces a un tal Arturo Calasparra?</p>
<p>- Arturo Calasparra… repitió Matute en voz alta como buscando en su archivo mentalClaro que lo conozco. Fue director de la emisora Radio Puerto Grande. Le echaron porque tuvo un follón al abusar sexualmente de una becaria. - ¡No jodas!, ya decía yo que no me parecía trigo limpio. Pues es mi nuevo jefe.</p>
<p>- Eres una caja de sorpresas. Quedamos a las dos, en lugar de a las dos y media. Por lo que veo tienes mucho que contarme…</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPÍTULO V</subtitle>
<empty-line/>
<p>Aunque cada día intentaba retrasarlo más, Arturo Calasparra sabía que había llegado el peor momento de la jornada. El momento en que tenía que dejar su trabajo para regresar por la noche a casa. Si por él fuera se quedaría siempre a dormir allí, en el sofá que tenía instalado en su despacho. No sería la primera vez. Con anterioridad ya lo había hecho muchas veces, sobre todo en la época en que Elena lo abandonó. No soportaba llegar a su casa vacía.</p>
<p>En los meses sucesivos a la separación, pasaba la noche durmiendo en el despacho de la emisora de radio que dirigía entonces. Se levantaba temprano, con el tiempo justo de llegar a su casa con las primeras luces del día, se duchaba, se cambiaba de ropa, y salía corriendo a desayunar, antes de volver de nuevo al trabajo.</p>
<p>Un día no se despertó a tiempo y los empleados de administración, que eran los primeros en llegar, le sorprendieron durmiendo en el despacho. Quizás fuera cosa de su imaginación, pero le pareció que ese día en la redacción no se hablaba de otra cosa. Que era el hazmerreír de todos. Desde entonces procuró no volver a dormir en el sofá, aunque cada noche retrasaba un poco más la hora de regresar a su casa.</p>
<p>Claro que en aquella época, cuando Elena lo dejó para largarse con aquel futbolista brasileño ya ves, a ella que no le gustaba fútbol- él se sentía objeto de todos los comentarios maliciosos y murmuraciones que se hacían en Puerto Grande. Una ciudad que ni tenía puerto ni era grande, sino más bien un núcleo urbano, de tamaño medio, con todas las características de un pueblo donde, más o menos, todo el mundo se conocía. Y aún hoy, aunque de la sonada infidelidad de su mujer ya habían pasado varios años, Arturo tenía aún la sensación de que ciertos indeseables seguían dándose codazos y lanzando risitas intencionadas a su paso.</p>
<p>Se acostumbró pronto a estar sin Elena. Gracias a Dios, no les había dado tiempo a tener hijos, puesto que ella lo dejó sólo dos años después de la boda. Claro que la ausencia de niños había sido parte de su problema conyugal. Intentarlo sí lo habían intentado, sobre todo en los últimos meses que pasaron juntos. Elena decía que si no se quedaba embarazada era por culpa de su eyaculación precoz, y cuando se enfadaba con él le llamaba "pichafloja"; un apelativo que Arturo no soportaba, y que le hacía irritarse hasta límites insospechados. ¡Vaya una gilipollez! El no tenía ningún problema de eyaculación precoz. El verdadero problema es que ella era una calientapollas, y como él se excitaba enseguida, porque era muy hombre, no le daba tiempo a meterla antes de correrse. Lo que se reía entonces al ver la cara de cabreo que ponía su mujer. Y era en ese momento cuando ella se vengaba llamándole, llena de rabia, "pichafloja". Entonces era Elena la que se reía, mientras Arturo notaba cómo la sangre le inflamaba las venas, y una gran cólera se apoderaba de él.</p>
<p>En cierta ocasión no pudo soportar sus burlas y le pegó una bofetada. Ella salió corriendo, echando sangre por la nariz, y se encerró en el cuarto de baño. Allí pasó toda la noche gimoteando.</p>
<p>Y quizás fuera entonces, le parecía recordar, cuando Elena cambió de actitud y empezó a faltar de casa. ¡Valiente zorra!.</p>
<p>No fue difícil acostumbrase a vivir sin Elena. Al contrario, pasados los primeros momentos, Arturo se dio cuenta de que sin ella se encontraba mucho mejor. El único problema era llegar a casa por la noche y encontrarla vacía. Entonces el mundo se le venía abajo, por lo demás, era mucho más libre. No tenía que darle explicaciones a nadie, y en cuanto a las tareas propias de una mujer, como lavar, planchar o preparar la comida, lo había resuelto inmediatamente. Comía fuera de casa, y casi siempre acompañado.</p>
<empty-line/>
<p>Hoy en día todo se resuelve en torno a un mantel, y a él le venía bien aprovechar la hora del almuerzo para incrementar su vida social y para atender las relaciones públicas que debía realizar cuando dirigía la mayor y más importante emisora de Puerto Grande. De todo lo demás se encargaba una asistenta que le proporcionaba una agencia de limpiezas, y que cada cierto tiempo cambiaba para que no pudiera husmear en su vida privada.</p>
<p>Claro que lo de comer acompañado ya no era igual que cuando dirigía la emisora. Entonces no tenía ningún problema para buscar compañía. Eran los demás los que le buscaban a él. En aquella época tenía influencia en la opinión pública y en los círculos de poder se daban de bofetadas por comer con él. Raro era el día en que no almorzaba con algún político, con algún influyente empresario y hasta con el obispo y algún miembro del poder judicial, pero todo eso se acabó cuando aquella puta de becaria le demandó por acoso sexual.</p>
<p>Al principio todos se rieron de ella y le apoyaron. Hasta hubo intentos de echar tierra al asunto, pero la niña tenía bemoles, además de unas tetas estupendas, y no paró hasta conseguir una sentencia en la que le condenaban por acoso sexual. ¡El colmo, vamos!</p>
<p>A raíz de aquello, su vida cambió drásticamente. Los que habían sido sus amigos, le adulaban y le habían hecho la pelota tantas veces, le dieron de lado. Y él, Arturo Calasparra, una de las personas más influyentes de Puerto Grande, se quedó más solo que la una. Económicamente no salió mal parado. Llevaba muchos años en la emisora y tuvieron que soltarle mucho dinero, con el que pudo montar su actual empresa. Pero su amor propio quedó malherido y en sus horas bajas no tenía más remedio que reconocer que, a pesar del tiempo transcurrido, aún no lo había superado.</p>
<p>De todas maneras, las cosas no le iban mal y no echaba de menos a su mujer. Los fines de semana salía a tomar copas de madrugada. Cuando cerraba el viernes su empresa de biógrafos a domicilio, que ya empezaba a tener un reconocido prestigio a nivel nacional, se iba a su casa, se duchaba, se vestía para la ocasión y se disponía a la "caza de la hembra", como solía decir al comentar los ligues con sus conocidos. A veces volvía a su casa borracho y solo, pero otras le salía algún plan.</p>
<p>Había muchos peces en el río. Mujeres ya talluditas, sobre todo separadas y divorciadas, que aún estaban de buen ver aunque unas más que otras- y que iban buscando rehacer su vida con una nueva relación. Esas eran las mejores presas, a las que resultaba más fácil conquistar, aprovechando su soledad. Pero él no quería una nueva relación, por eso las conquistas le duraban poco. Unos cuantos polvos, y había que darles el bote porque se encariñaban enseguida.</p>
<p>Aún recordaba a las becarias, a todo aquel manojo de jovencitas que habían pasado por su despacho, en los meses de verano, cuando dirigía la emisora. De los nombres no se acordaba, y también confundía los rostros, pero lo que no olvidaba era sus culos y sus tetas. Se las veía tan tímidas y tan tiernecitas, que era difícil no sucumbir a su encanto y a la tentación de echarles mano a las nalgas o a los pechos.</p>
<p>Por regla general se contentaba con mirarlas, con algún cachetito cariñoso en el culo o con algún roce, como al descuido, en aquellos escotes tan apetitosos. A veces no le daba tiempo ni a llegar al baño, porque se corría sin necesidad de masturbarse. Pero cuando le pasaba esto le daba rabia. En su interior resonaba la voz de su ex mujer gritándole: "¡Pichafloja!". ¿Qué culpa tenía él si las chicas se vestían como fulanas? Que nadie intentase convencerle de que las muchachas, con aquellos pechos abundantes, enfundados en minúsculos sujetadores, con aquellas camisetas ceñidas, las faldas cortísimas y los pantalones apretados, no estaban intentando explotar sus encantos y poner cachondos a los tíos. Que no se lo dijeran porque él no se lo creía. Aquellas tías eran unas calientapollas de cuidado, como lo fue su ex mujer y lo era Marisa. Marisa Valcárcel Ruiz, que de ella si recordaba el nombre. La joven que le buscó la ruina, ¿cómo iba a olvidarse?.</p>
<p>En realidad de Marisa no se le había olvidado nada. ¡Dios, qué buena estaba! Recordaba su lacia melena rubia, posiblemente teñida, pero eso no le quitaba ningún mérito. Recordaba su par de tetas asomando por aquella camisa negra, transparente y ceñida, que llevaba el día de autos, como dijeron en el juicio. Recordaba lo duros que tenía los pezones cuando, sin poder resistir más, la arrinconó contra la pared, le abrió la blusa y le agarró los pechos con sus manos mientras le restregaba su pene por la entrepierna. Todo ocurrió muy rápido, la sensación duró sólo unos instantes, pero qué maravilla. Eyaculó como nunca lo había hecho. Sintió un inmenso placer y sólo dejó de presionar a la chica contra la pared, cuando notó un líquido caliente mojándole los pantalones.</p>
<p>La joven, que no había gritado hasta ese momento, aprovechó para salir corriendo de su despacho, dando grandes gemidos, con la blusa desabrochada y los pechos saltando como queriendo salirse de su diminuto sujetador negro. Porque él no se lo había quitado. Sólo la había acariciado por encima. Siempre había pensado que una mujer en ropa interior, resultaba mucho más sexi que desnuda. Sin embargo, esta circunstancia no fue considerada como atenuante en el juicio cuando su abogado intentó sacar partido del hecho de que Arturo no hubiera llegado a tocarla a ella dijo- sino a su ropa.</p>
<p>Por muchos años que viviera, no podría olvidar aquella escena, ni las que siguieron a continuación. Ahí estaba él, con una enorme mancha delatora en el pantalón, cuando el gerente entró en su despacho. Arturo sonrió, e intentó hacer una broma, incluso cree que llegó a decir, a modo de justificación: "Está buenísima".</p>
<p>O al menos eso es lo que declaró el gerente en el juicio. El no lo recordaba muy bien, lo cierto es que aquel hombre siempre le había tenido manía y, por su cara, comprendió enseguida que no iba a ponerse de su parte. Que es lo que debía haber hecho, aunque sólo fuera por solidaridad entre hombres. Pero claro, aquel cabrón era del Opus, un "meapilas" de esos de misa diaria, que orinan agua bendita y que no follan ni con su mujer porque es pecado. ¿Qué se podía esperar de alguien así?</p>
<p>El proceso fue angustioso y el juicio surrealista. Aquella zorra se presentó a declarar como si fuera una monja ursulina. Con una camisa blanca, abrochada hasta arriba, unos amplios pantalones, que para nada dejaban adivinar su culo respingón y con la melena recogida en una trenza. Nada de maquillaje, y con una pequeña cruz de oro asomándole estratégicamente por encima de la blusa. Llevaba una apariencia tan recatada, que Arturo ni siquiera la reconoció cuando entró a la sala del tribunal donde se celebraba la vista.</p>
<p>El testimonio de Marisa, aderezado de oportunos gimoteos y el del gerente, que ofició de testigo dando todo lujo de detalles sobre la ubicación de la mancha de semen en su pantalón, fueron decisivos para la condena.</p>
<p>Él, naturalmente, lo negó todo. Tuvo que admitir que se había corrido, porque claro, comprenda usted señor juez, él no era de piedra, y la chica no paraba de provocarlo. Pero juró una y otra vez que jamás la había tocado la piel. Y en eso no mentía.</p>
<p>De todas maneras, de nada sirvió su declaración. Desde el primer momento todo el mundo estuvo de parte de la chica. Incluso sus compañeros de otros medios de comunicación habían dado una especial relevancia a todo aquel asunto, con la excusa de que era noticia. ¡Ya ves tú, menuda noticia! Como si a ellos no se les hubieran ido nunca los ojos detrás del culo de las becarias.</p>
<p>Él sabía perfectamente que más de uno se había liado con alguna. Y también sabía de redactoras que habían ido ascendiendo puestos en la cadena y habían tenido traslados ventajosos, después de acostarse con el jefe. La diferencia es que a él le habían pillado in fraganti. Si no se hubiera corrido en el pantalón…</p>
<p>Si le hubiera dado tiempo a llegar al baño, como otras veces, la chica no se habría atrevido a demandarlo, porque hubiera sido su palabra contra la suya. Pero aquella mancha y el testimonio del cabrón del gerente, acabaron con su brillante carrera periodística.</p>
<p>Aunque habían pasado varios años de aquel incidente, él no podía olvidarlo. Fueron tiempos muy duros. De momento se quedó en la calle, sin trabajo, sin amigos y, lo que fue peor, con su amor propio totalmente herido. Tuvieron que pasar muchos meses hasta que consiguió levantar cabeza.</p>
<p>Y durante aquel tiempo de soledad y oscuridad, fue cuando ocurrió aquel incidente. Lo guardaba con tanto ahínco en su interior, que ni siquiera se atrevía a pensar en ello.</p>
<p>- No, no quiero recordarlo dijo en voz alta, mientras notó cómo un sudor frío acudía a su frente.</p>
<p>No quería recordarlo, pero en ocasiones, la memoria le devolvía, con todo lujo de detalles, lo ocurrido aquella noche. El secreto le perseguía. Sobre todo cuando dormía. Cuando no podía controlar sus pensamientos, aquel sueño se le repetía una y otra vez, reclamando la atención que él no quería prestarle durante las horas de vigilia.</p>
<p>Por eso, cuando se despertaba sobresaltado, y para borrar aquella imagen de su mente, pensaba en Marisa. Si, a pesar de que aquella zorra había sido su perdición, él se agarraba a ella como su única tabla de salvación. Su recuerdo era lo único que conseguía apartarlo de las tinieblas, para devolverle a la luz.</p>
<p>Aquella chica le volvió loco. Cuando la veía, la sangre le hervía en las venas y su pene, hinchado, pugnaba por salirse de los pantalones y alcanzar el cielo. Nunca en su vida, ni antes ni después de tocarla, había experimentado algo así. Era una fuerza vital salvaje. Suponía que algo similar debían experimentar los animales cuando se apareaban con su hembra. Jamás se había sentido tan vivo.</p>
<p>Para él, aquella energía explotándole en la entrepierna era lo más importante y lo más sagrado que le había pasado en este mundo. Nada podía compararse a aquella sensación. La vida, sin duda, era eso, y todo lo demás eran zarandajas. Rollos culturales, comidas de coco y cuentos morales, que sólo trataban de esconder la auténtica naturaleza del ser humano, que no era otra que su animalidad.</p>
<p>Por eso él había hecho a Marisa su hembra, su amante imaginaria a la que se follaba todas las noches y a la que recurría cada vez que su secreto pugnaba por salir de la oscuridad, como le había ocurrido en esos momentos. Combatía a la sombra de ese recuerdo, con la luz de su pasión por Marisa. Sólo tenía que cerrar los ojos y hacerla entrar por la puerta de su despacho.</p>
<p>Ya la oía llegar, con esos zapatos rojos de tacón de aguja que se ponía siempre para complacerle. Con las medias negras transparentes, que dejaban al descubierto sus largas piernas.</p>
<p>Con la estrecha falda de cuero negro, que marcaba perfectamente el contorno de su culo. Y con la camisa, la misma camisa ceñida que llevaba aquel día, con los botones a punto de estallar sosteniendo a duras penas sus abundantes pechos. ¡Dios, cómo le gustaban sus tetas!</p>
<p>Marisa avanzaba hacia él, con el pelo suelto sobre la cara, y la mirada pícara. Arturo la examinó de arriba abajo en su imaginación, con los ojos cerrados, y su mirada tropezó con los labios de la joven, que llevaba pintados de rojo.</p>
<p>- Te has pintado los labios dijo él mientras acariciaba su abultado sexo por encima del pantalón.</p>
<p>- Me los he pintado para ti, porque sé que te gusta el rojo respondió la imaginaria Marisa en la cabeza de Arturo.</p>
<p>- Si, me gusta dijo en voz alta, continuando con el diálogo ficticio.</p>
<p>Tras decir estas palabras, se desabrochó el pantalón para agarrarse el pene con la mano, pero sólo le dio tiempo a tocar un líquido blancuzco. -¡¡Mierda!! soltó de mal humor- ya me he puesto perdido otra vez.</p>
<p>Se levantó de su sillón, y mientras se dirigía al baño no pudo evitar que en su cabeza sonase una conocida exclamación: ¡"Pichafloja"!</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO VI</subtitle>
<empty-line/>
<p>Verde, rojo, amarillo, violeta, azul, verde de nuevo… La enfermera de la recepción dijo a Iris que esperase un momento en la sala, antes de poder ver a su madre, pero la joven estaba más atenta al color de las palabras que la mujer pronunciaba, que a su significado. Cuando consiguió salir de su ensimismamiento, y se dio cuenta de lo que la enfermera le estaba indicando, Iris respondió con un escueto "gracias", y se dirigió a aquella impersonal y deprimente sala de espera que ya conocía de otras veces.</p>
<p>Al llegar, contempló una vez más las paredes sucias y desconchadas, y tomó asiento en uno de aquellos horribles bancos de metal y formica negra, que le recordaban a los que aparecían en una deprimente película que vio hace años, sobre los experimentos que los médicos nazis realizaban con los judíos en los campos de concentración.</p>
<p>No puede evitar, cada vez que va a visitar a su madre, asociar la sala con la que aparecía en aquella tétrica película. No sabe muy bien qué es, pero algo en el ambiente de aquel hospital psiquiátrico le hace siempre retroceder en el tiempo, y situarse en el horror de aquellos años oscuros en los que un loco de verdad, un enfermo de poder, mandó incinerar a millones de seres humanos.</p>
<p>Como otras tantas veces, cuando se encuentra en ese lugar, Iris vuelve a plantearse cómo fue posible que la humanidad consintiera impasible aquella atroz matanza. Y también, como en otras ocasiones, se dice a sí misma que Hitler, ni ninguno de los tiranos actuales, podrían existir sin el beneplácito y la complicidad de miles y miles de personas que los consienten y los sustentan, esperando sacar tajada de la situación.</p>
<p>Con un profundo suspiro, Iris intentó alejar de su mente tan sombríos pensamientos, y recordó la conversación que había mantenido con Matute durante la hora del almuerzo. Al pensar en el policía, el semblante de la joven se iluminó. Una vez más se consideró muy afortunada por contar con su amistad. De alguna forma, Matute era para ella como un padre.</p>
<p>Sonrió al recordar que cada vez que así se lo hacía saber al policía éste, sin poder evitar un ligero rubor, le respondía siempre lo mismo. "No Iris, no, tu padre era mucho mejor que yo. Es una lástima que nos dejase tan pronto".</p>
<p>A pesar del tiempo transcurrido, las conversaciones con Matute siempre terminaban hablando de su padre. A veces no era más que una leve referencia, una frase pronunciada como al azar por el policía: "Tu padre se sentiría orgulloso de ti".</p>
<p>Otras veces el recuerdo hacia su padre llegaba tras las especulaciones que Matute hacía sobre la maldad que existe en el mundo, y sobre el ejercicio del poder, uno de sus temas favoritos. Ese día, el policía apuntó algo significativo para ella; una reflexión que no le pasó desapercibida.</p>
<p>- Roque siempre decía que toda la sociedad se asienta sobre estructuras de poder. No sólo la política, la justicia, la educación… Todo, absolutamente todo lo que existe en este mundo, está montado con estructuras piramidales, hasta la religión. Bueno añadióla religión más que ninguna otra cosa. Y estas estructuras son las que crean tanta infelicidad a los hombres…</p>
<p>- Y a las mujeres bromeó Iris- si hablamos en un lenguaje no sexista.</p>
<p>- Sí, claro, y a las mujeres. Precisamente las mujeres son las que más han sufrido en los últimos siglos esas estructuras piramidales. Tu padre decía que la peor de todas esas estructuras, la más sutil, era la familia. En la mayoría de ellas los padres actúan como auténticos tiranos de los hijos. El marido tiraniza a la mujer, hay una verdadera lucha de poder entre ambos, cada uno con sus armas. La mujer, que recibe órdenes del marido, se convierte a su vez en una auténtica opresora para los hijos. ¡Venga, esas cosas ya no son así! dijo Iris- Ahora son muchos los hijos que se aprovechan de sus padres.</p>
<p>- Es posible respondió Matute- yo me he quedado muy anticuado, pero te aseguro que todos los días compruebo en mi trabajo que tu padre tenía razón. Casi todos los delitos que se comenten, desde el asesinato hasta el simple hurto en medio de la calle, responden a un mismo esquema. La mayoría de los delincuentes, grandes o pequeños, han tenido infancias difíciles y su manera de vengarse contra el poder que ejercieron sus padres sobre ellos, o el poder que ejerció la sociedad, es cometiendo delitos. Una persona que se valore a sí misma, y se sienta querida, nunca puede ser una mala persona. Eso creía tu padre, y tenía razón.</p>
<p>Iris se quedó pensativa escuchando los argumentos de Matute. A veces no sabía distinguir si eran suyos o si pertenecían a su padre. Casi sin pensarlo, se atrevió a preguntar: - ¿Por eso no te has casado, Matute? ¿Por qué no querías tiranizar a ninguna mujer ni a ningún hijo? ¿Crees que mi padre se portaba mal con mi madre? Yo tengo muy buen recuerdo de él, pero ignoro cómo era su relación con mi madre. A veces discutían.</p>
<p>- Esas son muchas preguntas, Iris respondió el policía tras unos instantes de silencio- Yo no tengo prisa, puedes responderlas una a una, si no te importa, claro. Me gustaría mucho conocer la respuesta, y no es por una curiosidad malsana, como puedes suponer.</p>
<p>- No, ya sé que no. Todos necesitamos respuestas, pero eso no quiere decir que sea fácil llegar a ellas. Tu ya no eres una niña y sabes que muchas cuestiones se quedan sin responder. Quizás sea ese uno de los mayores alicientes de la vida. El aceptar que no todo debe tener una explicación lógica. Que a veces las cosas son así porque sí.</p>
<p>- Eso resulta difícil de aceptar. Eso no es lo que nos enseñan… subrayó Iris con un tono de tristeza en la voz- Llevas razón la interrumpió Matute- pero ahí es donde está precisamente la clave. La vida es tan amplia, tan vasta, tan inmensa, que no se puede explicar. A ver dime, ¿qué sentido tiene la vida? ¿Qué sentido tiene esta existencia? - ¡Y yo qué coño sé! respondió Iris más animada, porque le gustaba el giro que tomaba la conversación- Ni tú ni nadie. ¡Nadie puede saberlo! Pero siempre hay listillos que dicen tener la respuesta. Y esos listillos, que se encuentran en el vértice de todas las estructuras piramidales de poder, son los que nos manipulan a los demás y nos ofrecen respuestas prefabricadas sobre cuestiones a las que no se puede responder.</p>
<p>- Yo siempre me he preguntado qué hacía aquí en este mundo, desde que era muy pequeña. Nunca lo he sabido. Sin embargo… añadió Iris con un brillo en la mirada- a veces tengo la sensación de que algo dentro de mí lo sabe, pero yo no puedo recordarlo.</p>
<p>- Creo que esa sensación la tenemos todos, aunque algunos seamos más conscientes de ella que otros.</p>
<p>Iris se estremeció en la sala de espera del hospital psiquiátrico, al recordar de una forma vívida la corriente de afecto que se había instalado entre Matute y ella durante el almuerzo. Miró el reloj, y como su madre no salía, continuó recordando la conversación con el policía. - ¡Eres genial! dijo con repentino buen humor- en los interrogatorios tú debes hacer siempre del poli bueno para sacar información a la gente. Sin soltar tu prenda, claro. Te recuerdo que aún no has contestado a mis preguntas.</p>
<p>- ¡Tus preguntas! Se me olvidaba que eres doña interrogantes en busca de respuestas verdaderas y contundentes. ¿Qué quieres saber?</p>
<p>- Pues lo que te he preguntado respondió Iris recalcando las sílabas- ¿Qué por qué no me he casado? ¡Claro que me he casado! dijo socarrón- Me casé con esta jodida profesión. Ella es la que me tiraniza a mí, la que me produce todos mis desvelos. A la que dedico todo mi tiempo y mi energía. Y te aseguro que no hay para más. Sólo me faltaba llegar a casa y tener una mujer que me riñera o me dijera lo que tengo que hacer o a donde debo ir. No, cuando llego a mi casa lo único que necesito es soledad, y no alguien que me caliente la cabeza.</p>
<p>- Pero, ¿y el amor? preguntó Iris- Nunca te he conocido ningún amor.</p>
<p>- Porque soy muy discreto, pero los he tenido. He estado enamorado varias veces, pero no ha funcionado. Las mujeres siempre se han sentido celosas de mi verdadero amor: mi profesión. Además ¿tú precisamente me preguntas por el amor?. ¿Acaso se puede llamar amor a lo que te une con Raúl?.</p>
<p>Iris recibió estas últimas palabras de su amigo como auténticos dardos. Sin poder disimular su malestar, respondió:</p>
<p>- Ese ha sido un golpe bajo, Matute - Perdona Iris dijo el policía mientras le cogía la mano- me he pasado, no quería hacerte daño.</p>
<p>- No te preocupes, eso ya lo sé. Es que todo lo relativo a mi relación con Raúl me saca de quicio. ¿Qué crees que debería hacer?</p>
<p>- No, Iris, no me preguntes eso. Podría caer en la tentación de decírtelo, y no serviría de nada. Tienes que decidirlo por ti misma. Lo que yo te dijera surgiría de mí, no de ti. Así que no me provoques…</p>
<p>- Dime sólo una cosa. ¿Crees que lo que nos mantiene unidos es el amor? Eso es lo que Raúl dice siempre, que a pesar de todo seguimos juntos porque nos queremos.</p>
<p>- No Iris, no sigas. No quiero responderte. Esa respuesta tienes que buscarla tú sola. ¡Contéstate tú misma, no me preguntes a mí!… Olvídate de sus sentimientos añadiócéntrate en los tuyos. ¿Tú le quieres? - ¡Yo no lo sé! dijo Iris elevando la voz- Iris…</p>
<p>- Por favor añadió ella en voz baja con los ojos humedecidos- ayúdame.</p>
<p>Después de unos momentos de silencio, y de ofrecer a Iris un pañuelo de papel para que se secase, Matute le respondió.</p>
<p>- Yo creo que sí lo sabes Iris. Sabes perfectamente que no le quieres y que tampoco él te quiere a ti. Ya que insistes, permíteme que te diga que, en mi opinión, nunca te ha querido, sólo te ha utilizado. Entre vosotros no hay amor, sólo dependencia emocional.</p>
<p>Tú lo sabes, pero prefieres ignorarlo porque si no tendrías que enfrentarlo y adoptar una solución. Y eso es lo que no quieres hacer. Es más fácil seguir con el piloto automático, que cambiar el rumbo.</p>
<p>- Tienes razón. Es duro decirlo, pero tienes toda la razón añadió Iris más tranquila- Sé que tengo que romper con él, pero me da miedo hacerlo y quedarme sola. - ¿Pero qué dices? Ya estás sola. Todos lo estamos. Tener un marido o una mujer, vivir con una pareja no quiere decir que dejes de estar solo. Sólo significa que en algunos momentos cuentas con alguien con quien compartir tu soledad, pero nada más. El otro está tan solo como tú. Y eso es algo que hay que aceptar, pequeña añadió con un tono cariñoso en la vozIris pensó que hacía mucho tiempo que Matute no le llamaba "pequeña". Esta palabra, que tantas veces había oído de labios de su amigo en el pasado, la hizo retroceder en el tiempo y darse cuenta de que, a lo largo de su vida, y sobre todo en los momentos difíciles, cuando murió su padre y cuando hubo que internar a su madre en el psiquiátrico, Matute siempre había estado ahí.</p>
<p>- Gracias por estar a mi lado, Matute dijo Iris con un deje de emoción- Cuando murió tu padre, me prometí a mí mismo que cuidaría de ti. Es lo que él hubiera querido, y te aseguro que no me cuesta nada hacerlo. Tú eres mi familia y, hagas lo que hagas, yo siempre estaré a tu lado.</p>
<p>Iris le agradeció sus palabras con la mirada, pero antes de dar viva voz a sus pensamientos, el policía continuó hablando:</p>
<p>- Y volviendo a la pregunta que me has hecho sobre si tu padre se portaba mal con tu madre. No quiero dejarla sin contestar. Tu padre era un buenazo, un idealista que jamás se portó mal con nadie, y menos aún con tu madre. Creo que no la entendía, que se encontraba a años luz de lo que ella pensaba, pero la quería mucho. Y a ti también, Iris.</p>
<p>Hablaba con verdadera pasión de ti y de tu capacidad para ver el color de las palabras.</p>
<p>Decía que era un gran don que habías recibido del cielo. Nunca le vi más feliz que el día en que naciste. Decía que con tu llegada al mundo tu madre te aceptaría y cambiaría…</p>
<p>Pero no fue así concluyó con un tono de tristeza en la vozAl escuchar esta confesión de Matute, a Iris se le hizo un nudo en la garganta y tras suspirar profundamente, como si necesitase un aporte extra de aire para dar voz a sus dudas, expresó al fin lo que siempre había querido preguntar:</p>
<p>- Si me quería, ¿por qué se suicidó?</p>
<p>Matute se quedó mirándola fijamente a los ojos. Sintió un inmenso amor y una extraordinaria compasión por aquella joven a la que consideraba como su hija. Siempre había sabido que Iris le haría esa pregunta. A veces se extrañaba de que los años fueran pasando y no se la hubiera hecho todavía. Como la esperaba, muchas veces había ensayado mentalmente la respuesta. Sin embargo ahora no sabía qué decir. Se limitó a encogerse de hombros, y mientras cogía las manos de Iris entre las suyas, en un gesto de cariño, añadió:</p>
<p>- No sé por qué se mató tu padre. Seguramente ésa es una pregunta de las que no tienen respuesta. Yo tengo mi propia teoría añadió- pero sólo es eso, una teoría. Un acuerdo al que he llegado conmigo mismo para tratar de explicarme lo que no tiene explicación.</p>
<p>Eso es algo que siempre hacemos, intentamos explicar el misterio. Lo rodeamos, lo acorralamos, lo catalogamos y lo archivamos. Así nos da la sensación de que el mundo tiene un sentido, y nosotros lo controlamos. Eso nos hace experimentar una falsa seguridad. Y digo falsa porque en realidad no controlamos nada, y lo único seguro que existe en este mundo es que vamos a morir. Cualquier otra seguridad es ilusoria.</p>
<p>Iris permanecía con la cabeza baja y la mirada perdida en algún punto del horizonte. El policía le levantó la barbilla y le hizo mirarle a los ojos mientras decía:</p>
<p>- Mi explicación no te serviría, Iris. Ni siquiera me sirve a mí. No puedo ayudarte en esto, tendrás que elaborar tu propia explicación. O mejor aún, tener la valentía de aceptar que no existe un porqué. Simplemente decidió no seguir viviendo. ¿Quién sabe por qué?</p>
<p>Las palabras de Matute aún resonaban en la mente de Iris cuando vio aparecer a su madre en una silla de ruedas, empujada por una enfermera. La encontró muy desmejorada, mucho más que cuando había ido a visitarla la semana anterior. Años atrás, cuando la internaron en el psiquiátrico, Iris iba todas las tardes a verla, pero los propios médicos le recomendaron que espaciase las visitas, porque la enferma se alteraba mucho con su presencia.</p>
<p>Entonces ella decidió ir a verla solamente una vez a la semana. Al principio de tomar esa decisión, solía llamar por teléfono al hospital cada dos o tres días para preguntar como estaba. Con el tiempo dejó de hacerlo porque su insistencia en preguntar parecía molestar al personal. Un día, el médico que la atendía le dijo claramente que dejase de llamar, y que si la necesitaban ya la llamarían ellos.</p>
<p>Desde entonces, Iris había faltado muy pocas veces a su visita semanal, aunque con frecuencia se preguntaba para qué continuaba yendo a verla, si su madre la ignoraba por completo, y se mantenía en su decisión consciente o no- de vivir como un vegetal.</p>
<p>Cuando aquel día la vio llegar en su silla de ruedas, Iris tuvo el impulso de preguntar: "¿Cómo estás, mamá?". Sin embargo, en lugar de hacerlo se mantuvo en silencio y, como otras veces, indicó a la enfermera que ella la pasearía un poco por el jardín. Atravesaron un largo pasillo que daba a un patio interior acristalado, y salieron al jardín buscando un banco donde Iris pudiera sentarse.</p>
<p>Encontró uno a la sombra desde donde se podía divisar a otros enfermos internos, acompañados de sus familiares o del personal sanitario. Iris los contempló un rato y pensó que la mayoría de ellos no estaban más locos que la gente que vivía fuera del recinto de aquel hospital psiquiátrico. Quizás la única diferencia entre unos y otros era que la gente que estaba allí aceptaba su enfermedad y asumía una locura que los de afuera, los supuestos cuerdos, no querían reconocer.</p>
<p>Después de mirar a su alrededor, Iris suspiró profundamente y volvió los ojos hacia su madre. Al contemplarla allí impasible, con la mirada perdida, un recuerdo de su infancia se instaló en su memoria.</p>
<p>Hacía poco tiempo de la muerte de su padre y su madre la despedía en la puerta de su casa antes de irse al colegio. Había llovido mucho durante toda la noche, y en esos momentos aún lloviznaba. Su madre le dijo:</p>
<p>- Rosario ella siempre la llamaba así, y no Iris- no te metas en los charcos. Vete rápidamente al colegio y no te metas en los charcos. Prométeme que no lo harás.</p>
<p>- Te lo prometo respondió ellaIris se vio de pequeña, como si estuviera reviviendo la escena, con unas botas katiuskas negras y un impermeable de color rojo andando por la acera al lado de unos hermosos charcos de agua junto al cintillo, que la invitaban a meterse. Miró para atrás, por si su madre la estaba observando desde la ventana, y sin pensarlo más se metió de lleno en el enorme charco. Y así fue andando dentro del agua, saltando de uno a otro, hasta llegar al colegio.</p>
<p>No sabía por qué, pero aquel placer tan inocente se convirtió en algo muy importante para ella. Cuando se metía en los charcos, se mojaba, manchaba las botas, oía el ruido del agua al andar, chapoteaba, cuando podía hacer todo eso, a pesar de que se lo habían prohibido, o quizás porque se lo habían prohibido, Iris sentía algo especial.</p>
<p>Sentía como si el mundo fuera distinto, como si hubiera perdido la seriedad que le querían dar los mayores, como si sólo fuera un juego. En aquellos momentos, ella tenía la sensación de haber llegado a este mundo sólo para eso, para jugar en los charcos, para saltar en el agua, para ver los reflejos del sol cuando ya no llovía, para respirar el olor a la tierra mojada.</p>
<p>Al recordar esa etapa de su infancia Iris cayó en la cuenta de que hacía muchos años que había dejado de jugar en los charcos, y que al crecer fue ella, no su madre, la que se decía que no debía mojarse, ni mancharse ni, en una palabra, disfrutar. ¿Había perdido ella la capacidad de disfrutar como cuando era niña? Este pensamiento la sumió en una profunda tristeza y, por primera vez en muchos años, le dirigió la palabra a su madre para preguntarle: - ¿Por qué no me dejabas jugar en los charcos?</p>
<p>Virtudes Salgado no contestó. Aunque Iris tuvo la certeza de que la había oído y había entendido perfectamente su pregunta. Hasta le pareció que la mirada perdida de su madre había hecho un leve movimiento para salir de su ensimismamiento.</p>
<p>Los médicos mantenían que Virtudes se encontraba en ese estado por propia voluntad. Cuando le ponían el plato delante ella comía. Cuando le daban los medicamentos, ella los tomaba. Mantenía el control sobre sus necesidades fisiológicas, pero más allá de esa vida vegetativa, era sorda y muda porque así lo había decidido.</p>
<p>Iris hacía mucho tiempo que había dejado de hablar con ella, porque le parecía totalmente inútil, sin embargo ese día se atrevió a expresarle lo que sentía:</p>
<p>- Me gustaría que me hablaras, mamá. Sé que puedes hacerlo. Ignoro por qué has decidido vivir de esta manera, pero esto no es vida. Ni para ti, ni para mí. Si no quieres que venga a verte más añadió- no vendré, pero yo ya no puedo seguir así. Piénsalo, mamá.</p>
<p>Iris se puso en pie, y condujo la silla de ruedas hasta el interior del hospital.</p>
<p>Mientras lo hacía continuó hablando a su madre, que permanecía impasible:</p>
<p>- Ahora voy a llevarte con la enfermera y si la semana que viene continúas sin hablarme, ya no volveré más. Me costará mucho trabajo añadió con un nudo en la garganta- pero lo superaré.</p>
<p>Siguió empujando la silla y antes de entrar al edificio del psiquiátrico se detuvo y acuclillada junto a su madre le tomó las manos y le dijo con voz entrecortada:</p>
<p>- Papá se suicidó hace ya mucho tiempo y desde entonces tú también te has ido suicidando un poco cada día. ¿Por qué, mamá? ¿Por qué has elegido esta muerte lenta?</p>
<p>Yo ya no te puedo seguir, lo siento, pero voy a intentar aprender a vivir añadió con lágrimas en los ojos- Voy a meterme en los charcos, y voy a volver a disfrutar. Aunque me moje y me manche.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO VII</subtitle>
<empty-line/>
<p>Ginés se asomó a la calle, desde la terraza de su casa, para ver si Iris llegaba ya.</p>
<p>Esta actitud de impaciencia, no sólo le era extraña, sino que de alguna manera le preocupó. Desde hacía muchos años, desde su juventud, no había experimentado nada similar. El último recuerdo que tenía en su memoria de esperar ansiosamente la llegada de alguien, se remontaba a la época de su noviazgo con Irene.</p>
<p>El recuerdo de aquella muchacha, que le había acompañado durante toda su vida, hizo que la tristeza se apoderara de su ánimo. Sin embargo, ese día no pensaba en ella como en otras ocasiones. En lugar de recrearse en el trágico suceso que la llevó a la muerte, la imagen que le llegó a la memoria fue la de la joven guapa y vitalista de la que se enamoró un día.</p>
<p>Con esta imagen en su mente, y reviviendo los momentos felices que pasaron juntos, Ginés se metió en el salón de su casa y se sentó, lo más relajadamente que pudo, a esperar la llegada de Iris. Una vez acomodado en un sillón, se dijo a sí mismo que tanta excitación no le convenía para su enfermedad, cuyos síntomas eran cada vez más evidentes.</p>
<p>- Ya queda poco tiempo, Falina dijo en voz alta dirigiéndose a la perra que se había tumbado a sus pies- y hay que prepararse para el último viaje. Hay que ir soltando amarras, aligerando el equipaje, porque son muchas las cosas que tengo que dejar aquí.</p>
<p>Que no puedo llevar al sitio donde voy.</p>
<p>Como si le entendiera, la perra se puso de pie frente a Ginés y ladeó la cabeza al tiempo que le miraba. Sonriendo, él la acarició y siguió hablando con el animal: - ¿Y a donde vas?, me preguntarás tú… Pues no tengo la menor idea. Espero que a un sitio mejor… Aunque no creas, ya me estaba acostumbrando a este mundo…</p>
<p>Dejándole con la palabra en la boca, Falina se escapó hacia la puerta de la calle mientras meneaba el rabo. Gesto que Ginés interpretó como la señal inequívoca de que Iris estaba llegando.</p>
<p>El timbre de la puerta sonó y Ginés se levantó del sillón con cierto esfuerzo para ir a abrir. Falina estaba cada vez más excitada y su dueño le dijo:</p>
<p>- A ti también te gusta ¿eh?</p>
<p>Iris entró sonriente y resoplando. Acarició a la perra, que saltaba a su alrededor, y mientras se dirigía al salón dijo:</p>
<p>- El único defecto de esta casa es que no tiene ascensor.</p>
<p>- Ese defecto se va a subsanar respondió Ginés- Ya hay aprobado un presupuesto para que lo empiecen a instalar a primeros del año que viene, pero…</p>
<p>Iba a decir que él ya no lo vería, pero se cortó a tiempo e improvisó otra frase -…Pero hasta entonces habrá que seguir utilizando las escaleras. Tú eres joven todavía añadió- pero a mí ya me cuesta mucho subir. Hay días que sólo salgo dos veces para sacar a la calle a Falina… La pobre tiene que hacer sus necesidades. El resto del tiempo vivo encerrado entre estas cuatro paredes y encargo que me traigan la compra del supermercado.</p>
<p>- A mí no me importa traerte lo que necesites cuando venga todos los días se ofreció Iris- sólo tienes que hacerme una nota…</p>
<p>- No, por Dios, no te preocupes, me apaño muy bien. Hace mucho tiempo que casi no me relaciono con el exterior y, si he de serte sincero, no lo echo mucho de menos.</p>
<p>Tras decidir donde se instalaban para estar más cómodos, Iris sacó de su mochila un cuaderno y un bolígrafo y se quedó esperando a que Ginés comenzase a hablar. Pero éste permanecía callado, como aguardando que fuera ella la que tomase la iniciativa.</p>
<p>Finalmente, fue Iris la que rompió el silencio:</p>
<p>- Bueno, pues tú dirás. ¿Por dónde quieres que empecemos?</p>
<p>- La verdad es que no sé por donde empezar respondió Ginés- ¿No vas a grabar las conversaciones? preguntó- No pensaba hacerlo dijo Iris- pero si tu quieres las grabamos… Es la primera vez que desempeño este trabajo ¿sabes? así que esto también es nuevo para mí. Yo trabajé en un periódico y cuando hacía entrevistas nunca las grababa. Prefería tomar notas. Si quieres coger una frase textual, la anotas y la entrecomillas añadió- Creo que al grabar dejas de prestar atención a la persona que habla, puesto que ya está recogiendo sus palabras la grabadora. A mí me interesan más otros matices de la conversación que un magnetófono no puede recoger. Pero insisto, si tú quieres que te grabe… Normalmente la gente se corta mucho ante una grabadora y no se expresa con la misma naturalidad.</p>
<p>- No, no. ¿Cómo voy a decirte yo como tienes que hacer tu trabajo? No tengo ni idea de todo esto añadió con cierto nerviosismoLa alteración de Ginés no pasó desapercibida a Iris. Había algo que ella no terminaba de entender. Como ya había comprobado el primer día que le vio, Ginés no se parecía en nada al prototipo de persona que encarga una biografía. Aunque ignoraba cómo se había desarrollado su vida, así, a primera vista, no parecía que ésta hubiera sido tan relevante como para ser recogida en un libro que quedase para la posteridad. Ginés ni siquiera tenía hijos y, según le había confesado él mismo, la perra que dormitaba a sus pies era su única familia. Entonces ¿por qué quería escribir su biografía?. La pregunta resonaba contínuamente en la cabeza de Iris, y ésta decidió que lo más honesto era hacérsela a la única persona que la podía responder.</p>
<p>- Perdóname dijo tímidamente- quizás antes de empezar deberíamos hablar un poco.</p>
<p>No sé, ponermos de acuerdo sobre algunas cosas. Ten en cuenta que eres tú quien va a firmar la autobiografía, pero la que la escribe soy yo, y tengo que escribirla como si fueras tú. ¿Me entiendes?</p>
<p>Ginés asintió con la cabeza, pero Iris detectó que su nerviosismo, cada vez más evidente, se incrementaba. Decidida a investigar un poco más la causa de tanta alteración, Iris continuó hablando mientras cerraba la libreta y dejaba el bolígrafo sobre la mesa. Se recostó un poco en el sillón, en un gesto que quería invitar a Ginés a la confesión.</p>
<p>- Me gustaría saber algo más de ti. Apenas te conozco. Por ejemplo, me sería de gran ayuda saber por qué quieres que se escriba tu biografía.</p>
<p>Nada más oír la pregunta, Ginés se levantó de su asiento como movido por un resorte y, sin venir a cuento, preguntó a Iris mientras se dirigía a la cocina: - ¿Quieres tomar algo?</p>
<p>- No gracias respondió la joven, un tanto perpleja- Bueno, quizás un poco de agua fresca.</p>
<p>Ginés volvió al cabo de unos momentos con una botella de agua y dos vasos.</p>
<p>Los llenó y se sentó de nuevo en su sillón. Bebió un sorbo, hizo ademán de decir algo, pero se calló. Para romper el incómodo silencio, Iris insistió de nuevo:</p>
<p>- Me gustaría saber qué es lo que te ha movido a contratar a alguien para que escriba sobre tu vida.</p>
<p>- Parece absurdo ¿verdad? dijo Ginés mientras miraba a Iris fijamente a los ojos- Bueno, yo no diría que es absurdo. Mucha gente lo hace mintió- es solo que no sé qué es lo que te mueve a ti a hacerlo.</p>
<p>- Debes pensar que estoy chiflado dijo Ginés mucho más tranquilo, dibujando una sonrisa- Te preguntarás por qué un viejo como yo, que no tiene a nadie en el mundo salvo una perra, y que ha llevado una vida de lo más vulgar, tiene el delirio de grandeza de encargar que le escriban su biografía.</p>
<p>Era evidente que las tornas habían cambiado y ahora era Iris la que se mostraba nerviosa. En cierto modo, Ginés había adivinado sus pensamientos y eso la ponía en una situación incómoda. Sin saber muy bien qué responder, consideró que lo mejor era decir la verdad. Aunque eso pudiera significar que quizás perdiera el trabajo.</p>
<p>- Apenas te conozco dijo Iris- pero no me pega nada que tú tengas delirios de grandeza. Intento ponerme en tu lugar y creo que para decidir algo así, debe haber detrás alguna motivación importante. Algo que a mí se me escapa en estos momentos…</p>
<p>Aunque quizás yo no sea la persona idónea para este trabajo añadió- Ya te he dicho que nunca lo he hecho y a lo mejor tu prefieres a otra persona que no pregunte tanto…</p>
<p>- No Iris la interrumpió Ginés- estoy contentísimo con haberte conocido. Y Falina también dijo mirando a perra que se había levantado y olisqueaba a uno y a otro moviendo el rabo- Es más, creo que en tu llegada a esta casa ha influido directamente la Divina Providencia. Si hay alguien a quien tengo que contar mi vida, esa persona eres tú. Por cierto, ya que nos estamos sincerando, mientras hablo contigo ¿percibes el color de mis palabras? preguntó con un tono cariñoso en la voz- Claro respondió Iris con una sonrisa- Es increíble. Eres… un ser especial, y sin embargo no dices nada, te lo tienes ahí tan callado, como si fuera lo más normal del mundo.</p>
<p>- Es que para mi no es algo excepcional. Es algo normal y no estoy acostumbrada a hacerle caso.</p>
<p>- Pues deberías hacerlo, Iris, deberías hacerlo. Debería enterarse todo el mundo de que tienes ese don.</p>
<p>Las palabras de Ginés le recordaron a Iris lo que Matute le había contado sobre su padre. El también consideraba su sinestesia como un don del cielo, pero no todo el mundo lo había visto así. Por eso se sintió muy agradecida al escuchar a Ginés, y experimentó por él un sentimiento de cariño y profunda simpatía.</p>
<p>- Quiero que sepas, que todas las dudas que te han surgido sobre mi extraño encargo son lo más lógicas del mundo. La verdad es que eso de encargar una biografía suena más bien a famosos o a excéntricos millonarios que a una persona gris como yo…</p>
<p>Iris hizo ademán de interrumpirle, pero Ginés hizo un gesto con la mano y no se lo permitió.</p>
<p>- Déjame hablar, Iris. Me cuesta mucho hacerlo, pero ya que estoy lanzado… En realidad te agradezco muchísimo que me hayas expuesto tus dudas. Cualquier otro se habría limitado a grabarme y a transcribir luego lo que yo dijera. Tú has sido más honesta, te has tomado más interés, y eso es de agradecer. Hoy en día no es corriente.</p>
<p>Iris agradeció interiormente sus palabras, y continuó escuchándole con expectativa. Tras un breve silencio, Ginés dijo al fin:</p>
<p>- Me estoy muriendo, Iris. Apenas me quedan ya dos meses de vida. Tengo un cáncer de pulmón y hay cosas que quiero contar, que quiero que se sepan antes de irme. Quién sabe si como una forma de liberación.</p>
<p>Ni en sus más delirantes fantasías Iris pensó escuchar lo que estaba oyendo en esos momentos. Un nudo se le instaló en el estómago y, aunque lo intentó, apenas salía de su garganta un hilillo de voz.</p>
<p>- Lo siento dijo en un tono apenas audible- No podía imaginarme nada así…</p>
<p>- No te preocupes la interrumpió Ginés mientras se acercaba a ella y le cogía las manos38 No hubiera sabido explicar por qué, pero el cálido apretón que las manos de Ginés ejercieron sobre las suyas, provocó que Iris se pusiera a llorar desconsoladamente.</p>
<p>- Vamos, vamos, no llores dijo él mientras la abrazaba-yo estoy bien. Te aseguro que nunca en mi vida me he encontrado mejor. Es paradójico, ya lo sé, pero nunca me he encontrado tan tranquilo como ahora.</p>
<p>Poco a poco Iris se fue serenando y Ginés volvió a sentarse en su sillón.</p>
<p>- Perdona dijo ella al fin- no sé qué me ha pasado. Me ha entrado mucha tristeza y no me he podido contener.</p>
<p>- Las lágrimas son buenas añadió él- son un desahogo para el alma. ¿Sabes que hay gente que no puede llorar? Quieren hacerlo, pero no pueden, están incapacitados para algo tan natural como es el llanto. Al fin y al cabo cuando un niño nace lo primero que hace es llorar. Es su primera muestra de rebeldía.</p>
<p>- También hay gente que no se sabe reír dijo Iris más animada- Ahora hay cursos de risoterapia donde vas y pagas un dinero para que te enseñen a reír.</p>
<p>- No jodas, pues anda que no hay motivos en la vida para reírse continuamente.</p>
<p>Empezando por uno mismo señaló Ginés mientras hacía muecas con la caraAmbos se rieron y Ginés continuó hablando sobre su muerte inminente.</p>
<p>- No creas que estoy triste porque me voy a morir. Al fin y al cabo nacemos para esto, para morirnos, así que antes o después todos cumplimos con nuestro destino. - ¿Hace mucho que te lo dijeron? preguntó Iris- Hace dos o tres meses. Aunque te parezca mentira no me acuerdo muy bien. He perdido un poco la noción del tiempo. El tiempo es algo que solamente es útil en esta vida, pero cuando ves que se te acaba ya no tiene ninguna importancia. ¿Qué más da?</p>
<p>La cuestión es que, desde que me lo dijeron, yo he sido mucho más feliz.</p>
<p>- Tú si que eres una persona especial dijo Iris- No creo que exista mucha gente en el mundo que sea más feliz al anunciarle su muerte. - ¿No me crees? preguntó Ginés con un brillo malicioso en la mirada- Si, claro que te creo. Precisamente porque te creo es por lo que pienso que eres alguien excepcional.</p>
<p>- Me halaga tu comentario, pero no creas que soy tan excepcional. Lo que me ha pasado a mí le puede pasar a cualquiera en la misma situación. Al principio lo pasé mal añadió- Esa es una noticia que te impacta y que te sacude hasta la última fibra de tu anatomía y de tu alma. Entonces te rebelas y empiezas a preguntarte algo tan absurdo como "¿por qué me pasa esto a mí?". Como si hubiera un porqué. Como si tú fueras el único que va a morir. Luego, poco a poco, la certeza de la muerte va calando en tu interior, y cuando esa certeza ha penetrado totalmente en tu comprensión y en tu consciencia, entonces te relajas. - ¿Lo aceptas? apuntó Iris- Sí, así es. Siempre que algo es totalmente seguro, la preocupación desaparece. Toda la inquietud y toda la ansiedad que sufrimos surgen de la inseguridad. Pero cuando algo es seguro, y además inevitable ¿qué objeto tiene preocuparse? Entonces te relajas y empiezas a experimentar una nueva forma de vida.</p>
<p>- Visto de esa manera, y puesto que todos vamos a morir, todos deberíamos vivir de una forma relajada añadió Iris como si hubiera hecho un gran descubrimiento- Así debería ser, pero la realidad es otra. Cuando pensamos en la certeza de la muerte, lo hacemos desde una óptica intelectual y, al menos que yo sepa, el intelecto no ha provocado ningún cambio interior en nadie. Mira esta casa dijo girándose y abriendo los brazos- está atestada de libros. Algunos tratan sobre la muerte, hay referencias en cientos de ellos. Pero yo siempre he visto la muerte, a pesar de haberla tenido muy cerca, como muy lejana. Algo que ocurría a los demás, no a mí.</p>
<p>- Sí, entiendo lo que quieres decir dijo Iris- Hasta que lo que está en la mente no pasa a ser experiencia personal. Hasta que no lo vives en cada una de las células de tu cuerpo, en cada gota de tu sangre, hasta que no lo experimentas por ti mismo, esa certeza intelectual de que vas a morir no te sirve para relajarte.</p>
<p>Ginés interrumpió su relato con cierto tono de emoción en la voz. Suspiró profundamente y miró a los ojos de Iris. Ahora fue ella la que se levantó de su asiento y se agachó junto al sillón de Ginés, cogiéndole las manos en un gesto de cariño, que él agradeció con la mirada. Tras permanecer así unos momentos en silencio, Ginés le dijo a Iris: - ¿Sabes? Me considero muy afortunado. Son muchas las personas que mueren de repente sin tener tiempo para prepararse. A mí me han avisado con la suficiente antelación como para darme tiempo a hacerme a la idea y a aceptarlo. Me considero muy afortunado por ello.</p>
<p>La reflexión de Ginés no hizo otra cosa que reafirmar a Iris en la creencia de que se encontraba ante una persona extraordinaria. Ciertamente, muchas personas hoy en día morían en accidentes de tráfico o en infartos fulminantes, sin tener tiempo para preparar y aceptar su muerte. Pero también había otras muchas que pasaban por largas enfermedades y no aprovechaban esa oportunidad que les brindaba la vida para disponerse a morir. Pensó que Ginés, sin embargo, sí la había aprovechado, y así se lo hizo saber.</p>
<p>- Creo que el mérito está en ti, no en que te hayan diagnosticado tu muerte inminente. A otras personas también se lo anuncian, o pasan por largos periodos de enfermedad antes de morir, y sin embargo no lo aprovechan, y su vida es tan miserable como cuando estaban sanos. La suerte añadió sonriendo- si es que a que te digan que te vas a morir se le puede llamar suerte, hay que saber aprovecharla. Y tú lo has hecho.</p>
<p>Las palabras de Iris fueron seguidas de un largo silencio. Cada uno de ellos estaba inmerso en sus propios pensamientos. La confesión de Ginés había causado en ella un impacto tan grande, que en esos momentos no sabía qué decir.</p>
<p>Por un lado, desde el punto de vista humano, tenía que digerir esa información.</p>
<p>Le agradecía inmensamente su sinceridad y el haber compartido con ella algo tan personal y tan íntimo. Desde ese momento, Iris lo consideraba más un amigo que alguien ajeno que la había contratado para escribir su biografía. Y, quizás por ese motivo, porque se sentía demasiado cercana a él, ella ya no era la persona idónea para llevar a cabo el proyecto de Ginés. Sin pensarlo dos veces, se lo hizo saber a éste.</p>
<p>Ginés escuchó los argumentos de Iris mirándola embobado y como toda respuesta le dijo:</p>
<p>- Creo que mi suerte es mucho mayor de lo que yo pensaba porque mi decisión de contar por escrito algunos sucesos importantes de mi vida, me ha llevado a conocerte a ti. Te ruego que te quedes y escuches lo que tengo que contar. Lo único que lamento es no haberte conocido antes y… que me quede tan poco tiempo.</p>
<p>Emocionada y agradecida por las palabras de Ginés, Iris se quedó pensativa unos momentos y le respondió con firmeza:</p>
<p>- Claro que me quedaré. Me quedaré todo el tiempo del mundo y escribiré lo que me quieras contar. - ¿Te parece que empecemos ya por mi infancia? preguntó Ginés con repentino buen humor- Me parece respondió Iris con la misma disposición de ánimo que él40 - Espera, voy a traerme un álbum de fotos. Ya verás que guapo era yo de pequeño…</p>
<empty-line/>
</section>
<section>
<title>
<p>CAPITULO VIII</p>
</title>
<empty-line/>
<p>Visto con la perspectiva del tiempo, aquel fue un día importante en mi vida. No sólo por la confesión de Ginés, sino por la sorpresa que encontraría al llegar a mi casa y que, definitivamente, marcaría un cambio en mi existencia.</p>
<p>Es curioso cómo se producen los cambios en la vida de una persona. Se diría que se van gestando poco a poco, sin que nos demos cuenta. Y un día, que parece no diferenciarse demasiado del anterior, la chispa salta haciendo pedazos todo nuestro mundo, que hasta horas antes parecía previsible.</p>
<p>Eso fue lo que me pasó aquel día que ahora traigo a mi recuerdo, mientras contemplo el mar por los ventanales de casa. Los escasos meses que han transcurrido desde aquellos sucesos, me parecen ahora un periodo de tiempo muy largo. Como si hubieran pasado muchos años.</p>
<p>Y es que no hace falta conocer la teoría de la relatividad de Einstein, para comprobar en la vida cotidiana que el tiempo es sólo un concepto de la mente, absolutamente relativo, que nos ayuda a incorporar una tras otra las vivencias que, debido a las limitaciones espacio-temporales de este mundo, no somos capaces de experimentar en un solo instante.</p>
<p>El tiempo, ese auténtico tirano que nos permite vivir la vida sólo a pequeños sorbos, arrebatándonos nuestro derecho, como hijos de los dioses que somos, a experimentar nuestras vivencias en un mismo instante. Quizás es así porque el tiempo sabe que si nos permitiera esta experiencia le venceríamos. Y ya no tendría ningún poder sobre nuestras efímeras vidas terrenales.</p>
<p>Pero trascender el tiempo sería como trascender nuestra condición humana. Y esto, aunque no es imposible, es muy difícil. Por eso el tiempo se presenta ante nuestros ojos como un enemigo invencible. Un déspota del que no nos podemos desprender. Sólo lo podemos engañar un poco cuando vivimos con intensidad. Bebiendo la vida y disfrutando los años que nos han sido asignados, como si fuéramos auténticos alcohólicos.</p>
<p>Emborrachándonos con la experiencia, saboreándola, soltando el control y disfrutando. Es posible que la única manera de vencer al tiempo sea no aceptando las vivencias tal y como se nos deja que las tomemos, con cuentagotas. Ahora sé que la vida hay que vivirla con tranquilidad y lucidez, pero a grandes tragos.</p>
<p>Y esto lo aprendí en esos días que ahora relato. Aprendí que sólo se debe descansar para tomar aliento y seguir viviendo. Aunque en el fondo de nuestra alma sepamos que tampoco así vamos a conseguir vencer a la muerte: la auténtica aliada, reina y señora del tiempo. No es extraño que cuando se representa a la muerte aparezca siempre con un reloj de arena en la mano. No es extraño porque el tiempo es su servidor más fiel, su mejor cómplice. Y ante ella los humanos no tenemos alternativa. ¿Qué hacer, entonces, con el tiempo que nos ha sido concedido, cuando sabemos que llegamos a este mundo con la fecha de caducidad marcada a fuego en nuestras entrañas? ¿Qué hacer? En aquellos días me di cuenta de que sólo existen dos caminos para encarar la vida y que, al final, ambos conducen al mismo sitio: la muerte.</p>
<p>Podemos quedarnos en casa, calentitos junto a la chimenea, creyendo que allí estamos seguros, o podemos salir ahí afuera, a la oscuridad de la noche, entregándonos a la lluvia y al frío. En el primer caso, jamás despertaremos del sueño y nos iremos muriendo de aburrimiento, poco a poco. En el segundo caso, la oscuridad y el temporal que agitará nuestras almas nos obligará a movernos y a mantenernos despiertos.</p>
<p>Y así, eligiendo el camino del movimiento, el sendero del que deja atrás el fuego del hogar, el ser humano comienza una carrera desenfrenada en círculo para, si el tiempo se lo permite, si vive por tiempo suficiente, alcanzar la quietud del centro. Y desde allí, desde esa posición privilegiada, llegar a la totalidad de sí mismo y, por tanto, a la paralización del tiempo.</p>
<p>Cuando se alcanza ese lugar, aunque sea sólo por un instante, se comprueba que en él confluyen todas las vidas. La tuya y la de los demás. Allí el tiempo no puede alcanzarte y la muerte no puede aniquilarte. Pero ¿cómo llegar a ese sitio, a ese estado de consciencia donde se está a salvo de los efectos devastadores del tiempo y de la muerte? Sólo hay una manera de llegar ahí. Sólo se vence a la muerte con la vida.</p>
<p>Aunque ambas, vida y muerte, van irremediablemente unidas. Son las dos caras de una misma moneda.</p>
<p>Yo reflexionaba sobre la relación de la vida con la muerte, mientras caminaba hacia mi casa. Después de lo que acababa de contarme Ginés me encontraba impactada por su confesión y también, por qué no decirlo, por el sentimiento de intimidad que iba creciendo entre nosotros.</p>
<p>Aquella era una tarde calurosa en la que no tenía ninguna prisa por llegar a casa. De hecho, esa mañana me había despedido de Raúl hasta la noche, porque preveía pasar todo el día en casa de Ginés, entrevistándole para la biografía. Pero la conversación tan intensa que habíamos mantenido, y que nos había llevado por unos derroteros que yo no esperaba, propició que me replantease todo el trabajo y volviera a mi casa antes de lo previsto.</p>
<p>Mientras caminaba buscando la sombra por las calles de la ciudad, volví a sentir esa opresión en el pecho que siempre experimentaba en mi interior cuando algo funcionaba mal. Era una vieja alarma que había tenido infinidad de veces a lo largo de mi vida, y que me avisaba que alguna cosa no iba bien. De que tenía que reconsiderar algo de lo que estaba haciendo, o pensando, o sintiendo… O todo a la vez.</p>
<p>Yo no sabía a qué podía deberse ese malestar interno, que se ubicaba en el pecho, en el lugar donde residen las emociones. Por eso mientras seguía andando lentamente por las desiertas calles de Puerto Grande, intenté mirar en mi interior para averiguar la causa de esa desazón.</p>
<p>Rememoré la conversación con Ginés y recordé que esa misma mañana, mientras él me hacía su confesión, yo ya había empezado a experimentar esa señal de alarma en mi cuerpo. De pronto, y con total lucidez, me di cuenta de cual era el motivo de mi angustia. En mi fuero interno, yo no me sentía cómoda al tener que escribir la biografía de Ginés como parte de un trabajo remunerado.</p>
<p>Si antes de conocerle ya había tenido dudas sobre la conveniencia de aceptar ese trabajo, ahora que le conocía y que se estaban despertado entre nosotros sentimientos de afecto y amistad, me resultaba mucho más difícil tratarle como a un cliente. Alguien ajeno que te cuenta batallitas sobre su vida para impresionar a los demás.</p>
<p>Ese no era el caso de Ginés, y ahora que conocía sus motivaciones, me resultaba más difícil todavía escuchar sus confidencias como parte de un trabajo remunerado. Sin poder explicarlo muy bien, me sentía incómoda con el papel de "biógrafa a domicilio", como rezaba el anuncio de "Negro sobre Blanco".</p>
<p>Además, algo en mi interior seguía sin cuadrar y me decía que la vida de Ginés escondía algún secreto que él quería hacer público. Si no era así, no tenía sentido ese empeño por airear su pasado. Tenía la impresión de que su muerte inminente era sólo una parte de la confesión que me iba a hacer, pero que había algo más.</p>
<p>"Todos vamos a morir me dije para mis adentros- y no por eso escribimos nuestra biografía. Ni siquiera cuando sabemos que la muerte anda pisándonos los talones".</p>
<p>Más lo pensaba, más tenía la certeza de que Ginés escondía algún suceso que le había obsesionado durante toda su vida y que ahora, debido a su muerte inminente, quería contar para aliviar su conciencia. Sólo se me ocurría esa explicación que, según pude comprobar después, resultó acertada.</p>
<p>Sin embargo, ni mi intuición, ni la argumentación que yo me había montado, para explicar la conducta de Ginés, aliviaban para nada mi opresión en el pecho. Él podía o no tener sus razones para actuar como actuaba pero ¿y yo? ¿Qué pasaba conmigo? ¿Qué es lo que no funcionaba en mi comportamiento?</p>
<p>En el fondo, yo sabía perfectamente lo que no funcionaba. Cuando algo va mal, siempre lo sabemos, aunque la mayoría de las veces miremos para otro lado y sigamos engañándonos a nosotros mismos porque nos resulta más rentable.</p>
<p>En mi caso estaba claro. A pesar de que necesitaba el dinero, porque los escasos ahorros que tenía cuando me quedé en paro se iban acabando, y a pesar de que quería trabajar, resultaba evidente que ese empleo no era para mí. Nunca lo fue y sobre todo en esos momentos en los que consideraba ya a Ginés como a un amigo. Alguien cercano a mí.</p>
<p>"Escribiré lo que él quiera, y permaneceré a su lado hasta el último momento de su vida" me dije interiormente, con una resolución que a mí misma me asustó- pero no voy a hacer de sus confidencias íntimas motivo de negocio. No sirvo para eso. Mañana se lo haré saber a él… Y también tendré que ir a decírselo a Arturo Calasparra".</p>
<p>Esta idea me inquietó, porque la posibilidad de ver otra vez a aquel hombre me ponía enferma. Aunque, por otro lado, tenía cierto atractivo ir a decirle que se metiera donde le cupiese su maravilloso trabajo "¡Menudo se va a poner cuando vea que se le ha ido un cliente. Porque eso es lo que realmente va a sentir pensé- no que yo me despida, sino que ya no pueda sacarle el dinero a Ginés".</p>
<p>Con estos pensamientos en mi mente, apenas me di cuenta de que había llegado al portal del edificio donde estaba mi apartamento. Con gesto mecánico subí en el ascensor y al llegar al quinto saqué la llave de la mochila y abrí la puerta de mi casa.</p>
<p>Nada más hacerlo me sobrecogió un grito que procedía del dormitorio.</p>
<empty-line/>
<p>Bastante asustada al principio, estuve a punto de salir corriendo, pero hice acopio de valor y me quedé en la puerta, escuchando atentamente. Unos momentos después oí claramente unos jadeos y me dio un vuelco el corazón, porque aquello parecía claramente lo que en realidad era.</p>
<p>Con cuidado para no hacer ruido cerré la puerta de la calle y, de puntillas, me acerqué hasta mi dormitorio. Encontré la puerta entornada, pero dejaba una abertura suficiente como para que yo pudiera ver a Raúl en la cama con una joven que me resultó totalmente desconocida.</p>
<p>Era evidente que no se habían percatado de mi presencia y yo permanecí allí callada, casi sin atreverme a respirar. No sabía qué hacer, si salir corriendo o interrumpir tan conmovedora escena amorosa. Al principio, noté cómo mi indignación subía por momentos. Pero luego, no sabría explicar por qué, vi la situación que estaba viviendo como si no me pasase a mí, como si fuera una película. Y la secuencia me pareció cómica.</p>
<p>Empecé a reírme al tiempo que abría la puerta, y contemplaba a aquellos cuerpos desnudos que, alertados por mi presencia, daban manotazos buscando la sábana para taparse. Aún recuerdo la cara de idiota que puso Raúl mientras preguntaba: - ¿Qué haces tú aquí?</p>
<p>- Esta es mi casa respondí con aplomo- y te ruego que salgas de ella con tu amiguita. - ¡Pero tu no tenías que estar aquí! se atrevió a decir todavía, quizás más para justificarse ante la chica que tenía a su lado, que ante mí- El que no tenía que estar aquí eras tú añadí con convicción- En realidad no tenías que haber estado aquí nunca. Así que coge todas tus cosas y no vuelvas más.</p>
<p>- Pero Iris… dijo él saltando de la cama con la sábana a rastras, intentando detener mi marcha por el pasillo- No quiero oír nada. No quiero saber nada más de ti. Sólo quiero que te vayas y me dejes en paz. Voy a buscar un cerrajero se me ocurrió de pronto- para que cambie la cerradura de la puerta. Cuando vuelva, no quiero que estés aquí. Ni tú ni ella dije señalando el dormitorio- Pero Iris, si apenas la conozco…</p>
<p>- Estupendo le interrumpí- así ahora vas a tener tiempo para conocerla mejor. Todo el tiempo que te deje tu ex mujer y tus odiosos niños, claro. - ¡No consiento que te metas con mis hijos! añadió Raúl intentando aparentar dignidad con la voz, mientras se sujetaba la sábana por la cintura- Adiós Raúl. Hasta nunca dije mientras daba un portazo y cogía el ascensor para salir de nuevo a la calle.</p>
<p>Al llegar abajo, me detuve unos instantes y aspiré con fuerza el aire caliente de aquella tarde soleada, intentando ordenar en mi mente todo lo que acababa de pasar.</p>
<p>Cuando fui consciente de lo que había hecho, una gran euforia se apoderó de mi ánimo.</p>
<p>No sólo no estaba enfadada sino que me encontraba como si me hubiera quitado un peso de encima. Una enorme losa que durante mucho tiempo había llevado sobre mis hombros. </p>
<p>Sin rumbo fijo, empecé a caminar de nuevo por la calle y fui consciente de que mi vida estaba sufriendo muchos cambios en apenas unos días. Pensé en Ginés y, en esos momentos me di cuenta de que quizás el hecho de haberlo conocido, había influido para que yo acabase mi relación con Raúl. Este pensamiento me resultó curioso y, por unos instantes, detuve mi deambular para concentrarme mentalmente y pensar con más claridad.</p>
<p>"Mi ruptura con Raúl se debe a que lo he encontrado acostado con otra mujer en mi cama y a que estaba hasta las narices de una relación que no me aportaba nada.</p>
<p>Ni más ni menos" me dije internamente con resoluciónSin embargo, una voz interior contrarrestó este pensamiento diciendo:</p>
<p>"Siempre has sabido que Raúl se seguía acostando con su ex mujer, y sospechabas que también se acostaba con otras, luego ese no ha sido el motivo de la ruptura. En cuanto a que la relación con él no te aportaba nada añadió la voz machaconamente- eso también lo sabías. No es nuevo"</p>
<p>Continué andando al tiempo que la voz interna insistía: "Todo eso ya lo sabías, pero antes no existía Ginés. Tu enamoramiento de él es lo que te ha dado fuerzas para romper hoy con Raúl".</p>
<p>Me di cuenta en esos momentos de que aquel pensamiento ya me estaba rondando desde por la mañana. Hasta entonces, yo había conseguido mantenerlo a raya, en el inconsciente. Pero iba tomando cuerpo y se había colado de lleno en mi mente consciente, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.</p>
<p>Eran tantas las emociones que se agolpaban en mi mente, que no sabía por donde empezar. En sólo unos días habían pasado muchas cosas. Tenía un nuevo trabajo que me había llevado hasta Ginés. Este me había confesado que apenas le quedaban dos meses de vida. Y yo acababa de descubrir que tenía que dejar el trabajo porque me estaba enamorando de él.</p>
<p>Pensé que, además, Ginés era una persona que no sólo me doblaba la edad, sino con la cual en caso de que él correspondiera mis sentimientos- no tendría ningún futuro porque sus días estaban contados. Este último pensamiento me produjo un gran desasosiego. Sentí profundamente que fuera a morir. Y, por primera vez, no lo sentí sólo por él, sino que también experimenté pena por mí. Me pareció como si el destino me jugase una mala pasada.</p>
<p>Continué repasando mentalmente los últimos días de mi vida, mientras seguía caminando en busca de una ferretería. Además de todo lo ya mencionado, que era más que suficiente para alterar la monotonía y sacudir cualquier existencia, yo había decidido no volver a visitar a mi madre, si ésta no daba síntomas de vivir y de querer verme.</p>
<p>Y por si todo esto fuera poco, acababa de romper con mi novio. Una decisión largamente acariciada en los últimos años, pero que nunca me había decidido a encarar por miedo a la soledad y a enfrentar mi propia vida.</p>
<p>El recuerdo de Raúl y de la cara de idiota que había puesto al sorprenderle en la cama, hizo que mi ánimo se fuera alegrando hasta llegar casi a la euforia. Me sentía contentísima por haber tenido valor para dar ese paso. En realidad no había sido tan difícil, aunque había que reconocer que él me lo había servido en bandeja. </p>
<p>Seguro que no era la primera vez que se llevaba a alguna amiguita a mi casa, pero esta vez había tenido menos suerte que las anteriores. De cualquier forma, eso ya no tenía ninguna importancia. Lo importante era que por fin me había atrevido a tomar una decisión fundamental para mi vida y que me había costado mucho afrontar.</p>
<p>"Es curioso pensé- cuando hacemos las cosas que nos dan miedo, resulta que no son tan difíciles de realizar como pensábamos. Lo que nos paraliza realmente es el miedo a dar el paso. El temor que nos infundimos a nosotros mismos es lo que nos causa el sufrimiento. Cuando llevas a cabo la decisión que tanto temes asumir, te liberas".</p>
<p>Y así es como yo me sentía con respecto a Raúl, totalmente liberada y contenta.</p>
<p>Con buen estado de ánimo llegué a una ferretería y expliqué que debía cambiar la cerradura de mi casa de forma inmediata. No hubo ningún problema, un chico joven cogió varios modelos que podían servir, y me acompañó hasta el apartamento para hacer el cambio.</p>
<p>Me alegré de que así lo hiciera por si al volver a casa estaba todavía Raúl.</p>
<p>Pensé que en presencia de un extraño no se atrevería a montar ningún numerito. Sin embargo, no hizo falta. Raúl y su acompañante se habían ido y yo sentí un gran alivio.</p>
<p>Cuando el joven terminó de cambiar la cerradura y se marchó cogí las sábanas y las toallas que había en el baño, las metí en una bolsa grande de basura y la dejé a la entrada para bajarla al contenedor. Fue al entrar al cuarto de baño cuando vi escrito en el espejo con carmín rojo la palabra "Puta".</p>
<p>El carmín debía ser de la amiga de Raúl, puesto que yo nunca me pintaba los labios y no tenía. La chiquillada me hizo gracia y no pude evitar una sonrisa. Allí en esa frase y en esa acción quedaba demostrada la madurez de mi novio. Realmente cada minuto que pasaba me sentía más aliviada y contenta por hacerle desaparecer de mi vida.</p>
<p>- No creo que te eche de menos dije en voz alta como si Raúl me pudiera oír- Ni siquiera pude compartir contigo mi secreto. Nunca te pude contar que cada vez que abrías la boca yo podía ver todo un arco iris saliendo de tus labios. Incluso cuando decías tonterías. Las palabras tienen vida propia añadí siguiendo con mi monólogotienen su propio color, al margen del significado que quiera darles la persona que las pronuncia. Después de varios años juntos, Raúl, ¡qué poco me has conocido! O mejor dicho, qué poco te ha interesado conocerme.</p>
<p>Repasé la casa de arriba abajo, y comprobé que Raúl se había llevado una de mis maletas para meter sus cosas. En realidad no tenía casi nada en mi casa. Útiles de aseo, algo de ropa y poco más. Con tantas viviendas como llevaba al ruedo, la de su ex mujer, la suya propia y la mía, siempre tenía todo desperdigado en un lado y en otro.</p>
<p>Después de cenar, puse sábanas limpias en la cama y me acosté. Quería seguir reflexionando sobre los sucesos de día, pero estaba tan contenta por haber roto con Raúl, que algo en mi interior se empeñaba en no pensar para no empañar mi alegría.</p>
<p>"Tengo que contárselo a Matute dije en voz alta- se va a poner contentísimo.</p>
<p>No se lo va a creer. También tengo que decírselo a Ginés".</p>
<p>Al pronunciar esas palabras, caí en la cuenta de que Ginés ni siquiera conocía la existencia de Raúl. Quise entonces pensar en mis sentimientos hacia él, en lo que me había contado. Quise, pero no pude porque el sueño me rindió. </p>
<p>Creo que esa noche me dormí con una gran sonrisa de satisfacción dibujada en los labios, mientras veía entre sueños los colores de las palabras que acababa de pronunciar: "Mañana será otro día".</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO IX</subtitle>
<empty-line/>
<p>Arturo Calasparra se despertó sobresaltado. Un ruidoso trueno resonó en las paredes de su dormitorio, mientras una fuerte lluvia chocaba contra los cristales entreabiertos de la ventana. Miró el reloj y comprobó que eran algo más de las seis.</p>
<p>Estaba amaneciendo en Puerto Grande y lo hacía al compás de una aparatosa tormenta de verano.</p>
<p>Aún en duermevela, se dio cuenta de que su cuerpo estaba empapado en sudor, y quiso achacarlo a las altas temperaturas que se estaban viviendo en aquellas últimas noches. Sin embargo, en su interior, Arturo sabía que su pijama se había mojado porque había vuelto a tener aquella pesadilla que le atormentaba más cada día y, sobre todo, durante la noche.</p>
<p>"Fue un accidente se dijo a sí mismo- y no voy a consentir que una escoria así me amargue la vida".</p>
<p>Con el rostro cansado, Arturo se levantó y se dirigió al servicio. Orinó y se cambió de pijama, volviendo de nuevo a la cama con la intención de seguir durmiendo un rato más. La tormenta continuaba y por la ventana de su dormitorio se colaba el resplandor de los relámpagos.</p>
<p>Se metió nuevamente en la cama e intentó dormir. Pero no pudo. Empezó a dar vueltas y, de pronto, como movido por un resorte, se levantó de un salto y empezó a buscar algo por el cajón de la mesilla, primero, y después por los cajones de la cómoda y el armario. -¿Dónde coño la he puesto? repetía en voz alta, cada vez más enfadado- No puede ser que se haya perdido. Si lo guardé aquí… ¿O no? dudó- quizás lo escondiera en el salón.</p>
<p>Abandonó su habitación revuelta, e inició la búsqueda por los cajones del mueble que tenía en el salón.</p>
<p>- No me jodas que lo he perdido, tiene que estar aquí continuó lamentándoseCada vez más excitado, Arturo inspeccionó todos los lugares de la casa donde pudiera haber guardado lo que estaba buscando, incluyendo la cocina y el cuarto de baño. De pronto se detuvo, como buscando algún recuerdo en su mente, y concluyó que tal vez lo tenía en su despacho.</p>
<p>- Me parece que me la llevé allí… continuó con su monólogo- Sí, creo recordar que me la llevé, para evitar que alguna limpiadora pudiera encontrarla en casa. Cuando te vas, esa gente lo registra todo y nunca se sabe… De todas formas no estaré tranquilo hasta que compruebe que la tengo en el despacho concluyóAlgo más sereno, se dirigió a su dormitorio para acostarse de nuevo, pero antes miró el reloj y al ver que eran ya casi las siete, volvió al salón, se dejó caer pesadamente en el sofá y de forma automática encendió la televisión con el mando a distancia. Pasó rápidamente de una cadena a la otra, hasta que se quedó en una donde estaban emitiendo un informativo matinal, que básicamente era una repetición de las noticias de la noche anterior.</p>
<p>Sin mucho interés escuchó lo que decían, hasta que se quedó dormido en el sofá.</p>
<p>El sueño duró sólo unos minutos, pero Arturo volvió a despertarse con el pulso acelerado y con el pijama empapado en sudor. -¡Mierda!, otra vez… ¿Qué leche está pasando?. ¿Por qué vuelve contínuamente la misma pesadilla? ¿Es que no me vas a dejar nunca en paz? gritó mientras se levantaba de un salto del sofá y giraba sobre sí mismo, como si hablase a alguien en la habitación49 Se dirigió a la cocina, al frigorífico, y cogió una botella de agua fresca de la que echó un gran trago. Después se encaminó al grifo, lo abrió y metió la cabeza bajo el agua. Tras secarse un poco el pelo con un paño de cocina, se dijo a sí mismo en voz alta, como si hablase con otra persona:</p>
<p>- Tienes que tranquilizarte.</p>
<p>Tu secreto está a salvo. Nadie sabe lo que pasó. Y no debes permitir que ningún recuerdo ni ningún sueño te altere. Los sueños no son nada.</p>
<p>Son sólo sueños ¿quién no tiene alguna vez una pesadilla?</p>
<p>Arturo volvió al salón, con la intención de tranquilizarse y de pensar en otra cosa. Intentó ocupar su mente con la imagen de su amante imaginaria, Marisa Valcárcel, pero ni siquiera pudo recrearse en ella. Cosa que le preocupó bastante.</p>
<p>- Venga, vamos a ver la tele. ¡Mira, mira que tetas tiene esa tía! Eso sí que te gusta ¿eh? se preguntó a sí mismo mientras se respondía afirmando con la cabeza- Tú lo que tienes que hacer es dedicarte a follar todo lo que puedas, a tu negocio, y a vivir.</p>
<p>Y dejarte de remordimientos y monsergas. Eso es para los ricos. Los que se pueden permitir el lujo de amargarse la vida son los ricachones añadió mientras cambiaba de canal- pero tú no, Arturo. Tú no. Tú tienes que seguir viviendo y demostrarle al mundo entero que no eres un "pichafloja".</p>
<p>Dijo esta palabra sin querer, y al pronunciarla, algo se removió nuevamente en su interior, y le pareció estar oyendo risas a su alrededor. Muy excitado, empezó a gritar mientras miraba a un lado y a otro. - ¡¡De mi no se ríe nadie!! ¿Entendido?</p>
<p>Sólo pasaron unos momentos antes de que Arturo Calasparra se diera cuenta de que las risas procedían del televisor. Cuando fue consciente de este hecho, volvió a derrumbarse en el sofá y, cogiéndose la cabeza entre las manos, pensó: "Me estaré volviendo loco".</p>
<p>Sin querer profundizar más en este pensamiento, se metió en el cuarto de baño para asearse. Al terminar, se puso la misma ropa que llevaba el día anterior después de oler la camisa para comprobar que no estaba muy sudada- y salió de su casa para dirigirse a "Negro sobre blanco".</p>
<p>Arturo Calasparra era el propietario y único trabajador fijo de la empresa. El resto del personal lo integraban los colaboradores que contrataba, a tiempo parcial, para escribir las biografías a domicilio. Sólo de esta manera el negocio le resultaba rentable.</p>
<p>Cuando abrió la empresa contrató una secretaria, pero aquella zorra intentó denunciarle por acoso sexual. Seguramente se enteró de su incidente con la becaria y trató de sacar tajada de la situación. ¡Menuda puta!</p>
<p>Bien cariñosa que se mostraba con él, cuando la seleccionó entre un nutrido grupo de jóvenes para desempeñar el trabajo. Entonces todo eran parabienes y carantoñas. Pero luego, cuando él la invitó una noche a cenar, y luego se la llevó a su apartamento, la cosa cambió drásticamente y la muy zorra le salió con el rollo del acoso. Desde entonces, decidió que él sólo llevaría el negocio. Al fin y al cabo ¿para qué coño la necesitaba?</p>
<p>A veces, cuando venía a verle algún cliente de postín, Arturo mentía diciendo que, en ese momento, su secretaria estaba de vacaciones. Y hasta ese día siempre había colado. De todas maneras el negocio, aunque próspero, tampoco tenía tanto volumen como para que no pudiera llevarlo él solo. Además de que así le salía mucho más barato.</p>
<empty-line/>
<p>Nada más llegar a su despacho, ubicado en un céntrico edificio de la ciudad, Arturo abrió la puerta y, tras conectar el aire acondicionado -si no, sudaba como un cerdo- se dirigió con intranquilidad a los cajones de su mesa, para ver si la había dejado allí. Revolvió un poco y, con gran satisfacción en el rostro, encontró lo que buscaba. ¡¡ Ajajá, estás aquí!! dijo en voz alta, llevándose a los labios el pequeño objeto que había encontrado en el cajón para besarlo. Se trataba de una moneda de plata, de unos tres centímetros de diámetro, con un agujero en la parte superior. Eran cincuenta escudos portugueses, acuñados en 1987. Por una cara, se veía un barco de vela y bajo su casco unos pececillos a los que se les suponía en el mar. En la otra cara figuraba el número 50 bajo un escudo.</p>
<p>Contento por haberla encontrado, Arturo sostuvo la moneda en su mano y, después de observar las dos caras con detenimiento, se sentó tras su mesa de despacho, con la mirada perdida y un gesto de preocupación en el rostro. Permaneció así unos minutos, hasta que el sonido del teléfono lo sacó de su ensimismamiento.</p>
<p>Al otro lado una voz, que no le resultó desconocida, preguntó por él.</p>
<p>- Soy Iris Villaverde, ¿me recuerdas?</p>
<p>- Sí claro respondió Arturo, sin saber muy bien de quien se trataba- Me gustaría ir a hablar contigo sobre la biografía que me encargaste… - ¿Cuál era exactamente? la interrumpió Arturo- es que así de pronto… No está mi secretaria y no me acuerdo. Son tantas las biografías que llevamos en rueda.</p>
<p>- Ya, lo comprendo respondió Iris sabiendo que le mentía- se trata de la biografía que me encargaste de Ginés Alcalá.</p>
<p>- Alcalá, Alcalá… - repitió él en voz alta- sí, ya lo recuerdo. Qué pasa, ¿tienes algún problema?</p>
<p>- El problema es que no la voy a hacer dijo Iris- pero me gustaría explicártelo personalmente, no por teléfono. - ¿Cómo que no la vas a hacer? gritó Arturo- Sabes que has firmado un contrato ¿no?</p>
<p>- Te rogaría que no me chillases -añadió Iris con voz serena- y que me dieras una cita para ir a explicártelo personalmente porque, como ya te he dicho, no quiero tratar este asunto por teléfono.</p>
<p>- Todo eso me parece muy bien, y supongo que tendrás una buena excusa para abandonar el trabajo, pero te repito que tienes un contrato firmado conmigo y, legalmente, estás obligada a cumplirlo.</p>
<p>Iris intentaba mantener la calma, pero aquel gilipollas la estaba sacando de sus casillas. Por eso inspiró y espiró profundamente dos o tres veces antes de responder:</p>
<p>- Te aseguro que no existe ningún contrato en el mundo que me obligue a hacer algo que no quiero hacer dijo, asombrándose ella misma de sus palabras-. Su tono de voz debió ser lo bastante convincente como para que Arturo Calasparra cambiase su irritación inicial por una actitud más calmada.</p>
<p>- Bueno, bueno, pues te vienes por aquí cuando quieras y lo hablamos. Lo antes posible, claro, porque si tú no quieres hacer el trabajo, tendré que buscar a otra persona para hacerlo y ahora mismo está todo el mundo ocupado en otras biografías…</p>
<p>Sin permitirle que siguiera con su discurso, Iris le cortó bruscamente, con la intención de dar por finalizada la conversación:</p>
<p>- De acuerdo, iré lo antes posible y lo hablamos. Hasta luego.</p>
<p>Cuando se disponía a colgar el teléfono, oyó que Arturo le preguntaba:</p>
<p>- Y no me puedes adelantar cual es el motivo para que no quieras escribir la biografía de este señor. Supongo que lo que te ha contado no serán sucesos… digamos indecentes o ilegales. No sé, algo sucio.</p>
<p>La insinuación irritó bastante a Iris, y aunque quería acabar ya con aquella conversación, le respondió indecisa:</p>
<p>- No, no me ha contado ningún suceso in-de-cen-te dijo remarcando las sílabas de esta palabra- No se trata de nada raro, ni sucio. Es, sencillamente, que no me considero la persona apropiada para hacer este trabajo.</p>
<p>- Pero ¿por qué? preguntó Arturo- de los muchos curriculums que tenía te elegí a ti porque habías trabajado en un periódico. Y supongo que estás acostumbrada a hacer entrevistas, a que la gente te cuente su vida y tú escribas sobre ella.</p>
<p>- Sí, pero no es lo mismo. Con esas personas a las que entrevistas no te une ningún vínculo especial dijo Iris, arrepintiéndose al instante de sus palabras- Vaya, vaya subrayó Arturo con un tono malicioso en la voz- conque un "vínculo especial" ¿eh?. Oye, a mi no me importa la vida sexual de mis clientes, ni tampoco la del personal que contrato. Cada uno hace lo que quiere con su culo. Si habéis establecido entre vosotros un "vínculo especial" añadió malévolo- eso no sólo no es ningún obstáculo para que tú escribas su biografía, sino que incluso podría facilitar tu trabajo.</p>
<p>Iris no podía dar crédito a lo que estaba escuchando. Aquel tío, además de un salido y un gilipollas, era un auténtico cabrón. Cada vez más enfadada y asqueada, decidió cortar de un tajo la conversación.</p>
<p>- Bueno, mira, si te parece, me paso por tu despacho y lo hablamos.</p>
<p>- Mujer, no te pongas así dijo Arturo, con la intención de provocar aún más el enfado de Iris- esas cosas pasan. Al fin y al cabo la carne es débil… Ginés Alcalá es ya un hombre mayor y, bueno, a nadie le amarga un dulce… añadió antes de escuchar cómo Iris le colgaba el teléfonoTambién él colgó el aparato con una sonrisita dibujada en su boca, aunque al cabo de unos instantes la sonrisa se transformaba en una mueca, cuando empezó a pensar que si aquellos dos pájaros se habían enrollado, a lo mejor el tal Ginés Alcalá había perdido ya todo interés por editar su autobiografía, con lo que él perdería un cliente.</p>
<p>- No me jodas dijo en voz alta- ¡será capulla la tía! ¡Vaya rollo ese del "vínculo especial". Nada, seguro que se ha acostado con el tío y ahora sale haciéndose la estrecha. Por mí como si se operan añadió visiblemente enfadado- bastante me importa si echan un polvo como si echan tres. La cuestión es que a quien están jodiendo es a mí.</p>
<p>Arturo Calasparra pensó que ya le habían estropeado el día. Con lo contento que se había puesto al encontrar la moneda. Vaya susto se había dado. Ahora que la tenía en su mano respiraba más tranquilo. Aunque por dentro, sin saber por qué, seguía experimentando una gran inquietud.</p>
<p>Olvidándose por unos momentos de Iris y de Ginés Alcalá "ya resolveré ese asunto cuando se presente aquí la zorra esa"- Arturo trató de centrarse en lo que realmente le estaba preocupando por dentro y le provocaba pesadillas.</p>
<p>- Vamos a ver dijo dialogando consigo mismo, mientras observaba la monedaquizás fuera mejor deshacerse de ella. No sé, enterrarla o, sencillamente, tirarla a la bolsa de la basura y llevarla al contenedor.</p>
<p>Tras unos minutos de silencio, reanudó el monólogo.</p>
<p>- No, yo creo que no… Es mejor que la siga guardando yo. Conmigo estará más segura y yo estaré más tranquilo. Si la tiro o me deshago de ella, siempre estaré preocupado con la posibilidad de alguien la encuentre y la pueda relacionar con el suceso.</p>
<p>El sólo pensamiento de que algo así pudiera ocurrir puso a Arturo muy nervioso.</p>
<p>Se levantó de la silla giratoria y empezó a dar vueltas por su despacho, mientras los dedos de su mano derecha jugueteaban con la moneda. De pronto se detuvo en seco y volvió a sentarse tras la mesa. Intentando tranquilizarse volvió a hablarse, como si fuera otra persona la que se dirigía a él.</p>
<p>- Tu tranquilo, hombre. La moneda te la guardas, como has hecho hasta ahora, y así nadie podrá encontrarla. Pero además, si se te perdiera y la encontrasen ¿qué? ¿Qué podría pasar? Pues nada. Nada de nada.</p>
<p>- No sé yo se respondió a sí mismo, cambiando levemente su habitual tono de vozse ven muchas cosas ahora por la tele…</p>
<p>- Que no, hombre, que no. Lo que tienes que hacer es olvidarte de una puta vez de este asunto. Ese es un tema viejo del que ya nadie se acuerda se dijo con voz optimistaTras este diálogo ficticio, Arturo permaneció callado unos minutos, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos. Bastante más sereno, se dirigió hacia el servicio común que compartía con otros despachos en su planta, y se pasó las manos mojadas de agua por el pelo.</p>
<p>- No hay quien aguante este calor dijo dirigiéndose a su imagen reflejada en el espejo que había sobre el lavaboDespués de peinarse su pelo rizado con los dedos, volvió a mirarse detenidamente con sus ojos saltones y añadió complacido: </p>
<p>- La verdad es que no estás nada mal, tío. Aún estás de muy buen ver. No es extraño que las mujeres pierdan la cabeza por ti.</p>
<p>Al pronunciar esta frase, pensó primero en su ex mujer, en lo mal que lo pasó cuando ésta lo abandonó. Pero inmediatamente borró la imagen de Elena de su cabeza, y deliberadamente imaginó a Marisa, mientras echaba el cerrojo a la puerta del servicio.</p>
<p>Cerró los ojos y la vio entrando por la puerta del baño, contoneándose, insinuante. Este pensamiento fue acompañado de una rápida erección. Como si realmente la chica estuviera allí, Arturo dijo en voz alta.</p>
<p>- Muñeca, te has equivocado de puerta. Este es el servicio de caballeros.</p>
<p>- "No me he equivocado respondió ella en su cabeza- vengo buscándote a ti. ¿Sabes?, me vuelves loca.</p>
<p>- Lo sé, preciosa, lo sé respondió Arturo, mientras en su imaginación atraía a Marisa hacía sí, cogiéndola con ambas manos por el culo, y la besaba apasionadamente en la boca.</p>
<p>- "Te voy a manchar de carmín rojo" dijo ella continuando con el diálogo ficticio.</p>
<p>- No me importa lo que hagas conmigo contestó Arturo al tiempo que se desabrochaba rápidamente la bragueta, aunque en su cabeza echaba mano con avidez a los pechos de la jovenEn esos momentos, y antes de que le diera tiempo a llegar hasta su endurecido pene, Arturo Calasparra eyaculó en los pantalones. Abriendo los ojos, gritó de mal humor: - ¡¡Joder!! ¡¡Otra vez!!</p>
<p>Unos insistentes golpes en la puerta le hicieron volver totalmente a la realidad.</p>
<p>Instantes después, oyó una voz que preguntaba: - ¿Hay alguien ahí? ¿Le pasa algo?</p>
<p>Un poco atorado, Arturo respondió.</p>
<p>- No, no se preocupe, no me pasa nada.</p>
<p>- Perdone, es que como he oído voces, y llevo ya aquí un rato y no sale nadie… se justificó la voz al otro lado de la puerta"Será gilipollas, el tío. Lo que me faltaba. A ver quien es el guapo que sale ahora con esta mancha en el pantalón pensóComo el otro continuaba en silencio, como si aguardase una respuesta, Arturo dijo al fin de mal humor:</p>
<p>- Saldré cuando termine. ¿O es que ni siquiera puede uno cagar a gusto?</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO X</subtitle>
<empty-line/>
<p>Santiago Ramírez entró en su despacho con el aspecto de un hombre cansado. Su agotamiento era más psíquico que físico. Estaba a punto de cumplir 60 años y, por primera vez, se había planteado la posibilidad de jubilarse de forma anticipada. Cada día se le hacía más cuesta arriba ir a trabajar, enfrentarse a la calle. Pero también enfrentarse a sus superiores. En su opinión, los mandos se habían politizado y se dedicaban, cada vez más, a contentar a los de arriba, en lugar de esforzarse por hacer mejor su trabajo.</p>
<p>"Vaya mierda" se dijo para sus adentros mientras se dirigía al pasillo para coger un café de la máquina- No sabía por qué, pero cada día que pasaba sentía una creciente inquietud interior. Sus entrañas se removían, todo estaba patas arriba dentro de su cabeza. Los ratos de lucidez se mezclaban con otros de gran confusión y, por encima de ambos, una certeza se iba aposentando poco a poco en su conciencia: la de que él ya no encajaba allí. Que aquel trabajo se había convertido en una cárcel para su alma, en pura miseria.</p>
<p>A ratos, hasta comprendía perfectamente por qué su amigo Roque se había suicidado. También él se sorprendía coqueteando de vez en cuando con la idea de la muerte. Con la de descansar para siempre. Dejar este mundo que cada vez le era más ajeno. Un mundo que ni comprendía ni quería comprender.</p>
<p>Regresó a su despacho con el café humeando en un vaso de plástico, y se dejó caer en la silla giratoria que había tras la mesa. Los papeles se amontonaban. Tenía tanto trabajo que no sabía por donde empezar.</p>
<p>Sonó el teléfono, pero Santiago no hizo caso, no tenía ganas de hablar con nadie, y menos aún con el comisario jefe. Seguro que era él para hacerle cualquier encarguito de esos que le mandaban los políticos sólo para quedar bien. Por un momento pensó que podía ser Iris quien llamase, pero cuando iba a descolgar el teléfono, éste dejó de sonar.</p>
<p>El recuerdo de la muchacha le supuso un respiro para el ominoso ánimo que le acechaba esa mañana. Por unos momentos, el mundo dejó de ser un lugar frío y desapacible para iluminarse con un tenue rayo de sol. El recuerdo de que Iris había acumulado el valor suficiente para romper con su novio, elevó la moral del policía y, por unos momentos, incluso llegó a sentirse feliz.</p>
<p>- Si señora, así se hace dijo en voz alta recordando la conversación que había mantenido con Iris, en la que ésta le comunicó su ruptura con Raúl.</p>
<p>- Menudo cabrón era el tío. ¿Por qué las buenas personas como Iris dan siempre con cerdos como ese? se preguntó de viva vozA lo largo de su vida y, sobre todo, durante el ejercicio de su profesión, esa cuestión había sido siempre una incógnita para él. ¿Por qué buenas mujeres, por ejemplo, soportaban durante años los malos tratos físicos o psicológicos de sus parejas? ¿Por qué muchas de ellas, después de denunciarlos o de romper la relación volvían otra vez? ¿Por qué les resultaba tan difícil salir de ese círculo vicioso? ¿Por qué hombres y mujeres repetían a lo largo de sus vidas los mismos esquemas de convivencia con distintas parejas?</p>
<p>Él había llegado a una conclusión, pero no era políticamente correcta. Casi se lo comen cuando la expuso en un master de criminología, que estudiaba los comportamientos psicológicos y sociales del mal. Menuda se armó cuando dijo que estos comportamientos se repiten porque cada uno se identifica con su papel.</p>
<p>O dicho más claramente, que no puede haber verdugo sin víctima. Que ambos, víctima y verdugo, son los que componen el círculo vicioso. Y que si la víctima no lo permitiera, el círculo se rompería y el verdugo no podría ejercitar su papel como tal. Al menos con esa persona. Aunque lo más normal es que buscase otra víctima propiciatoria y… la encontrase.</p>
<p>A Santiago aún no se le había olvidado la reacción de una abogada feminista que participaba en el máster, y que se levantó del asiento cuando él terminó de exponer su teoría, gritándole:</p>
<p>"¡Machista de mierda! ¿Cómo se atreve a decir que a las mujeres las maltratan porque ellas lo permiten? ¡¡ No asumen ningún papel. Son realmente víctimas, y lo son muy a su pesar!! Y usted es un machista de mierda.</p>
<p>El sonido del teléfono sacó bruscamente a Santiago de sus pensamientos, y esta vez lo descolgó automáticamente. La voz cálida de Iris le interrogó: - ¿Eres tú, "Matute"?, hace un rato he llamado y no estabas - Sí estaba -respondió él- pero no quería cogerlo por si era mi jefe, que me tiene hasta las pelotas.</p>
<p>- Vaya un poli mal hablado dijo Iris riendo- espero que no te manden a dar charlas a los colegios, porque serías un mal ejemplo para los niños.</p>
<p>- No te preocupes que no me mandan a esos sitios. A mí sólo me ordenan chorradas, y mientras, ahí están muertos de risa algunos casos sin resolver, como el de la Manuela, por ejemplo.</p>
<p>- Sí, lo recuerdo perfectamente añadió Iris- ¿cómo voy a olvidarlo? Cuando me tocó a mi cubrir la información en el periódico, al principio me fastidió mucho ¿Te acuerdas cómo me chivabas datos de la investigación, con la condición de que no los publicara?</p>
<p>Eso sí que era difícil para mí, saber cosas y no poder contarlas.</p>
<p>- Eso es lo que hacen los buenos periodistas ¿no? Y tú lo eras. De los mejores que he conocido…</p>
<p>- Pues para lo que me ha servido… le interrumpió Iris con un tono de tristeza en la vozPara lo mismo que te sirve a ti ser un buen policía, Matute. Hoy en día esas cosas, el hacer bien tu trabajo, no cuentan. Lo que prima es la mediocridad, y hacer la pelota al jefe, y poner buena cara y decir a todo "sí bwana". Por eso a mí me echaron y "la Manuela" sigue muerta, y su asesinato sigue impune porque tu no puedes investigar.</p>
<p>El policía pensó que ella tenía razón, y escuchó con cierta amargura los razonamientos de Iris. Guardó unos momentos de silencio antes de responder - ¿Sabes? Hace unos momentos pensaba en la posibilidad de jubilarme cuando cumpla los 60 años… - ¿En serio? preguntó Iris- pero si tú eres un enamorado de tu profesión. Siempre he pensado que eras un policía vocacional, de los que ya no existen.</p>
<p>- Tú lo has dicho continuó Matute- de los que ya no existen. Y por eso, como ya no existen, yo no pego aquí ni con cola. Así que es posible que me jubile. Pero mira, no sé por qué pero el asesinato de "la Manuela" no se me va de la cabeza. Se ha convertido para mÍ en algo así como en un símbolo… No sabría explicártelo añadió- pero no voy a consentir que quede impune sólo porque la mujer fuera una pobre mendiga y una retrasada mental. Porque en el fondo, ésa es la única razón por la que yo no puedo investigarlo. Porque a nadie le importa, Iris. La Manuela no era nadie, socialmente hablando, y a nadie le importa un carajo. Si fuera pariente de algún pez gordo, otro gallo nos cantaría. Así que a lo mejor me jubilo, pero antes, te juro que voy a cazar a su asesino. Aunque no haga otra cosa. Esa va a ser mi prioridad, aunque no lo sea para mis jefes. </p>
<p>- Me parece muy bien, Matute dijo Iris con un tono de complacencia en la voz- si puedo ayudarte en algo, no dudes en contar conmigo. Ya sabes que de este caso sé casi tantas cosas como tú.</p>
<p>- Es posible que te fiche como detective. Cuando estabas en el periódico y formábamos equipo, no lo hacías nada mal. En algún momento incluso llegué a pensar que deberías haberte hecho policía… Como tu padre añadió Matute con emociónEsta última frase se clavó como una flecha en el interior de Iris. Jamás se le había pasado por la cabeza la posibilidad de ser policía. Nada más lejos de su intención.</p>
<p>Sin embargo, algo crujió en algún rincón de su alma cuando oyó las palabras de su amigo. Incapaz de responder, se produjo un pesado silencio. Fue Santiago el que lo rompió al preguntar:</p>
<p>- Bueno, y ¿para qué me llamabas? Creo que con tanta cháchara por mi parte no te dejo hablar.</p>
<p>Iris resumió al policía su conversación telefónica con Arturo Calasparra, así como su intención de abandonar el trabajo en "Negro sobre blanco". Su inquietud se producía ante las amenazas de Calasparra de obligarle a cumplir su contrato. - ¿Puede hacerlo, Matute? Me refiero a si puede hacerlo legalmente, claro, porque mi decisión de dejarlo ya está tomada, y no hay nada ni nadie que me pueda hacer cambiar.</p>
<p>Lo que no me gustaría es que el cerdo ése me demandase, y encima tuviera que pagarle un dinero que no tengo. Yo creo que no puede obligarme, pero tú eres más experto que yo en estas cosas de la legalidad.</p>
<p>- No te preocupes por eso, ese tío es un bocazas. Como poder, podría demandarte, pero perdería. El sí que tendría problemas si te despidiera a ti, pero no al revés. No le hagas caso añadió- ha sido un farol para ver si te acojonaba y te quedabas.</p>
<p>- El que yo me vaya o me quede creo que le da igual. Lo que le debe preocupar es perder a Ginés como cliente añadió Iris- SÍ, eso es lo que pienso yo también. Por cierto, ¿qué piensa él de tu decisión? preguntó Matute- Aún no lo hemos hablado en profundidad, aunque yo ya le dije que no era la persona idónea para realizar el trabajo. Sobre todo después de… se interrumpió Iris- ¿Después de qué? la interrogó su amigo con expectación- Pues… dudó Iris- Después de la amistad que va surgiendo entre nosotros… De la sintonía ¡Yo qué sé!</p>
<p>- Vaya, vaya, esta si que es una buena nueva. Era evidente que te caía muy bien, pero creo que aquí hay algo más. Ahora comprendo mejor tu ruptura con Raúl…</p>
<p>- No, no, mi ruptura con Raúl no tiene nada que ver con Ginés le cortó Iris- Vale, lo que tu digas, pero creo que te engañas. Si prefieres que lo exprese de otra manera, políticamente correcta le respondió Matute aflautando la voz al pronunciar las últimas palabras- yo diría que es una extraordinaria coincidencia que te hayas decidido a romper con tu novio, justo en el momento en el que has simpatizado con Ginés. ¿Vale así?</p>
<p>Ambos se echaron a reír al mismo tiempo. Luego, se produjo un silencio que hizo pensar a Matute que algo andaba mal. - ¿Hay algo que no me hayas dicho, Iris? preguntó el policía.</p>
<p>Ella dudó unos momentos y, finalmente dijo sin rodeos:</p>
<p>- Ginés está a punto de morir. Tiene un cáncer de pulmón y… le queda muy poco tiempo de vida.</p>
<p>- Lo siento respondió Matute- ¡Dios, que putada! Perdona por lo que te he dicho antes, no sabía… </p>
<p>- No te preocupes, Matute. Me alegra mucho poder decírselo a alguien. En realidad has acertado de pleno. Lo cierto es que me he enamorado de Ginés. No quería reconocerlo, es la primera vez que lo verbalizo… Es curioso reflexionó Iris- parece que las cosas no existen hasta que no las nombras. Mientras las mantienes calladas en tu interior, es como si no existieran, pero en el momento en que las verbalizas, es como si cobrasen vida. ¡Ese es el poder de la palabra!</p>
<p>- Tú debes saberlo mejor que nadie, Iris. Para ti las palabras además de tener poder también tienen color. ¡Debe ser magnífico tener ese don!</p>
<p>Al escuchar estas últimas palabras, Iris se echó a llorar. - ¿Eh, pequeña?, no llores se apresuró a consolarla MatuteCon voz entrecortada, ella le respondió:</p>
<p>- No lloro de tristeza, sino de emoción… Aunque, bueno añadió- quizás también llore de tristeza o de rabia. Nunca me he permitido disfrutar de lo que tú llamas mi don. Lo he mantenido oculto para no ser diferente a los demás, para que me quisieran, ahora me doy cuenta. Sabes que no tuve valor para confesárselo a Raúl, y sin embargo se lo conté a Ginés el mismo día en que lo conocí. Salvo tú, que me conoces desde que nací, y mi madre, nadie más sabe ahora de esta singularidad. Tú lo consideras un don, como lo creía mi padre. Y mi madre un castigo, una aberración.</p>
<p>Tras un breve silencio, Iris continuó con un tono de voz más tranquilo.</p>
<p>- La cuestión es que yo nunca me he parado a pensar qué significaba para mí el hecho de que tuviera acceso a un mundo de percepción que los demás no tenían. En lugar de mirar hacia adentro, he visto siempre esta… digamos "rareza", a través de los ojos de los demás. Oscilando entre considerarlo una bendición o una maldición. Pero siempre, insisto, porque eso era lo que pensaban los demás, no por mi propia experiencia. Para mí es algo tan normal y cotidiano, que casi no le presto atención. Y sin embargo, ahora siento que debería disfrutar de ello. Gozar de esta gracia, de este regalo. Porque así es como empiezo a considerarlo.</p>
<p>Al finalizar con su confesión, Iris suspiró profundamente, como si se hubiera quitado un gran peso de encima. Matute estaba emocionado, sin saber qué decir. Nunca la había oído expresarse tan rotundamente y con tanta lucidez.</p>
<p>- Me alegro mucho de oírte decir eso añadió al fin- creo que los últimos acontecimientos que has vivido te están haciendo madurar. O quizás has madurado y eso es lo que ha provocado en tu vida los últimos acontecimientos. Nunca supe qué iba antes, si el huevo o la gallina.</p>
<p>- Eso es lo de menos. Esas son la clase de cuestiones en las que siempre nos perdemos. ¿Qué era antes el huevo o la gallina? preguntó Iris de buen humor- ¡Y qué más da!</p>
<p>Disfrutemos de ambos, sin analizar quien precedió a quien. La inminente muerte de Ginés me está haciendo darme cuenta de que perdemos mucho tiempo en tonterías.</p>
<p>Siempre cargando con el pasado, y pensando qué ocurrirá en el futuro, cuando lo único que tenemos realmente es el presente. Y yo quiero vivir el presente. No me queda más remedio ¿sabes? Si me pongo a pensar que a Ginés sólo le quedan unos días de vida, si me pongo ya a sufrir de antemano pensando en que cuando llegue el otoño ya no estará aquí, no voy a poder disfrutar de ese amor que siento por él, y que nunca antes he experimentado. Ya sé que es un amor sin futuro añadió- pero quizás eso es lo que le confiere más valor y precisamente lo que me obliga, por primera vez en toda mi existencia, a vivir exclusivamente el presente.</p>
<p>- Pues hazlo, pequeña, no dejes de hacerlo balbuceó Matute mientras se sonaba la nariz- ¡Joder, Iris, has hecho que me emocione. Yo que creía que estaba insensibilizado, que ya nada podía hacerme llorar. </p>
<p>- ¿Tú? ¿Tú insensibilizado? respondió ella riendo- ¡Venga ya, no te hagas el duro!</p>
<p>Pero si eres un blando que te derrites a las primeras de cambio como si fueras de mantequilla…</p>
<p>- Un respeto, señorita, no se te ocurra contarlo por ahí. Echarías a perder mi reputación de poli malo la interrumpió bromeandoLa conversación telefónica finalizó con la recomendación que Matute le hizo a Iris de que no se dejase apabullar por Arturo Calasparra, cuando ella fuera a comunicarle que dejaba su trabajo en "Negro sobre blanco".</p>
<p>Al colgar el teléfono, Iris se sintió reconfortada después de hablar con su amigo y pensó que debía presentárselo a Ginés, antes de que fuera demasiado tarde. Este pensamiento la hizo estremecerse como si el frío de la muerte se hubiera instalado en su propio cuerpo.</p>
<p>Esa misma tarde volvería a ver a Ginés y tendría que comunicarle su decisión definitiva de no continuar trabajando para la empresa de Arturo Calasparra. No obstante, le diría que estaba dispuesta a escribir su biografía, pero a condición de que no existiera ninguna relación laboral por medio. De que fuera un acuerdo entre amigos, por el que ella no quería percibir ningún dinero.</p>
<p>Hasta ahí nada le preocupaba. La duda se le planteaba a la hora de decidir si debía o no hablar a Ginés de sus sentimientos hacia él. Porque ya no tenía sentido engañarse a sí misma. Lo que experimentaba hacia aquel hombre era amor. Algo distinto a lo que había sentido por Raúl o por cualquier otra persona.</p>
<p>- Vaya dilema ¿eh? dijo en voz alta, hablando consigo mismaCasi estaba segura de que Ginés sentía lo mismo por ella pero ¿y si se equivocaba? ¿Y si le confesaba sus sentimientos y hacía el ridículo más espantoso?</p>
<p>Experimentando una creciente inquietud por dentro, razonó que debía decírselo.</p>
<p>Que si se callaba, no sería sincera con él. Y cualquier persona, pero sobre todo una que estaba a punto de morir, lo menos que se merecía era que la tratasen con dignidad y sinceridad. - ¡Y además, que más da si hago el ridículo o no! Qué manía de estar siempre pendiente de lo que piensen los demás. Tengo que empezar a actuar por mi cuenta, al margen de lo que piensen o sientan los demás. Y eso también incluye a Ginés. Si no me quiere, peor para él concluyó asombrándose de la convicción de sus propias palabrasContenta con la decisión que acababa de tomar, se hizo el firme propósito de no darle ya más vueltas. Simplemente acudiría a su cita en casa de Ginés y le hablaría con el corazón en la mano. Pero antes pasaría por la oficina de Arturo Calasparra para dejar constancia de que abandonaba el trabajo que éste le había encomendado.</p>
<p>Pensó que lo mejor era llevarle un escrito en el que constase su decisión y, sin pensarlo más, se sentó ante su ordenador portátil para redactarlo. Cuando estaba a punto de terminarlo, sonó el teléfono. Iris lo descolgó y al oír la voz que le hablaba se quedó paralizada.</p>
<p>Era el doctor que atendía habitualmente a su madre, para pedirle que fuera con toda urgencia al hospital psiquiátrico, porque Virtudes Salgado estaba en coma.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XI</subtitle>
<empty-line/>
<p>Iris no pudo ver a su madre con vida. Cuando llegó al Hospital Psiquiátrico, el doctor le informó de que Virtudes Salgado acababa de morir. La acompañó a su habitación para que Iris pudiera ver el cadáver de su madre. Virtudes parecía dormida, y su rostro reflejaba una expresión de tranquilidad. Según el médico, la paciente llevaba dos o tres días negándose a comer, más encerrada aún en sí misma de lo que era habitual.</p>
<p>- Lo siento mucho le dijo el doctor- pero tu madre no quería vivir y, sencillamente, se ha marchado. Ha soltado las amarras que la mantenían atada a este mundo. No existe ninguna alteración física que justifique su muerte. Se ha ido, eso es todo. Lamento no poder darte una explicación médica más concluyente.</p>
<p>- Mi madre hace ya muchos años que nos dejó respondió Iris con lágrimas en los ojosquizás ahora pueda descansar un poco… Y yo también añadió con poca convicciónDesde el Psiquiátrico, Iris llamó por teléfono a Matute para comunicarle la muerte de su madre y también se puso en contacto telefónico con Ginés. Ambos le expresaron su intención de trasladarse al hospital para acompañarla. El primero en llegar fue el policía. Cuando Iris le vio en la sala de espera se abrazaron y la joven se deshizo en un llanto que hasta esos momentos había contenido.</p>
<p>- Llora, llora, pequeña, desahógate. No te preocupes, tu madre ha vivido durante mucho tiempo en un calvario, y ahora ya se ha acabado su sufrimiento.</p>
<p>- Sí, ya lo sé. Ella empezó a suicidarse el mismo día en que murió mi padre, sólo que lo hizo más despacio respondió Iris entre sollozos- Su muerte ha sido una liberación, y no sólo para ella. También para ti añadió el policía- Ni siquiera he podido estar a su lado confesó Iris llena de remordimiento- Nunca me dejó estar a su lado, que la cuidara. No me quería con ella. Se encerró en sí misma, en un mundo del que yo no formaba parte…</p>
<p>- Iris la interrumpió bruscamente Matute- no sigas por ese camino. Tú no tienes la culpa de la muerte de tu madre, y tampoco de su vida. Si ella vivió como vivió es porque quiso. Fue su vida, Iris, y tú debes vivir la tuya sin cargar con ninguna herencia que no te corresponda. Y, sobre todo, no debes tener ningún complejo de culpa. El complejo de culpabilidad fue precisamente lo que acabó con la vida de Virtudes, hace ya muchos años. Incluso antes de que tú nacieses. Así que, por lo que más quieras, no sigas por ese camino. No te lo voy a permitir.</p>
<p>Iris continuó llorando sin poder olvidar lo que le había dicho a su madre durante la última visita que le hizo días atrás. Finalmente, se decidió a contarle a Matute el recuerdo que la torturaba.</p>
<p>- Hay algo que tu ignoras. Algo que pasó cuando vine a verla por última vez.</p>
<p>- Vamos, cuéntamelo, seguro que no será tan grave le pidió su amigo mientras le daba un paquete de pañuelos de papelIris lloró entonces con más desconsuelo y, al cabo de un rato, cuando consiguió tranquilizarse, le dijo a Matute:</p>
<p>- Cuando vine a verla hace unos días estaba como siempre. Más desmejorada si cabe.</p>
<p>Sabes que no hablábamos hace tiempo, que yo dejé de hablarle porque ella se negaba a contestarme. Sin embargo el otro día le di un ultimatum. Ojalá no lo hubiera hecho.</p>
<p>Al llegar a este punto, Iris comenzó a llorar de nuevo de forma compulsiva, mientras Matute intentaba tranquilizarla. Cuando se encontró más serena, continuó con su relato:</p>
<p>- Le dije que si la próxima vez que viniera a visitarla no me hablaba, ya no volvería a verla más, porque ya no podía seguir así dijo al fin Iris antes de que las lágrimas inundasen nuevamente sus ojos- ¡Vaya por Dios! exclamó el policía- ¡Mi pobre niña! No debes culparte por ello. Ese ultimátum, como tú lo llamas, deberías habérselo dado hace ya tiempo…</p>
<p>- Yo creo que no, Matute añadió Iris totalmente descorazonada- Le dije que si no me hablaba no volvería a verla, y su respuesta ha sido ésta. Se ha dejado morir, me lo ha dicho el médico ¿No lo entiendes?</p>
<p>Santiago Ramírez lo entendía perfectamente. Mucho mejor de lo que Iris pensaba. Entendía que Virtudes había vivido haciéndole la puñeta a su hija, y había muerto de la misma manera. Llevaba años como un vegetal, sin querer vivir en este mundo, y había aprovechado para despedirse de él, justo en el momento en que Iris le había dado el ultimátum. Ella moría y, de paso, dejaba a su hija con un tremendo remordimiento y un gran complejo de culpa.</p>
<p>El policía se sentía indignado. Siempre había pensado que Virtudes propició en cierto modo el suicidio de Roque, amargándole constantemente la vida y ahora, con su oportuna muerte, se aseguraba también de seguir atormentando a su hija. Como si no lo hubiera hecho ya bastante desde que Iris nació.</p>
<p>Matute dudó sobre si debía dar voz a sus pensamientos. No quería molestar ni ofender a Iris, pero tampoco podía permitir que Virtudes se saliera con la suya y continuase chantajeando emocionalmente a su hija desde el más allá, como lo había hecho en vida. Bastante miserable y difícil era ya vivir cada día, como para añadir cargas innecesarias.</p>
<p>Tras un breve silencio, suspiró profundamente y trató de transmitir a Iris lo que pensaba, de la forma más sutil posible para no herirla.</p>
<p>- Mira, Iris, cada uno es responsable sólo de su propia vida, y no de la de los demás. Ser responsable de la propia vida ya es un trabajo inmenso, es una carga muy pesada, y no tiene sentido que nos echemos a la espalda las decisiones y las amarguras ajenas.</p>
<p>Aunque éstas provengan de nuestras personas más queridas, familia o amigos.</p>
<p>Iris escuchaba al policía al tiempo que asentía con la cabeza, como si fuera una niña pequeña a la que están explicando que si mete la mano en el fuego, se quemará.</p>
<p>- Coincidirás conmigo en que tu madre llevaba ya muerta muchos años, y estaba en ese estado porque quería. Los médicos te han dicho infinidad de veces que si ella no hablaba o no escuchaba, no es porque tuviera ninguna lesión en el oído o en la cabeza que se lo impidieran, sino porque ésa era su decisión. ¿Es verdad o no? preguntó- Sí, es verdad respondió Iris lacónicamente- La cuestión es ¿por qué, si llevaba así tantos años, ha decidido hoy precisamente dejar este mundo con tanta urgencia y rapidez? Esa es la pregunta, Iris, y para ella no hay respuesta. Nosotros no lo sabemos. Sólo ella lo sabe, y se ha llevado su secreto a la tumba.</p>
<p>- Pero yo le dije… intentó razonar Iris- Tu le dijiste que si no te hablaba no volverías más la cortó bruscamente Matute- y eso es todo. Hiciste lo que debías, lo que te dictaba tu corazón y sólo eres responsable de tus actos, no de los suyos - Pero quizás mis palabras le provocasen…</p>
<p>- No sabemos lo que tus palabras le provocaron volvió a interrumpirla amablemente el policía- No sabemos, Iris, no sabemos lo que ha pasado por su cabeza. Pero sea lo que sea, ella tomó su decisión. Y sólo ella es responsable, no tú.</p>
<p>Por unos instantes ambos se quedaron callados, como inmersos en sus propios pensamientos. Al cabo de unos momentos el policía insistió: </p>
<p>- Hace poco me preguntaste por qué se había suicidado tu padre y te respondí que sólo él lo sabía. Pues esto es lo mismo. Tampoco sé por qué tu madre ha decidido poner fin a su vida precisamente hoy. En ambos casos tengo mis teorías. Que, por cierto, nada tiene que ver la una con la otra. Pero son sólo eso, teorías. Yo pienso, yo creo, me parece…</p>
<p>Pero, en definitiva, yo no lo sé. Sólo ellos lo saben. Y, te repito, sólo ellos han sido responsables de sus vidas, y también de sus muertes.</p>
<p>Un largo silencio siguió a las palabras de Matute. Permanecieron callados, esperando que avisaran a Iris para la firma del papeleo. Poco a poco, ella dio muestras de sentirse mejor, y ya no volvió a llorar. Transcurrido un buen rato, la joven le dijo al policía:</p>
<p>- Gracias. No sé que hubiera hecho sin ti en estos momentos. Tu compañía y tu conversación me han ayudado mucho, como siempre. En realidad, creo que cuando le dije a mi madre el otro día que si no me hablaba no volvería a verla más, rompí definitivamente el cordón umbilical que aún me ataba a ella. En aquellos momentos, por primera vez en mi vida, estaba decidida a continuar por mi misma ¿me entiendes?</p>
<p>- Claro que te entiendo, pequeña dijo Matute asintiendo con la cabeza- Creo que ella se dio cuenta de que ya no me hacía falta, y por eso se decidió a marcharse. ¿Te das cuenta? En el fondo ella me quería y resolvió dejar este mundo, sólo en el momento en que tuvo la certeza de que ya no la necesitaba. De que era capaz de vivir por mis propias fuerzas.</p>
<p>Santiago Ramírez sonrió después de escuchar el razonamiento de Iris, y la atrajo hacía sí para abrazarla. No era ésa la idea que él tenía de la repentina muerte de Virtudes, pero se sintió totalmente orgulloso de las conclusiones de Iris, a la que cada vez quería más como si fuera su propia hija. ¡Iris era igual que Roque! Ambos tan idealistas y tan buenas personas, que sólo eran capaces de percibir la bondad en los demás. Sólo veían el lado bueno de la gente.</p>
<p>Él sabía que había otra cara y que Virtudes siempre había habitado en esa parte oscura que llevamos dentro todos los seres humanos. Aunque, por otro lado, se dijo que ¿quién sabe realmente lo que pasa en el interior de una persona?</p>
<p>Iris acababa de hacer algo maravilloso, algo de lo que él no hubiera sido capaz.</p>
<p>Acababa de redimir a su madre. Acababa de darle sentido a su muerte, lo que de alguna forma dignificaba también y le daba sentido a toda la existencia de Virtudes.</p>
<p>A los ojos de Iris, su madre, que en realidad nunca la aceptó, no sólo lo había hecho, sino que la había querido hasta el punto de abandonar este mundo, sólo en el momento en que su hija estaba preparada para caminar por su cuenta.</p>
<p>Matute pensaba que eso no era verdad, y se asombró de cómo la mente humana hace los arreglos pertinentes para que el mundo se ajuste siempre a nuestras necesidades. ¿Pero qué importancia tenía lo que él pensase si para Iris el supuesto amor de su madre era ahora una certeza que la ayudaba a seguir viviendo? Por eso, se dirigió a ella y, mirándola fijamente a los ojos, le dijo con dulzura:</p>
<p>- Así es, Iris. Tu madre te quería. Te quiso mucho a lo largo de su vida, aunque a veces no fuera capaz de demostrártelo. - ¡Pobre mamá! Me alegro de que al fin haya podido darme cuenta. Espero que ella se haya marchado también con la seguridad de mi cariño.</p>
<p>- No te quepa la menor duda de que ha sido así afirmó el policíaEl diálogo entre ellos quedó interrumpido por una enfermera, que los acompañó hasta el despacho del director del Hospital, para que Iris firmase algunos papeles. </p>
<p>Puesto que Virtudes no había especificado nunca nada sobre su muerte, su hija optó por la incineración, en lugar del enterramiento, tal y como se había hecho con su padre.</p>
<p>Matute se ofreció para realizar los trámites con la funeraria, y acordaron que el cadáver de Virtudes permanecería en el depósito del propio Hospital, hasta que al día siguiente fuera trasladado al tanatorio para su incineración. Cuando terminaron el papeleo legal y salieron del despacho del director, Ginés Alcalá aguardaba a Iris en la sala de espera.</p>
<p>Al verlo, la joven tuvo un nuevo acceso de llanto mientras Ginés la abrazaba e intentaba consolarla. Matute los observó, y lo primero que le vino a la cabeza es que aquel hombre era demasiado viejo para Iris. Pero casi inmediatamente recordó que también Ginés se encontraba ya con un pie en la tumba, y eso propició una ola de simpatía hacia esa persona que, era evidente, amaba a Iris.</p>
<p>Cuando ella se hubo tranquilizado, presentó a los dos hombres, que se saludaron con cortesía. Después de que Iris explicase a Ginés cómo se había producido la muerte de su madre, y le hablase sobre los problemas que la habían llevado a internarla en el Psiquiátrico, Matute interrumpió la conversación para anunciar que debía irse ya a la funeraria.</p>
<p>Aunque Iris insistió en ir con él, el policía consideró que era mejor que la joven se marchase a su casa a descansar, y dejase todo lo demás en sus manos. Fue entonces cuando Ginés le propuso que fueran a su casa, y pasase allí la noche para no quedarse sola en esos momentos.</p>
<p>- Yo no puedo acompañarte, porque esta noche me toca guardia dijo Matute dirigiéndose a Iris- así que me parece buena idea que te vayas a su casa. Así yo estaré mucho más tranquilo y mañana nos vemos en el tanatorio para la cremación.</p>
<p>Aquella noche fue la primera que pasé en casa de Ginés, aunque no sería la última. Desde ese momento, ya no abandoné su hogar hasta el día en que murió.</p>
<p>Empezamos a vivir juntos con la mayor naturalidad del mundo. No hicieron falta muchas palabras para que aquella misma noche quedase establecido que nos amábamos, y que compartiríamos nuestras vidas, durante el poco tiempo del que disponíamos.</p>
<p>Esa primera noche juntos, ninguno de los dos dormimos. Pasamos todas las horas hablando de nuestras vidas pasadas, contándonos cosas. Ávidos por ponernos al día, sabiendo que la existencia nos escatimaba el tiempo para compartir. Esa primera noche, reímos y lloramos juntos, saboreamos cada hora y cada minuto con urgencia, como si fuera el último. Porque realmente podía serlo.</p>
<p>Ginés se mostraba muy cansado, con mal estado general. Parecía adelgazar por momentos. Estaba mucho más flaco que cuando le había conocido, unos días atrás. Los síntomas de su enfermedad iban haciendo mella en su cuerpo, pero en esos momentos yo aún me agarraba a la esperanza de que podría sobrevivir.</p>
<p>Esa primera noche pensé, tal y como lo hice en días posteriores, que no era justo. Algo en mi interior se revelaba por disponer de tan poco tiempo para disfrutar de la persona a la que amaba. No era justo que la vida no nos hubiera juntado antes, y que sólo nos hubiera permitido conocernos cuando Ginés estaba ya al borde de la muerte.</p>
<p>Aquella noche, Ginés me dijo que quería morir en su casa, y no en ningún Hospital, y yo le prometí que así sería y que permanecería a su lado en todo momento.</p>
<p>También le prometí que cuidaría de Falina, cuya mirada perruna iba de uno a otro, consciente quizás de que hablábamos de ella y de que a su amo le quedaba ya poco tiempo para vivir.</p>
<p>Según recuerdo ahora, esa primera noche que pasé en casa de Ginés, le advertí que iba a romper con la empresa que me había contratado para escribir su biografía, pero que si él deseaba yo podía redactarla por mi cuenta.</p>
<p>- Deberíamos hacer un monumento al director de "Negro sobre blanco", por habernos puesto en contacto. Yo creo que con eso ya ha cumplido su papel. Hay que ver lo laberíntica que es la vida. Cómo Dios escribe derecho con renglones torcidos. En cuanto a la biografía añadió- la verdad es que ahora me importa un carajo. Mi intención al contratarla era hacer público un suceso que ocurrió hace muchos años, que me atormentó, y que marcó mi vida para siempre. Cuando supe que iba a morir de forma inminente, no quise llevarme este secreto a la tumba. Quise hacerlo público para desprenderme de él. Por eso contraté los servicios de un biógrafo a domicilio.</p>
<p>Le pedí a Ginés que me contase en aquellos momentos de qué se trataba, pero me abrazó y me dijo que no, que ya había tenido suficientes emociones por ese día. Con buen humor afirmó que una cosa es que dispusiéramos de poco tiempo, y otra muy distinta era que lo tuviéramos que vivir todo en esa misma noche, como si no fuera a haber un mañana. Aún recuerdo sus palabras emocionadas:</p>
<p>- Mañana, aún veré amanecer, Iris y, fíjate por dónde, creo que será el amanecer más importante de toda mi vida, porque tú estarás viviéndolo aquí conmigo.</p>
<p>Esa noche hicimos el amor.</p>
<p>Es curioso, a mí esta frase, "hacer el amor" siempre me ha resultado cursi.</p>
<p>Pero ahora, en el momento de trasladar sobre el papel la vivencia que compartimos, no he sabido encontrar otra mejor para definir nuestra intimidad. Quizás debería decir que el amor nos hizo a nosotros. Materializamos el amor. Lo creamos y nos creó.</p>
<p>Trasladamos a cada célula de nuestros cuerpos, la vibrante emoción que experimentaban nuestras almas.</p>
<p>Yo diría que el acto sexual fue sólo un instrumento, un medio para alcanzar la unidad de nuestros espíritus. Ambos lo abordamos con total naturalidad, como si hubiéramos encontrado la auténtica razón de nuestras existencias. Como si todo lo que hubiéramos vivido por separado hasta ese momento, sólo fuera una excusa, una preparación para llegar a ese momento, a esa unión total entre nosotros.</p>
<p>Nos acariciamos con avidez y reverencia al mismo tiempo. Rompiendo las barreras entre lo profano y lo sagrado. Mezclando ambos estados en una especie de alquimia trascendental, que nos llevaba hacia la consecución de un solo ser andrógino.</p>
<p>Aquella noche, experimenté lo que es vivir la vida a grandes tragos. Sin embargo, nuestra unión sexual se llevó a cabo sin prisas, saboreando nuestro profundo abrazo, relajándonos el uno en el otro, fundiendo nuestras energías vitales, hasta llegar, sin premura, a la explosión final del orgasmo.</p>
<p>Esa noche, Ginés y yo ganamos una partida a la muerte. La guerra estaba perdida, pero esa noche nosotros ganamos la batalla. Durante el éxtasis sexual, el tiempo, nuestro gran enemigo, dejó de existir. Fue trascendido. El pasado y el futuro dejaron de existir, y toda nuestra vida se concentró en un solo instante.</p>
<p>En ese momento, ambos nos disolvimos en otra cosa. No sabría decir en qué, en un ser sin cuerpo, en pura energía. En una realidad nueva, algo inmenso que trasciende el entendimiento. En una trascendencia que, sin embargo, no estaba aislada, formaba parte del cosmos, de la existencia.</p>
<p>Esa fue una noche especial. La única en la que Ginés y yo hicimos el amor. Su enfermedad, que sin duda celosa se precipitó sobre él, impidió que volviéramos a experimentar aquella intimidad entre nosotros.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XII</subtitle>
<empty-line/>
<p>Iris y Ginés se encontraron con Matute en el tanatorio municipal, para recoger las cenizas del cuerpo de Virtudes, que había sido incinerado durante las horas anteriores. Iris las recogió en una urna, sin haber decidido todavía qué haría con ellas.</p>
<p>Cuando Matute le preguntó, ella levantó los hombros y respondió:</p>
<p>- No quiero guardarlas en casa, así que lo mejor será esparcirlas por algún sitio. Ella nunca habló de su muerte, así que no sé qué es lo que le hubiera gustado. Ni siquiera sé si prefería la incineración o que la enterrasen. Pero bueno, eso ya no tiene remedio, yo creo que es mejor así.</p>
<p>- Si, yo también lo creo señaló GinésEsta frase, que en otras circunstancias no habría tenido mayor trascendencia, provocó que Iris y Matute le dirigieran una mirada de tristeza, al pensar que quizás dentro de poco lo que tuvieran en las manos serían las cenizas del cuerpo de Ginés.</p>
<p>Tras un breve silencio, fue el propio Ginés el que sugirió, con una sorprendente sangre fría, que las cenizas fueran arrojadas al mar, en Villaluz, la población costera más cercana a Puerto Grande.</p>
<p>- A mí me gustaría que mis cenizas las arrojases allí dijo dirigiéndose a IrisMientras Matute permanecía en silencio, visiblemente impresionado, la joven, tragó saliva, consciente de la valentía que estaba demostrando Ginés al hablar sin tapujos de su muerte inminente. Tras mirar al policía, que asintió con la cabeza, como entendiendo lo que sentía su amiga, Iris dijo al fin:</p>
<p>- Aunque no te lo creas, yo no he visto nunca el mar y si tu me acompañas afirmó dirigiéndose a Ginés- éste me parece un buen momento para verlo. - ¿No conoces el mar? preguntó Ginés incrédulo- Bueno, lo he visto en fotografías y en la tele, pero nunca he estado allí. Recuerdo que cuando murió mi padre íbamos a ir a la playa ese año. Pero después, mi madre ya no me llevó de pequeña y, entre unas cosas y otras, yo no he tenido ocasión. La verdad es que apenas he salido de Puerto Grande ¿verdad Matute? concluyó dirigiéndose al policía- Si, es verdad respondió lacónicamente MatuteEn unos instantes, como si se tratase de una película, desfilaron por los ojos de Santiago Ramírez numerosas escenas de la vida de Iris. Desde su triste infancia, tras el suicidio de Roque, a la gran responsabilidad que había tenido que asumir en su juventud para cuidar a su madre, hasta el momento en que Virtudes fue ingresada en el Psiquiátrico. En esa misma época fue cuando Iris se había ennoviado con Raúl, y había pasado, de cuidar a una madre histérica y neurótica, a hacerse cargo de un tío totalmente inmaduro, que sólo se aprovechaba de ella.</p>
<p>Con gran cariño, Matute miró alternativamente a Iris y a Ginés, y concluyó que se les veía enamorados, y también se dio cuenta de que ambos se necesitaban en esos momentos. No importaba el tiempo que fueran a pasar juntos, lo importante era que se habían conocido y, aunque sólo fuera por unos días, Iris merecía contar con alguien que la amase de verdad. Y él estaba convencido de que ese hombre era Ginés. Por eso decidió tomar la iniciativa de la conversación y dijo:</p>
<p>- Lo del mar me parece muy buena idea. Yo no puedo acompañaros porque tengo la mesa llena de papeles, pero si me dejáis un momento, que haga unas gestiones con un amigo desde el teléfono móvil, os reservo los billetes del tren y un hotel para pasar la noche.¡Y en un par de horas estáis en Villaluz! Así Iris podrá ver el mar. ¿Os parece?</p>
<p>Iris y Ginés se miraron y, como si fueran conscientes de la urgencia con que tenían que vivir juntos el poco tiempo que les quedaba, se mostraron de acuerdo con el plan de Matute. Aunque eso sí, después de establecer que Falina tendría que hacer sus necesidades en el cajón que Ginés le preparaba en la terraza los días en que no se sentía con fuerzas suficientes para sacar a la perra de paseo.</p>
<p>En el coche del policía, fueron a casa de Iris, primero, y luego a la de Ginés, para que los dos cogieran un mínimo equipaje y dispusieran agua y comida para que Falina tuviera suficiente hasta su regreso, al día siguiente.</p>
<p>Apenas una hora después de haber tomado la decisión, y con una gran excitación reflejada en el rostro, como si fueran dos críos pequeños, Iris y Ginés, cogidos de la mano, se despedían de Matute en la estación de Renfe de Puerto Grande. El viaje hasta Villaluz sólo duraba unos 90 minutos.</p>
<p>Una vez acomodados en sus asientos, apenas hablaron. Para no romper el hechizo del momento, sólo se limitaron a hacer algunos comentarios sobre los cambios en el paisaje, que veían a través de la ventanilla del tren. Al cabo de una media hora, Iris apoyó su cabeza en el hombro de Ginés y se quedó dormida, rendida por el cansancio que tantas emociones juntas habían provocado en ella.</p>
<p>Ginés permaneció despierto, con la mano de Iris entre las suyas, experimentando una gran emoción. Era consciente de que aquel era el último viaje con vida que realizaba hacia el mar. Cuando Iris volviera a hacerlo sería para llevar las cenizas de su cuerpo, y él ya no estaría.</p>
<p>Pensando en ello, un escalofrío le recorrió la columna vertebral, y Ginés recordó algo que había leído sobre la muerte, cuya presencia se dejaba notar en el cuerpo, precisamente a través de un escalofrío. Cuando era joven leyó que la muerte siempre camina a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo extendido, y que si somos rápidos al echar una ojeada, podemos ver su sombra deslizándose a nuestro lado.</p>
<p>Lo intentó. Miró con rapidez, pero no vio ninguna sombra. Sólo a Iris que se recostaba sobre su hombro izquierdo. La imagen de la joven durmiendo plácidamente no le recordó para nada a la muerte, sino a la vida. A esa vida que él ya no podría disfrutar. Suspiró profundamente, y con su mano derecha acarició el pelo castaño y lacio de Iris, cuya media melena le cubría parte de la cara.</p>
<p>Era la primera vez que se fijaba físicamente en ella, y le pareció muy hermosa.</p>
<p>No había ningún rasgo que destacase en su persona. Quizás sólo los ojos. Eran negros y estaban dotados de una gran profundidad, de un brillo especial. Se notaba que estaban llenos de vida. No como los suyos, que tenían la mirada, triste y desesperanzada, del que sabe que ya le queda poco por ver en este mundo.</p>
<p>Sin soltar la mano de Iris, Ginés se acomodó en su asiento y, al cabo de unos minutos, también se quedó dormido. Tuvo un breve sueño, que le recordó a una película que había visto muchos años atrás y que le había impresionado: "El séptimo sello".</p>
<p>En el sueño él era el protagonista de esa película, que proponía a la muerte jugar al ajedrez, para que ésta le concediera más tiempo antes de llevárselo. Mientras él no perdiera la partida, seguiría con vida. Como en el cine, a él le había tocado jugar con las fichas blancas, y a la muerte con las negras. Sin embargo, al contrario que en aquella película, la muerte daba jaque mate a Ginés en los primeros movimientos, y se disponía a llevárselo.</p>
<p>Antes de dejar este mundo, Ginés preguntaba a la muerte: - ¿Ahora me entregarás tus secretos?</p>
<p>Y la muerte le respondía:</p>
<p>- Yo no tengo secretos. Detrás de mi no existe nada.</p>
<p>Entonces Ginés intentaba decirle que no podía llevarle aún, porque tenía que llevar a Iris a conocer el mar. Sin embargo, no podía expresar sus pensamientos porque la voz se le quebraba en la garganta.</p>
<empty-line/>
<p>En esos momentos, despertó bruscamente, empapado en sudor, y con una terrible sensación de ahogo en el pecho, que le impedía respirar. Era la enfermedad, cuyos síntomas avanzaban inexorablemente por su cuerpo, ganándole terreno a la vida.</p>
<p>Al oír la respiración agitada y sibilante de Ginés, Iris se despertó sobresaltada y le preguntó: - ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?</p>
<p>- Estoy bien. No te preocupes dijo Ginés tratando de aparentar normalidad- Ya estamos llegando. El aire del mar me sentará bien.</p>
<p>Durante los pocos minutos que quedaban de viaje, hablaron de cosas intrascendentes y al llegar a la estación, cogieron un taxi que les llevó hasta el hotel que Matute les había reservado, ubicado en el paseo marítimo, frente a la playa, que se encontraba abarrotada de gente.</p>
<p>Desde la terraza de su amplia y luminosa habitación podían ver el mar, y ambos convinieron en que Matute debía haber echado mano de algunas de sus influencias para conseguirles un sitio tan bueno en pleno verano.</p>
<p>Mientras se aseaban un poco, decidieron ir a comer a algún restaurante desde el que se pudiera ver el mar, pero alejado de la playa para poder estar tranquilos. Luego, a la caída de la tarde, buscarían un lugar desde donde arrojar las cenizas de Virtudes.</p>
<p>Al nombrar a su madre, Iris se dio cuenta de que no había pensado en ella desde que le comunicaron su muerte, el día anterior. Ni siquiera se acordaba de que la auténtica razón para haber viajado hasta Villaluz, era para arrojar sus cenizas al mar.</p>
<p>Pero su madre estaba muerta, y lo que ahora ocupaba sus pensamientos era Ginés. Sólo Ginés.</p>
<p>Un poco avergonzada, por la facilidad con la que se había olvidado de su madre, Iris razonó que el amor y la muerte no podían convivir juntos, que un sentimiento excluía al otro.</p>
<p>Por eso rechazó de plano la sombra de culpa que empezaba a instalarse en su interior, y dirigiéndose a la urna que contenía las cenizas de Virtudes pensó para sus adentros: "Lo lamento mamá, pero no voy a sentirme culpable. Bastante me he sentido ya a lo largo de mi vida. Ahora voy a disfrutar del poco tiempo que me quede con Ginés".</p>
<p>Con esa resolución en su ánimo, Iris salió con Ginés y cogieron un taxi que les trasladó hasta un restaurante de lujo, situado en un acantilado, desde donde podían ver y escuchar el rugido de las olas del mar, golpeándose contra las rocas. La vista era magnífica y a Iris aquel paisaje le pareció digno del paraíso.</p>
<p>Una vez que les sirvieron la comida que encargó Ginés, a base de pescado y vino blanco, ambos quedaron frente al otro con la mirada interrogante y desnuda. Eran muchas las emociones que se adivinaban a flor de piel. Fue él quien inició la conversación diciéndole a Iris:</p>
<p>- No sabes cuanto lamento no haberte conocido antes. En estos momentos daría mi vida entera, que ha sido totalmente inútil y estéril, por haberte encontrado hace unos años…</p>
<p>- No digas que tu vida ha sido inútil, por favor, no digas eso le suplicó Iris- Ninguna vida es inútil.</p>
<p>- No conoces nada de mi vida, Iris le respondió Ginés- Sé todo lo que tengo que saber, que te quiero y que tú también me quieres, lo demás no me importa. Sea lo que sea, pertenece al pasado. Y yo no estaba en tu pasado, por eso me da lo mismo.</p>
<p>- Sabes que hay un suceso de mi pasado que quiero contarte, y que ésa es la razón por la que contraté la biografía a domicilio.</p>
<p>- Sí, lo sé, ¿por qué no me lo cuentas ahora?</p>
<p>- No, hoy no. No quiero estropear estos momentos hablando del pasado. Te lo contaré cuando volvamos a Puerto Grande. Necesito contártelo para aligerarme de esa carga. Ya sabes que en el viaje que voy a emprender no me permiten llevar ningún equipaje.</p>
<p>- Cuéntamelo cuando quieras señaló Iris con lágrimas en los ojos- No, por Dios, no quiero que llores, Iris. Me gustaría mucho que estos días que nos quedan juntos pudiéramos disfrutar. Viajar, ir al cine, salir de compras juntos. No sé, lo que hacen las parejas normales. Pero tú y yo no somos una pareja normal, y hacer como si lo fuéramos, sería una estupidez, un desperdicio. ¡Y bastante he desperdiciado ya mi vida! No quiero mirar para otro lado. Dentro de muy poco tengo que enfrentar la muerte, y no sé cómo hacerlo. Sé que es mucho pedir, pero necesito que me ayudes.</p>
<p>Al escuchar la sinceridad con que le hablaba Ginés, Iris experimentó un gran amor y una tremenda compasión hacia él. Jamás en su vida había sentido nada igual. De haber podido, le habría ofrecido su vida a cambio de que Ginés no muriera. Este sentimiento era tan profundo, que Iris estuvo segura de que, sin duda el amor era eso.</p>
<p>Ese abandono en el otro y esa entrega, hasta el punto de que la propia vida valía menos que la del ser amado.</p>
<p>Sin poder dar voz a sus intensas emociones, Iris miró en el fondo de los ojos de Ginés, como queriéndole transmitir con la mirada lo que las palabras no podían expresar. A pesar de que fueran palabras en colores. No había sonido ni tonalidad en el mundo que pudiera reflejar la profundidad y pureza de sus sentimientos.</p>
<p>Muy emocionada por lo que estaba experimentando en su interior, Iris dijo a Ginés, con voz entrecortada:</p>
<p>- Si pudiera cambiar mi vida por la tuya, no dudes que lo haría.</p>
<p>Las palabras de Iris desencadenaron una intensa emoción en Ginés y éste, con los ojos humedecidos, cogió las manos de la joven por encima de la mesa y las apretó entre las suyas, en un gesto de profundo agradecimiento. Tras unos momentos de silencio cargado de vibraciones, Iris continuó hablando:</p>
<p>- No debes preocuparte. No me separaré de ti. Me trasladaré a tu casa y me quedaré contigo hasta el final. Te ayudaré a morir añadió con convicción, asombrándose ella misma de sus últimas palabras- Tengo miedo, Iris. Tengo miedo a la muerte. He vivido siempre escondiendo la cabeza bajo el ala, sin enfrentar los problemas que me ha traído la vida, y ahora tengo miedo de no saber tampoco enfrentar la muerte.</p>
<p>Al escucharle, Iris permaneció unos momentos en silencio, meditando su respuesta. No quería darle a Ginés frases huecas ni palabras de falso alivio. Él llevaba razón, mirar para otro lado no serviría de nada. Había que enfrentar la muerte, y eso no era una cuestión banal. Era, ni más ni menos, que la culminación de la vida. Ginés se disponía a vivir el momento más crucial de toda su existencia, y así se lo hizo saber.</p>
<p>- Es normal que tengas miedo a la muerte. ¿Quién no tiene miedo ante lo desconocido? preguntó- Quizás durante este tiempo que nos queda, tengamos que ir familiarizándonos con su rostro. Y seguro que cuando lo conozcamos, ya no resulta tan terrible.</p>
<p>Un camarero interrumpió la conversación, para preguntar si necesitaban algo. Al ver que apenas habían probado bocado, se disculpó y se alejó deseándoles que todo estuviera a su gusto. - ¿Y como crees que se puede uno familiarizar con el rostro de la muerte? preguntó Ginés, retomando la conversación- No lo sé, la muerte siempre ha sido un misterio. Sobre todo desde el suicidio de mi padre. La muerte ha sido para mí, el luto que desde entonces llevó siempre mi madre.</p>
<p>La tristeza, el dolor, la imposibilidad de disfrutar de las cosas. Cuando yo reía y me mostraba contenta, mi madre me hacía sentirme culpable. "No tienes vergüenza me decía- cómo puedes mostrarte feliz estando tu padre muerto".</p>
<p>Al recordar esa frase de su madre, a Iris se le hizo un nudo en la garganta, y recordó cómo la oscuridad y la desolación más siniestra presidió aquella etapa de su vida. Tras ser consolada por Ginés, continuó hablando.</p>
<p>- No te preocupes, ya no veo las cosas así, pero aún supuran las heridas que llevo por dentro. Hubo un momento en que yo creí que la vida no existía para mí, que todo era muerte a mi alrededor. Pero esa era sólo una cara de la moneda. En realidad, la muerte está con nosotros desde el mismo momento en que nacemos. No es que vayamos a morir un día concreto. Bueno, sí se corrigió- llegará el día en que dejemos este mundo para siempre. Pero morir, lo que se dice morir, estamos haciéndolo a cada instante. Lo que pasa es que no queremos verlo…</p>
<p>- Sí, eso es cierto - la interrumpió Ginés, como si hubiera hecho un gran descubrimiento- la muerte no es algo que suceda de la noche a la mañana, es un proceso que se inicia en el instante del nacimiento.</p>
<p>- Y si eso es así, que no cabe duda de que lo es, quiere decir que conocemos perfectamente cual es el rostro de la muerte. ¿Cómo no vamos a conocerlo, si lo tenemos al lado durante toda nuestra vida? Y si eso es así continuó con su razonamiento- cada cual conoce perfectamente el rostro de su muerte. Y al conocerlo, ya no debe resultarnos tan terrible.</p>
<p>Las últimas palabras de Iris desencadenaron toda una serie de pensamientos e imágenes en la mente de Ginés, que permaneció unos instantes con la mirada perdida.</p>
<p>Momentos después, tras asentir con la cabeza, miró fíjamente a los ojos de Iris y le dijo:</p>
<p>- Si, es verdad, yo conozco el rostro de mi muerte. Lo he visto muy de cerca. - ¡Pues claro! afirmó Iris con rotundidad- tú, y todo el mundo. Si cada uno reflexionamos sobre nuestra propia vida, recordaremos muchos momentos en los que hemos visto a nuestra muerte cara a cara. Puede que nos haya dicho: "No temas, aún no te voy a llevar. No es tu hora", pero todos, absolutamente todos, somos viejos conocidos de la muerte. Somos íntimos. Yo diría, incluso, que si tuviéramos la valentía de preguntarle cuándo nos va a llevar, la muerte nos lo diría. ¡Pero no somos tan valientes!</p>
<p>Ni siquiera aceptamos su presencia. Sin embargo, ésa es la única certeza que tenemos en esta vida.</p>
<p>Los razonamientos de Iris tuvieron la virtud de cambiar el tono de la conversación. Lo que empezó siendo un diálogo algo sombrío, se había convertido en una charla cálida y luminosa, que hacía juego con el día que ambos estaban disfrutando.</p>
<p>Después de terminar la comida que tenían en los platos, y de encargar los postres Ginés preguntó a Iris qué le había parecido el mar.</p>
<p>- No sé, no hay palabras para describirlo. Es inmenso. ¡Debe haber tanta vida oculta en el fondo de esas aguas! Me gustaría vivir junto al mar. Ahora que lo conozco, comprendo por qué latía en mí ese fuerte deseo interno de verlo. No sabría explicarlo, pero es como si el sonido de las olas, su forma sin forma, su color, su olor, todo en él te estuviera llamando. En él o en ella, porque hay quien dice la mar, en femenino. No me extraña que quieras que deposite aquí tus cenizas, es como volver al origen. No sé.</p>
<p>- Quizás lo ignores, pero existe una metáfora muy conocida que identifica al océano con Dios, con el origen de la vida señaló Ginés- y a nuestras almas con gotas de ese océano que al morir vuelven a perderse en el mar.</p>
<p>- Si, conocía la metáfora, pero nunca me había parado a pensarla. Es preciosa respondió ella70 El camarero sirvió los postres y, a petición de Ginés, trajo también una botella de champán. Después de brindar por ese momento, Iris dudó unos instantes antes de preguntar a Ginés: - ¿Crees en Dios?</p>
<p>- Esa es una buena pregunta Iris, no me extraña que la hayas dejado para el final respondió sonriendo- Digamos que a lo largo de mi vida me he negado a plantearme esa cuestión, como tantas otras cosas. Pero ahora, con la muerte tan cercana, quizás sería un buen momento para enfrentarla…</p>
<p>- No dijo Iris- quizás no haya debido…</p>
<p>- Si, tú has hecho muy bien en preguntarme le interrumpió Ginés- aunque yo no sepa lo que te voy a responder. Como siempre he esquivado el tema, lo que ahora te diga será lo que me salga de adentro, y también va a ser una novedad para mí.</p>
<p>- Bueno, eso es muy interesante ¿no? dijo ella sonriendo- Si, si lo es. Bien mirado, todo lo que me está pasando desde que te conocí es muy interesante.</p>
<p>Ginés hizo ademán de hablar pero, al no encontrar las palabras correctas, se interrumpió y ambos rieron con excelente buen humor. - ¡Venga hombre, que tampoco es tan difícil! dijo Iris- sólo se trata de Dios.</p>
<p>- Es que no sé por donde empezar señaló Gines- pero voy a intentarlo ¿vale?</p>
<p>Carraspeó unos momentos y finalmente se preguntó: - ¿Qué si creo en Dios? Pues… No sé como nombrarlo. Creo en algo, pero no sé en lo que creo. - ¡¡Biennn!! dijo Iris- eso es un comienzo. Quizás fuera más fácil si me dices en qué o en quien no crees.</p>
<p>- Si señora, así es más fácil. Se nota que tu entiendes de esto añadió sonriendo- No creo en un señor con barba blanca que nos mira desde el cielo y nos dice lo que está bien y lo que está mal. Tampoco creo en ningún tirano sanguinario, que exige sacrificios para estar contento. Pero no te emociones, porque tampoco creo en otro señor, también con barba blanca, que es buenísimo y compasivo y, en fin, un poco gilipollas, que mea agua bendita, y es del Opus.</p>
<p>Estas últimas palabras fueron seguidas de una gran carcajada por parte de Iris, que fue coreada por Ginés.</p>
<p>- No, en serio continuó él- creo en algo, que no sé definir, en una fuerza, en una energía, en un orden. No sé, algo. El movimiento de esas olas de ahí afuera responde a las mareas, y éstas a las distintas fases de la luna. El firmamento está lleno de estrellas y de planetas, cuyo comportamiento no es arbitrario. Responde a alguna pauta. No sé. No sabría decirlo, pero hay algo ahí afuera que también está dentro de mí y que, a falta de palabras para definirlo, lo llamaría Dios.</p>
<p>Iris miró emocionada a Ginés, y éste continuó hablando:</p>
<p>- Lo que sí tengo claro es que, si Dios existe, no está en ninguna iglesia. Bueno, no es que no esté, si existe, está en todas partes, incluyendo las iglesias. Lo que quiero decir es que a mí me resulta más fácil percibirlo en ese inmenso templo que es la naturaleza…</p>
<p>Aunque ahora mismo, Iris, lo estoy viendo en tus ojos.</p>
<empty-line/>
</section>
<section>
<title>
<p>CAPITULO XIII</p>
</title>
<empty-line/>
<p>Nunca olvidaré aquella comida, y tampoco lo que sucedió a continuación.</p>
<p>Cuando nos disponíamos a pasear junto al mar, Ginés empezó a sentirse mal a las mismas puertas del restaurante. Un intenso dolor se apoderó de su pecho, a la vez que le invadió una sensación de ahogo y fuertes golpes de tos. Se dejó caer sentado en el suelo, mientras yo pedía socorro.</p>
<p>Enseguida salieron del restaurante para auxiliarle, incluyendo a un médico que se encontraba allí comiendo. Fui yo quien informó al doctor de que Ginés padecía un cáncer de pulmón en fase terminal. El médico solicitó una ambulancia a través de su teléfono móvil, y me informó de que iban a trasladarlo al Hospital de Villaluz.</p>
<p>Al oírlo, Ginés empezó a protestar y a decir que quería volver a Puerto Grande, a su casa. Dirigiéndose a mí me decía con un gesto de dolor: "Falina, no la podemos dejar sola mucho tiempo". Me invadió una gran emoción al comprobar cómo, aún en esos momentos tan delicados, en los que peligraba su vida, Ginés todavía tenía fuerzas para pensar en su perra.</p>
<p>Le hice un gesto de asentimiento, para que no se preocupara, y expliqué al doctor que estábamos pasando sólo unas horas en Villaluz, y que al día siguiente debíamos regresar a nuestra ciudad, sin falta. Yo tampoco quería que nos quedásemos allí, en aquel sitio extraño, pero era evidente que en esos momentos el que mandaba era el médico, y debíamos hacer lo mejor para Ginés.</p>
<p>El doctor Medina, que resultó ser un joven peruano muy agradable, nos acompañó en la ambulancia hasta el Hospital de Villaluz, en cuyo servicio de urgencias trabajaba. Allí habló con sus colegas y, mientras éstos hacían pruebas a Ginés, que mostraba también síntomas de cierta desorientación, el médico habló conmigo para informarme de la gravedad de la situación.</p>
<p>Después de preguntarme si era familiar de Ginés. Le respondí que, aunque no estábamos casados, yo era toda la familia que él tenía.</p>
<p>- A su compañero le quedan pocos días de vida me dijo- No sabría decirle cuántos, depende de cómo vaya evolucionando la enfermedad. Pero estoy hablando de días. Sólo es cuestión de días. Está entrando ya en una fase agónica. No me explico cómo ha llegado hasta aquí en tan buen estado - El no quiere morir en un hospital, quiere hacerlo en casa afirmé yo con la voz entrecortada- Y así será, si tú puedes ofrecerle asistencia domiciliaria. Hoy en día muchos enfermos afectados de cáncer de pulmón, pueden afrontar la última fase de su vida en sus propias casas, sin necesidad de recurrir al ingreso hospitalario. Para ello existe un programa de cuidados, que tu tendrás que aprender, y que tiene como objeto el control de los síntomas durante la situación agónica, la aplicación de medicamentos… etc. Y esto último incluye que tendrás que aplicarle morfina para paliar el dolor, estableciendo tú misma el control de las dosis. Aunque, naturalmente, contarás con asesoramiento médico del hospital de Puerto Grande. Existe una unidad de asistencia a enfermos terminales, cuyos profesionales os visitarán cada día en casa.</p>
<p>Aún puedo recordar en estos momentos, la angustia que sentí ante aquellas palabras del doctor, que se introducían en mi mente como un jarro de agua helada.</p>
<p>Creo que fue la primera, y única vez en toda mi vida, en que aquellas palabras aparecieron ante mi vista ausentes de colores, de un tono uniforme y grisáceo que me asustó. </p>
<p>De pronto tuve plena consciencia de que Ginés se moría sin remedio. Aunque yo ya lo sabía, algo en mi interior me había hecho aferrarme desesperadamente a la idea de que aún había cura para su enfermedad. O, en el peor de los casos, de que todavía dispondríamos de tiempo suficiente para estar juntos.</p>
<p>Pero no era así, y yo me di cuenta, por primera vez, de que no íbamos a disponer de los días necesarios para disfrutar de nuestro amor. Me di cuenta de que nuestra vida en común, no sólo se terminaría en un suspiro, sino que el poco tiempo que íbamos a pasar juntos estaría marcado por el dolor, el sufrimiento y la desesperanza.</p>
<p>Y aunque entonces tuve un claro vislumbre de lo que sería la realidad, sin ningún tipo de tapujos ni paños calientes, en esos momentos aún no podía imaginarme lo duros que iban a resultar aquellos últimos días juntos.</p>
<p>El doctor Medina ya me advirtió entonces de que, durante la fase agónica que se había iniciado, Ginés mostraría síntomas de una gran debilidad, que le obligaría a permanecer en cama las 24 horas del día. Además, sufriría incontinencia de esfínteres así como tremendas dificultades para ingerir alimentos.</p>
<p>También me advirtió del progresivo deterioro que iba a experimentar a nivel de la conciencia. Algo que preocupaba especialmente a Ginés, dado que su mayor obsesión, en aquellos últimos días, era llegar a la muerte lo más conscientemente posible. Su máxima aspiración se centraba en poder pasar al otro lado con los ojos abiertos, despierto. Y yo debía ayudarle a ello.</p>
<p>Aquella noche no la pasamos en el hotel que nos había reservado Matute, sino en el hospital de Villaluz, bajo supervisión médica. Yo recogí el escaso equipaje que habíamos llevado, incluyendo las cenizas de mi madre, y estuve toda la noche junto a la cama de Ginés, en una habitación donde había otros dos pacientes, acompañados de sus respectivos familiares, que no cesaban de quejarse.</p>
<p>El doctor Medina nos había informado de que cuando se hiciera de día, una ambulancia nos trasladaría hasta el hospital de Puerto Grande. Allí, ingresarían a Ginés pero sólo unas horas, con el fin de incluirlo en el programa de asistencia domiciliaria a pacientes terminales. Quizás le hicieran alguna prueba más, pero seguramente esa misma noche ya estaríamos en casa. "Y allí podrá esperar a la muerte -dijo mientras me apretaba cariñosamente el brazo- porque no se puede hacer nada más. Lo siento".</p>
<p>Ginés se quedó mucho más tranquilo cuando le expliqué que al día siguiente una ambulancia nos devolvería a Puerto Grande y que, tras una breve parada en el hospital, por la noche podríamos dormir en casa. Él, en lugar de preocuparse por su crítica situación, se disculpaba una y otra vez conmigo:</p>
<p>- No sabes cómo lo siento repetía- no hemos podido pasear junto al mar, como yo quería, y tampoco has podido arrojar las cenizas de tu madre, pero…</p>
<p>Le interrumpí, no quería escuchar lo que iba a decirme. No le permití que me dijera que dentro de pocos días tendría ocasión de hacerlo, porque tendría que volver a Villaluz para arrojar al mar sus propias cenizas.</p>
<p>"No te preocupes ahora de eso. Descansa", le dije, aunque en mi interior resonaban las palabras que no le había dejado pronunciar.</p>
<p>A pesar de los lamentos de los otros dos pacientes que había en la habitación, Ginés se durmió después de que le administraran medicación para calmarle el dolor. A mí me costó bastante coger el sueño, y dormí sólo a ratos, despertándome siempre sobresaltada para mirar a su pecho y comprobar que él seguía respirando.</p>
<empty-line/>
<p>A primera hora de la mañana siguiente, el doctor Medina hizo acto de presencia, con una enfermera y otro médico de la planta, para darme un montón de papeles que yo debía entregar en el hospital de Puerto Grande. Después de reconocer nuevamente a Ginés, que tenía mejor aspecto que el día anterior, hicimos un rápido viaje en ambulancia hasta nuestra ciudad.</p>
<p>Al llegar al hospital, Matute, al que yo había llamado el día anterior para ponerle al corriente de la situación, nos esperaba ya en la puerta de urgencias. Al abrazarle, no pude evitar echarme a llorar. Internamente le agradecí que siempre hubiera estado ahí para acompañarme en las tragedias de mi vida. Nunca me había fallado, y tampoco lo hizo durante los días que duró la agonía de Ginés.</p>
<p>Tal y como nos dijo el doctor Medina, el ingreso de Ginés en el hospital de Puerto Grande sólo fue un trámite necesario para incluirlo en el programa de asistencia médica domiciliaria, a enfermos terminales de cáncer. Al llegar a nuestra ciudad, él tuvo que soportar alguna prueba más, y yo tuve que pasar por varias entrevistas, siempre acompañada de Matute, para saber cómo actuar durante la fase agónica de Ginés.</p>
<p>El panorama que me pintaron ese día fue más terrible, impactante y desolador de lo que me había expuesto el doctor Medina el día anterior. Ginés iba a sufrir mucho hasta morir, pero a mí, como familiar suyo más directo, también me vaticinaron que experimentaría un gran impacto emocional durante sus cuidados.</p>
<p>Me explicaron que el cáncer de pulmón avanzaría inexorablemente, sometiendo a cada una de las células del cuerpo de Ginés, y que empezarían a aparecer también síntomas de angustia y ansiedad, así como problemas emocionales que conllevarían agitación, intranquilidad y, a veces, crisis de pánico.</p>
<p>Por otro lado, me avisaron que, para controlar adecuadamente y tratar los síntomas que iban a ir apareciendo, sería necesario recurrir a la sedación, lo que conllevaría una pérdida de la conciencia del paciente.</p>
<p>Al llegar a este punto, y sabiendo lo que a Ginés le preocupaba el hecho de no perder la conciencia, pregunté a los médicos si no existía ninguna otra alternativa para combatir el dolor, que la de recurrir a la morfina. Después de intercambiar miradas entre ellos, su respuesta fue tajante:</p>
<p>- Sabemos que éste es un punto muy difícil, que siempre tenemos que abordar. Bien porque se interesa el paciente, o bien porque nos lo plantean los familiares. Los dolores serán muy intensos, y la única forma de calmarlos es recurriendo a los opiáceos, en concreto a la morfina. No hay otro modo afirmaron- y tampoco se puede evitar que su administración suponga una pérdida de la conciencia…</p>
<p>- Pero Ginés no quiere perder la conciencia les interrumpí con voz anhelante- Nadie quiere, pero los dolores son tan terribles que no todo el mundo puede soportarlos. No hay término medio concluyeron dirigiéndose a Matute y a mí- si quiere estar consciente, no tendrá más remedio que aguantar el dolor y, aún así, habrá que administrar unas dosis mínimas de morfina.</p>
<p>Mientras esperábamos el alta de Ginés, y que la ambulancia nos trasladase hasta su casa, Matute trató de consolarme.</p>
<p>- Escucha, si es tan importante para Ginés el no perder la conciencia, lo mejor es que habléis tranquilamente sobre todo lo que te han dicho, para que sepamos qué hemos de hacer. ¡Qué hostia! Tiene todo el derecho del mundo a que las cosas se hagan como él quiera concluyó dando un puñetazo de impotencia en el aireAsentí con la cabeza, y nuevamente le agradecí en mi interior que hubiera pluralizado. Yo estaba enamorada de Ginés y permanecer a su lado hasta el final me parecía lo más natural del mundo. Pero Matute no tenía por qué hacerlo y, sin embargo yo sabía que permanecería a mi lado. Como siempre. Aunque me hubiera gustado poder expresarle mejor mi gratitud, mis ojos se inundaron de lágrimas y sólo fui capaz de balbucear un "gracias", con un nudo en la garganta.</p>
<p>- Venga, venga, no tienes que darme las gracias por nada. Sécate las lágrimas y cambia esa cara. Tenemos que ser fuertes añadió pluralizando de nuevo- no podemos derrumbarnos, y sobre todo delante de Ginés. Así que venga, alegra esa cara y en marcha.</p>
<p>Sus palabras fueron un bálsamo para mí. Subimos a la planta en la que se encontraba Ginés, y unos minutos después el celador lo trasladaba hasta la ambulancia que nos llevaría a su casa. Lo más penoso fue subir la camilla por aquellas siniestras escaleras hasta su piso. Una vez allí, los saltos y lametones de Falina, que se encontraba eufórica al ver a su amo, nos hicieron olvidar la enfermedad por unos momentos, y pensar que aún teníamos una vida por delante.</p>
<p>Aquel fue un día frenético. Con la ayuda de Matute hice las maletas en mi casa y me trasladé a la de Ginés. Cuando salí de aquel piso recordé que sólo unos días antes había roto mi relación con Raúl. Era curioso, desde que lo encontré con una mujer en mi cama, y lo eché de casa, no había vuelto a acordarme de que existía. Y tampoco él había dado señales de vida.</p>
<p>Pensé que así era mejor y reflexioné con qué facilidad había cerrado un capítulo de mi vida, el de mi extraña relación con Raúl, a pesar de que había tardado años en enfrentar el problema. En aquellos momentos no supe determinar por qué me había resultado tan fácil asumir aquella ruptura.</p>
<p>Ahora, cuando escribo sobre ello, me doy cuenta de que la vida es realmente muy sencilla. Somos nosotros los que la complicamos con nuestras disertaciones mentales. Ese continuo ronroneo de la mente es lo que realmente nos dificulta la existencia.</p>
<p>En el fondo de nuestra alma sabemos lo que tenemos que hacer, porque todo problema tiene al lado la solución. La cuestión es que, aunque lo veamos, nos da miedo hacerlo. Y ese miedo paraliza nuestra vida y nos obliga a caminar en un perpetuo círculo vicioso. A veces algo da un empujón y gracias al impulso podemos salir de esa rueda fatídica que no nos conduce a ningún lado.</p>
<p>En mi caso estoy convencida de que fue mi amor por Ginés lo que me impulsó a vencer los miedos. Aunque el día en que rompí con Raúl, yo no reconocía todavía mi enamoramiento de Ginés, esa emoción ya estaba presente en mi consciencia, y actuaba por su cuenta en mi vida.</p>
<p>A estas alturas de mi existencia, y después de todo lo que me ha pasado en los últimos meses, sé que la vida es muy sencilla y que nuestra única misión debería consistir en no obstaculizarla para que podamos experimentarla en toda su plenitud.</p>
<p>Pero en lugar de eso, le ponemos obstáculos continuamente.</p>
<p>Ese día, cuando eché la llave a la puerta de mi piso y salí con mis maletas, supe con total seguridad que ya nunca más volvería a vivir allí. Que ésa ya no era mi casa. A partir de esos momentos, mi hogar estaba junto a Ginés, en aquel ático amplio y soleado, donde iba a pasar los mejores y los peores momentos de mi vida. Los más intensos de mi existencia.</p>
<empty-line/>
<p>Cuando llegué allí por la noche con mi equipaje, Ginés y Falina me recibieron con intensas muestras de cariño, cada uno a su manera. La perra no dejaba de seguirme moviendo el rabo, mientras daba vueltas a mi alrededor como diciéndome con sus inmensos ojos caninos: "¡Pero entonces te quedas, de verdad te vienes a vivir aquí!".</p>
<p>Yo le contestaba, a veces con palabras, a veces mentalmente. "Sí, ahora ésta será también mi casa. Tenemos que cuidar a Ginés". Y yo diría que el animal me entendía.</p>
<p>Ginés, por su parte, me hizo hueco en el armario del dormitorio y en el baño para que yo colocase mis cosas, mientras me ayudaba a deshacer el equipaje. Matute también colaboró. No sólo me llevó y me trajo de mi piso varias veces, sino que se ocupó de la intendencia doméstica, llenándonos el frigorífico y la despensa para que yo no tuviera que subir las escaleras cargada de bolsas en varios días.</p>
<p>Haciendo gala de su gran delicadeza y discreción, no quiso quedarse a cenar esa noche con nosotros y, después de repetirnos más de cien veces que si necesitábamos algo le llamásemos al teléfono móvil, "sea la hora que sea", hizo mutis por el foro y nos dejó solos. Antes de irse convenimos en que se quedaría un rato con Ginés, al día siguiente, para que yo pudiera ir a la empresa "Negro sobre Blanco" a deshacer mi contrato con Arturo Calasparra.</p>
<p>- Con todo este lío aún no he ido por allí. No tengo ningunas ganas de ver al capullo ése. Seguro que nos peleamos, pero no quiero resolver este asunto por teléfono expliqué a Matute- Le dije que iría y me estará esperando. Quiero dejar las cosas claras con él para que luego no haya ningún problema.</p>
<p>- No te preocupes me respondió Matute- cuando yo venga mañana aprovechas y te vas a verlo. Así dejas ya resuelto el asunto, que veo que te inquieta.</p>
<p>- Tanto como inquietarme no. Hay otras cosas que me preocupan más dije suspirandopero no sé, tengo por dentro una espinita clavada con ese tío. No me fío de él y no me voy a quedar tranquila en el aspecto de liquidar el contrato hasta que no vaya a verlo.</p>
<p>- Ya te dije que, por mucho que te amenace no puede hacer nada para obligarte a cumplirlo, añadió Matute.</p>
<p>- Sí, sí, lo tengo claro dije yo- No tengo ninguna intención de empezar a polemizar con él. Sólo quiero dar la cara y llevarle un escrito en el que deje constancia de que renuncio al trabajo, tal y como ya le dije por teléfono. Pero me quedo más tranquila si voy. No me fío de ese tío.</p>
<p>Cuando Matute se fue, Ginés y yo nos quedamos solos. Entre los dos preparamos una cena ligera, que tomamos en la terraza a la luz de las velas y bajo un cielo estrellado. Parecíamos dos jóvenes universitarios en su primera cita. Sin embargo, la cruda realidad de nuestra situación se impuso enseguida y Ginés tuvo que pasar, en un intervalo breve de tiempo, de la mesa a la cama con fuertes dolores.</p>
<p>Yo le apliqué la medicación, tal y como me habían indicado en el hospital, y poco a poco el dolor fue remitiendo. Esa noche apenas dormimos. Metidos en la cama, y con Falina a nuestros pies, abrazados, hablamos de lo que Ginés denominaba "cosas prácticas". Me explicó que era su intención dejarme el piso y el dinero que tenía en el banco. Me pidió, con lágrimas en los ojos, que me hiciera cargo de la perra cuando él ya no estuviera.</p>
<empty-line/>
<p>Cuando recuerdo ese momento, aún se me hace un nudo en la garganta. Era realmente emotivo comprobar la ternura con la que Ginés trataba al animal. Falina había sido durante mucho tiempo su única familia y él quería asegurarse de que la perra seguiría atendida.</p>
<p>- Si es verdad eso de que nos reencarnamos, yo creo que ésta es la última vez en que Falina ha nacido como animal- me dijo- En su próxima reencarnación, seguro que será un ser humano.</p>
<p>Al recordar ahora esas palabras, creo que llevaba razón. Falina, más que un perro, es ya casi un ser humano. Cuando Ginés murió, la perra quedó a mi cuidado y doy fe de la tristeza que la marcha de su amo supuso para el animal. Falina, además, parecía ser consciente del dolor y el sufrimiento que él tuvo durante toda su agonía, y no dejó de prodigarle continuas muestras de cariño.</p>
<p>Aquella noche, hablamos también de lo que me habían dicho en el hospital. Le relaté lo que a mí me habían contado sobre los síntomas de su agonía y, especialmente, sobre las consecuencias del uso de la morfina para calmarle el dolor. Yo no quería insistir mucho en ese asunto. Pero Ginés, dando muestras de una valentía y una entereza envidiable, quiso que reflexionásemos sobre la situación.</p>
<p>- Si no lo hacemos ahora, quizás no tengamos ocasión de hacerlo otro día dijo mientras me acariciaba la cabeza con ternuraYo no pude aguantarme, y me eché a llorar desconsoladamente. Él me tranquilizó:</p>
<p>- Iris, tenemos que hablar de ello. La vida se me está escapando de las manos. No sé de cuanto tiempo disponemos, pero creo que ya queda poco. Sobre las cosas prácticas que te he comentado antes, lo del piso y el dinero, no quiero que te preocupes. Lo hablaré con Matute y él traerá un notario para hacer testamento o lo que haya que hacer.</p>
<p>Aunque sé hace meses que mi muerte era inminente no había dado ningún paso al respecto ni me había preocupado quien se iba a quedar el piso. Sólo me inquietaba el futuro de Falina, lo demás me daba igual. Ahora es distinto. Ahora hay que arreglarlo todo porque quiero que sea para ti… Es más añadió tímidamente- me gustaría que nos casásemos. Yo no entiendo mucho de leyes, pero creo que así será más fácil.</p>
<p>Su proposición de matrimonio me pilló tan desprevenida, que me quedé sin saber qué decir. Él hizo un gesto de autorreproche y continuó:</p>
<p>- No, así no. Perdona, lo he hecho muy mal. No deseo casarme contigo porque así sea más fácil dejarte lo que tengo. Si te pido que nos casemos es porque te quiero. Iba a pedírtelo en la playa, cuando paseásemos junto al mar, pero no me dio tiempo. Por eso no quiero esperar más. ¡Casémonos lo antes posible! Bueno, si quieres, claro dijo estrechándome entre sus brazos- Claro que quiero respondí yo emocionada- Estoy deseándolo.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XIV</subtitle>
<empty-line/>
<p>Iris pensó que lo que menos le apetecía en esos momentos era ver a Arturo Calasparra. No sabía porque sentía tanto rechazo hacia ese hombre, pero la verdad es que, desde la primera vez que lo vio, experimentó mucha aversión hacia él. Le parecía un sujeto mezquino, como si no fuera real. Como si a fuerza de representar permanentemente un papel de villano en el teatro de la vida, hubiera llegado a identificarse con el personaje.</p>
<p>"Bueno, éste es un trago que tengo que pasar se dijo para sus adentros- y cuanto antes lo haga, mejor. Luego me olvidaré de que he tenido un trabajo que no quería coger, y un jefe que me parece un impresentable".</p>
<p>Mientras se dirigía al moderno edificio de despachos donde estaba ubicada la empresa "Negro sobre Blanco" pensó que, en realidad, las cosas no habían ido tan mal, ya que gracias a Arturo Calasparra había podido conocer a Ginés. Este pensamiento la reconfortó y provocó que el mal humor que tenía se aliviase un poco.</p>
<p>Cuando llegó a la empresa de biógrafos a domicilio, Iris llamó a la puerta y nadie le contestó. Después de insistir un rato, apareció Arturo Calasparra hablando por un teléfono móvil. Al verla, hizo un gesto de extrañeza y le dijo:</p>
<p>- Hoy no ha venido mi secretaria. Siéntate un rato, enseguida estoy contigo.</p>
<p>Iris tomó asiento en la estancia de la entrada, mientras él se metía en su despacho y cerraba la puerta, sin dejar de hablar por el teléfono móvil. Al cabo de unos diez minutos, que a Iris se le hicieron muy largos, Arturo Calasparra salió de su despacho y le indicó que pasara y se sentase, mientras la examinaba de arriba a abajo.</p>
<p>- Vaya, creía que no ibas a aparecer por aquí. Si llego a esperarte de pie, desde que dijiste que vendrías, me habría cansado. Menos mal que te he esperado sentado añadió pretendiendo hacer un chiste que a Iris no le hizo ninguna gracia- No he podido venir antes afirmó ella sin querer dar más explicaciones- Muy bien, pues tú dirás señaló Calasparra mientras jugueteaba con una moneda que tenía sobre su mesaIris pensó que aquel cabrón no iba a darle facilidades, así que lo mejor era ir al grano, entregarle el escrito que traía para él, y liquidar el asunto cuanto antes. Sin más preámbulos, y sin mediar palabra, sacó un folio escrito, del bolso que llevaba en bandolera, y se lo entregó.</p>
<p>Él lo leyó sujetándolo con la mano izquierda, mientras que con la derecha seguía haciendo girar la moneda sobre la mesa, provocando un ruido irritante.</p>
<p>- Todo esto me parece muy bien dijo al fin- pero el que sale perdiendo en toda esta historia soy yo. ¿No crees que deberías compensarme de alguna manera? añadió con un tono de frivolidad, mientras le miraba descaradamente las tetas con sus ojos saltonesIris sintió tanta repugnancia, que estuvo tentada de salir corriendo. Pero en lugar de eso se dirigió a él, retándole con la voz:</p>
<p>- Mi cara está aquí arriba. Y no tengo que compensarte de ninguna manera. He consultado con un abogado y me ha dicho que puedo dejar el trabajo en el momento que quiera, y que tú no me puedes retener. Así que ahí está el escrito en el que renuncio, y no hay más que hablar.</p>
<p>- Bueno mujer dijo Calasparra, guiñando un ojo, intentando mirarla a través del pequeño agujero que tenía la moneda en la parte superior- yo no me estaba refiriendo a ninguna compensación económica ni nada por el estilo.</p>
<p>Iris suspiró con fastidio, esperando a ver por dónde salía. </p>
<p>- Mira, ves dijo cogiendo un papel que tenía sobre la mesa- éste es tu contrato. Mira lo que hago con él añadió rompiéndolo por la mitadEn esos momentos Iris se puso en pie, con clara intención de marcharse, mientras Arturo Calasparra continuaba sentado, examinándola con descaro.</p>
<p>- Me parece muy bien que hayas roto el contrato dijo ella- ya no existe ninguna vinculación entre nosotros, así que yo me voy. Hasta luego.</p>
<p>Al ver que pensaba marcharse, Calasparra se puso de pie de un salto, y le obstaculizó el paso en la puerta, mientras la moneda con la que jugueteaba se cayó al suelo y fue rodando hasta parar a los pies de Iris. Esta se agachó para cogerla y, después de observarla por unos instantes, se la devolvió a su dueño, rogándole que se apartara de la puerta y la dejase salir.</p>
<p>Arturo Calasparra se guardó la moneda en el bolsillo del pantalón, sonrió cínicamente y, acercándose más a Iris, le dijo:</p>
<p>- Si me das un beso te dejo salir. El que no tengamos una vinculación laboral, no quiere decir que no podamos tenerla de otro tipo. Venga, si es sólo un beso de despedida.</p>
<p>Iris se quedó tan pasmada ante lo que estaba ocurriendo, que no supo cómo reaccionar. Permaneció unos instantes en silencio, como dándose tiempo, y finalmente se le ocurrió decir, mientras metía su mano derecha en el bolso:</p>
<p>- Tengo un móvil y un amigo policía. Ni siquiera necesito hablar. Sólo con apretar una tecla, estará aquí en unos minutos. A lo mejor a él le apetece darte un beso, ¡cabrón!</p>
<p>Las palabras de Iris actuaron como un resorte y, antes de que ella terminase de pronunciarlas, a Calasparra le cambió la cara y se apartó de la puerta, al tiempo que murmuraba entre dientes: - ¡Eh, niña, no me toques los cojones! Puedes irte cuando quieras. Nadie te está reteniendo aquí.</p>
<p>- Que te den por el culo, cerdo le gritó Iris mientras corría escaleras abajoAl llegar a la calle, y aunque le temblaban las piernas, Iris se alejó lo más rápido que pudo de aquel lugar. Al cabo de unos minutos de andar deprisa, se paró a descansar junto a un árbol y empezó a reírse por lo bajo, ante la patética escena que acababa de vivir. Poco a poco, la risa se transformó en carcajada, al recordar que no llevaba ningún teléfono móvil en el bolso, y que si Calasparra se hubiera puesto chulo, ella se habría visto en un gran aprieto, sin tener a quien recurrir.</p>
<p>"Ya verás cuando se lo cuente a Ginés y a Matute pensó divertida- ¿cómo se me habrá ocurrido amenazarle con que tenía un amigo policía? Seguro que Matute se va a partir de la risa. Sólo con nombrarlo ha sido suficiente. ¡Qué barbaridad! Si que le tiene miedo a la poli el cabrón ése. ¿Es que no pagará las multas de tráfico?"</p>
<p>Cuando Iris llegó a casa de Ginés, Matute estaba despidiendo en la puerta a un señor que, según le dijo el policía, era "el notario que arreglará todos los papeles". Al oír esta frase, Iris cambió el semblante divertido con el que había llegado, por uno más sombrío que le devolvía a la cruda realidad. Sin embargo, la tristeza le duró sólo hasta que pasó a la terraza y vio a Ginés que la esperaba sonriente. - ¿Qué tal ha ido todo? le preguntóIris esperó a que volviera Matute de despedir al notario, y les contó con pelos y señales la peripecia que acababa de vivir con Arturo Calasparra. Tanto Ginés como Matute, pasaron de la indignación a la risa, al imaginarse la cara del personaje cuando ella le amenazó con llamar a su amigo policía.</p>
<p>- Me dan ganas de llamarle por teléfono sólo para que se acojone un poco más dijo Matute- O mejor aún, debería hacerle una visita. Me gustaría ver su cara de sapo temblando de miedo.</p>
<p>- Venga hombre, no seas malo, los polis no deben ir por ahí asustando a la gente ilustre le respondió Iris bromeando- Pues tú bien que has recurrido a tu amigo poli para asustarle señaló Matute- Lo que no comprendo dijo Ginés, dirigiéndose a Iris- es por qué, por el simple hecho de decir que ibas a llamar a la policía, se ha puesto tan nervioso. Al fin y al cabo, no había pasado nada, no te ha llegado a tocar, y siempre sería tu palabra contra la suya.</p>
<p>- Sí, pero es que en su caso llovería sobre mojado respondió Matute- ten en cuenta que este hombre ya ha sido condenado por acoso sexual. De hecho, le echaron de su anterior trabajo por este motivo. Y claro, no creo que le interesara lo más mínimo que lo volvieran a acusar de lo mismo, sería un reincidente. - ¿Tú sabías que había tenido ese problema? preguntó Ginés a Iris- Sí, me lo contó Matute respondió ella- pero la verdad es que en esos momentos no se me ha pasado por la cabeza que ya tuviera a sus espaldas una condena por acoso sexual.</p>
<p>Lo cierto es que ni me acordaba. La cosa ha sido mucho más simple. No sé cómo se me ha ocurrido amenazarle con llamar a Matute. Lo mejor del caso añadió- es que él no lo ha puesto en duda y se lo ha tragado. ¿Cómo se habrá creído que sólo con darle a una tecla de mi móvil, sin llegar a hablar contigo, tú ibas a aparecer allí?</p>
<p>- Quizás es porque vio la película de "Pinocho", en la que Pepito Grillo aparecía cuando éste lo llamaba silbando concluyó Matute riendoDespués de seguir comentando, entre risas, el suceso que acababa de vivir Iris, Ginés sacó a relucir el asunto que había estado hablando con Matute, hasta la llegada del notario.</p>
<p>- Bueno, vamos a tratar de cosas serias, hablemos de boda afirmó dirigiéndose a Iris¿te parece? Me gustaría que pudiéramos planificarla con más tiempo. Pero tiempo es precisamente lo único que no tenemos, así que le he pedido a Matute que hable con el juez, para ver si se pueden acelerar los trámites al máximo… Dadas las circunstancias. ¿Tú que opinas? le preguntó a ellaIris y Matute intercambiaron una mirada, en la que se decían sin palabras que Ginés le estaba echando mucho valor a su situación desesperada. Consciente de que la situación podía volverse aún más irreversible en cualquier momento, estaba desplegando una intensa actividad, para no dejar asuntos pendientes.</p>
<p>- Lo que tú decidas me parece bien. Lo que no me parece tan bien es que se lo hayas contado aprovechando mi ausencia bromeó Iris- ¿Le has pedido también que sea nuestro padrino?</p>
<p>- No, eso te lo he dejado a ti respondió Ginés cogiéndole la mano- Adelante, pídeselo. - ¿Quieres ser nuestro padrino de boda? preguntó Iris a Matute con un tono de emoción en la voz- Claro que sí, pequeña respondió el policía con gesto emocionado- aunque creo que en las bodas civiles no existen los padrinos. Son testigos.</p>
<p>Se hizo un emotivo silencio, tras las últimas palabras de Matute. Iris no pudo evitar que se le saltasen las lágrimas, y se abrazó al policía, mientras éste le decía:</p>
<p>- Tu padre estaría muy orgulloso de ti. Serás una novia guapísima.</p>
<p>Ginés contempló la escena con gran emoción, y también él estuvo a punto de echarse a llorar. Pero se contuvo. La situación que estaban viviendo Iris y él en los últimos días era tan extraordinaria, estaba tan rebosante de sentimientos, que cualquier frase, cualquier comentario que en otras circunstancias no hubiera tenido mayor importancia, ahora podía provocar que estos sentimientos tan intensos se desbordasen.</p>
<p>Entre los tres, hicieron planes para que la boda se celebrase cuanto antes y, a ser posible en el piso de Ginés, para evitar que éste tuviera que salir a la calle. Cada día que pasaba se notaba cómo la enfermedad iba clavando sus garras en su enflaquecido cuerpo. Había momentos en que ni siquiera podía aguantar un simple paseo por la casa, y tenía que permanecer sentado o en la cama.</p>
<p>Esa tarde, cuando Matute se marchó, los dolores hicieron acto de presencia con mayor intensidad que nunca.</p>
<p>- El dolor ya no se va, Iris le dijo Ginés- ahora sé que ya no se irá nunca, que me acompañará hasta que me muera.</p>
<p>- Ya sabes lo que nos han dicho los médicos le dijo ella intentando consolarle- que podemos llegar a administrar la morfina en intervalos de 4 horas. Y quizás sea aconsejable que dupliquemos la dosis por la noche para que puedas descansar.</p>
<p>- Es terrible dijo él- el dolor me maneja a su antojo. Me deja inerte, como un muñeco de trapo que no tiene vida propia, con una nula capacidad de acción. Hay momentos es que logra vencerme, y lo único que deseo es que no me duela. Entonces estoy a punto de mandar al carajo mi decisión de no perder la consciencia. Dime, ¿cómo puedo estar lúcido cuando lo único que me calma el dolor es la morfina? preguntó a Iris con voz angustiadaElla no supo qué decir, y permaneció en silencio. Le acarició el pelo y le besó suavemente en los labios. Sabía que la pregunta que acababa de hacer Ginés, no era a ella a quien se la hacía. Se la estaba haciendo a sí mismo. O quizás ni siquiera eso. Era una pregunta cargada de impotencia, lanzada al viento, sin esperanza de que nadie la respondiera. Porque ése era el dilema que se había instalado en el interior de Ginés. ¿Qué hacer? Para mantener la consciencia había que aguantar el dolor, utilizar lo menos posible la morfina… Pero el dolor era insoportable.</p>
<p>Iris atrajo hacia sí a Ginés, y le abrazó, queriéndole transmitir el amor profundo que sentía por él. Ella también se encontraba impotente para darle una solución. Quizás porque no había ninguna. Porque lo único que se podía hacer en esos momentos era rendirse ante las condiciones que imponía la muerte.</p>
<p>Pero Ginés no estaba dispuesto. Sabía que iba a morir, y lo había aceptado con una entereza envidiable. Pero quería hacerlo a su manera. Era como si le dijera a la muerte: "De acuerdo, tú ganas, me iré contigo, pero lo haremos a mi modo, no al tuyo.</p>
<p>Ya que no puedo elegir el momento de morir, al menos déjame que elija el cómo".</p>
<p>Permanecieron abrazados largo rato, en silencio, disfrutando cada uno con la presencia del otro, sin que las palabras estorbasen la comunicación de sus almas.</p>
<p>Esa noche Ginés me propuso algo, que yo acepté, aunque en mi fuero interno deseé con todas mis fuerzas que no hubiera necesidad de llegar a ello. Esa noche Ginés me pidió que, si llegaba un momento en el que ya no podía resistir el dolor, le ayudase a morir para que pudiera pasar al otro lado con plena consciencia, y no sedado bajo los efectos de la morfina.</p>
<p>No sólo le prometí que lo haría, sino que además planificamos, con todo lujo de detalles, qué método emplearíamos, con la intención de no dejar huella. Aunque yo nunca me había planteado la eutanasia, ni siquiera como debate intelectual, su propuesta no me pareció disparatada. De hecho, una sensación familiar resonó en mi interior.</p>
<p>Mi padre se había suicidado sin contar con nadie. Y, en cierto modo, mi madre había hecho lo mismo. Aunque su suicidio resultó mucho más lento que el de mi padre.</p>
<p>Lo que éste había resuelto en un instante, a mi madre le había costado muchos años.</p>
<p>Y ahora Ginés me pedía que le ayudase a morir. Me pregunté ¿qué extraña relación existía entre mis seres queridos y la muerte? ¿Qué misteriosa atracción hacia esa nada desconocida, había motivado a mi familia más allegada para dejar este mundo? Reflexioné, y llegué a la conclusión de que el caso de Ginés no era igual que el de mis padres.</p>
<p>El no había buscado a la muerte, sino que era ésta la que le había salido al encuentro. Y lo que Ginés pretendía era entregarse a ese trance final con los ojos abiertos. Sólo eso. Ni más ni menos. Una pretensión que nada tenía de cobardía, de huída de la vida, sino todo lo contrario, puesto que la muerte es la culminación de la vida. Su intención me parecía digna y encomiable.</p>
<p>Cuando prometí a Ginés que le ayudaría a morir, en caso necesario, me confesó que le había hecho un gran regalo, el mejor, y que con ello experimentaba un gran alivio interior. No recuerdo bien cuántos días transcurrieron desde ese momento hasta su muerte, pero a mí me parecieron muy pocos. Lo que sí recuerdo es que, desde entonces, su ánimo mejoró, aunque su cuerpo se deterioraba más cada día.</p>
<p>Había momentos en que no podía ni hablar. Su respiración se volvió estertorosa y yo sufría terriblemente al ver que no podía ayudarle. Respirar es algo tan primario, tan asociado a la vida. Y a Ginés su enfermedad le negaba hasta ese sencillo movimiento de dar y tomar aire, en el que se resume toda la mecánica de la existencia.</p>
<p>Recuerdo que al final, cuando la acumulación de secreciones en las vías respiratorias le provocaban ese ruido tan característico en las inspiraciones y espiraciones, el médico de la unidad de asistencia a enfermos terminales, me dijo que esa clase de respiración se conocía como "estertores de la muerte".</p>
<p>La noche en la que Ginés me pidió que le ayudase a morir, y entre los dos planeamos la forma de hacerlo, ocurrió otra cosa importante. Fue entonces cuando él me relató el suceso que durante toda su vida le había atormentado.</p>
<p>Según me confirmó entonces, la necesidad de aligerarse de la culpa, que le había provocado este trágico episodio, fue lo que motivó que recurriera a la empresa de biógrafos a domicilio. Su intención era dejar constancia escrita de un hecho que había guardado en secreto desde su juventud, y con el que no quería cargar en la otra vida.</p>
<p>Los intrincados caminos que conforman el laberinto de la existencia, propiciaron que, gracias a ese incidente, Ginés y yo nos conociéramos, con todo lo que ello provocó después. En esos momentos, él ya no tenía ninguna necesidad de escribir sobre el suceso que tanto le había conmocionado. Lo único que quería era contármelo, y aliviar su conciencia antes de morir.</p>
<p>Por eso aquella noche, después de que su espíritu descansara al saber que yo le ayudaría a morir, me contó, al fin, lo que tanto le había perturbado y martirizado durante toda su vida.</p>
<p>Me relató cómo dejó morir ahogada en un río a Irene, la joven con la que iba a casarse, cuando ambos contaban con 20 años de edad. El remordimiento le había acompañado durante los últimos 40 años.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XV</subtitle>
<empty-line/>
<p>Cuando Ginés empezó a contarme cosas de su pasado, me di cuenta de que, en realidad, yo no sabía nada de su vida anterior. Para mí, su existencia había comenzado apenas un mes antes, el día en que llegué a su casa con la intención de escribir su biografía. Sin embargo, cuando le conocí, Ginés acababa de cumplir ese verano 60 años. Los mismos que tendría al morir, unos días después de contarme lo que tanto le había atormentado. Este es, a grandes rasgos, su relato:</p>
<p>Ginés había nacido a las diez de la noche del día 26 de junio de 1944. Sus padres, aunque llevaban ya mucho tiempo casados, no se habían aventurado a concebir un hijo al comienzo de la guerra civil. Y aún habían esperado unos años después para asegurarse de que su descendencia nacería en un periodo de paz. Razonaron que, aunque fuera la paz de los cementerios, siempre era mejor esa época que la de traer un hijo en plena contienda.</p>
<p>Ginés vino al mundo en el mismo pueblo donde vivían sus padres. Allí, en una pequeña localidad montañosa del centro del país, sus progenitores, Amparo y Tirso, gente sencilla, malvivían cultivando la tierra. Después de nacer Ginés ya no tuvieron más hijos, puesto que la madre, además de contar casi con 40 años, tuvo que reponerse de una grave septicemia después del parto.</p>
<p>El pequeño Ginés, un niño formal y demasiado maduro para su corta edad, asistió a la escuela del pueblo donde daba clases un maestro con vocación republicana, don Patricio, que sustituyó los rezos y los himnos por el contacto con la naturaleza y el amor a la lectura.</p>
<p>Ginés me contó que este maestro ejerció una tremenda influencia en su manera de enfocar la vida, y actuó como un auténtico padre para él. Al que le correspondió por sangre apenas veía, ya que se tiraba casi todo el día en el campo intentando sacar partido de los escasos cultivos que poseía, así como leche y requesón de un par de ovejas que completaban su escaso patrimonio.</p>
<p>Desde corta edad, don Patricio le suministró a Ginés todas las lecturas que integraban su biblioteca, que el maestro mantenía escondida en los lugares más insólitos de su casa. Aún así, los libros que Ginés leyó y releyó en su infancia y adolescencia, pronto le resultaron insuficientes, y mostró su interés por abandonar el pueblo y hacerse maestro.</p>
<p>Fue toda una odisea, por parte de don Patricio, la de convencer a Tirso y Amparo, de que Ginés tenía facilidad para los estudios y capacidad para algo más que para cuidar el ganado. Después de muchas discusiones, y con la ayuda de una beca que le gestionó su maestro, el joven se despidió de sus padres y pudo ir a la ciudad a estudiar magisterio. Una profesión que para él suponía una auténtica vocación.</p>
<p>Fue durante unas prácticas de la Escuela de Magisterio cuando Ginés conoció a Irene, una de las dos muchachas que estudiaban lo mismo que él. Según me contó con voz emocionada, nada más verla se enamoró de ella y decidió que la haría su esposa.</p>
<p>Fue su primera y última novia porque ya no volvería a fijarse en ninguna otra mujer, hasta que me conoció a mí.</p>
<p>Irene era una joven alegre y extrovertida, una adelantada a su tiempo que siempre estaba ideando cosas para pasarlo bien. Ginés la seguía dócilmente como un corderito, porque no tenía ni su vitalidad ni su alegría de vivir. Él era entonces un muchacho introvertido, enemigo de cualquier actividad o pensamiento que supusiera llamar la atención y salirse de los estrechos cauces sociales establecidos en aquella época.</p>
<p>A Ginés se le ponían los pelos de punta cuando Irene hablaba abiertamente sobre la falta de libertad que existía en el país y sobre lo patético y rancio que era el régimen gobernante. Ginés temblaba de los pies a la cabeza al oírla hablar, aunque la joven no daba muestras de tener ningún miedo. Aún así, a pesar de su diferencia de caracteres, o quizás debido a esa desigualdad, Irene y Ginés se complementaban y se amaban con toda la pasión que se ama a los 20 años.</p>
<p>Ambos habían terminado ya sus estudios de magisterio y esperaban a la mayoría de edad para poder casarse. Si hubiera sido por Irene habrían formalizado antes su relación. Pero Ginés insistía en que debían esperar, al menos, hasta los 21 años.</p>
<p>Según Ginés, el tiempo asentarían mejor el conocimiento mutuo que su noviazgo les proporcionaba. Y, por otra parte, no menos importante para él, les daría tiempo a procurarse un empleo más estable del que tenían, cuyos escasos sueldos apenas alcanzaban para mantenerse, y mucho menos para formar una familia.</p>
<p>Fue idea de Irene la de pasar aquel día en el campo. Llevarían la comida, tomarían el sol y se bañarían en el río. También podrían disfrutar solos de una intimidad que no siempre era posible. Podrían besarse y abrazarse, lejos de miradas indiscretas.</p>
<p>Pero la muerte de Irene truncó aquel caluroso día de julio dos vidas para siempre. La de la joven y también la de Ginés, que no superó las consecuencias de aquel terrible suceso.</p>
<p>Los rayos del sol se zambullían en el agua, creando en la superficie infinidad de arco iris. Irene, sentada a la orilla del río movía las piernas y salpicaba las gotas de colores en todas direcciones.</p>
<p>- Venga, no seas gallina gritó- No está fría, está buenísima. ¡Ven a darte un baño conmigo!</p>
<p>Ginés, algo retirado, contemplaba a su novia en bañador mientras le advertía.</p>
<p>- No te metas todavía, aún no has hecho la digestión. A ver si te va a dar un corte.</p>
<p>- A ti sí que te da corte bañarte conmigo. Como no te pongas el bañador y te metas ahora mismo pienso traerte a la fuerza respondió ella salpicando agua en dirección a Ginés- No me he traído el bañador mintió él- ¿acaso crees que soy tan indecente como tú como para ir por ahí medio desnudo? - ¡Mentiroso! -gritó Irene- sí te lo has traído, que lo he visto yo en tu bolsa. Lo que pasa es que no te atreves a meterte. Seguro que tienes miedo a coger un resfriado en pleno verano. ¡Cobarde!</p>
<p>La joven se dirigió corriendo hacia Ginés, con la intención de arrastrarlo vestido hasta el agua. El también echó a correr y, después de juguetear un rato, se dejó dar alcance. Irene le besó y empezó a estirarle de un brazo en dirección al río, hasta que Ginés aceptó ponerse el bañador y meterse en el agua con ella.</p>
<p>- Pero no mires bromeó él mientras se dirigía detrás de unos arbustos- No te preocupes respondió Irene- ¡para lo que hay que ver! No pienso perder el tiempo. Te espero en el agua. </p>
<p>Mientras Ginés se quitaba la ropa y se ponía el bañador, la joven se zambulló en el río y empezó a nadar, alejándose con rapidez de la orilla. Las aguas se veían transparentes y la corriente era fuerte, por lo que resultaba difícil mantenerse a flote.</p>
<p>Sólo unos instantes después, cuando Ginés salía de entre los matorrales, abrochándose la cinta del bañador, escuchó el grito de su novia: - ¡¡Socorro!!</p>
<p>Miró hacia el río y pudo verla dentro del agua, levantando los brazos y sumergiéndose. Pensó que era una broma que Irene le gastaba y, dirigiéndose lentamente hacia la orilla le respondió de mal humor:</p>
<p>- Muy graciosa. Sabes que no me gustan ese tipo de bromas.</p>
<p>Ella intentó pedir socorro otra vez, pero de su garganta sólo salió un alarido aterrador que hizo comprender a Ginés que se encontraba en apuros de verdad.</p>
<p>Todo ocurrió en un instante, Ginés salió corriendo hacía el río llamando a gritos a su novia, mientras ésta se hundía sin remedio.</p>
<p>Una vez dentro del agua, Ginés nadó a la mayor velocidad posible para alcanzarla. Pero mientras más se acercaba él, más se alejaba Irene llevada por la corriente que en esa zona era muy intensa. Aunque sus fuerzas eran cada vez más escasas, la joven continuaba luchando por mantenerse a flote. A veces desaparecía por unos momentos bajo las aguas, para después emerger nuevamente.</p>
<p>Ginés, por su parte, continuaba nadando con desesperación hacia ella, hasta que finalmente logró darle alcance cuando la joven se hundía, totalmente exhausta.</p>
<p>Se notaba que había tragado ya mucha agua y que le costaba trabajo mantener la respiración. Aún así, al ver a Ginés a su lado, Irene le lanzó una mirada de angustia y se aferró a su cuello como única tabla de salvación.</p>
<p>El desesperado abrazo de Irene inmovilizó totalmente a Ginés, impidiéndole cualquier movimiento y cortándole la respiración. Fueron unos segundos angustiosos los que transcurrieron, luchando contra la corriente del río, antes de que los dos empezaran a hundirse.</p>
<p>Los dedos de Irene se clavaban en el cuello de Ginés, mientras que sus brazos seguían atenazándole y le impedían respirar y salir a flote. En un instante de lucidez, Ginés comprendió que si no se desprendía de ella, ambos morirían ahogados.</p>
<p>Sin pensarlo, agarró los brazos de su novia y, luchando con todas sus fuerzas, consiguió quitárselos del cuello, emergiendo con rapidez a la superficie para buscar una bocanada de aire.</p>
<p>Entre jadeos, respiró varias veces a borbotones, tosió y lloró de impotencia al mismo tiempo. Cuando quiso reaccionar, el cadáver de Irene se alejaba flotando río abajo, chocando con las piedras.</p>
<p>Cuando Ginés terminó su relato, el sudor corría por su frente confundiéndose con las lágrimas. Nos abrazamos en silencio y yo compartí con él la pesada carga que había acarreado durante 40 años. Estrechándolo entre mis brazos, experimenté su sufrimiento como si fuera el mío, y comprendí la necesidad que había sentido de aliviar su conciencia, antes de enfrentarse a su propia muerte.</p>
<p>Nadie le culpó de la muerte de Irene. Las huellas de la joven aparecieron marcadas en el cuello de Ginés, y no hubo dudas de que el joven había hecho todo lo humanamente posible por salvarla. Aún arriesgándose a poner en peligro su propia vida.</p>
<empty-line/>
<p>Pero Ginés sí se culpó a sí mismo y la imagen de su novia ahogándose le persiguió día y noche, durante el resto de su vida. Así como la certeza de que había sido él quien la había dejado morir deliberadamente, al soltarla de su cuello.</p>
<p>Yo estaba conmocionada con su relato y lamenté, más que nunca, no haberlo conocido antes para aliviar su carga y hacerle comprender que él no había tenido culpa de la muerte de Irene. Que nadie es culpable de la muerte de otro ser.</p>
<p>- Tú no fuiste el culpable de su muerte, Ginés. Hiciste todo lo posible para salvarla, pero no fue suficiente. Si hubieras actuado de otra manera, habrías muerto tú también.</p>
<p>Tuviste unos momentos de lucidez, comprendiste que si continuaba aferrada a tu cuello os ahogaríais los dos. Hiciste lo único que podías hacer. Lo correcto. Ya que no había manera de salvarla a ella, te salvaste tú. No puedes culparte por ello, cualquiera habría hecho lo mismo. Yo habría actuado igual. En esos momentos tan terribles el instinto de supervivencia se apoderó de ti, ni siquiera lo pensaste.</p>
<p>- Así es Irisdijo él- y debería haberlo pensado. - ¿Habrías preferido morir con ella? me atreví a preguntarle- Esa pregunta me la he hecho yo muchas veces a lo largo de los últimos años, y nunca la he contestado.</p>
<p>- Pues ya va siendo hora de que la contestes le dije- Quizás hasta que no lo hagas, no puedas liberarte de este terrible suceso que tanto te ha afectado.</p>
<p>Ginés no contestó. Ambos permanecimos en silencio hasta que él continuó con su relato, pero la pregunta seguía en el aire.</p>
<p>Me dijo que, después de este suceso, él abandonó su trabajo como maestro y volvió al pueblo con sus padres, para ayudarlos en las tareas del campo. Amparo y Tirso eran ya muy mayores y Ginés los utilizó como excusa para aislarse del mundo.</p>
<p>Era un alma atormentada, que no quería ver a nadie. Sólo los libros le servían de compañía. Los libros y el recuerdo de Irene.</p>
<p>Pero no el mejor recuerdo de su novia, de su juventud y vitalidad, de su amor, de los buenos ratos que pasaron juntos, de sus proyectos de vida en común. La imagen que le perseguía era la de la lucha que mantuvo con ella en el río, arrancándole los brazos de su cuello para salvarse él mientras ella moría.</p>
<p>Permaneció en el pueblo de sus padres varios años, hasta que los dos murieron.</p>
<p>La primera en irse fue su madre, y lo hizo de la misma manera en que había vivido, de forma callada, sumisa, sin querer molestar. Un día al levantarse dijo que se encontraba mal y, cuando su padre y él volvieron del campo a la hora de comer, la encontraron muerta, sentada en su vieja mecedora.</p>
<p>Su padre no tardó mucho tiempo en acompañarla. Desde que Amparo había muerto, Tirso apenas hablaba, sólo murmuraba constantemente la misma frase: "Yo ya estoy acabado, sólo espero que tu madre venga a recogerme". Y así fue. Un día, cuando estaba en el campo, dejó de trabajar y Ginés le oyó decir, antes de que se desplomase en el suelo: "Ya estás aquí. Has venido".</p>
<p>La muerte de sus padres sumió a Ginés en un pozo más oscuro todavía. Se culpó de no haber hecho nada para conocerlos más a fondo. Tanto Tirso como Amparo habían sido unos auténticos desconocidos para él. Como Ginés lo había sido para ellos.</p>
<p>Se alegró de haber estado a su lado los últimos años de sus vidas. Pero se lamentó de que, al estar tan inmerso en su propia tragedia, no le hubiera quedado espacio interior suficiente como para ocuparse más de sus padres. Se arrepintió de no haberlos conocido más en profundidad, y de la manera superficial en que siempre se habían tratado.</p>
<p>Con sus padres muertos, Ginés decidió que era el momento de dejar el pueblo.</p>
<p>Vendió la casa y las pocas tierras que había heredado, y se dispuso a volver a ejercer su profesión de maestro. No le costó demasiado encontrar trabajo en un pueblo del norte del país, donde dio clases durante un par de años.</p>
<p>De allí pasó a otra pequeña localidad, esta vez situada en el sur, y desde ella a otro pueblo, y luego a otro, y a otro… Su lema era el de no permanecer mucho tiempo en ningún sitio. No quería encariñarse con nadie, y mucho menos con sus alumnos, por eso inició toda una peregrinación, cambiando de destino cada poco tiempo, y evitó intimar con ningún ser humano.</p>
<p>Sólo los libros continuaban siendo su eterna compañía, hasta que un día se encontró a Falina abandonada. Cogió al cachorro, que estaba medio muerto de hambre y de frío, y se lo llevó a su casa. Desde entonces, la perra pasó a ser su criatura más querida, su única familia. Y Ginés volcó en la perra todo el cariño que llevaba dentro.</p>
<p>Su último destino como maestro, antes de acogerse a un plan de jubilación anticipada, fue Puerto Grande. Compró la casa que ya habitaba de alquiler, la restauró, y decidió que viviría allí, en compañía del animal, todo el tiempo que le quedase de vida. Estaba harto de trasladarse de un lugar a otro y quería cierta tranquilidad para terminar su existencia.</p>
<p>Dos años después de su jubilación, a Ginés le diagnosticaron el cáncer de pulmón. Cuando asumió que le quedaba muy poco tiempo de vida, decidió hacer público el suceso que tanto le había atormentado, para aligerar su conciencia y, gracias a eso me conoció a mí.</p>
<p>Aquella noche, cuando terminó de hacerme su confidencia, Ginés se quedó dormido. Le miré y me pareció un niño pequeño. Su rostro se veía relajado y no contraído en una mueca de dolor, como era habitual en esos últimos días. La morfina le calmaba, pero Ginés sólo quería utilizarla en los momentos de extrema necesidad, cuando los dolores eran tan terribles que no los podía soportar.</p>
<p>Yo estaba acostada a su lado, pero no podía dormir. No se me iba de la cabeza lo que Ginés me había contado. Relacioné este suceso con mi propia vida. Aunque no de forma tan dramática, como le había ocurrido a él, también yo había tenido personas que se habían aferrado a mi cuello, que me atenazaban emocionalmente y no me dejaban respirar. Me acordé de Raúl, y también de mi madre.</p>
<p>Y como había hecho Ginés, también yo había tenido que desprenderme de unos brazos que me oprimían, para seguir viviendo. Porque las cosas eran así de contundentes. No había ningún camino del medio. O te desatabas y seguías tu camino, o te hundías con ellos.</p>
<p>Pensé que, emocionalmente, todos vivimos, de alguna manera, el drama que había experimentado Ginés. Que el crecimiento conlleva ese dolor, el de desprenderse de ideas, personas y cosas. Pero Ginés lo había percibido en un nivel físico, y en toda su crudeza. Y el impacto había sido tan grande y la culpa tan intensa que, aunque escogió la vida, en realidad no había vivido, sólo vegetado.</p>
<p>Sólo en el momento en que se le había vuelto a aparecer la muerte, no ya como una posibilidad lejana y a largo plazo, sino como algo real e inmediato, sólo en ese momento quiso aliviarse de la culpa que le había impedido disfrutar de la vida.</p>
<p>Ginés se despertó de su sueño apacible, y vio que yo no dormía. Se incorporó, me abrazó y me preguntó qué era lo que estaba pensando. Le expresé lo conmocionada que me había dejado su relato, y las reflexiones que había provocado al relacionarlo con mi propia vida.</p>
<p>Él permaneció largo rato en silencio, pensando en lo que yo le había dicho y, finalmente, dijo en voz baja, con la mirada perdida en la lejanía:</p>
<p>- No habría preferido morir con ella. - ¿Cómo dices? le preguntéEntonces, me miró fijamente a los ojos y, mientras me acariciaba el pelo afirmó con voz clara y tajante:</p>
<p>- Que no habría preferido morir con Irene. Yo no quería morir, aunque ella se estuviera ahogando. Quise seguir viviendo y ahora me alegro infinitamente por ello. Lo único que lamento es no haberte conocido antes, y no haber sabido aprovechar cada minuto del tiempo que se me ha concedido. Pero aún estoy vivo. Y aunque sea poco, aún puedo aprovecharlo.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XVI</subtitle>
<empty-line/>
<p>Ginés y yo nos casamos en la terraza de su casa a última hora de la tarde del 7 de septiembre, sólo unos días antes de que él falleciera. Matute se había encargado de engalanar todo el recinto, y trabajó en ello con la misma dedicación y entrega que ponía en todo lo que hacía. Hubo flores, música, y posteriormente una cena para tres, servida por un camarero, a la luz de las velas y bajo el cielo estrellado. Aunque Ginés apenas probó bocado, puesto que ya tenía muchas dificultades para comer y para ingerir líquidos.</p>
<p>Matute, que actuó como único testigo -además de Falina, que no perdió detalle de toda la ceremonia- se encargó de que todo estuviera a punto y en las condiciones idóneas. "No voy a consentir que falte nada en la boda de mi pequeña -dijo con orgullo- uno no se casa todos los días".</p>
<p>El juez que ofició la boda, un viejo amigo de Matute, estaba al corriente de la enfermedad de Ginés, y no tuvo ningún inconveniente en trasladarse hasta nuestro domicilio para celebrar la ceremonia. Estuvo muy cariñoso, y nos felicitó a ambos como si aquel matrimonio fuera a durar eternamente. Yo le agradecí internamente que no hiciera ninguna mención a la situación excepcional de la boda. Eso quedaba para nuestra intimidad.</p>
<p>Todos nos pusimos nuestras mejores galas, con la intención de que aquella fuera una boda como otra cualquiera, en la que los novios se unen con la intención de realizar un proyecto de vida en común. Matute y Ginés se pusieron chaqueta y corbata.</p>
<p>Yo estrené para la ocasión un traje de pantalón color blanco, y llevé en la mano un precioso ramo de violetas. El momento más emocionante fue cuando nos pusimos los anillos que se había encargado de comprar Matute. Aunque a Ginés, cada día más delgado, se le salía del dedo.</p>
<p>Fue un día especial y particularmente emotivo. Sin embargo, mentiría si no dijera que en mi fuero interno no pude dejar de pensar, ni por un sólo instante, en que Ginés tenía los días contados, y no podríamos disfrutar de ese proyecto de vida en común que tienen todos los recién casados.</p>
<p>Ignoro lo que pensaría Ginés por dentro, pero si sus sentimientos eran similares a los míos lo disimuló muy bien. Se le veía absolutamente feliz. Demacrado, pero con los ojos brillantes, llenos de vida, como si la muerte no se hubiera instalado ya definitivamente en sus entrañas, con la intención de no abandonarlo.</p>
<p>Si alguien disfrutó de nuestra boda, fue Ginés, sin lugar a dudas. Poco después,, cuando el dolor hizo presa en su cuerpo con mayor intensidad, me dio las gracias por haberme casado con él, y me dijo que ese día le había hecho "un gran regalo".</p>
<p>Cuando pienso ahora en todos los acontecimientos que he vivido en los últimos meses, me considero una persona muy afortunada. Ha sido muy breve el tiempo que he podido disfrutar del amor y la compañía de Ginés. Pero me he dado cuenta de que la vida no puede medirse por el número de años cumplidos, sino por la intensidad de los momentos y las emociones que experimentamos. Y, en ese sentido, me considero inmensamente rica.</p>
<p>La mayoría de la gente que conozco lleva una existencia anodina. Pasan por la vida de puntillas, sin ilusión, como si fuera un trámite que no hay más remedio que cumplir. Pero no ha sido ése mi caso. Mi relación con Ginés estuvo marcada desde el primer momento por la presencia de la muerte. Y todo lo que la muerte toca se vuelve poderoso. De hecho, la vida no sería un misterio si no tuviéramos la certeza de que vamos a morir.</p>
<empty-line/>
<p>Ginés y yo no tuvimos ni malos momentos ni desencuentros, como les pasa a la mayoría de las parejas. No nos podíamos permitir ese lujo. No había tiempo para tonterías. Quizás por eso nuestra relación fue intensa y profunda. Según me confesó momentos antes de morir, los últimos días que habíamos pasado juntos, habían sido los más felices de su vida.</p>
<p>Sé que fue así, que no lo dijo por decir. Desde que me confesó el suceso que le había atormentado durante toda su vida, Ginés experimentó un cambio favorable a ojos vista. Por desgracia, este cambio no afectó al curso de la enfermedad. Su cuerpo se debilitaba a marchas forzadas cada día, pero su ánimo se transformó y, realmente, se le veía como una persona feliz. Aunque resulte paradójico, era un moribundo lleno de vida y feliz.</p>
<p>Se transformó en alguien que sabe cual es su destino inminente y lo acepta, sin acarrear culpas del pasado. Alguien que ya no tiene remordimientos, que cree que ha saldado la deuda que tenía con el mundo, y que se siente inmensamente agradecido a la vida por la oportunidad de comprensión que le ha dado al final de sus días.</p>
<p>Rememorando aquellos momentos, puedo decir ahora que no me importaría morir con la lucidez que lo hizo Ginés. Luchó por mantener su consciencia por encima de todo, y creo que lo consiguió.</p>
<p>Aquella noche, cuando terminamos de cenar, Ginés se sentía agotado. Habían sido demasiadas emociones juntas para la poca fuerza física que le asistía. Cuando le administré la morfina y le ayudé a acostarse, me miró con ternura y me dijo:</p>
<p>- Me alegro de que se haya celebrado hoy la boda. Ha habido momentos en los que pensé que no llegaría a tiempo. Ahora ya puedo irme tranquilo.</p>
<p>Tras un breve silencio continuó diciendo:</p>
<p>- Esto se acaba, Iris. Me gustaría quedarme más tiempo contigo, pero no va a ser posible. Sé que se acerca el final y tenemos que estar preparados.</p>
<p>Mientras le escuchaba, yo también tuve esa certeza. Tuve la completa seguridad de que nuestra boda había supuesto un antes y un después en el calendario vital que se había marcado Ginés. Con el matrimonio celebrado, él consideraba que todo estaba ya en regla para que yo pudiera heredarle y, por tanto, no había que seguir prolongando su lucha contra la enfermedad, más allá de lo racional.</p>
<p>Al oírle, el corazón me dio un vuelco y, sin poder remediarlo, me eché a llorar.</p>
<p>- No llores me consoló- los dos sabemos que tiene que llegar este momento, y debemos prepararnos para la despedida.</p>
<p>- Yo no estoy preparada le respondí entre sollozos- ¿Cómo voy a estarlo? pregunté con angustiaÉl me abrazó con las pocas fuerzas que tenía, e intentó calmarme.</p>
<p>- Tienes razón dijo- ¿cómo puedo pedirte que te prepares para algo así?</p>
<p>Me tumbé en la cama a su lado y permanecimos largo rato abrazados, en silencio, hasta que Ginés se durmió por efecto de la morfina. Cuando me di cuenta de que estaba dormido, me lavé la cara con agua fría y salí a la terraza donde me esperaba Matute. La conversación con él me reconfortó.</p>
<p>En esos momentos ninguno de los dos sabíamos todavía que la vida nos tenía aún reservada una insólita sorpresa con la que no contábamos. </p>
<p>Iris salió a la terraza con el semblante serio y con aspecto cansado. Allí se desplomó en una tumbona y cogiendo a Falina en brazos se la colocó sobre sus piernas, acariciándole la cabeza. El animal se dejaba hacer dócilmente.</p>
<p>Mientras ella había ayudado a Ginés a acostarse, Matute se había quedado recogiendo la terraza, con la excusa de que le correspondía a él ordenar todo lo de la cena. En realidad, el policía no quería dejar sola a Iris en esos momentos.</p>
<p>Durante toda la ceremonia y la celebración posterior, a Matute no le había pasado desapercibida la fuerte carga emotiva que había en el ambiente, y que también hacía mella en su estado de ánimo. No había que ser muy observador para darse cuenta de que Ginés había estado luchando contra la enfermedad para llegar hasta el momento de la boda y dejar a Iris con todos los papeles en orden.</p>
<p>Así se lo había hecho saber cada vez que habían hablado en los últimos días.</p>
<p>Siempre le decía: "Acelera el papeleo todo lo que puedas porque no queda mucho tiempo y hay momentos en los que creo que no voy a llegar. Quiero casarme con Iris insistía- y dejar todo en condiciones para que no tenga ningún problema".</p>
<p>Matute sabía que, tras la boda, Ginés se había quitado un gran peso de encima y que, a partir de ese momento, el esperado desenlace de la enfermedad podría acelerarse.</p>
<p>Por eso tenía un gran interés en hablar con Iris esa misma noche. Era consciente de que el tiempo apremiaba. Y también porque el propio Ginés le había pedido que abordase el tema de su muerte inminente con Iris, y la ayudase a hacerse a la idea y a estar preparada para ese momento.</p>
<p>Después de colocar algunas cosas en su sitio y recoger la cocina, Matute cogió otra tumbona y se sentó al lado de Iris. Ambos permanecieron en silencio unos minutos, contemplando las estrellas y la luna llena que se veía desde la terraza. Finalmente, fue Matute el que preguntó a su amiga: - ¿Cómo se encuentra?</p>
<p>- Mal respondió Iris antes de echarse a llorarAl verla en ese estado de sufrimiento, Matute tuvo que hacer grandes esfuerzos para que las lágrimas no acudieran también a sus ojos. Abrazó a Iris y se sintió impotente para consolarla.</p>
<p>Internamente pensó que la vida era una mierda, que era injusta y que Iris no se merecía haber tenido tan mala suerte. Cuando por fin encontraba a alguien a quien quería, y le correspondía, la muerte se lo arrebataba de su lado.</p>
<p>- Llora todo lo que quieras, pequeña dijo al fin- desahógate. Ya sé que es muy injusto, pero la vida es así. No se caracteriza precisamente por su justicia. A veces tiene uno que creer que existe otro tipo de justicia divina, o algo así. Pero en el fondo no deja de ser sólo un consuelo… ¿Qué puedo decirte? No lo sé.</p>
<p>Las palabras de Matute actuaron como un bálsamo en el ánimo de Iris. Poco a poco se fue tranquilizando, mientras Falina la miraba con atención meneando el rabo.</p>
<p>- No hace falta que me digas nada. Sólo con tu presencia es suficiente dijo sonriendo con tristeza a su amigo- No sabes lo que te agradezco todo lo que estás haciendo por nosotros. Toda la atención y dedicación que le estás prestando a Ginés.</p>
<p>- No tienes que agradecerme nada. Sabes lo importante que eres para mí. ¿Qué hubiera hecho yo todos estos años sin ti? Eres como mi hija y Ginés es ahora como mi yerno.</p>
<p>Soy yo quien tiene que estar agradecido a vosotros por admitirme en la familia respondió Matute con voz emocionadaEl silencio se instaló nuevamente entre ellos. En el ambiente flotaban los mutuos sentimientos de cariño, y las cosas que se quedaban sin decir para que la conversación no se trastocase nuevamente en llanto. Después de unos minutos sin hablar, Matute preguntó:</p>
<p>- Bueno, dime, ¿qué se siente al estar casada? Yo no sé lo que es eso, no he tenido esta experiencia.</p>
<p>- Pues no sé respondió Iris- aún no me ha dado tiempo a hacerme a la idea. En realidad no he tenido tiempo de asimilar nada de lo que me ha ocurrido en las últimas semanas. ¡Y han sido tantas cosas! ¿Quién me iba a decir hace un mes que me iba a casar con alguien que aún no conocía?</p>
<p>- Sí, la vida es increíble señaló Matute- no deja de sorprenderme. - ¿Y quien me iba a decir que mi marido moriría al poco de casarnos? volvió a preguntar ella con voz quebradaMatute aprovechó la pregunta de Iris para hablarle con dulzura, pero con la mayor claridad posible.</p>
<p>- Iris, tienes que ir haciéndote a la idea de que Ginés se va y, además… añadió tras una pausa- puede que no tarde mucho en hacerlo.</p>
<p>- Sí, ya lo sé dijo ella- Me lo ha dicho él mismo hace un rato. Me ha dicho que debía estar preparada porque ya no quedaba mucho tiempo. Y, es curioso, así lo he sentido yo también. Ya sabía que su muerte era inminente, pero hasta esta misma noche no he asumido que, realmente, ya no queda tiempo. Creo que ha sido nuestra boda lo que ha marcado el principio del fin.</p>
<p>Iris dudó unos momentos. No sabía si contarle a Matute el pacto al que había llegado con Ginés, para provocar su muerte con consciencia cuando los dolores fueran insoportables. Se mantuvo callada, pensativa. Finalmente optó por no decírselo. No quería arriesgarse a que Matute no estuviera de acuerdo, e intentase convencerla para que no lo hiciera.</p>
<p>El policía notó que algo angustiaba a Iris, pero en lugar de preguntarle por el motivo de su inquietud, suspiró profundamente y le dijo: - ¿Has pensado ya qué vas a hacer?. ¿Te quedarás a vivir aquí?</p>
<p>Iris contempló a Matute con un interrogante en la mirada, y él se apresuró a decirle:</p>
<p>- Mira, ya sé que puede resultarte difícil hablar de este asunto. Dirás que Ginés aún está vivo pero, aunque te resulte duro oírlo, tienes que asumir que será por poco tiempo.</p>
<p>Cuando él habla de prepararos para lo que ha de venir, se refiere también a esto. A que tú debes pensar qué vas a hacer cuando llegue el momento…</p>
<p>- Por Dios, Matute, no me pidas eso dijo Iris con lágrimas en los ojos- yo no puedo pensar en eso ahora. ¡No quiero hacerlo! añadió elevando el tono de voz- No puedo, de verdad.</p>
<p>Matute pensó que era inhumano forzar a Iris a considerarse viuda, el mismo día de su boda. Por mucho que Ginés le hubiera pedido que abordase el tema con ella, decidió que ya no insistiría más. Antes de marcharse le haría saber que podía contar con él, como siempre había hecho, fuera cual fuera la situación. Pero no seguiría forzando a Iris a considerar la muerte de Ginés mientras éste aún se mantuviera con vida.</p>
<p>Sin querer molestar más a su amiga, Matute se levantó de la tumbona y empezó a despedirse.</p>
<p>- No te vayas le pidió Iris- sé que sólo quieres ayudarme, pero comprende que ahora no puedo pensar en lo que voy a hacer tras la muerte de Ginés.</p>
<p>- Si, lo comprendo perfectamente añadió Matute- he sido un poco burro, perdóname.</p>
<p>- Venga, no hay nada que perdonar dijo Iris- no te vayas todavía, quédate un poco más haciéndome compañía. Hace muy buena noche. Este sitio es magnífico para ver las estrellas. Cuando vine por primera vez a esta casa, Ginés me enseñó la terraza diciendo que era la joya de la corona. Y llevaba razón.</p>
<empty-line/>
<p>Matute volvió a tomar asiento y ambos permanecieron un rato callados, hasta que Iris le preguntó: - ¿Y tú qué vas a hacer? Hace unos días me dijiste que estabas pensando en la posibilidad de jubilarte al cumplir los 60. Y, si mal no recuerdo, los haces el 9 de diciembre. Eso está ya detrás de la esquina.</p>
<p>- Pues sí, está más cerca de lo que pensamos respondió- El tiempo a mi edad pasa muy deprisa, y cada día cuando me levanto pienso que ya no tengo fuerzas para seguir y que merezco un descanso. Son ya muchos años bregando con esta jodida profesión. ¿Sabes lo único que me retiene?</p>
<p>- No será tu amor a los jefes dijo Iris con ironía- Puedes tener la completa seguridad de que no, sobre todo al de ahora. Lo único que me retiene es no haber encontrado al asesino de "la Manuela". Te parecerá una tontería pero me prometí a mí mismo que no pararía hasta dar con él, y me jode mucho jubilarme sin haber resuelto este caso. Porque para mí es mucho más que un simple caso… No sé como explicártelo, es una cuestión de honor. Una deuda que tengo pendiente, no ya con la pobre mujer, sino conmigo mismo y… Con tu padre. - ¿Con mi padre? preguntó extrañada Iris- Sí, con tu padre. Ya sé que él ni siquiera la conoció, pero siempre decía que era la gente como ella la que merecía nuestros esfuerzos. Estoy seguro de que si hubiera vivido se habría encargado del caso hasta dar con el asesino. No sé, también se lo debo a él y a otro Santiago Ramírez que tú no conociste: mi padre. Él quería que desde la Policía yo pudiera hacer algo por el ser humano. Y me gustaría hacer esto, pillar al cabrón que mató a alguien tan inocente como "la Manuela". Me gustaría que el crimen no quedase impune, y esto es lo único que me retiene todavía en este puto oficio.</p>
<p>Escuchando a su amigo, a Iris se le olvidaron por un momento sus propios problemas, y se sintió un poco culpable. Sabía que en las últimas semanas Matute había dedicado toda su energía y todo su tiempo a cuidar de ella y de Ginés. A preparar su boda y todo el papeleo del testamento.</p>
<p>Con la cantidad de trabajo que habitualmente tenía, y todo lo demás añadido, Matute no había podido dedicar mucho tiempo a la investigación de este caso. Por eso propuso a su amigo que, entre los dos, repasasen todo lo que se sabía hasta el momento, dado que ella había cubierto la noticia para el periódico en el que trabajaba y sabía de este suceso casi tanto como el policía.</p>
<p>Sacaron unos folios, y fueron anotando cualquier cosa de la que se acordasen, aunque en apariencia no tuviera ninguna importancia. Una hora después, habían recreado el crimen de "la Manuela", y habían repasado todos los detalles que envolvieron el asesinato. Aunque sin sacar nada nuevo en claro.</p>
<p>Matute mantenía que no había sido ninguna persona del barrio, sino algún desaprensivo que había querido aprovecharse sexualmente de ella, ya que la había violado brutalmente antes de matarla.</p>
<p>- Debe haber sido alguien que la conocía, que estaba acostumbrado a verla por la calle, a darle dinero incluso afirmó Matute- Alguien que sabía que su muerte no importaría mucho y que tampoco se iba a investigar demasiado.</p>
<p>- Bueno, eso hace sospechosos a casi todos los habitantes de Puerto Grande. No sirve de gran ayuda concluyó Iris- Sí, ya lo sé. Si tú estuvieras aún en el periódico, podríamos filtrar la noticia de que se iba a reanudar la investigación. Quizás alguien se pusiera nervioso, y nos diera alguna pista.</p>
<empty-line/>
<p>Aún permanecieron largo rato hablando del suceso, y elaborando hipótesis, hasta que Ginés se despertó y acaparó toda la atención de Iris. En esos momentos, Matute aprovechó para despedirse de ellos y marcharse a su casa.</p>
<p>Al llegar a su apartamento comprobó que estaba bastante desordenado, pero no tuvo ganas de ponerse a limpiar a esas horas. Una vez celebrada la boda de Iris y Ginés, decidió que al día siguiente desempolvaría el expediente del asesinato de "la Manuela", con el visto bueno o no de sus jefes.</p>
<p>Con esta firme resolución en su ánimo, se metió en la cama y, casi de inmediato, se quedó dormido. A las siete de la mañana le despertó el sonido del teléfono. Saltó con el corazón en un puño, y corrió hacía el salón donde estaba el aparato, pensando que algo le había pasado a Ginés.</p>
<p>Al escuchar la voz de Iris al otro lado del hilo, se apresuró a preguntar: - ¿Qué ha pasado?</p>
<p>- No, no te preocupes, no es Ginés le dijo Iris- ha pasado la noche relativamente tranquila. Es otra cosa… Es un sueño muy raro que he tenido. He soñado con "la Manuela", y…</p>
<p>- Dime preguntó Matute con impaciencia- Verás, se ve que anoche me acosté dándole vueltas al suceso y ha ocurrido algo extraordinario, que no sé si tendrá algún interés. En el sueño, la veía por la calle y me enseñaba una moneda que siempre llevaba colgada al cuello con un cordón. Yo me acuerdo de verla ¿no te acuerdas tú? Se la enseñaba a todo el mundo - Pues no, ahora mismo no me acuerdo respondió Matute haciendo esfuerzos por recordar- ¿Y qué?</p>
<p>- Que yo he visto esa moneda hace poco afirmó Iris- la tiene una persona. - ¿Estás segura que era la misma moneda? ¿Quién la tiene? preguntó Matute con ansiedad en la voz- Arturo Calasparra respondió Iris- Jugueteaba con ella el día en que fui a anular nuestro contrato.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPÍTULO XVII</subtitle>
<empty-line/>
<p>Ginés entró en coma al día siguiente de la boda con Iris. Cuando se despertó por la mañana mostró síntomas inequívocos de desorientación, antes de caer dormido otra vez en un profundo sueño. Durante el tiempo que permaneció despierto, le notó muy débil, incapaz de comer algo sólido o de tragar líquidos con la pajita que lo hacía habitualmente.</p>
<p>Pero lo que más preocupó a Iris fue la imposibilidad que demostró para hablar con normalidad y para orientarse. Ginés preguntó varias veces dónde se encontraba y, en una ocasión, miró a Iris como si no la conociera de nada. En otro momento habló con ella de su próxima boda, como si ésta aún no se hubiera celebrado.</p>
<p>Horas más tarde, cuando se despertó de nuevo, la llamó Irene y mantuvo con ella una conversación con palabras inteligibles, que Iris no entendió. Aunque en realidad, más que hablar con ella, a Iris le pareció que a quien veía y con quien hablaba era con su antigua novia, en alguna dimensión que ella no acertaba a percibir.</p>
<p>Cuando esa tarde pasó la visita el médico de la Unidad de Cuidados Paliativos domiciliaria, Iris se encontraba muy asustada. Y aún lo estuvo más cuando el doctor le anunció, de forma tajante que, posiblemente, a Ginés le quedaban pocas horas de vida.</p>
<p>El médico sugirió la posibilidad de trasladarlo al Hospital, para que pudiera ser atendido por profesionales en sus últimos momentos. Pero Iris se opuso de forma decidida a ello, y reiteró que la decisión del paciente era morir en su casa.</p>
<p>El doctor no insistió, pero explicó a Iris que las horas que le quedaban por delante podían ser muy traumáticas para ella.</p>
<p>- Es muy difícil prever cuando va a morir un enfermo terminal. En este caso yo no creo que le queden más de 24 ó 48 horas de vida, a lo sumo. En estos momentos el paciente se encuentra en coma, pero todavía no es un coma irreversible. Puede entrar y salir de ese estado varias veces, hasta que el desenlace sea definitivo.</p>
<p>- Cuando se despertó esta mañana estaba muy desorientado. No sabía dónde se encontraba ni qué día era. No me reconoció afirmó Iris con gesto de preocupación- No debes preocuparte por eso, es algo absolutamente normal. La desorientación es uno de los síntomas más frecuentes. Sobre todo si se les está administrando morfina para calmar el dolor respondió el médico- Pero hasta ahora nunca había pasado insistió Iris- es la primera vez que se encuentra en ese estado. Incluso me ha confundido con otra persona y me ha llamado por su nombre. - ¿Esa persona está muerta? preguntó el doctor- Sí, así es. ¿Cómo lo ha sabido? se asombró Iris- Entonces no es que te haya confundido. No te preocupes, también es bastante corriente la animó el médicoIris suspiró profundamente y miró al doctor con ojos interrogantes. Este continuó hablando con dulzura.</p>
<p>- Mira, la muerte es un fenómeno muy normal, y sin embargo es absolutamente extraordinario. No puede medirse por los mismos conceptos racionales con que encaramos la vida. Cuando una persona va a morir sufre alucinaciones. Bueno, lo llamamos alucinaciones a falta de otro nombre más consistente. En realidad no sabemos lo que ocurre. Lo único que sabemos es que el enfermo puede ver cosas que no existen o que nosotros no vemos. Y a veces hablan con personas que ya han muerto. ¿Cómo podemos saber lo que ocurre en la mente de esos pacientes? Es todo un misterio, pero no debes asustarte.</p>
<empty-line/>
<p>A pesar de las recomendaciones del médico, Iris estaba tremendamente asustada y también preocupada. Lo que más le obsesionaba era saber si Ginés podría mantener su consciencia o si, por el contrario, había entrado ya en un proceso en el que no volvería a estar lúcido. Con inquietud en la voz se lo preguntó al doctor: - ¿Volverá a despertarse y a estar plenamente consciente?</p>
<p>- Sé lo que te preocupa dijo el médico- pero no podría decírtelo. Es imposible saberlo.</p>
<p>Sé que tienes miedo de que ya no despierte del coma, de no poderte despedir de él, pero no podemos saberlo. Yo diría que en esto, como en todo, depende mucho de cada persona. Si internamente él considera que todavía tiene algo que hacer o decir, lo más seguro es que despierte, aunque sea sólo por unos instantes.</p>
<p>- A Ginés le aterrorizaba la idea de morir sin darse cuenta señaló Iris- Sí, a todos nos asusta perder el control añadió el médico- sin embargo morir luchando no tiene sentido, es una batalla perdida. Cualquier enfermo terminal llega siempre a un punto en que se da cuenta de que debe dejar de pelear. Entonces se entrega totalmente a la muerte. Morir, al fin y al cabo, es un dejarse ir, un soltar amarras.</p>
<p>Estas palabras causaron honda impresión en Iris. El médico se dio cuenta y rápidamente intentó animarla un poco.</p>
<p>- Sé que esto es muy duro para ti, pero estás ayudando mucho a Ginés. No creas que cualquier persona es capaz de hacerlo. No todas las familias tienen la entereza que tú estás demostrando.</p>
<p>Iris asintió con la cabeza, al tiempo que se tragaba las lágrimas para no derrumbarse delante del médico. Este continuó hablándole con suavidad:</p>
<p>- Es muy importante que le toques, le acaricies y le hables. Aunque esté dormido o en coma. Como te he dicho antes, las horas previas a la muerte son un misterio. Puede dar muestras de que no te escucha, de que no siente nada, pero realmente no sabemos si es así. Habla con él, vuelca tus sentimientos, dile todo lo que tengas que decirle. Quizás no tengas otra oportunidad de hacerlo. Y, sobre todo… añadió mirándola con ternura a los ojos- déjame que te dé un consejo. Y no te lo doy como médico, sino como un ser humano que ha visto morir a otros muchos seres humanos. Si hay algún asunto que te preocupe especialmente, alguna herida sin cicatrizar, algo sin resolver en vuestra relación, algún motivo para perdonar o para pedir perdón, éste es el momento adecuado para hacerlo. Aunque creas que él no se da cuenta.</p>
<p>Las últimas palabras del médico actuaron como un catalizador de emociones en el interior de Iris, que ya no tuvo fuerzas para contener las lágrimas. Aunque era incapaz de hablar, en su fuero interno agradeció a aquel hombre su ayuda y su consuelo. Un consuelo que excedía el ámbito profesional para situarse en la dimensión del ser humano.</p>
<p>Cuando se hubo tranquilizado, el doctor continuó orientándola sobre distintos aspectos médicos y le recomendó que mantuviera ventilada la habitación de Gines en todo momento, dado que éste sufriría crisis respiratorias aún más profundas. Para ayudarle a superarlas, le dijo a Iris que mandaría un equipo de oxígeno que debía mantener dispuesto para utilizarlo en la habitación.</p>
<p>También le advirtió que el paciente sufriría incontinencia de esfínteres, aunque sería leve, dado que Ginés había ingerido en las últimas horas poca comida y escasos líquidos.</p>
<p>Antes de marcharse, cogió las manos de Iris y le dijo:</p>
<p>- No olvides que los últimos momentos de una vida son únicos para cada persona. Al margen de las recomendaciones médicas que te he hecho, actúa como te dicte tu corazón. Tú sabes mejor que nadie cómo puedes ayudarle a morir con dignidad. Si me necesitas no tienes nada más que llamarme. Estaré aquí en unos minutos, pero… me voy tranquilo porque sé que se queda en buenas manos concluyóCuando el médico se hubo marchado Iris se derrumbó en un sillón del salón y comenzó a llorar compulsivamente, mientras Falina la miraba meneando la cabeza con los ojos interrogantes. La perra estaba inquieta, seguramente intuía algo. No hacía más que ir de un lado para otro de la casa y, con frecuencia se asomaba a la habitación de Ginés.</p>
<p>Iris se asombró de la capacidad de comprensión que demostraba aquel animal y, acariciándola, le dijo:</p>
<p>- Esto se acaba, Falina, es el fin, y ni tú ni yo podemos hacer nada, excepto seguir cuidando de Ginés como si aún tuviera toda la vida por delante. Va a ser muy duro añadió, antes de sumirse nuevamente en una crisis de llantoEl médico le había recomendado que no reprimiera sus emociones, que las expresase abiertamente porque era mucho mejor que intentar controlarlas. Por eso Iris, en la soledad de aquel salón, no hizo ningún intento para dominar las lágrimas o para evitar sumergirse el dolor tan profundo que anidaba en su pecho.</p>
<p>En algún momento había tenido tentaciones de llamar a Matute, pero sabía que el policía no había echado en saco roto la información que ella le había facilitado esa misma mañana sobre Arturo Calasparra. Con toda seguridad, su amigo estaría dedicado en cuerpo y alma a la investigación del asesinato de "la Manuela", y no deseaba interrumpirle.</p>
<p>Además, la muerte de Ginés era algo que le tocaba vivir a ella sola. Sin compañía de nadie, ni siquiera de Matute. Y más todavía si, llegado el caso, tenía que ayudarle a cruzar el umbral, tal y como Ginés y ella habían acordado. Ese era un trago que debía pasar sin testigos.</p>
<p>Después de llorar durante largo rato, Iris se sintió mucho más confortada interiormente, y se dispuso a ir al lado de Ginés, que en esos momentos dormía profundamente. O quizás estuviera en coma, porque ella no sabía distinguir con claridad un estado de otro.</p>
<p>Se trasladó a la habitación donde él se encontraba, y se sentó junto a su cama, observándolo con ternura. Su respiración era estertorosa, y hacía ese ruido característico que producía al acumular secreciones en las vías respiratorias. Le acarició la frente y después le cogió las manos. Estaban frías, y tenían un color azulado.</p>
<p>Nuevamente estuvo tentada de echarse a llorar, pero esta vez se contuvo. No quería que si se despertaba Ginés la sorprendiera allí llorando amargamente. Las horas que le quedaban por estar a su lado, fueran muchas o pocas, debía mostrarse con entereza para no provocar la tristeza de Ginés.</p>
<p>Razonó que, si él la veía triste, no podría morir en paz. Se mostraría preocupado por el sufrimiento de ella, y eso le impediría soltar los lazos que le unían a este mundo y seguir su camino sin angustia y sin apegos. Por eso Iris tomó la firme resolución de echar a un lado su pena, y centrarse exclusivamente en Ginés. Ya habría tiempo para llorarle cuando muriera.</p>
<p>Como si estuviera al tanto de la decisión que Iris acababa de adoptar, Ginés despertó en esos momentos y la llamó con voz débil.</p>
<p>- Estoy aquí se apresuró a responder ella mientras le acariciaba la frente- Estoy aquí. - ¿Qué ha pasado? preguntó Ginés- Estoy un poco confuso, es como si volviera de un largo viaje. Tengo en la cabeza imágenes desordenadas, difusas. No sé si las he soñado o las he vivido. ¿Qué ha pasado?</p>
<p>Iris dudó unos momentos, pero optó por decirle la verdad.</p>
<p>- Has estado en coma… He tenido miedo de que no volvieras a despertarte dijo al fin97 - Supongo que tenemos menos tiempo del que yo me figuraba añadió Ginés, más como una reflexión suya que como un comentario dirigido a Iris- Ha venido el médico y ha dicho que el coma que padecías aún no era irreversible. Que quizás podías entrar y salir de ese estado varias veces hasta…</p>
<p>Iris se interrumpió por unos momentos, pero casi de inmediato continuó hablando. Pensó que había que encarar la situación sin tapujos. No era el momento de andarse con paños calientes. -… Hasta que murieses. - ¿Ha dicho cuanto tiempo me queda de vida? preguntó Ginés con resolución- Él cree que no más de 24 ó 48 horas respondió Iris con la misma determinación en la voz- pero es difícil saberlo. Me ha dicho que también depende de ti. De si tú consideras que aún tienes cosas que hacer o que decir.</p>
<p>Ginés sonrió al oír estas palabras, y acarició la mejilla de Iris con ternura.</p>
<p>- Bueno, yo diría que tengo muchas cosas que hacer y que decir, pero que ya no me queda tiempo para ello.</p>
<p>Se abrazaron y se mantuvieron así largo rato callados. Ella quería decirle lo mucho que lo amaba, pero en esos momentos ese abrazo y el silencio resultaban más elocuentes que mil palabras. El contacto de sus cuerpos y el latido rítmico de sus corazones, que palpitaban al unísono, expresaban más que todos los sonidos del mundo.</p>
<p>Cada uno estaba entregado a sus propios pensamientos, pero algún hilo invisible los unía a ambos.</p>
<p>Fue Ginés el que empezó a hablar pausadamente, como queriendo dar tiempo a Iris para medir la importancia de sus palabras:</p>
<p>- A partir de este momento no quiero que me administres más morfina. Sé que el dolor va a ser inaguantable añadió adelantándose a las palabras de Iris- pero no te preocupes, lo soportaré. - ¿Y si no lo soportas? preguntó ella con angustia- Claro que lo soportaré afirmó Ginés con serenidad- tú me ayudarás a hacerlo. Si estuviera yo solo no tendría fuerzas para resistirlo, pero contigo a mi lado, seguro que puedo… ¿Lo soportarás tú? preguntó a Iris- Sí, no te preocupes por mí. Soy una persona fuerte añadió ella con una sonrisa- y te ayudaré en todo lo que sea necesario. Haré todo lo que me pidas. Lo único que deseo es que puedas morir en paz y con la lucidez que tu deseas.</p>
<p>Ginés le apretó las manos con las pocas fuerzas que tenía y abordó directamente sus planes para morir con consciencia.</p>
<p>- Ya no queda tiempo, Iris. Después de lo que ha pasado hoy, creo que queda aún menos tiempo del que yo pensaba. Tenía la esperanza de pasar algunos días más a tu lado, pero por lo visto eso no va a ser posible. Debemos poner en práctica nuestro plan. Mañana es un buen día para morir añadió con solemnidad- tan bueno como otro cualquiera.</p>
<p>A Iris se le heló la sangre en las venas cuando le oyó pronunciar esas palabras y, sin que pudiera controlarlo, le empezaron a temblar las piernas. Sin embargo, no permitió que sus emociones interfieran en los planes de su marido.</p>
<p>- Tú dirás lo que tengo que hacer dijo con firmeza- Tal y como ha dicho el médico, no creo que mi cuerpo pueda aguantar mucho más. En estos momentos estoy absolutamente agotado, temo dormirme otra vez en medio de la conversación, o entrar en coma de nuevo. El dolor físico siempre me ha dado pavor. No he sido nunca una persona con gran aguante en ese sentido, pero es imprescindible, totalmente imprescindible que dejes de suministrarme la morfina. Aunque me veas retorcerme de dolor, aunque te la pida o te suplique que me la des, por favor, no lo hagas. Estoy convencido de que si entro en coma de nuevo, no volveré a despertar. Tengo que estar así unas horas, todo lo que aguante, para mantener la lucidez. Y pasado ese tiempo, lo haremos… ¿Estás de acuerdo? preguntó a Iris mirándola fíjamente a los ojos, como si quisiera descubrir en el interior alguna sombra de dudaIris suspiró profundamente y, sin dejar de mirarle, respondió:</p>
<p>- Sí, estoy de acuerdo. Se hará como tu dices.</p>
<p>- No me gustaría que hicieras nada de lo que luego pudieras arrepentirte, que te vieras obligada a ello, sólo por complacerme…</p>
<p>- Complacerte es lo único que deseo le interrumpió Iris- pero ni me siento obligada a hacerlo, ni me voy a arrepentir. Sé perfectamente que te gustaría seguir viviendo, pero también sé que eso no es posible y que, según ha confirmado el médico, sólo te quedan unas horas de vida. No te preocupes, de verdad, encarar la muerte un rato antes o un rato después, es algo que carece de importancia.</p>
<p>- Pero para mí son muy importantes esas horas dijo Ginés- porque marcan la diferencia entre que me lleve la muerte dormido, inconsciente, o entregarme a ella alerta, y con todas mis facultades funcionando como ser humano. Es una diferencia enorme ¿lo entiendes, Iris?</p>
<p>- Lo entiendo perfectamente añadió ella, acariciándole- y porque lo comprendo, no me causa ningún remordimiento. Te ayudaré a morir como deseas. Para mí será un acto de amor. El último acto de amor subrayó con lágrimas en los ojosIris y Ginés se abrazaron de nuevo, y esta vez dieron rienda suelta a sus emociones y lloraron juntos. No dijeron nada. No había nada más que decir. Sólo esperar a que llegase el momento.</p>
<p>No sabría decir cuánto tiempo permanecimos abrazados en silencio. Creo que esos instantes no pueden medirse con las pautas normales. No hay reloj que pueda marcar determinados momentos de la existencia. Esos minutos, horas, días o semanas, no pueden contenerse dentro del calendario cotidiano. Son jirones de vida que se reflejan en cada poro de la piel, y que laten con otro ritmo diferente.</p>
<p>Durante esos momentos que permanecí abrazada aquella noche a Ginés mi alma acumuló más vivencias que durante los 30 años que había durado mi existencia. En esos instantes supe que mi vida había cambiado para siempre, que yo nunca volvería a ser la misma. Que el tiempo que aún me restaba por transitar en este mundo, estaría marcado para siempre por los momentos que yo estaba experimentando.</p>
<p>Me sentí lúcida y llena de paz como no lo había estado nunca. Una paz que excedía toda comprensión y que nacía del interior. Supe que estaba haciendo lo correcto. Y sentí que, de alguna manera, cumplía con mi destino. Tuve la certeza de que yo había venido a este mundo, entre otras cosas, para ayudar a Ginés a morir en paz y con plena consciencia.</p>
<p>Me resulta difícil explicarlo, pero una fuerza interior se apoderó de mi voluntad y sólo tuve que entregarme a ella con confianza y sin miedo. Algo dentro de mí, que no soy capaz de definir, tomó el mando de mi vida en esos momentos. Me rendí sin resistencia, porque esa energía inexplicable que me desbordaba, sabía mucho mejor que yo lo que tenía que hacer.</p>
<p>El insistente sonido del teléfono hizo que Iris se soltase de los brazos de Ginés.</p>
<p>- Es mejor que lo cojas dijo él- si no lo haces Matute vendrá para acá. </p>
<p>Sin preguntarle a su marido cómo sabía quien era, Iris se apresuró a responder al teléfono. En efecto, era él. Se le notaba muy excitado. Nada más descolgar el aparato, preguntó por Ginés.</p>
<p>- Está bien mintió ella- tranquilo. La cosa no ha ido a peor, ahora está descansando.</p>
<p>- Vaya, menos mal dijo Matute- estaba muy preocupado. No he podido llamarte en todo el día, y ahora tampoco dispongo de mucho tiempo. Sólo quería decirte que lo tenemos. - ¿A quien tenemos? preguntó Iris sin alcanzar a comprender de qué le hablaba su amigo. - ¡A quién va a ser exclamó Matute sin poder contener la emoción- a Arturo Calasparra! En estos momentos se encuentra en comisaría, detenido por el asesinato de "la Manuela". Aún no ha confesado, pero lo hará. Es sólo cuestión de tiempo. No hay duda de que fue él. Ahora todas las piezas sueltas que teníamos, empiezan a encajar en su sitio.</p>
<empty-line/>
</section>
<section>
<title>
<p>CAPITULO XVIII</p>
</title>
<empty-line/>
<p>No costó mucho trabajo a la policía averiguar que Arturo Calasparra había asesinado a "la Manuela". Confesó enseguida. Después de unas horas en comisaría, se vino abajo y reconoció su crimen. En un cajón de su mesa de despacho, Matute encontró la moneda de plata, de cincuenta escudos portugueses, que la mendiga solía llevar colgada al cuello.</p>
<p>Aquella moneda que Iris vio en las manos de Arturo Calasparra, fue la clave para que se resolviera todo el caso. Matute estaba eufórico. Para él, la resolución de aquel asesinato no suponía sólo una satisfacción personal, sino mucho más. Era la señal que estaba esperando para decidirse a abandonar su profesión y solicitar una jubilación anticipada.</p>
<p>Su retirada, además, se produciría con todos los honores y con el reconocimiento de sus superiores, dado que la detención de Arturo Calasparra la llevó a cabo en solitario. La misma mañana en que Iris le había contado su sueño, Matute se personó en las oficinas de "Negro sobre Blanco" para interrogarlo.</p>
<p>Cuando el policía llegó, Arturo Calasparra creyó que su visita estaba motivada por la conducta que él había tenido con Iris, unos días atrás. Ni por un momento se le ocurrió sospechar que Matute iba buscando algo más que asustarle por el comportamiento mantenido con su amiga.</p>
<p>- Venga, hombre dijo Calasparra con voz socarrona- ¿desde cuándo es delito piropear a una chica guapa?</p>
<p>- Desde nunca respondió Matute- pero no creo que le dijeras ningún piropo. Más bien tengo entendido que lo que le pedías era alguna "compensación" para dejarla en paz, después de que ella se negase a trabajar contigo. - ¡Qué va! dijo- Lo que pasa es que las chicas de ahora son muy suspicaces. Antes se ponían tan contentas cuando les decías cosas bonitas, y ahora… Ahora a la mínima te dicen que las estás acosando.</p>
<p>- Bueno, tú sabes de eso ¿no Arturo? preguntó Matute- Yo sé ¿de qué? respondió Calasparra poniéndose nervioso- De acosar, ¿de qué va a ser? Tú eres un acosador le acusó Matute avanzando hacia él con actitud amenazadora- Yo no he acosado a su amiga. Sólo le gasté una broma respondió Calasparra mientras se secaba el sudor de la frente- No te hagas el tonto le dijo el policía- no me estoy refiriendo a ella. Me refiero a la otra chica… ¿Cómo se llamaba? ¿Lo recuerdas?</p>
<p>- No, no me acuerdo - Se llamaba Marisa Valcárcel. ¿También a ella le gastaste una broma? preguntó Matute- ¿Qué es lo que quiere? se encaró Calasparra- Eso pertenece al pasado, y ya pagué por ello. ¡Y a qué precio! - ¿Estás seguro de que ya has pagado por todo lo que hiciste en el pasado? le increpó el policíaArturo Calasparra no entendía lo que pretendía el poli, pero no le gustaba nada el cariz que iba tomando la conversación. Mentalmente, hizo un repaso de los últimos días, buscando otro motivo que justificase la presencia de Matute en su despacho.</p>
<p>Porque empezaba a sospechar que la visita no tenía nada que ver con Iris. Sin embargo, no supo determinar a qué se debía.</p>
<p>Intentó aparentar una tranquilidad que no sentía, y respondió con estudiado aplomo:</p>
<p>- No sé a lo que se refiere. Y tampoco sé qué es lo que pretende. Mire, yo estoy muy ocupado, así que si no quiere nada más, le ruego que se vaya y me deje trabajar.</p>
<p>Matute, que hasta ese momento había permanecido de pie, lo mismo que su interlocutor, sonrió. Tomó asiento, cruzó las piernas y le respondió con parsimonia:</p>
<p>- No tan deprisa. Aún tengo que preguntarte un par de cosas más. - ¿Y si no respondo? dijo Calasparra envalentonado- Pues te vienes conmigo a comisaría y te interrogo allí. Lo que tú prefieras dijo el policíaA Arturo Calasparra no le gustaba aquel poli. Le cayó mal desde el momento en que lo vio entrar por la puerta. Le pareció un chulo, pero precisamente por eso debía tener cuidado. Al fin y al cabo, no podía acusarle de nada, así que optó por continuar hablando con él. Siempre era mejor que hacerlo en comisaría. - ¿Qué quiere saber? dijo sentándose también tras su mesa de despacho- Y le ruego que sea rápido, no tengo toda la mañana.</p>
<p>- Seré muy rápido y directo afirmó Matute sin dejar de mirarle fíjamente a los ojos saltones- Me han dado el soplo de que traficas con drogas. - ¿Quéeee? respondió Arturo Calasparra, levantándose de un salto- ¿Pero quien ha podido decir algo así? ¡Esto es el colmo!. - ¿Qué contestas? preguntó el policía, que seguía tranquilamente sentado, balanceando la pierna- ¡Cómo que qué contesto! Que eso es mentira. No he fumado ni un porro en mi vida, y mucho menos he traficado con drogas. ¡Dios, esto es inaudito!</p>
<p>- No me refiero a porros afirmó Matute- eso es para quinceañeros. Me refiero a cocaína. Coca. - ¡¡Pero qué coca ni qué hostias!! bramó Calasparra, totalmente fuera de sí- ¿Te importaría que registrase tu despacho? dijo Matute como de pasada- ¡Claro que me importaría!. ¿A cuento de qué tiene que registrar mi despacho?. Si quiere hacerlo, traiga una orden del juez.</p>
<p>- Bien respondió Matute poniéndose en pie- volveré con esa orden. Pero ya sabes tú como son estas cosas. Al fin y al cabo, Puerto Grande no deja de ser un pueblo y tú eres una persona conocida… Aunque no precisamente por tus buenas acciones. - ¿Qué quiere decir? preguntó Calasparra, cada vez más alterado- Yo no digo que tú seas un traficante dijo Matute- pero me han dado un soplo y mi obligación es comprobarlo. Si no tienes nada que ocultar, yo echo un vistazo por aquí, no molestamos al juez, y la cosa se queda entre nosotros, sin más trascendencia. ¿Qué me dices?.</p>
<p>Arturo Calasparra reflexionó unos momentos y concluyó que no le venía nada bien a su negocio verse envuelto en un escándalo de drogas, aunque fuera mentira. Él sabía perfectamente cómo funcionaba aquello. Si llegaba a saberse públicamente que le habían hecho en un registro policial, apaga y vámonos. Ya nadie le quitaría el sambenito de drogadicto y traficante. ¡Lo único que le faltaba!. Tras meditarlo un poco más, dijo finalmente:</p>
<p>- No tengo nada que ocultar. Aquí no hay drogas, así que puede buscar todo lo que quiera. Eso sí, espero que después me deje en paz.</p>
<p>Matute hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y empezó a registrar el despacho, con la esperanza de encontrar la moneda que le había dicho Iris. Arturo Calasparra, mientras tanto, paseaba nerviosamente por la habitación, sin dar crédito a lo que estaba pasando.</p>
<p>Después de mirar detrás de un cuadro y entre algunos libros y folletos que había en una estantería, el policía empezó a vaciar los cajones de la mesa, hasta que encontró la moneda. La observó detenidamente, con evidente satisfacción, y dijo:</p>
<p>- Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí?</p>
<p>Arturo Calasparra se quedó lívido, y sólo en ese momento comprendió que todo había sido una burda maniobra del policía para hallar esa moneda, y no droga, como le había hecho creer. Mirando a Matute, se quedó en silencio sin saber qué decir. Pero el policía insistió: - ¿Qué es esto? ¿De dónde ha salido? -… Es sólo una moneda respondió Calasparra con voz temblorosa- No tengo ni idea qué hace ahí. Seguramente se la dejó alguien por aquí y yo la recogí añadió con poca convicción- Ya, seguramente dijo Matute- Yo conocí a alguien que tenía una igual. - ¡Ah, sí!, qué coincidencia afirmó Calasparra intentando sonreír- Es una moneda muy corriente.</p>
<p>- No tan corriente señaló el policía- Una pobre mujer a la que asesinaron, tenía una igual, "la Manuela". ¿Conocías tú a "la Manuela"? preguntó con tono amenazante- No, no la conocía… Bueno, sí rectificó- todo el mundo en Puerto Grande la conocía.</p>
<p>Quiero decir que la conocí, como cualquier otra persona. Alguna vez me abordaba en la calle para pedirme dinero dijo mientras empezaba a sudar de nuevoMatute observó a Arturo Calasparra y no pudo evitar sentir repugnancia por aquel hombre. Metió la moneda en una pequeña bolsa que sacó de su bolsillo, y le dijo:</p>
<p>- Acompáñame a comisaría, tengo muchas preguntas que hacerte. - ¿A comisaría?. Pero ¿por qué? ¿Estoy detenido?</p>
<p>- Sí afirmó el policía- estás detenido como sospechoso del asesinato de "la Manuela".</p>
<p>Arturo Calasparra se quedó petrificado, sin habla. No opuso ninguna resistencia cuando Matute le colocó las esposas. Antes de salir a la calle, preguntó al policía: - ¿Puedo llamar a mi abogado?.</p>
<p>- Naturalmente respondió Matute- lo vas a necesitar. Lo llamas al llegar a la comisaría.</p>
<p>Los interrogatorios se prolongaron durante varias horas, y esa misma madrugada Arturo Calasparra confesó que había matado a "la Manuela". Según consta en el informe policial, éste es el relato de los hechos:</p>
<p>Aquel fue un típico día invernal en Puerto Grande. Hacía mucho frío y toda la tarde estuvo lloviendo, por eso Arturo Calasparra decidió coger el coche para acudir a las oficinas de "Negro sobre Blanco". La jornada, gélida y plomiza, se había desarrollado lentamente, sin ningún incidente especial digno de mencionar.</p>
<p>Arturo permaneció por la tarde largo rato en su despacho. No tenía ganas de irse a su casa. Allí, entre las paredes de aquella oficina, la soledad se le hacía más llevadera. Movía papeles de un lado a otro y revisaba una campaña de publicidad que pensaba contratar a nivel nacional, para animar el negocio. En aquella mediocre ciudad no tenía muchos clientes potenciales. La cuestión era darse a conocer lejos de las fronteras locales, incluso en el extranjero.</p>
<empty-line/>
<p>Eran más de las dos de la madrugada cuando dejó el despacho y se dirigió hacia donde tenía aparcado su coche. El frío era intenso, y Arturo pensó que, seguramente, estaban a bajo cero. Aún lloviznaba. Las calles estaban mal iluminadas, y no se veía un alma. Se notaba que era lunes y la vida nocturna de la ciudad era inexistente.</p>
<p>Al llegar al lugar donde había aparcado el coche, se llevó un susto de muerte. Un bulto que no supo reconocer se le echó encima, al tiempo que se oía una risa infantil.</p>
<p>Arturo tardó un poco en darse cuenta de que se trataba de "la Manuela". - ¿Qué haces tú aquí? le preguntó molesto por la aparición- Me he quedado dormida ahí dijo señalando el escalón de un portal- Como hace mucho frío, me han dado esto para calentarme dijo enseñándole una pequeña petaca de coñac-.</p>
<p>Se notaba que la mendiga había bebido, que estaba un poco borracha, pero aún así, Arturo Calasparra no tenía intención de ocuparse de ella. Procurando dar un tono de autoridad a su voz, le dijo:</p>
<p>- Venga, venga, vete ya a tu casa que hace mucho frío y te vas a congelar.</p>
<p>La mujer, que no paraba de reírse, dio un traspié y estuvo a punto de caer al suelo.</p>
<p>- No puedo ir a mi casa dijo a trompicones- estoy mareada. ¿Por qué no me llevas tú?</p>
<p>- No, ni hablar, yo no puedo, tengo prisa. Vete tu sola… O quédate ahí o haz lo que quieras respondió Calasparra- pero déjame en paz.</p>
<p>Pero la mendiga no le dejaba en paz y en cuanto Calasparra abrió la puerta del coche, ella empezó a forcejear con él, con la intención de subirse en el vehículo. - ¡Que me lleves! decía una y otra vez, tambaleándose, sin dejar de reírÉl intentaba quitársela de encima como podía, mientras miraba a un lado y a otro de la calle para que nadie les viera. Pero no le resultaba nada fácil deshacerse de ella.</p>
<p>"La Manuela" era una mujer que, tras su aparente fragilidad, escondía una gran fortaleza física.</p>
<p>En ese forcejeo estuvieron un rato. Finalmente, Arturo Calasparra decidió llevarla a su casa, antes de que alguien pudiera verlos en la calle y malinterpretase la situación. La mendiga se puso muy contenta, y se sentó junto al conductor en el asiento de delante.</p>
<p>Como todo el mundo en Puerto Grande, Calasparra sabía que "la Manuela" vivía en un barrio periférico y marginal de la ciudad. Se encaminó hacía allí, mientras le preguntaba dónde estaba su casa exactamente, pero la mendiga no daba muestras de querer contestar.</p>
<p>Durante el trayecto, se reclinó en el hombro derecho de Arturo. Este, muy molesto, no dejaba empujarla para echarla, mientras le ordenaba que se quitase de encima."La Manuela", no sólo no le hacía caso, sino que empezó a besarle en el cuello y a meterle mano, agarrándole los genitales.</p>
<p>Calasparra perdió entonces en control del coche, y a punto estuvieron de chocarse contra un árbol. Muy enfadado, él orilló el vehículo en el arcén y paró bruscamente. - ¿Pero qué haces? le gritó- ¿Te has vuelto loca?</p>
<p>La mendiga se quedó seria de pronto, sin comprender muy bien el porqué del enfado de Arturo.</p>
<p>- Si vuelves a hacer algo así la amenazó- paro el coche y te dejo tirada ¿Lo entiendes?</p>
<p>Ella se encogió de hombros y asintió con la cabeza, intentando poner cara de formalidad. Calasparra puso de nuevo el coche en marcha, y en pocos minutos se adentró en el barrio donde vivía "la Manuela". </p>
<p>Le preguntó nuevamente dónde se encontraba su casa. Pero ella parecía no darse cuenta de la pregunta, porque estaba pendiente de otra cosa: la bragueta de Arturo Calasparra, que estaba sospechosamente abultada.</p>
<p>Al verla, la mujer dijo entre risitas: - ¡Mira, se te ha hinchado el pajarito!</p>
<p>Al cabo de unos instantes, y ya sin ningún miramiento, "la Manuela" agarró los genitales de Calasparra, y empezó a masajearlos por encima del pantalón. Este, frenó el coche en seco y, muy excitado, se abalanzó sobre la mendiga y empezó a manosearle los pechos.</p>
<p>Momentos después, Calasparra comenzó a preocuparse por si algún vecino los veía, y ordenó con tono firme a "la Manuela" que le llevase a su casa andando. Ella, muy animada, bajó del coche y le indicó una puerta que se veía a lo lejos. Arturo le mandó que fuera ella primero, y que él iría después de aparcar.</p>
<p>Mientras estacionaba correctamente, Arturo Calasparra pensó que aquello era un puro disparate, y estuvo a punto de marcharse. Pero una poderosa razón le estallaba en los pantalones.</p>
<p>Hacía varios meses que no tocaba a ninguna mujer, salvo en su imaginación, y la mendiga bien podía servir para echar un polvo. Luego le daría unas monedas y, asunto concluido.</p>
<p>Con esa intención llegó a casa de "la Manuela". Ella, sonriente y todavía un poco chispada, le esperaba desnuda. Al verla, Arturo comprobó que tenía el cuerpo algo deformado, pero un par de buenas tetas, y su excitación creció por momentos.</p>
<p>Sin ninguna delicadeza, la tumbó en el suelo y, sin quitarse siquiera el abrigo, se bajó los pantalones hasta media pierna, y se dispuso a penetrarla. Pero en cuanto su pene entró en la cavidad de la mujer, Arturo Calasparra se corrió.</p>
<p>Casi de inmediato su miembro viril se tornó en un órgano flácido, y Calasparra se quitó rápidamente de encima de "la Manuela", dejando a la mujer con ganas de continuar el acto sexual. Como él se retiraba, la mendiga también se incorporó y, al ver colgando el falo blando de Calasparra, dijo mientras se reía, llevándose las manos a la cabeza: - ¡Pero si es un pichafloja! ¡Pichafloja! le gritóAquellas palabras enfurecieron a Calasparra quien, sin pensarlo dos veces, golpeó con los puños repetidamente a la mendiga, haciéndole sangrar por la nariz. Pero "La Manuela" no se daba por vencida y, cuanto más la golpeaba, más le gritaba ella: - ¡¡Pichafloja!!</p>
<p>Totalmente fuera de sí, Arturo Calasparra buscó algo en la habitación con lo que golpearla con más fuerza, mientras le gritaba: - ¡¡Cállate ya, puta!!</p>
<p>Encontró un cuchillo de cocina, e intentó metérselo por la vagina mientras le decía: - ¡Quieres algo duro, a ver qué te parece esto, zorra!</p>
<p>"La Manuela", gritaba y pataleaba, impidiendo que Calasparra le introdujera el cuchillo, aunque con el forcejeo le causó varias heridas en los muslos.</p>
<p>La pelea continuó hasta que Arturo, como un auténtico poseso, le clavó el cuchillo en distintas partes del cuerpo, gritándole: - ¡Que te calles, puta. Cállate ya. Yo no soy ningún pichafloja! ¿Me oyes…?</p>
<p>Pero "la Manuela" ya no podía oírle. Murió allí mismo en el suelo, sobre un gran charco de sangre.</p>
<p>Arturo Calasparra tardó un poco en darse cuenta de que la mujer había dejado de chillar. Instantes después, fue plenamente consciente de que la había matado. Asustado, su primera intención fue la de salir corriendo de allí, pero cuando iba a hacerlo se detuvo en seco y reflexionó brevemente sobre la situación.</p>
<p>Lo primero que pensó fue si habría dejado huellas dactilares en la casa. Pero enseguida razonó que no, que lo único que había tocado era el cuerpo de "la Manuela".</p>
<p>Además del cuchillo, claro.</p>
<p>Decidió limpiarle la sangre con los faldones de su camisa, y se lo metió en el bolsillo del abrigo, con la intención de llevárselo. Miró entonces con detenimiento la habitación donde yacía la mendiga y, junto a ella, vio en el suelo una moneda que "la Manuela" llevaba colgada al cuello.</p>
<p>El cordón se había roto, y Arturo pensó que se le habría caído durante la pelea que habían mantenido. Dudó unos momentos y, finalmente, se la metió en el bolsillo del pantalón, donde él solía llevar las monedas.</p>
<p>Después echó un rápido vistazo al cuerpo inerte de la mendiga y abrió la puerta de la calle utilizando el abrigo para no dejar huellas. Con precaución, miró a un lado y a otro. La calle estaba desierta. Arturo salió rápidamente y cerró la puerta con sigilo, dirigiéndose a paso ligero hacia donde había aparcado el coche.</p>
<p>Cuando llegó al vehículo, se metió dentro y a toda prisa abandonó el barrio. No fue directamente a su casa. Estaba demasiado nervioso y callejeó durante una media hora con el coche. Poco a poco se fue tranquilizando y razonó que, si nadie le había visto como parecía ser- no tenía de qué preocuparse.</p>
<p>Esa noche no pudo dormir, más preocupado por su seguridad que por lo que había hecho. Al llegar a su casa, envolvió el cuchillo en papel de periódico, y lo metió en una bolsa de basura junto con toda la ropa que llevaba puesta, incluyendo los zapatos.</p>
<p>Según confesó a la policía, en los días sucesivos y, poco a poco, fue deshaciéndose de todo en distintos contenedores de basura, ubicados en diferentes lugares de la ciudad. Nadie sospechó nada extraño, y eso le hizo confiarse.</p>
<p>La moneda de cincuenta escudos, que llevaba colgada "la Manuela", quedó mezclada con los euros. No se acordó de ella hasta que la vio, varios días después, cuando se disponía a pagar un café. En lugar de tirarla, como había hecho con el cuchillo y la ropa, se la volvió a guardar. Pensó que no merecía la pena deshacerse de ella, puesto que nadie la buscaba ni sabía a quién había pertenecido.</p>
<p>La hubiera tirado también si hubiese sospechado que, un año y pico después, esa moneda sería la pista que llevase a Matute a descubrir que él era el asesino de "la Manuela".</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XIX</subtitle>
<empty-line/>
<p>Las horas previas a la muerte de Ginés fueron muy intensas. Yo permanecí a su lado, prácticamente sin moverme, pendiente de sus necesidades y de cada uno de sus gestos. Vigilaba que la habitación estuviera bien ventilada, le mantenía limpio y le proporcionaba agua, que él tragaba a pequeños sorbos con una pajita. Pero lo más importante de todo no era el cuidado de aquel cuerpo derrotado por el cáncer, sino la asistencia anímica que yo podía darle.</p>
<p>A su cuerpo apenas le quedaban unas horas de vida, pero a aquello que moraba en su interior, y que intuí como su verdadera naturaleza, aún le quedaba por delante toda la eternidad. A pesar de que la personalidad conocida como Ginés, desapareciera para siempre. Pensando ahora en aquellas últimas horas que pasamos juntos, me pregunto de dónde sacaríamos la fortaleza suficiente para no derrumbarnos.</p>
<p>Tal y como me había pedido, yo dejé de administrarle la morfina. Él luchaba contra el dolor que se marcaba en su rostro y que le hacía retorcerse a cada instante.</p>
<p>Pero en ningún momento me pidió que le aplicase la dosis que hubiera podido aliviar su gran sufrimiento.</p>
<p>Al suspender bruscamente el tratamiento con morfina, Ginés, además de tener que aguantar un intenso dolor que en algunos momentos se volvía insoportable- tuvo que sufrir las consecuencias de un síndrome de abstinencia, provocado por la repentina interrupción en la administración del opiáceo.</p>
<p>A todo ello se añadiría sus tremendas dificultades para respirar. No obstante, no permitió que le conectase al oxígeno que el equipo de atención domiciliaria había instalado en la habitación. Razonó que la entrada adicional de aire en sus pulmones, podría ocasionarle mareos o somnolencia, que le hicieran caer en un estado de inconsciencia.</p>
<p>Conforme pasaban los minutos y las horas, yo me iba dando cuenta de que la batalla que libraba Ginés ya no era contra el dolor, sino contra la posibilidad de perder la lucidez. Mientras se acercaba el momento clave, me confesó que el dolor se había apoderado tanto de su cuerpo que ya casi no lo notaba, porque había pasado a formar parte de él.</p>
<p>- Si no luchas contra el dolor, si te entregas, duele menos me dijoLas últimas horas que pasamos juntos, antes del desenlace final, hablamos de muchas cosas. Unas importantes, y otras intrascendentes. Él me pidió que no le permitiera dormirse, que le ayudase a mantenerse despierto y no dejara de hablarle.</p>
<p>Creía que ésa era la única manera de estar consciente y alerta. Dispuesto para recibir a la muerte cuando ésta viniera a llevárselo.</p>
<p>Nuestra conversación se mezclaba con nuestros silencios, como si de una sinfonía se tratara. En algunos momentos hablábamos, y luego, a ratos, callábamos.</p>
<p>Pero tanto el sonido de nuestras palabras, como su ausencia formaban parte de una melodía armónica. Una canción propia que íbamos componiendo con las notas que resonaban en nuestro interior.</p>
<p>Yo percibía, como siempre, el color de las palabras pronunciadas. Pero lo hacía de una forma distinta, como si un universo de nuevas sensaciones se abriera paso en mi vida. Ginés, que siempre se había sentido fascinado por mi sinestesia, me preguntó si alguna vez había contactado con otra persona que tuviera la misma capacidad perceptiva que yo.</p>
<p>Le dije que no. Que estaba tan acostumbrada a tener que esconder lo que consideraba como una anormalidad, que jamás me había preocupado por saber si alguien más tenía esa misma facultad.</p>
<p>- Escucha me dijo- cuando yo me haya ido, cuando todo esto haya pasado, procura saber algo más sobre la sinestesia. Estoy convencido de que tu capacidad de percibir el color de las palabras es una puerta. Si no tienes miedo y te adentras por ella, podría descubrirte cosas apasionantes sobre ti misma y el mundo que te rodea.</p>
<p>Me quedé en silencio, y pensé que entre las muchas cosas que tenía que agradecer a Ginés, estaba la comprensión que me había dado y la aceptación sin reservas sobre mi forma distinta de percibir el mundo. Para mí, ver el color de las palabras era algo normal y cotidiano. Pero él me había enseñado a valorarlo y disfrutarlo como algo maravilloso y extraordinario. Como un don con el que había nacido.</p>
<p>Gracias a Ginés, por primera vez en mi vida yo asumía plenamente que era distinta a la mayoría de las personas. Y además me permitía aceptarme a mí misma. Sin vergüenza, sin ningún tipo de reticencia, empezaba a vivir esa diferencia con total aceptación e intensidad. Algo totalmente nuevo para mí.</p>
<p>En aquel momento me hice la promesa de que, cuando Ginés muriese, buscaría toda la información posible sobre la sinestesia, y dejaría de ocultar a los demás mi capacidad para ver el color de las palabras.</p>
<p>Casi de inmediato, este pensamiento me asustó. Era la primera vez que hacía planes para cuando Ginés muriera, y eso me causó cierto remordimiento.</p>
<p>Como si estuviera al tanto de mis pensamientos, Ginés me abrazó y me preguntó qué iba a hacer cuando él muriese.</p>
<p>Permanecí en silencio antes de responder y, finalmente, le dije con total sinceridad:</p>
<p>- Esa misma pregunta me la hizo la otra noche Matute y no fui capaz de responderle.</p>
<p>No podía pensar en mi vida sin que tú estuvieras a mi lado. Sin embargo, acabo de decidir que cuando mueras, buscaré información sobre la sinestesia… Y ahora me siento un poco mal por haberlo pensado. - ¡Mi pobre niña! dijo Ginés- no debes sentirte culpable. Para mí ya no habrá ningún mañana, pero tú debes seguir viviendo… Si no hablo contigo de ello, no podré irme tranquilo…</p>
<p>- No quiero que te preocupes le interrumpí- yo estaré bien. Gracias a ti mi vida ha dado un giro de 180 grados. Cuando te conocí era una persona que vegetaba, que no tenía ninguna ilusión. Contemplaba la existencia como si fuera una especie de condena que hay que padecer. Tú me has enseñado lo que es el amor, y ahora veo la vida de una manera muy distinta. Es verdad que mis condiciones externas han cambiado en muy poco tiempo añadí- pero el cambio más importante se ha producido en mi interior. No sabes cuánto te quiero y lo agradecida que estoy por todo lo que me has dado.</p>
<p>Ginés se emocionó al escucharme, y trató de responderme, pero el llanto ahogó sus palabras y sólo pudo abrazarme con sus escasas fuerzas.</p>
<p>- No hace falta que digas nada. No gastes energía en hablar. Descansa un poco le pedí- Pero no dejes que me duerma acertó a decir con un hilillo de vozMe tumbé en la cama con él, y permanecimos abrazados durante largo rato.</p>
<p>Ginés tenía los ojos cerrados. Yo le vigilaba para evitar que se durmiera. Sabía que ya no quedaba tiempo, que era cuestión de horas, o quizás de minutos. Debía estar preparada para ayudarle a morir, en el momento en que él me lo pidiera.</p>
<p>Creo que si no volvió a dormirse fue debido al intenso dolor que experimentaba, y también al síndrome de abstinencia que estaba sufriendo, que le mantenía algo nervioso y alterado. Aguantaba sin perder la consciencia, y yo no dejaba de preguntarme: ¿Por cuánto tiempo logrará estar despierto?</p>
<p>Pensando ahora en aquellos críticos momentos, me pregunto de dónde sacaría las fuerzas necesarias para mantener la serenidad y la resistencia de ánimo que mantuve. Sin duda el interior del ser humano es un misterio. Puedo dar fe de que existe una energía, un algo que no sabría descifrar, que se hace cargo de la situación en los momentos más difíciles.</p>
<p>Esa fuerza, ese vigor, o como se le quiera llamar, forma parte de nosotros mismos y, sin embargo, actúa como algo independiente. De manera que, sintiendo su presencia, te das cuenta de que sólo es necesario no obstaculizar su labor. Soltar el control y permitir que lo asuma esa energía.</p>
<p>Ginés murió esa madrugada de septiembre. Yo le ayudé a ello. Fue todo muy rápido y se desarrolló tal y como ambos lo habíamos planeado. Murió consciente. Con la plenitud de sus facultades como ser humano. Mirando a la muerte de frente y, después, entregándose a ella.</p>
<p>Es difícil determinar qué sintió. Lo único que puedo atestiguar es que su rostro dejó de reflejar el dolor para devolver una imagen de paz y serenidad. Sus ojos permanecieron abiertos, expresivos y vidriosos, hasta el final. Yo se los cerré cuando comprobé que su tórax ya no se expandía y que tampoco había signos de respiración nasal.</p>
<p>Cuando Ginés expiró, Falina salió a la terraza y aulló de forma lastimera.</p>
<p>Supongo que fue la manera de despedirse de su amo, de decirle adiós. Durante los días siguientes a su muerte, el animal estuvo triste, sin querer comer. Yo estaba muy pendiente de ella, tal y como le había prometido a Ginés, y no permití que la perra se sintiera sola o abandonada. Ambas nos hicimos compañía.</p>
<p>En cuanto a mí, tardé varios días en llorar. Era todo demasiado especial y extraordinario como para poder asumirlo con facilidad. Al principio estuve como en una nube. Como si todo lo que estaba viviendo no me estuviera pasando realmente a mí. Sólo después de un tiempo me permití sufrir el duelo y aceptar la pérdida de Ginés.</p>
<p>Cuando llegó el momento, Ginés me pidió que le ayudase a morir. Me dijo que ya no podía resistir más el dolor, y que estaba preparado para dejar este mundo. Que su hora había llegado, y que estaba contento de poder encarar la muerte con total lucidez.</p>
<p>Me pidió que le llevase a Falina para despedirse, y así lo hice. Puse a la perra sobre la cama, y ésta metió su cabeza bajo el brazo de Ginés. Él la acarició y le dio las gracias por haberle acompañado durante los últimos años de su vida. El animal se dejaba acariciar, y le lamía la mano. Parecía entender las palabras de su amo.</p>
<p>La escena me conmovió y no pude evitar echarme a llorar. Había tanta ternura y tanto amor entre aquellos dos seres, que no tuve ninguna duda de que, por encima de sus diferencias, como animal y persona, había algo en su interior que los unía y los igualaba.</p>
<p>Falina permaneció aún unos minutos junto a Ginés, con la cabeza apoyada en su regazo, hasta que la bajé de la cama y la deposité en el suelo. La perra permaneció en la habitación, atenta a nuestros movimientos. Ginés me abrazó y se echó también a llorar. Ninguno de los dos podíamos hablar. Me apretó contra su pecho en silencio y yo dejé salir las lágrimas sin contener la emoción que me desbordaba.</p>
<p>Poco a poco nos fuimos tranquilizando y él me dijo, mientras me acariciaba el pelo:</p>
<p>- Gracias, Iris. Gracias por todo lo que me has dado. No olvides lo mucho que te quiero.</p>
<p>Yo asentí con la cabeza, pero permanecí en silencio, mirándole con profundo amor. No encontré palabras que pudieran expresar la intensidad de lo que sentía en esos momentos. Él me hizo un gesto, casi imperceptible, y yo me fui a buscar el material que necesitaba.</p>
<p>Volví al cabo de unos instantes con una jeringuilla grande, una aguja y una goma. Se la coloqué en el brazo, apretándosela con fuerza. Él me miraba con cariño y me animaba a continuar con sus ojos.</p>
<p>Rompí la envoltura de la jeringuilla y de la aguja, y la coloqué en su sitio. Eché hacia atrás el émbolo, hasta el tope, y cargué la jeringuilla con aire. Después di unos golpecitos en el brazo de Ginés, buscando la vena más prominente. Le miré a los ojos y él me ordenó con voz firme:</p>
<p>- Hazlo. No tengas miedo.</p>
<p>Me temblaban las manos y las piernas, pero Ginés asintió con la cabeza, me acarició la mejilla, y me animó a seguir adelante.</p>
<p>Suspiré profundamente y, con sumo cuidado pero con resolución, clavé la aguja en la abultada vena del brazo derecho de Ginés, e introduje en ella todo el aire que tenía dentro la jeringuilla.</p>
<p>Él me sonrió, sin decir nada, mientras yo le soltaba la goma y sacaba la aguja.</p>
<p>Me mantuve a su lado, con su mano entre las mías, sin dejar de mirarle. Ginés tenía los ojos abiertos, pero ya no me veía. Su mirada se perdía en el infinito, en algún punto que yo no podía divisar.</p>
<p>No sé cuánto tiempo tardó en morir. Se fue de forma silenciosa. Yo supe que había muerto cuando comprobé que ya no respiraba. Entonces miré el reloj y vi que eran las cinco y pico de la madrugada. Aún era de noche. No tardaría en amanecer, aunque Ginés ya no vería ese día el sol.</p>
<p>Salí a la terraza un momento, cuando escuché el triste aullido de Falina. La acaricié y le dije que Ginés se había ido, pero que yo seguiría a su lado. El animal estaba triste, no movía el rabo como hacía siempre cuando la acariciabas.</p>
<p>Volví a la habitación con Ginés y permanecí a su lado, cogiéndole la mano. La tenía muy fría, al igual que el resto del cuerpo. Su apariencia era tranquila, como si estuviera dormido. Mucho más tranquila que cuando aún tenía vida.</p>
<p>De pronto me entraron unas enormes ganas de asearle, arreglar la habitación y limpiar el resto de la casa. Supongo que fue una especie de mecanismo de defensa lo que me llevó a desarrollar una actividad frenética, disponiéndolo todo para cuando vinieran el médico y de la funeraria. </p>
<p>Iris esperó a que se hiciera de día para llamar a Matute. Lo localizó en comisaría.</p>
<p>El policía no estaba en su casa porque esa madrugada, la misma en que murió Ginés, Arturo Calasparra había confesado el asesinato de "la Manuela".</p>
<p>La inmensa alegría que Matute sentía, al haber descubierto al autor del crimen de la mendiga, quedó empañada al recibir la noticia de la muerte de Ginés. El policía se lamentó de no haber podido acompañar a Iris en esos duros momentos, aunque al verla comprendió enseguida que ella había decidido pasarlos sola junto a su marido.</p>
<p>Nada más hablar con Iris, Matute se desplazó sin demora hasta casa de Ginés y después de ver a su amiga, se encargó de avisar al médico, para que certificase la defunción, y a la funeraria. Con ellos dispuso todo para la cremación del cadáver, que se llevaría a cabo al día siguiente.</p>
<p>Lo que más asombró al policía fue ver la aparente entereza que demostraba Iris.</p>
<p>Le pareció que no era natural en ella, y que su amiga se encontraba en realidad en un estado de shock, en el que todavía no había asimilado la muerte de Ginés. Por eso no dejó de vigilarla ni un minuto.</p>
<p>Durante todo ese día y la noche, no se separó de su lado. Iris apenas hablaba, y cuando lo hacía era para decir algo banal, sin trascendencia alguna. Actuaba como una autómata, con la mirada perdida. Estaba sumida en una especie de hiperactividad que le hacía moverse de un sitio para otro, realizando tareas poco necesarias en esos momentos.</p>
<p>Matute se preocupó. Llegó a consultar con el psicólogo de la policía. Pero éste le aconsejó que no la molestase, que la dejase en paz y que en unos días cuando se permitiera asumir el dolor y la pérdida- su amiga volvería a ser la de siempre, y entonces necesitaría que Matute estuviera a su lado.</p>
<p>Esa noche, después de pasear a Falina, Iris se acostó en la cama que había compartido con Ginés, y durmió de un tirón. Matute se quedó con ella en la casa, vigilando su sueño y dando cabezadas en el sofá, de vez en cuando.</p>
<p>A primera hora de la mañana, sin apenas cruzar palabra entre ellos, se trasladaron al tanatorio donde estaba el cadáver de Ginés, para asistir a la cremación.</p>
<p>Cuando ésta terminó, Iris cogió la urna con las cenizas de su marido y la apretó contra su pecho. Aunque seguía sin llorar, Matute empezó a notar que su comportamiento era más normal.</p>
<p>Cuando se dirigían a su casa en el coche de Matute, Iris le preguntó de pronto: - ¿Me llevarías hoy mismo a Villaluz, para arrojar las cenizas al mar?</p>
<p>- Claro respondió Matute- sólo tienes que darme tiempo para hacer una llamada a comisaría, y estoy a tu entera disposición. Si no tardamos mucho en salir, podemos estar allí a la hora de comer.</p>
<p>Mientras Matute hablaba por teléfono con comisaría, Iris cogió la urna con las cenizas de su madre y la metió, junto con la que contenía las cenizas de Ginés, en una bolsa de viaje. Después, puso la correa a la perra, que la miraba con las orejas levantadas, con expectación, y le dijo:</p>
<p>- Sí, tú también te vienes. A él le gustaría mucho que estuvieras allí para despedirle.</p>
<p>Matute, que había contemplado la escena y escuchado a Iris, asintió con la cabeza en silencio y ayudó a su amiga a llevar la bolsa. Unos momentos después, los tres emprendieron viaje hasta Villaluz.</p>
<p>Iris y Matute apenas cruzaron palabra durante el trayecto ni al llegar a esa ciudad. Sólo intercambiaban frases cortas sobre la dirección que debían seguir. Ella le habló del restaurante en el que había comido con Ginés, situado en unos acantilados que daban al mar. Matute paró el coche y preguntó varias veces hasta localizarlo.</p>
<p>Cuando llegaron, el policía puso la correa a la perra y se hizo cargo de ella, mientras Iris llevaba la bolsa de viaje que contenía las urnas con las cenizas de su madre y de Ginés. Al llegar a un sitio que consideraron idóneo, Matute se mantuvo en un segundo plano con Falina, mientras que Iris se adelantaba hacia la orilla.</p>
<p>En primer lugar arrojó las cenizas de su madre, después de pronunciar unas palabras en voz baja, que Matute no pudo escuchar. El policía tampoco tenía intención de hacerlo, porque ese momento formaba parte de la intimidad de su amiga, que él no quería invadir. Por eso se retiró aún más cuando vio que Iris cogía la urna con las cenizas de Ginés.</p>
<p>Ella las tuvo apretadas contra su pecho un buen rato. Pero tampoco entonces lloró, a pesar de que en su rostro se dibujó una mueca de intenso dolor. Abrió la urna y, poco a poco, las cenizas de Ginés fueron disolviéndose en el mar. Iris permaneció todavía largo rato contemplando el ir y venir de las olas, chocando contra el acantilado.</p>
<p>Finalmente, volvió a meter las urnas en la bolsa de viaje y se dirigió hacia donde estaba Matute con Falina. Al juntarse con ellos, se agachó y acarició a la perra. Cuando se incorporó, sufrió un ligero mareó. Se llevó la mano derecha a la frente y dijo:</p>
<p>- Me encuentro mal.</p>
<p>Nada más pronunciar estas palabras, tuvo una arcada y vomitó.</p>
<p>Esa fue la primera señal que anunció a Iris que estaba embarazada. Pero ella aún no fue consciente. Nunca se le había pasado por la cabeza que Ginés pudiera haberle dejado el mejor de los regalos.</p>
<empty-line/>
<subtitle>CAPITULO XX</subtitle>
<empty-line/>
<p>La primera vez que me faltó la regla, no le di mayor importancia. Ginés acababa de morir y pensé que se debía a algún trastorno lógico, después de los días tensos y difíciles que acababa de vivir. Fue al mes siguiente, con la segunda falta, cuando empecé a sospechar que algo pasaba, y a ser consciente del cambio que se estaba produciendo en mi organismo.</p>
<p>Aún así, no me convencí de que estaba embarazada hasta verlo reflejado en el análisis de orina que me hice por mi cuenta al comprobar que, por segundo mes consecutivo, no me venía la menstruación. Antes de recoger los resultados, cuando me asaltaba ya la idea de que podía estar encinta, me la quitaba de la cabeza pensando que era demasiado hermoso para ser cierto.</p>
<p>Pero lo era. La alegría que me llevé al ver ese "positivo" reflejado en el papel, fue inmensa. Me resulta imposible manifestar con palabras los sentimientos que me inundaron. Me pasé todo el día llorando de emoción. No podía parar. Y así, sumida en ese llanto alegre, se lo comuniqué por teléfono a Matute.</p>
<p>En cuanto tuvo un rato libre se acercó hasta casa y allí nos abrazamos y lloramos juntos, mientras Falina saltaba a nuestro alrededor. ¡Cómo eché de menos a Ginés! ¡Cuánto le hubiera gustado conocer a su hija! O al menos saber antes de morir que yo me había quedado embarazada.</p>
<p>Porque es una niña lo que viene, ahora ya lo sé. Una niña a la que pondré por nombre Mar. Mar Alcalá Villaverde. Es en el mar donde se encuentran las cenizas del cuerpo de su padre. Y es junto al mar donde Matute y yo vivimos ahora, esperando ansiosos su nacimiento.</p>
<p>Cuando Matute supo que estaba embarazada, a él le faltaban menos de dos meses para jubilarse. Recibió la noticia como si se tratase de su propia nieta y, de hecho, así empezó a considerarla desde el mismo día en que supo de su existencia.</p>
<p>Para mí, saber que estaba embarazada marcó un antes y un después en mi vida.</p>
<p>Cuando me enteré aún no había terminado de asimilar y aceptar la muerte de Ginés.</p>
<p>Estaba en una fase del duelo en la que contínuamente me compadecía a mí misma.</p>
<p>Continuaba viviendo, porque el instinto te empuja a seguir adelante, pero sin ninguna ilusión. Todas las mañanas, cuando me levantaba, y por las noches, cuando me acostaba, me hacía la misma pregunta: "¿Por qué me ha pasado esto a mí? ¿Por qué ahora que había encontrado a alguien a quien amaba, con quien compartir mi vida, se ha tenido que morir?</p>
<p>Contínuamente me preguntaba el porqué de esa situación, como si hubiera algún porqué. Como si lo que nos ocurre a lo largo de nuestra vida tuviera que responder a algún tipo de justificación. Como si la existencia no se explicase en sí misma, y tuviera que ser interpretada a la luz de claves desconocidas. Yo me preguntaba cada día el porqué, como si la vida fuera un acertijo, y pudiera ser clasificada con nuestros estrechos puntos de vista.</p>
<p>Al saber que estaba embarazada, sufrí un repentino cambio interno. El foco de mi atención ya no se dirigía a mi propio ombligo, ni a mis penas y tristeza. Ahora alumbraba directamente a la pequeña personita que se estaba formando en mis entrañas. Y ante ese proyecto de vida, todo lo demás pasó a ser absolutamente secundario.</p>
<p>Aunque Matute no me había abandonado ni un sólo momento desde la muerte de Ginés, al saber que estaba embarazada volcó en mí y en la criatura que iba a nacer toda su dedicación y cariño. Hasta ese momento, y aunque nos veíamos todos los días, él se mantenía a cierta distancia emocional.</p>
<p>Con su tradicional discreción, no quería inmiscuirse en mi dolor. Me vigilaba de cerca pero también me dejaba cierta soledad, para que yo pudiera vivir mi luto en la intimidad de mi corazón. Y también para que sacase de mi interior las fuerzas necesarias para continuar enfrentándome a la vida.</p>
<p>Sin embargo, al ver mi cambio repentino y la influencia positiva que tuvo para mí saberme embarazada, hizo que Matute modificase su actitud. Desde ese momento, se dedicó a cuidarme en cuerpo y alma y a hacerme comprender que yo no estaba sola y que formábamos una familia. Él pasó a ser el padre de la hija viuda que esperaba un bebé, y se dispuso a asumir el papel de abuelo.</p>
<p>Matute me acompañaba al médico, me ayudaba a elegir la ropa, controlaba mi alimentación, paseaba conmigo dos horas diarias. Nunca lo había visto tan feliz como el día en que me hicieron la ecografía en la que me dijeron que se trataba de una niña.</p>
<p>Desde ese momento estuvo, si cabe, más pendiente todavía. Cuando hablaba del bebé la llamaba ya por el nombre que yo había elegido. Porque, con relación a ese asunto, no quiso darme ninguna sugerencia, a pesar de que yo se lo pedí.</p>
<p>- No, no me repetía- eso es cosa tuya. Ponerle un nombre a una persona es casi como darle una identidad. Es una responsabilidad demasiado grande para mí. Eso te lo dejo a ti, que eres su madre.</p>
<p>Mar le pareció un nombre perfecto para mi hija. Afirmó que el mar era algo profundo y lleno de vida, símbolo de la inmensidad. Principio y final de la vida. Me gustó lo que dijo. Recordé que Ginés y yo habíamos hablado sobre mar el día en que yo lo contemplé por primera vez. Cuando viajamos a Villaluz con las cenizas de mi madre.</p>
<p>Recordé que la noche anterior fue cuando concebimos a nuestra hija, aunque ninguno de los dos lo sabíamos entonces. Como si lo estuviera reviviendo, me vino a la cabeza la conversación que mantuvimos en aquel restaurante junto al acantilado, al que ya no pudimos volver juntos.</p>
<p>Yo le dije entonces que me gustaría vivir junto al mar. Él me habló de la metáfora que identifica al océano con Dios, con el origen de la vida. Y añadió que nuestras almas son como gotas de ese inmenso océano, y que cuando morimos vuelven a perderse en el mar.</p>
<p>Creo, sinceramente, que mi hija no podría llamarse de ninguna otra manera. A veces me gusta pensar que en la elección de su nombre, quizás haya participado su padre, desde otra dimensión. ¡Quién sabe! La vida y la muerte son las dos caras de un mismo misterio.</p>
<p>Ahora mi hija está a punto de nacer. Sólo quedan unos días para que yo salga de cuentas. Matute y yo esperamos ansiosos su llegada, viviendo junto al mar.</p>
<p>Cuando Matute se jubiló el invierno pasado, empezamos a pensar en la posibilidad de trasladarnos a otra ciudad. Él me propuso que vendiéramos ambos nuestros pisos, y nos compráramos otro en algún pueblo costero, en el que pudiéramos vivir los tres, junto a Falina, como una familia más.</p>
<p>A ninguno de los dos nos retenía ya nada en Puerto Grande, y a mí me entusiasmó la idea de vivir en algún lugar que tuviera mar. Sin pensarlo mucho le dije que sí, y desde ese momento él empezó a desarrollar una actividad frenética para vender los dos pisos cuanto antes.</p>
<p><p>Matute conocía a todo el mundo en Puerto Grande y, desde la detención de Arturo Calasparra por el asesinato de "la Manuela", se había convertido en una especie de héroe local. Como el precio que pedíamos era muy razonable, en menos de dos meses habíamos vendido los dos pisos y habíamos visto ya varias casas en la costa, que nos podían interesar.</p>
</p>
<p>Matute conocía a todo el mundo en Puerto Grande y, desde la detención de Arturo Calasparra por el asesinato de "la Manuela", se había convertido en una especie de héroe local. Como el precio que pedíamos era muy razonable, en menos de dos meses habíamos vendido los dos pisos y habíamos visto ya varias casas en la costa, que nos podían interesar.</p>
<p>Finalmente, nos decidimos por un ático frente a la playa, amplio y luminoso, con una gran terraza desde la que se escucha el ir y venir de las olas, y se ve salir el sol por el horizonte. Ginés hubiera disfrutado inmensamente con este paisaje y con las estrellas que desde la terraza se divisan, y que a él tanto le gustaba contemplar.</p>
<p>No he contado a Matute que ayudé a Ginés a morir. Pero sé que él lo sabe.</p>
<p>Cuando estábamos desmontando mi casa, encontró la jeringuilla, la aguja y la goma que yo utilicé. Le vi sacarlo todo del cajón donde yo lo había guardado. Como buen policía, lo inspeccionó detenidamente. Luego se quedó pensativo y me miró de forma interrogante. Pero cuando yo fui a hablar, él me hizo un gesto con la mano para que no dijera nada, y me preguntó:</p>
<p>- Lo tiramos, ¿no?</p>
<p>- Si, tíralo. Ya no sirve para nada le respondíEl entonces se acercó, me cogió las manos y las apretó, y mirándome con un gesto de cariño, me dijo:</p>
<p>- Mi pequeña, cuánto has sufrido, pero ya ha pasado. Ya ha pasado.</p>
<p>No hemos vuelto a hablar de aquello y, conociéndolo, estoy segura de que jamás volveremos a hacerlo. Yo, no sólo no siento ningún remordimiento, sino que estoy convencida de que hice lo que tenía que hacer. Me alegro infinitamente de haber ayudado a Ginés a morir con consciencia, como él deseaba. No olvido nunca las palabras que me dijo: "Ya que he desperdiciado mi vida, no quiero desperdiciar mi muerte".</p>
<p>Durante todos estos meses he pensado mucho en la muerte de Ginés, y en todo lo que vivimos juntos. Puedo asegurar que esta experiencia me ha dado una óptica distinta de la vida. Ahora valoro más cada minuto de la existencia, al margen de que viva lo que me ocurre de una forma gozosa o dolorosa. Todo, sin excepción, forma parte de la existencia. Lo que calificamos como bueno o como malo, es lo mismo. Son sólo las dos caras de una misma moneda.</p>
<p>Siempre queremos aprisionar la vida. Reducirla a un estrecho guión, a una pobre y anodina experiencia cotidiana y de mesa camilla, cuando ante nosotros se despliega un enorme e inquietante universo.</p>
<p>Pero no podemos vivirlo porque nos sentimos seres frágiles y cobardes, incapaces de aventurarnos más allá de los estrechos límites de nuestra mísera existencia.</p>
<p>No tenemos la valentía suficiente para mirar cara a cara a la luz, y nos aferramos a las sombras chinescas que crea nuestra mente, confundiéndolas con la realidad. Nos conformamos con no ser nada, sólo polvo en el camino, cuando nuestra verdadera naturaleza se asemeja a la de los dioses.</p>
<empty-line/>
<p>Pero darse cuenta de ello implica inseguridad y soledad. Y todos preferimos la seguridad que nos da pertenecer al rebaño, la esclavitud de nuestros propios miedos, a explorar la inmensidad de un horizonte que se nos antoja vacío e infinito.</p>
<p>Aunque Ginés no fue consciente a lo largo de su vida, y vivió aferrado a su culpa, sí tuvo la suficiente lucidez y valentía como para no querer desaprovechar el momento sublime de su muerte. Estoy convencida de que gracias a ello pudo redimir en esos instantes su sombría existencia.</p>
<p>No todas las personas son capaces de hacerlo, pero él sí lo logró. Venció a la muerte, al entregarle lo único que tenía: su personalidad. Sé que Ginés Alcalá ha dejado de existir, porque ninguna personalidad, tal y como la conocemos en este mundo, puede sobrevivir a la muerte. Pero también sé que su auténtica identidad, su rostro original, el que se esconde debajo de todas nuestras máscaras, vivirá eternamente.</p>
<p>Cuando nazca mi hija y pueda reintegrarme en el mundo laboral, me gustaría dedicarme a ayudar a los enfermos terminales a morir. Matute y yo le estamos dando vueltas a un proyecto de voluntariado, que consistiría en visitar a aquellas personas que lo deseen, para que pudieran enfrentarse sin miedo y sin tapujos, con sinceridad y con dignidad al momento de su muerte.</p>
<p>Antes la mayoría de las personas morían en su casa, rodeados de su familia, de una manera más natural. Ahora vivimos de espaldas a la muerte, como si no fuera algo cotidiano. Como si se tratase de algo que nos va a ocurrir en un futuro.</p>
<p>No queremos darnos cuenta de que empezamos a morir en el mismo instante del nacimiento. Y que cada día que pasa, cada minuto, cada segundo, estamos muriendo un poco más.</p>
<p>La vida actual pretende ignorar a la muerte, disfrazarla. Por eso ahora todo es más aséptico, y la mayoría de la gente muere en la cama de un hospital, sin ninguna intimidad, junto a otros enfermos a los que no conoce de nada.</p>
<p>De allí te trasladan al tanatorio y tu familia y amigos se ven obligados a compartir un velatorio colectivo, con hilo musical y máquinas de coca-cola y cafés.</p>
<p>Habría que humanizar un poco la muerte. Volverla a tratar con el máximo respeto, como el enigma insondable que es. El mayor de los misterios.</p>
<p>Creo que si la muerte se esconde en la vida, también la vida debe esconderse en la muerte. ¿Qué clase de vida? Eso no lo sé. Sólo lo sabré al morir. Pero estoy contenta al pensar que Ginés ya lo sabe.</p>
<p>Al morir Ginés, me preocupé por obtener toda la información posible sobre la sinestesia. Y me asombré gratamente al descubrir que son muchas las personas en el mundo que tienen esta capacidad perceptiva que yo poseo. Y no sólo viendo el color de números y letras, sino también escuchando esos colores, paladeando formas, o incluso sintiendo sonidos.</p>
<p>Ahora sé que la palabra sinestesia procede del griego syn, que significa junto, y aisthesis, que significa sensación. He leído que algunas personas nos consideran a los sinestésicos, como una especie de "vanguardia espiritual de la humanidad, más cercanos a Dios de los que tienen los sentidos segregados".</p>
<p>Me ha hecho mucha gracia esta definición porque no creo que procedamos del infierno como opinaba mi madre- ni tampoco que la sinestesia sea una cualidad divina. No me considero más divina que cualquier otro ser humano. Creo que todos somos únicos y distintos a los demás. Aunque en esencia seamos lo mismo.</p>
<p>En cualquier caso, saber que hay otras personas que perciben el mundo como yo, me ha hecho sentirme menos sola. Pero lo que más me ha interesado de todo lo que he leído, ha sido saber que la sinestesia puede ser hereditaria. Se han dado casos de familias con sinestésicos hasta en cuatro generaciones.</p>
<p>Me gustaría que mi hija pudiera heredarla. Sería toda una experiencia poder hablar con alguien que percibe el mundo de la misma forma que yo lo hago.</p>
<p>Así, cuando me encontrase igual que ahora, viendo cómo la línea del mar y del cielo se confunden en el horizonte, mi hija sabría de qué le hablo cuando yo le dijera:</p>
<p>"Mira, el cielo y el mar son azules, como la letra A".</p>
<empty-line/>
<subtitle>***</subtitle>
<empty-line/>
<p>Este libro se publicó en Albacete en marzo del año 2004, con el ISBN 609-0720-1 </p>
<p>rosavillada@ono.com</p>
<p><a type="note" l:href="#http://www.rosavillada.es">www.rosavillada.es</a></p>
<empty-line/>
<subtitle>…..</subtitle>
<empty-line/>
<subtitle>This file was created</subtitle>
<subtitle>with BookDesigner program</subtitle>
<subtitle>bookdesigner@the-ebook.org</subtitle>
<subtitle>02/04/2010</subtitle>
</section>
</body>
</FictionBook>
