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<first-name>Rosa</first-name>
<last-name>Villada</last-name>
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<book-title>El Camino de los Locos</book-title>
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<date>02/04/2010</date>
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<title>
<p>Rosa Villada</p>
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<p>El Camino de los Locos</p>
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<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO I</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>¿Había tenido un orgasmo? Paula Segura se despertó sobresaltada, empapada en sudor y con una sensación placentera vibrándole entre los muslos. ¿Acababa de tener un orgasmo mientras dormía? Con la perplejidad reflejada en el rostro, encendió la luz y se sentó en la cama, sin saber cómo reaccionar. Desde que había muerto su marido, y ese día se cumplía un año, Paula no había mantenido relaciones sexuales con ningún hombre, y no había tenido ningún orgasmo.</p>
<p>Con Paco tampoco solía tenerlos. Después de casi 35 años de matrimonio, sus escasos contactos sexuales eran más bien faenas de aliño, destinadas al desahogo de su marido. Ella se conformaba con terminar cuanto antes.</p>
<p>No se podía decir que no disfrutase; sí lo hacía, pero sobre todo viendo cómo disfrutaba él. A ella eso del sexo nunca le había importado mucho. Desde luego no se consideraba ninguna persona anticuada, de esas que piensan que la mujer sólo debe servir para la reproducción y para satisfacer al hombre. No, no era eso. Pero tampoco entendía cómo la gente le daba tanta importancia. Para ella era sólo una de las muchas obligaciones que conllevaba el matrimonio.</p>
<p>Ahora, al ser consciente del orgasmo que acababa de experimentar en sueños, Paula sintió un ligero escalofrío, al tiempo que una sonrisa se dibujaba en su rostro.</p>
<p>Vaya dijo en voz alta no sabía que se podía tener un orgasmo así en sueños. Es la primera vez que me pasa.</p>
<p>Asustada de sus propias palabras, empezó a mirar alrededor de su dormitorio, para comprobar si alguien la había oído. ¡Qué tontería! afirmó ¿quién me va a oír si estoy sola?</p>
<p>Pensó que aquella explosión de energía que acababa de experimentar entre las piernas, parecía haberle nublado el sentido. ¿Quién me va a oír si aquí no hay nadie más que yo? repitió en voz alta como para convencerse de que aquel orgasmo clandestino quedaba relegado exclusivamente al terreno de su intimidad.</p>
<p>Dispuesta a levantarse, miró el reloj que tenía en la mesilla. Comprobó que aún era demasiado temprano. Hasta las once no era la misa de funeral de Paco. Aún tenía tiempo para gandulear un poco en la cama. En realidad, desde que su marido había muerto, ¡tenía tan pocas cosas que hacer!</p>
<p>Vivía sola por decisión propia. Cuando murió Paco sus dos hijos le propusieron que se fuera a vivir con ellos, pero ella no aceptó. Sólo tenía 54 años, gozaba de buena salud, podía vivir holgadamente con los ahorros y la pensión que le quedaba, y no quería ser un estorbo para nadie. Así que permaneció en su casa. ¡Bastante tenían sus hijos con sus propios problemas, como para tener que cargar con ella! Ya habría tiempo de que la cuidasen. Quizás cuando fuera vieja y no pudiera valerse por sí misma.</p>
<p>Elena fue la que más insistió para llevársela con ella a la Gran Ciudad. ¡Cómo si no tuviera bastante con sacar adelante su consulta de odontóloga, atender a la pequeña Clara y salvar su matrimonio de las continuas crisis que padecía! No, ni hablar, se lo agradecía mucho, pero no tenía ganas de irse a vivir con su hija. Prefería quedarse en su casa, en Sala. Allí había nacido y allí había vivido toda su vida. Además, ella odiaba la Gran Ciudad. No le gustaba nada. Demasiado grande. Tanta gente, tantos coches… Y todo el mundo corriendo de un lado para otro, como si fueran a perder el tren.</p>
<p>No, la Gran Ciudad no era su lugar. Y luego estaba su yerno, también médico, un cirujano de prestigio que a Paula le caía como una patada en el estómago. Siempre se preguntó qué es lo que habría visto su inteligente hija para enamorarse de esa especie de chulo, que se creía por encima del resto de la humanidad. No habría aguantado ni un mes, viviendo bajo el mismo techo con ese cretino. Si Elena tenía que soportarlo, era su obligación. Al fin y al cabo se trataba de su marido. Pero no era el suyo. El suyo, por desgracia, había muerto de un infarto fulminante. Y ella ni siquiera había tenido la oportunidad de despedirse de él.</p>
<p>Este pensamiento hizo entristecer a Paula, sobre todo al recordarle lo sola que se encontraba. Ella nunca se había sentido así. Paco y ella eran, además, un matrimonio bien avenido. Cuando se casaron, Paula tenía 20 años. Apenas era una jovencita y enseguida se quedó embarazada. En su ambiente, si no te quedabas pronto encinta estaba mal visto. Y Paco tenía tantas ganas de tener un heredero!: Alguien que perpetúe el apellido familiar, solía decir. ¡Qué cosas tiene la vida! dijo Paula reflexionando de viva voz, como si hablase a su difunto marido el apellido Valiente se habrá muerto contigo porque Fernando y Amalia, no pueden tener hijos. Menos mal que te fuiste sin saberlo. ¡Te habrías llevado un gran disgusto!</p>
<p>Paula también se había enterado después de la muerte de Paco. Fue su nuera la que se lo confesó cierto día, con lágrimas en los ojos. Lo sintió por Fernando y Amalia, pero en aquel momento a ella todo le daba igual. Tener nietos o no tenerlos, le traía sin cuidado.</p>
<p>A ella toda esa parafernalia de perpetuar el apellido le parecía una auténtica estupidez. ¡Qué más daba cómo se apellidase uno!</p>
<p>Más de una discusión tuvo con su marido por el asunto del dichoso apellido. Llamarse Valiente y ser militar le parecía a Paula una broma del destino. Pero a Paco no le hacía ninguna gracia. Sobre todo cuando ella lo llamaba mi soldadito valiente. Lo que le preocupaba realmente a Paula en esos momentos era que su marido había muerto de repente, y ella se había quedado sola. ¿Qué iba a ser de su vida en el futuro?</p>
<p>El año que había transcurrido desde su muerte había sido muy duro. Sobre todo al principio. Era verdad que el tiempo lo curaba todo. Y aunque el vacío continuaba existiendo, se terminaba aceptando lo que no tenía remedio, lo que inicialmente no querías asumir. Durante los primeros meses la tristeza se había adueñado de su carácter, que era habitualmente jovial. No encontraba ninguna razón para levantarse cada día de la cama, la casa se le echaba encima y, cuando decidía salir con sus amistades, era aún peor.</p>
<p>Paco había llenado su vida desde que era una adolescente, y sin él su existencia estaba vacía de contenido. Ya no se sentía partícipe de aquel mundo cálido y sin problemas, que durante tantos años había compartido con su marido. Tampoco había tardado mucho en darse cuenta de que los momentos que había pasado con sus amistades, le estaban vedados al quedarse viuda. El mundo en el que Paco y ella se desenvolvían era un mundo de parejas, no para una mujer sola. Era un lugar para matrimonios, y ella ya no pintaba nada en ahí. Lo comprobó enseguida cuando, un par de meses después de morir Paco, sus amigos habituales insistieron en sacarla de casa con la mejor intención de retornarla a su anterior vida social.</p>
<p>Los matrimonios amigos con los que salían habitualmente estaban compuestos por hombres como Paco, todos militares, y mujeres más o menos desocupadas como ella, que mataban su tiempo con partidas semanales de cartas y organizando mercadillos o tómbolas benéficas para sacar dinero por alguna buena causa. Siempre había algún sarao que montar, porque siempre había alguien a quien ayudar. ¡Era tanta la miseria que poblaba el mundo!</p>
<p>Paula y sus amigas eran una especie de ONG encubierta, siempre dispuestas a hacer algo por los demás. Estas actividades de tipo altruista, no sólo ocupaban una buena parte de su tiempo. También tenían la virtud de hacerlas sentir bien consigo mismas, y darle un significado y un valor a sus vidas, más allá de la rutina cotidiana.</p>
<p>Las parejas pertenecían al mismo club de oficiales, y solían juntarse a cenar todos los sábados por la noche. Ellos hablaban del ejército, de los políticos que estaban echando a perder el país, y que habían dado la espalda a valores tradicionales como la disciplina y el honor. Hablaban de sus cosas. Ellas hablaban de las suyas. De sus maridos, de sus hijos, del último cotilleo que habían visto en televisión.</p>
<p>Al poco de casarse, Paula leía a sus amigas más íntimas algún poema o cuento que había escrito, porque a ella le gustaba mucho escribir. Pero enseguida dejó de hacerlo, cuando supo que luego había comentarios jocosos. Todas la elogiaban cuando la escuchaban. Pero Paula siempre tenía la sensación de que se reían de ella a sus espaldas, y dejó de enseñarles sus creaciones literarias.</p>
<p>En realidad dejó de escribir. Cuando era joven llevaba un diario en el que anotaba sus pensamientos y sentimientos más íntimos. Pero también lo dejó cuando sus hijos eran pequeños. No tenía tiempo para escribir. La dedicación a los críos, a su marido y a la organización de la casa, ocupaban todos y cada uno de los minutos del día. Y esa falta de tiempo acabó con su vocación de expresarse a través de la escritura. Luego, cuando Fernando y Elena fueron mayores, ya no la retomó. ¿Qué pasó con mis cuadernos? dijo de pronto, incorporándose en la cama, como si esta pregunta hubiera rondado por su mente desde hacía años, esperando ser pronunciada.</p>
<p>Por unos momentos dio marcha atrás en su vida y rebuscó en su memoria. Aunque pareciera increíble, no podía recordar. Hizo un esfuerzo. Una imagen parecía luchar por salir a la superficie. La imagen en la que se vio a sí misma introduciendo varios cuadernos en la caldera de la calefacción. Ésta se encontraba en el sótano de la primera casa donde vivieron de alquiler, antes de que comprasen su actual vivienda. ¡¡Los quemé!! afirmó, como continuación a su monólogo. ¡Dios mío! ¿Cómo he podido olvidarme de que los quemé? dijo sentándose bruscamente en la cama.</p>
<p>Un poco desconcertada, la memoria de Paula retrocedió muchos años atrás y, por unos momentos, se vio a sí misma contemplando cómo las llamas retorcían y pulverizaban los diarios que conservaba desde su infancia. Tantas y tantas palabras escritas. Tantos pensamientos y sentimientos volcados sobre el papel, estaban siendo devorados por el fuego. Al recordar ahora esa escena, no pudo evitar que las lágrimas se deslizaran por su rostro. Era el mismo rostro aniñado de aquellos años, salpicado de pecas, pero con unas cuantas arrugas más.</p>
<p>Sin entender muy bien lo que estaba pasando, vio esa escena de su vida como si en realidad no le hubiera ocurrido a ella. Como si se tratara de una película proyectada en una pantalla imaginaria, en la que conceptos como espacio y tiempo no tenían razón de ser. Paula vio cómo aquella joven de rostro familiar, se volvía hacia ella y, mirándola con sus mismos ojos verdes, le interrogaba con su propia voz: Sabes ya por qu dejaste de escribir?.</p>
<p>La imagen se evaporó como por arte de magia, pero dejó una profunda impresión en Paula. Un poco aturdida, miró nuevamente el reloj que tenía en la mesilla de noche, y dijo en voz alta:</p>
<p>Tengo que levantarme ya, si no llegaré tarde a la misa.</p>
<p>Intentó moverse, pero por alguna razón que ignoraba, sus piernas no le respondían.</p>
<p>Estaba paralizada.</p>
<p>Esa imagen tan vívida de ella misma interrogándola, surgida de los abismos del tiempo, sacudió profundamente su conciencia y le trajo a la memoria una fuerte discusión que mantuvo con su marido, en la que no había vuelto a pensar desde hacía muchos años.</p>
<p>Tantos, que la había olvidado por completo. Pero ahora, algo en su interior la obligaba a recordar.</p>
<p>De pronto, como si hubiera hecho un descubrimiento vital, gritó:</p>
<p>Esa fue la razón por la dejé de escribir en mi diario. ¡No fue por falta de tiempo! ¿Cómo he podido engañarme durante tantos años? añadió asustada, bajando un poco el tono de voz.</p>
<p>Paula no acertaba a comprender por qué había borrado de su memoria aquella secuencia, que tanto la marcó cuando se produjo.</p>
<p>Era martes, el día en que jugaba a las cartas con sus amigas. Cuando llegó de la partida a su casa, los niños aún no habían vuelto de su habitual paseo con la sirvienta, pero su marido ya estaba allí. Ella se alegró al verle, aunque le extrañó que todavía llevase el uniforme puesto. Lo primero que hacía al llegar a casa era quitárselo y vestirse de civil, como l decía. Enseguida detect que Paco estaba de muy mal humor. Despu s de varios años de convivencia, estaba acostumbrada a pasar de puntillas por los repentinos enfados de su marido, casi siempre motivados por cuestiones de su trabajo, que no solía compartir con ella.</p>
<p>Como en otras ocasiones, aparentó que no pasaba nada y, sonriendo, se dirigió hacia él para besarlo, y mostrarle su alegría por lo pronto que había llegado a casa. Mientras se acercaba, intuyó, sin saber por qué, que el enfado de ese día estaba relacionado con ella.</p>
<p>Mentalmente, hizo un rápido repaso a la jornada, pensando qué podía haber hecho mal, que tanto molestaba a Paco.</p>
<p>No le hizo falta preguntar, porque él, con la ira contenida en el rostro, y un gesto de soberbia, le arrojó a la cara uno de sus cuadernos, mientras le preguntaba gritando: ¿Me puedes explicar qué significa esto?</p>
<p>Paula reconoció su diario, pero no pudo saber a qué se refería su marido. Aterrorizada, aunque sin saber muy bien por qué, intentó aparentar tranquilidad cuando respondió:</p>
<p>No sé a qué te refieres, Paco. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué estás tan enfadado? se atrevió a preguntar. ¿Tú qué crees? respondió él elevando aún más la voz ¿Me tomas por imbécil? ¡Cómo te voy a tomar por imbécil! dijo Paula en tono conciliador Es que no sé de qué me estás hablando.</p>
<p>Paco recogió del suelo el cuaderno rojo y negro que había arrojado a la cara de su mujer, y con los ojos encendidos de rabia le dijo, mientras arrancaba las hojas con furia:</p>
<p>Estoy hablando de esto. ¿Qué clase de basura es ésta? ¿Desde cuando te dedicas a escribir estas porquerías?</p>
<p>Paula empezó a sospechar a qué se refería su marido. Estuvo a punto de reírse, y explicarle que sólo era un relato erótico que había escrito, pura ficción. Pero era evidente que Paco no estaba para bromas. En los años que llevaban casados, nunca lo había visto de esa manera. Procuró calmarle, y dijo al fin, con tono condescendiente:</p>
<p>Pero Paco, sólo es un relato. ¿Por qué te preocupa tanto?</p>
<p>Esto no es un relato respondió chillando su marido, fuera de sí Esto es pornografía pura y dura, y no quiero que mi mujer sea una cualquiera que escribe estas guarrerías.</p>
<p>Recordando ahora las palabras que le dirigió Paco, Paula volvió a sentir la misma indignación que experimentó en aquellos momentos y, mentalmente, repitió para sus adentros la misma frase que verbalizó entonces: ¡Es injusto! ¿Por qué me insultas? ¿Por qué me tratas así? Te estoy diciendo que es sólo un relato. Ya sabes que a mí me gusta escribir. ¿Es que no puedo escribir? preguntó Paula a voces, sin poder contener su indignación.</p>
<p>No, Paula, no puedes escribir. Y si vuelves a hacerlo dijo repentinamente calmado, mientras sacaba lentamente su pistola de la funda si vuelvo a ver algún cuaderno con porquerías de este estilo, te mato. Te juro que te mato.</p>
<p>Paula no podía dar crédito a lo que estaba oyendo, pero no osó responder. Por unos instantes se quedó absolutamente paralizada. Momentos después echó a correr y se encerró en el baño. Allí, las piernas comenzaron a temblarle y se orinó encima. Durante un buen rato estuvo llorando, sin entender nada de lo que había pasado. Poco a poco se fue calmando y razonó que, sin duda, su marido se había vuelto loco. Debía ser una especie de enajenación transitoria o algo por el estilo, porque Paco no era una persona violenta. Pero su imagen, amenazándola con la pistola, volvía a su mente una y otra vez.</p>
<p>De pronto oyó las risas de sus hijos y se asustó. ¿Sería capaz de hacerles daño a ellos?</p>
<p>Conteniendo la respiración, pegó su oreja a la puerta e intentó escuchar lo que ocurría al otro lado. Las voces alegres de los críos y de su marido, la tranquilizaron. Lo que allí se estaba desarrollando era una escena familiar, como tantas otras. Parecía que el susto había pasado, aunque a ella aún no le llegaba la camisa al cuerpo. Una parte de sí misma estaba muy indignada, y reclamaba una explicación. Aquello no podía quedar así. Pero otra parte le decía que no debía preocuparse, y que lo mejor era actuar como otras veces: hacer como si no hubiera pasado nada.</p>
<p>Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron su reflexión. Era su marido para informarle que, aprovechando que había llegado temprano, iba a llevar un poco a Fernando y Elena a los columpios del parque. La voz de Paco sonaba ya como la de todos los días, y Paula respondió también con aparente naturalidad:</p>
<p>Está bien… Pero no estéis mucho rato, que luego se hace tarde para cenar.</p>
<p>No te preocupes, volvemos enseguida… Estás bien? añadió él tras una breve pausa.</p>
<p>Sí, sí, estoy bien.</p>
<p>Decidle adiós a mamá pidió a los niños.</p>
<p>Adiós, may dijeron sus hijos al unísono.</p>
<p>Cuando escuchó cerrarse la puerta de la calle, Paula se quitó las bragas mojadas y las aclaró en el grifo del lavabo. Utilizándolas a modo de bayeta limpió el suelo y ella se lavó en el bidé. Salió del baño y saludó a Carmen, la criada, que se encontraba en la cocina preparando la cena. Con disimulo, se dirigió a la terraza y metió las bragas en la lavadora.</p>
<p>Después fue a su habitación y se puso unas bragas limpias. Inmediatamente, como una posesa, juntó todos sus cuadernos, que estaban esparcidos por los cajones, y los metió en una bolsa de viaje. Con rapidez, bajó hasta el sótano y allí los fue introduciendo uno a uno en la caldera de la calefacción, sin dejar de llorar.</p>
<p>Paco y los niños no tardaron mucho en llegar. La mesa ya estaba puesta. Carmen, como siempre hacía, se había ido a su casa después de preparar la cena. El ritual fue similar al de todos los días. El alboroto de los críos hacía innecesaria la conversación con su marido. Paco se comportaba como cualquier otra noche. Como si no hubiera pasado nada. Luego, en la cama, él tomó la iniciativa e hicieron el amor.</p>
<p>Mientras su marido dormía, en el interior de Paula se acumulaba una gran indignación y se debatía una terrible lucha. Pero la parte de ella que quería gritar a su marido y pedirle explicaciones por lo que había pasado, resultaba cada vez más débil. Esa voz, al principio furiosa, se fue oyendo más lejana, hasta que consiguió dejar de escucharla.</p>
<p>De algún modo Paula se sintió aliviada. A ella nunca le habían gustado los conflictos, siempre procuraba huir de ellos. Algo en su cabeza empezaba a decirle con insistencia:</p>
<p>Es mejor no liarla. D jalo estar. Seguro que ha tenido algún problema en el trabajo, y lo ha pagado contigo. ¿No ves que ya es otra vez un marido y un padre cariñoso? ¿No te das cuenta de que todo ha vuelto a la normalidad?</p>
<p>El sonido del despertador interrumpió los recuerdos de Paula. Lo paró con desgana.</p>
<p>Eran las nueve de la mañana, hora de levantarse. Como una sonámbula, profundamente afectada por lo que acababa de recordar, se dirigió al baño y se enfrentó con el espejo.</p>
<p>Se miró con inusitada dedicación y concluyó que aún era hermosa. Evidentemente, le sobraban varios kilos, pero eso tenía arreglo.</p>
<p>A pesar de sus 55 años, su rostro aún tenía un aspecto juvenil, sin apenas arrugas. Antes de meterse en la ducha, decidió que ese día volvería a maquillarse. Luego pensaría algo para su pelo rojizo, porque ese tinte no le favorecía nada. Dijeran lo que dijeran en la peluquería, nunca daban con el color apropiado.</p>
<p>Al sentir la presión del agua en su piel, Paula recordó el orgasmo que había tenido mientras dormía. Esa sensación placentera, ya olvidada, la hizo sonreír. Al hacerlo se dio cuenta de que hacía mucho que no sonreía, que no estaba alegre, que no disfrutaba de la vida.</p>
<p>Pero eso se acabó dijo con resolución muchas cosas van a cambiar a partir de hoy.</p>
<p>Paco continuó diciendo en voz alta mientras se ponía el albornoz tú estás muerto, pero yo estoy viva. Yo quería envejecer contigo, pero no ha podido ser. Ahora tengo que encontrar una razón para vivir. Si no lo hago, es como si ya estuviera muerta… Y por lo visto no lo estoy dijo sonriendo maliciosamente, al recordar el orgasmo Para empezar, se acabó el luto. Y no pienso esperarme hasta mañana.</p>
<p>Después de desayunar en la cocina, Paula examinó su armario y escogió un traje de chaqueta rojo, que hacía mucho tiempo que no se ponía. Se maquilló y comprobó ante el espejo que el conjunto seguía favoreciéndola. Se calzó unos zapatos negros de medio tacón.</p>
<p>Lástima que no tenga unos rojos que me hagan juego se dijo a sí misma antes de coger el bolso y tomar el ascensor.</p>
<p>Con resolución, avanzó por el portal, sabiendo que el portero la miraba. Con una sonrisa picarona en el rostro, se volvió y le saludó:</p>
<p>Hasta luego, Antonio.</p>
<p>Hasta luego doña Paula. Está… perdone que le diga, pero está usted muy guapa hoy.</p>
<p>Gracias Antonio respondió ella no tienes que pedirme perdón por eso.</p>
<p>Es que hoy es un día especial añadió en voz baja, ya en la calle, mientras caminaba con paso firme hacia la iglesia, para asistir a misa del primer aniversario de la muerte de su marido Hoy es el primer día del resto de mi vida.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO II</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Paula se dirigió hacia los primeros bancos de la iglesia con el mismo paso firme que había llevado durante todo el trayecto desde su casa.</p>
<p>Desde lejos divisó a su hijo y a su nuera y al fijarse un poco más comprobó que también habían llegado ya de la Gran Ciudad Elena y su nieta Clara.</p>
<p>Afortunadamente no se veía a su yerno.</p>
<p>Mientras avanzaba hasta el altar, Paula fue consciente de llevar clavadas en el cogote todas las miradas de sus amistades. Casi podía adivinar las murmuraciones. Esa sensación de sentirse observada le gust. Le hizo sonreír interiormente y pens: Vaya, he dejado de ser invisible, por fin vuelve a mirarme alguien.</p>
<p>Pero sus amigos y conocidos no eran los únicos en fijarse en Paula. También sus familiares se quedaron con la boca abierta cuando la vieron llegar vestida de rojo.</p>
<p>Fernando, que cada vez se parecía más a su padre, no dijo nada, pero la atravesó con la mirada. Paula le sonri mientras pensaba: Hoy voy a escuchar dos sermones, el de la misa y el de mi hijo. Su nuera la mir, luego observ a su marido, y al ver la cara de mala leche que tenía ste, baj la cabeza para esconder una sonrisa. Es maja Amalia pensó Paula espero que Fernando no consiga contagiarle su rigidez. Elena, por su parte, no pudo evitar preguntar a su madre, cuando Paula se sentó a su lado: ¿De qué te has disfrazado, mamá?</p>
<p>Paula respondió con un tono retador:</p>
<p>De Paula Segura. Una mujer que tiene ganas de vivir.</p>
<p>Sólo su nieta celebró su apariencia. Al acercarse a ella para darle un beso le dijo al oído, con admiración:</p>
<p>Abuelita, ¡qué guapa!</p>
<p>Al finalizar la misa algunos conocidos se acercaron hasta Paula para saludarla, con el consiguiente malestar de Fernando, que quería llevársela de la iglesia a toda costa, para procurar que no la viera mucha gente. Paula, por el contrario, se mostraba sonriente y de lo más locuaz, saludando a todas sus amistades, con la alegría del que se encuentra en una fiesta.</p>
<p>Era muy consciente del impacto que estaba causando en los matrimonios amigos con los que se juntaba en vida de Paco. Ellas cruzaban entre sí sonrisas y miradas de complicidad, mientras sus maridos la observaban con gesto de desaprobación. Marisa, una de las que se llevaba mejor con Paula cuando salían juntas, se atrevió a decirle:</p>
<p>Vaya, vaya, quién lo iba a decir. Tu alegre atuendo va a dar mucho que hablar en los próximos días.</p>
<p>Me alegro respondió Paula con una amplia sonrisa cuando uno lleva una vida aburrida y sin emociones, no tiene más remedio que ocuparse de la de los demás para pasar el rato.</p>
<p>Tú sabrás le contestó Marisa, clavándole la mirada, sin perder la sonrisa la vida que llevamos es la misma que tú llevabas antes.</p>
<p>Llevas razón, Marisa respondió Paula sin achicarse pero eso ya se ha acabado. Y ahora, si me disculpas, tengo que irme porque me están esperando mis hijos.</p>
<p>Mientras se alejaba, escuchó la voz de su amiga que le gritaba:</p>
<p>Llámame si quieres y hablamos un rato.</p>
<p>Sin pensarlo siquiera, se sorprendió a sí misma respondiéndole:</p>
<p>No voy a poder porque me voy a trasladar a otro sitio. ¿Te mudas de casa? insistió Marisa elevando aún más el tono de voz.</p>
<p>No contestó Paula a voces me voy a vivir a otra ciudad.</p>
<p>Marisa se quedó con la boca abierta al escuchar la confesión de su amiga, pero no fue la única. En cuanto llegó a donde estaban sus hijos, Fernando la agarró con fuerza del brazo y mientras se alejaban le preguntó, visiblemente enfadado: ¿Qué es eso de que te vas a vivir a otra ciudad? Supongo que no lo habrás dicho en serio. Y ¿por qué te has vestido así para el funeral?</p>
<p>No me he vestido así para el funeral. He decidido esta mañana quitarme el luto y ha dado la casualidad de que hoy era el funeral.</p>
<p>Vaya por Dios, ahora resulta que ha sido sólo una casualidad. Podías haber esperado hasta después de la misa, ¿no? Nos has dejado a todos en ridículo subrayó, cada vez más enfadado.</p>
<p>Oye, oye dijo Paula soltándose de la mano que le apretaba no me hables en ese tono que soy tu madre.</p>
<p>Pues no lo parece. No parece que seas una mujer adulta. ¿Es que no tienes sentido del ridículo? Tu nieta tiene más conocimiento que tú.</p>
<p>La abuelita está muy guapa dijo la niña cogiéndose de la mano de Paula.</p>
<p>Tú cállate, Clara. Cuando hablan los mayores los niños se callan la reprendió Elena.</p>
<p>Tras un breve y embarazoso silencio, Paula habló de nuevo con un tono calmado.</p>
<p>Dirigiéndose a Fernando le dijo:</p>
<p>Mira, hijo, yo no me siento ridícula. Tu padre hace un año que murió jugando a las batallitas en Chinchilla. Un lugar perdido que yo ni sabía que existía y que, además, tiene nombre de abrigo de pieles…</p>
<p>Mi padre no jugaba a las batallitas como tu insinúas le interrumpió Fernando mi padre era militar y estaba de maniobras cumpliendo con su deber.</p>
<p>Vale, vale, como tú quieras, cumplía con su deber de ir a pegar tiros a un enemigo fantasma, donde Cristo perdió el gorro. Pero la cuestión es que tu padre ha muerto y, te aseguro, que yo lo siento infinitamente más que tú añadió con la voz quebrada Pero eso ya no tiene remedio. Hasta esta mañana no me había dado cuenta de que yo sigo viva, y si no aprendo a vivir sola, estaré tan muerta como él.</p>
<p>Tú no estás sola insistió Fernando nos tienes a nosotros. Puedes venir a mi casa cuando quieras, si es que no quieres ir a la Gran Ciudad a vivir con Elena. Eso ya lo hemos hablado, y fuiste tú la que quisiste vivir sola.</p>
<p>Y así pienso seguir. Vosotros tenéis vuestra propia vida y yo, ¿qué vida tengo yo? preguntó sin poder evitar un sollozo Mi vida ha sido la vuestra, la de tu padre. Yo nunca he tenido vida propia. He sido vuestra madre y la esposa de Francisco Valiente, y ahora ya no quiero seguir siendo su viuda hasta que me muera. Por primera vez quiero ser yo: Paula Segura. ¿Eso quiere decir que renuncias a tu familia? preguntó Fernando.</p>
<p>No renuncia a su familia, Fernando, no seas cerril intervino Elena sólo quiere disfrutar un poco de la vida. Haces muy bien mamá. Te lo mereces.</p>
<p>Gracias, hija dijo Paula sonriendo a Elena. ¿Es que cuando vivía papá no disfrutabas de la vida? insistió Fernando.</p>
<p>Esta vez fue su mujer, Amalia, la que dijo con rotundidad:</p>
<p>Por Dios, Nando, ¿quieres dejarlo ya? ¡Es que no lo entiendo! remachó aún Fernando.</p>
<p>Bueno cortó Paula hace un día espléndido y yo me siento generosa. Vamos a tomar el aperitivo a una terraza, aprovechando el solecito, y luego os invito a comer al restaurante al que solíamos ir tu padre y yo. ¿Os parece?</p>
<p>Yo no puedo ir se apresuró a responder Fernando con un tono huraño tengo que volver al despacho porque estoy saturado de trabajo. ¡Pero si hoy es sábado! ¿Es que no descansas nunca? preguntó Paula.</p>
<p>Venga, vamos dijo Amalia tienes que comer de todas formas.</p>
<p>No, no, ve tú con ellas, si quieres. Yo me vuelvo al despacho, ya comeré algo por allí dijo a su mujer.</p>
<p>Pues no se hable más afirmó Paula con ironía mientras el hombre de la casa trabaja de forma responsable para ganar el sustento, las mujeres nos vamos a comer y a divertirnos.</p>
<p>Con su nieta de la mano y flanqueada por su hija y su nuera, Paula las condujo a una terraza de la Plaza Mayor, a las puertas de su casa, para tomar el aperitivo. Por una parte le hubiera gustado contar con la presencia de Fernando. Por otra, se veía aliviada con su ausencia. Este hijo suyo era aún más cerrado de mollera que su padre. La repentina muerte de Paco le había afectado mucho, porque ambos estaban muy unidos.</p>
<p>Y al dolor de esa pérdida se había sumado la certeza de que Amalia y él no podrían tener hijos. Algo que para Fernando era un drama.</p>
<p>Paula insistía, cuando él le permitía hablar del tema, en que si no podían tenerlos de manera natural, siempre había otros tratamientos alternativos, que en estos tiempos estaban a su alcance. O incluso la posibilidad de adoptar un niño. Pero su hijo no quería ni oír hablar de otras opciones que no fueran el método natural y tradicional de reproducción.</p>
<p>Con una cerveza en la mano, y disfrutando del sol primaveral, Paula alejó de su mente cualquier pensamiento sombrío. Lo único que quería en esos momentos era disfrutar del día, y de la compañía de su nieta, de su hija y de su nuera. Amalia y Elena mantenían una animada conversación, sobre cosas intrascendentes, mientras Clara jugaba en la plaza, y se acercaba de vez en cuando a la mesa para dar pequeños sorbos a su coca cola sin cafeína.</p>
<p>Ella permanecía en silencio, observando a la gente que había a su alrededor. Siguiendo el vuelo de las cigüeñas por el cielo. Saboreando las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Sin saber por qué se sintió bien y pensó que, cuando se fuera de Sahala, echaría de menos aquella Plaza monumental, que siempre le había gustado tanto. Se sorprendió de aquel espontáneo razonamiento. Era la segunda vez esa mañana que albergaba pensamientos de abandonar la ciudad y de ir a vivir a otro sitio. Pero ¿adónde? ¿Adónde iba a ir ella?</p>
<p>No tenía ni idea, y tampoco sabía de dónde surgía esa seguridad repentina. Esa certeza de emigrar, aunque para ello tuviera que abandonar su casa de toda la vida. Sin embargo, tuvo que admitir que la necesidad de dejar Sahala estaba ahí. Y era una sensación tan fuerte, que no podía volverle la espalda. No podía hacer como si no existiera. Bien pensó para sus adentros habrá que meditarlo más detenidamente.</p>
<p>Pero no ahora. Ahora s lo quiero tomar el sol y beberme esta cerveza.</p>
<p>Fue su hija la que interrumpió sus pensamientos.</p>
<p>Eh, mamá, vuelve aquí. ¿En qué estás pensando ahí tan calladita?</p>
<p>En nada, en nada. Bueno, sí rectificó Paula necesito que me digáis si conocéis alguna peluquería donde me den un tinte como Dios manda, sin que parezca una muñeca chochona.</p>
<p>Su hija y su nuera celebraron la ocurrencia y ambas empezaron a sugerirle disparatadas soluciones, que iban desde ponerse burka, hasta una peluca. En esos momentos, el cabello de Paula pasó a ser, para las tres mujeres, el centro del universo. Y les dio pie para enredarse en un debate sobre si era bueno o no teñirse, o si era mejor lucir las canas con naturalidad, conforme se iba envejeciendo.</p>
<p>Después de la comida, y conforme fue avanzando la tarde, Paula observó cómo se iba oscureciendo el semblante de su hija. Tras despedirse de Amalia, Elena fue mostrándose cada vez más irritada. Aunque intentaba disimularlo, era evidente que algo la preocupaba, y Paula tenía la certeza de que su yerno era el causante de la intranquilidad de su hija.</p>
<p>En numerosas ocasiones vio que Elena se retiraba a llamar por su teléfono móvil. Ella, mientras, hablaba con su nieta, y se hacía la despistada. Pero cuando su hija volvía, llevaba grabada la inquietud en la cara. A pesar de todo, no confesó lo que le preocupaba hasta por la noche, ya en su casa, después de cenar y de acostar a Clara.</p>
<p>En esos momentos, al quedarse a solas con su madre, Elena se derrumbó y empezó a llorar. Paula no se atrevía a preguntarle qué era lo que le pasaba, pues temía oír lo que su hija iba a decirle. Por eso se limitó a abrazarla y a tratar de consolarla. Cuando se hubo desahogado un poco con el llanto, Elena dijo al fin:</p>
<p>Estoy pensando en separarme de Jorge. Creo que tiene un lío y no lo puedo soportar.</p>
<p>Esto es un infierno añadió sollozando de nuevo.</p>
<p>Paula esperaba oír algo así y, realmente, no sabía qué decirle a su hija. A ella su yerno le caía muy mal. Le parecía un estirado, un gilipollas. Uno de esos hombres que van de seductores por la vida y que son encantadores con todo el mundo, menos con su familia.</p>
<p>Pero no podía decirle a su hija que se separase, así sin más. Elena estaba enamorada de su marido. ¿Y Clara? También había que pensar en la niña. ¿Estás segura de que tiene un lío? preguntó sin mucha convicción.</p>
<p>La verdad es que no lo sé balbuceó Elena sumida en el llanto él dice que no.</p>
<p>Y una mierda pensó Paula si mi hija cree que tiene un lío, seguro que lo tiene.</p>
<p>Sin embargo, no fue eso lo que le dijo a Elena.</p>
<p>Si él dice que no, deberías darle un margen de confianza ¿no te parece?</p>
<p>No lo sé, mamá, no sé qué pensar. Él siempre se está quejando de que le hago la vida imposible con mis celos. Pero te aseguro que si soy celosa, es porque tengo motivos para serlo. Hoy no ha venido conmigo al funeral porque, según él, tenía guardia. La fecha de la misa estaba fijada desde hace un mes. ¡Si tenía guardia la podía haber cambiado!</p>
<p>Quizás no haya podido cambiarla la interrumpió Paula. ¡Cuando quiere las cambia! dijo Elena enfadada Y yo creo que el aniversario de la muerte de mi padre es una fecha importante como para que esté a mi lado. Pero eso no es lo grave. Lo grave es que lo he estado llamando continuamente al móvil, y no me lo ha cogido. Entonces he llamado al Hospital y me han dicho que hoy no tenía guardia. ¿Te puedes imaginar cómo se me ha puesto el cuerpo? añadió desbordada por el llanto.</p>
<p>Paula abrazó a Elena otra vez, al tiempo que pensaba: valiente cabr n. Cuando su hija se hubo calmado, le preguntó: ¿Y aún no has hablado con él?</p>
<p>Si, ya he hablado dijo su hija entre sollozos. ¿Y qué explicación te ha dado? ¡¡Explicación!! bramó Elena Jorge nunca da explicaciones. Se ha ofendido mucho. ¿Se ha ofendido? preguntó Paula, perpleja.</p>
<p>Si, ésa es siempre su táctica. Se pone en el papel de víctima y se ofende. Por supuesto, dice que sí está de guardia y que si en el hospital me han dicho que no, es porque la telefonista es imbécil y no se entera. ¿Y por qué no cogía el móvil? se interesó Paula.</p>
<p>Dice que, como está de guardia, no puede estar pendiente del teléfono cuando está agobiado viendo enfermos subrayó Elena, imitando el tono de voz de su marido.</p>
<p>Hombre, eso es verdad razonó Paula.</p>
<p>Inmediatamente se arrepintió de haberlo dicho, al comprobar que estas palabras sumían a su hija en una nueva crisis de llanto. La dejó llorar, y cuando se calmó, dijo:</p>
<p>No sé qué decirte, hija. No me gustaría echar más leña al fuego. Sufro viéndote sufrir y me dan ganar de ir a tu casa, agarrarlo del cuello y… qué sé yo. No quiero que lo pases mal, eso es lo único que me importa. Si crees que lo mejor es separarte, sepárate. Hoy en día todo el mundo se divorcia. Yo no sé qué es lo que pasa. No hay ningún matrimonio que dure unos pocos años.</p>
<p>A lo mejor es porque las mujeres ya nos hemos cansado de aguantar, y antes soportabais lo que os echasen: humillaciones, infidelidades, incluso malos tratos subrayó Elena mucho más serena. Ahora, la mayoría ya no necesitamos aguantar nada de eso porque nuestro marido ya no nos mantiene. Nos ganamos la vida con nuestro propio trabajo.</p>
<p>Sí, supongo que todo eso que dices influye mucho. Pero desde ese punto de vista, y no digo que no lleves razón, el matrimonio queda reducido a una especie de contrato social. Y si uno no cumple las expectativas del otro reflexionó enseguida se le sustituye por otra persona.</p>
<p>No sé a donde quieres ir a parar, mamá respondió Elena con ganas de discutir.</p>
<p>Yo tampoco lo sé, hija. Sólo digo que además de la sociedad económica del matrimonio y de que la mujer se gane la vida, al margen de su marido, se supone que cuando dos personas están juntas es porque se quieren…</p>
<p>Sí claro, el amor. ¡Se me olvidaba! dijo Elena en tono cínico Parece mentira que digas eso, mamá. ¿Acaso en tus tiempos el amor contaba para algo? Porque yo te he oído decir mil veces que te habían educado para buscar un marido que fuera un buen partido. Y no creo que eso tenga mucho que ver con el amor.</p>
<p>Paula se vio atrapada en el razonamiento de su hija, y se sintió molesta con el curso que iba tomando la conversación. Lo que ella quería decirle a Elena, y no se atrevía, es que no le diera tantas vueltas y se preguntase, honestamente, si aún quería a Jorge. Si la respuesta era afirmativa, tendría que luchar por salvar su matrimonio, y si no lo era, los demás argumentos no servían de nada. Lo mejor era separarse. Sin embargo, no era capaz de verbalizar sus pensamientos.</p>
<p>Elena seguía hablando, pero Paula no la escuchaba. La conversación con su hija le había removido algo en su interior. No sabía muy bien de qué se trataba, pero se sentía molesta. Quizás porque, de alguna manera, veía en el matrimonio de su hija un reflejo del suyo propio. No es que Paco le hubiera sido infiel, al menos que ella supiese, pero desde que se había despertado esa misma mañana, tenía una voz interna metida en su cabeza que le hablaba de una vida distinta a la que ella creía haber llevado.</p>
<p>Haciendo un gran esfuerzo por desbloquearse, intentó dar por finalizada la conversación con Elena. Aprovechó una pausa de su hija para decir:</p>
<p>Estoy muy cansada. Si te parece continuamos mañana con esta conversación.</p>
<p>Sí, ya veo que estás ausente dijo Elena intentando mantener un tono cariñoso con su madre perdona si te he hecho pasar un mal rato con mis problemas… son míos, y sólo yo puedo solucionarlos.</p>
<p>No, no. Tus problemas también son los míos, aunque a veces no te sirva de mucha ayuda. ¡Claro que me sirves de ayuda, mamá! Sólo con escucharme ya me estás ayudando dijo mientras besaba a Paula en la frente, a modo de despedida antes de irse a la cama.</p>
<p>Sólo te pido que no tomes una decisión precipitada.</p>
<p>No lo haré, mamá.</p>
<p>Ya sabes que, hagas lo que hagas, yo estaré a tu lado afirmó Paula mientras su hija se marchaba hacia el dormitorio.</p>
<p>Al quedarse sola, Paula se puso a llorar procurando no hacer ruido, para que su hija no pudiera oírla. Después de un rato, se secó las lágrimas con la manga y suspiró profundamente. En realidad no sabía por qué había llorado. ¿Lloraba por su hija, o lloraba por ella? El día había estado cargado de emociones. Había sido muy intenso. Lo repasó mentalmente y se dio cuenta de que había experimentado sensaciones para todos los gustos.</p>
<p>Se había sentido feliz y llena de vida. Pero también había sufrido una profunda tristeza por lo que le había contado su hija. Pero no, no ha sido por ella pensó ha sido por mí. Aunque le costaba trabajo reconocerlo, Paula no tuvo más remedio que admitir que la verdadera razón de su pena, el desasosiego interno que experimentaba, se debía a los recuerdos que habían acudido a su mente esa misma mañana. ¿Cómo he podido enterrar durante todos estos años un suceso tan terrible? se preguntó en voz alta.</p>
<p>No tenía fuerzas para responder a esa pregunta. Al menos esa noche. Lo único que quería era dormir. Con cierto esfuerzo, se levantó del sofá, miró a su alrededor, para comprobar que todo estaba en su sitio, y apagó la luz del salón. Arrastrando los pies se dirigió hacia el baño, y pensó que debería adelgazar un poco para estar más ágil.</p>
<p>Encendió la luz y sus ojos verdes se reflejaron en el espejo. Tenía ojeras y el rostro caído, dando muestras de cansancio.</p>
<p>Mientras se miraba, e intentaba compadecerse de sí misma, se acordó de que esa misma mañana había tenido un orgasmo en sueños. Ese recuerdo la hizo sonreír, y al cambiar el aspecto de su rostro, notó cómo se modificaba también su estado de ánimo. Volvió entonces a contemplarse en el espejo, pero esta vez más alegre.</p>
<p>Mira dijo señalándose a sí misma con el dedo índice de la mano derecha se acabaron los sufrimientos. Estoy viva, y tú no vas a amargarme la existencia. Estoy hasta el gorro de penas y lamentos. Ya he perdido demasiado tiempo pasándolo mal. A partir de ahora, voy a pasarlo bien. Y pobre de ti que me agües la fiesta sentenció, advirtiéndole a su propia imagen.</p>
<p>Para empezar pienso cambiarme este pelo panocha que no me favorece nada continuó con su monólogo Y luego… luego ya puedes ir haciendo las maletas porque nos vamos a vivir donde nadie nos conozca. ¡Vaya si nos vamos!</p>
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<epigraph>
<p>CAPÍTULO III</p>
</epigraph>
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<p>Con pulso seguro empuñó la pluma que le ofrecía el notario y firmó sin pensarlo.</p>
<p>Paula acababa de vender su casa. Aquella en la que había pasado la mayor parte de su vida. La que había compartido con Paco.</p>
<p>La misma casa en la que habían crecido sus hijos, de la que sólo habían salido para casarse y formar sus propios hogares.</p>
<p>A pesar de los años que había vivido entre esas paredes, Paula no se sentía mal al abandonarla. Al contrario, experimentaba una especie de alivio. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Como si el tiempo vivido en esa casa y los recuerdos pesasen demasiado para seguir llevándolo a cuestas.</p>
<p>Vender su casa de toda la vida era un requisito imprescindible para poder comprar la otra, en la que fijaría su nuevo hogar. Aunque esto significase que debía abandonar la ciudad que la había visto nacer, y en la que Paula había decidido que no quería morir.</p>
<p>Desde que tomó la resolución de marcharse a vivir a otro sitio, las cosas no le habían resultado nada fáciles, al topar con la incomprensión de sus hijos. Sobre todo de Fernando, que se oponía tajantemente a una idea que él consideraba totalmente descabellada, por parte de su madre.</p>
<p>Y si la decisión de irse a vivir sola a otro lugar, le parecía a su hijo disparatada, cuando Paula le comunicó que pensaba instalarse en un pueblo perdido de la costa gallega, Fernando llegó a la conclusión de que su madre, definitivamente, había perdido el juicio. Pero ella se encontraba más cuerda que nunca y, por primera vez en su vida, se sentía dueña de su destino.</p>
<p>No había sido la suya una decisión precipitada sino, por el contrario, muy meditada. Era cierto que, al principio, la idea de abandonar Sahala y de irse a vivir a otro lugar le había venido de repente. Pero cuando dejó de ser una hipótesis para convertirse en una seguridad, Paula meditó mucho sobre este traslado, hasta que en su fuero interno se instaló la certeza indiscutible de que este cambio era necesario para romper con su vida anterior, y emprender una nueva etapa en su existencia.</p>
<p>Cuando le asaltaban las dudas, se repetía a sí misma que ella no tenía la culpa de que su marido hubiera muerto repentinamente de un infarto. Esa posibilidad no entraba para nada en sus planes. Siempre pensó que Paco y ella envejecerían juntos, que recogerían a sus nietos del colegio. Pero la vida había tomado sus propias decisiones, sin consultar a nadie. Y ella tenía que continuar viviendo por su cuenta.</p>
<p>Mientras salía del notario y se dirigía a su casa, para pasar la última noche en ella, Paula volvi a pensar en lo mal que habían digerido sus hijos la venta del piso. Y no s por qué dijo para sus adentros, al fin y al cabo parte del dinero ha ido a parar a sus manos. ¡Nadie le hace ascos a una cantidad tan importante!.</p>
<p>Quiso enfadarse con ellos por todas las dificultades que le habían puesto para llevar a cabo sus proyectos. Pero no pudo. Sabía que la preocupación de Fernando y de Elena por ella era sincera. Los pobres están desconcertados, creen que me he vuelto loca. Y en cierto modo llevan razón continuó pensando de buen humor es una locura abandonar todo lo conocido y querer vivir una nueva vida a mi edad. ¡Pero qué coño rectificó no soy ninguna vieja! Tengo derecho a ser feliz. Sea cual sea mi edad.</p>
<p>Paula llegó a su casa y contempló nuevamente aquellas habitaciones. Esa noche dormiría allí por última vez, entre aquellas paredes casi vacías. Aunque aún conservaba algunos de sus muebles que había vendido junto con la vivienda se notaba que la casa ya no tenía alma. Las pocas cosas que quería conservar de su pasado, ya estaban instaladas en Rossal, el pueblo de la costa gallega en el que establecería su nuevo hogar.</p>
<p>Desmontar la casa de Sahala, llena de recuerdos, había sido toda una catarsis para Paula.</p>
<p>Como no quería arrastrar cosas del pasado, decidió vender o regalar casi todo lo que había en la vivienda. Incluyendo la mayoría de su propia ropa y enseres personales.</p>
<p>Pensó que ya era hora de cambiar de look. Con el dinero que le iban a pagar por la venta, podía permitirse el lujo de amueblar la casa de Rossal a su gusto. Y eso era justamente lo que había estado haciendo durante las últimas semanas.</p>
<p>Desde el día en que decidió irse de Sahala, toda su energía había estado al servicio de una sola causa: la de encontrar un nuevo hogar donde vivir. La tarea no había sido nada fácil, pero Paula estaba convencida de que el sitio que había encontrado, al fin, era su lugar y allí pensaba vivir hasta el final de sus días.</p>
<p>Esa noche, mientras se tomaba un sándwich y una cerveza que había comprado en la cafetería de abajo, sonrió al recordar la cara que pusieron sus hijos cuando vieron por primera vez la casa que iba a comprar en Rossal. Aunque no tuvieron más remedio que reconocer que era muy bonita, sus rostros no podían disimular la preocupación que sentían por el traslado de su madre, a aquel pueblo perdido junto al Atlántico.</p>
<p>Sus hijos, su nuera y su nieta, viajaron con ella un fin de semana para conocer la casa.</p>
<p>Su yerno no había podido ir, tenía guardia, como siempre, y Paula agradeci una vez más su ausencia. Bastante tenía con soportar las pegas que iban a poner Fernando y Elena, como para tener que aguantar encima las ironías de su yerno.</p>
<p>Sonriendo, mientras tomaba su frugal cena, Paula rememoró el penoso viaje que hizo con su familia, en el coche de Fernando. Ella no paró de hablar durante todo el recorrido sobre las bondades del sitio tan precioso que había elegido para vivir, a la orilla del bravío mar, y las vistas espectaculares que se divisaban desde la terraza. Pero su locuacidad externa no conseguía disimular la inquietud que sentía por dentro, al suponer que sus hijos no aprobarían que se instalase en un lugar tan aislado.</p>
<p>Cuando llegaron a Rossal, Paula les enseñó la casa entusiasmada, pero los reproches no se hicieron esperar:</p>
<p>Pero mamá, ¿cómo vas a vivir en un sitio tan alejado dónde apenas hay nada? dijo Elena angustiada ¿Y si te pones enferma? ¡Aquí no hay médico, hasta dudo de que haya una farmacia! ¡Esto es un disparate! interrumpió Fernando a su hermana.</p>
<p>Intentando quitar hierro al asunto, Paula respiró hondo antes de responder a sus hijos, sin perder la sonrisa.</p>
<p>Bueno, bueno, vayamos por partes. Ya sabía yo que ibais a poner muchas pegas.</p>
<p>Vamos a ver dijo poniéndose en medio de ambos, cogiendo a cada uno de un brazo, mientras les hacía recorrer el luminoso salón ¿Os gusta la casa o no? ¡No me diréis que no es una maravilla! Dime Elena, ¿este sitio no te parece un sueño?</p>
<p>La casa es preciosa, mamá. Pero no estamos hablando de eso. Lo que yo digo es que éste no me parece el sitio indicado para que viva una mujer sola, tan lejos de nosotros.</p>
<p>Ya, una mujer ¿Y si fuera un hombre? Me puedo operar se atrevió a bromear Paula. ¡Esto es el colmo! añadió Fernando, visiblemente enfadado Si fueras un hombre estarías mal de la cabeza. Pero siendo una mujer mayor, una abuela, lo que demuestras es que estás rematadamente loca… porque hace falta estar loca para venirte a vivir aquí tú sola…</p>
<p>Fernando interrumpió la bronca a su madre, ante las miradas recriminatorias que le lanzaba Amalia. Ésta, en tono conciliador, suavizó el ambiente y dijo:</p>
<p>Deberíamos dejar que Paula se exprese. Seguro que ella ya ha pensado en cómo va a resolver todos esos problemas de aislamiento. Yo no creo que estés loca añadió dirigiéndose a Paula. Siempre me has parecido una mujer muy sensata concluyó, mirando suplicante a su marido, para que dejara hablar a su madre.</p>
<p>Gracias, Amalia dijo Paula, haciendo un guiño de complicidad a su nuera.</p>
<p>Un tenso silencio se instaló en el ambiente, interrumpido sólo por las carreras de Clara, que corría de una habitación a otra, ajena a la discusión de los mayores. Tras un profundo suspiro, Paula empezó a hablar con voz solemne:</p>
<p>Esta es mi casa, y aquí es donde viviré. No os he traído para recibir vuestra conformidad, sino para enseñárosla. Creo que soy lo suficientemente mayorcita como para decidir por mí misma lo que quiero hacer y cómo y dónde quiero vivir. ¡¡Pero…!! intentó cortarla Fernando, sin lograrlo.</p>
<p>No me interrumpas, por favor le rogó Paula, antes de continuar Los inconvenientes de vivir aislada, sí, sí, he dicho aislada reconoció ya los he tenido en cuenta. Pero creo que las ventajas los superan y, además, el aislamiento es más formal que real. Ya no estamos en la Edad Media. Es verdad que en este pueblo no hay médico, pero también viven otras personas. Por lo tanto, no estoy sola. Y existen unos aparatos que se llaman teléfonos, que te comunican con el resto del mundo…</p>
<p>Fernando intentó interrumpirla de nuevo, pero Paula le hizo un movimiento con la mano para que se callase.</p>
<p>Puedo comprar, ir al médico, a la peluquería, al cine… Qué sé yo. Tengo todos los servicios que necesite en el pueblo de al lado, San Roque, que sólo está a 15 kilómetros de aquí. ¡Sólo 15 kilómetros! Seguro que tu recorres esa distancia muchas veces al día viviendo en la Gran Ciudad añadió dirigiéndose a su hija ¡Está tan cerca que hasta podría ir andado o en bicicleta! Pero no, no lo haré se apresuró a rectificar con un gesto teatral, al ver la cara de sus hijos iré y vendré en el autobús que pasa diariamente, en taxi, o en el coche que me pienso comprar.</p>
<p>Fue Elena la que la interrumpió en ese momento: ¡¡Pero si hace siglos que no conduces!!</p>
<p>Sí, es verdad, pero volveré a conducir. No se trata de lanzarme a la autovía a velocidad de vértigo dijo Paula con convicción. Se trata de conducir un coche pequeñito para hacer los pocos kilómetros que me separan de San Roque, por una carretera secundaria, donde no hay ningún peligro, porque no pasan ni las águilas.</p>
<p>Tú lo has dicho afirmó Fernando de mal humor aquí no vienen ni las águilas.</p>
<p>Rememorando ahora esos momentos, tan cercanos y, sin embargo, tan lejanos, a Paula le vino a la memoria el día en que vio la casa de Rossal por primera vez. Llevaba más de un mes visitando inmobiliarias. Las había visto todas y había conocido multitud de ofertas. Pero ninguna le acababa de convencer. Estaba segura de que cuando viera la casa en la que habría de vivir, la reconocería al momento. Y eso fue lo que pasó cuando le enseñaron una fotografía de aquella casa.</p>
<p>Nada más verla se enamoró de ella, y conforme iba conociendo detalles, le iba gustando más. Estaba ubicada en un recóndito pueblo de escasos habitantes, Rossal, situado en la costa gallega, junto al mar Atlántico. Le dijeron que, cerca de allí, discurría el Camino de Santiago en su paso hacia Fisterra, y que la casa había pertenecido a una escritora:</p>
<p>Sara no sé qué. En aquellos momentos no se fijó en su apellido.</p>
<p>El hecho de que aquella casa hubiera pertenecido a una escritora pensó era una señal del destino dirigida a ella. Aunque no había dicho nada a sus hijos, pensaba retomar su vieja afición por la escritura, ahora que nadie podía impedírselo. No es que fuera a dedicarse a la literatura de forma profesional, ni nada por el estilo. Simplemente quería volcar su intimidad sobre el papel, tal como había hecho muchos años atrás.</p>
<p>Aquella casa y su nueva vida le invitaban a ello. ¡Tenía tanto tiempo que recuperar y tantas cosas que escribir!</p>
<p>De forma inmediata se interesó por el precio de la vivienda y cuando comprobó que era asequible para su bolsillo, a condición de vender la casa de Sahala, empezó a indagar sobre el sitio donde estaba ubicada, y decidió hacer un viaje por su cuenta, sin decir nada a nadie, para conocerla in situ.</p>
<p>Si ya se había enamorado al verla en fotografía, cuando estuvo ante la puerta, y se adentró entre aquellas paredes, no tuvo la menor duda de que viviría allí el resto de su existencia. En realidad, sintió que aquella casa se había construido para que ella la habitara. Era su casa y aquel era el lugar en el que quería vivir.</p>
<p>Con esta certidumbre, inició los trámites para comprarla. Fue entonces cuando conoció a Rodrigo, el único hijo de la escritora, y actual propietario. Rodrigo estaba relacionado con el mundo del cine, y vivía en Barcelona. Le dijo que había heredado la casa tras el fallecimiento de su madre.</p>
<p>Fueron los abogados los que se encargaron de la compra-venta, y Paula sólo vio a Rodrigo en una ocasión. Le pareció un joven guapo y muy amable, que no tendría más de 30 años. Éste le contó que vendía la casa porque necesitaba el dinero y porque le quedaba demasiado lejos de Barcelona como para poder disfrutarla.</p>
<p>Además le dijo mi madre sentía debilidad por ella y no me gusta ver cómo se va deteriorando al estar vacía. A ella le encantaría saber que va a ser una mujer sola la que la ocupe.</p>
<p>En poco tiempo todos los trámites y papeleos estuvieron superados, y Paula empezó a hacerse a la idea de que un ciclo de su vida se había cerrado para siempre, y otro nuevo se abría. A pesar de todo, esa noche, aún en Sahala, cuando se acostó por última vez en la que había sido su cama matrimonial, que dejaría allí con su pasado, sintió una especie de pánico.</p>
<p>Todo había ocurrido tan rápido, y ella había estado tan ocupada con la venta del piso y con el traslado, que casi no había tenido tiempo para pensar. Sólo para actuar, con la convicción de que estaba haciendo lo correcto. En esos momentos, sin embargo, un torrente de dudas acudió a su mente. ¿Y si me he equivocado? se preguntó en voz alta.</p>
<p>Inquieta, se revolvió en la cama y encendió la luz, como si con ese gesto quisiera alumbrar mejor sus pensamientos. ¿Pero qué estás diciendo? se respondió a sí misma Ahora ya no puedes volverte atrás. Este es un camino sin retorno. ¿De qué tienes miedo?</p>
<p>La pregunta quedó sin contestar. La sintonía en su móvil, sacada de un anuncio de Coca cola, le avisó que tenía una llamada. Antes de responder miró en la pantalla y comprobó que era de su hijo.</p>
<p>Hola Fernando, ¿qué tal? ¿Te he despertado? ¿Estabas durmiendo?</p>
<p>No, no dijo Paula estoy en la cama, pero no dormía.</p>
<p>Quería despedirme de ti…</p>
<p>Pero si ya nos hemos despedido a la hora de comer le interrumpió Paula.</p>
<p>Ya, bueno, quería despedirme otra vez. He estado intentando que me cambiasen la hora del juicio de mañana, para poder acompañarte a la estación de autobuses, pero ha sido imposible.</p>
<p>No te preocupes, Fernando. Ya te he dicho que sólo llevo un bolso de mano. Cogeré un taxi. Creí que había quedado claro…</p>
<p>Sí, sí, ya lo sé, pero es que me da no sé qué no acompañarte. Si te hubieras esperado al fin de semana, Amalia y yo te habríamos llevado a Rossal en el coche. Pero como parece que tienes tanta prisa… recalcó con tono de reproche.</p>
<p>No tengo ninguna prisa, hijo. En realidad no tengo nada que hacer ni aquí ni allí dijo Paula con cierta tristeza pero han sido unas semanas muy duras, de mucho ajetreo, y ya tengo ganas de ubicarme y de descansar en mi casa. No tiene ningún sentido que me quede en Sahala unos días más, en esta casa medio vacía, que ya ni siquiera es mía. Los nuevos dueños querrán sus llaves cuanto antes. Y, además, eso sólo supondría retrasar lo inevitable.</p>
<p>Hubo un silencio y Paula sintió cierta lástima por su hijo. Sabía que en el fondo de su alma, Fernando se culpaba a sí mismo por no haber sido capaz de retener allí a su madre y evitar que se marchase a vivir tan lejos de él. Era su forma de ser. En eso, como en tantas otras cosas, se parecía mucho a su padre. Paco también quería tenerlo todo bajo su control y que todo el mundo hiciera lo que él quería, si no, no era feliz.</p>
<p>Comprendiendo el drama interno que vivía su hijo, Paula continuó hablándole en un tono cariñoso:</p>
<p>Escucha, Fernando, no quiero que te preocupes por mí. Estaré estupendamente. Te prometo que si me siento mal allí, que si me encuentro sola, volveré a Sahala y me quedaré contigo, en tu casa. ¿Lo juras? preguntó Fernando con impaciencia en la voz.</p>
<p>A Paula esta pregunta le trajo recuerdos de la infancia de su hijo. Cuando ella se comprometía a algo con él, Fernando siempre le hacía jurar que cumpliría su palabra. Al escucharle ahora, no pudo evitar cierta emoción. Era como si no hubieran pasado los años y su hijo reclamaba ahora la misma sinceridad que cuando era pequeño. Sonriendo con cariño, le respondió como lo hacía entonces:</p>
<p>Lo juro, palabrita del niño Jesús.</p>
<p>Al escucharla, fue Fernando quien sonrió antes de decirle: ¡Mamá, que ya no soy un niño!</p>
<p>Paula no dijo nada, pero pensó que sí lo era y que ella no rompería su palabra. Entre otras cosas porque estaba segura de que viviría en Rossal, en aquella casa, hasta el final de sus días.</p>
<p>Después de un rato más de conversación intrascendente, Paula se despidió de su hijo y le agradeció su llamada, comprometiéndose a mantener contacto telefónico, hasta que Amalia y él fueran a visitarla.</p>
<p>Cuando terminó de hablar se sintió repentinamente cansada, pero el miedo que había experimentado momentos antes se había esfumado como por arte de magia, dando paso a una gran seguridad interior. En esos momentos estaba absolutamente segura de que había obrado correctamente.</p>
<p>Atrás quedaban 55 años en Sahala. Toda una vida. Dejando volar la imaginación, se vio cogiendo el autobús al día siguiente, sin mirar atrás. Después de varias horas de viaje, se vio llegando a San Roque, primero, y después, en un taxi, a Rossal. Se contempló entrando en su nueva casa, deshaciendo el equipaje, y llenándola con su presencia.</p>
<p>Después vio cómo se dirigía a la terraza, desde donde se podía contemplar la puesta de sol. Sí, en el atardecer del día siguiente, aún llegaría a tiempo para ver cómo el océano Atlántico se tragaba al astro rey. Y se vio allí, contemplando cómo los rayos sumergidos en el mar, otorgaban un tono anaranjado y violeta a la franja del horizonte, y a todo el paisaje a su alrededor.</p>
<p>Con los ojos cerrados, proyectó esas bellas imágenes en su imaginación, y sonrió satisfecha. Antes de caer en un tranquilo y profundo sueño, sólo le dio tiempo a pensar que al día siguiente, por fin, experimentaría de forma real todo lo que acababa de imaginar. Al despertar, comenzaría una nueva vida para ella.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO IV</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Paula contempló la puesta de sol en el mar, desde la terraza de su casa, con cierta melancolía en su ánimo.</p>
<p>Sin saber por qué, tuvo ganas de llorar. Desde que había llegado a vivir a Rossal había estado eludiendo esta pregunta: ¿Qué hago aquí? Pero en esos momentos no pudo ignorarla más y al enfocarla sin tapujos en su mente, las lágrimas acudieron a sus ojos como respuesta. Con toda sinceridad, no sabía qué estaba haciendo allí. Toda su ilusión por trasladarse a aquel lugar, se había desinflado como un globo.</p>
<p>Como si fuera una cría, se sorbió los mocos y se limpió la nariz con la manga de su camiseta, al tiempo que hacía un gesto con la cabeza, como queriendo decir: Tranquila, aquí no pasa nada. Pero sí pasaba. Era ingenuo pretender que estaba bien cuando no era así. Y no quería engañarse.</p>
<p>Eso es lo que le decía a sus hijos cuando la llamaban cada noche: que todo iba bien, que ella estaba fenomenal, que el sitio le gustaba muchísimo y que no, claro que no, ¿cómo iba a sentirse sola? ¡Qué cosas tenían! De ninguna manera, ella no se sentía sola, estaba feliz con el cambio que había realizado en su vida.</p>
<p>Eso es lo que les decía a ellos, y lo que ella misma se repetía continuamente, con la esperanza de creérselo. Había oído decir que si uno se repite muchas veces una cosa, acaba por creérsela. Era una especie de terapia, pensamientos positivos, lo llamaban, o algo así.</p>
<p>Vaya estupidez dijo en voz alta a mí eso me parece una forma de engañarse, nada más.</p>
<p>El efecto de sus propias palabras logró tranquilizarla un poco, algo que no había conseguido el espectáculo majestuoso de la puesta de sol. Suspirando profundamente, se preguntó cuántos días llevaba en Rossal. No lo sabía con exactitud, pero le parecieron una eternidad. Intentó echar la cuenta de cabeza, pero no se acordaba. ¿Tres semanas? dijo ¿Hace ya un mes? No, todavía no.</p>
<p>Al final dejó el cálculo y concluyó de viva voz:</p>
<p>Qué más da. Llevo suficiente. Suficiente para saber que a lo mejor me he equivocado al romper con mi vida anterior y venirme aquí.</p>
<p>Al verbalizar esta conclusión se asustó. Sintió cómo la opresión en el pecho, que venía padeciendo en los últimos días, a la que no había querido dar importancia, se intensificó hasta el punto de resultar un peso doloroso. Instintivamente se llevó la mano al corazón, y comprobó que éste palpitaba a un ritmo más acelerado de lo normal.</p>
<p>Sin quitarse la mano del pecho, contempló el tono violeta que estaba derramándose por el horizonte, después de que el océano se hubiera tragado un día más el disco solar.</p>
<p>Pensó que aquel era un paisaje magnífico. El mismo que la había cautivado meses antes, cuando eligió aquel lugar para vivir y que ahora se le antojaba ominoso. A veces incluso sentía miedo. No durante el día, pero sí al caer la noche. En ocasiones se despertaba de madrugada y le daba la impresión de que había alguien rondando la casa.</p>
<p>No quería obsesionarse con esas cosas. Ella nunca había sido miedosa. Claro que tampoco antes había vivido sola, en un lugar tan deshabitado. A veces el viento soplaba con fuerza, las maderas del techo abuhardillado de la casa crujían, o algún pájaro nocturno se posaba en el cristal de los tragaluces, y eso la asustaba. Pero no había de qué. Se convencía de que todos eran ruidos habituales en el entorno en que vivía.</p>
<p>Quizás, lo que más echaba de menos era la compañía de alguna voz humana. En el pueblo vivía poca gente. La mayoría eran personas mayores, con las que apenas cruzaba los saludos de rigor y alguna que otra frase intrascendente sobre el tiempo. La verdad es que todos la miraban como si fuera un bicho raro. O eso le parecía a ella. Días atrás, una anciana que se sentaba en la puerta de su casa a tomar el sol, le preguntó si ella era familia de la escritora.</p>
<p>Muy amablemente, Paula le explicó que no, que ésta había muerto y que ella le había comprado la casa a su hijo. La respuesta de la mujer fue sorprendente:</p>
<p>No creo que haya muerto dijo con convicción se la veía muy saludable. Viajaba mucho, seguro que está viviendo por ahí en algún lugar perdido del mundo. La última vez que la vi añadió bajando la voz, como si desvelase un secreto estaba sacando cosas de la casa, como si pensase mudarse. ¡Y lo hacía de noche! dijo la anciana agrandando visiblemente los ojos.</p>
<p>Paula dedujo que la vieja no sabía muy bien lo que decía, pero no se atrevió a llevarle la contraria, y se limit a sonreír, mientras en su fuero interno pensaba: Está majareta…</p>
<p>Dios mío, a d nde he venido yo a parar? Sin saber por qu record esa escena y también el día en que habló por primera vez con su enigmático vecino que, aunque vivía en la casa más cercana a la suya, apenas veía. ¿Fue la semana pasada cuando hablamos? se preguntó en voz alta ¿O era la anterior? Nuevamente no pudo establecer con claridad cuándo había ocurrido. Desde que vivía en Rossal, era como si el tiempo tuviera una dimensión distinta, se escurría entre los dedos. No se dejaba medir con arreglo a los parámetros habituales. Ella ya sabía que lo temporal es un concepto relativo. Pero allí… era más relativo todavía. Se estiraba y se encogía con mayor facilidad que en otros lugares.</p>
<p>La certeza de esta reflexión que acababa de hacerse, la llevó a decir en voz alta: ¡Dios mío!, ¿me estaré volviendo loca?</p>
<p>Sus palabras le dieron pie para imaginar rápidamente una fantasía: Un pueblo perdido en un agujero negro del tiempo. Pensó que una historia así, bien podría recogerse en un relato. Pero este último pensamiento la sumergió en un pozo de profunda tristeza, a juego con el color oscuro que iba adoptando el cielo, tras la puesta de sol.</p>
<p>Aunque había intentado retomar su juvenil hábito de escribir, no había sido capaz de juntar cuatro palabras. Y menos aún de hilar alguna frase coherente. Esto le provocaba una tremenda frustración, pues uno de los motivos por los que se había trasladado hasta allí era para poder reanudar su vieja afición por la escritura.</p>
<p>Sin embargo, no sabía por dónde empezar. Ideas no le faltaban, pero cuando quería trasladarlas al papel, se quedaba con la mente en blanco. Ni siquiera había podido expresar sus sentimientos más íntimos por escrito, como hacía años atrás con tanta facilidad.</p>
<p>Absorta en estos pensamientos, sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo, y se frotó los brazos al darse cuenta de que, al caer la noche, empezaba a refrescar. Con paso lento abandonó la terraza y se dirigió al interior de la casa. Antes de entrar miró hacia el oeste y vio que Venus ya había tomado posición en el cielo, en su lugar habitual, mientras numerosas estrellas empezaban a dar tímidamente la cara.</p>
<p>Un día más, la luz deja paso a la oscuridad sentenció en voz alta.</p>
<p>Al entrar a su casa se sintió reconfortada y protegida. Cogió una rebeca del armario de su dormitorio y empezó a encender la chimenea. Acababa de entrar el otoño y allí dentro no hacía frío, pero aún así le gustaba sentarse delante del fuego y contemplarlo.</p>
<p>Como si sólo esas llamas pudieran aliviar a su espíritu de la soledad que experimentaba, y poner algo de calor en la frialdad que sentía por dentro.</p>
<p>Después de varios intentos consiguió que la chimenea tirara, y se sentó en el sofá que había frente al fuego. Pero nuevamente, de forma machacona, la pregunta que no quería hacerse volvía una y otra vez a su cabeza: Qu haces aquí?.</p>
<p>En un intento desesperado por ignorarla, encendió la televisión y, sin prestar mucha atención a las imágenes que aparecían en la pantalla, fue pasando de una cadena a otra con el mando a distancia. Aquellos programas que emitían no lograban captar su atención.</p>
<p>Sólo salió de su ensimismamiento cuando escuchó claramente una voz que preguntaba de forma contundente: Qu haces aquí?. Como si despertase de un sue o, Paula fij su vista en la pequeña pantalla. Antes de darse cuenta de que la frase formaba parte de los diálogos de una vieja película de vaqueros, ella ya estaba fantaseando sobre una historia en la que se cruzaba el mundo real y el de ficción, y los protagonistas se conocían a través de la tele.</p>
<p>A pesar de que era muy tentador seguir imaginando argumentos noveleros, Paula no pudo dejar de pensar en la pregunta que acababa de escuchar, en boca de una heroína de cine, y que no era otra que la que ella luchaba por ignorar. Qu haces aquí? volvió a repetir la actriz en la televisión, por si Paula no la había oído con anterioridad.</p>
<p>Pero ella la había escuchado perfectamente. Y no sólo eso sino que, por primera vez desde que llegó a Rossal, sintió interiormente que ya era hora de asumirla y de responderla. Por eso, sin mucha convicción, dijo en voz alta lo primero que le vino a la cabeza:</p>
<p>No lo sé. No sé qué hago aquí, ni por qué dejé mi casa en Sahala y he venido a este lugar. Pero aquí estoy.</p>
<p>El impacto de esta autoconfesión fue seguido de un largo silencio. Un silencio que no era penoso ni hostil. Al contrario, era de los que arropan y acompañan. De los que provocaban una gran paz interior, y le hacían sentir a Paula que todo estaba bien como estaba. Que el mundo era perfecto, sin necesidad de cambiarlo, aunque no lo comprendiera racionalmente.</p>
<p>En este estado de aceptación, Paula no tenía ganas de pensar en nada. La pregunta que la había estado torturando día y noche, desde hacía semanas, por fin había sido contestada. Y con la respuesta, aunque ésta no aclarase nada, la tensión se había liberado. El miedo y la incertidumbre que venía experimentando, habían dejado paso a un estado de calma y serenidad. Y ella sólo quería disfrutarlo.</p>
<p>Hacía años que no se sentía así de tranquila. La relajación interna era tan intensa, que Paula se quedó profundamente dormida.</p>
<p>La sintonía de su teléfono móvil, que tenía en la mesita junto al sofá, la despertó bruscamente. No llegó a tiempo a cogerlo. O mejor dicho, no tuvo el menor interés en llegar a tiempo. Le fastidiaba que la hubieran despertado. Comprobó en la pantalla que era su hija, pero no le devolvió la llamada. No tenía ganas de hablar con nadie. ¿Por qué no la dejaban en paz? Seguro que Elena se preocupaba, pero Paula quería seguir disfrutando un poco más de su tranquilidad. Pens: ya volverá a llamar.</p>
<p>Tras avivar el fuego de la chimenea, cogió una pequeña manta y se la echó por las piernas. No tenía frío pero le gustaba acurrucarse y sentir el calor de esa prenda en su cuerpo. Se tumbó de nuevo en el sofá, y cerró los ojos. Intentó dormir otra vez, pero ya no pudo. No sabía cuánto tiempo había permanecido durmiendo, pero no quiso mirar el reloj. Cuando llegó a Rossal decidió que allí no le hacía falta. Se lo quitó, y lo guardó en el cajón de su mesilla de noche. No llevar reloj le daba sensación de libertad, y no pensaba romperla. Al fin y al cabo, ¡qué más daba la hora que fuera!</p>
<p>Con los ojos abiertos, continuó tumbada y a su memoria empezaron a acudir retazos inconexos de un sueño que acababa de tener:</p>
<p>Se vio a sí misma allí, en el terreno que había tras la casa, plantando flores. Aquella zona, que en la realidad estaba vacía, aparecía en su sueño como un hermoso jardín, y ella era la jardinera… Había alguien más, pero Paula no podía descubrir quién. Hizo un esfuerzo, pero las imágenes se escapaban de su mente. No se dejaban atrapar ni clasificar.</p>
<p>Un poco frustrada, volvió a cerrar los ojos y, cuando empezaba a adormilarse otra vez, la vio con toda claridad. La persona que hablaba con ella en su sueño era una mujer.</p>
<p>Tendría más o menos su edad. El pelo canoso, no muy largo, que llevaba recogido en una trenza. Le daba instrucciones sobre cómo debía plantar y cuidar las flores del jardín.</p>
<p>Intentando atrapar esas escurridizas imágenes, Paula tuvo la sensación de que conocía a esa mujer. Yo la he visto en algún sitio pensó pero no s d nde. Dispuesta a averiguar quién era su amiga de sueños, repasó mentalmente a las personas del pueblo que había visto últimamente. Porque estaba claro que no se trataba de nadie que ella hubiera conocido en Sahala. ¿Dónde he visto yo esta cara? dijo en voz alta como si alguien pudiera responderle Me suena un montón.</p>
<p>El teléfono móvil sonó de nuevo. Paula comprobó que era su hija y, después de dudarlo un rato, atendió la llamada. La voz de Elena sonó con un timbre de preocupación. ¿Dónde estabas? Me tenías preocupada.</p>
<p>Hola, Elena respondió Paula ignorando la pregunta de su hija. Pero ésta insistió ¿Dónde estabas?</p>
<p>Con cierto malhumor, que no pretendía disimular, Paula le dijo a su hija:</p>
<p>Estaba aquí, durmiendo en el sofá. Pero imagínate que hubiera estado fuera, o que me hubiera ido al cine. O a tomarme una cerveza al mesón… ¿Te pasa algo? Parece que estás de mala leche la interrumpió Elena.</p>
<p>No me pasa nada. Es sólo que me parece un poco exagerada esa manía vuestra de llamar en cuanto anochece para ver si estoy en casa, ¡como si tuviera 15 años! respondió.</p>
<p>Vale, vale. Ya veo que hoy no estás de buen humor. Supongo que también allí, en un paisaje tan idílico y en un mundo tan maravilloso como el que vives, ocurren estas cosas añadió Elena con ironía.</p>
<p>Pues sí, ya ves, también aquí se pone uno de mala uva de vez en cuando.</p>
<p>Las palabras de Paula fueron seguidas por un tenso silencio, que Elena se encargó de romper.</p>
<p>Bueno, mamá dijo ya con naturalidad no quería nada. Sólo saber si estabas bien, pero si mis llamadas te molestan, no tienes nada más que decírmelo. No digo que dejaré de llamarte, pero no lo haré con tanta insistencia.</p>
<p>Paula sintió remordimientos por el tono que había usado con su hija, y se apresuró a responderle:</p>
<p>Tus llamadas no me molestan. Tú no tienes la culpa de nada, soy yo, que hoy no estoy muy católica.</p>
<p>La expresión de Paula hizo reír a Elena.</p>
<p>Siempre me ha gustado esa frase. No se la he oído decir a nadie más que a ti. ¿Qué significa exactamente eso de que hoy no estás muy católica?</p>
<p>Pues no sé. Es algo que decía mi madre cuando estaba de mal humor o no se encontraba bien, y yo lo he heredado… Como tantas otras cosas, supongo. ¿Y qué es lo que te pasa para no estar muy católica? insistió Elena.</p>
<p>Paula pensó qué iba a decir antes de responder, convencida de que cualquier malestar que expresara sobre su nueva casa o el lugar al que se había ido a vivir, podría ser utilizado en su contra. Por eso decidió salirse un poco por la tangente:</p>
<p>No me pasa nada. He estado en la terraza viendo la puesta de sol y al venir he encendido la chimenea. Después me he quedado durmiendo en el sofá, y el teléfono me ha despertado. ¡A nadie le gusta que le despierten bruscamente!</p>
<p>Sí, es verdad dijo su hija poco convencida ¿Y qué tal todo? ¿Alguna novedad?</p>
<p>Pues no, de ayer a hoy no hay muchas novedades. El mar sigue en su sitio, con las olas yendo y viniendo, y yo en el mío respondió Paula con cierto retintín en la voz.</p>
<p>Vale, mamá, lo he captado. Entono el mea culpa. Soy una pesada, no llamaré con tanta frecuencia, pero ¡es que tú no llamas nunca! ¡Pero cómo voy a llamar, si no me dais tiempo!…</p>
<p>Paula se interrumpió antes de seguir por ese camino y reanudó la conversación, preguntando ella, antes de que Elena la interrogase otra vez. ¿Y vosotros cómo estáis? ¿Os vais a ir de viaje? Ya sabes que puedes dejarme aquí a Clara el tiempo que quieras. Seguro que nos lo pasamos muy bien. A ella le gustaría, y a mi me haría compañía.</p>
<p>No sé, mamá. No está claro que nos vayamos al viaje. Parece que Jorge tiene que ir a un congreso… No quiero aburrirte con mis historias, porque siempre son las mismas. Ya te avisaré si nos vamos ¿vale?… Cuídate, mañana te llamo… Bueno, o pasado. Ya te llamaré concluyó Elena, dando por finalizada la conversación.</p>
<p>Paula apenas pudo responderle, antes de que su hija colgase el teléfono. Elena no quería hablar de las malas relaciones que continuaba manteniendo con su marido, por eso en cuanto ella preguntaba lo más mínimo que afectase a su matrimonio, la conversación finalizaba con rapidez.</p>
<p>Pensando en la situación de su hija, empezó a fantasear con la muerte de su yerno. En su imaginación, vio el entierro de Jorge y a Elena viuda, vestida de negro, llevando de la mano a Clara, que tenía la carita muy triste. Ella también se encontraba allí en el cementerio, y mientras recibía los pésames junto a su hija y su nieta, escuchaba a dos médicos, compañeros de su yerno, cómo murmuraban sobre las causas de la muerte: Un accidente de tráfico, cuando Jorge iba de viaje junto a una enfermera. ¡Dios santo! dijo de pronto en voz alta ¡vaya imaginación la mía! Lástima que no sea capaz de escribir todas estas cosas.</p>
<p>Al decir estas palabras le vino a la cabeza, con toda nitidez, quién era la mujer que aparecía en su sueño: ¡Es la escritora! gritó ¡Es ella, Sara, la que vivía en esta casa!</p>
<p>Con una alegría infantil, como si hubiera hecho un gran descubrimiento, Paula intentó revivir de nuevo el sueño que acababa de tener. Sin embargo las imágenes se desdibujaban, se volvían huidizas, escurridizas. ¡¡Qué rabia añadió de viva voz no me acuerdo!! Pero estoy segura de que era ella. No hay ninguna duda.</p>
<p>Contenta con su descubrimiento, empezó a pensar dónde había visto la fotografía de esta mujer. Se acordó de ver su rostro en la solapa de algún libro. Antes de que vaciasen la casa, cuando ella ya había decidido comprarla, vio, entre otros libros de las estanterías de salón, algunas novelas de Sara. En una de sus visitas las hojeó, sin mucho interés, y ahí es donde vio su foto.</p>
<p>Dando saltos de alegría, Paula fue a la cocina para calentarse un vaso de leche y coger unos bizcochos que le servirían de cena. Mientras ponía todo en una bandeja, para llevárselo al salón, sintió una necesidad imperiosa de volver a ver la foto de Sara, y de leer aquellos libros a los que tan poco caso había hecho cuando estaban en su casa.</p>
<p>Con gran resolución, decidió que al día siguiente iría a la Biblioteca de San Roque para conseguir sus novelas.</p>
<p>Vamos a ver quién es esta mujer que se cuela en mis sueños sin mi permiso dijo en voz alta, mientras mojaba un bizcocho en la leche caliente.</p>
<p>Después de cenar, volvió a recostarse en el sofá y puso la televisión. Pero no podía concentrarse en nada de lo que veía. La imagen de Sara que había visto en su sueño volvía a su mente una y otra vez. Incluso tuvo la sensación de que no era la primera vez que soñaba con ella. Aunque no recordaba nada concreto, tenía la sospecha interna de que ya la había visto con anterioridad en alguna otra escena onírica.</p>
<p>Esto sí que da para un relato pensó una escritora que ha muerto sin acabar su obra, y se pone en comunicaci n con otra mujer, a trav s de los sue os, para que la termine.</p>
<p>Dejando a un lado su invención, Paula empezó a pensar que no sería mala idea hacer un jardín en la parte de atrás de la casa. Había terreno más que suficiente, y no sólo quedaría bonito, sino que esa actividad, inédita para ella, podría mantenerla ocupada.</p>
<p>Pensando en esa posibilidad, se vio, como en el sueño, plantando flores y cuidando la tierra. Fue en esos momentos cuando recordó las palabras que le estaba diciendo Sara, antes de despertar sobresaltada por el sonido del tel fono. La escritora le decía: La semilla tiene que morir para que la flor pueda nacer, y lo mismo les ocurre a las personas. ¿Qué habrá querido decir con eso? se preguntó Paula.</p>
<p>Nada más oírse se respondió:</p>
<p>Vaya estupidez, sólo ha sido un sueño, y yo estoy aquí especulando como si hubiera sido real… ¿Y por qué hablo tanto en voz alta, si no hay nadie? ¿Me estaré volviendo majareta? concluyó, mirando las sombras que las llamas de la chimenea proyectaban en las paredes.</p>
<p>No empieces, no empieces se dijo a sí misma, continuando con el monólogo.</p>
<p>Experimentó cierto miedo. Todas las noches, había siempre un momento en el que tenía la impresión de que no estaba sola en aquella casa. Era sólo un instante. Luego se pasaba y Paula volvía a estar tranquila. Pero por un tiempo fugaz, el miedo se adueñaba de su mente, aunque ella nunca le daba cobijo.</p>
<p>Simulando que le importaba, Paula dio un somero repaso por las distintas cadenas de televisión. Al no ver nada que acaparase su interés, decidió acostarse. Se puso el camisón y pasó al baño que tenía en su misma habitación, para asearse. Antes de meterse en la cama, como hacía cada noche, miró las estrellas que se veían a través de la claraboya de cristal, ubicada en el techo abuhardillado.</p>
<p>También podía ver los puntos luminosos mientras estaba acostada. Nunca había sido consciente, hasta esa noche, de que otra mujer había construido esa casa y había colocado la claraboya, estratégicamente sobre la cama, para poder ver las estrellas.</p>
<p>Cuando apagó la luz y la estancia quedó iluminada sólo con el fulgor de la luna y el cielo estrellado, Paula se preguntó qué clase de persona sería la escritora, cuya casa le pertenecía ahora.</p>
<p>Durante un buen rato no pudo dormir, y estuvo dando vueltas en la cama. Finalmente, el sueño la rindió. Esa noche, volvió a soñar con Sara, pero Paula no recordó nada concreto al despertar. Sólo tenía en su mente una firme resolución: ir a la Biblioteca de San Roque a conseguir los libros de la escritora. Luego iría a un vivero a comprar plantas y semillas para su nuevo jardín.</p>
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<p>CAPÍTULO V</p>
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<p>Con gesto mecánico se tocó el pequeño aro que llevaba en la oreja derecha. Siempre lo hacía cuando se encontraba tenso. Y en esos momentos lo estaba. Matías Cortés solía ponerse inquieto y malhumorado cuando tenía que acompañar a su padre a la consulta del psiquiatra. El anciano, de 85 años de edad, padecía una demencia senil galopante, que hacía difícil la convivencia con él. Aunque, a decir verdad, esa convivencia nunca había resultado nada fácil.</p>
<p>Matías Cortés era hijo único. Estudió Filología Hispánica en la Gran Ciudad, no porque tuviera ninguna vocación, sino como una buena excusa para abandonar el hogar familiar, harto de soportar las peleas entre sus padres y, sobre todo, harto de aguantar a su progenitor. Al poco de terminar la carrera, Adán, su padre, cayó gravemente enfermo, por lo que Matías se vio obligado a volver a San Roque y a preparar una oposición para trabajar en la Biblioteca Pública.</p>
<p>Desde el momento en que volvió a su ciudad natal, se incrementó aún más el fuerte resentimiento que tenía hacia su padre, y consideró una penosa obligación, un castigo, tener que renunciar a su vida en la Gran Ciudad, para cuidarlo. Si volvió no fue por él, sino por su madre. Matías se sentía muy unido a ella. Entre ambos se había establecido una especie de complicidad para hacer frente común y defenderse del fuerte carácter y la agresividad de su padre.</p>
<p>Eva pues así se llamaba su madre, por alguna broma del destino era 20 años más joven que su marido. Contrajeron matrimonio cuando Adán había superado la cuarentena, y un sinfín de frustradas relaciones sentimentales. Ella, sin embargo, era aún una joven inexperta cuando se enamoró perdidamente de aquel hombre maduro, que la encandiló con su verborrea.</p>
<p>El noviazgo apenas duró, y se casaron enseguida. Adán tenía prisa, al fin y al cabo era ya una persona mayor y con la vida resuelta. No había necesidad de esperar, dado que, años atrás, había comenzado a trabajar como funcionario en el Ayuntamiento de San Roque. Al poco de casarse, Eva se dio cuenta de su error, perdió de golpe su inocencia juvenil y, de la noche a la mañana, se vio metida en un matrimonio que no sólo no cumplía sus expectativas sino que, además, la hacía muy desgraciada.</p>
<p>Al darse cuenta de su error, tuvo tentaciones de separarse de su marido, pero era tanto el miedo que le tenía, que nunca se atrevió a planteárselo en serio ni a él ni a su familia, y optó por la resignación. Al fin y al cabo, como le repetía su madre cuando Eva intentaba refugiarse en ella para ahogar su pena: el matrimonio es para toda la vida, y ya se sabe cómo son los hombres! Adán puede resultar inaguantable por su carácter, pero no se emborracha ni te pega. Y lo más importante añadía, es funcionario, tiene asegurado su porvenir y las penas con pan son menos.</p>
<p>Una vez decidido que seguiría con Adán, hasta que la muerte los separase, Eva puso todas sus esperanzas en tener un hijo. Pero tampoco fue fácil quedarse embarazada.</p>
<p>Transcurrieron diez años desde la boda hasta el nacimiento de Matías. Durante ese tiempo, las relaciones del matrimonio se deterioraron cada vez más. Adán le echaba en cara a Eva su esterilidad y le recordaba, una y otra vez, que si se había casado con ella era, simplemente, porque quería tener hijos.</p>
<p>Después de muchas visitas al ginecólogo y de numerosas pruebas, se determinó que Eva estaba perfectamente dotada para concebir y que, posiblemente, el problema estuviera en Adán. Pero éste se negaba a aceptarlo, y ni siquiera consentía en ir al médico para los exámenes pertinentes. Alegaba que su virilidad no podía ponerse en entredicho.</p>
<p>Una noche, cuando Adán se disponía a mantener relaciones sexuales con su mujer, Eva se armó de valor, se encerró en el cuarto de baño y le dijo que jamás volvería a acostarse con él hasta que no permitiera que le examinasen. Adán se encogió de hombros y se acostó solo, dando voces y echando pestes sobre su mujer.</p>
<p>A la mañana siguiente, cuando se levantó para ir a trabajar al Ayuntamiento, ella continuaba encerrada en el cuarto de baño, por lo que Adán no pudo pasar y tuvo que asearse en el fregadero de la cocina, al tiempo que no dejaba de despotricar e insultar a Eva. En cuanto éste salió por la puerta, ella abandonó su reclusión voluntaria, con aspecto cansado pero con una sonrisa de triunfo reflejada en el rostro. Decidió que comería y volvería a su encierro cuando él estuviera a punto de regresar del trabajo.</p>
<p>Así fue, cuando Adán volvió a la hora de comer, la comida no estaba hecha para él, y Eva seguía encerrada en el baño. Adán golpeó la puerta con saña y soltó por la boca todo lo que se le ocurrió contra su mujer. Pero ésta se mantuvo en sus trece. Con la voz temblando por el miedo, pero intentando aparentar calma le anunció:</p>
<p>No pienso salir de aquí hasta que vayas al médico. Si no tenemos hijos es por tu culpa, y yo estoy ya harta de que me responsabilices a mí.</p>
<p>En un arranque de lucidez, Adán comprendió que, en esta ocasión, su mujer no pensaba ceder. Dando un portazo salió de su casa y, después de vagar un rato por la ciudad, se fue directamente a la consulta del médico. No regresó hasta pasada la media noche. Se dirigió al cuarto de baño y, golpeando con suavidad la puerta, dijo:</p>
<p>Eva, tengo hambre, ¿puedes prepararme algo de cenar?</p>
<p>Ella, que ya se había acomodado para pasar la noche en su encierro, no se molestó en contestarle. Tras un pesado silencio, Adán añadió, con un tono de enfado:</p>
<p>Ya he ido al médico. Me han dado cita para volver mañana… Me someteré a las pruebas que hagan falta.</p>
<p>Al escuchar a su marido, Eva salió del cuarto de baño y le preguntó, como si no hubiera pasado nada: ¿Qué quieres cenar?</p>
<p>El nacimiento de Matías no trajo paz ni felicidad al matrimonio, sino todo lo contrario.</p>
<p>Desde el primer momento Eva volcó todo su cariño y su atención en el niño, y Adán se sintió, cada vez más, como un extraño en su propia casa. Aquel crío lo había despojado de su lugar preferente como cabeza de familia, y le había arrebatado el amor de su mujer, si es que ella le había querido alguna vez según solía repetirse.</p>
<p>No era extraño que Matías fuera considerado por su padre como un suceso molesto en su vida, algo que había venido a enturbiar todavía más la ya escasa paz y estabilidad familiar. Por ello, se negó rotundamente a tener más hijos. Para justificarse ante su mujer, alegó que ya era muy mayor y que Matías había llegado a una edad en la que otros hombres ya tenían nietos.</p>
<p>Este razonamiento no engañó a Eva, que estaba muy al tanto de la animadversión que Adán sentía hacia su hijo. Pero a ella no le importaba. Era evidente que el niño no iba a salvar su matrimonio, pero al menos la salvaría a ella. Por eso centró en el cuidado de ese niño su razón de ser y su motivo para vivir, alejándose emocionalmente por completo de su marido.</p>
<p>Sobre todo desde que Adán, para evitar la posibilidad de un nuevo embarazo, dejó de mantener relaciones íntimas con ella, y se dedicó a frecuentar la compañía sexual de otras mujeres, a las que pagaba por sus servicios, y no le complicaban la existencia. A Eva, estas infidelidades de su marido, no sólo no la molestaron, sino que experimentó un profundo alivio al poder dedicarse en cuerpo y alma, al objeto de su amor: su hijo.</p>
<p>Inquieto, Matías volvió a tocarse el pequeño aro que colgaba del lóbulo de su oreja derecha. De forma automática, miró su reloj. Ya llevaba más de media hora esperando para entrar en la consulta. No le hacía gracia pedir permiso en la Biblioteca para acompañar a su padre al médico. Tenía derecho. Sabía que no le estaban haciendo ningún favor, que era algo a lo que tenía derecho, pero no le gustaba. Aunque si era sincero consigo mismo, en realidad lo que le desagradaba no era faltar al trabajo, sino tener que acompañar a su padre, que cada vez estaba más insoportable.</p>
<p>Con la edad, la agresividad y la intolerancia de Adán se habían agudizado. Matías pensó que, si nunca había sido fácil convivir con él, al envejecer, Adán había caído en una especie de paranoia, en un universo ficticio, en el que no sólo él y su madre, sino todo el mundo, estaban en su contra y pretendía hacerle la vida imposible.</p>
<p>Absorto en estos pensamientos, Matías apenas se dio cuenta de que su padre se había levantado de su asiento, y se estaba encarando con un señor que también estaba en la sala de espera. El hombre, de unos cuarenta años, miraba con perplejidad a Adán, sin entender lo que estaba pasando. ¡Le he dicho que deje de mirarme! chillaba el anciano.</p>
<p>Pero si yo no le estaba mirando intentaba justificarse el hombre.</p>
<p>Como una flecha, Matías salió disparado hacia el otro lado de la sala y cogió a su padre fuertemente del brazo, intentando llevárselo junto a él.</p>
<p>Disculpe dijo Matías al hombre es que no se encuentra bien.</p>
<p>Me encuentro estupendamente gritó Adán ¿quién le ha enviado para espiarme?</p>
<p>Vamos, dígamelo si tiene huevos. Salgamos a la calle y peleemos como dos hombres añadió, mientras levantaba los puños en actitud de pelea. ¡Ya está bien, Adán! le recriminó Matías, que siempre llamaba a su padre por su nombre, llevándoselo literalmente a empujones hacia su asiento.</p>
<p>Un poco más tranquilo, Adán se volvió hacia su hijo y le dijo:</p>
<p>No creas que me engañas, sé que tu madre y tú me espiáis. Seguro que habéis pagado a ese hombre para que me siga.</p>
<p>No seas ridículo respondió Matías en voz baja y de mala gana para qué iba a pedirle a nadie que te espíe cuando estoy aquí contigo y puedo ver lo que haces.</p>
<p>El psiquiatra les había aconsejado que no llevasen la contraria a Adán y, en la medida de lo posible, le siguieran la corriente. Por eso Matías intentaba con él razonamientos lógicos, como el que acababa de emplear, en lugar de decirle que ese complejo de persecución que padecía era sólo fruto de su imaginación. A pesar de eso, Adán seguía en sus trece y mirando a su hijo a los ojos, le dijo:</p>
<p>No creas que me engañas, traidor.</p>
<p>Vale, lo que tú digas respondió Matías suspirando profundamente, acomodándose de nuevo en el sillón de cuero de la sala de espera.</p>
<p>Con desgana, volvi a mirar el reloj. De pronto se sinti muy cansado, agotado. Mejor estarías muerto, se dijo para sus adentros. Era la primera vez que se atrevía a dar voz a este pensamiento, aunque fuera para sí mismo y, según comprobó con curiosidad, no le produjo ningún tipo de remordimiento. Su padre le había amargado la vida desde que él tenía uso de razón para recordar, y ya estaba harto.</p>
<p>Por su cabeza pasó, una vez más, la idea de irse de su casa, de San Roque, de abandonar su trabajo, de pedir una excedencia, de concederse un respiro, porque ya no podía más.</p>
<p>Estaba llegando al límite. Pero, también una vez más, rechazó de plano esa posibilidad.</p>
<p>No podía dejar a su madre sola en esos momentos. Eva lo necesitaba más que nunca.</p>
<p>La melodía de una canción de moda sonó en el bolsillo de su pantalón y Matías sintió un cosquilleo en el muslo con la vibración de su teléfono móvil. Lo cogió y comprobó en la pantalla que era Susana. La que faltaba dijo para sus adentros. Dudó unos instantes y, finalmente, apretó el botón que establecía la conexión.</p>
<p>Hola ¿dónde estás?</p>
<p>Esa era siempre la primera pregunta que le hacía Susana, y a él le sacaba de quicio. ¿Por qué tenía que darle explicaciones? se decía a sí mismo. A pesar de todo respondió de mala gana:</p>
<p>Estoy con Adán en la consulta del psiquiatra. ¿Qué le ha dicho?</p>
<p>Todavía no hemos entrado, así que no le han dicho nada contestó Matías recalcando la última frase. ¡Ah, bueno, creí que ya lo había visto!… Pues entonces te llamo luego. ¿Estás bien?</p>
<p>Esta era la segunda pregunta que siempre hacía Susana y que también le ponía de los nervios. Lo bastante que ella le preguntara si estaba bien, para que él se pusiera de mala leche. Suspiró profundamente, y dijo en un tono de mal humor:</p>
<p>Estoy todo lo bien que se puede estar cuando llevo a Adán al médico y me monta un pollo con un señor, como el que me acaba de montar…</p>
<p>Vaya, lo siento afirmó Susana con su habitual tono comprensivo, que tanto molestaba a Matías No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está bien…</p>
<p>Oye, ahora no puedo hablar la cortó él bruscamente. Luego te lo cuento, ¿vale?</p>
<p>Sí, sí, claro, luego hablamos. Ya te llamaré cuando…</p>
<p>No, no me llames volvió a interrumpirla sin contemplaciones cuando lo vea el médico y deje a Adán en casa voy a la Biblioteca. No quiero faltar al trabajo toda la mañana. Yo te llamaré esta tarde concluyó antes de colgar, y sin dar tiempo a escuchar la respuesta de Susana.</p>
<p>Visiblemente nervioso volvió a tocarse el aro que llevaba en la oreja derecha y nuevamente miró el reloj. Ya sólo quedaban él y su padre en la sala de espera, los otros pacientes, incluyendo el señor con el Adán se había encarado, ya se habían marchado.</p>
<p>Después de la bronca, el anciano se había tranquilizado y dormitaba en el sillón que había junto al suyo. Matías suspiró profundamente y se preguntó, una vez más, por qué Susana lo sacaba tanto de quicio. Llevaba un año saliendo con ella, pero la irritación que le provocaba no era algo que se hubiera generado con el tiempo o la convivencia.</p>
<p>Siempre, desde el primer momento, había estado ahí.</p>
<p>Susana trabajaba como empleada en la farmacia cercana a su casa, donde Matías compraba las medicinas de su padre. Era 13 años menor que él, pero su inocencia natural la hacían parecer aún más joven de los 22 años que tenía en esos momentos.</p>
<p>Había empezado a estudiar Farmacia, pero la repentina muerte de su padre y la escasa pensión que le había quedado a su madre, había provocado que Susana tuviera que dejar la carrera a medio para ponerse a trabajar.</p>
<p>Ella siempre decía que la iba a terminar, pero lo cierto es que ya llevaba dos años trabajando en la farmacia y en ese tiempo no se había matriculado de ninguna asignatura de los dos cursos que le quedaban. Mucho se temía Matías que Susana se conformase con su puesto de trabajo, y no tuviera intención de terminar sus estudios. Cosa que él no entendía. Cuando Matías se lo recordaba, Susana siempre decía lo mismo. Que no le metiera prisa y que, al fin y al cabo, ya estaba ejerciendo de farmacéutica, que es lo mismo que haría con la carrera terminada.</p>
<p>En realidad, Susana era una persona encantadora. A Eva le caía muy bien y Matías se preguntaba hasta qué punto la simpatía de su madre hacia la chica, había propiciado el que empezasen a salir juntos. Siempre había tenido la extraña sospecha de que entre Susana y su madre existía una especie de complicidad oculta para favorecer el noviazgo. ¿Somos novios? le había preguntado Susana cuando llevaban varios meses saliendo juntos.</p>
<p>Un tanto perplejo por la pregunta, Matías respondió:</p>
<p>Yo diría que ése es un término algo pasado de moda.</p>
<p>Entonces ¿qué somos? insistió ella.</p>
<p>Matías era consciente de que la pregunta no tenía nada de inocente y que estaba pisando un terreno resbaladizo. Por eso midió sus palabras.</p>
<p>Somos dos personas que, de momento, están juntas.</p>
<p>Y que se quieren añadió Susana.</p>
<p>Sí claro dijo él con escasa convicción.</p>
<p>En realidad ésa era la pregunta del millón. La que Matías evitaba hacerse, por miedo a la respuesta que podía encontrar. Sin embargo en esos momentos, sentado en el sillón de aquella consulta, se atrevi a preguntarse para sus adentros: Quiero a Susana? ¿Compartiría mi vida con ella? ¿Estoy enamorado? ¿Cuáles son mis sentimientos hacia esta mujer?</p>
<p>Abrumado por tanto interrogante, pensó que estaba demasiado cansado para responderse y, como queriendo justificarse, empezó a enumerar las virtudes de la joven.</p>
<p>Empezó por el físico. No había duda de que era una mujer guapa. Casi tan alta como él, rubia, delgada, con ojos castaños y una permanente sonrisa en la cara.</p>
<p>Al llegar a este punto se dio cuenta de que esa sonrisa persistente y esa continua amabilidad, en realidad lo sacaban de quicio. Se sorprendió, malhumorado, al ver que estaba considerando como defectos las aparentes virtudes de Susana. Y es que ahí está lo malo pensó su buen carácter, su comprensión y su eterna amabilidad es lo que me pone enfermo. No la aguanto.</p>
<p>Esta última frase: no la aguanto, reson una y otra vez en su interior. Si no la aguantaba, ¿cómo iba a compartir su vida con ella? ¿Cómo se puede querer a alguien a quien no soportas? Si cuando pasaban juntos una tarde entera, estaba deseando dejarla en su casa. ¿Cómo iba a casarse con ella? Porque estaba claro que Susana ya se veía entrando en la iglesia, a los acordes de la marcha nupcial, y a él vestido de chaqué, esperándola junto al altar.</p>
<p>Así se lo hizo saber ella la primera vez que hicieron el amor. Le dijo que había estado reservando su virginidad para el hombre con el que compartiría su vida. El se quedó tan perplejo, que no supo qué decir. Creyó que era una broma y sonrió. Luego resultó que era verdad, que Susana era virgen, que fue él quien la desvirgó y que, desde ese momento, ella se le pegó como una lapa, dando por hecho que con aquel acto habían sellado su unión para siempre.</p>
<p>Es como si nos hubiéramos casado ya le dijo ella.</p>
<p>Adán seguía dormitando en el sillón. Era producto de la medicación. Tan pronto se ponía irascible, o se quedaba dormido, como si estuviese sedado. Matías, tras mirar nuevamente el reloj, se levantó de un salto y comenzó a pasearse por la aséptica sala de espera, con las manos en la espalda. Por qu todas las consultas m dicas son iguales?, se preguntó.</p>
<p>Como si algo en su interior le obligase a pensar en Susana, evocó aquélla primera relación sexual con ella. Ocurrió después del cine, a las pocas semanas de empezar a salir juntos, en los asientos traseros de su coche. Aunque fue un auténtico desastre y Susana no dejó de quejarse por el dolor que sentía, lo cierto es que, al terminar, parecía sentirse muy feliz. Y estaba guapísima.</p>
<p>Sus ojos castaños tenían un brillo especial. La coleta que siempre llevaba atrás, para recogerse el pelo, se había deshecho. Y allí, en aquel descampado, con el reflejo de la luna sobre su rostro, el cabello suelto y alborotado, estaba muy guapa.</p>
<p>Él también se fue contento a su casa aquélla noche. Llevaba mucho tiempo sin hacer el amor con nadie. No era fácil allí en San Roque. Cuando estudiaba la carrera en la Gran Ciudad era distinto. Tuvo varias relaciones, ninguna seria. Para qué engañarse, en aquellos años de universitario, ningún chico se planteaba otra cosa que no fuera dar rienda suelta a las hormonas. Ya habría tiempo para compromisos.</p>
<p>Pero desde que volvió a vivir a San Roque, hasta que hizo el amor con Susana, no había mojado, como se decía vulgarmente en el argot varonil, y sus desahogos eran en solitario. Por eso aquella noche volvió satisfecho a su casa. Sus manos habían acariciado de nuevo una piel de mujer. Estaba tan excitado que, ya en la cama, recordando el cuerpo de Susana, se masturbó antes de quedarse dormido.</p>
<p>Al día siguiente, cuando ella le llamó por teléfono, comprobó que la experiencia de la noche anterior había tenido un significado distinto para ambos. Fue en esa conversación en la que Susana le confes que, para ella, era como si ya estuviesen casados. Matías no supo qu responder y opt por el silencio. Para l, aquello s lo había sido un polvo. Un bendito polvo que ya le iba haciendo buena falta.</p>
<p>Ella le dijo que le quería. Y él pensó que cómo se podía querer a una persona a la que apenas se conocía. No obstante, para no herir sus sentimientos, le respondió con un lac nico yo tambi n. Ahora, despu s de un a o juntos, pens que lo mejor para l de su relación con Susana, eran los esporádicos contactos sexuales que mantenía con ella.</p>
<p>Aunque una vez satisfechos sus instintos, estaba deseando despedirse y sentía un gran alivio cuando la dejaba en su casa.</p>
<p>Como no era ningún ingenuo, se daba cuenta de que las malas relaciones de sus padres habían marcado profundamente su personalidad, hasta el punto de que experimentaba una gran alergia a todo lo que significase un compromiso con las mujeres. Quizás por eso a sus 35 a os todavía permanecía soltero. O quizás no he encontrado aún a la persona adecuada pensó con cierto aire de cinismo, pues no creía que realmente existiera la persona adecuada.</p>
<p>Hacía mucho tiempo que no evaluaba sus creencias con tanta intensidad como lo estaba haciendo en ese momento. Pensó que, en realidad, hacía mucho tiempo que no evaluaba nada de nada. Su vida se limitaba a un pasar los días, sin metas, sin horizontes, sin ilusiones.</p>
<p>La noche que podía se escapaba de quedar con Susana, con la excusa de que había tenido muy mal día en la Biblioteca, o culpando al estado senil de su padre, que le obligaba a permanecer en casa. Pero en su interior sabía que sólo eran excusas. A veces iba a dar una vuelta solo o se metía en el cine. Pero esto último dejó de hacerlo cuando, en más de una ocasión, tuvo que ver la misma película dos veces, porque Susana quería verla y él no se atrevía a decirle que ya la había visto.</p>
<p>Tampoco tenía muchos amigos. San Roque era un pueblo de viejos y de gente joven que salía huyendo de allí en cuanto podía. Los pocos conocidos que quedaban de su edad estaban casados y tenían hijos pequeños. Si alguna vez quedaba con alguno, se sentía completamente fuera de lugar. Al principio de volver a su casa, solía escaparse los fines de semana a la Gran Ciudad. Pero también dejó de hacerlo porque poco a poco fue perdiendo el contacto con sus amistades de la universidad.</p>
<p>Recapitulando en esos momentos sobre su vida, Matías experimentó una gran tristeza por dentro. Aunque la luz del sol entraba a raudales en aquella aséptica y pulcra sala de espera, sintió en su interior y a su alrededor una gran oscuridad. Una imagen sombría se instaló en su cabeza, como si las paredes se juntasen y a él no le quedase espacio vital para respirar.</p>
<p>Consciente de que aquello no era bueno, pens: Vaya hombre, como siga por este camino, el psiquiatra tendrá que tratarme a mí en lugar de a Adán. Tengo que hacer algo. Tengo que salir de este túnel…</p>
<p>La voz fría y profesional de una enfermera interrumpió los pensamientos de Matías, al anunciar en voz alta, como si quedase alguien más en la sala de espera:</p>
<p>Adán Cortés, puede pasar.</p>
<p>Matías despertó a su padre, le ayudó a incorporarse, mientras el anciano balbuceaba algo ininteligible, y ambos pasaron a la consulta del psiquiatra. .</p>
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<p>CAPÍTULO VI</p>
</epigraph>
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<p>Paula se miró en la luna de un escaparate antes de entrar a la Biblioteca Pública de San Roque.</p>
<p>Se atusó el pelo con los dedos y ratificó, con satisfacción, que por fin habían dado con el tinte que a ella le iba bien.</p>
<p>Había cambiado su habitual color rojizo por un tono rubio oscuro que, no sólo le sentaba de maravilla, sino que la hacía parecer más joven. Algo a lo que también contribuía ese corte a lo chico, tan atrevido, que realzaba los ángulos de sus facciones y resaltaba el verde de sus ojos.</p>
<p>Chica dijo para sus adentros estás genial, pareces una cría pecosilla. Con un taconeo y un movimiento de nalgas, que consideró impropio para su edad, pero que le encantaba, Paula subió las escaleras de la Biblioteca y, tras comprobar un panel informativo, se encaminó a la sala de préstamos. Se acercó al mostrador y preguntó a un joven, con aspecto de estirado, que tenía un aro en la oreja derecha, dónde podía encontrar los libros de Sara Bermúdez. Este le indicó un ordenador para que ella misma los buscara.</p>
<p>Ya dijo Paula pero es que no sé cómo se hace. Tendría la bondad de indicarme…</p>
<p>De mala gana, el joven salió de detrás del mostrador y le dijo a Paula que debía teclear el nombre de la autora, o el título de alguno de sus libros, y el ordenador le daría un número de referencia. Con ese número, tenía volver a hablar con él, y se le proporcionaría el libro.</p>
<p>Paula apenas pudo darle las gracias porque cuando fue a hacerlo se dio cuenta de que el joven ya se había marchado, dejándola con la palabra en la boca. Qu grosero, pens mientras sonreía mirando a su alrededor. Al ver que nadie la observaba, se dispuso a seguir las instrucciones que le habían dado. Pero la cosa no le resultaba nada fácil. Era la primera vez en su vida que se las tenía que ver con un ordenador, y no sabía cómo hacerlo.</p>
<p>Con gran dificultad, tecleando con un solo dedo letra a letra, puso el nombre de Sara Bermúdez en un espacio en blanco, pero luego no supo cómo tenía que trasladarse a otro espacio que había más abajo, y que también debía rellenar. Con gran apuro, empezó a tocar teclas y, sin saber cómo, consiguió borrar lo que había escrito con anterioridad, y cambiar el fondo de pantalla. Al darse cuenta, le salió un grito ahogado que, en el silencio de la Biblioteca, sonó como la llamada de Tarzán en la selva.Todo el mundo levantó la cabeza, aunque volvió a lo suyo casi de inmediato. Todos menos el bibliotecario, que cada vez la miraba con más mala cara, y que ya no le quitaba el ojo de encima. Paula se volvió hacia él, y realizó gestos con la mano, para indicar que no sabía c mo hacerlo. Él, entre cabreado y divertido, le dijo en un tono bajo y forzado: El ratón. Utilice el ratón.</p>
<p>Paula, mir rápidamente al suelo con cara de susto, y dando saltitos, grit: Qu rat n!</p>
<p>D nde hay un rat n?</p>
<p>La carcajada de las personas que la escucharon alrededor no se hizo esperar, incluyendo la del bibliotecario. Por lo menos pensó Paula ya no está de mal humor. Con paso decidido, el joven se dirigió a ella. Sin poder contener la risa le indicó el ratón que había sobre la mesa. Paula abrió sus enormes ojos verdes: ¿Eso es el ratón? preguntó a modo de disculpa. Pues vaya nombre. Es que yo no tengo ni idea de estas cosas, sabe usted.</p>
<p>Me llamo Matías dijo él más relajado y, por favor, no me hable de usted.</p>
<p>Pues tú a mí tampoco respondió Paula coqueteando descaradamente no soy tan vieja.</p>
<p>Claro que no, eso salta a la vista concluyó Matías sin poder evitar que sus ojos se posasen en el escote de Paula.</p>
<p>Ella notó la mirada del joven clavándose en sus pechos. Y aunque no se veía la cara, estaba segura de que se había puesto colorada como un tomate. Sin saber muy bien cómo reaccionar, sonrió a Matías estúpidamente, intentando que la mueca en su cara pudiera disimular el cosquilleo que sentía en la boca del estómago y… un poco más abajo.</p>
<p>Dios santo pensó hacía siglos que nadie me miraba de esa manera. Casi sin darse cuenta, se vio fantaseando una tórrida escena en la que aquel joven tan simpático se abalanzaba sobre ella y la besaba apasionadamente.</p>
<p>La voz de Matías interrumpió su fantasía:</p>
<p>De acuerdo, nos tutearemos dijo sin quitarle ojo al escote ¿Cómo me has dicho que te llamas?</p>
<p>No te lo he dicho; me llamo Paula.</p>
<p>Bien, Paula, ¿cómo se llama la autora? ¿Qué autora? preguntó ella con cara de despiste.</p>
<p>La del libro que quieres buscar le explicó él sin borrar la sonrisa. ¡Ah, ya! Sara Bermúdez. Sí, así se llama, Sara Bermúdez. Yo vivo en la que fue su casa ¿sabes? la compré hace poco tiempo. ¿En serio? dijo él, tecleando con rapidez el nombre de la escritora, y apuntando las referencias de sus libros en un papel.</p>
<p>Mientras se acercaban al mostrador, Paula, que por alguna extraña razón no podía dejar de hablar, le contó a Matías que era viuda y vivía en Rossal desde hacía un mes, en la casa que había pertenecido a Sara Bermúdez. Le dijo que la había comprado a su hijo, tras la muerte de la escritora.</p>
<p>Casi sin darse cuenta, ambos establecieron una animada conversación, en voz baja, como si fueran viejos amigos. A ratos, las risas ahogadas de Paula, que sonaban como estruendosas carcajadas en el silencio de la sala de lectura, obligaban a las personas que estaban allí a levantar la vista de sus lecturas.</p>
<p>Momentos después, Paula salió de la Biblioteca con una sonrisa de oreja a oreja, la autoestima por las nubes, y la promesa de Matías de que, cuando devolvieran algún libro de Sara Bermúdez, ya que todos estaban prestados, él mismo la llamaría para comunicárselo.</p>
<p>Sin saber muy bien por qué, siguiendo un impulso, Paula le dio su teléfono e invitó a Matías a visitarla en su casa.</p>
<p>Tengo una terraza con vistas al mar le dijo desde donde se ven unas magníficas puestas de sol.</p>
<p>Para su asombro, Matías no sólo no puso ningún reparo, sino que se ofreció a visitarla y a llevarle, personalmente, alguna novela de Sara Bermúdez.</p>
<p>La posibilidad de ver a Matías en su casa, a solas, desbordó la imaginación de Paula, quien se vio con el joven metido en su cama, después de haber practicado numerosos y variados juegos eróticos en el salón. Estas ensoñaciones sexuales, la excitaron hasta el punto de que se sorprendió a sí misma andando por la calle, sonriendo como una boba, sin saber a dónde se dirigía. Tuvo que pararse, mirar alrededor, y preguntarse: Pero ad nde voy?</p>
<p>Paula hizo varias respiraciones profundas, puso nuevamente los pies en la tierra y recordó que deseaba ir a un vivero a comprar plantas para su futuro jardín. Más sosegada, y pensando que debía controlar su imaginación, se dirigió a una parada de taxis y subió en el primer vehículo que había en la cola.</p>
<p>El coche la esperó mientras ella realizaba sus compras y, momentos después, con el maletero lleno de macetas, semillas y un nuevo libro sobre plantas y jardines, pidió al taxista que la llevase hasta Rossal.</p>
<p>En los veinte minutos aproximados que duraba el trayecto, Paula no dejó de pensar en Matías. El joven parecía tímido, pero teniendo en cuenta cómo la había mirado, ella dedujo que debía ser muy apasionado en la cama. Este pensamiento la hizo asombrarse y ruborizarse. Qui n te ha visto y qui n te ve! pensó mientras soltaba una sonora carcajada debe ser mi nuevo look el que me hace ser tan atrevida. ¿Decía usted algo? preguntó el taxista al oírla reír.</p>
<p>No, no se apresuró a responder Paula iba pensando en mis cosas… Me pasa a menudo, ¿sabe? Que hablo yo sola apostilló a modo de explicación.</p>
<p>Ya respondió el taxista mirándola de reojo por el espejo retrovisor, como si estuviera mal de la cabeza.</p>
<p>Sin dejar de sonreír, Paula continuó pensando en Matías y concluyó que era un joven atractivo. Pero joven, demasiado joven. Cuántos a os tendrá? se preguntó para sus adentros Dios mío, seguro que yo podría ser su madre suspiró, revolviéndose en el asiento… Pero no lo eres escuchó con nitidez una voz en su interior. ¡Claro que no lo soy! gritó Al darse cuenta de que había levantado nuevamente la voz, sonrió al taxista. El hombre se limitó a mirarla de nuevo por el espejo retrovisor, con cara de incredulidad, pero con la certeza de que estaba loca.</p>
<p>Dispuesta a no verbalizar ni una sola palabra más, Paula recordó la sonrisa de Matías y visualizó su rostro para retenerlo en la memoria y que no se le olvidara. Con los ojos cerrados se vio a sí misma acariciándole su pelo corto y moreno y asomándose a esos ojos azul claro, cuya mirada franca y transparente la había hipnotizado.</p>
<p>Tan ensimismada estaba con su ensoñación, que no se dio cuenta de que habían llegado ya a la puerta de su casa. Fue la voz del taxista la que la sacó de su fantasía. ¡Señora! ¡Señora! Que ya hemos llegado dijo el hombre, con cara de pocos amigos. ¡Qué pronto! respondió Paula sobresaltada ha venido tan deprisa que se me ha pasado el tiempo volando.</p>
<p>Como respuesta, el taxista se limitó a mirarla de arriba abajo, preguntándose de dónde habría salido semejante personaje. Después de que Paula le pagase, el hombre vació el maletero, dejó las macetas en la puerta y se fue a toda prisa, murmurando algo ininteligible.</p>
<p>Vaya hombre más antipático dijo Paula en voz alta, mientras trasladaba las plantas al interior de la casa podía haberme ayudado a entrarlas.</p>
<p>Con un apetito inusual, Paula dio buena cuenta de un gran plato de caldo gallego que se recalentó en el microondas. Como estaba sola, no cocinaba todos los días y, cuando lo hacía, siempre preparaba más cantidad, guardaba las sobras en el congelador, y tenía comida para dos o tres días.</p>
<p>Cuando terminó con el café, decidió que empezaría a preparar su jardín esa misma tarde. Como no tenía ni idea, hojeó el libro que había comprado en el vivero y se dispuso a seguir sus instrucciones. Había adquirido también las herramientas necesarias y el tipo de macetas que podía plantar en esa época del año. Según decidió, ella misma haría todo el trabajo. Así ocuparía su tiempo y le serviría de distracción.</p>
<p>El día era cálido y luminoso, demasiado cálido para esta poca oto al, pens. El aire estaba limpio, olía a mar. Paula aspiró profundamente varias veces, mientras limpiaba el terreno de malas hierbas.</p>
<p>Cuando estuvo limpio, hincó la rodilla en tierra y se puso a cavar. Casi de inmediato empezó a caerle el sudor por la frente. La tierra estaba más dura de lo que parecía, y no era fácil hacer un agujero lo suficientemente hondo como para introducir la planta. Aún así, no se dio por vencida, y continuó cavando.</p>
<p>Al cabo de un buen rato, decidió que era mejor mojarla y entró en la casa para coger la manguera. Cuando salió nuevamente, casi se muere del susto. Un hombre la miraba fijamente. Paula no pudo reprimir un grito: ¡Ahhh! ¡Dios, qué susto me ha dado! añadió al comprobar que se trataba de su misterioso vecino, que la observaba desde la verja de su casa, en el terreno que lindaba con el de Paula.</p>
<p>Lo siento, no era mi intención asustarte dijo el hombre Te estaba observando y he visto las dificultades que tenías para cavar en la tierra. Te iba a sugerir que la mojases. El agua siempre ablanda.</p>
<p>Ah, pues muchas gracias, pero ya se me había ocurrido a mí. Eso sí, después de romperme dos uñas y de tragar una buena cantidad de polvo respondió Paula, queriendo mantener una conversación.</p>
<p>Pero él continuó allí, mirándola fijamente, sin añadir palabra. Paula se puso nerviosa, su cuerpo se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. La mirada de aquel hombre era terrible, poderosa, penetrante. Por alguna extraña razón sintió miedo y pensó que no le gustaba un pelo tenerlo de vecino. La sensación de que podía estar espiándola desde su casa, la hizo estremecer.</p>
<p>Como hipnotizada por su mirada, Paula intentó entablar conversación con él, pero no le salían las palabras. Y no sólo eso, en realidad ni siquiera podía pensar. Estaba bloqueada, atrapada en el fondo de aquéllos ojos negros, que la tenían paralizada. Esa sensación de inmovilidad duró sólo un instante, pero fue muy intensa.</p>
<p>De pronto, cedió. Paula notó como si la mirada del hombre se aflojara, como si la soltara, y sus ojos ya no le parecieron terribles, sino amigables y bondadosos. Tuvo que parpadear rápidamente dos o tres veces. Cuando volvió a mirarle aquel hombre que le había dado miedo, apareció ante ella como un anciano inofensivo. Un tanto desconcertada, Paula se acercó a la verja que separaba ambas casas, se limpió la mano derecha en un delantal que llevaba puesto y se la tendió.</p>
<p>Me llamo Paula y soy su vecina… Bueno, qué tontería añadió sonriendo eso ya lo sabe.</p>
<p>Yo me llamo Jano dijo el hombre apretándole la mano con vigor. ¿Jano? Qué nombre tan raro. ¿Es Juan en catalán, en valenciano o algo así?</p>
<p>No, en principio no tenía nada que ver con Juan, aunque la iglesia católica lo reconvirtió en este santo. O mejor dicho, en dos santos, dos juanes, el bautista y el evangelista. ¡Qué interesante! dijo Paula, aunque en realidad no le interesaba nada. Sólo quería mostrarse amable con su vecino. ¿Quieres saber algo del origen del nombre de Jano? preguntó el anciano con un brillo especial en los ojos.</p>
<p>Sí, claro respondió ella, aparentando un gran interés.</p>
<p>El hombre soltó una carcajada, que Paula no supo como interpretar, antes de decir en tono ceremonial:</p>
<p>Jano es el nombre de un dios romano. Un dios que tenía dos caras, por eso lo llamaban Jano el bifronte. Se decía que representaba a las dos polaridades de este mundo. Miraba a la vez a la luz y a la oscuridad y se le consideró el dios de los solsticios: el de invierno y el de verano.</p>
<p>En aquella época añadió el 21 de junio y de diciembre se celebraban grandes fiestas paganas. Como la iglesia católica no pudo eliminarlas, se las adjudicó a dos de sus santos más importantes. San Juan Bautista, que se celebra en torno al solsticio de verano, y San Juan Evangelista, en torno al solsticio de invierno.</p>
<p>Paula le escuchaba con la boca abierta, pensando para sus adentros: Está como un cencerro. Sin saber muy bien qu decir, respondi.</p>
<p>Ah, qué bien. No lo sabía.</p>
<p>Con una amistosa sonrisa, Jano continuó:</p>
<p>Seguro que tampoco sabes que Jano era el dios de las puertas, no sólo de las solsticiales, sino de los ciclos vitales que marcan la evolución de los hombres. Es el protector de todas las transformaciones. Cualquier cosa que signifique un cambio o un comienzo, está bajo el amparo de Jano.</p>
<p>Transcurrieron unos segundos sin que ninguno de los dos dijera nada. El hombre la miraba con curiosidad, como esperando que fuera ella la que hablara, pero Paula no sabía qué decir, y aquel silencio le resultaba incómodo. Finalmente, se decidió:</p>
<p>Bueno, pues encantada de conocerle. Es muy interesante todo lo que me ha contado.</p>
<p>Yo voy a seguir con mi tarea…</p>
<p>Estupendo, debería empezar por mojar la tierra de aquel rincón, y cavar hondo. Tiene pinta de ser el lugar más fértil de todo el terreno dijo el anciano mientras le señalaba una esquina, antes de darse media vuelta para meterse en su casa.</p>
<p>Obediente, Paula se dirigió hacía donde le había indicado Jano, con la manguera.</p>
<p>Cuando se volvió para darle las gracias, el hombre ya no estaba. Aún así, y por si la observaba desde las ventanas de su casa, Paula no se atrevió a cambiarse de sitio. Vaya tío más raro, pens.</p>
<p>Durante un buen rato estuvo empapando el trozo que le había dicho su vecino, hasta que se formaron pequeños charcos, que la tierra absorbía con rapidez, como si tuviera sed.</p>
<p>Después, Paula empezó a cavar un agujero con las herramientas que había comprado ese mismo día, para introducir una de las plantas. Lo intentó, pero no cabía, el hueco debía ser aún más hondo. Resopló, se limpió el sudor de la frente con la manga de la camisa, y continuó cavando.</p>
<p>De pronto dio con algo duro. Esto la intrigó y, mientras seguía profundizando el agujero, su imaginación se disparó y empezó a fantasear con la posibilidad de encontrar un tesoro. Sin dejar de sacar tierra, se vio a sí misma en una fotografía publicada en la primera página del periódico local, en la que posaba junto a un cofre. El titular, a cinco columnas, decía: Una vecina de Rossal encuentra un tesoro en su jardín.</p>
<p>Pero aquello no parecía un tesoro. Lo que había encontrado era una arqueta de madera, algo mayor que una caja de zapatos y, desde luego, nada que ver con el enorme cofre que ella acababa de representarse en su imaginaci n. A lo mejor es un animal muerto, pensó.</p>
<p>Esta sospecha le hizo retenerse a la hora de coger la caja y abrirla. Dudó, y miró hacia atrás, hacia las ventanas de su vecino, para ver si éste la espiaba. Pero las ventanas estaban cerradas. Allí no había nadie, o eso parecía. Ni siquiera se veía ninguna luz ni señales de vida adentro. Tenía que tomar una decisión.</p>
<p>Sin saber qué hacer, y como para darse tiempo, se metió en la cocina de su casa, abrió el frigorífico y bebió agua fresca a morro directamente de la botella. ¿Y si es una broma de mi vecino? dijo en voz alta Puede ser un gato muerto.</p>
<p>De pronto le vino a la memoria una película en la que unos gamberros matan al gato de una joven pareja, recién llegada al pueblo, y cuelgan al animal de la cadena que encendía la luz dentro de un armario empotrado.</p>
<p>Perros de paja, así se llamaba la película continuó con su monólogo ¡¡Menudo susto de muerte le dan al pobre Dustin Hoffman!!Lo recuerdo perfectamente… Claro que yo no tengo gato… Pero podría ser el del vecino. Al fin y al cabo, él es quien me ha dicho que debía cavar en ese rincón. Puede que se le muriera el animal y como esta casa estaba vacía, lo enterró aquí en lugar de hacerlo en su terreno concluyó con satisfacción.</p>
<p>Pero la explicación que se había dado no la convenció y Paula empezó a pasearse por la cocina, nerviosa, sin saber qué hacer. Al cabo de un rato, se dijo en voz alta:</p>
<p>Mira Paula, que te conozco. Que tienes mucha fantasía. ¿Y si ahí no está enterrado ningún animal, ni el vecino ha tenido gato en su vida? se preguntó.</p>
<p>Dándose unos segundos para responderse, continuó:</p>
<p>Puede que el hombre me haya indicado ese sitio con la mejor intención. Ha dicho que parecía el lugar más fértil. Tiene pinta de haber vivido en el campo y de entender de esas cosas. La verdad es que ha sido mucho más fácil cavar allí que en el sitio donde yo había empezado. Claro que… ¿Cómo sabía él que era más fácil cavar ahí, si no había cavado antes para enterrar al gato?</p>
<p>Bebió otro trago de agua de la botella, y continuó su monólogo en voz alta. ¿Y si no es un gato? También puede ser un hámster, o un perro… No, un perro no, sería demasiado pequeño, aunque no hay que descartarlo. Por el tamaño de la caja, puede ser un perro recién nacido… ¡¡O un niño!! chilló Dios mío, puede ser un niño recién nacido enterrado para tapar la vergüenza de su nacimiento ilícito.</p>
<p>Al escuchar sus propias palabras, Paula empezó a reírse a carcajadas, hasta que se le saltaron las lágrimas. Sin poder parar de reír, se dirigió al salón, se dejó caer en un sofá y dijo: ¡Santo Dios, estoy mal de la cabeza! Menudo peliculón me he montado yo sola.</p>
<p>Permaneció sentada unos momentos, intentando sopesar la situación sin dejarse arrastrar por sus fantasías. Se le pasó por la cabeza llamar a alguno de sus hijos para contarles lo que le estaba pasando y pedirles consejo. Pero lo desech casi de inmediato. S lo faltaba que les fuera con este cuento, para que definitivamente pensasen que me he vuelto loca.</p>
<p>Otra opci n era tapar el agujero y aquí no ha pasado nada. La caja y su misterio permanecerían ahí para siempre. Pero no, eso tampoco era soluci n. Por una parte sentía una inmensa curiosidad y, por otra, no podría volver a pegar ojo por la noche sabiendo que tenía allí algo enterrado. Su imaginación se desbordaría y sería mucho peor el remedio que la enfermedad.</p>
<p>De pronto se dio cuenta de que el sol estaba a punto de ponerse. Dentro de poco sería de noche y cualquier cosa que decidiera hacer, debía hacerla ya. Suspiró profundamente y, con decisi n, se dirigi de nuevo al jardín, mientras en su interior se repetía: Sea lo que Dios quiera.</p>
<p>Con rapidez se dirigió hacia donde estaba el agujero, y asomó la cabeza, con cierta prevención, para ver la caja. Allí estaba. No parecía muy vieja, de un azul oscuro algo descolorido. Se puso de rodillas e introdujo las manos en el agujero para sacarla. Antes de hacerlo se giró hacia las ventanas de la casa de su vecino, para ver si había alguien.</p>
<p>Seguían sin luz y, aparentemente vacías. Claro que podía estar observándola…</p>
<p>No empieces pensó y saca la caja de una pu etera vez. Como si su reflexi n hubiera sido una orden, Paula metió las manos en el agujero y sacó la caja. Para su sorpresa, pesaba menos de lo que ella había esperado. Estuvo a punto de agitarla para ver cómo sonaba, pero no lo hizo por si había algún cadáver dentro.</p>
<p>Cuando la hubo sacado fuera del agujero, sopló la tierra que tenía encima y, cogiéndola con ambas manos, pero alejada de su cuerpo, la metió en su casa y la dejó sobre la mesa de la cocina. Volvió sobre sus pasos y cerró con llave la puerta que daba al jardín.</p>
<p>Afuera estaba anocheciendo.</p>
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<p>CAPÍTULO VII</p>
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<p>Las piernas le temblaban ligeramente, cuando Paula se dirigió a la encimera de la cocina para coger la caja que había desenterrado. Su intención era llevarla a la terraza del salón y allí abrirla tranquilamente. Con cautela, como si se acercase a algo peligroso, cogió la caja entre sus manos y, lentamente, se encaminó hacia allí.</p>
<p>Pensó que era mejor abrirla al aire libre, por si contenía algo desagradable.</p>
<p>Cuando acababa de entrar en la terraza, iba tan tensa que el sonido de su teléfono móvil la asustó y, sin querer, la caja se le cayó de las manos, yendo a parar al suelo. ¡¡ Mierda!! gritó Seguro que es alguno de mis hijos, siempre tan oportunos.</p>
<p>Tras comprobar rápidamente que la caja no se había roto, dudó unos instantes sobre qué hacer. Si abrirla, haciendo caso omiso del teléfono, o coger el aparato y hablar, con el fin de tener un poco de tranquilidad para ver lo que había dentro de la caja, una vez acabada la conversación.</p>
<p>El teléfono seguía emitiendo su musiquilla de anuncio de Coca cola con insistencia.</p>
<p>Paula escogió la segunda opción.</p>
<p>Si no lo cojo razonó en voz alta, después de comprobar que era su hija quien la llamaba no va a dejar de darme la lata. ¿Y si está enferma?</p>
<p>Con el teléfono móvil en la mano, Paula se sentó en el sofá y se concedió unos instantes para aparentar tranquilidad, y que su hija no notase lo alterada que se encontraba.</p>
<p>Suspiró profundamente y respondió:</p>
<p>Dime Elena, ¿cómo estáis?</p>
<p>Mal, muy mal contestó ella entre sollozos.</p>
<p>Asustada, Paula interrogó a su hija: ¿Qué es lo que pasa? ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? Vamos, cuéntamelo, no me asustes.</p>
<p>Elena no podía articular palabra porque el llanto se lo impedía, y Paula estaba cada vez más nerviosa, pero no quería presionarla para que hablara. Tras unos instantes, Elena dijo al fin, entre sollozos:</p>
<p>Jorge tiene una amante.</p>
<p>Paula se mostró cautelosa. Desde hacía mucho tiempo su hija sospechaba que su marido la engañaba, pero la cosa nunca había pasado de la simple conjetura. Sin querer dramatizar, preguntó en un tono más calmado: ¿Pero es seguro o simplemente son tus sospechas de siempre?</p>
<p>No, esta vez es seguro, él mismo lo ha confesado. Es una de sus enfermeras.</p>
<p>Elena se echó a llorar de nuevo y su madre intentó calmarla.</p>
<p>Ya sé que esto tiene que ser muy doloroso para ti, pero el mundo no se acaba. Hoy en día mucha gente se separa… es algo bastante normal… ¡Pero qué estás diciendo, mamá! la interrumpió Elena, gritando ¡Yo no quiero separarme de Jorge!</p>
<p>Estas palabras pillaron desprevenida a Paula. Jamás pensó que escucharía a Elena decir algo así. Las dificultades de su matrimonio con Jorge eran evidentes desde hacía varios años. Seguro que no era la primera vez que su yerno tenía una amante, aunque nunca antes lo hubiera confesado. El hecho de que esta vez lo reconociera, hacía pensar a Paula que esta ocasión era diferente y que Jorge estaba dispuesto a divorciarse de Elena.</p>
<p>El que su hija no aceptase la situación y se aferrase a su desgraciado matrimonio, era algo que ella no entendía. Algo para lo que no estaba preparada. En el fondo de su alma siempre había esperado que fuera Elena la que abandonase a Jorge. Lo había pensado en multitud de ocasiones y siempre se veía apoyando a su hija. Nunca se le había pasado por la imaginación que Elena quisiera continuar con su marido, aún sabiendo que éste tenía otra mujer.</p>
<p>Paula no sabía qué decir y Elena seguía llorando. Finalmente, se atrevió a preguntarle: ¿Y Jorge qué dice? ¿Te ha planteado el divorcio?</p>
<p>Al otro lado del teléfono se escuchó cómo Elena se limpiaba los mocos antes de responder:</p>
<p>Sí, quiere el divorcio. Dice que ya no está enamorado de mí y que quiere rehacer su vida. Lleva con ella dos años… ¡Dos años! ¡Es alucinante! No puedo creer que sea tan cabrón dijo antes de echarse de nuevo a llorar.</p>
<p>Paula se quedó de una pieza al escuchar a su hija. ¡Valiente hijo de puta! dijo con rabia, sin poderlo evitar.</p>
<p>Durante unos momentos permaneció callada, esperando alguna reacción de Elena, pero ésta lo único que hacía era llorar. Finalmente, Paula habló de nuevo:</p>
<p>Pues yo creo que, dadas las circunstancias, y aunque te resulte doloroso, lo mejor es que os divorciéis. Tengo entendido que ahora ese trámite se hace en muy poco tiempo.</p>
<p>Divorcio exprés o algo así lo llaman añadió, aunque se arrepintió nada más decirlo.</p>
<p>La reacción de Elena no se hizo esperar. De forma airada dijo a su madre:</p>
<p>Mi matrimonio se hunde, mi vida se viene abajo y tú me hablas de divorcio expr s! No me lo puedo creer, vaya consuelo!</p>
<p>Paula estuvo a punto de decirle que su matrimonio llevaba hundido desde hacía años, pero se mordió la lengua, comprendiendo el dolor de su hija y lo poco afortunado que había resultado su comentario.</p>
<p>Perdona le dijo tienes razón, pero déjame que te insista: porque se termine un matrimonio, la vida no se hunde. Puede que incluso esté más a flote que nunca…</p>
<p>Vaya, ¿y tú cómo lo sabes? ¿Te has divorciado muchas veces? la cortó Elena con agresividad. Porque tú eras de las que ibas todo el día colgada del brazo de tu marido, y no sabías hacer nada sin él. ¡Por favor, no me des lecciones!</p>
<p>Las palabras de Elena hicieron blanco en Paula quien, a pesar de comprender el dolor de su hija, no estaba dispuesta a tolerar impertinencias. Intentando aparentar una tranquilidad, respondió:</p>
<p>Mi marido, como tú dices, era tu padre. Ahora está muerto y yo creo que su memoria merece un respeto…</p>
<p>Pues tú no respetaste mucho su memoria el día de su funeral, vistiéndote de rojo la interrumpió Elena, en un tono aún más agresivo.</p>
<p>Paula se quedó atónita con lo que estaba oyendo. Si la situación no hubiera sido tan dramática, se hubiera echado a reír. Aquello tenía gracia. En esos momentos, le dio la impresión de que los papeles se habían intercambiado. Que Elena era la madre, conservadora y anticuada, y ella la hija moderna y rebelde. Procurando dar a su voz un tono de serenidad que no sentía, Paula ignoró el comentario de Elena y continuó:</p>
<p>La relación que tu padre y yo hayamos tenido, ha sido cosa nuestra y ahora, por cierto, ya no tiene remedio. No me arrepiento de nada, sólo te digo que yo ya no soy la misma persona que cuando estaba casada con él. Y desde mi perspectiva de hoy en día, te aseguro que la vida no se termina cuando tu marido ya no está a tu lado. Y esto te lo digo para animarte, aunque no tenga ninguna experiencia en divorcios. Perder a tu marido para siempre, es mucho peor que el que te deje por otra.</p>
<p>Las palabras de Paula, que había pronunciado con total tranquilidad, fueron seguidas por un penoso silencio. Parecía como si entre madre e hija se hubiera establecido un pulso emocional, y ninguna de las dos estuviera dispuesta a perderlo. Fue Elena quien, después de unos instantes, habló de nuevo:</p>
<p>Perdona, mamá, pero no tengo ganas de seguir hablando. Me duele mucho la cabeza… Lo estoy pasando muy mal…</p>
<p>Nuevamente el llanto interrumpió las palabras de Elena y Paula se sintió conmovida por el dolor de su hija. Intentó consolarla de nuevo:</p>
<p>Perdóname tú, pequeña. Parezco imbécil, tú sufriendo y yo largándote discursos. ¿Quieres que vaya mañana a la Gran Ciudad?</p>
<p>No, no, gracias se apresuró a responder Elena. En estos momentos el ambiente en casa es muy tenso y tu presencia lo estropearía aún más. ¿Y la niña? preguntó Paula, culpándose interiormente de no haber pensado antes en ella.</p>
<p>Clara está bien. No sabe nada, pero intuye que pasa algo. Procuramos dejarla al margen, que no nos vea discutir… Curiosamente, Jorge está más cariñoso con ella que nunca y le presta más atención.</p>
<p>Vaya cabr n pensó Paula ahora quiere ganarse a la niña, cuando en cinco años no le ha hecho ni pu etero caso. Sin verbalizar sus pensamientos, pregunt a su hija:</p>
<p>Y si Jorge insiste en pedirte el divorcio ¿qué vas a hacer? Porque yo le veo mal arreglo a esto. Una cosa es que os llevaseis mal, pero si hay otra persona, y con una relación que ya lleva dos años… Perdona por lo que voy a decirte, pero no veo posibilidad de solución… ¡No pienso concederle el divorcio! dijo Elena, enfurecida. Si lleva dos años con la zorra de su enfermera, conmigo lleva más. Es a ella a quien tiene que dejar, y no a mí.</p>
<p>Yo soy su mujer y tenemos una hija. Somos una familia, y no estoy dispuesta a que se rompa por un capricho pasajero.</p>
<p>Escuchando a su hija, Paula sintió como si le atenazasen el corazón. ¿Cómo se podía estar tan ciega? ¿Cómo una mujer sensible e inteligente como Elena, con su carrera, su situación económica resuelta, podía estar tan ciega? ¿Cómo era posible que se abandonase a merced de un hombre que no sólo no la quería ni la respetaba, sino que la había humillado y despreciado constantemente?</p>
<p>Paula experimentó una gran compasión por su hija y se sintió impotente para hacerle comprender que se estaba equivocando al entregar su vida a quien sólo podía hacerle daño. Incapaz de seguir oyéndola en ese estado de enajenación, mintió para consolarla:</p>
<p>Bueno, hija, no te preocupes. Procura descansar. Seguro que todo se arregla. Ya verás… Si no quieres que vaya yo allí, ¿por qué no vienes tú a hacerme una visita con Clara? Esto está precioso. Seguro que lo pasaríamos muy bien…</p>
<p>No mamá, ahora no puedo ir a verte, y tampoco quiero que vengas tú. No te preocupes, ya seguiremos hablando. Estoy segura de que este es un mal momento que pasará. Y cuando pase iremos a verte los tres. Quizás Jorge y yo hagamos ese viaje que tenemos pendiente, y Clara pase unos días contigo.</p>
<p>Claro, me gustaría mucho dijo Paula con poca convicción, sabiendo que esa circunstancia no se iba a producir nunca.</p>
<p>Buenas noches, mamá.</p>
<p>Buenas noches, Elena… Ya sabes que estoy a tu lado y que te apoyo.</p>
<p>Ya lo sé dijo lacónicamente Elena, antes de colgar el teléfono.</p>
<p>Paula continuó con el móvil en la mano durante unos instantes, hundida en el sofá, sin fuerzas para moverse. Finalmente, como si un dique de emociones interno hubiera estallado de repente, se puso a llorar con tristeza y desconsuelo. Permaneció así durante mucho tiempo, hasta que sintió frío y se dio cuenta de que se había dejado la terraza abierta.</p>
<p>A lo lejos se escuchaba el murmullo de las olas del mar. La luna llena rielaba sobre el agua. Era la primera luna llena del otoño, la que más influía sobre las mareas y, según parecía, también sobre las emociones humanas. Sin saber por qué, de pronto se acordó de su madre, que falleció cuando ella era una cría.</p>
<p>Casi no la recordaba. Era una mujer de tez pálida, muy débil, que siempre estaba enferma. Cuando murió no la echó mucho de menos, porque apenas había tenido trato con ella. Desde que tenía uso de razón, había visto a su madre ingresada en un sanatorio para tuberculosos. Allí permaneció hasta su muerte. Su padre solía llevar a Paula a verla algunos domingos.</p>
<p>A ella no le gustaba aquel ambiente aséptico de pasillos y habitaciones con azulejos, monjas con cofias de grandes alas en la cabeza y batas blancas. Prefería quedarse en el colegio donde estaba interna, antes que ir a ver a su madre. Cuando murió, Paula tenía 8 años y no notó mucha diferencia, pues nunca habían estado realmente juntas. Sólo la conocía de visita.</p>
<p>A raíz del fallecimiento de su madre, su padre fue espaciando las visitas al colegio. Sólo iba a verla de vez en cuando. A veces la llevaba con él a su casa durante algunos fines de semana, en las vacaciones de navidad y de verano. Pero ella se sentía una extraña en ese hogar en el que nunca había vivido.</p>
<p>En una de esas ocasiones, su padre le presentó a una mujer, y le anunció que pensaba casarse con ella. Era viuda y tenía dos hijas gemelas, más o menos de su misma edad, a las que conoció más adelante. Paula no asistió a la boda de su padre, aunque sí recibió algunas visitas en el internado de su nueva familia. Para ella eran unos desconocidos, por los que no sentía ningún cariño, como tampoco lo sintió por su madre.</p>
<p>Siendo muy jovencita conoció a Paco, enseguida se hicieron novios. Ella tenía 19 años cuando se casaron y diez meses después, recién cumplidos los 20, nació Fernando, su primer hijo. Pasó del colegio donde la habían criado a ser la señora de Francisco Valiente. Una vez casada, perdió el contacto con su familia paterna, que se habían trasladado a vivir a otra ciudad.</p>
<p>El internado en el que pasó su infancia y su juventud estaba regido por monjas, pero nunca intimó con ninguna. El hecho de que su madre estuviera enferma de tuberculosis, hizo de Paula una especie de apestada, a la que nadie hacía demasiado caso. Siempre se sintió sola, pero en aquélla época de su vida, esa soledad no le suponía ningún problema. Al contrario, le gustaba. Todos la dejaban en paz y ella podía dedicarse a sus aficiones favoritas: leer y escribir.</p>
<p>Sin saber por qué, Paula volvió a pensar en su madre y en el miedo que pasó cuando era una niña en el colegio donde estaba internada, a causa de las historias que le contaban las monjas. Estas eran muy estrictas y ya, desde pequeñas, inculcaban a las niñas sobre las virtudes cristianas que debían adornar a todas las j venes, según recordaba sus palabras.</p>
<p>Todos los días, entre misas, rosarios y bendiciones, hacían repetir a las pequeñas y a las adolescentes una especie de estribillo, teniendo como modelo a la Virgen María.</p>
<p>Se ora, que al mirarme te vean, las obligaban a decir una y otra vez.</p>
<p>La gran afición de las monjas consistía en recordarles que María concibió a Jesús, por obra y gracia del Espíritu Santo, sin haber tenido trato carnal con ningún hombre.</p>
<p>Cuando era una niña, Paula no comprendía por qué las monjas ponían tanto énfasis en este asunto. Con el tiempo fue entendiendo el porqué, aunque en su cabeza no cabía la posibilidad de que algo así fuera posible, por mucho que se empeñasen en repetírselo.</p>
<p>Las noches en aquellos grandes y fríos dormitorios de literas, eran terribles. Todo rechinaba, se oían infinidad de ruidos y Paula solía taparse la cabeza, como si con este gesto pudiera librarse de algún oscuro peligro que la acechaba. A veces, era tanto el miedo que tenía que no se atrevía a salir a los servicios, aunque estuviera orinándose mucho.</p>
<p>Pero tampoco se atrevía a hacerlo en la cama, por no sufrir la vergüenza y la humillación que pasaban las niñas, cuando las monjas descubrían al día siguiente que se habían orinado. El castigo consistía en hacerlas pasear por todas las clases, con unas bragas mojadas sobre la cabeza, y con un letrero colgado en el que ponía: Soy una meona.</p>
<p>Entre unas cosas y otras, Paula pasaba una buena parte de las noches en blanco, bajo las sábanas, acurrucada de miedo, sin poder dormir. Sólo cuando el cansancio la rendía conseguía cerrar los ojos y descansar, aunque a menudo la despertaban las pesadillas.</p>
<p>Recordaba en especial una época en que lo pasó muy mal. Las monjas, coincidiendo con la canonización de una santa, contaron a las niñas que como ésta era muy buena, un ángel se le apareció por la noche. Para ilustrar el relato, proyectaron diapositivas en las que se veía a la santa, acostada en su cama, y un resplandor de luz del que salía el ángel.</p>
<p>Las monjas animaron a las pequeñas a ser tan buenas como la santa, para conseguir que el ángel del Señor se les apareciera por la noche. Y aún más, les prometieron que si hacían obras de caridad, no mentían, y sus pensamientos y obras eran puros y castos, el ángel, con total seguridad, les haría una visita nocturna.</p>
<p>Aquélla visión del ángel saliendo de la luz, y las palabras de las monjas, impresionaron vivamente la imaginación infantil de Paula. Todas las noches, cuando se metía en la cama, rezaba aterrorizada para que el ángel no se le apareciera. Lo que las monjas consideraban un privilegio la posible aparición del ángel a ella le ponía los pelos de punta.</p>
<p>Aún siendo consciente de que era una contradicción rezar a Dios para que no le mandase ningún emisario a visitarla, Paula juntaba sus manos y, con la cabeza escondida bajo las sábanas, rogaba llena de pavor: Por favor, Dios mío, que no se me aparezca ningún ángel.</p>
<p>Era tal el miedo que le infundía la posibilidad de la angelical aparición, que se planteó muy seriamente ser mala para no provocarla. Sólo tenía que mentir, no hacer ninguna obra de caridad y tener pensamientos impuros; aún cuando no sabía muy bien qué era exactamente un pensamiento impuro.</p>
<p>Sin embargo, su propósito de ser mala se fue al traste cuando una monja les advirtió que si no eran buenas, por la noche se les aparecería el demonio. Un tal Satanás que era de color rojo, tenía cuernos, rabo y pezuñas, y que las cogería de los pelos y las arrastraría hasta el fuego del infierno, del que no podrían salir nunca. Esta perspectiva dejó a Paula sumida para siempre en un terrible pánico nocturno, se apareciera quien se apareciera: el ángel o el demonio.</p>
<p>Estas historias y el hecho de que en la biblioteca del colegio sólo hubiera vidas de santos para leer, fue lo que propició la inclinación de Paula hacia la escritura. A falta de relatos interesantes, que no le provocasen miedo, fue creando sus propias historias y refugiándose en su imaginación. Años después, ya casada con Paco, abandonó su afición por escribir cuando su marido encontró uno de sus relatos.</p>
<p>Al recordar ahora ese día que, inexplicablemente había conseguido borrar de su memoria durante años, Paula se indignó consigo misma por no haber sabido mantenerse en su lugar. Nadie, ni siquiera su marido, tenía derecho a impedirle que escribiera.</p>
<p>Estos recuerdos del pasado la hicieron volver a la conversación que acababa de mantener con su hija. En su cabeza resonaron las palabras que le había echado en cara Elena: Tú eras de las que ibas todo el día colgada del brazo de tu marido, y no sabías hacer nada sin l.</p>
<p>Era verdad, reconoció en su interior. Su hija tenía razón. Durante todos los años que duró su matrimonio, ella no había tenido vida propia. Todos y cada uno de los días de su existencia habían estado dedicados al cuidado de su marido y sus hijos. Ella no había contado para nada como persona, sólo en función de los demás.</p>
<p>A veces no le veía sentido a nada. No entendía este mundo que le había tocado vivir. No sabía qué hacía aquí, ni cuál era su papel, salvo el de esposa y madre, por ese orden. Ya se encargaba su marido de recordárselo. Primero eres esposa y despu s madre, no lo olvides solía decirle Paco la obligación de una mujer es procurar el bienestar de su marido y de sus hijos. Pero sobre todo de su marido, que es el sostén de la familia. El que trae las habichuelas a casa.</p>
<p>Por eso ella había insistido tanto para que Elena estudiase una carrera. Para que también ella pudiera llevar las habichuelas a casa, y no tuviera que depender de ningún marido. ¡Y mira para lo que le ha servido! dijo con rabia en voz alta para que, a pesar de todo, siga estando a merced de un capullo. Su padre al menos no era así. Era cariñoso y me quería… Bueno, aunque tenía un carácter de mil demonios que no había quien lo aguantase… Sí, Paco, eras un coñazo afirmó elevando la mirada hacía el techo.</p>
<p>El sonido del teléfono móvil interrumpió el monólogo de Paula. Se apresuró a cogerlo creyendo que era su hija otra vez, pero comprobó en la pantalla que quien la llamaba ahora era su nuera. Supuso que quizás se había enterado ya del problema de Elena, y quería comentarlo, pero comprobó que no era así. Antes de que ella pudiera decir nada, se escuchó la voz de Amalia: ¡Qué alegría, Paula. Estoy tan contenta! Quería que fueras la primera en enterarte.</p>
<p>Fernando ha accedido a que adoptemos un niño. ¡Por fin! ¡Estoy tan contenta…! ¿Qué me dices? afirmó Paula sin poder contener su emoción ¡Qué alegría! No sabes cómo me alegro. ¿Cómo ha sido eso? ¿A qué se debe ese cambio de opinión?</p>
<p>Bueno, a ti puedo contártelo. En realidad le he estado haciendo la guerra psicológica, utilizando sus propias armas. Ja, ja, ja. Ya sabes que tu hijo es un poco carca…</p>
<p>Sí hija la interrumpió Paula lo heredó de su padre.</p>
<p>Pues le di un ultimátum, en su estilo. Le dije que, puesto que la principal finalidad de un matrimonio cristiano era la procreación, y nosotros no procreábamos nada, este matrimonio no tenía razón de ser. ¿Le dijiste eso? ¿Y se lo creyó? preguntó Paula con incredulidad.</p>
<p>Ya lo creo que se lo dije… y se lo creyó a pies juntillas. Yo me puse muy razonable.</p>
<p>Le dije que había dos opciones: o el divorcio o seguir aparentemente casados, pero sólo de cara a la galería, y cada uno en su cama. Le di una semana para pensarlo, pero esa misma noche lo mandé a dormir al sofá, mientras se decidía. Al día siguiente le contó Amalia mientras desayunábamos, me dijo que el mundo estaba muy mal, que muchos niños morían de hambre y que eso no era justo ni cristiano. Por tanto, aceptaba que adoptásemos un hijo que bendijera nuestra unión. Así, con estas mismas palabras.</p>
<p>Pues no sabes cómo me alegro. ¿Cuándo vais a empezar con los trámites?</p>
<p>Pues ya. Sólo falta resolver una cuestión. Yo quiero una niña china. Vi un reportaje en la tele y me quedé espantada. Fernando prefiere un niño español, pero me parece que al final va a aceptar lo que yo prefiera. Yo creo que es mejor que los padres biológicos queden lejos, y China está lo suficientemente lejos como para que no haya problemas en el futuro.</p>
<p>Paula escuchaba con qué entusiasmo hablaba su nuera, y dedujo que ni ella ni su hijo sabían nada del problema que tenía Elena. Por unos momentos dudó sobre si debía decírselo, pero enseguida decidió que ya se enterarían. Ese no era el momento de estropearles la buena noticia.</p>
<p>Casi inmediatamente se despidieron, y quedaron en hablar otro día. Amalia rogó a Paula que se hiciera de nuevas cuando llamara Fernando para comunicarle la noticia, y ella le prometió que así lo haría. Aún con la sonrisa en los labios, se recostó en el sofá y se vio teniendo entre sus brazos a una chinita. Le encantaba esa posibilidad, aunque aún faltaba tiempo para eso. Los trámites de una adopción solían ser lentos y difíciles.</p>
<p>De pronto, dio un salto y salió corriendo hacia la terraza, cuya puerta aún permanecía abierta. ¡¡Dios mío la caja gritó con tantas noticias, la había olvidado!!</p>
<p>Con precaución, la cogió del suelo y la puso encima del sofá. Por alguna extraña razón ya no sentía miedo, aunque le daba un poco de repelús. Dispuesta a no caer en sus fantasías sobre lo que había dentro, pensó que debía abrirla sin demora. Descorrió el pasador que la mantenía cerrada y, con decisión, la abrió.</p>
<p>Dentro había un cuaderno con tapas de cuero rojo. Paula lo acarició tímidamente y, con lentitud, lo abri. En la primera página, con grandes letras doradas podía leerse: El camino de los locos.</p>
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<epigraph>
<p>CAPÍTULO VIII</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Matías Cortés salió precipitadamente de la Biblioteca donde trabajaba.</p>
<p>Tenía ganas de llegar a la calle y respirar aire fresco. Aunque el ambiente de la sala de préstamos era silencioso y tranquilo, a él a veces le agobiaba. Además, estaba cansado. Menos mal que al día siguiente era la Virgen del Pilar, y no tenía que ir a trabajar. Le venía muy bien esa fiesta a mitad de semana, para recuperarse un poco de la tensión interna que sufría en los últimos días.</p>
<p>Se notaba tenso, con ansiedad.</p>
<p>Por las noches sufría insomnio y se levantaba ya cansado. Una compañera de la Biblioteca le dijo que quizás estuviera cayendo en una depresión, pero Matías no lo creía. Lo que le deprimía era su situación familiar. Estaba seguro de que, si viviera en algún otro sitio, y no tuviera que hacerse cargo de su padre, su vida sería totalmente distinta.</p>
<p>Nada más salir de la Biblioteca vio a Susana en la acera de enfrente, haciéndole señas con la mano. Sin poder evitarlo, Matías torció el gesto. Intentó disimular su fastidio, saludándola él también con la mano. Fue ella la que cruzó, acercándose hasta él con una amplia sonrisa. Le dio un beso en la mejilla, para decir a continuación: ¡¡Sorpresa!!</p>
<p>Sí, ha sido una sorpresa, no te esperaba. Pensaba pasarme ahora por la farmacia mintió.</p>
<p>Pues ya ves que no ha hecho falta. Como mañana nos toca guardia, mi jefa me ha dicho que podía irme antes, y he pensado venir a recogerte.</p>
<p>Muy bien dijo Matías, con poco entusiasmo. ¿Dónde me vas a llevar? preguntó Susana risueña, mientras se colgaba de su brazo.</p>
<p>Matías estuvo a punto de decirle que él no la iba a llevar a ningún sitio, que en todo caso irían los dos, que ella ya era mayorcita para ir sola sin que nadie la llevara. En lugar de dar voz a sus pensamientos, se limitó a responder.</p>
<p>Podemos ir a donde tú quieras, sin que se nos haga muy tarde. He dormido fatal, estoy muy cansado y me gustaría irme pronto a casa… ¡Pero si mañana es fiesta y no tienes que trabajar! le interrumpió ella, un tanto decepcionada. Había pensado que fuéramos a cenar a un chino y después al cine, ¿qué te parece?</p>
<p>En realidad Matías no tenía ganas de ir a ningún sitio, pero sabía que no iba a ser tan fácil escabullirse. Titubeó un poco, y respondió:</p>
<p>Podemos ir a cenar a un chino, y dejamos el cine para otro día. De verdad que me encuentro muy cansado. ¡Vaaale! se conformó Susana Es que me gustaría mucho ver la película que han seleccionado para los Oscar…</p>
<p>Pues ve a verla la interrumpió Matías con cierto mal humor cenamos, te dejo en el cine, y yo me voy a mi casa. ¿Cómo voy a ir yo sola al cine? preguntó Susana No me parece lógico.</p>
<p>Lo que menos le apetecía a Matías en esos momentos, era enfrascarse en una discusión bizantina con su novia. Estuvo a punto de responderle que ir al cine solo no tenía nada que ver con la lógica, pero como no tenía ganas de enzarzarse en una disputa, que ya le resultaba conocida, respondió secamente:</p>
<p>Pues no vayas, haz lo que quieras. Yo después de cenar me voy a casa porque no me encuentro con ganas de fiesta.</p>
<p>Bueeeno dijo ella, apretándole cariñosamente el brazo pero no gruñas, que te pasas la vida quejándote por todo, como si estuvieras amargado. Te pareces a Gruñón, el enanito cascarrabias del cuento de Blancanieves.</p>
<p>Las palabras de Susana enturbiaron aún más el ánimo de Matías. Prefirió no decir nada, aunque su rostro reflejaba lo molesto que se sentía. Ella se dio cuenta de la situación, y un penoso silencio se interpuso entre ambos. Finalmente, Susana optó por ignorar el mal humor de Matías y, como si no hubiera pasado nada, empezó a contarle chismes intrascendentes que había oído en la farmacia.</p>
<p>Cuando llegaron al restaurante chino al que solían ir, aún era temprano y apenas había gente. A pesar de eso, casi todas las mesas tenían el letrero de reservado, dado que al día siguiente era festivo. Las camareras, que ya los conocían, les buscaron una mesa en un rincón.</p>
<p>Mientras ella miraba la carta aunque siempre terminaba pidiendo lo mismo Matías dejó en el respaldo de su silla la chaqueta de pana que llevaba y fue al servicio de caballeros a lavarse las manos. Al volver, vio que Susana había sacado de su bolsillo un libro, que estaba hojeando. Esta intromisión en su chaqueta le molestó. ¿Qué haces? ¿Por qué me registras los bolsillos? le preguntó de mala gana, arrancándole el libro de las manos y volviendo a ponerlo donde estaba.</p>
<p>Desde luego, hoy estás imposible dijo ella, bastante molesta No te he registrado la chaqueta, el libro asomaba un palmo por el bolsillo, y lo he cogido por curiosidad. ¡No creo que sea para tanto!</p>
<p>Eso depende respondió Matías que, de pronto, tenía ganas de gresca Imagínate que yo cojo tu bolso y empiezo a mirar lo que llevas dentro. ¡Pues cógelo! Toma, ¿quieres verlo? preguntó Susana mientras le extendía el bolso. Vamos, adelante, a mi me da igual dijo cada vez más molesta. Yo no tengo nada que esconder.</p>
<p>Yo tampoco tengo nada que esconder se apresuró a responder Matías, en un tono más calmado, porque odiaba dar el espectáculo en un sitio público. Es simplemente que no me gusta que me mires los bolsillos.</p>
<p>La presencia de la camarera, para tomar nota del menú, suavizó la tensión entre ellos y Susana se esforzó especialmente por no molestar a Matías, a la vista de que estaba más irascible de la cuenta.</p>
<p>El restaurante se fue llenando de gente, y la cena transcurrió casi en silencio, sólo con comentarios intrascendentes. Susana observaba a Matías, y éste se mostraba totalmente ausente, mirando de vez en cuando el reloj y tocándose el pendiente de la oreja, con nerviosismo. Era evidente que no estaba a gusto. Más que un encuentro entre enamorados, aquello parecía un trámite que había que pasar cuanto antes.</p>
<p>Viendo que no podía enderezar la situación, por mucha buena voluntad que pusiera por su parte, Susana suspiró profundamente antes de atreverse a preguntar: ¿Qué nos está pasando, Matías?</p>
<p>No sé a que te refieres respondió él, sabiendo perfectamente a lo que se refería. ¿De verdad no sabes lo que quiero decir? Llevamos un año saliendo juntos y apenas nos conocemos. Yo diría que en este tiempo la relación ha sido más bien superficial y… bastante fría.</p>
<p>Qu quieres decir con bastante fría? preguntó de mala gana.</p>
<p>Pues eso, fría, que a ti se te ve poco interés. Yo diría que no tienes ganas de estar conmigo…</p>
<p>Si no tuviera ganas no estaría dijo Matías, con poca convicción.</p>
<p>Sí, eso es lo que yo me repito a mi misma cuando veo tu falta de interés. No tengo mucha experiencia, tú eres mi primer novio, pero esta relación tiene poco que ver con la idea que yo tengo del amor entre dos personas.</p>
<p>A Matías no le gustaba nada el cariz que estaba tomando la conversación. Lo que menos le apetecía escuchar en esos momentos era la idea que Susana tenía del amor entre dos personas. Francamente, no estaba de humor para ello. Estuvo tentado de levantarse y marcharse, pero le pareció demasiado duro. Intentó desviar la conversación:</p>
<p>Escucha le dijo mirándola fijamente a los ojos no estoy precisamente en mi mejor momento. Anímicamente no me encuentro muy bien y hoy es un día en el que me siento especialmente cansado. Desde luego, nada lúcido para mantener esta conversación. Tendrás que tener paciencia conmigo concluyó.</p>
<p>Yo estoy dispuesta a tener toda la paciencia que haga falta, y sé que te sientes agobiado con tu situación familiar, pero eso pasará afirmó Susana mientras le apretaba una mano por encima de la mesa. Lo que me preocupa es que no me siento querida por ti, y eso no me parece algo pasajero, sino un problema de fondo.</p>
<p>Pero eso es una percepción tuya. Yo no puedo hacer nada dijo Matías, retirando la mano. ¿No puedes? ¿Es sólo cosa mía? dijo Susana con lágrimas en los ojos Me pregunto por qué cuando nos despedimos me siento tan vacía y con ganas de llorar.</p>
<p>Pues no lo sé, Susana, no tengo ni idea. No puedo responder a esas preguntas.</p>
<p>Tendrás que responderlas tú… Y ahora, si te parece, pido la cuenta y nos vamos. De verdad que estoy muy cansado.</p>
<p>Vale, pero tendremos que seguir en otro momento con esta conversación dijo ella, limpiándose disimuladamente los ojos.</p>
<p>Sí, sí, en otro momento, aunque dudo que tenga respuesta para tus preguntas.</p>
<p>Apenas hablaron por el camino, mientras se dirigían a casa de Susana. Ella iba cabizbaja, en algún momento se le escapaba una lágrima. Matías se daba cuenta, pero no hacía nada por consolar a su novia. Caminaba a su lado con las manos en los bolsillos del pantalón, sin entender muy bien a qué venía tanto drama.</p>
<p>Al llegar al portal, él la besó ligeramente en los labios, a modo de despedida, y ella le preguntó: ¿Pero tú me quieres?</p>
<p>Pues claro respondió él de mala gana Venga, acuéstate pronto y descansa, que mañana te toca guardia y estarás todo el día de pie. ¿Y tú que vas a hacer? preguntó Susana con impaciencia, al ver que Matías había dado ya media vuelta para marcharse.</p>
<p>Estaré en casa, leyendo y descansando, que buena falta me hace dijo él, saludándola con la mano, mientras se alejaba.</p>
<p>De camino hacia su casa, Matías se preguntó por qué había mentido a Susana. En realidad no pensaba quedarse en casa. Tenía previsto acercarse con el coche a Rossal y llevarle a Paula la novela de Sara Bermúdez, El color de las palabras, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.</p>
<p>La habían devuelto esa misma tarde y, siguiendo un impulso, la había sacado en préstamo a su nombre, con la intención de llevársela a Paula. No entendía muy bien por qué de pronto, esa mujer que era una total desconocida, tenía tanto protagonismo en su vida.</p>
<p>Desde que la había visto esa misma mañana, no había dejado de pensar en ella. O mejor dicho, no había dejado de excitarse sexualmente pensando en ella. Lo cual era una auténtica novedad para él.</p>
<p>Últimamente, apenas tenía relaciones sexuales con Susana. Sólo algún achuchón en el coche, de vez en cuando. Ella no quería ir a ningún hotel, por lo que las condiciones no eran muy favorables para mantener contactos íntimos prolongados.</p>
<p>De todas maneras, él no los echaba mucho de menos. Casi siempre estaba muy cansado, con un tono vital bajo y con escasa energía para dedicarla al sexo. Por eso estaba tan asombrado de que una auténtica desconocida, que además tenía edad suficiente como para ser su madre, no se le fuera de la cabeza. Sólo pensar que al día siguiente iba a verla de nuevo, le producía una gran excitación.</p>
<p>Matías entró en su casa sin hacer ruido, por si su padre dormía. Así era, en la sala de estar se encontraba sólo su madre, planchando unas camisas. Eva se alegró al ver llegar a su hijo.</p>
<p>No te esperaba tan temprano. ¿No te habrás peleado con Susana?</p>
<p>No mamá, no me he peleado con nadie. Susana tiene mañana guardia en la farmacia y nos hemos recogido pronto, eso es todo respondió Matías después de darle un beso en la frente.</p>
<p>Menos mal, ¡es tan buena chica! Has tenido mucha suerte encontrándote con ella, con tanta pelandusca como hay suelta.</p>
<p>Mamá, por favor, no empieces. No hace falta que me hagas propaganda de Susana dijo, tras dejarse caer en el sofá y coger el mando a distancia de la televisión.</p>
<p>No te estoy haciendo propaganda insistió su madre lo único que te recuerdo es que es muy buena chica… No te veo muy entusiasmado con este noviazgo…</p>
<p>Es que no lo estoy la interrumpió Matías, aunque se arrepintió inmediatamente de sus palabras.</p>
<p>Ya me olía yo que algo pasaba y, la verdad, no lo entiendo. Es una chica estupenda y está muy enamorada de ti.</p>
<p>Viendo el cariz que estaba tomando la conversación, Matías intentó cortarla, procurando que su madre no se sintiera herida.</p>
<p>Mamá, estoy cansadísimo, me duele la cabeza y no tengo ganas de discutir sobre Susana. ¿De dónde te has sacado que tenemos algún problema? ¿Te ha dicho ella algo? preguntó, porque tanta coincidencia con la conversación que acababa de mantener con su novia, le resultaba sospechosa. ¿De dónde lo voy a sacar? Eres mi hijo y te conozco, sólo tengo que mirarte para saber si te pasa algo, y llevas unos meses que no eres tú, has perdido la alegría.</p>
<p>Matías se quedó pensativo ante las palabras de su madre. Llevaba razón, sin saber cómo ni por qué, había perdido la alegría de vivir. Recordó también lo que Susana le había dicho unos momentos antes: que siempre estaba gruñendo, que parecía un amargado. ¿Estaba realmente amargado? se preguntó Pero en lugar de responderse a sí mismo, insistió en preguntarle a su madre:</p>
<p>No has respondido a mi pregunta: ¿Te ha comentado algo Susana?</p>
<p>Eva se mostró indecisa a la hora de responder. Finalmente optó por decir la verdad:</p>
<p>Algo me ha comentado, pero no es lo que tú supones añadió, planchando con fuerza el cuello de una camisa. ¿Cómo sabes lo que yo supongo, mamá? preguntó Matías, visiblemente enfadado. ¿Ves? Ya sabía yo que te ibas a enfadar. ¡Cómo no me voy a enfadar si mi madre y mi novia se dedican a cuchichear sobre mí y a criticarme a mis espaldas! dijo, arrojando el mando a distancia sobre el sofá.</p>
<p>No cuchicheamos sobre ti, y tampoco te criticamos. Sólo estamos preocupadas subrayó Eva. ¿Estamos? ¿Estamos? ¿Habéis creado alguna sociedad o alguna secta en mi defensa, o qué? preguntó Matías con cierta perplejidad. ¿Tan raro te parece que dos personas que te quieren se preocupen por ti? respondió su madre.</p>
<p>Mamá, hay amores que matan afirmó Matías con tono tajante, dispuesto a no continuar con aquella conversación.</p>
<p>Eva siguió planchando camisas, con mala cara, y Matías continuó haciendo záping con el mando de la tele. Transcurridos unos minutos de silencio, Matías preguntó: ¿Y Adán, como se ha portado esta noche?</p>
<p>Como siempre respondió su madre de mala gana primero no quería cenar, luego no quería tomarse las pastillas y después no quería acostarse. En medio de todo eso se ha dedicado a insultarme, como siempre, y a decir que tú y yo estamos compinchados para amargarle los últimos años de su vida. ¡Tiene gracia!</p>
<p>Matías escuchó a su madre, aunque ya sabía lo que ésta iba a contarle, porque era lo mismo todos los días. Le daba pena. Decidió no enfadarse con ella por su complicidad con Susana. ¡Bastante tenía la pobre con aguantar a su padre! A pesar de sus buenos propósitos, no pudo evitar decirle en un tono cariñoso:</p>
<p>Lo siento, mamá. Sé que lo estás pasando muy mal. A los dos nos tiene muy alterados el estado en que se encuentra Adán. A mi me influye mucho, hasta el punto de que repercute en mi relación con Susana. ¿Cómo voy a pensar en una vida futura con ella, viendo el ejemplo de matrimonio que he tenido en esta casa?</p>
<p>Eva suspiró profundamente antes de responder. Sabía que algún día su hijo diría lo que ahora estaba diciendo. Pero ella tenía preparada y meditada la respuesta:</p>
<p>Que tu padre y yo no hayamos sido felices en nuestro matrimonio, no quiere decir que Susana y tú no lo seáis. Cada caso es distinto, no tiene nada que ver.</p>
<p>Matías no estaba tan seguro de eso, pero no respondió. Se limitó a seguir en silencio, mientras Eva continuaba hablando:</p>
<p>A mí me encantaría que Susana y tú os casarais cuanto antes. Ella aún es joven, pero tú ya no lo eres tanto. Eres trece años mayor que ella, y ya tienes 35, edad para formar una familia… Estoy deseando tener nietos concluyó Eva, con una sonrisa.</p>
<p>Las últimas palabras de su madre, hicieron que a Matías se le pusieran los pelos de punta. ¡¡No sólo lo veía ya casado, sino también con hijos!!</p>
<p>No corras tanto, no corras tanto dijo mientras se levantaba del sofá, con ánimo de irse a la cama creo que no estoy preparado para ir a tanta velocidad. Que pases buena noche, mamá. Ah, y mañana no comeré aquí, casi se me olvida decírtelo. ¿Comerás con Susana? preguntó su madre.</p>
<p>Susana tiene guardia, ya te lo he dicho respondió Matías, sin querer dar más explicaciones a Eva. Sobre todo ahora que sabía cómo ésta se había aliado con la joven para controlarle física y emocionalmente.</p>
<p>Con esa sensación interna de sentirse controlado y acosado, Matías se metió en su habitación y cerró la puerta con cerrojo. Allí se sentía a salvo, lejos de las miradas de los demás, de la intromisión de su madre en su vida privada. Era difícil convivir con la familia cuando uno había dejado de ser adolescente, y se tenía su edad.</p>
<p>Pensó que quizás debería alquilar un piso. Así podría compaginar la atención y el cuidado de su padre, con mantener su intimidad. Tal y como estaba la situación familiar, no veía factible abandonar San Roque para irse a vivir a otro sitio, pero sí podría trasladarse a otra casa y llevar, en la medida de lo posible, una vida más independiente.</p>
<p>Con el pijama puesto y después de haberse aseado, se metió en la cama. Era una cama estrecha, de 90 centímetros, demasiado pequeña para su estatura. Como se movía mucho durmiendo, los pies le colgaban y siempre sacaba las sábanas y las mantas.</p>
<p>Sentado en la cama, con la novela de Sara Bermúdez que llevaría a Paula, en la mesilla de noche, Matías observó su dormitorio. Estaba igual que cuando era un muchacho, antes de irse a estudiar la carrera a la Gran Ciudad. En una pequeña estantería conservaba aún algunos libros juveniles de Julio Verne y Mark Twain, junto a una copa que ganó en un torneo escolar de tenis.</p>
<p>En la pared había colgado un banderín del equipo de fútbol local, y otro del colegio mayor donde estuvo interno el primer año de carrera, antes de irse a vivir a un piso compartido con otros compañeros. En el pequeño armario empotrado, que completaba el mobiliario de la habitación, apenas si cabía su ropa de adulto. Y la colcha de cuadros que cubría su cama, era la misma que tenía en su infancia.</p>
<p>Matías pensó que aquel cuarto era muy impersonal y daba la impresión de que allí dormía todavía un adolescente. Su madre nunca le dejó poner posters en la pared, para no estropearla. Sólo aquellos dos antiguos banderines habían tenido el privilegio de alegrar ese dormitorio de luz mortecina, cuya ventana daba a un patio interior.</p>
<p>Nunca como aquella noche se sintió Matías tan extraño en su cama. Se preguntó cómo había podido aguantar en aquella habitación tantos años, sin experimentar ningún deseo de cambiarla. Cuando volvió a San Roque y aprobó las oposiciones para trabajar en la Biblioteca, pensó que su vuelta a la casa familiar sería algo totalmente provisional. Pero no había sido así. Ahora, por primera vez en los últimos años, experimentó una gran necesidad de abandonar esa casa y tener su propio hogar.</p>
<p>Lo más curioso es que no estaba pensando en un hogar para compartirlo con Susana. Lo que le apetecía era estar solo. No tener a nadie a su lado que pudiera controlarlo. Que le interrogase sobre dónde y con quién había estado. Qué es lo que pensaba hacer o a qué lugar pensaba ir. Todo el mundo tiene derecho a su intimidad se dijo para sus adentros.</p>
<p>Suspirando profundamente, cogi la novela El color de las palabras, que tenía en la mesilla de noche, y leyó su argumento en la contraportada. Luego continuó con la frase que figuraba al principio, cuyo autor desconocía:</p>
<p>Conocí el bien y el mal pecado y virtud, justicia e infamia; juzgué y fui juzgado pasé por el nacimiento y por la muerte, por la alegría y el dolor, el cielo y el infierno; y al fin reconocí que yo estoy en todo y todo está en mí.</p>
<p>Era una bonita frase, pero a él no le decía nada. No había pasado por todo eso que allí se expresaba. Quizás había conocido los aspectos más negativos de la vida, pero no los positivos. Eso al menos le parecía a él. Últimamente creía que estaba desperdiciando su vida. Hacía años que pensaba que su situación era provisional. Como mucho, duraría hasta el día en que faltase su padre pero ¿quién le decía que él no iba a morir antes que Adán?</p>
<p>Y aunque no fuera así razonó ¿quién le decía que su vida no iba a continuar tan seca y estéril como lo era en esos momentos? La conversación que acababa de mantener con su madre había sido muy clarificadora. Ella y Susana ya estaban decidiendo por él.</p>
<p>Habían previsto boda ¡y hasta hijos!</p>
<p>Si no tienes cuidado, Matías se dijo a si mismo en voz alta te van a organizar la vida hasta el día en que te mueras.</p>
<p>Sus propias palabras le asustaron y allí, en la penumbra de su dormitorio juvenil, Matías decidió aquélla noche que no lo iba a permitir.</p>
<p>Después dejó el libro en la mesilla, apagó la luz y se acurrucó en la cama bajo las sábanas y aquella colcha de cuadros que tanto conocía. Amparado en la oscuridad, empezó a pensar en Paula. En sus ojos verdes, en su sonrisa infantil, en sus pecas. En su cuerpo, sobre todo en sus pechos. Se imaginó desabrochándole el sujetador, acariciándolos. ¡Dios, cómo le gustaba aquella mujer, cómo le excitaba! ¿Por qué Susana no le excitaba así? se preguntó fugazmente en su interior. Pero no quería pensar en su novia, sólo en Paula, en acariciar su cuerpo…</p>
<p>Paula, Paula repitió su nombre con los ojos cerrados mientras se masturbaba en silencio, para que su madre no lo oyera.</p>
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<epigraph>
<p>CAPÍTULO IX</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>El camino de los locos, ley Paula en voz alta. Pero su corazón se aceleró cuando vio el nombre de la autora de aquel libro escrito a mano: ¡¡Sara Bermúdez!! Esto sí que es una sorpresa. ¡He encontrado enterrado un manuscrito de Sara Bermúdez! ¡No me lo puedo creer! dijo inspeccionando el cuaderno de tapas rojas, con incredulidad.</p>
<p>Paula pensó que eran demasiadas emociones juntas para un solo día. Esa misma mañana había conocido a un joven encantador, había encontrado un libro enterrado en su jardín, su hija le había contado el drama que vivía en su matrimonio, su nuera le había anunciado que iba a tener una nieta adoptiva, chinita, probablemente y, por último, descubría que el manuscrito que había encontrado enterrado había sido escrito por Sara Bermúdez, la mujer, fallecida, a la que perteneció su casa con anterioridad. ¡¡Increíble, increíble!! repetía en voz alta Si todos los días fueran igual de intensos que éste, no se podría aguantar.</p>
<p>Con el manuscrito aferrado a su pecho, como si se tratase de un tesoro a proteger, Paula se trasladó a su dormitorio, se puso rápidamente el pijama, se aseó en su baño y se metió en la cama para examinarlo con tranquilidad. Lo hojeó y comprobó que todas las páginas estaban escritas a mano, con pluma, con una tinta de color violeta.</p>
<p>La letra de Sara era bastante clara, no había ninguna dificultad para entenderla. El papel del manuscrito era grueso, de color crema. ¡Qué cosa más rara! dijo Paula, sin dejar de examinarlo ¿Por qué lo enterraría?</p>
<p>No tiene ninguna lógica, salvo que se trate del plano de un tesoro bromeó Pero aquí no se ve ningún plano de nada. Habrá que leerlo concluyó.</p>
<p>Antes de iniciar la lectura, Paula cerró el manuscrito y se fijó otra vez en la figura que había en la portada. Era un arcano conocido como El Loco. Ella conocía esa figura porque una vez fue con una amiga a que le echasen las cartas del Tarot. ¡Menuda armó Paco cuando se enteró! Aún hoy recordaba la bronca que le echó su marido. Entre otras cosas, la llam enajenada y bruja loca.</p>
<p>Paula se rio ahora al rememorar la discusión, aunque por dentro no pudo evitar sentir cierta rabia. En aquella época de su vida ella sentía atracción hacia lo oculto, hacia el misterio y, sin saber por qué, las cartas del Tarot, con sus símbolos, formas y colores, le llamaban mucho la atención. Pero después de la bronca de Paco, ya no se atrevió ni a leer el horóscopo en el periódico, porque le daba la impresión de que incumplía alguna ley sagrada.</p>
<p>Sin querer profundizar en su matrimonio, que hasta hacía poco le parecía idílico, Paula se fij detenidamente en la figura de El Loco.</p>
<p>Se trataba de un hombre joven, vestido con un gorrito y cascabeles, como lo hacían los bufones, que caminaba ayudándose de un bastón, sostenido con la mano derecha, mientras que con la izquierda llevaba un hatillo al hombro. Tras él aparecía un perrito, que le había hecho un roto en el pantalón, y parecía empujarle con sus patas delanteras.</p>
<p>La figura le resultaba muy agradable. Le daba la sensación de ser un personaje dotado de movimiento y libertad. Un viajero con poco equipaje, que caminaba mirando hacia delante, sin saber muy bien a dónde se dirigía. Pero, por la cara de satisfacción que llevaba, parecía importarle poco.</p>
<p>Paula comprendi que el extra o título del manuscrito: El camino de los locos, estaba relacionado con ese arcano. Al volver la página, y después de una hoja en blanco, se encontró con la siguiente dedicatoria:</p>
<p>A todos los locos que tienen el valor de seguir su propio camino, aunque no sea el más transitado.</p>
<p>A los que saben que la línea recta no siempre es el camino más corto para llegar al interior de sí mismos.</p>
<p>A los que intuyen que ya están dónde tienen que estar y ya han llegado a donde tienen que llegar.</p>
<p>A los que prefieren el camino a la meta.</p>
<p>A los que saben que el suyo es el camino sin camino.</p>
<p>A los que reconocen que todos los caminos son el suyo.</p>
<p>A todos los locos solitarios, sin cuya presencia el mundo sería triste y est ril.</p>
<p>A Paula le gustó la dedicatoria. La releyó varias veces y, sin saber por qué, se acordó de su vecino Jano. Quizás porque tenía ojos de loco. Un poco inquieta, recordó lo que éste le había contado sobre su extraño nombre y sobre las dos caras que tenía el personaje al que había aludido. ¿Cómo ha dicho? se interrogó a sí misma en voz alta ¿que era el dios de las puertas?</p>
<p>Esta reflexión la llevó a levantarse rápidamente de la cama, para comprobar que todas las puertas de la casa estaban bien cerradas con llave.</p>
<p>De vuelta a su dormitorio, pensó que era muy raro que el tal Jano tuviera dos caras. ¡No entiendo nada! afirmó de viva voz ¿a qué viene tanta cara? Mi vecino es un tío raro y, me parece a mí que la tal Sara era también un poco rarita. ¡Qué extraño que Jano no la haya mencionado! Sin duda fueron vecinos durante mucho tiempo y se conocerían. ¡Digo yo!</p>
<p>Acomodada bajo el fino edredón que cubría su cama y la protegía en la madrugada del fresco del otoño, Paula se dispuso a leer el manuscrito de Sara Bermúdez. Antes de hacerlo lo hojeó una vez más y comprobó que lo que tenía entre las manos no era ninguna novela ni un libro de relatos. Más bien parecía una especie de diario.</p>
<p>Bueno, vamos a ver qué es esto dijo y empezó a leer sin más dilación.</p>
<p>Conocí a Daimon en la Plaza del Obradoiro, delante de la Catedral de Santiago. Aunque en realidad sería más correcto decir que fue en ese lugar donde se presentó ante mí y me habló, dado que ya veníamos coincidiendo, a lo largo de todo el Camino de Santiago.</p>
<p>La primera vez que lo vi fue en el albergue de Roncesvalles, donde ambos iniciamos la ruta de las estrellas.</p>
<p>Esa noche, la primera que pasé en un albergue antes de comenzar el Camino al día siguiente, se dirigió a mí para indicarme, con un gesto, que cogiera yo la litera de abajo y que él se instalaría en la de arriba. Todo esto lo dijo sin hablar. Yo le contesté que muchas gracias. Su respuesta consistió en una leve inclinación con la cabeza. Antes de que pudiera darme cuenta, había saltado a la litera de arriba, con una agilidad felina y nada propia de su edad.</p>
<p>A partir de ese momento, fui encontrándomelo durante todo el mes que tardé en recorrer el Camino desde Roncesvalles a Santiago. Siempre iba un paso por delante o por detrás de mí, misterioso, sin hacer ruido. A veces me daba la impresión de que me vigilaba.</p>
<p>Cualquier intento que yo hacía por hablarle era en vano. Con total amabilidad sonreía a mis palabras. Siempre sonreía, pero nunca decía nada.</p>
<p>Su silencio me hizo llegar a la conclusión de que era extranjero y no entendía nada de español. Por eso me extrañó cuando, en la Plaza del Obradoiro, junto a la concha del suelo, que marca el kilómetro cero, se dirigió a mí en perfecto castellano.</p>
<p>Fue en el atardecer, las últimas luces del sol acababan de dejar su halo dorado en las agujas de las torres de la Catedral. Desde arriba, varias imágenes de Santiago, vestido de peregrino, nos contemplaban. Yo estaba tumbada en el suelo, de espaldas a la Catedral, viendo toda la mole de piedra al revés, incrustada en un cielo azul intenso, despejado de nubes.</p>
<p>Embebida en aquel precioso panorama, inquietante, mágico, no me di cuenta de que se me acercaban unas sucias botas de peregrino y se detenían ante mí, hasta que vi su rostro entre la Catedral y el mío. Le sonreí sin moverme, pero me incorporé de un salto cuando escuché su voz que me decía:</p>
<p>Así es como tienes que ver el mundo a partir de ahora, al revés. Tienes que invertir tu visión porque ya nada será lo mismo.</p>
<p>El impacto de sus palabras me dejó atónita. Pero no por lo que había dicho, ya que apenas le presté atención, sino porque me estaba hablando. Un tanto desconcertada le pregunté: ¿Puede hablar, conoce mi idioma? ¡Claro que conozco tu idioma! respondió, disfrutando con mi confusión también es el mío. ¿Tengo pinta de guiri? preguntó con una sonrisa.</p>
<p>Sí; bueno, no. Tiene pinta rara le respondí cogiendo la mano que me tendía para levantarme del suelo, donde permanecía sentada.</p>
<p>Él se empezó a reír y dijo que a lo largo de su vida le habían llamado muchas cosas, pero nunca le habían confundido con un guiri.</p>
<p>Por unos momentos me detuve a observarlo y recapitulé mentalmente sobre la cantidad de veces que me lo había encontrado a lo largo del Camino, siempre cerca de donde yo estaba. Me vino a la memoria el salto felino que había dado, la primera noche que le vi, para subirse a la litera en Roncesvalles. Deduje que, aunque parecía mayor, se movía como una persona joven.</p>
<p>Te gustaría saber mi edad ¿verdad? dijo como si estuviera al tanto de mis pensamientos.</p>
<p>Un tanto avergonzada, le respondí:</p>
<p>Bueno, me ha pillado, estaba pensando que se le ve muy ágil para su edad.</p>
<p>Inmediatamente me di cuenta de que había metido la pata y quise arreglarlo.</p>
<p>Lo que quiero decir es que por un lado parece mayor, por las facciones y las canas, pero por otro parece un hombre joven.</p>
<p>Él se rio abiertamente de mi ocurrencia y se tocó la coleta que recogía su pelo canoso, en un gesto de coquetería. Luego, como si quisiera mostrarme el buen estado de su dentadura, enseñó unos dientes blancos y bien alineados, para decirme a continuación:</p>
<p>No te fíes, son postizos.</p>
<p>Yo no sabía si hablaba en serio o en broma, pero él no dejaba de reír. Me tendió la mano para estrechármela y dijo:</p>
<p>Mi nombre es Daimon. ¿Daimon? pregunté yo, extrañada. ¿Daimon? ¿Eso no significa demonio? dijo Paula en voz alta, antes de continuar leyendo con interés.</p>
<p>Sí, Daimon. Ya sé que no es un nombre muy corriente, pero es el que he elegido para que tú me conozcas dijo mirándome con sus penetrantes ojos negros.</p>
<p>No entiendo afirmé yo, un poco aturdida por su mirada.</p>
<p>Digamos que para ti, mi nombre es Daimon. Y no te asustes, porque no significa demonio. O al menos no significa sólo eso. Fue el cristianismo oficial el que le dio esa acepción siniestra al concederle el significado de demonio. Por cierto, aprovecho para decirte que ese cristianismo al uso, no tiene nada que ver con las auténticas enseñanzas de Jesús concluyó como esperando una respuesta.</p>
<p>Y entonces ¿qué significa Daimon? preguntó Paula, como si estuviera conversando en la Plaza del Obradoiro con los personajes de aquel manuscrito. ¿Qué significa Daimon para ti? pregunté tuteándolo de pronto.</p>
<p>Bien, iba a decirte que me llames de tú, pero veo que ya no hace falta dijo con una sonrisa. En cuanto al significado de mi nombre, te diré que Daimon es una palabra griega que se identifica con el espíritu y también con el destino. Para los pitagóricos el Daimon actuaba como lazo de unión entre los hombres y los dioses. Sócrates ubicaba al Daimon en su interior. Decía que gracias a él, los hombres podían ponerse en contacto individual con la divinidad, sin intermediarios.</p>
<p>Yo estaba fascinada escuchando todo lo que él me decía, sin darme cuenta de que la noche nos estaba envolviendo en sus sombras y la fachada de la Catedral ya había sido iluminada con potentes focos. Él continuó:</p>
<p>En griego clásico, Daimon no significa demonio, sino ángel bueno, protector.</p>
<p>S crates le llamaba voz prof tica se al de Dios. Por obra y gracia del cristianismo oficial, en su confusión y afán de confundir, pasó de ser un ángel bueno a un demonio.</p>
<p>Sus palabras me trasladaron a mi infancia, a los dibujos que veía en el catecismo escolar donde había un niño de mirada ingenua, con un ángel de la guarda de color azul a su derecha, y un horrible demonio pintado de rojo a su izquierda. Ambos le susurraban a los oídos buenas y malas acciones, respectivamente. Como si hubiera leído mis pensamientos, Daimon me dijo:</p>
<p>Sí, el ángel y el demonio representan la mejor imagen de la dualidad que opera en este universo. Pero ambos son los símbolos de una misma energía que todos llevamos en nuestro interior.</p>
<p>Aunque estábamos en verano y la noche era cálida, me froté los brazos. Daimon pareció darse cuenta entonces de que la luz solar nos había abandonado, y el cielo se había transformado en un techo oscuro, aunque tachonado de estrellas resplandecientes.</p>
<p>Sugirió que nos trasladásemos a algún sitio a cenar algo. Así lo hicimos, sentándonos en la terraza del Hostal de los Reyes Católicos.</p>
<p>Yo estaba algo inquieta. No era nada habitual mantener una conversación como la que estaba teniendo con aquel hombre. Por una parte me encontraba muy a gusto. Por otra me sentía un poco asustada y con la extraña sensación de que aquello no era real. Así se lo hice saber a mi acompañante. Después de pedir unos bocadillos y unas cervezas, me respondió:</p>
<p>Tienes razón. Nada de esta conversación es real. Al menos no es real en el sentido que tú quieres darle. Nada de lo que vivimos es real. La realidad sólida que todos pretendemos conocer, no existe. Todo lo que vivimos son proyecciones de nuestra mente. Se podría decir que, si ahora estoy aquí contigo, es porque tú misma me has convocado.</p>
<p>Si con sus palabras pretendía tranquilizarme, me asustó aún más. ¿Cómo que yo te he convocado? pregunté incrédula si ni siquiera te conocía hasta hace un rato, aunque te haya visto a lo largo del Camino. Por cierto, ¿me vigilabas?</p>
<p>Daimon se echó a reír y respondió: ¿Qué pasaría si yo te dijera que sí, que te he estado vigilando durante todo este mes?</p>
<p>Que me asustaría muchísimo dije con cara de asombro. Es decir, que me estás asustando ya. ¿Quién eres en realidad? pregunté sin estar muy segura de querer saber la respuesta. ¿Quién soy? Lleva muchas vidas saber quien eres dijo, con la mirada perdida. ¿Tú crees en la reencarnación? pregunté por decir algo, aunque no me gustaba un pelo el cariz que tomaba la conversación. ¡Claro que creo en la reencarnación! He vivido muchas vidas. Y tú también. ¿Cómo puedes saber si he vivido muchas vidas, cuando ni yo misma lo sé? dije un poco alterada. ¡Vamos, no te engañes, tú también lo sabes! Otra cosa es que tu mente racional no te permita aceptarlo.</p>
<p>Sus palabras me hicieron reflexionar y me vinieron a la cabeza todos esos momentos en los que, al llegar a un sitio, no sólo tenía la sensación de que ya había estado allí, sino que recordaba cosas de cómo se encontraba ese lugar en un lejano pasado. Sin saber explicarlo, a veces me sorprendía a mí misma diciendo para mis adentros: Allí había una puerta, o aquello no estaba pintado de ese color.</p>
<p>Algo en mi interior me decía que Daimon llevaba razón, y que nuestras almas, o lo que fuera, ya habían vivido muchas vidas antes de ésta. Sin embargo, a pesar de mi certeza interna, quise seguir interrogándole porque mi razón se negaba a creerlo. ¿Tú sabes quién has sido en otras vidas?</p>
<p>En algunas sí lo sé. ¿Y eso te sirve de algo? ¿Conocer otras vidas de tu pasado, te ayuda a vivir mejor en ésta? pregunté.</p>
<p>Eso depende. ¿De qué depende?</p>
<p>De tu nivel de conciencia. Si tienes un nivel bajo, ese conocimiento podría hacerte mucho daño. Pero yo creo que nadie sabe lo que no tiene que saber, hasta que no está preparado.</p>
<p>Daimon miró mi cara de escepticismo, sonrió, e intentó explicármelo:</p>
<p>Tu no darías de comer un plato de lentejas a un recién nacido, ¿verdad?</p>
<p>No, claro que no respondí adivinando su razonamiento.</p>
<p>Pues el conocimiento es el plato más fuerte que existe y sólo lo pueden aguantar los estómagos muy curtidos. Por eso se nos va dando con cuentagotas, conforme estamos preparados. No sólo para recibirlo sino, lo que es más importante, para poder digerirlo.</p>
<p>Tras escuchar estas palabras me quedé callada. Aquella conversación me parecía cada vez más irreal y, sin embargo, era la más trascendental e importante que había tenido en mi vida. Estaba emocionada y tenía ganas de llorar.</p>
<p>Durante un mes había recorrido a pie el Camino de Santiago, llevada por un fuerte impulso, y había tenido experiencias internas que no podían comprenderse a la luz de la razón. Pero que me habían marcado de una forma poderosa.</p>
<p>En mi vida habitual era una escritora bastante conocida. Me consideraba afortunada. No tenía problemas económicos y mantenía una buena relación con mi hijo, mi ex marido y mi hermana, que vivía en Brasil. Tenía amistades y una buena salud. Aparentemente vivía una existencia feliz.</p>
<p>Sin embargo, en el último año, una poderosa voz interna me había demandado un cambio radical en mi vida. Me faltaba algo, aunque no sabía muy bien el qué. Una fuerza interior tiraba de mi hacia no sabía dónde. Me sentía conducida, y esa fuerza me llevó a emprender la marcha a pie por el Camino de Santiago.</p>
<p>A lo largo de la ruta de las estrellas descubrí que la llamada interior que escuchaba era para volver a casa. A mi auténtico hogar, a mi misma. A mi esencia. Y ahora, en la Plaza del Obradoiro, frente a la Catedral de Santiago, aparecía un ser tan irreal como Daimon, del que, sin embargo, no me quería separar. Aunque apenas le conocía, ya era más importante para mí que mis amistades más íntimas. ¿Qué significaba todo aquello?</p>
<p>Daimon pagó la consumición y me invitó a pasear por la monumental Plaza. Dijo que quería enseñarme algo, y yo le seguí dócilmente. Nada más abandonar la terraza del Hostal de los Reyes Católicos, hizo que me girara hacia el oeste. Allí, detrás de donde estábamos sentados había una iglesia barroca, la de San Fructuoso. Me hizo mirar cuatro estatuas que estaban colocadas en la parte de arriba, en la fachada orientada a la Plaza del Obradoiro.</p>
<p>Mira esas estatuas, ¿te recuerdan algo?</p>
<p>Las observé unos instantes y le dije que se parecían a las sotas de la baraja.</p>
<p>Para la iglesia católica representan las virtudes cardinales…</p>
<p>Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza le interrumpí.</p>
<p>Buena chica, veo que te aprendiste bien el catecismo. Bien, son las virtudes cardinales, relacionadas con los cuatro puntos en que se divide el globo terráqueo: norte, sur, este y oeste, y con los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra.</p>
<p>Daimon me observó unos momentos, y continuó:</p>
<p>Los puntos cardinales y los elementos forman un círculo de magnetismo y poder, dentro del que se encuentra el globo terráqueo. El primer punto cardinal es el Este, que es por donde sale el sol, y se corresponde con el elemento Aire. El segundo es el Sur, y se corresponde con el Fuego. El tercero es el Oeste, por donde se pone el sol, cuyo elemento es el agua. El cuarto punto es el norte, cuyo elemento es Tierra. Pero esas figuras que ves ahí, no representan sólo eso añadió Como tú dices, parecen las sotas de nuestra baraja española, pero su origen es mucho más antiguo. Son los pajes de los arcanos menores del Tarot ¿Las sotas de la baraja? ¿Los pajes del Tarot? ¡Qué interesante! dijo Paula removiéndose en su cama.</p>
<p>Recordó nuevamente aquélla vez en que le echaron las cartas del Tarot y en esta ocasión se acordó de que le pronosticaron que su vida sufriría en el futuro un cambio muy drástico. ¡Mira qué curioso! No me acordaba se dijo a sí misma antes de continuar leyendo, a pesar de que el sueño la rendía. ¿El Tarot? Es curioso que me nombres el Tarot. Antes de empezar el Camino de Santiago me compré una baraja del Tarot de Marsella, aunque no tengo ni idea de cómo se echan las cartas.</p>
<p>Sí la tienes afirmó rotundamente Daimon sólo que no te acuerdas. ¿Cómo puedes hacer esas afirmaciones tan categóricas? pregunté un poco enfadada.</p>
<p>Todo a su debido tiempo. Vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador Al ver mi cara de asombro, matizó:</p>
<p>Lo del destripador es broma, lo de ir por partes va totalmente en serio. Para llegar de Roncesvalles a Santiago has tardado un mes, pasito a pasito, no quieras dar saltos en el vacío. Sigamos con la explicación.</p>
<p>Abrí exageradamente los ojos para aparentar que ponía interés. Daimon se rió y continuó:</p>
<p>Verás, ésta es la Plaza del Obradoiro, que quiere decir Obra de Oro. Los antiguos alquimistas, como sabrás, transformaban los metales viles en oro. Pero la auténtica transformación era interna. Ellos seguían un camino para lograr la Piedra Filosofal y, curiosamente, a ese camino lo llamaban el Camino de Santiago. Metafóricamente hablando, había que recorrer todo ese camino para llegar a la Plaza del Obradoiro. Pero esta no es la meta final del Camino de Santiago.</p>
<p>Daimon hizo una breve pausa para estudiar mi reacción. Yo ni pestañeaba.</p>
<p>Éste es un antiguo Camino iniciático, anterior al cristianismo y cuyo origen, por cierto, es pagano. ¿Entonces aquí no está enterrado el apóstol Santiago?</p>
<p>Naturalmente que no. Pero eso ya lo reconocen hasta los mismos católicos.</p>
<p>No todos dije con convicción.</p>
<p>Efectivamente, no todos, pero eso es lo de menos. La iglesia católica se ha dedicado a plantar sus templos en los lugares donde antes se ubicaban altares paganos, pero eso da igual. Lo importante es el lugar, no la clase de iglesia que se instale. Todo es válido y sucede por algo.</p>
<p>Aunque lo que acababa de decir ya lo sabía, el hecho de escucharlo de sus labios dio solidez a lo que yo pensaba.</p>
<p>Cuando llegas a la catedral de Santiago, llegas a una tumba y, si has hecho el Camino con cierta consciencia, se habrá producido en tu interior una muerte iniciática a lo que era tu personalidad anterior. Pero el Camino sigue hasta el mar, hasta lo que los antiguos conocían como el fin de la tierra, Fisterra, o Finisterre, como quieras. Las figuras que ves allí arriba son las guardianas de un umbral. El que marca el Camino hacia Fisterra que sale desde aquí, desde el kilómetro cero de la Plaza del Obradoiro.</p>
<p>El lugar donde nos hemos encontrado dije satisfecha.</p>
<p>Así es, el lugar dónde debíamos encontrarnos matizó.</p>
<p>Y dónde nos encontramos dije yo de forma obstinada.</p>
<p>Y dónde nos encontramos subrayó él tras soltar una carcajada. ¿Recuerdas lo que estabas haciendo cuando aparecí yo? preguntó.</p>
<p>Sí, claro. Estaba tumbada en el suelo viendo la catedral del revés.</p>
<p>Y yo te dije que así es como tendrías que ver el mundo a partir de ahora. Que tendrías que invertir tu visión. ¿Lo recuerdas?</p>
<p>No me acordaba reconocí fue tan impactante verte y que me hablases, que no me fijé mucho en tus palabras. Aunque ahora que lo dices…</p>
<p>Este lugar donde nos encontramos es simbólico, y lo que tú estabas haciendo, tambi n. Aunque no fueras consciente de ello. Estabas adoptando la postura de El Colgado, la carta número doce del Tarot.</p>
<p>Hice memoria y me vino a la cabeza la extraña figura de un hombre, colgado del pie izquierdo de una rama, con la pierna derecha cruzada por detrás, y las manos atadas a la espalda, entre dos árboles que también estaban boca abajo, con las copas verdes en el suelo.</p>
<p>Le dije a Daimon que yo me había tumbado en la Plaza porque algún peregrino me había dicho que era algo que se hacía habitualmente, pero no sabía por qué.</p>
<p>Tu raz n no lo sabía, pero tu inconsciente sí. Al adoptar la postura de El Colgado en este lugar, y después de haber recorrido a pie el Camino de Santiago, te has situado en la misma posición que ese arcano subrayó Para empezar, es el número doce, lo que significa que un ciclo de tu vida ha terminado. El doce es un número de final de ciclo, por eso los años tienen doce meses, los apóstoles de Jesús eran doce, como los signos del zodíaco… etc. ¿Y así me encuentro yo, al final de un ciclo? pregunté muy interesada.</p>
<p>Sí, al final de uno de los muchos ciclos que tiene la vida, pero uno muy importante recalcó Como El Colgado, estás suspendida en el vacío, atada de manos y obligada a cambiar tus puntos de vista, a verlo todo con otra visión. Estás boca abajo, como se colocan los niños en el útero antes del parto. Porque de eso se trata, de tu nacimiento al mundo del espíritu. ¿Qué quieres decir? pregunté un poco asustada.</p>
<p>Que ya no te queda tiempo para estupideces, Sara dijo con firmeza, pero con ternura.</p>
<p>Al escucharle decir mi nombre, caí en la cuenta de que yo no se lo había dicho. Había ocurrido todo tan deprisa y de una forma tan irreal, que no le había dicho cómo me llamaba. ¿Cómo sabes mi nombre? le pregunté. Yo no te lo he dicho.</p>
<p>Sé muchas cosas de ti, Sara. Llevo observándote durante un mes. Desde que coincidimos en Roncesvalles ¿no lo recuerdas? En realidad ya te lo he dicho antes, pero no prestas atención cuando te hablan.</p>
<p>Su confesión me cayó como un jarro de agua fría. Era cierto, me lo había dicho antes, pero yo creía que estaba de broma. Así se lo hice saber.</p>
<p>Yo no bromeo afirmó no hay tiempo para bromas ni para tonterías. Esta Edad se está acabando y no hay tiempo para seguir haciéndonos los tontos. Ya no te queda tiempo, Sara dijo mirándome fijamente a los ojos Como El Colgado, tienes que realizar una inversión de tu mirada y centrarte en tu interior. Tienes que desprenderte de la visión del mundo que te han suministrado tu educación y tu cultura. Tienes que abandonar las ilusiones de tu ego para centrarte en lo real, en tu propia esencia.</p>
<p>Sus palabras actuaron como un revulsivo en mi interior y comencé a llorar. Daimon me consoló con una tierna mirada, pero no dijo nada. Me senté en el suelo, junto a la concha que marca el kilómetro cero. Él se sentó a mi lado sonriendo y dijo que, una vez más, estaba haciendo lo que tenía que hacer.</p>
<p>Sabes mucho más de lo que crees que sabes. Este kilómetro cero ha sido el punto de llegada y también será el de partida. Vamos a seguir en el Tarot. Hay un arcano que tiene nombre, pero no número, su número es el cero. ¿Sabes cual es?</p>
<p>No respondí sorbiéndome los mocos.</p>
<p>Es El Loco. Este arcano simboliza al Peregrino que inicia su camino. Es un arcano muy, muy poderoso, el más poderoso de todos. Ya hablaremos de él. ¿Quieres decir que tendré que hacer la peregrinación a Finisterre? pregunté por decir algo, sin entender muy bien qué es lo que me quería decir.</p>
<p>Por supuesto que tendrás que ir a Fisterra, y a otros muchos sitios. Pero para eso tendrás que decidir qué hacer. Esas estatuas dijo señalando a las virtudes cardinales son los pajes del Tarot que representan una incertidumbre entre la acción y la inacción, el dualismo que todos llevamos dentro. Simbólicamente, el ángel y el demonio que siempre nos acompañan. Míralas, son los pajes de oros, bastos, copas y espadas. ¿Y yo tengo algo que decidir? dije sin mucha convicción.</p>
<p>Claro. Los oros simbolizan el deseo de vivir. Los bastos el de crear. Las copas el de amar, y las espadas el de ser. ¿Ser o no ser? Esa es la cuestión concluyó sonriendo.</p>
<p>Yo no sabía qué decir, estaba confusa. Finalmente, me atreví a preguntar: ¿Tú me ayudarás? ¿Serás mi maestro?</p>
<p>Tú serás tu maestra respondió con fuerza y rapidez Yo sólo puedo mostrarte las señales de un camino que he hecho antes que tú, pero no puedo enseñarte nada. Entre otras cosas porque todo está ya en tu interior. El problema es que no lo recuerdas. Y porque, además, lo que vas a iniciar es el camino de los locos, y en este camino cada uno es su propio guía.</p>
<p>Paula leyó estas últimas palabras, a duras penas. El sueño la estaba rindiendo, pero no podía dejar de leer. El manuscrito la tenía atrapada. Al llegar a este final, de lo que parecía ser un capítulo, dejó el libro de tapas rojas sobre la mesilla de noche y apagó la luz.</p>
<p>El reflejo de la luna se colaba por la claraboya situada sobre su cama. Aunque el sueño la rendía, aún le dio tiempo a pensar que en esa misma habitación durmió Sara Bermúdez. Y que las estrellas que ella contempló, eran las mismas que ahora ella tenía sobre su cabeza.</p>
<p>Esbozó una sonrisa, cerró los ojos, y se acurrucó bajo el edredón.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO X</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>El paisaje era lunar, con montañas de color rojizo. Hacía calor y, en medio de un camino solitario, Paula deambulaba despacio sin saber a dónde iba.</p>
<p>Una música insistente sonaba por alguna parte, pero ella miraba hacia los lados, y no conseguía detectar de dónde venía. De pronto identificó la musiquilla de anuncio de Coca cola de su teléfono, y despertó.</p>
<p>Qué sueño más extraño dijo en voz alta mientras buscaba, aturdida, el móvil en la mesilla de noche.</p>
<p>Aún adormilada, vio de refilón que desconocía el número que aparecía en la pantalla del teléfono. Se incorporó en la cama y apretó el botón que conectaba el aparato. Al escuchar la voz que le hablaba al otro lado, primero no la reconoció, y después supo instintivamente quien era. Le dio un vuelco el corazón.</p>
<p>Hola, soy Matías, el bibliotecario con el que hablaste ayer ¿Te he despertado?</p>
<p>Paula se atusó el pelo, con un gesto mecánico, como si él pudiera verla en esos momentos.</p>
<p>Ah, hola dijo con cierto nerviosismo. No, no me has despertado mintió.</p>
<p>Estaba… por aquí, haciendo cosas en la casa, ya sabes.</p>
<p>Verás, es que ayer devolvieron una novela de las que tú querías, de Sara Bermúdez, y… como hoy no trabajo, he pensado acercártela a tu casa… Allí a Rossal.</p>
<p>A Paula empezó a latirle el corazón a toda prisa. Fue tanta la conmoción de pensar que Matías iba a verla a su casa, que se quedó muda, sin saber qué responder. ¿Estás ahí? preguntó Matías Si te va mal no voy, ya te lo acercaré otro día…</p>
<p>Como hoy no trabajo y me invitaste a ir…</p>
<p>No, no me viene mal. No tenía ningún plan. Me parece perfecto se apresuró a responder Paula, reaccionando Y ¿a qué hora vendrías? preguntó, intentando ver la hora que era en el reloj de la mesilla.</p>
<p>Pues, ya respondió él. Puedo estar ahí en media hora. Si te viene bien, claro.</p>
<p>Sí, sí, perfecto balbuceó Paula poniendo cara de pánico Aquí te espero.</p>
<p>Paula le dio la dirección a Matías, y le indicó que su casa se encontraba en la parte más alta del pueblo, subiendo una colina.</p>
<p>En cuanto colgó el teléfono, saltó de la cama con rapidez y se dirigió como una flecha al cuarto de baño, para darse una ducha. Fue la más rápida de su vida. Tan ligera iba, que casi se cae, al escurrirse, cuando salía de la bañera.</p>
<p>Aún con cara de susto se miró en el espejo, mientras se secaba su pelo corto con una toalla, y se dijo a sí misma en voz alta:</p>
<p>Tranquila, no te vayas a matar ahora que te sale un ligue.</p>
<p>Sus propias palabras la asustaron y, mientras escogía en su armario qué ropa ponerse, siguió con su monólogo:</p>
<p>Mira Paula, que te conozco. No empieces con tus fantasías. ¿Por qué has dicho lo del ligue? Este chico podría ser tu hijo. Vamos, que tiene edad para serlo, así que ándate con ojo, no vayas a hacer el ridículo más espantoso de tu vida al creerte algo que no es.</p>
<p>Después de ponerse un pantalón vaquero y un suéter azul marino de cuello alto, Paula se observó en el espejo y decidió que iba vestida con demasiada sobriedad. ¡Dios, parezco una monja! Tengo que ponerme algo… más alegre… Y más sexy concluyó con una sonrisa picarona.</p>
<p>Sin dejar de mirar el reloj ya habían pasado veinte minutos desde que llamó Matías Paula se sacó el suéter por la cabeza y, tras repasar nuevamente el armario, cogió una blusa azul turquesa de manga larga, que le quedaba ceñida por la parte del pecho. Se dejó sin abrochar los dos primeros botones y buscó su aprobación delante del espejo.</p>
<p>Bueno, esto ya es otra cosa, y este color me sienta estupendamente dijo, después de inspeccionarse otra vez de arriba abajo.</p>
<p>A toda prisa, hizo su cama, ordenó el dormitorio y guardó el manuscrito de Sara Bermúdez en el armario. Al cogerlo entre sus manos, le vino a la memoria todo lo que había leído la noche anterior, y también retazos del sueño que había tenido, hasta que la despertó la llamada de Matías.</p>
<p>Qu libro más raro dijo para sus adentros luego seguiré leyéndolo. Ahora otros asuntos más mundanos reclaman mi atenci n.</p>
<p>Cuando estaba arreglando los cojines del sofá sonó el timbre de la puerta. Paula echó un vistazo a su alrededor para comprobar que todo estaba en orden, y con el corazón galopándole en el pecho, como un potro desbocado, abrió.</p>
<p>Allí estaba Matías, con una amplia sonrisa. Qu guapo es, pens, notando que le temblaban las piernas.</p>
<p>Adelante dijo Paula, sonriendo también.</p>
<p>Matías hizo ademán de besarla en las mejillas, mientras Paula le extendía la mano derecha para estrechar la suya. La confusión y los torpes movimientos de ambos, hicieron que los dos soltasen una carcajada, que suavizó la tensión que vibraba en el ambiente.</p>
<p>Matías pasó al salón, precedido por Paula, y elogió la luminosidad de aquella habitación.</p>
<p>Que sitio más acogedor y cuánta luz tiene.</p>
<p>La parte más bonita de la casa es la terraza dijo Paula indicándole que salieran.</p>
<p>Desde aquí se ven preciosas puestas de sol en el mar.</p>
<p>Estupendo, esta tarde podremos verla respondió Matías, mientras la observaba, sin disimular cómo le gustaba.</p>
<p>Al escuchar este comentario y comprobar cómo la miraba, a Paula le dio la impresión de que las piernas no podrían sostenerla. Sonri mientras su mente, razonaba: O sea, que piensa pasar aquí todo el día.</p>
<p>Sin saber muy bien qué decir, Paula invitó a Matías a sentarse en la terraza y tomar algo.</p>
<p>Bueno, me he levantado tarde y hace poco que he desayunado, pero creo que ya es hora de tomar una cerveza dijo él, tras consultar el reloj que llevaba en la muñeca izquierda.</p>
<p>Paula se dirigió a la cocina y puso sobre una bandeja dos cervezas, dos vasos que sacó del congelador, un plato con almendras y otro con aceitunas rellenas.</p>
<p>Mientras preparaba todo, resopló varias veces para aliviar la tensión que sentía. No había duda de que a Matías le gustaba ella. Y a mí me gusta l. Qu hay de malo en disfrutar un poco? Ya no tengo que dar cuentas a nadie razonó en su interior.</p>
<p>Disimulando su nerviosismo, y teniendo mucho cuidado para que la bandeja no se le cayera de las manos, Paula volvió a la terraza y se sentó junto a Matías. El sol daba de lleno en la mesita y las dos sillas de jardín que ocupaban. Desde allí se divisaba el mar y se escuchaba nítidamente el sonido de las olas.</p>
<p>Este es un lugar privilegiado dijo él aspirando la brisa marina.</p>
<p>Sirvieron la cerveza y levantaron los vasos para brindar:</p>
<p>Por nosotros. Porque este sea el principio de una hermosa amistad bromeó Matías, emulando el final de la película Casablanca.</p>
<p>Paula se sonrojó y se limitó a chocar su vaso con el otro, sin decir una palabra. Bebieron y, tras un breve silencio que a Paula le pareció eterno, Matías sacó un libro del bolsillo de su chaqueta de pana, que había colocado en el respaldo de su silla.</p>
<p>Que no se me olvide. Esta es la novela de Sara Bermúdez que te traigo dijo Matías, alargándole un libro de tapas negras titulado El color de las palabras Sí claro dijo Paula cogiéndolo muchas gracias por haberte molestado en traérmelo…</p>
<p>No ha sido ninguna molestia se apresuró a interrumpir Matías, mirándola fijamente a los ojos al contrario, estoy encantado de estar aquí contigo y de verte otra vez.</p>
<p>Paula, que no se esperaba una alusión tan directa, se quedó un poco desconcertada.</p>
<p>Cooo o pensó esto va rápido. Y ahora qu le digo yo? Finalmente dijo, sonrojándose de nuevo:</p>
<p>Yo también me alegro de que hayas venido.</p>
<p>Nuevamente se produjo un embarazoso silencio, que Matías rompió preguntando a Paula: ¿Y por qué tienes tanto interés en leer las novelas de Sara Bermúdez?… Que conste que a mí me parece muy bien se apresuró a aclarar gracias a ella nos hemos conocido ¿no?</p>
<p>Paula estuvo a punto de hablarle sobre el manuscrito de la escritora que había encontrado enterrado en el jardín el día anterior. Sin embargo, algo en su interior le dijo que era mejor no hacerlo y guardar el secreto. Por eso se limitó a responder:</p>
<p>Bueno, no sé. Como ya te dije, ésta antes era su casa y tengo cierta curiosidad por ver qué escribía. Nada más. Supongo que sólo es curiosidad.</p>
<p>Pues yo me alegro repitió Matías por si no había quedado claro gracias a Sara Bermúdez y a tu curiosidad, nos hemos conocido. Y esto hay que celebrarlo añadió con entusiasmo Te invito a comer. ¿Sabes de algún sitio que esté bien aquí, en Rossal?</p>
<p>Bueno, no llevo aquí mucho tiempo, pero paseando por la playa he visto varios restaurantes que tienen buena pinta.</p>
<p>Estupendo ¿te apetece que vayamos? Podemos acercarnos ahora, reservamos mesa, encargamos una paella y mientras se hace la hora de comer paseamos por la playa, ¿hace? ¡¡Hace!! respondió Paula con alegría infantil. ¿Tengo que cambiarme? preguntó con coquetería.</p>
<p>No hace falta respondió Matías mirándole descaradamente el escote estás muy guapa.</p>
<p>Poco tiempo después, cuando terminaron de tomar la cerveza, Paula y Matías descendieron por la carretera de la colina, hablando sobre las preciosas vistas que tenía el pueblo, el buen tiempo que hacía y otras cosas sin trascendencia. Tras dar un pequeño rodeo, fueron a parar a un paseo que les conducía directamente a la playa. Una vez allí buscaron un restaurante, reservaron mesa, encargaron la comida y quedaron en volver una hora más tarde.</p>
<p>Para hacer tiempo dieron un paseo a orillas del mar, absortos en el ir y venir del agua y en el murmullo de las olas.</p>
<p>Cuando sube la marea casi no queda sitio para pasear. El mar se come buena parte de la playa. Es como un combate que se celebra a diario entre el agua y la tierra. Un combate que van ganando y perdiendo cada uno, de forma alternativa dijo Paula, frotándose los brazos. ¿Tienes frío? le preguntó Matías Un poco respondió ella aquí en la orilla del mar siempre hace más fresco. Será por la brisa.</p>
<p>Matías se quitó la chaqueta y se la puso por los hombros, insistiendo en que la conservara puesta, porque él no tenía frío. Cuando se acercó a ella para colocarle la chaqueta, Paula no pudo evitar un estremecimiento que a él no le pasó desapercibido. ¿Tienes hijos? le preguntó de pronto Sé que estás viuda, pero no sé si tienes hijos.</p>
<p>Tengo dos hijos y una nieta respondió Paula, sintiéndose de pronto muy mayor, como si esa pregunta le hubiera hecho colocar los pies en la tierra Ya ves que no soy ninguna jovencita.</p>
<p>No pareces nada vieja, si es a eso a lo que te refieres dijo Matías, un poco molesto al ver que a ella le afectaba la pregunta Y, además, a mí no me gustan las jovencitas.</p>
<p>Lo tomaré como un cumplido respondió Paula ¿Cuántos años tienes? se atrevió a preguntarle.</p>
<p>Tengo 35.</p>
<p>Los mismos que mi hijo. Te llevo 20 años añadió ella, con cierto tono de tristeza en la voz.</p>
<p>Matías se detuvo, se situó frente a Paula, la cogió por los hombros y mirando al fondo de sus ojos verdes, le dijo:</p>
<p>A mí eso no me importa A Paula le temblaban las piernas, su corazón latía tan fuerte que parecía que iba a salirse de la blusa y, con un hilo de voz, como si no fuera ella la que hablaba, le respondió:</p>
<p>A mí tampoco me importa. Soy libre y no tengo que dar explicaciones a nadie.</p>
<p>Estas últimas palabras afectaron el ánimo de Matías y le hicieron pensar en Susana. Sin embargo, la borró rápidamente de sus pensamientos y mintió a Paula cuando le dijo:</p>
<p>Yo tampoco tengo que dar explicaciones a nadie. ¿Cómo es posible que un chico tan guapo como tú no tenga novia? bromeó ella, para no preguntarle directamente si la tenía.</p>
<p>Esta vez Matías no contestó. En lugar de hacerlo, atrajo a Paula hacía sí y la besó apasionadamente en la boca. Ella le correspondió y durante un buen rato permanecieron abrazados y besándose ardientemente, a la orilla del mar, hasta que una ola les mojó los pies.</p>
<p>Ambos empezaron a reírse y, entrelazados por la cintura, entre bromas y jugando para que no ser alcanzados por las olas, se dirigieron hacia el restaurante.</p>
<p>El momento era tan mágico, que ninguno de los dos se atrevió a romperlo con palabras.</p>
<p>Sólo permanecían así, caminando abrazados y, de vez en cuando, Matías se detenía para besarla de nuevo con pasión. Paula, que no podía borrar la sonrisa de los labios, respondía con el mismo ardor.</p>
<p>Cuando entraron al restaurante, y se sentaron a la mesa que tenían reservada frente al mar, ya no eran los dos desconocidos que habían estado allí una hora antes. Se habían convertido en dos enamorados. Ni el tiempo ni los años que los separaban tenían ninguna importancia.</p>
<p>Después de acomodarse y permanecer un buen rato con las manos entrelazadas sobre la mesa, Matías se alejó unos momentos para ir al lavabo. Al quedarse sola, Paula se dio cuenta de que estaba literalmente en las nubes, con una sonrisa estúpida reflejada en el rostro y con su mente a miles de kilómetros de distancia, a punto de entrar en el séptimo cielo.</p>
<p>Sin embargo, un pensamiento tiró de ella hacia abajo y la obligó a poner los pies en la tierra. A ver c mo les cuento yo ahora esto a mis hijos. La sonrisa, que le hacía poner cara de idiota, se borró de un plumazo. Sólo de pensar que algún momento tendría que presentar a Matías a su hijo Fernando, le ponía los pelos de punta. Y no sólo a él.</p>
<p>También a Elena. ¿Qué pensaría su hija?</p>
<p>Esta reflexi n le nubl el ánimo. Además se sentía culpable por su hija. La pobre Elena pasándolas canutas pensó y yo aquí disfrutando como una jovencita. Se sentía tan mal y tan culpable, que estuvo a punto de echarse a llorar y salir corriendo del restaurante. Pero algo en su interior la retenía allí, le pedía calma, y le susurraba al oído:</p>
<p>A ver si no vas a tener nunca derecho a disfrutar.</p>
<p>La llegada de Matías a la mesa la reconfortó y provocó que la sonrisa volviera a asomar por sus labios. A pesar de eso, él notó que algo le pasaba. ¿Qué te pasa? preguntó con cara de preocupación, mientras la cogía de las manos.</p>
<p>Uf, no sé respondió ella con sinceridad de pronto me ha entrado un gran agobio, he pensado en mis hijos y… ¡Eh, para un momento! la interrumpió Matías con dulzura, aunque en tono firme De tus hijos, nietos y demás familia, hablaremos otro día. Hoy no están invitados a la mesa. ¿Qué te parece si nos dedicamos el día a nosotros solos?</p>
<p>Me parece bien respondió Paula con una sonrisa.</p>
<p>Yo creo que esto nos ha pillado a los dos de sorpresa, pero así es como vienen siempre estas cosas, cuando menos te lo esperas y sin que estén en el programa. Ya habrá tiempo de hablar de la familia. Tú me hablarás de tus hijos, y yo te hablaré de mis padres… Pero hoy no. Otro día.</p>
<p>Mientras Paula asentía con la cabeza, sonó el teléfono móvil de Matías. Él dudó un rato.</p>
<p>Finalmente, con un gesto de fastidio, lo sacó del bolsillo del pantalón, comprobó en la pantalla que quien lo llamaba era Susana, y lo desconectó.</p>
<p>Para Paula fue evidente que la llamada, fuera de quien fuera, molestaba a Matías, aunque él había tratado de disimularlo. Por eso no pudo resistir la tentación de preguntarle si había algún problema.</p>
<p>No, no es nada dijo él a modo de justificación debería haber apagado el móvil para que no nos molestaran. Lo que pasa es que siempre lo llevo conectado por si llama mi madre. Mi padre está enfermo, ya es muy mayor, tiene demencia senil y a veces le da por desaparecer o vete tú a saber qué.</p>
<p>Vaya, lo siento dijo Paula con gesto de preocupación por mi no lo desconectes.</p>
<p>Si te llama tu madre…</p>
<p>Lo he desconectado y así se va a quedar se apresuró a responder él. Hemos dicho que hoy vamos a estar tú y yo solos, sin invitados. ¿Acaso no nos merecemos un respiro en los problemas familiares? ¡Desde luego! dijo Paula, sin poder evitar pensar en sus hijos.</p>
<p>La comida se desarrolló en medio de una conversación intrascendente. Hablaron de la cerveza, de vinos, de sus hábitos culinarios, de lo que merendaban de pequeños, del lujo que suponía vivir frente al mar. En ningún momento abordaron ningún tema que pudiera estropear el momento especial que ambos vivían juntos.</p>
<p>Fue Matías quien pagó la comida, alegando que era él quien la había invitado. Ante la insistencia de Paula quedó establecido que cuando se juntaran a comer cada vez pagaría uno la consumición. Cuando terminaron los orujos con los que el restaurante los había obsequiado, Matías cogió de las manos a Paula, las estrechó entre las suyas y le dijo: ¿Vamos a tu casa? Me muero de ganas por estar contigo.</p>
<p>Ella asintió con la cabeza sin decir nada, aunque por dentro se encontraba tremendamente nerviosa. Por una parte tambi n ella se moría de ganas de estar con l en su cama. Por otra, estaba hecha un flan. Nunca se había acostado con ningún otro hombre que no fuera su marido, y temía no estar a la altura de las circunstancias.</p>
<p>Durante todo el camino de regreso a su casa, Paula no dejó de pensar que estaba demasiado gorda, que tenía el pecho caído, que en su vientre se notaban las estrías y las huellas de sus dos embarazos. Pensó incluso que tenía que haberse puesto algún conjunto de bragas y sujetador más sexy del que llevaba. Pero claro se justificaba para sus adentros cómo iba a pensar yo cuando me he vestido esta mañana, que esto iba a ir tan rápido.</p>
<p>En cuanto traspasaron el umbral de su casa y ya no estuvieron a la vista de nadie, Matías la arrinconó suavemente contra una pared y empezó a besarla por todo el cuerpo con gran pasión.</p>
<p>Le desabrochó la blusa azul turquesa y acarició sus pechos por encima del sujetador.</p>
<p>Pero rápidamente le quitó la prenda con gran maestría y comenzó a lamerle los pezones, mientras la agarraba fuertemente por el culo y la atraía hacia él.</p>
<p>Paula, que estaba de puntillas, casi en vilo, no dejaba de gemir de placer. En su vida había disfrutado tanto. Era como si cada célula de su dormido cuerpo, hubiera despertado. Como si toda ella se hubiera convertido en un terminal eléctrico, que echaba chispas cada vez que Matías la acariciaba con las yemas de sus dedos.</p>
<p>Jadeando, Matías le introdujo la mano por el pantalón y después, con gran habilidad, meti los dedos por su vagina, al tiempo que le susurraba cosas como: que bien, estás húmeda!! qu buena estás! c mo me gustas! voy a meterme dentro de ti y te voy a hacer chillar de placer!</p>
<p>Era la primera vez que Paula escuchaba cosas por el estilo. Paco nunca hablaba cuando hacían el amor, y tampoco se preocupaba mucho por el placer de ella. Aquel comportamiento, casi animal, de Matías, le resultaba totalmente nuevo. ¡Cómo había podido perderse algo así durante tantos años! atinó a pensar en medio de la lucha amorosa.</p>
<p>Cuando el clímax de excitación llegó a su apogeo, Matías ayudó a Paula a desprenderse del resto de la ropa y él se quitó la suya. Al ver la erección que tenía, Paula no pudo evitar que sus ojos verdes se abrieran de par en par, al tiempo que decía: Dios santo!.</p>
<p>Matías soltó una carcajada y, cogiendo la mano derecha de Paula, la colocó sobre su pene. Después le preguntó: ¿Dónde está la cama?</p>
<p>Paula le condujo a su dormitorio y allí, consumaron el acto sexual. Matías eyaculó primero y le dijo a Paula:</p>
<p>Lo siento, es que estaba muy excitado. Ahora te toca a ti.</p>
<p>Paula iba a decir que no pasaba nada, que estaba acostumbrada porque cuando Paco eyaculaba, se daba por terminada la función. Pero Matías le tapó la boca, con cariño y le insistió:</p>
<p>Ahora te toca a ti.</p>
<p>A partir de ese momento él inició otra vez el juego amoroso, con toda la dedicación para excitarla. Cuando Paula gemía de placer, la penetró de nuevo hasta que ella tuvo un orgasmo que la hizo gritar y hasta morderle en un hombro.</p>
<p>Exhausta y feliz, sin poder borrar la sonrisa de sus labios, y sin dar crédito a lo que acababa de vivir, Paula comentó en voz alta: ¡¡Dios mío!! ¡Esto sí que es un buen polvo! ¡Ahora entiendo por qué a la gente le gusta tanto!</p>
<p>Matías la besó y celebró con una carcajada la ocurrencia de Paula.</p>
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<p>CAPÍTULO XI</p>
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<p>No había duda, aquello era un moratón. Paula contempló el cardenal que tenía en el cuello mirándose en el espejo del baño. Sonrió y se inspeccionó el resto del cuerpo para ver si encontraba en su piel más huellas de la pasión de Matías.</p>
<p>Creo que mañana voy a tener unas agujetas de muerte dijo en voz alta, dirigiéndose a la imagen que le reflejaba el espejo. La falta de costumbre añadió a modo de explicación.</p>
<p>Mientras se aplicaba una crema hidratante en el rostro, Paula rememoró la apasionada tarde que había vivido con Matías.</p>
<p>Cuatro veces habían hecho el amor, como si a ambos les fuera la vida en ello. Como si hubieran pasado mucho tiempo hambrientos, y al fin hubiera llegado la hora del festín.</p>
<p>Durante todo ese tiempo, apenas habían hablado. Sólo se acariciaban, se besaban, se excitaban y empezaban otra vez.</p>
<p>Paula jamás había tenido una experiencia similar. Nunca su cuerpo había vibrado así con las caricias de su marido. Nunca se había mostrado tan desinhibida. Al principio no, la primera vez apenas había hecho otra cosa que seguir el consejo de Matías de dejarse llevar.</p>
<p>Luego, ella misma había explorado el cuerpo de su amado y había hecho y dicho cosas que jamás se habría atrevido a pensar ni en sueños. Era como si su sexualidad hubiera despertado, después de permanecer dormida durante muchos años.</p>
<p>Al caer la tarde, exhaustos, se habían vestido y habían salido a la terraza para contemplar cómo el sol era tragado por el mar. Allí, abrazados, y besándose de vez en cuando, habían permanecido en silencio viendo los colores del atardecer y escuchando el murmullo de las olas, hasta que la noche se echó encima y las estrellas tomaron sus habituales posiciones en el cielo.</p>
<p>Luego, de pronto, Matías miró la hora en su reloj, que había dejado en la mesilla de noche, y le entraron muchas prisas por irse. Dijo que era muy tarde, y que su madre estaría preocupada por él, al no haber dado señales de vida durante todo el día. Paula le sugirió que la llamase para tranquilizarla, pero Matías no quiso. Dijo que tenía que irse ya y que la llamaría al día siguiente.</p>
<p>Antes de coger su coche para regresar a San Roque, Matías se despidió de Paula estrechándola entre sus brazos, con un apasionado beso. Hizo ademán de decir algo, pero luego se calló: ¿Qué ibas a decir? preguntó ella.</p>
<p>No, nada, que me gustas mucho… Estoy un poco desconcertado ¿sabes? Hace siglos que no me sentía tan bien con nadie confesó y eso me asusta.</p>
<p>Ahora, recordando esos momentos, la tarde que habían pasado juntos, y lo rápido que había ocurrido todo, Paula reconoció para sus adentros que ella también estaba asustada.</p>
<p>Más que asustada, estaba temblando. Todo eso era nuevo para ella. Algo con lo que no contaba.</p>
<p>Por un momento le vino a la memoria el día en que Paco y ella se comprometieron y el tiempo que estuvieron de novios, antes de casarse. La idea de mantener relaciones sexuales antes de la boda, en aquélla época, era absolutamente impensable. A lo más que habían llegado era a cogerse la mano, y hasta eso les causaba remordimientos; por lo menos a ella.</p>
<p>Con Matías, sin embargo, todo había ido tan deprisa que no le había dado tiempo ni a pensarlo. Claro que los tiempos han cambiado razonó y yo tampoco soy una adolescente como cuando me enamor de Paco.</p>
<p>Apenas hacía una hora que Matías se había marchado, y ya lo echaba de menos. ¿Cómo era eso posible? ¿Cómo es posible que alguien a quien acabas de conocer irrumpa de esa forma en tu vida, y de pronto te resulte tan imprescindible? se preguntó en voz alta.</p>
<p>A Paula se le pasó por la cabeza la idea de llamarlo al móvil. Pero de pronto cayó en la cuenta de que no tenía su número. Ella sí le había dejado el suyo cuando lo conoció en la Biblioteca, pero Matías no se lo había dado. ¡Ah, pero sí lo tengo! dijo de pronto con una alegría infantil. Debe estar grabado en mi móvil, cuando me ha llamado esta mañana.</p>
<p>Con rapidez, se dirigió al salón y buscó su teléfono. Lo cogió y miró en las llamadas recibidas.</p>
<p>Anda que no me ha costado trabajo aprenderme el funcionamiento de este chisme! ¡Con lo negada que soy yo para el manejo de todos estos aparatos modernos! pensó mientras examinaba las llamadas. ¡Aquí está!</p>
<p>Como sólo la llamaban sus hijos y su nuera, no había sido difícil localizar un número desconocido, que no tenía grabado en su agenda. Con cuidado de no borrarlo lo registró en la guía telefónica del móvil. Pero dudó antes de llamarlo. ¡Tenía tantas ganas de volver a hablar con él!</p>
<p>De pronto le vino a la cabeza una imagen que, sin que ella fuera consciente, se le había quedado grabada en su mente. Fue cuando estaban en el restaurante, en el momento en que él había recibido una llamada en su móvil y, con gesto de contrariedad, lo había desconectado. Sin saber por qué, en aquel momento Paula tuvo la certeza de que quien lo llamaba era una mujer.</p>
<p>La sospecha de esta posibilidad empezó a aguijonearle, aunque ella quiso quitársela de la cabeza.</p>
<p>Bueno ¿y qué pasa si era una mujer? se preguntó a si misma, dejando el móvil sobre su cama revuelta, mientras buscaba el pijama Lo normal es que un chico de su edad, que permanece soltero, tenga amigas.</p>
<p>Esta reflexión se introdujo en su pecho como si fuera un taladro venenoso. Queriendo ignorarla, empezó a estirar la ropa de la cama con una energía fuera de lugar. ¿Y si me ha engañado y tiene novia?</p>
<p>Al verbalizar este pensamiento, que no quería alimentar pero que estaba en su interior con ganas de salir afuera, Paula se sintió repentinamente muy triste y, sin poder evitarlo, se tumbó en la cama y se echó a llorar.</p>
<p>Después de un rato, cuando alivió la tensión que se había instalado en su pecho, se incorporó y se interrogó en voz alta: ¿Pero qué es lo que te pasa, si se puede saber? ¿Estás mal de la cabeza o qué? Vaya forma de aguarte la fiesta añadió reprendiéndose a sí misma. Ya te ha dicho que no tiene novia, ¿a qué viene todo esto? Desde luego, hija mía, te las pintas sola para complicarte la vida y montarte películas absurdas. No, si mi hija tiene razón cuando dice que…</p>
<p>Paula interrumpió su monólogo al acordarse de Elena. Saltó de la cama y cogió el móvil para llamarla. ¿Cómo he podido olvidarme de ella? No tengo perdón de Dios dijo mientras aguardaba, inquieta, a que su hija cogiera el teléfono.</p>
<p>Pero no fue Elena la voz que respondió, sino su nieta.</p>
<p>Hola Clara, soy la abuela, ¿está mamá?</p>
<p>La palabra abuela le pareció totalmente fuera de lugar en esos momentos. Para nada se sentía una abuela y, sin embargo, no porque hubiera hecho el amor toda la tarde con Matías, dejaba de tener una nieta.</p>
<p>Mamá está acostada en su habitación dijo la cría ¿quieres que la llame?</p>
<p>Pues… no sé dudó Paula ¿y tú que estabas haciendo?</p>
<p>Estaba viendo la tele.</p>
<p>Muy bien. ¿Has ido hoy al cole?</p>
<p>Pero abuela, si hoy es fiesta, no ha habido colegio respondió Clara con el tono que hubiera empleado una persona adulta. ¡Es verdad, que tonta soy!… Y papá, ¿está ahí? se atrevió a preguntar Paula.</p>
<p>Papá ya no va a vivir aquí. Ha cogido sus cosas y se ha marchado añadió Clara, como si fuera lo más natural del mundo. Creo que se ha peleado con mamá.</p>
<p>Al escuchar las palabras de su nieta, a Paula se le aceleró el corazón, y apenas tuvo fuerzas para preguntar: ¿Cómo que ya no va a vivir allí?</p>
<p>Eso me ha dicho. Y que no me preocupe, que vivirá en otra casa y yo podré ir a verle y quedarme a dormir.</p>
<p>Anda Clara, bonica, dile a mamá que se ponga dijo Paula, cada vez más preocupada. ¿Y si está durmiendo la despierto? preguntó la niña.</p>
<p>Sí, aunque esté durmiendo despiértala y dile que la abuela quiere hablar con ella… O mejor aún, llévale el teléfono a la cama ¿vale?</p>
<p>Vale respondió Clara, llamando a su madre por el pasillo mientras le acercaba el inalámbrico a su dormitorio.</p>
<p>Hasta que Elena cogió el teléfono transcurrieron unos segundos que a Paula le parecieron eternos. Aunque en su fuero interno pensaba que lo mejor que podía haber ocurrido era que su yerno abandonase la casa, estaba muy preocupada pensando en el sufrimiento de su hija.</p>
<p>Pero, sobre todo, se sentía culpable consigo misma por haberse olvidado durante todo el día de Elena. No tenía más remedio que reconocer que, entre los brazos de Matías, su papel de madre había quedado relegado a un segundo plano, desplazado por el de mujer y amante. Y en esos momentos, era algo que no se podía perdonar a sí misma.</p>
<p>Mientras se hacía estas reflexiones, Elena cogió por fin el teléfono y, con una voz que parecía salida de ultratumba, balbuceó:</p>
<p>Hola, mamá ¿Qué ha pasado? preguntó Paula. Clara me ha dicho que Jorge se ha ido.</p>
<p>Sí. Ha cogido la maleta y se ha ido de casa respondió Elena, lacónicamente. ¿Y tú cómo te encuentras?</p>
<p>Ya te lo puedes imaginar… No se puede decir que éste sea mi mejor momento respondió en un intento patético por bromear.</p>
<p>Era evidente que Elena no tenía ganas de hablar y Paula no quería forzarla. Aún así continuó preguntando. No se le ocurría nada mejor para intentar consolarla.</p>
<p>Bueno, ¿y cómo ha sido? ¿Habéis discutido? ¿Cómo es que ha tomado esa decisión?</p>
<p>La verdad es que no tengo muchas ganas de hablar, mamá respondió Elena suspirando. Sólo tengo ganas de llorar, pero ya no me quedan ni fuerzas ni lágrimas.</p>
<p>Comprendo que no tengas ganas de hablar ahora. Y, además, este no es un tema para tratarlo por teléfono. Mira, mañana por la mañana cojo el primer tren que salga y me voy a tu casa.</p>
<p>Pero…</p>
<p>Nada de peros la interrumpió Paula con contundencia. Como tú decías, mi presencia allí era un estorbo si estaba Jorge en casa… Pero ahora ya no está y tú me necesitas.</p>
<p>Las palabras de Paula fueron seguidas por un molesto silencio. Finalmente, con voz serena, Elena dijo a su madre:</p>
<p>No te ofendas pero la verdad es que no te necesito, mamá. Esta situación la tengo que afrontar yo sola, y no creo que tu presencia me consuele.</p>
<p>Paula se quedó desconcertada al escuchar a su hija, y no supo qué decir. Reflexionó unos segundos y decidió que no era el momento de hacerse la ofendida. Lo supiera o no, Elena la necesitaba. Armándose de valor, le respondió:</p>
<p>Puede que tú no me necesites, pero como soy tu madre, yo sí necesito ir allí para ver cómo te encuentras. Como comprenderás, después de lo que estás pasando no me voy a quedar tranquila con una simple llamada telefónica. Así que mañana nos vemos… Ah, y no te preocupes por la hora de mi llegada añadió con resolución. Cuando esté ahí cogeré un taxi y me iré para tu casa. De todas formas, no llegaré antes de media tarde.</p>
<p>Paula dio por finalizada la conversación con su hija, antes de que Elena pudiera protestar de nuevo. Con decisión, sacó de un armario empotrado del pasillo un bolso de viaje, y empezó a guardar algunas prendas de vestir. No tenía ni idea del tiempo que iba a estar en la Gran Ciudad. De lo que sí estaba segura, sin ninguna duda, era de que debía ir.</p>
<p>Mientras preparaba el equipaje, rechazó la posibilidad de llamar por teléfono a Matías.</p>
<p>Mejor no le llamo esta noche razonó ya tendré tiempo de hablarle mañana de mi viaje. Ahora lo que tengo que hacer es acostarme cuanto antes, porque mañana tengo que madrugar.</p>
<p>Paula se metió en la cama y apagó inmediatamente la luz. Sin embargo, algo en su interior le impedía conciliar el sueño. Era una especie de punzada que se había instalado en su pecho y, aunque no quisiera reconocerlo, sabía cual era el origen de su malestar.</p>
<p>Eran las palabras de su hija, cuando había dicho que no la necesitaba. Al pensar en ellas, y sin poder evitarlo, se le saltaron las lágrimas. Lloró un rato y sintió un profundo desahogo. Más serena, empezó a pensar en la relación que tenía con su hija. Tuvo que reconocer que, en realidad, era muy superficial. Vivían en mundos distintos y rara vez se hacían confidencias sobre lo que cada una sentía.</p>
<p>Pensó en Matías y el corazón se aceleró en su pecho. ¿Le hablaría a Elena de su romance con él? ¿Cómo le voy a decir a mi propia hija que tengo un rollo con un jovencito que, por la edad, podría ser mi hijo? dijo en voz alta.</p>
<p>La palabra rollo salida de sus labios la hizo sonreír. Pero luego se quedó muy seria. ¿Era un rollo lo que había tenido con Matías o había algo más? ¿Aquello era amor o sólo había sido un desahogo sexual?… Tanta pregunta empezaba a provocarle dolor de cabeza. ¡Para, Paula! se ordenó a sí misma para, que te conozco. Se acabó el interrogatorio. Y ahora a dormir, que mañana hay que madrugar.</p>
<p>Como si estuviera obedeciendo una orden incuestionable, Paula se acurrucó bajo el edredón, se colocó boca abajo, en su habitual posición para dormir y cerró los ojos. Para evitar pensar, empezó a contar ovejitas.</p>
<p>Matías entró en su casa y detectó un gesto de reproche en el rostro de su madre. ¿Dónde te has metido? preguntó Susana ha llamado varias veces porque no te localizaba. Dice que tenías el móvil apagado.</p>
<p>Sí, ya he visto que tenía varias llamadas perdidas suyas respondió Matías, ignorando la primera pregunta. ¿Te pasa algo? ¿Tienes algún problema? insistió su madre.</p>
<p>No dijo Matías de forma tajante, mirándola fijamente ¿Tengo cara de tener algún problema?</p>
<p>Pues no sé. Últimamente estás muy raro dijo Eva.</p>
<p>Hombre, por lo visto el único problema que tengo es que no me puedo mover sin tener que dar explicaciones a ti y a Susana… Y la verdad, tanto control me cabrea un poco respondió Matías con evidente mal humor.</p>
<p>A mí no me tienes que dar explicaciones subrayó su madre en todo caso se las tendrás que dar a tu novia… ¿A qué novia? la interrumpió Matías. ¿A qué novia va a ser? A la tuya.</p>
<p>Si te refieres a Susana, yo nunca he dicho que fuera mi novia. Al menos no en el sentido que tanto ella como tú os lo tomáis. ¡Esta sí que es buena! dijo Eva, también de mal humor si Susana no es tu novia, deberías decírselo. A mi eso me da igual. ¡Bastante tengo con tu padre como para estar pendiente de lo que tú haces o dejas de hacer!</p>
<p>Matías no respondió. En realidad su madre no tenía la culpa del lío en el que se había metido. Porque, evidentemente, había que estar mal de la cabeza para tener una novia a la que no quería y, además, liarse con una mujer que podía ser su madre. Por cierto, ¿qué pensaría Eva de una hipotética relación con Paula? Sólo de pensarlo, empezó a dolerle la cabeza, pero no verbalizó nada de lo que pasaba por su mente. Suavizando el tono de voz, preguntó a su madre:</p>
<p>Y Adán ¿te ha dado mucha guerra hoy?</p>
<p>No, hoy se ha pasado todo el día dormitando en el sillón. Yo creo que el tratamiento nuevo que le han puesto lo está atontando… Cuando está así me paso todo el rato mirándolo, para ver si respira añadió sin poder evitar que se le escapase un sollozo.</p>
<p>Al escuchar a su madre, Matías sintió remordimientos. Debería preocuparse más por su padre, pero estaba harto. ¿Acaso no tenía derecho a un poco de asueto? ¡Se sentía tan agobiado!</p>
<p>Venga, no te preocupes consoló a Eva ya sabes que si no está medio atontado por la medicación, es mucho peor. No hay quien lo controle. ¿Cuántas veces se ha escapado de casa y no hemos sabido dónde estaba? ¿Cuántas veces se ha puesto agresivo y se ha metido en follones con la gente? Ya sé que es duro, mamá, pero no hay más remedio que tenerlo medio sedado. Nos lo ha explicado el psiquiatra muchas veces.</p>
<p>Sí, ya lo sé respondió Eva con resignación pero es que vivir así no es vivir. Ni él ni nosotros. Esto no es vida, es un infierno.</p>
<p>Matías permaneció en silencio escuchando las palabras de su madre. El sonido de su teléfono móvil le sobresaltó. Cogió el aparato del bolsillo de la chaqueta y comprobó, con fastidio, que se trataba de Susana. La que faltaba, pens.</p>
<p>Por unos instantes dudó. No sabía si cogerlo o no, aunque estaba claro que no deseaba hablar con ella. Su madre dijo: Será Susana otra vez, y Matías razon que, si no lo cogía, ella seguiría insistiendo. Finalmente, apretó a la tecla verde que descolgaba, y escuchó su voz: ¡Por fin! ¿Dónde te has metido? Estaba muy preocupada.</p>
<p>Vaya dijo Matías eso mismo me ha dicho mi madre. Ni que os hubierais puesto de acuerdo.</p>
<p>Sus palabras fueron seguidas de un tenso silencio. Susana captaba perfectamente que Matías no estaba de humor para hablar y que le molestaba su llamada. Aún así insistió:</p>
<p>Es que te he llamado varias veces y tenías el móvil desconectado. Como tampoco estabas en tu casa, y tu madre no sabía dónde habías ido…</p>
<p>Matías ni escuchaba ni tenía ganas de responder. Tampoco estaba de humor para tener una bronca con Susana. No, esa noche no, aunque era evidente que la situación se iba poniendo inaguantable, y en algún momento habría que aclararla. Claro que para eso tendr que aclararme yo primero pensó. Susana seguía hablando, y Matías la interrumpió:</p>
<p>No me pasa nada. Pero me siento muy agobiado. Por eso he cogido el coche y me he ido a pasar el día por ahí yo solo. Necesito soledad y no me ayuda nada el que tú me estés llamando continuamente por teléfono para ver dónde estoy, qué pienso y qué hago.</p>
<p>Por eso he desconectado el móvil, porque necesitaba estar solo. Solo. ¿Lo entiendes?</p>
<p>Yo creo que no es tan difícil.</p>
<p>El tono de voz era lo suficientemente convincente como para que Susana lo entendiera, sin ningún género de dudas. Mucho menos alterada que al principio de la conversación le respondió:</p>
<p>Perdona, no sabía que necesitabas estar solo. Si me lo hubieras dicho, no te habría llamado dijo en tono conciliador ¿Cómo no voy a entender que necesites estar solo? Todo el mundo lo necesita.</p>
<p>Si Susana hubiera seguido echándole la bronca, Matías lo habría comprendido, pero lo que le ponía de los nervios era precisamente que ella utilizase ese tono comprensivo y bondadoso. Esa especie de candidez que la caracterizaba. Por eso Matías decidió ser cínico, y poner fin a la conversación cuanto antes.</p>
<p>Me alegro mucho que me comprendas. De verdad. Como mañana te toca descansar después de la guardia, si quieres hablamos. Ahora estoy bastante agotado y me gustaría meterme en la cama cuanto antes. ¿Te parece?</p>
<p>Sí, claro respondió una Susana sonriente Espero que la soledad de hoy al menos te haya servido para poner en orden tus ideas y tranquilizarte.</p>
<p>No te jode. Eso tiene, que me he aclarado. Si tú supieras… pens Matías. No obstante, respondió a Susana:</p>
<p>Sí, me ha servido mucho… Gracias por tu comprensión, Susana. Hasta mañana añadió, colgando, antes de escuchar la respuesta al otro lado.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XII</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>En cuanto el tren salió de la estación de San Roque, Paula cogió de su equipaje el manuscrito de Sara Bermúdez que había encontrado enterrado en su jardín. Esa mañana se había levantado muy temprano para coger el primer autobús que la llevaría de Rossal a San Roque.</p>
<p>Allí, sacó un billete para el primer tren con destino a la Gran Ciudad.</p>
<p>Antes de salir de su casa, cuando ultimaba el equipaje, al abrir el armario de su dormitorio vio el manuscrito de Sara Bermúdez que, precipitadamente, había escondido allí el día anterior, antes de que llegase Matías.</p>
<p>Siguiendo un impulso lo metió en la bolsa de viaje con el fin de leerlo durante las cuatro horas largas que iba a permanecer en el tren.</p>
<p>Este medio de transporte era el que más le gustaba para viajar.</p>
<p>Mucho más que el autobús o el coche particular. Le gustaba ver cómo el paisaje pasaba ante sus ojos a través de la ventanilla.</p>
<p>Siempre le habían encantado las estaciones de ferrocarril. Ese ir y venir de gente de lo más diversa con sus equipajes. Le gustaba observarlos. Viendo las expresiones de sus rostros se podía inventar historias sobre cada uno de ellos.</p>
<p>Cuando era joven los trenes le resultaban más atractivos, con sus amplios compartimentos y sus estrechos pasillos. Ahora habían perdido mucho encanto. Eran más rápidos y silenciosos, pero todos los pasajeros iban amontonados en asientos, pegados unos a otros, de forma que sus rodillas siempre chocaban con el respaldo de delante. Además, los viajeros se ponían los auriculares, se aislaban del resto y reían o lloraban de viva voz con la película que pasaban por el video, para asombro de aquéllos que no la estaban viendo.</p>
<p>Paula no llevaba a nadie en el asiento de al lado y le había tocado ventanilla. Mejor pensó a ver si no lo ocupan y me dejan leer tranquila hasta la Gran Ciudad, sin tener que mantener conversaciones sobre el tiempo o dando explicaciones de adónde voy, a algún desconocido.</p>
<p>Arrellanándose en su asiento, cogi el manuscrito y volvi a leer el título: El camino de los locos. Despu s lo abri por el mismo lugar donde había interrumpido la lectura dos días atrás. Antes de comenzar a leer, reflexionó sobre la cantidad de cosas que le habían pasado en las últimas cuarenta y ocho horas.</p>
<p>Pensó en Matías y su cuerpo se estremeció. Decidió que si él no la llamaba durante las próximas horas, ella le llamaría y le informaría sobre su precipitado viaje a la Gran Ciudad. Dios reflexionó que ganas tengo de estar de nuevo entre sus brazos.</p>
<p>Sólo con el recuerdo de las horas que pasaron juntos la tarde anterior, Paula sintió una especie de calor entre las piernas y notó cómo el rubor se instalaba en sus mejillas.</p>
<p>Suspiró profundamente y se sumergió en la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez, para no seguir pensando en Matías. …Lo que vas a iniciar es el camino de los locos, y en este camino cada uno es su propio guía.</p>
<p>Después de recordar la última frase, en el punto dónde dejó la lectura, Paula se colocó bien las gafas de leer sobre el puente de la nariz y pasó a la siguiente página. En ella continuó:</p>
<p>Desde aquel día en la Plaza del Obradoiro, vi a Daimon casi a diario. Yo acababa de publicar una nueva novela y en esos momentos estaba, desde el punto de vista creativo, en barbecho. Siempre, cuando termino de escribir algo, se sucede un periodo de tiempo en el que la mente se queda en una especie de vacío, esperando ser fecundada de nuevo por alguna idea que sea el germen de un futuro libro. A este periodo de tiempo yo lo llamo estar en barbecho, ya que se asemeja a la situaci n de la tierra despu s de la cosecha, cuando descansa y se prepara a recibir una nueva semilla.</p>
<p>Daimon dijo que éste era un periodo ideal para estar receptiva y abierta al mundo que él quería mostrarme:</p>
<p>Olvídate de la novela que acabas de escribir. Olvídate de lo que escribirás en un futuro. Olvídate de tu vida pasada, de todo lo que has aprendido. Necesito que estés receptiva y para eso tienes que vaciarte de todo lo que te condiciona.</p>
<p>Sí, eso es muy fácil de decir pero ¿cómo se hace? pregunté, preocupada.</p>
<p>No te preocupes tanto de cómo se hace, simplemente hazlo. Déjate llevar por tu intuición, relájate en la existencia, ella te conducirá.</p>
<p>Dejarme llevar es algo muy difícil para mí sentencié. Siempre me ha gustado controlarlo todo y que nadie me diga lo que tengo que hacer.</p>
<p>Ya, ya veo que siempre has sido una rebelde ¿con causa? ¿Cómo con causa? repetí su pregunta, desconcertada. ¡Es broma! ¿Acaso no conoces el título de la película más famosa de James Dean:</p>
<p>Rebelde sin causa? ¡Ah bueno! Nunca sé si me hablas en serio o en broma.</p>
<p>Eso es porque te das a ti misma demasiada importancia respondió con rapidez, mirándome a través de sus penetrantes ojos negros.</p>
<p>Estás demasiado sólida, espesa. ¿No es así como se dice ahora? Tienes que relajarte, ya te lo he dicho. Todo lo analizas, lo pasas por el filtro de la mente y así te pierdes los mensajes que continuamente te está dando la existencia. Eres demasiado racional. La vida está gritándote a tu alrededor, pero tú no te enteras.</p>
<p>Las palabras de Daimon me cayeron como un jarro de agua fría. Debí poner una cara muy triste porque él sonrió, me acarició el pelo en un gesto cariñoso y continuó:</p>
<p>No te preocupes, todo el mundo es así. Nadie se entera de nada. La mayoría de la gente pasa por la vida sin tener ni idea de qué hace aquí; algunos ni se lo preguntan. Tú, en realidad, llevas mucho camino recorrido. Llevas muchos años haciéndote preguntas, aunque creas que has obtenido muy pocas respuestas. Pero ¿sabes? eso es lo de menos.</p>
<p>Lo importante es empezar a preguntarse el porqué de la existencia, buscar. Eso no te facilita la vida, por cierto, porque cuanto más te interrogas a ti mismo, más consciente eres de la estupidez que nos rodea. Y eso resulta muy desconcertante y te hace sentir como si fueras un bicho raro. Entonces deseas perderte en esa estupidez, para que los demás te acepten y te quieran. A veces incluso consigues perderte, pero es algo momentáneo y necesario. Porque sólo cuando uno se ha perdido, puede empezar a encontrarse.</p>
<p>Sus palabras me alentaron pero, por dentro, me sentía muy mal. Llevaba tantos años perdida, que no tenía muchas esperanzas de poder salir del agujero negro en el que me encontraba. Aparentemente, mi vida era un éxito, pero interiormente me sentía vacía y nada de lo que hacía conseguía llenarme ni dar un sentido a mi existencia.</p>
<p>Te agradezco tus ánimos pero ¿tú crees que realmente voy a saber alguna vez cómo funciona este mundo y qué hago aquí?</p>
<p>Ya lo sabes, Sara. Si no lo supieras, no estarías buscando. Buscas porque interiormente ya lo has encontrado. En realidad sólo se trata de recordar. Nadie busca ningún conocimiento que no tenga ya en su interior.</p>
<p>Esta última frase hizo que Paula interrumpiera la lectura. Se quitó las gafas y miró el paisaje por la ventanilla. Reflexionó sobre lo que acababa de leer: Nadie busca ningún conocimiento que no tenga ya en su interior. Sería eso verdad? Porque ella se encontraba más perdida que Carracuca. Su vida estaba discurriendo con tanta rapidez, que a duras penas podía seguirla. Desde que había muerto Paco, ella ya no podía reconocerse.</p>
<p>La muerte de su marido había marcado un antes y un después en su existencia. Lo curioso es que no sabía cual de las dos Paulas era la auténtica. Si aquella cuya vida giraba en torno a Paco y sus hijos, o aquella otra que hacía el amor con pasión salvaje con un chico veinte años menor, al que había conocido el día anterior.</p>
<p>Si la primera Paula era la auténtica pensó qui n es esta otra mujer que habita ahora mi cuerpo? Y si la real era la nueva y desinhibida Paula ¿eso quería decir que toda su vida anterior había sido una farsa, una especie de teatrillo de cara a la galería, en el que ella sólo representaba un papel?</p>
<p>Desde luego razonó mientras seguía mirando por la ventanilla yo no me parezco a Sara Bermúdez. Aquí dice que siempre fue muy rebelde, que no le gustaba que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Yo no he sido así suspiró sino todo lo contrario. He sido dócil y maleable. En casa siempre se hacía lo que quería Paco y yo nunca protesté.</p>
<p>Ni siquiera cuando me prohibi que siguiera escribiendo.</p>
<p>Este último pensamiento provocó una punzada de dolor en su pecho y experimentó una tremenda rabia hacia su marido, como nunca se había permitido sentir hasta ese momento. Esa sensación nueva para ella, la asustó. Para no profundizar en sus sentimientos, decidió continuar leyendo el manuscrito.</p>
<p>Quizás yo no tenga ese conocimiento por dentro se planteó Sara.</p>
<p>Eso es imposible respondió Daimon todo el mundo lo tiene porque todos somos lo mismo. No hay nadie distinto de los demás.</p>
<p>Pues no sé insistí desde hace algún tiempo he tratado de calmar mi sed acudiendo a toda clase de iniciativas relacionadas con el mundo espiritual y, sin embargo, no sólo no me he encontrado mejor, sino que en algunos momentos me he sentido aún más perdida y desorientada todavía.</p>
<p>Daimon se echó a reír y me respondió con cariño: ¡Pobre Sara! Lo que a ti te pasa es una etapa del Camino que le ocurre a todo el mundo. No has buscado en el lugar adecuado. Estás buscando fuera lo que sólo puedes encontrar dentro de ti.</p>
<p>Sus palabras fueron como un bálsamo para mí y resonaron en mi interior como si fuera una verdad que yo ya conocía. Él continuó:</p>
<p>Dentro del mundo de la espiritualidad hay todo un mercado, un bazar de soluciones mágicas y gurús profesionales que venden salvaciones y paraísos sin esfuerzo. Este mundo espiritual es tan complejo y tan mundano como cualquier otro. Como la política, la economía o el mundo literario, que tú debes conocer. Hay muchos intereses creados y son muchas las personas que tienen que vivir de él. Pero el auténtico conocimiento, el que procede del interior, es gratis, no se puede comprar ni vender, y está al alcance de todas las personas. La vida te está enseñando continuamente y, además, con una enseñanza personalizada, sólo para ti. Es como tener una profesora particular a tu servicio todos los días y a todas horas. La vida y tus circunstancias personales son tus mejores maestros. El problema es que ni vemos ni escuchamos. No tenemos ni ojos para ver ni oídos para oír. Pero todo está ahí añadió señalando a su alrededor al alcance de cualquiera. No somos seres humanos que seguimos un camino espiritual. En realidad somos seres espirituales que estamos siguiendo un camino humano, precisamente para recordar nuestra esencia espiritual. Comprender esa diferencia es algo fundamental.</p>
<p>Tan absorta estaba con la lectura, que Paula no se dio cuenta de que estaba sonando su teléfono móvil. De pronto escuchó una melodía que le resultaba familiar y buscó el aparato en su bolso, con cierto apresuramiento. Al cogerlo, comprobó en la pantalla que era Matías quien la llamaba.</p>
<p>Hola, soy yo.</p>
<p>Sí, ya lo sé dijo Paula sin levantar la voz porque a ella le molestaba escuchar las conversaciones de otros en el tren. ¿Cómo lo sabes, si no tienes mi número? preguntó Matías.</p>
<p>Lo tengo de ayer cuando me llamaste para ir a Rossal. Anoche lo grabé en la agenda de mi móvil respondió ella con cierto orgullo.</p>
<p>Muy bien, chica lista dijo Matías con satisfacción ¿Cómo te encuentras?</p>
<p>Tengo muchas agujetas subrayó Paula, bajando aún más la voz.</p>
<p>Al otro lado del teléfono se oyó la risa de Matías. Paula continuó:</p>
<p>Y además me has hecho un moratón en el cuello. Por lo demás estoy estupendamente.</p>
<p>Mejor que nunca, diría yo.</p>
<p>Vaya, siento lo del morat n. Menos mal que no te lo va a ver nadie…</p>
<p>Te equivocas le interrumpió Paula me lo vería mi hija, si no me hubiera puesto un jersey de cuello alto. Voy en el tren, camino de la Gran Ciudad. ¿Pasa algo malo? preguntó Matías con preocupación.</p>
<p>Mi yerno ha abandonado a mi hija y voy a verla. Ya te contaré, es una historia un poco larga, y éste no es el lugar adecuado para contarla dijo bajando de nuevo la voz.</p>
<p>Lo siento afirmó él ya me lo contarás cuando vuelvas, pero si necesitas algo, no dudes en llamarme… Ya tienes mi tel fono.</p>
<p>Gracias, ahora me toca ejercer de madre dijo Paula con tristeza en la voz, como si su faceta maternal fuera incompatible con amar a Matías. ¿Cuánto tiempo estarás fuera? preguntó él.</p>
<p>No tengo ni idea, supongo que tres o cuatro días. No sé muy bien lo que me voy a encontrar en casa de mi hija. Ya te avisaré.</p>
<p>Es que ya te echo de menos dijo Matías bajando también la voz, como si alguien pudiera escucharle así que vuelve pronto.</p>
<p>De acuerdo dijo Paula con el corazón golpeándole en el pecho.</p>
<p>Hasta pronto se despidió él no dejes de pensar en mí.</p>
<p>Claro que no, tonto respondió ella. Un beso.</p>
<p>Paula desconect el tel fono m vil y suspir profundamente. Dios mío dijo para sus adentros debo estar como una regadera. ¡A mis años suspirando así por un jovencito! ¿A dónde me va a llevar todo esto? La verdad es que yo también lo echo de menos y me muero de ganas por volver a acostarme con l.</p>
<p>Un nuevo suspiro esta vez muy sonoro hizo que Paula volviera a poner los pies en la tierra. A pesar de todo no conseguía borrar la estúpida sonrisa que se había instalado en su rostro. Permaneció en silencio, disfrutando del momento, mientras veía pasar el paisaje por la ventanilla del tren. Pasados unos segundos, un montón de preguntas se amontonaron en su cabeza. Para evitar agobiarse con ellas, decidió enfrascarse otra vez en la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez, que cada vez le resultaba más interesante.</p>
<p>Volvió a abrirlo por donde lo había dejado y releyó las últimas frases de Daimon:</p>
<p>No somos seres humanos que seguimos un camino espiritual. En realidad somos seres espirituales que estamos siguiendo un camino humano, precisamente para recordar nuestra esencia espiritual. Comprender esa diferencia es algo fundamental.</p>
<p>Algo en mi interior me dice que lo que afirmas es cierto. En realidad siempre he tenido el convencimiento de que ya lo sabemos todo. De que toda la sabiduría se encuentra dentro de nosotros y a nuestro alrededor. Pero aún sabiendo con nuestra mente que eso es así, ¿cómo lo actualizamos?, ¿cómo podemos recordar en esta vida el conocimiento que ya tenemos? Porque si no lo recordamos y no lo podemos poner en práctica, es como si no lo supiéramos.</p>
<p>Como siempre, tu razonamiento es correcto. Se te da muy bien pensar, pero por ese camino sólo no vas a ningún sitio. La mente te hace dar vueltas en círculo, y no te conduce a ninguna parte. ¡Pero yo soy un ser racional protesté no puedo prescindir de mi mente!</p>
<p>No te he dicho que prescindas de ella se apresuró a responder Daimon sólo que, además, empieces a utilizar otra vía más directa hacia tu conocimiento interior: la intuición. Ese camino sí va a llevarte al interior de ti misma. A tu centro. Al lugar dónde está todo ese conocimiento que, como ser humano, te corresponde.</p>
<p>S lo que es la intuici n porque la he experimentado… ¡¡ Sí señora, perfecto!! ¿Te das cuenta de lo que has dicho? me preguntó Daimon. ¿Qué he dicho? respondí asustada.</p>
<p>Que sabes lo que es la intuición porque la has experimentado añadió recalcando las últimas palabras Esa es la clave. La intuición no se puede conocer intelectualmente, sólo se puede experimentar, y no admite dudas. Cuando sabes algo intuitivamente, lo sabes y punto. Tienes una certeza absoluta. Es un conocimiento que surge del interior y que no es cuestionable.</p>
<p>Sí, eso es verdad, y así lo he experimentado, sobre todo cuando recorrí el Camino de Santiago… ¡¡Bien, otra vez!! me interrumpió Daimon con entusiasmo. Es que el Camino de Santiago es una antigua ruta iniciática. Al recorrerlo a pie, te pones en contacto y te beneficias de la energía telúrica y de las energías celestes, procedentes de la Vía láctea, que confluyen a lo largo de todo el Camino.</p>
<p>Daimon hizo una pausa, para asegurarse de que tenía toda mi atención, y continuó hablando:</p>
<p>El cansancio físico que se experimenta al recorrer diariamente muchos kilómetros, favorece una mayor conexión con el lado derecho del cerebro, que es pasivo y receptivo. Es el lado del inconsciente, de la energía femenina, de la intuición, la percepción y la creatividad. Seguro que cuando escribes una novela conectas con ese hemisferio derecho. Pero lo haces sin darte cuenta de ello.</p>
<p>Reflexioné sobre sus palabras y supe que tenía razón. De hecho, siempre me había asombrado escribir sobre cosas que no sabía de dónde salían; al leerlas posteriormente, me sorprendía de mis palabras y hasta dudaba de que las hubiera escrito yo.</p>
<p>Daimon continuó con su explicación:</p>
<p>Al conectar con el hemisferio derecho del cerebro se produce, de manera simultánea, una desconexión del hemisferio izquierdo. Es decir, de nuestra parte activa, racional, que utiliza el lenguaje hablado para expresarse. Cuando esto ocurre, se favorece la intuición y con ella el lenguaje de los símbolos. El mismo que utilizan los sueños.</p>
<p>Cuando recorres a pie el Camino de Santiago pasan muchas cosas que no pueden catalogarse a través de la razón. De eso puedo dar fe dije, con conocimiento de causa.</p>
<p>Por eso vas a seguir viajando. O mejor dicho, peregrinando aclaró con énfasis. ¿Tengo que hacer el Camino otra vez? pregunté, intrigada.</p>
<p>Sólo tendrás que ir a algunos sitios determinados. Te indicaré a cuales. Son lugares que tienen una relaci n directa contigo. En los que ya estuviste en otro tiempo… En vidas pasadas añadió con cierta precaución. ¿En serio? pregunté entusiasmada ¿Recordaré cosas de vidas anteriores?</p>
<p>Sólo las necesarias. Ese es un conocimiento que puede ser muy perjudicial si no estás preparada… Tendrás que realizar algunos viajes añadió y no sólo por el Camino de Santiago. Saldrás al extranjero, a determinados lugares que te indicaré, aunque siempre con el mismo espíritu de peregrinación con el que hiciste el Camino. Quiero decir con una mentalidad abierta y una actitud receptiva, sin expectativas previas.</p>
<p>Has hecho una distinción entre el viaje y la peregrinación. ¿En qué se diferencian? pregunté a Daimon, intuyendo la respuesta.</p>
<p>Cuando hacemos un viaje es para conocer un país, una cultura, para hacer turismo, divertirnos, descansar… Una peregrinaci n se hace para conocernos a nosotros mismos.</p>
<p>Estamos más receptivos a lo que hay dentro de nosotros, y también a cómo actúan en nuestro interior los lugares sagrados que visitamos. Una peregrinación es una búsqueda interior a través de un viaje externo. Toda nuestra vida es una peregrinación concluyó y cuando nos damos cuenta de ello, nos relajamos en la existencia y empezamos a andar de una forma más despreocupada y consciente, porque hemos descubierto nuestro auténtico camino. ¿Y cuál es ese camino? pregunté, intrigada.</p>
<p>Ya te lo he dicho, hay muchos caminos, y cada uno tiene que descubrir cual es el suyo. El tuyo y el mío son el mismo. El camino de la entrega incondicional a la existencia. El que siguen los que consideran la vida como una peregrinación. Aquellos que prueban todo, pero no se apegan a nada ni a nadie, los que disfrutan y bendicen cada día las experiencias que les brinda la existencia. Que hoy están aquí, y mañana allí, abiertos a lo que el destino les depare, sin otro interés en la vida que vivirla.</p>
<p>Yo estaba fascinada escuchándole. Daimon continuó:</p>
<p>Es el camino que recorren los que no tienen planes de pensiones porque no los necesitan. Saben que la existencia cuidará de ellos y les proveerá de todo lo necesario, como siempre ha hecho. Es el camino sin guía y sin camino, el que recorre alegremente ese arcano del Tarot, El Loco, que no tiene número porque no lo necesita. Porque su papel en el juego de la vida le lleva a desempeñar muchos papeles, en función de cada circunstancia, sin apegarse a ninguno, sabiendo que no es real. Es por ello que este arcano del Tarot ha sobrevivido en otras barajas, como el Joker o el comodín. ¿Qué valor le darías a un comodín en el póker, por ejemplo? me preguntó con una sonrisa.</p>
<p>Teóricamente esa figura no tiene ningún valor en sí misma. Sin embargo es muy importante porque puede representar a todas las demás figuras, incluyendo al rey.</p>
<p>Pues eso, su valor está en función del juego que representa en esos momentos. Pero al Joker o al Loco le da igual porque sabe que sólo se trata de eso, de un juego. ¡Qué más da el valor que le otorguen los demás, si él sólo quiere peregrinar por esta hermosa vida, con su hatillo al hombro, ligero de equipaje! Si tiene que hacer de rey hace de rey, si tiene que hacer de dama, hace de dama, de paje, de ocho o de caballero. ¡Qué más da, si sólo es un juego!</p>
<p>Ciertamente, yo me identifico con ese camino, pero tal como lo cuentas refleja una visión un tanto romántica de la existencia.</p>
<p>De romántica nada dijo Daimon el camino de los locos es muy duro porque supone ir siempre contra corriente. La mayoría de la gente ni lo entiende ni lo acepta.</p>
<p>El loco, a los ojos de los demás, es muy peligroso porque no encaja socialmente con la normalidad establecida y, por si fuera poco, este es el camino solitario por excelencia. ¡Pero hay muchos locos! argumenté tú mismo acabas de decir que tu camino y el mío coincidían.</p>
<p>Así es, y coinciden, pero sólo durante un tramo. Nuestra propia naturaleza nos impulsa a cada cual a seguir en solitario, sin depender del otro, y sin permitir que el otro dependa de nosotros. Puesto que somos, junto con la vida, nuestros propios guías.</p>
<p>Me quedé reflexionando sus palabras, y Daimon añadió:</p>
<p>San Juan de la Cruz, Santa Teresa y el resto de los místicos españoles siguieron el camino de los locos, por eso tuvieron tantas dificultades con las autoridades eclesiásticas de sus respectivas órdenes. San Juan de la Cruz, que era un auténtico loco divino, escribi en sus Dichos de luz y amor que las condiciones del pájaro solitario son cinco: La primera que se va a lo más alto; la segunda que no sufre compañía, aunque sea de su naturaleza; la tercera, que pone el pico al aire; la cuarta, que no tiene determinado color, y la quinta, que canta suavemente. Esta podría ser una definici n esotérica del camino de los locos.</p>
<p>La conversación con Daimon me impresionó vivamente. Esa noche las estrellas brillaban sobre mi cabeza con más fuerza que nunca. Observándolas, me puse a recitar el estribillo de un poema de León Felipe que había aprendido de pequeña, y que me emocionaba especialmente. Se titulaba: Romero solo. Decía así:</p>
<p>Ser en la vida romero, romero solo que cruza siempre por caminos nuevos.</p>
<p>Ser en la vida romero, sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.</p>
<p>Ser en la vida romero… s lo romero.</p>
<p>Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez solo y ligero, ligero, siempre ligero. ¿Acaso ese romero del que hablaba León Felipe no se asemejaba a nuestro peregrino- loco del Tarot?</p>
<p>La impresión que sentí fue tan intensa, que me puse a llorar. Esa noche supe por qué ese poema se me había metido tan dentro, cuando era apenas una cría, y siempre me había emocionado tanto.</p>
<p>Daimon llevaba razón. En realidad ya sabemos todo. Sólo tenemos que recordarlo y para ello, la vida pone a nuestra disposición infinitas pistas. Sólo hay que estar receptivos y atentos, porque ella siempre nos está hablando. Y nos guía.</p>
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<p>CAPÍTULO XIII</p>
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<p>Cuando Matías colgó el teléfono se sintió aliviado. El hecho de que Paula fuera a permanecer tres o cuatro días en la Gran Ciudad, le daba un margen de tiempo para aclarar su situación con Susana. Se sentía muy intranquilo por dentro manteniendo esa especie de doble juego amoroso.</p>
<p>Aunque, por otro lado, no tenía nada claro qué iba a hacer, ni cuáles eran sus sentimientos.</p>
<p>Mientras se tomaba una tostada con mermelada y bebía lentamente su café con leche, Matías repasó mentalmente los sucesos del día anterior. Todo había ocurrido con tanta rapidez, que no sabía qué pensar. Era evidente que Paula le atraía mucho, pero quizás esa atracción fuera sólo de tipo sexual. Por otra parte, no la conocía lo suficiente como para saber si serían compatibles a la hora de mantener una relación estable.</p>
<p>Claro que esas cosas nunca se saben hasta que no se convive pensó no es lo mismo verse unas horas que vivir bajo el mismo techo. Por otra parte, y l no podía obviarlo, estaba el asunto de la edad. A mí eso me da lo mismo reflexionó aunque enseguida volvió a pensar que quizás no estuviera siendo del todo sincero al decir que le daba igual.</p>
<p>Matías pagó la consumición, miró el reloj y se encaminó hacia la Biblioteca. Hasta que él no llegase, no podía marcharse a desayunar el compañero que se quedaba en su puesto. Mientras recorría los escasos metros que había desde la cafetería al trabajo, Matías pensó cómo reaccionaría su madre ante la posibilidad de que él mantuviera una relación con Paula.</p>
<p>No hacía falta ser ningún adivino para comprender que Eva no admitiría de buen grado que su hijo tuviera una novia que, por la edad, podría ser su madre. De hecho, Paula sólo era diez años menor que Eva y esta circunstancia no iba a encajar en su esquema de valores. Eva esperaba que su hijo se casase con alguna joven y, más concretamente, con Susana.</p>
<p>Matías suspiró y concluyó que su madre jamás comprendería que él abandonase a una chica como Susana, de 22 años, para mantener una relación con una mujer viuda de 55.</p>
<p>De todas formas pensó todo esto debe ser secundario. No se trata de la vida de mi madre, sino de la mía. Sin embargo, en su fuero interno sabía que este asunto de la edad le preocupaba más de lo que él quería admitir.</p>
<p>De regreso a la Biblioteca, Matías decidió quedar esa misma tarde con Susana y hablar con ella. La llamó por teléfono a la farmacia y mantuvieron una breve conversación en la que acordaron que él iría a recogerla cuando terminase en el trabajo.</p>
<p>Matías notó a Susana muy distante. Seguramente aún seguía molesta por su desaparición del día anterior y por la frialdad con que se había comportado con ella durante las últimas semanas. Aún así, y aunque la conversación fue muy breve, Matías notó que Susana, como siempre, estaba dispuesta a perdonarle cualquier cosa, con tal de que siguieran juntos.</p>
<p>La jornada laboral le resultó a Matías especialmente pesada. La mañana se le había hecho interminable. Como la Biblioteca no cerraba a mediodía y tenía que volver al trabajo por la tarde, sólo había dispuesto de una hora para comer un plato combinado en la cafetería, antes de regresar a trabajar.</p>
<p>Por la tarde, una fuerte inquietud se había instalado en su pecho. El tiempo discurría con lentitud y Matías no hacía más que mirar el reloj, esperando la hora de salida para encontrarse con Susana. Era un momento que deseaba y temía a la vez. Realmente, no sabía qué iba a decirle, por lo que decidió no pensar más en el asunto, y dejarlo todo a la improvisación para cuando se reuniese con ella.</p>
<p>Por otro lado, no se le iba de la cabeza la imagen de Paula y, sobre todo, la intensidad de la relación sexual que había vivido con ella el día anterior. Aunque le sonase raro, no tenía más remedio que admitir que la echaba de menos. Anhelaba su presencia, el contacto de su piel, su cara aniñada y pecosa, la inocente mirada de sus ojos verdes y sus caricias torpes y apasionadas.</p>
<p>Sólo con pensarlo, Matías sentía una fuerte excitación, hasta el punto de que buena parte de la tarde la pasó en la Biblioteca con su pene erecto; cosa que no le ocurría desde que era un chaval. Parecía como si el contacto con Paula hubiera reavivado algún fuego interior. Nada que ver con los rescoldos que caldeaban los escasos encuentros sexuales que mantenía con Susana.</p>
<p>Dios, esta mujer me pone como una moto dijo para sus adentros, echándose mano a la entrepierna con disimulo para colocarse bien el pantalón vaquero, que amenazaba con estallar.</p>
<p>Finalmente, llegó la hora de cierre de la Biblioteca, y Matías se encaminó hacia la farmacia donde trabajaba Susana. Al llegar allí, acababan de cerrar y ella ya estaba esperándole en la puerta. Con toda naturalidad, y con la amable sonrisa de siempre, la joven se acercó hacia él y lo besó en los labios.</p>
<p>Antes de que Matías pudiera abrir la boca, ella le dijo:</p>
<p>Hoy me toca decidir a mí. Yo diré a dónde vamos ¿vale?</p>
<p>Vale, como tú digas respondió él con poco entusiasmo.</p>
<p>Susana le guió en silencio hasta el garaje de su casa, donde guardaba el coche de segunda mano que tenía, y le invitó a sentarse en el asiento de al lado del conductor.</p>
<p>Una vez dentro del vehículo Matías, un tanto confuso, se atrevió a preguntar: ¿A dónde vamos? ¡Ah, es una sorpresa! Ya lo verás cuando lleguemos se limitó a responder Susana, mientras le sonreía.</p>
<p>Ella condujo durante una media hora en silencio y Matías tampoco hizo nada por mantener una conversación. Casi se le corta la respiración al comprobar que al sitio dónde le conducía Susana, era a Rossal.</p>
<p>Cuando vio que ella enfilaba por la carretera, que conducía a la playa donde el día anterior había paseado con Paula, a Matías le entró verdadero pánico y pensó sí Susana sabría de la existencia de Paula. Con voz angustiosa volvió a preguntar, intentando disimular su preocupación: ¿A dónde me llevas?</p>
<p>Qué pesado eres respondió Susana con un tono infantil Te llevo a la playa de Rossal. Me han dicho que desde aquí se ven unas puestas de sol maravillosas. Espero que lleguemos a tiempo, y si no, por lo menos podremos contemplar las estrellas.</p>
<p>Matías no salía de su asombro. Aquello no podía ser una casualidad. En el año que llevaba saliendo con Susana, ésta jamás había dado muestras de querer ir a Rossal, a pesar de que era una playa muy cercana a San Roque. Durante la última primavera y algunos fines de semana del verano, habían ido a bañarse juntos, pero siempre se encaminaban hacia otras playas de la zona. ¿Has visto alguna puesta de sol desde esta playa? preguntó Susana, interrumpiendo las reflexiones de Matías.</p>
<p>Al escucharla, a él se le hizo un nudo en la garganta, pero se repuso para contestar balbuceando:</p>
<p>No, nunca.</p>
<p>Pues dicen que es un sitio magnífico para verlas. Tendremos que volver algún fin de semana para disfrutar más este lugar.</p>
<p>Matías no sabía qué pensar. ¿Sería posible que Susana hubiera descubierto su aventura con Paula? ¿Pero cómo? ¿Es que los habría visto algún conocido de San Roque cuando comían juntos, o cuando paseaban abrazados por la playa?</p>
<p>Se encontraba totalmente desconcertado aunque, por otro lado, estaba casi seguro de que Susana no sabía nada de la existencia de Paula. De haber sido así, no estaría tan sonriente y cariñosa, sino que se mostraría dolida y enfadada.</p>
<p>Embebido en sus propias reflexiones sólo volvió a la realidad del momento al darse cuenta de que Susana había aparcado el coche en un lugar apartado y con poca luz.</p>
<p>Desde allí se veía un disco anaranjado por encima de la línea del horizonte del mar, y se escuchaba el rumor de las olas.</p>
<p>Antes de que pudiera reaccionar, Susana se desabrochó la blusa que llevaba puesta, le cogió una mano y la colocó encima de su pecho sobre un sujetador de puntillas negro, que la hacía muy sexi. A Matías le pilló tan de improviso, que sólo fue capaz de decir: ¿Qué haces?</p>
<p>Como respuesta, Susana se acercó a él todo lo que le permitía la palanca de las marchas, empezó a bajarle la cremallera de la bragueta y metió su mano por el hueco para acariciarle por encima del calzoncillo.</p>
<p>Matías se quedó totalmente estupefacto. Desde luego, ése no era el comportamiento habitual de Susana. Aunque al principio pensó resistirse, su pene ya se había desconectado de su mente y, adquiriendo vida propia, se elevaba por encima de sus pensamientos.</p>
<p>A partir de esos momentos, un Matías fuertemente excitado tomó las riendas de la situación y respondió a las caricias de Susana como no lo había hecho desde la primera vez que mantuvieron relaciones sexuales, cuando él la desvirgó en su coche.</p>
<p>En algún momento del juego amoroso, sin que él supiera muy bien por qué, Susana se transformó en Paula y esto avivó su pasión. Ya no eran pechos jóvenes de pezones sonrosados los que succionaba con avidez, sino otros más grandes, de pezones más oscuros y maternales, los que aparecían ante sus ojos.</p>
<p>Fue al pensar en Paula cuando Matías se llevó a Susana a los asientos traseros del coche y la tumbó. Allí le quitó con gran urgencia los pantalones y las bragas, y se puso sobre ella penetrándola, con cierta brusquedad hasta que, en pocos segundos, eyaculó.</p>
<p>Tras unos instantes de desconcierto, Matías se incorporó mientras parte de su semen se deslizaba por los muslos de Susana. Ella, un poco asustada, no sabía qué decir. Nunca le había visto tan excitado.</p>
<p>Cuando ambos se vistieron de nuevo, fue Susana la que rompió el silencio. ¿Quieres que demos un paseo por la playa?</p>
<p>Matías no quería, pero respondi con un lac nico vale.</p>
<p>Abandonaron el lugar dónde Susana había aparcado el coche, y se encaminaron hacia la playa. Estaba desierta y hacía un poco de fresco. Pasearon por la orilla en silencio, hasta que Susana le preguntó: ¿Te pasa algo? Nunca te había visto así. ¿A qué te refieres? preguntó Matías, aunque sabía perfectamente a qué se estaba refiriendo.</p>
<p>No sé, así de excitado, no parecías tú.</p>
<p>Perdona si te he hecho daño en algún momento, no era mi intención dijo él.</p>
<p>No me has hecho da o, no es eso. Es que no era tu comportamiento habitual…</p>
<p>Tú también me has sorprendido a mí la interrumpió Matías tampoco el de hoy es tu comportamiento habitual. Nunca eres tan… lanzada, más bien todo lo contrario.</p>
<p>Sí, es verdad se rió Susana he seguido los consejos de mi jefa. ¿Hablas con tu jefa de nuestras relaciones sexuales? preguntó Matías un tanto malhumorado No, claro que no respondió Susana dándole un manotazo cariñoso qué cosas se te ocurren. Lo que pasa es que ayer me notó que estaba triste, me miró a la cara y me dijo: Seguro que tienes mal de amores, y antes de que yo respondiera, a adi:</p>
<p>Chiquilla, no hay nada que no se cure con un buen polvo. Te lo digo yo que entiendo de medicinas!. Ya sabes lo burra que es!</p>
<p>A Matías le hizo gracia la ocurrencia, sonrió, echó el brazo por encima de los hombros de Susana y la atrajo hacia sí.</p>
<p>Pues lleva razón tu jefa dijo con un repentino buen humor.</p>
<p>Susana aceptó de buen grado el cambio de Matías y ambos siguieron paseando por la playa, hablando de cosas intrascendentes. En uno de los bares de los alrededores tomaron unas cervezas y bocadillos, y después Susana llevó a Matías a su casa. Se despidieron con un beso y quedaron en hablar al día siguiente.</p>
<p>Mientras esperaba el ascensor, Matías se sintió incómodo consigo mismo. Debería haber hablado con Susana. ¡Pero cómo podía decirle que había conocido a Paula, después de haber hecho el amor con ella! No, era obvio que ese no era buen momento y, por otro lado, sus sentimientos no sólo no se habían aclarado, sino que estaba más confuso todavía.</p>
<p>Suspiró profundamente, cogió el ascensor y subió a su casa. Desde el descansillo de la escalera se oían las voces de su padre discutiendo con su madre. Mientras introducía la llave en la cerradura, pens: Hogar, dulce hogar.</p>
<p>Paula llegó a la Gran Ciudad con media hora de retraso sobre el horario previsto. El bullicio que había en la estación la incomodó y aún se sintió peor cuando salió a la puerta y vio esa enorme riada de tráfico. Con rapidez se dirigió a la parada de taxis y, casi inmediatamente consiguió subirse a uno. Le dio la dirección de la urbanización dónde vivía su hija, y procuró alejar la inquietud que experimentaba en su interior.</p>
<p>Al llegar al chalet adosado llamó a la puerta y aguardó un buen rato hasta que ésta se abrió. Fue su nieta Clara la que la recibió al otro lado. ¡Abuelita! gritó la cría abriendo los brazos.</p>
<p>Ven aquí, tesoro dijo Paula, respondiendo al abrazo de su nieta ¿Dónde está mamá?</p>
<p>No hizo falta que Clara respondiera. Por la puerta de la cocina apareció una Elena demacrada. Al contemplar el rostro de su hija, Paula se asustó. Francamente, tenía muy mal aspecto. ¿Cómo estás? preguntó Paula mientras la besaba, aunque la pregunta le pareció estúpida.</p>
<p>Pues ya ves, juzga por ti misma respondió Elena con desgana. Pasa, te acompaño a tu habitación para que dejes las cosas.</p>
<p>Paula subió las escaleras al piso superior detrás de su hija, cogida de la mano de su nieta, que se mostraba feliz de tenerla allí. En cuanto llegaron a la habitación en la que iba a dormir, la niña le preguntó: ¿Cuántos días te vas a quedar, abuelita? ¡Pero si acabo de llegar! ¿Es que quieres que me vaya? bromeó Paula.</p>
<p>Nooo, tonta respondió Clara sonriendo quiero que te quedes muchos días.</p>
<p>Bueeeno, ya veremos. Tenemos que irnos tú y yo por ahí, como dos mujeres ¿vale?</p>
<p>Al McDonald's! Quiero que me lleves al McDonald`s.</p>
<p>Pues allí te llevaré, preciosa.</p>
<p>No molestes a la abuelita, Clara regañó Elena a la niña.</p>
<p>No me molestas susurró Paula a su nieta estoy encantada de verte y te llevaré dónde tú quieras.</p>
<p>La cría sonrió a su abuela con un gesto de complicidad y las tres se bajaron al salón.</p>
<p>Paula se sentó en el sofá, frente a su hija, y tuvo la certeza de que su estancia allí no iba a ser fácil. Estaba claro que Elena se había cerrado herméticamente con su dolor, y no iba a permitir que nadie la consolara.</p>
<p>En aquellos momentos, la tensión flotaba en el ambiente. Afortunadamente estaba Clara para hacer más llevadera la situación. Fue Elena la que rompió el hielo y comenzó a hablar:</p>
<p>Un rato antes de que vinieras he estado hablando con Fernando. ¿Y se lo has dicho? preguntó Paula.</p>
<p>En realidad ya lo sabía, por eso me ha llamado. Antes que él llamó Amalia para decirme que iban a iniciar los trámites para adoptar una niña. Estaba muy contenta. Fue a ella a la que le conté que Jorge se había ido de casa. Ella se lo dijo a Fernando, y al rato me llamó él. ¿Y qué te ha dicho tu hermano?</p>
<p>Bueno, ya lo conoces, estas cosas no entran en su cabeza. Cuando él se casó lo hizo para toda la vida. Poco menos que quería venir a matar a Jorge sonrió Elena con desgana. Bastante tiene con asumir lo de la adopción. Él y Amalia van a venir mañana. ¿Aquí, a la Gran Ciudad? preguntó Paula con alegría.</p>
<p>Sí, en cuanto le he dicho que tú estabas en camino, se ha empeñado en venir él también. ¡Por lo visto va a haber cónclave familiar! añadió con cierto tono de desprecio en la voz.</p>
<p>No creo que se trate de ningún cónclave. Estás pasando un mal momento y es lógico que tu familia quiera estar a tu lado dijo Paula. Yo me alegro mucho de que vengan y de que podamos juntarnos aquí. Seguro que si lo intentamos adrede, no conseguimos ponernos de acuerdo. ¿Cuándo llegarán?</p>
<p>Vendrán en su coche y saldrán de Sahala lo antes posible, cuando él termine en el bufete por la tarde. O sea que llegarán ya por la noche. Su intención es pasar aquí el sábado y volverse el domingo. El lunes, además de que Fernando tiene un juicio, los han citado para lo de la adopción.</p>
<p>Tras facilitar a su madre esta información, Elena se quedó callada y ausente. Clara seguía jugando con sus cosas y, de vez en cuando, enseñaba algún juguete a su abuela.</p>
<p>El silencio entre ellas era cada vez más pesado y Paula no sabía qué decir. Finalmente, se atrevió a preguntar: ¿Has ido hoy a trabajar?</p>
<p>No, no he ido, he cancelado las citas que tenía hasta el lunes. De todas formas, aprovechando que tú estás aquí y puedes quedarte con Clara, me gustaría ir mañana a la clínica. Tengo que hablar con la enfermera…</p>
<p>Claro, yo me quedo con la niña la interrumpió Paula, contenta por ser de alguna utilidad. Tú haz lo que tengas que hacer y no te preocupes por nada. Clara y yo lo pasaremos estupendamente, ¿verdad? dijo dirigiéndose a su nieta.</p>
<p>La niña asintió y el silencio volvió a instalarse entre madre e hija. Al cabo de unos minutos Elena preguntó a Paula si le importaba poner la cena a Clara. Ella se iba a ir a la cama, porque se encontraba muy cansada.</p>
<p>Antes de acostarse, Elena indicó a su madre lo que podían utilizar para cenar, de los alimentos que había en el frigorífico. También le facilitó una copia de las llaves de la casa, por si quería llevar a la niña al parque durante la mañana o dar una vuelta, y le anunció que ella se marcharía temprano a la clínica y estaría de vuelta a la hora de comer. ¿Y Clara no va a ir al colegio? preguntó Paula yo puedo llevarla y recogerla, puesto que está aquí al lado.</p>
<p>No te preocupes, ya irá a partir del lunes, cuando todos estemos más serenos respondió su hija.</p>
<p>Sin más comentarios, Elena besó a su hija y a su madre y subió a su dormitorio. Poco después, Paula y la niña cenaron juntas en la cocina, y después acostó a su nieta. Antes de apagarle la luz le leyó un cuento en la cama y ambas convinieron en que, cuando se levantasen al día siguiente, irían a un parque cercano para que Clara subiera en los columpios.</p>
<p>Después de acostar a la niña, Paula bajó al salón y se dejó caer en un sillón. Estaba cansada del viaje pero, además, se sentía muy triste al ver cómo estaba afectando a su hija la separación. Era obvio que no la aceptaba, ni siquiera ahora que su yerno se había ido de la casa.</p>
<p>Si no acepta la situaci n pensó lo va a pasar muy mal. No sólo va a ser la ausencia de Jorge lo que le va a amargar la vida. Ya verás cuando empiece el papeleo del divorcio y lo que se queda uno y otro, y la pensi n de la ni a… Pobre Elena, le esperan unos meses muy malos, hasta que consiga recuperarse de la separaci n.</p>
<p>Luego, cuando lo asimile, yo creo que va a estar mucho mejor continuó con sus pensamientos pero de momento no hay quien le quite el sufrimiento ¿Por qué serán tan complicadas las relaciones de pareja? se preguntó en voz alta.</p>
<p>Al hacerlo, se acordó de Matías. Ella también tenía sus propios problemas. Le gustaría hablar con su hija de él. Decirle al menos que había conocido a una persona que podía ser importante en su vida. Pero no parecía ese el momento más adecuado. ¡Ya habría tiempo después! ¿Pero lo habrá? ¿Durará lo suficiente como para tener que presentárselo a mis hijos? se interrogó en voz baja, incapaz de responderse.</p>
<p>Como si Matías estuviera al tanto de sus pensamientos, sonó el teléfono móvil de Paula y ésta comprobó en la pantalla que era él quien llamaba. El corazón le dio un vuelco. Se puso tan nerviosa, que casi no atinaba con la tecla correspondiente. Cuando descolgó, dijo:</p>
<p>Hola, qué alegría que me llames.</p>
<p>Es que te echo mucho de menos respondió Matías con voz melosa no voy a olvidarme de ti porque te hayas ido un poco más lejos.</p>
<p>No sabes cómo agradezco tu llamada dijo Paula, orgullosa. ¿Cómo están las cosas por ahí? preguntó él.</p>
<p>Mal. Elena, así es como se llama mi hija aclaró se encuentra más afectada de lo que yo creía y, lo que es peor, está cerrada herméticamente a cualquier tipo de ayuda; al menos por mi parte.</p>
<p>Quizás no puedas ayudarla. Es difícil ayudar a nadie en una situación así, cuando te han abandonado. Debe ser muy duro que te dejen para irse con otra persona.</p>
<p>Paula estuvo a punto de preguntarle si a él nunca le había abandonado nadie, pero no lo hizo. No le conocía lo suficiente como para hacerle una pregunta tan directa. Aunque en realidad se moría de ganas por saber cosas de su vida sentimental, de las novias que había tenido, de por qué un joven con 35 años no tenía a nadie en su vida; si es que no lo tenía.</p>
<p>Sin saber por qué, Paula experimentó una punzada de dolor en el pecho y en algún rincón de su mente apareció de nuevo la duda de si Matías la engañaba. Rechazando de plano esa posibilidad, volvió a retomar la conversación y le dijo a Matías que, al día siguiente, su hijo y su nuera se iban a desplazar a la Gran Ciudad.</p>
<p>Entonces estarás contenta dijo él vas a tener allí a toda la familia.</p>
<p>Sí, tengo ganas de ver a Fernando y a Amalia, van a adoptar una hija ¿sabes?</p>
<p>Bueno, supongo que cuando lo hacen es porque lo desean. Si es así, me alegro por ellos. ¡Claro que lo desean! dijo Paula, extrañada deseaban con toda su alma tener un hijo, pero como no puede ser, han decidido adoptarlo.</p>
<p>Perdona que me extrañe, es que lo de tener hijos es algo que no entra para nada en mis planes.</p>
<p>Paula recibió esta confesión con una mezcla de sentimientos. Por un lado se alegró. Si Matías quería tener hijos, su relación no podía durar mucho. Era evidente que ella ya no tenía edad de concebir, porque hacía años que había entrado en la menopausia. Pero por otra parte, había algo en su tono de voz, cuando decía que no quería tener hijos, que no le gustaba a Paula. Sin saber qué decir, optó por callarse hasta que Matías reanudó la conversación, preguntándole: ¿A qué no sabes dónde he estado hoy al salir del trabajo?</p>
<p>Ni idea, ¿dónde has estado?</p>
<p>He ido a la playa de Rossal. Te echaba de menos y me apetecía pasear por allí, recordando lo bien que lo pasamos ayer.</p>
<p>Paula se sintió muy halagada por las palabras de Matías y notó cómo el pulso se le aceleraba al recordar la intensidad de sus abrazos y la pasión con la que hicieron el amor. ¿Se puede saber qué es lo que me has dado, que no dejo de pensar en ti? continuó Matías yo creo que me has embrujado porque nunca me había sentido tan atraído por nadie, a pesar de que apenas nos conocemos.</p>
<p>A lo mejor es por eso, porque no nos conocemos intentó bromear Paula, aunque lo dijo saliéndole del alma.</p>
<p>Matías ignoró la respuesta y le preguntó cuándo pensaba volver. Paula respondió:</p>
<p>Aún no lo sé, pero no será antes del domingo. Mi hijo y mi nuera llegarán mañana ya tarde y pasarán aquí el sábado. Quizás cuando ellos se marchen el domingo me iré yo también. O puede que me quede algún día más para estar a solas con mi hija. Ya te lo diré cuando lo sepa.</p>
<p>La conversación entre ambos duró poco más y cuando terminó de hablar, a Paula le quedó un sabor agridulce. Aparentemente todo iba bien. Él parecía sincero cuando decía que la echaba de menos. Ella estaba deseando volver a acostarse con él. Pero, aparte de lo bien que lo habían pasado en la cama ¿existía un lazo más sólido entre ellos?</p>
<p>Mira que eres ceporra se regañó Paula a sí misma, como si fuera otra persona ¡si os acabáis de conocer! Qu quieres, que te pida en matrimonio?</p>
<p>Para no darle más vueltas al asunto, Paula decidió irse a la cama. Después de asearse se puso un camisón y cogió de la bolsa de viaje el manuscrito de Sara Bermúdez, que había estado leyendo en el tren. Se metió entre las sábanas y, tras ponerse las gafas de leer, abrió el libro en el lugar donde lo había dejado.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XIV</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Los ojos saltones del demonio Asmodeo miraban hacia el suelo, como queriendo ignorar mi presencia. Sin embargo, yo estaba ahí, a la entrada de la iglesia de Rènnes le Château, un pequeño pueblo del Languedoc francés, que se hizo muy famoso a finales del siglo</p>
</section>
<section>
<title>
<p>XIX.</p>
</title>
<empty-line/>
<p>Allí un cura, Francois Berenguer Saunière, descubrió dentro de un pilar visigótico que sostenía el altar mayor durante las obras de restauración de la iglesia unos enigmáticos pergaminos que cambiarían toda su vida.</p>
<p>Según me había contado Daimon, este descubrimiento puso al abad en contacto con grupos ocultistas parisinos de la época, que lo acogieron como uno de los suyos, dando la impresión de que el cura había hecho algún descubrimiento, o poseía algún secreto, que a ellos les resultaba de valor y utilidad.</p>
<p>Desde entonces, Sauniére empezó a derrochar enormes cantidades de dinero y a construir a diestro y siniestro. Entre otras cosas se edificó una espléndida mansión en Rènnes, que bautizó con el significativo nombre de Villa Bethania. Mand construir tambi n una torre, en la que ubic su biblioteca, que llam Torre Magdala en honor a María Magdalena.</p>
<p>La iglesia en la que yo me hallaba, la misma en la que se encontraron los pergaminos, estaba consagrada precisamente a esa mujer, la gran olvidada de los Evangelios, de la que se decía que pudo ser esposa de Jesús y con la que, según algunas fuentes, tuvo descendencia.</p>
<p>Daimon me contó que algunos estudiosos señalaban que los manuscritos encontrados por el cura francés, hacían referencia al secreto de los Templarios, sobre esa hipotética descendencia de Jesús y sobre la certeza de que éste no murió en la cruz.</p>
<p>Descubrimientos estos que tiraban por tierra los dogmas de la iglesia católica, al poner en entredicho la resurrección del nazareno. Yo, sinceramente, no compartía esas hipótesis.</p>
<p>Se suponía que la iglesia que me había mostrado Daimon en fotos, y que ahora contemplaba con mis propios ojos, escondía codificado en un peculiar Vía Crucis colgado de sus paredes, y en sus imágenes, este secreto descubierto por el abad Sauniére.</p>
<p>Pero yo no estaba allí para descubrir el secreto del cura. Mi presencia en ese lugar estaba relacionada con la peregrinación por lugares sagrados, que estaba llevando a cabo.</p>
<p>Paula estaba totalmente inmersa en la lectura. Aquel manuscrito tenía la virtud de atrapar totalmente su atención, como si fuera magnetizada por alguna fuerza oculta.</p>
<p>Mientras lo leía, se olvidaba de todo lo demás. De los problemas de su hija, de Matías y hasta de ella misma.</p>
<p>Nunca había oído hablar de Rènnes le Château, ni del demonio Asmodeo, ni de ningún cura francés que hubiera descubierto ningún secreto de los Templarios. Pero lo cierto es que todo aquel relato le hablaba a alguna parte oculta de su ser, y ella no podía quitar la vista del papel, a pesar de lo cansada que se sentía después del viaje a la Gran Ciudad.</p>
<p>Por eso suspiró profundamente y continuó leyendo, sin querer mirar la hora.</p>
<p>La primera imagen de juego me la dieron las baldosas que había en el suelo, a la entrada de la iglesia. Eran blancas y negras, como un tablero de damas o ajedrez. También resultaba extraño que el abad Sauniére colocase a la izquierda de la puerta, al demonio Asmodeo sosteniendo sobre sus hombros una pila de agua bendita.</p>
<p>Sobre ella había cuatro ángeles, haciendo cada uno de ellos un gesto con su mano derecha que, entre todos, completaba la señal de la cruz. Cada ángel miraba en una dirección de los cuatro puntos cardinales. Y el que estaba arrodillado y tenía su mano derecha en el pecho, indicaba con el índice de la mano izquierda una inscripción en franc s: Par ce signe tu le vaincras. O lo que es lo mismo: Con este signo tú le vencerás Una frase que recordaba a la visión que tuvo el emperador Constantino, cuando contempló en el cielo una cruz llameante con la leyenda: In hoc signo vinces. Sin embargo, aunque la frase pareciera la misma, no era exactamente igual. En la de la iglesia de R nnes se a adía la palabra le para advertir que era al demonio Asmodeo al que habías de vencer.</p>
<p>Según me indicó Daimon, antes de partir hacia Rènnes le Château, dentro de mi peregrinación por determinados lugares sagrados, Asmodeo era uno de los más famosos demonios del Antiguo Testamento. Se le consideraba custodio de secretos y guardián de tesoros ocultos, que no necesariamente estaban relacionados con lo material, sino con el conocimiento divino.</p>
<p>Asmodeo era también el demonio que ayudó a Salomón a construir su legendario Templo de la sabiduría. En el que, según se decía, se guardaba el Arca de la Alianza que contenía las tablas de Mois s. Tablas de la Ley Divina. Tablas del Logos, del Verbo, de la Raz n, de la Medida y del Número. Porque, según se reflejaba en el G nesis, Dios había dicho: He hecho todo con Número, con Medida y con Peso Permanecí más de una hora en la pequeña iglesia, recorriéndola despacio y empapándome de todos y cada uno de sus símbolos, aunque no los comprendiera.</p>
<p>Daimon me había indicado que sólo debía hacer eso, permanecer allí, deambular por el recinto sagrado.</p>
<p>Pero no como una turista, sino como peregrina, con una actitud receptiva, para que los símbolos hablasen a mi subconsciente, como lo habían hecho durante mi recorrido por el Camino de Santiago. Me sorprendió saber que Rènnes le Château se hallaba junto a una antigua ruta de los peregrinos que iban desde el norte de Europa a Santiago de Compostela. También me enteré que Richard Wagner peregrinó a Rènnes, antes de componer su última obra Parsifal, sobre la leyenda del Grial.</p>
<p>Mi estancia allí se completó con la visita al cementerio, donde enterraron a Saunière, a Villa Bethania y, como no, a Torre Magdala, una peculiar construcci n que preside el valle del Aude, orientada hacia el oeste, desde donde se pueden contemplar extraordinarias puestas de sol.</p>
<p>Era consciente de que todo en aquel simbólico lugar hablaba en un lenguaje apropiado para el alma, pero insuficiente para mi razón, que empezaba a rebelarse. Cuando cogí el coche que había alquilado y conduje hasta Carcasona, ciudad medieval en la que se encontraba mi hotel, mi parte racional quería a toda costa explicaciones: ¿Qué era lo que hacía allí? ¿ Por qué me había mandado Daimon hasta ese lugar?</p>
<p>Decidí que esa noche le llamaría por teléfono, antes de desplazarme a los otros dos lugares del Languedoc francés dónde él me había indicado que fuera: el castillo de Montségur y las cuevas de Lombrives. Pero no hizo falta que yo lo llamase.</p>
<p>Al poco de llegar al hotel, después de darme un baño caliente para relajar la tensión acumulada durante el día, sonó el teléfono y escuché con agrado la potente voz de Daimon. ¿Cómo ha ido todo? me preguntó.</p>
<p>Gracias a Dios que has llamado. Iba a llamarte yo ahora respondí, aliviada. ¿Por alguna razón especial?</p>
<p>Pues claro! Te parece poca raz n el no saber qu hago aquí… Qu es lo que estoy buscando, Daimon?</p>
<p>No sé contestó riéndose ¿Estás buscando algo? Tú debes saberlo ¿no? ¡Oh, Dios! No seas cruel conmigo. Sí estoy aquí es porque tú me has pedido que viniera, Pero no s qu co o hago aquí! S lo me estoy dejando llevar…</p>
<p>Muy mal, por cierto. Te dejas llevar muy mal fingió regañarme Está visto que eso de dejarte llevar no es lo tuyo, pero precisamente por eso me ha tocado acompañarte por esta senda. ¿Qué senda? pregunté un tanto malhumorada.</p>
<p>Vamos, Sara, no te hagas la tonta. Si dejases de preguntarte continuamente qué hago aquí, y te limitases a estar y percibir en actitud abierta, utilizando tu intuición, no me estarías interrogando sobre tonterías.</p>
<p>Sus palabras tuvieron la virtud de calmar mi ansiedad. Actuaron como un bálsamo en mi interior. Respiré profundamente y me sentí mucho mejor. Daimon me preguntó: ¿Acaso sabías por qué te fuiste al Camino de Santiago?</p>
<p>No reconocí.</p>
<p>Y si no lo sabías ¿por qué emprendiste esa peregrinación?</p>
<p>No lo sé, fue una especie de llamada. Tenía que ir, eso es todo.</p>
<p>Bien dijo satisfecho pues esto es lo mismo. Estás allí porque tienes que estar, eso es todo. Ese lugar, esa zona de Francia ¿no te dice nada?</p>
<p>Me quedé pensando en silencio, pero Daimon me apremió.</p>
<p>No lo pienses. No dejes espacio para que tu mente racional enrede. ¿Qué has sentido hoy en Rènnes le Château?</p>
<p>Sin saber por qué respondí con convicción:</p>
<p>Que ya había estado aquí…</p>
<p>Bien, con eso es suficiente por hoy. Buenas noches. ¡Eh, no vale! protesté ¿no vas a decirme nada más?</p>
<p>Claro que no, ya te he dicho que es suficiente por hoy. Ahora tienes que descansar, mañana te espera una dura subida al castillo de Montségur. Te llamaré por la noche.</p>
<p>Hasta mañana.</p>
<p>Con tono de resignaci n le respondí con un lac nico: Vale, hasta ma ana. Pero antes de colgar me dijo:</p>
<p>Espera, sólo una cosa. El nombre de Asmodeo, está íntima y tradicionalmente ligado al tuyo, Sara. ¿Sabes por qué? ¡Claro que no! respondí elevando el tono de voz ¡Dímelo tú!</p>
<p>Felices sueños dijo antes de colgarme el teléfono.</p>
<p>La despedida de Daimon me había dejado, no sólo irritada, sino también impotente. Mi mente quería saber y yo no sabía cómo calmar esa profunda necesidad. Sentí gran agitación en el pecho, y me dejé caer en la cama, rendida. De pronto, como si fuera una orden que se había introducido en mi cabeza, algo me dijo: Mira en internet.</p>
<p>De un salto me levanté de la cama, saqué del armario la cartera que contenía mi ordenador portátil, y me conect buscando: Asmodeo. Sobre todo me interesaba saber la relación de este demonio con alguna persona de la antigüedad, que tenía mi mismo nombre.</p>
<p>Enseguida me aparecieron numerosos grabados y referencias, aunque la imagen que yo tenía en la cabeza era la del impresionante Asmodeo de ojos saltones y garras, de piel roja y túnica verde, que guardaba los misterios ocultos en la iglesia de Rènnes le Château.</p>
<p>A través de la red, descubrí, primero, que la palabra diablo viene del griego y significa, calumniador. Tambi n que Asmodeo era para los hebreos el demonio de la sensualidad y la lujuria, enemigo declarado de las uniones conyugales. Y el encargado de hacer pactos con los hombres.</p>
<p>Finalmente descubrí la relación de Asmodeo con Sara, aunque no me aclaró mucho.</p>
<p>Según figura en el Antiguo Testamento, el demonio estaba enamorado de una joven que llevaba ese nombre y ahogó, durante la noche de bodas, a los siete maridos con los que ésta se fue desposando, antes de casarse con su primo Tobías.</p>
<p>Con Tobías ya no pudo Asmodeo, la ceguera que el demonio le provocó le fue curada gracias a la intervención del Arcángel San Rafael, quien le ayudó a derrotar al demonio y a casarse con Sara.</p>
<p>Tal y como me había contado Daimon, pude leer en mi ordenador que Asmodeo destronó a Salomón, pero éste finalmente le venció, le cargó de hierros y le obligó a ayudarle en la construcción de su Templo.</p>
<p>Se decía también que este demonio daba a los hombres anillos astrológicos y los ayudaba a hacerse invisibles. Asimismo, enseñaba a los humanos Geometría, Aritmética y Astronomía.</p>
<p>Suspiré profundamente y continué mirando en internet, pero con mucho menos interés.</p>
<p>Estaba claro que por esa vía no iba a ningún sitio. No era la primera vez que me pasaba cuando buscaba a través de la red. Ya en una ocasión me había advertido Daimon, cuando me vio buscar explicación para un símbolo, con cierta desesperación.</p>
<p>Ahí no hay nada que pueda saciar tu sed. En la red s lo vas a encontrar informaci n, mucha información, pero no conocimiento. El conocimiento sólo nace de la experiencia directa y llega a través de la intuición, no de la razón. Cuando abras esa ventana, quédate sólo con aquella información que toque tu interior; aunque no comprendas lo que significa, y deshecha todo lo demás.</p>
<p>Recordé sus palabras y me aparté unos momentos del ordenador. Cerré los ojos y me concentré en mi respiración, sin pensar en nada más. Experimenté una gran paz interior, después volví al ordenador y apareció una nueva información sobre Asmodeo, que sí hizo vibrar algo en mi interior.</p>
<p>Estaba relacionada con su nombre. Decía que, en las leyendas talmúdicas, Asmo significaba plan o prop sito y Deo, se refería, indudablemente, a Dios. Así pues, Asmodeo significaba Plan de Dios.</p>
<p>Este descubrimiento me impresionó. ¿Acaso un demonio podía cumplir un plan divino? ¿Estaban las fuerzas del mal al servicio de la divinidad? ¿Qué hacía, si no, la figura de Asmodeo a la entrada de la iglesia de Rènnes le Château?</p>
<p>Empezó a dolerme mucho la cabeza y decidí que era el momento de dormir. Me acosté y apagué la luz, sin leer como tenía por costumbre, para dejarme llevar en los brazos de Morfeo y no seguir dándole vueltas a todas las impresiones que había vivido a lo largo del día. A pesar de todo, me costó quedarme dormida. Finalmente, el sueño me rindió.</p>
<p>A Paula también la estaba rindiendo el sueño, pero no quería dejar la lectura del manuscrito. Descansó un momento y miró el reloj. Eran más de las dos de la madrugada, y debía estar ya durmiendo. Sin embargo, algo en su interior la empujaba a seguir leyendo, a llegar hasta el final del capítulo de aquel extraño libro que había permanecido enterrado en su jardín, esperando que ella lo encontrara.</p>
<p>Por qu enterraría Sara Bermúdez este manuscrito en el jardín de su casa? se preguntó para sus adentros no tiene ninguna l gica. Sus pensamientos la hicieron sonreír. Últimamente nada de lo que le pasaba tenía l gica alguna. Llevará raz n Daimon, al decir que hay que mirar el mundo con otros ojos distintos a los de la raz n?</p>
<p>Esta vez sus razonamientos le hicieron soltar una carcajada, no por lo que había pensado, sino porque había hablado de Daimon como si fuera un viejo conocido suyo.</p>
<p>Creo que este manuscrito me está afectando dijo en voz alta, antes de continuar leyendo.</p>
<p>Me desperté sobresaltada y comprobé, a través de las cortinas de la habitación, que estaba amaneciendo. Acababa de tener un sueño totalmente vívido que me había impresionado. La imagen de Asmodeo, que había visto en la iglesia de Rènnes le Château, intentaba seducirme en el interior de una cueva.</p>
<p>Yo estaba tumbada en el suelo, desnuda, y él me acariciaba el cuerpo, hasta que conseguía penetrarme. Fue entonces cuando me desperté, presa de una gran excitación.</p>
<p>Lo más curioso del caso es que, cuando abrí los ojos, aún sentía el suave contacto de sus garras en mi piel, y era una sensación muy placentera.</p>
<p>Estoy segura de que fue esa sensación de placer lo que me asustó. Algo en mi la rechazaba y por eso desperté bruscamente del vívido sueño. Me incorporé en la cama y resoplé, sin saber muy bien lo que me estaba pasando. Tras unos minutos de descanso, decidí levantarme, me metí bajo la ducha y, una vez vestida cogí el coche de alquiler, que tenía aparcado en el garaje del hotel, y puse rumbo a Montségur.</p>
<p>Conforme me iba acercando veía el majestuoso castillo en lo alto de una montaña que se consideraba sagrada. En el interior de la fortaleza sufrieron asedio, durante nueve meses, los últimos cátaros. Finalmente fueron quemados por la Inquisición al pie del castillo, en un prado verde que se conoce hoy como el Camp des Crémats, el 16 de marzo de 1244.</p>
<p>La historia y la leyenda coinciden al señalar que, la noche anterior al exterminio, tres de los llamados puros, se descolgaron desde el castillo, por la pared norte de la montaña, un sendero difícil de escalar, para poner a salvo el tesoro de los cátaros, que no era otro que el Santo Grial; fuera lo que fuera ese Grial.</p>
<p>Para algunos autores, el Santo Grial es la copa en la que bebió Jesús durante la última cena, que luego sirvió para recoger su sangre en la cruz. Copa mágica con múltiples propiedades curativas para el cuerpo y el espíritu.</p>
<p>Otros consideran que el Santo Grial era un joven o una joven, o ambos, descendientes de la unión entre Jesús y María Magdalena, que fueron evacuados y puestos a salvo, junto con tesoros y numerosos documentos en Rènnes le Château. Los mismos que siglos después encontraría el abad Saunière.</p>
<p>Cuando enfilé el sendero que subía al castillo por el monte Tabor, lo primero que encontré fue un obelisco que recordaba la matanza de los cátaros. La emoción contenida que experimentaba en mi interior, estalló de pronto sin que lo pudiera evitar y allí, junto a aquella estela, me puse a llorar.</p>
<p>Permanecí llorando largo rato, con un fuerte soponcio. Algo dentro de mí se había desgarrado. Sentía una inmensa y profunda pena y, a la vez, un poderoso sentimiento de rabia. Cuando conseguí calmarme, continué subiendo la escarpada cuesta, hasta que llegué al interior de las ruinas del castillo.</p>
<p>Cuando entré en lo que en otros tiempos había sido la fortaleza, quedé totalmente paralizada. Supe que yo ya había estado allí. También tuve la certeza de que no había muerto quemada en la hoguera, sino que había escapado de la terrible situación, dejando en Montségur a personas queridas.</p>
<p>Este descubrimiento me impactó y tuve que contener las lágrimas, para no volver a caer en una nueva crisis de llanto. Recorrí las ruinas y me senté en una piedra porque las piernas me temblaban. No muy lejos de donde yo me encontraba un joven guía se dirigía en francés y en otros idiomas a los turistas que visitaban el castillo.</p>
<p>Era un grupo bastante numeroso, donde había personas de distintos países. Algunos de los presentes eran niños, y escuchaban muy atentamente las explicaciones del guía. Yo tuve entonces la absoluta certeza de que muchos de los que allí se encontraban en esos momentos habían sido cátaros y habían muerto quemados en el valle de abajo.</p>
<p>Es difícil describir el estado de ánimo que tenía en esos momentos. A pesar de haber sido educada en el catolicismo, yo siempre había creído en la reencarnación. Pero jamás me había planteado qué o quién había sido en una vida anterior. Me pregunté por qué en esos momentos me estaba siendo revelada una identidad pasada, y qué tenía que ver todo ello con mi vida actual.</p>
<p>Tan absorta estaba en mis pensamientos que no me di cuenta de que el guía había terminado sus explicaciones y se sentaba a mi lado. Espa ola?, pregunt, y sin esperar mi respuesta continuó interrogándome: ¿Sabes por qué los cátaros decidieron rendirse el día 16 de marzo?</p>
<p>No respondí un tanto asombrada por la familiaridad con que me hablaba.</p>
<p>Porque ese año el equinoccio de primavera caía en esas fechas y ellos tenían mucho interés de permanecer aquí hasta entonces. Por eso pactaron entregarse al día siguiente.</p>
<p>Te habrás fijado en la peculiar forma que tiene el castillo. Esta construcción no era una fortaleza destinada a la defensa, aunque no tuvo más remedio que representar ese papel. ¿Qué era entonces? me atreví a preguntar.</p>
<p>Era un templo solar consagrado al culto religioso, en sintonía con el movimiento de los astros. Aquí se hacían rituales en los solsticios y equinoccios, durante los eclipses y los alineamientos de planetas… Pero bueno añadió levantándose de mi lado seguro que tú ya sabes todo eso. ¿Por qué habría de saberlo? pregunté elevando la voz, mientras el joven se alejaba de mi lado para reunir a los turistas, que deambulaban por el recinto.</p>
<p>No obtuve ninguna respuesta, sólo una agradable sonrisa y un gesto de adiós con la mano.</p>
<p>Los turistas y el guía que me había hablado empezaron a descender del castillo, mientras que un nuevo grupo de japoneses y una nueva guía esta vez mujer iniciaban el recorrido por las ruinas. Yo aún permanecí allí largo rato, moviéndome de un lugar a otro, hasta que sentí la necesidad de marcharme.</p>
<p>Cuando descendía por la empinada cuesta que me llevaba de nuevo al Campo de los Quemados, volví a experimentar una fuerte emoción y las lágrimas acudieron a mi rostro. Una vez abajo, en el prado, tuve que sentarme a descansar. La fuerte bajada y la tensión que yo vivía interiormente, provocaron un temblor de piernas que me hizo estar a punto de caer.</p>
<p>Después de comer al aire libre en un patio decorado con muchas plantas, en un agradable restaurante de la zona, volví a subirme al coche con destino a las cuevas de Lombrives, donde expediciones nazis se habían internado para buscar el Santo Grial.</p>
<p>Eran más de las tres de la madrugada y Paula, a pesar de su creciente interés por el manuscrito de Sara Bermúdez, no pudo seguir leyendo. El sueño la rendía y dejó el libro sobre la mesilla. Antes de dormirse, se dirigió al baño que había en el pasillo y comprobó que por debajo de la puerta del dormitorio de su hija se colaba la luz encendida.</p>
<p>Se quedó parada unos instantes, y dudó si debía llamar por si Elena se encontraba mal.</p>
<p>Pegó el oído a la puerta, pero no escuchó ningún ruido. Se dirigió de puntillas al dormitorio de su nieta y comprobó que ésta dormía. Finalmente, se encaminó al baño, orinó y regresó a su cama, disponiéndose a dormir.</p>
<p>Pero no le resultó tan fácil. Un sin fin de imágenes, sobre todo lo que acababa de leer, se mezclaban en su cabeza. Después de largo rato consiguió dormirse. Esa noche soñó que Matías era un demonio que intentaba seducirla.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XV</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>La voz de su nieta hizo que Paula saliera lentamente de su sueño. Al principio pensó que Clara también formaba parte de la fantasía onírica. Pero poco a poco recordó que estaba en la Gran Ciudad, en casa de su hija, y se ubicó en el lugar y en el día que le tocaba vivir. ¡Venga abuelita, que estás hecha una dormilona!</p>
<p>Paula se desperezó y empezó a jugar con su nieta, haciéndole cosquillas. ¿Dónde está mamá? preguntó.</p>
<p>Mamá se ha ido y me ha dicho que te despierte respondió Clara. ¿Qué hora es? ¿Has desayunado? quiso saber Paula.</p>
<p>Sí, mamá me ha puesto el desayuno antes de irse… Pero yo no sé qué hora es!</p>
<p>Paula se levantó de un salto de la cama, provocando la risa de su nieta. Luego bajó con ella al salón y le puso la televisión, mientras ella se duchaba y se vestía con la ropa limpia de recambio que había traído para el viaje.</p>
<p>Más tarde, mientras se tomaba un café con leche en la cocina, pensó que era extraño que Elena no la hubiera despertado antes de marcharse. Daba la impresión de que no quería hablar con ella.</p>
<p>Si persiste en su actitud reservada se dijo para sus adentros no habrá servido para nada mi viaje hasta aquí… Aunque por otro lado continuó razonando yo lo único que puedo es hacerle ver que no está sola en estos malos momentos, pero difícilmente puedo evitarle el sufrimiento. Nadie puede evitar que otro sufra El resto de la mañana la pasó Paula con su nieta. Fueron a un centro comercial cercano al chalet donde vivía su hija. Allí le compró un jersey, un muñeco de peluche y una bolsa de chucherías a Clara. Ella se probó varias prendas de vestir en distintas tiendas, pero al final no se quedó con ninguna porque no le gustaba cómo le sentaban.</p>
<p>Se avergonzó un poco de sí misma, intentando meterse en unas tallas que no eran la suya y en una ropa que no tenía nada que ver con su estilo habitual, sólo para parecer más joven a los ojos de Matías. Porque en realidad era eso lo que iba buscando, quitarse unos años a base de modificar su apariencia externa.</p>
<p>Cuando se cansaron de dar vueltas por el centro comercial, se fueron a un parque cercano para hacer tiempo hasta la hora de comer. Mientras Clara montaba en los columpios y jugaba con la tierra, Paula no cesaba de mirar el reloj. Le extrañaba un poco que Elena no la hubiera llamado por teléfono para ver cómo estaban o, simplemente, para indicarle si debía preparar algo para comer.</p>
<p>Pasadas las dos de la tarde, Paula y su nieta entraban de nuevo en el chalet de su hija. La niña llamó a su madre a voces, buscándola por toda la casa, con la intención de enseñarle las cosas que Paula le había comprado. Pero Elena no respondió. No había vuelto todavía.</p>
<p>Pasó más de una hora y Elena seguía sin aparecer. La inquietud de Paula crecía a pasos agigantados. Como Clara tenía hambre, ella le preparó algo de comer de las cosas que encontró en el frigorífico. Mientras la cría comía en el salón, Paula se fue al piso de arriba y llamó por el móvil a su hija, temiendo que le hubiera pasado algo malo.</p>
<p>El móvil sonó largo rato. Cuando Paula se disponía a colgar, con el corazón en vilo, respondió una voz masculina que ella identificó enseguida como la de su yerno. ¿Eres tú, Jorge? preguntó más preocupada todavía.</p>
<p>Sí Paula, soy yo. Iba a llamarte ahora. ¿Le ha pasado algo a Elena? dijo con voz entrecortada.</p>
<p>No te preocupes, no le ha pasado nada. Estamos en el hospital… ¿En el hospital? preguntó Paula, angustiada Sí, pero no te preocupes. Ya te he dicho que no es nada respondió su yerno, intentando tranquilizarla Ha tenido una crisis nerviosa y…</p>
<p>Pero ¿cómo ha sido? Y tú, ¿cómo te has enterado?</p>
<p>A través del teléfono Paula escuchó nítidamente un suspiro de Jorge, seguido de un tenso silencio. Ella dejó de preguntar, y esperó una respuesta de su yerno. No entendía nada de lo que estaba pasando. Finalmente, Jorge habló:</p>
<p>Paula, ya sabes que Elena y yo nos hemos separado…</p>
<p>Querrás decir que tú la has abandonado le interrumpió Paula.</p>
<p>Vale, como quieras. Yo la he abandonado porque nuestra situación era insostenible.</p>
<p>Y tú lo sabes. La cuestión es que Elena no quiere aceptarlo. Yo vivo con otra mujer con la que ya mantenía relaciones hace tiempo, y tu hija se ha presentado en nuestra casa y ha montado el numerito… ¿Y qué hace en el hospital? le cortó Paula, más interesada en la salud de su hija que en mantener una conversación con su yerno La he tenido que traer al hospital porque tenía tal crisis de ansiedad que apenas podía respirar.</p>
<p>Paula guardó silencio, sin saber qué decir. La situación la superaba. No podía imaginarse que Elena actuase como lo estaba haciendo. Debía estar sufriendo mucho. ¿Tendrá que pasar allí la noche? preguntó al fin.</p>
<p>No, no. Ya te he dicho que no le pasa nada. Le han puesto oxígeno y le han dado un calmante. Ya está mucho más tranquila. La tendrán en observación un poco más y después nos podremos marchar. Yo mismo la llevaré a casa. No te preocupes.</p>
<p>Gracias, Jorge. Aquí estaremos esperando que vuelva.</p>
<p>Paula, espera gritó su yerno, para impedir que colgara. Es mejor que no le digas a Clara que Elena está en el hospital. Dile que se ha entretenido en la clínica y que irá más tarde, o algo así. No quiero que lo pase peor de lo que ya lo está pasando.</p>
<p>A Paula le sorprendió que Jorge se preocupase tanto por Clara. Cosa que, según Elena, nunca hacía. En su fuero interno agradeció que su yerno tuviera en cuenta los sentimientos de la niña.</p>
<p>No te preocupes, no le diré nada respondió. Como tú dices, es mejor que no se entere. ¡Bastante tiene ya!</p>
<p>Intentando sonreír y que no se le notase la preocupación en la cara, Paula volvió al salón y recogió lo que Clara había utilizado en la comida. A ella se le había cerrado el estómago y se sintió incapaz de comer nada. Le dijo a su nieta que Elena vendría más tarde, porque tenía cosas que hacer en la clínica, y se puso con ella a ver en el vídeo una película de dibujos, para que la niña estuviera distraída.</p>
<p>Sin embargo Paula no podía concentrarse ni en la película ni en los comentarios que le hacía su nieta. Su cabeza era un torbellino de interrogantes que sólo contribuían a aumentar su preocupación.</p>
<p>El sonido de su teléfono móvil la sacó de esa especie de túnel negro en el que se encontraba su mente. Sin mirar quien era, se abalanzó sobre el aparato y contestó con un tono de urgencia en la voz, mientras se desplazaba a otra habitación.</p>
<p>Le costó unos segundos reconocer a Matías. Cuando se dio cuenta de que era él, toda la tensión acumulada se vino abajo y, sin poder evitarlo, empezó a llorar. ¿Qué te pasa, Paula? ¿Qué pasa? preguntó él, preocupado.</p>
<p>Cuando ella consiguió calmarse un poco, respondió entre hipos.</p>
<p>Mi hija…está en el hospital. ¿Qué ha pasado? quiso saber Matías.</p>
<p>En realidad no lo sé. Según me ha contado mi yerno, se presentó en la casa donde él vive ahora con la otra mujer, y ha montado el número. Allí ha tenido una crisis nerviosa y de ansiedad, y Jorge se la ha llevado al hospital. No creo que tarde en venir. Él me ha dicho que no era necesario que pasase la noche hospitalizada, que ya está más tranquila… Pero yo estoy muy preocupada añadió Paula, llorando de nuevo.</p>
<p>Joder, vaya mierda! Es normal que est s preocupada… Lo siento. Si te puedo ayudar en algo…</p>
<p>No, ya me estás ayudando con llamar dijo Paula, un poco más serena Supongo que con este panorama, tendré que quedarme aquí algún día más de lo que pensaba.</p>
<p>Paula se odió a sí misma al escucharse lo que acababa de decir. ¿Cómo podía ser tan egoísta de pensar en su relación con Matías, mientras Elena estaba en el hospital? Pero lo cierto es que se moría de ganas por volver a estar con él.</p>
<p>Matías le respondió:</p>
<p>Vaya, si que es una contrariedad, pero no te preocupes, ahora lo importante es que tu hija se ponga bien. Yo seguiré aquí cuando vuelvas.</p>
<p>Es que tengo muchas ganas de volver a verte se atrevió a decir Paula.</p>
<p>Yo también dijo él, bajando el tono de voz te echaré de menos el fin de semana.</p>
<p>Esperaba verte el domingo por la noche. ¿Y qué vas a hacer tanto tiempo sin mi? intentó bromear Paula.</p>
<p>Nada, sólo pensar en ti respondió él, en un susurro.</p>
<p>Matías se despidió de Paula con cierta precipitación. Dijo que tenía que colgar porque la estaba llamando desde el trabajo. Quiso volver a llamarla por la noche, pero ella le dijo que era mejor que no lo hiciera. Por un lado estaba esperando la llegada de Elena del hospital y, por otro, su hijo y su nuera que aún no sabían nada del último incidente llegarían a la Gran Ciudad esa misma noche.</p>
<p>Al colgar, Paula se quedó pensativa y con la misma sensación de inquietud que había experimentado en las escasas ocasiones que había hablado con Matías. Recapacitó un poco y pensó que sólo hacía tres que se conocían. Aunque el hecho de que se hubieran acostado juntos había propiciado una intimidad que de otra forma no era posible.</p>
<p>Aún así, pensó, apenas conocía a Matías. Era cierto que se sentía muy atraída hacia él.</p>
<p>Pero no tenía más remedio que reconocer que quizás fuera una atracción de tipo sexual.</p>
<p>Una cuestión de hormonas que no tuviera más trascendencia ni más futuro, a la hora de establecer una relación estable y duradera.</p>
<p>Paula suspiró profundamente y decidió aparcar este asunto para cuando volviera a Rossal. Tal y como estaba el patio en casa de su hija, consideraba que no era el momento de andarse con devaneos amorosos. Cuando regrese pensó ya veremos si esto da mucho de sí, o se queda s lo en una mata que no ha echao.</p>
<p>Sin embargo, en su fuero interno sabía que la cosa no era tan fácil. Al menos no para ella. Tenía 55 años, y sólo había estado con un hombre en toda su vida. Ahora estaba viuda y sola, pero había descubierto que aún tenía mucha vida por delante y Matías era como un regalo para ella.</p>
<p>A pesar de que apenas lo conocía, le había hecho descubrir a una Paula que ella no sabía que existía. Había despertado su pasión y sus ganas de vivir. Y ahora no quería ni estaba preparada para renunciar a todo ese mundo de nuevas posibilidades que Matías le había hecho vislumbrar. Le gustase o no, él se había colado en su vida y ocupaba ya un lugar muy importante.</p>
<p>Absorta en sus pensamientos, Paula no se dio cuenta de que la puerta de la calle se había abierto y por ella entraba Elena, muy pálida y demacrada. Fueron los gritos de Clara los que la hicieron volver a poner los pies en la tierra.</p>
<p>Mamá, ya has vuelto… Y tambi n papá! dijo la niña, sorprendida y mirando con ojos expectantes, al darse cuenta de que allí pasaba algo raro.</p>
<p>Elena entró al salón como si estuviera sonámbula, mientras Jorge cogía en brazos a la niña, la besaba, y tendía la mano a Paula. Esta correspondió al saludo, y se dirigió a su hija para preguntarle cómo se encontraba.</p>
<p>Estoy bien, no te preocupes respondió Elena, con voz cansada.</p>
<p>Jorge continuó hablando con Clara, explicándole que no podía quedarse, pero que vendría a recogerla al día siguiente, para que pasase con él el fin de semana.</p>
<p>Después de despedirse de la niña, Jorge le comentó a Elena que vendría al día siguiente a por Clara, con el fin de que ella descansase. Elena no respondió nada. No movió ni un músculo de su rostro, permaneció mirando al vacío, en la misma actitud ausente que tenía desde que había llegado.</p>
<p>Jorge le hizo una seña a Paula para que le acompañase hasta afuera. Ya en la puerta de la calle, le advirtió que Elena estaba un poco zombi por los tranquilizantes que le habían suministrado en el hospital. Le dio unas medicinas y le indicó las horas en que debía dárselas a su hija. También le dijo que el psiquiatra quería volver a ver a Elena el lunes siguiente. ¿Podrás tú acompañarla? preguntó Jorge a su suegra.</p>
<p>Sí, claro. No te preocupes, me quedar aquí con ella el tiempo que haga falta. Pero… ¿por qué quiere verla? Antes me has dicho que no tenía nada.</p>
<p>Y no tiene nada, sólo ganas de joder.</p>
<p>La mirada que le lanzó Paula a Jorge, hizo que éste le pidiera disculpas.</p>
<p>Perdona, no debería haberlo dicho, pero es la verdad. Lo único que le pasa a Elena es que no quiere aceptar la situación. Eso le causa gran sufrimiento emocional y le hace perder la cabeza. Se considera una víctima de la situación, como si ella no hubiera contribuido a crearla, y está dispuesta a hacerse daño, para joderme a mí, crearme mala conciencia y complejo de culpa.</p>
<p>Pero tú no te sientes culpable dijo Paula, más como una reflexión en voz alta que como una pregunta. ¡Claro que no! subrayó Jorge al revés. Estoy siendo honesto con ella, cosa que no hacía antes, pero sobre todo estoy siendo honesto conmigo mismo. Llevo dos años manteniendo una doble vida, y ya no podía más… Yo no estoy enamorado de tu hija añadió a modo de conclusión es a ella a quien quiero dijo señalando al coche que esperaba en la puerta.</p>
<p>Hasta ese momento Paula no se había dado cuenta de que una mujer permanecía en el coche en el asiento del conductor. Quiso verle el rostro, pero sólo pudo adivinar las facciones de una persona joven.</p>
<p>Volvió la atención hacia su yerno y éste le dio una tarjeta con su teléfono móvil subrayado, por si necesitaba llamarle. Le recordó que al día siguiente por la mañana recogería a Clara. Después se subió al coche, que se alejó con rapidez.</p>
<p>Paula permaneció unos instantes en la puerta, pensando en la humillación que debía haber sentido su hija, al ser llevada al hospital donde trabajaba Jorge, por éste y por su amante. Imaginó lo que debería haber experimentado por dentro al ser conducida a su propia casa por la mujer que había provocado la ruptura de su matrimonio.</p>
<p>Sintió una profunda lástima por su hija al comprobar cómo esta historia le había hecho perder la dignidad. Porque era evidente que su yerno tenía ya otra vida, en la que no había sitio para Elena. Y cuanto más tiempo tardase en darse cuenta su hija, más iba a sufrir.</p>
<p>Paula suspiró profundamente, se guardó en el bolsillo del pantalón la tarjeta que le había dado su yerno, y se encaminó hacia el salón, para ver como estaba su hija. Al llegar allí la vio un poco mejor. Clara le estaba enseñando las cosas que ella le había comprado esa misma mañana, y Elena intentaba mostrarse ante la niña como si no hubiera pasado nada.</p>
<p>La escena fue interrumpida por el sonido insistente del teléfono inalámbrico que había sobre una mesita, junto al sofá. Paula lo cogió y escuchó la voz alegre y cantarina de Amalia. Su nuera le comunicó que aún no habían salido de Sahala. Fernando, como siempre, se había entretenido en el bufete.</p>
<p>Pidió a Paula que no los esperasen para la cena, y añadió que, cuando llegasen a la Gran Ciudad, no antes de medianoche, dejarían el equipaje en el hotel y después irían a verlas.</p>
<p>Mientras Paula hablaba con Amalia, Elena le hacía gestos para que no le dijera nada de lo que había pasado. Ella no pensaba decirle nada por teléfono, aunque sí era partidaria de relatar lo sucedido cuando Fernando y su nuera llegasen. Al fin y al cabo eran su familia y Paula pensaba que era mejor hablar las cosas, que ocultarlas. Por eso cuando colgó el teléfono le preguntó a su hija: ¿Es que no piensas contarle nada de lo que ha ocurrido hoy a tu hermano?</p>
<p>Pues no, no creo que le interese mucho mi vida privada respondió Elena, recuperando su mal humor.</p>
<p>A Paula le molestó la respuesta de su hija, y no lo disimuló.</p>
<p>Eres muy injusta cuando dices eso. Si no le preocupase tu vida, no se molestaría en venir a tu casa para ver cómo puede ayudarte.</p>
<p>Las palabras de Paula y el tono contundente en el que las había pronunciado, sumieron a Elena en el silencio y la reflexión. Pasados unos instantes, rompió a llorar con gran desconsuelo.</p>
<p>Paula mandó a su nieta arriba, a jugar a su habitación, se sentó al lado de su hija en el sofá y se limitó a abrazarla, sin decir nada. Estaba convencida de que esa explosión de llanto la beneficiaba más que ninguna otra cosa, y le serviría para desahogar su pena.</p>
<p>Durante largo rato estuvo Elena llorando en el regazo de su madre. Cuando se tranquilizó, comenzó a contarle por qué había ido a casa de Jorge, sin que Paula le preguntara nada. Le dijo que no había sido un acto impulsivo, sino que había estado planeándolo desde el momento en que Jorge la abandonó.</p>
<p>Sentía un profundo odio hacia él. Estuve indagando, me enteré de dónde vivía y me fui para allá con la intención de vengarme, de hacerle daño. Pensé incluso en matarle, en matarlos a los dos, y luego matarme yo.</p>
<p>Paula escuchaba a su hija, totalmente horrorizada. No se atrevía a interrumpirla, y no daba crédito a lo que estaba escuchando. Elena prosiguió con su relato:</p>
<p>Al llegar a su casa me abrió ella, la empujé, comencé a llamar a Jorge a gritos, y me colé para adentro. Al verlo, me abalancé sobre él y empecé a pegarle mientras los insultaba a ambos. ¡Yo no sé las cosas que salieron por mi boca! dijo entre sollozos.</p>
<p>Conforme avanzaba el relato, Paula se encontraba más espantada, y sentía más pena por su hija.</p>
<p>Todos chillábamos, yo estaba fuera de mí, como loca… Entre los dos no podían sujetarme. Cuando casi me tenían reducida en el suelo, me levanté de un salto y salí corriendo en busca de la cocina. Allí empecé a abrir cajones hasta que encontré un cuchillo y me abalancé de nuevo sobre Jorge, con intención de clavárselo. Entre los dos consiguieron quitármelo y él me dio una bofetada que me hizo caer al suelo. Yo lloraba, y Jorge repetía a voces estás loca, estás completamente loca.</p>
<p>Al llegar a este punto del relato, Elena empezó a llorar de nuevo. Paula, por su parte, seguía muda, sin saber qué decir, llorando también con su hija. Pasados unos instantes, Elena continuó. Mucho más serena le dijo a su madre.</p>
<p>Entonces fue cuando ocurrió. Allí, en el suelo, me puse de rodillas frente a Jorge y le rogué, le supliqué, que no me dejara. Él me gritaba y yo seguía arrodillada, con las manos juntas, pidiéndole que no me abandonara… Dios, qu humillaci n! C mo he podido caer tan bajo? preguntó a su madre, con lágrimas en los ojos.</p>
<p>Paula no contestó, se limitó a acariciarle el pelo y a susurrarle:</p>
<p>Ya ha pasado, mi niña, ya ha pasado.</p>
<p>Elena se quedó callada unos minutos, con la mirada perdida, hasta que finalmente dijo:</p>
<p>Por favor, no se lo cuentes a Fernando y Amalia, no podría soportarlo. Por favor.</p>
<p>Paula asintió con la cabeza y respondió:</p>
<p>No te preocupes, no se lo contaré a nadie. Pero ahora sube arriba a arreglarte un poco.</p>
<p>Y habla con tu hija, que no se preocupe. Es sólo una niña y ya está viviendo la angustia de la separación de sus padres. Aunque sólo sea por ella, tienes que reponerte.</p>
<p>Elena asintió con la cabeza, abrazó a su madre y se dirigió al piso de arriba, intentando sonreír. Antes de que desapareciera por las escaleras, Paula preguntó: ¿Quieres que vayamos a cenar una hamburguesa? A Clara le gustaría mucho, y a ti también te vendría bien que te diera un poco el aire. Nos dará tiempo a venir antes de que lleguen tu hermano y Amalia.</p>
<p>De acuerdo respondió Elena voy a darme una ducha, me cambio y nos vamos.</p>
<p>Matías pensó que aquello no estaba bien, pero no se había visto con fuerzas para evitarlo. Susana había ido a recogerlo a la Biblioteca en su coche y, prometiéndole una sorpresa, lo había conducido al hotel de un pueblo cercano a San Roque, donde había reservado una habitación para que ambos pasasen la noche.</p>
<p>Según le había dicho al llegar, éste era su regalo de aniversario. Hacía un año y tres meses que salían juntos, y había que celebrarlo. Él se había quedado atónito, sin saber qué responder. Tanto tiempo queriendo pasar una noche en un hotel sin que Susana quisiera, y ahora era ella la que tomaba la iniciativa y reservaba una habitación.</p>
<p>Menos mal que Paula me ha dicho que no la llame esta noche pensó si no, ahora estaría pasando apuros para hablar con ella, sin que se enterase Susana.</p>
<p>Susana se encontraba en esos momentos en el cuarto de baño, aseándose un poco. Ella había dispuesto todo para que les sirvieran la cena en la habitación, y ahora se disponían a cenar, después de haber hecho el amor.</p>
<p>Matías no entendía muy bien a qué se debía el cambio de actitud de Susana. El día anterior se había prestado a hacer el amor en el coche, y hoy se disponían a pasar la noche en un hotel. Evidentemente pensó eso no facilita las cosas para mantener una conversaci n con ella sobre Paula.</p>
<p>No podía negar que la echaba de menos y que no dejaba de pensar en ella. Por otro lado, apenas se conocían y no había entre ellos ningún compromiso como para que él se sintiera culpable por pasar la noche en aquella habitación con Susana.</p>
<p>Dios, cuantas complicaciones! Lo mejor es que disfrute del momento y no resuelva nada hasta el regreso de Paula. Despu s…ya veremos decidió mientras abría una botella de cava.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XVI</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Daimon no me dejó descansar mucho tiempo antes de indicarme un nuevo viaje, esta vez a Egipto. Previamente, cuando regresé de Francia a mi casa en Rossal, quise contarle mi experiencia en las cuevas de Lombrives, pero él no parecía tener mucho interés.</p>
<p>Lombrives es la gruta más grande de Europa, con muchos kilómetros de galerías y siete niveles diferentes. Esta cueva era conocida ya por los romanos y durante la época medieval sirvió de refugio a numerosos personajes, así como de escondite a legendarios tesoros. Son muchas las leyendas generadas en torno a Lombrives.</p>
<p>En su interior existen multitud de marcas, cuyo significado aún no ha sido descifrado.</p>
<p>También se han exhumado numerosos esqueletos dentro de sus galerías. Algunos con señales de trepanación y otros en cuclillas; lo que sugiere rituales ligados a la muerte.</p>
<p>La cueva se hizo famosa porque los nazis buscaron en su interior el Santo Grial.</p>
<p>Yo intentaba relatar a Daimon a qué hora había llegado, qué decía la guía, y todo lo que había visto dentro de la cueva. Él me respondía:</p>
<p>Nada de eso me interesa, Sara. Sólo lo que has sentido, si es que has sentido algo especial. Tú quieres contarme tu experiencia como si fueras una turista, y ya te he dicho muchas veces que los viajes que estás haciendo forman parte de una peregrinación, que debe tener resonancia en tu interior. ¿Sentiste algo especial en Lombrives? preguntó tajante.</p>
<p>Sentí claustrofobia al pasar por un lugar estrecho en el que tenía que agacharme dije rememorando ese angustioso momento. Sentí inquietud y miedo cuando la guía apagó momentáneamente los focos de la galería en la que nos encontrábamos, para experimentar la ominosa oscuridad que reinaba en el interior de la cueva. ¿Qué clase de miedo? se interesó.</p>
<p>Un nudo en el estómago, opresión en el pecho. Miedo a lo desconocido. Inquietud por las presencias que se percibían, aunque yo no las viera. Había muchas cosas allá abajo.</p>
<p>Muchas criaturas viven en las entrañas de la tierra, y algunas no son de este mundo dijo Daimon, mirándome profundamente para ver mi reacción ¿Qué más sentiste? preguntó.</p>
<p>Sentí que me encontraba en un lugar sagrado. Una especie de catedral inmensa ubicada bajo tierra. Las imágenes eran las formas naturales que el agua había ido creando con su erosión, a través del tiempo. En el interior de una de las galerías había un lago. Tuve necesidad de meter las manos y mojarme la cara con esa agua limpia y cristalina. Al salir a la superficie de nuevo, me dio la impresión de que había estado en el interior de un protector útero terrestre. Aún así agradecí inmensamente el calor y la luz del sol. Dentro de la cueva hacía frío.</p>
<p>Daimon se quedó pensativo un rato, como evaluando mi relato, y finalmente dijo:</p>
<p>No sé si te has dado cuenta de lo que hiciste en el Languedoc francés. Por una parte subiste hasta el castillo de Montsègur, y por otra bajaste hasta las cuevas de Lombrives.</p>
<p>Es cierto respondí no me había dado cuenta.</p>
<p>Pues deberías haber sido consciente de ello. Así es el camino que nos toca recorrer.</p>
<p>A veces hay que subir a los cielos, y otras hay que bajar a los infiernos. No se puede andar por el camino del espíritu sin hacer estos dos viajes, hacia arriba y hacia abajo.</p>
<p>No es una peregrinación en línea recta.</p>
<p>Asentí con la cabeza y reflexioné qué aplicación podría tener lo que decía Daimon, en mi vida cotidiana. Como si estuviera al tanto de mis pensamientos, él continuó:</p>
<p>Vivimos en el mundo de la dualidad. Nada existe sin su contrario. Una parte muy importante del Camino consiste en saber pero no con el intelecto, sino a través de la experiencia que los contrarios no son tales contrarios, sino complementarios. El frío y el calor, la vida y la muerte, el amor y el odio, no son más que los extremos de una misma energía. Ya sea en el exterior o en el interior, en realidad es lo mismo. No hay diferencia. Como arriba, así es abajo; Como adentro, así es afuera.</p>
<p>Daimon había captado totalmente mi interés. El concepto de dualidad era algo que, de siempre, me había hecho pensar mucho. No ya tanto la dualidad que podía percibirse con facilidad en el mundo exterior, sino la otra más difícil. La que todos llevamos dentro. Así se lo hice saber, y él me respondió:</p>
<p>Claro, esa dualidad es la más difícil de aceptar, sobre todo teniendo en cuenta que nuestra religión siempre nos ha enseñado a ser buenos y a rechazar lo malo. Eso hace que rechacemos una parte de nosotros mismos. Y al no aceptarnos a nosotros, difícilmente podremos aceptar a los demás. En realidad todos los conflictos con el exterior no son más que nuestros propios conflictos internos no resueltos. Ese es el mecanismo de la proyección. ¿Cómo funciona? pregunté interesada, aunque había leído mucho sobre el tema.</p>
<p>De manera muy simple. Proyectamos en los demás cualidades nuestras, que no aceptamos en nosotros mismos, ya sean buenas o malas. Cosas que llevamos dentro pero que rechazamos, que hemos escondido en nuestro subconsciente. Sin embargo esa parte nuestra que hemos relegado a la oscuridad, quiere salir a la luz y ser aceptada, porque también forma parte de nuestra naturaleza. Pero como se lo impedimos, utiliza para salir al exterior la puerta de atrás, proyectándose en los demás.</p>
<p>Quieres decir que si yo odio las mentiras, por ejemplo, ¿es porque en el fondo soy mentirosa y no quiero admitirlo?</p>
<p>Pues sí, así funciona, siempre y cuando tu aversión a la mentira sea algo visceral dijo Daimon, sonriendo al ver mi cara Es duro, ¿verdad?</p>
<p>A ver, a ver, eso no puede ser así añadí a la defensiva.</p>
<p>La sonrisa de Daimon se convirtió en una sonora carcajada, al comprobar mi reacción.</p>
<p>Cuando consiguió parar de reír, continuó:</p>
<p>Ya sé que no te gusta nada. A nadie le gusta, pero así es. Todo lo que nos molesta de forma intensa y visceral en los demás, todo lo que no soportamos, es porque también forma parte de nuestra naturaleza dual. Y también todo lo que admiramos en los otros.</p>
<p>Según lo que dices, todas esas mujeres que tienen obsesión por la limpieza, por ejemplo, en el fondo son unas guarras.</p>
<p>Más o menos dijo Daimon volviendo a reírse. Su manía obsesiva por la limpieza externa es sólo un reflejo de su interior. Se produce porque no aceptan la suciedad que ellas mismas llevan dentro. Esa suciedad está en todos, absolutamente en todos los seres humanos. ¿Quién no ha tenido alguna vez un pensamiento sucio no confesado? ¿Y cómo no tenerlo? pregunté. ¡No se trata de no tenerlo! Si se tiene, hay que aceptarlo y desaparece de forma natural. Pero si no lo aceptas, lo niegas, y lo reprimes, entonces es cuando empieza a dar problemas y a llamar tu atención, proyectándose en otros. Es más, esa persona que rechaza su lado oscuro atraerá a su vida, de forma inconsciente, claro, toda esa oscuridad que no admite en su interior. Por eso se repiten las experiencias y nos encontramos con el mismo tipo de gente una y otra vez, hasta que uno no es consciente de su problema y lo integra. Porque el problema es tuyo, no del otro. ¡Joder, qué fuerte! ¡Joder, qué fuerte! se le escapó a Paula la expresión, en voz alta.</p>
<p>Llevaba un buen rato leyendo, desde que se había acostado esa noche, el manuscrito de Sara Bermúdez. Y cada vez lo hacía con más interés. Durante todo el domingo y el día anterior había dedicado su tiempo y su atención a estar con sus hijos, su nuera y su nieta. Pero también había echado de menos la lectura de aquel libro, que cada vez conseguía atraerla más.</p>
<p>Haciendo un alto en la lectura, rememoró cómo durante el fin de semana había estado tentada varias veces de contarle a sus hijos que había encontrado ese manuscrito enterrado en su jardín. Al final no había hablado de su existencia. No sabía por qué, pero siempre que iba a mencionarlo, algo en su interior le decía que no lo hiciera, que lo mantuviera en secreto.</p>
<p>Tampoco le había contado nada a Matías. Aunque, a decir verdad, apenas si habían hablado durante el fin de semana. Ni el viernes por la noche, ni el sábado en todo el día mantuvieron ninguna conversación. Sólo había recibido una breve llamada el domingo, a la hora de comer, en la que lo había notado algo distante.</p>
<p>Durante todo el tiempo había estado rodeada de sus hijos, y no creía que fuera el momento de hablar con Matías. Tampoco a ellos les había contado nada sobre su relación con él.</p>
<p>Qu les iba a decir reflexionó en su interior que su madre, que ya es abuela, ha perdido la cabeza liándose con un jovencito? Paula pens, un tanto aliviada, que quizás nunca llegase el momento de hablar con sus hijos de Matías porque, ¿realmente existía una relación entre ellos?</p>
<p>Aunque llevaba sólo tres días en la Gran Ciudad, le parecía que había transcurrido mucho tiempo, y que ese tiempo había influido poderosamente en contra de la historia que mantenía con Matías. En la breve conversación que habían tenido ese día, Paula se había dado cuenta de que, en realidad, no tenía nada que hablar con él.</p>
<p>Lo único que los unía hasta ese momento era el apasionado encuentro sexual que habían vivido durante una tarde y…nada más. Aunque le costase reconocerlo, y admitiendo que quizás se había hecho demasiadas ilusiones, aún era demasiado pronto para saber en qué iba a acabar esa historia. O, incluso, si habría alguna historia.</p>
<p>Paula suspiró profundamente, sin querer darle más vueltas, y volvió su atención hacia el manuscrito de Sara Bermúdez que tenía entre las manos, dici ndose a sí misma: Lo que tenga que ser, será.</p>
<p>Daimon no quiso seguir profundizando en el tema de la dualidad. Dijo que ya habíamos hablado suficiente por ese día, y que las cosas no se hacen conscientes hablando sobre ellas, sino viviéndolas con luz interior.</p>
<p>Sí claro, eso es muy fácil de decir protesté ¿pero eso cómo se come?</p>
<p>Se come a través de la intuición respondió como si fuera obvio no con el pensamiento. Haciéndonos receptivos, a través de la energía femenina, dejándonos llevar, en lugar de intentar controlarlo todo.</p>
<p>No es la primera vez que me lo dices. En otra ocasión dijiste que la vida es una peregrinación, y que cuando nos damos cuenta de ello nos relajamos en la existencia y nos dejamos conducir por ella. Eso es fácil de decir pero ¿cómo se hace? pregunté con interés.</p>
<p>Daimon se rio a carcajadas. Se diría que estaba esperando mi pregunta para burlarse de mí. Antes de contestarme, me dio unos golpecitos cariñosos en la espalda, como si hubiera tenido una ocurrencia buenísima. ¡Pobre Sara! dijo al fin. Si todo fuera tan fácil como hablar sobre este camino tan difícil, en realidad ni tú ni yo estaríamos aquí.</p>
<p>Al ver mi cara de impotencia y decepción, me consoló:</p>
<p>No te preocupes, todo lo averiguarás por ti misma. Como te he dicho en otras ocasiones, tú ya tienes ese conocimiento, pero no lo recuerdas. Sin embargo, quieres recordar, estás aquí, en la tierra, para recordar quien eres. Todos estamos aquí para eso. Algo dentro de ti necesita ese conocimiento de su propia esencia, más que ninguna otra cosa en el mundo. Por eso todo en tu vida te ha conducido hasta este momento, y esta peregrinación. Pero no te inquietes insistió ese conocimiento es tuyo, y nadie te lo va a quitar. Eso sí, para obtenerlo, tienes que emprender el camino de los locos y jugar el juego de la vida.</p>
<p>Vaya, qué bien. Para saber lo que, según tú, ya sé, tengo que emprender un camino sin camino, y tengo que jugar el juego de la vida ¿Cómo lo voy a jugar, si no sé de qué se trata? pregunté, desalentada. ¡Si ya lo estás jugando! En realidad el juego es la vida misma, la de cada cual. Sé que con decirte esto no te estoy aclarando nada. Pero no te preocupes, lo sabrás. Tú déjate llevar por tu intuición, por la existencia, y sabrás cual es el juego que tienes que jugar.</p>
<p>Sus palabras me trajeron a la memoria una vieja canción infantil, a la que yo jugaba con mi hermana Carmen, dando palmadas y haciendo entrechocar nuestras manos.</p>
<p>Decía así:</p>
<p>Antón, Antón, Antón pirulero Cada cual, cada cual, que aprenda su juego Y el que no lo aprenda, pagará una prenda…</p>
<p>Se la canté a Daimon y él dijo que era muy apropiada porque, realmente, cuando no aprendemos nuestro papel en el juego de la vida, pagamos una prenda detrás de otra hasta que nos damos cuenta, nos aceptamos como somos y aceptamos el papel hemos elegido para vivirlo en esta existencia, y que forma parte de un Plan superior. También me preguntó qué me decía el nombre de Antón.</p>
<p>Me quedé pensando un momento y de pronto me vino a la memoria que la de San Antón era una de los pocas imágenes que había en la peculiar iglesia de Rènnes le Château, además de ser el patrón de los animales, claro.</p>
<p>Así es dijo Daimon satisfecho es un santo, digamos, muy especial. Vivió casi toda su vida como eremita en el desierto, en el siglo IV. La iglesia católica conmemora su festividad el día 17 de enero. ¿No te dice nada esa fecha?</p>
<p>A mi mente volvió a acudir otra vez la iglesia de Rènnes le Château, custodiada por el demonio Asmodeo, guardián de los secretos. Esa fecha aparece con insistencia, relacionada con todo el enigma del abad Sauniére.</p>
<p>Estando allí, había leído en una guía para el visitante que en esa fecha, el 17 de enero, un rayo de sol penetra por la vidriera opuesta a donde está el santo ermitaño, alcanzando su imagen e iluminándola. Según ese folleto, en ese mismo día murió San Antonio Abad, a la edad de 105 años.</p>
<p>Daimon escuchó mi relato, visiblemente satisfecho, aunque yo no acertaba a comprender qué tenía que ver San Antón con lo que estábamos hablando. Así se lo hice saber.</p>
<p>Todo está relacionado. Todo son pistas para descubrir el juego y el papel que cada uno tiene que hacer en ese juego. En realidad, la existencia es apasionante y está llena de señales para descubrirnos. Es como si jugásemos al escondite con nosotros mismos.</p>
<p>Nosotros nos escondemos y nosotros nos buscamos, hasta encontrarnos. ¿No es excitante?</p>
<p>Al ver la expresión de escepticismo pintada en mi cara, me dijo, riéndose: ¡No te tomes todo tan en serio, Sara, te va a dar algo! Sé más liviana. ¡Juega, como jugabas de niña con tu hermana, cuando aún el mundo estaba por descubrir, cuando nada estaba decidido!</p>
<p>Asentí con la cabeza, no muy convencida. Él no me dejó respiro, y añadió:</p>
<p>Por cierto, no sé si te he dicho que San Antón nació en Egipto, ¿cómo van los preparativos para tu peregrinación por Egipto?</p>
<p>No me dio tiempo a responder. Me apremió a hacer el viaje cuanto antes. Según dijo, no quedaba mucho tiempo. Intenté protestar. Yo quería aplazar ese viaje para el mes siguiente. Pero no admitió excusas. Dijo que ni él ni yo íbamos a vivir eternamente, y que había muchas cosas por hacer. Una semana después cogí el avión con destino a Asuán.</p>
<p>Paula interrumpió la lectura unos momentos. Ella siempre había querido ir a Egipto, pero no había tenido ocasión. Desde niña le había atraído mucho todo lo relacionado con esa civilización.</p>
<p>Uno de sus tesoros más preciados era un pequeño colgante de plata, que representaba a la diosa egipcia Isis, arrodillada de perfil y con las alas desplegadas. Le tenía mucho cariño, y se lo ponía con frecuencia.</p>
<p>Se lo había traído una amiga de un viaje a Egipto, al que habían asistido varios matrimonios conocidos, todos ellos militares, cuando aún vivía su marido.</p>
<p>Ella deseó con todas su fuerzas ir en ese viaje, pero no pudo convencer a Paco. Él se había negado con la excusa de que aquella era una zona muy conflictiva. No me apetece morir a manos de unos terroristas fanáticos, en un país lejano repetía, dando por terminada la discusión con su mujer.</p>
<p>Paula fantaseó con la idea de poder realizar ahora ese viaje soñado, en compañía de Matías. Ya se veía, junto a él, contemplando las pirámides. Pero, sin saber por qué, la fantasía empezó a diluirse en su imaginación, como si se tratara de una vieja película en mal estado. Algo falla se dijo para sus adentros y, sin querer pensar en ello, continuó con la lectura.</p>
<p>Cuando esperaba la salida del avión en el aeropuerto de la Gran Ciudad, vi a un hombre que llevaba una camiseta azul marino, con la flecha amarilla que indica el Camino de Santiago. Eso me reconfortó y me hizo pensar que Daimon tenía razón y que yo continuaba con la misma peregrinación que había iniciado cuando empecé a andar por la Ruta de las Estrellas.</p>
<p>Tuve que aferrarme varias veces a la imagen de esa señal del Camino, durante la semana que pasé en Egipto, ya que en muchas ocasiones me costaba trabajo asimilar mi viaje con una peregrinación, en un ambiente tan cargado de turistas, y en un país que parecía vivir sólo por y para el turismo.</p>
<p>Mi estancia en Egipto coincidió con el Ramadán, aunque a lo largo del crucero que realicé por el Nilo, subiendo desde Asuán hasta Luxor, esta circunstancia no tuvo ninguna incidencia. Salvo la curiosidad de ver, al pasar por los distintos poblados, cómo los habitantes realizaban sus oraciones de rodillas y después comían tras el ayuno, al ponerse el sol.</p>
<p>Ni que decir tiene que los distintos templos que íbamos visitando eran magníficos, pero yo no conseguía sentir nada especial. Ya en el Cairo, las Pirámides y la Esfinge me resultaron impresionantes. Me sentí sobrecogida al contemplar aquellas moles de piedra. Pero, sobre todo, aquella figura con cabeza de mujer y cuerpo de león, guardiana de legendarios secretos que, con su mirada inmóvil hacia el Este, clamaba en el silencio del desierto sobre enigmas indescifrables. Algo se removía en mi interior, pero yo no acertaba a comprender de qué se trataba.</p>
<p>Fue al visitar el templo de Hatshepsut, la única mujer que gobernó como reina y faraona de Egipto, cuando sentí algo realmente intenso que me trasladó a aquel lugar, en algún lejano tiempo.</p>
<p>El templo no se parecía en nada a los que mandaron construir los distintos faraones.</p>
<p>La ubicación de éste la eligió la propia reina Hatshepsut y fue su amante, Senmut, el arquitecto encargado de construirlo, siguiendo sus instrucciones.</p>
<p>Para llegar a este templo, desde donde aparcaban los autobuses cargados de turistas, había que coger un trenecillo que te acercaba hasta la entrada. Al llegar allí, te encontrabas con un santuario dedicado a Amón, excavado en una montaña, y distribuido en varios niveles.</p>
<p>Nada más llegar supe que aquel lugar no se encontraba en esos momentos como yo lo había visto en otros tiempos. En la avenida de acceso, faltaban las esfinges con el rostro de la reina, que había a ambos lados. No sé cómo lo supe, pero tuve la certeza interior de que así era.</p>
<p>Conforme me acercaba al templo, cuando empecé a subir las escaleras que conducían al segundo y al tercer nivel, mi cuerpo hizo el gesto de alzarme con las manos una supuesta túnica larga hasta los pies, que naturalmente no llevaba, con el fin de no tropezar y caerme.</p>
<p>Al darme cuenta del ademán absurdo que había realizado, ya que llevaba puestos unos cómodos pantalones, giré la cabeza hacia los lados para comprobar que nadie se había dado cuenta.</p>
<p>Aunque había varios turistas a mi alrededor, todos parecían estar más preocupados por hacerse fotos, que por ver aquel extraordinario lugar o estar pendientes de lo que yo hacía.</p>
<p>No sabría explicar de qué manera, lo cierto es que, por unos breves instantes, el paisaje se transformó, la luz se hizo más intensa y, al mismo tiempo, aparecieron numerosas palmeras y albercas, otorgando un color verde y un frescor inusual a aquel desértico lugar.</p>
<p>Fue todo muy rápido. Yo seguí subiendo por aquellas escaleras, alzando mis pantalones como si se tratase de una túnica, integrada en ese paisaje y en ese santuario excavado en la roca. Sintiendo que mi existencia estaba vinculada, como un elemento más de la naturaleza, a aquella vegetación y al agua clara y fresca que habían existido en otros tiempos. Era evidente que ya había estado allí.</p>
<p>La experiencia en el templo de Hatshepsut me tuvo conmocionada durante todo el día.</p>
<p>Intenté ponerme en contacto con Daimon para contársela, pero fue imposible dar con él. Yo sospechaba que me estaba evitando. Por la noche la sospecha se convirtió en certeza. En mi móvil tenía un mensaje suyo en el que me decía: No quiero que me cuentes nada hasta tu regreso. Ya hablaremos. Buen Camino, peregrina.</p>
<p>Después del impacto tan fuerte que había experimentado en el templo de la reina faraona, y a punto ya de volver a casa, creí que nada más podía ocurrirme en aquella mágica tierra de Egipto. Me equivoqué.</p>
<p>La víspera del día previsto para regresar, visitando el interior de la tumba de Ramsés IV, sentí una extraordinaria emoción al mirar al techo. Tanta, que sin poderme contener, me puse a llorar.</p>
<p>Lo que vi fue un cielo azul cobalto estrellado, rodeado por el cuerpo de una mujer, que contenía numerosas pinturas y grabados en su interior, dando la impresión de un viaje.</p>
<p>El impacto fue tan tremendo, que dediqué el resto del día a que el guía me explicase qué es lo que había visto, buscando saber por qué me había impactado de esa manera.</p>
<p>Lo que había visto era la representación del recorrido nocturno del sol, viajando por el interior del cuerpo de la Diosa Nut, que personificaba a la bóveda celeste. Se decía que su risa era el trueno, y sus lágrimas la lluvia. Era la madre de todos los cuerpos celestes. Cada día éstos entraban por su boca y salían por su útero.</p>
<p>Según la mitología egipcia, el sol viajaba a través del cuerpo de la diosa durante la noche, y las estrellas y la luna lo hacían durante el día. Según me explicó el guía, en el Libro de los Muertos, se recoge que Nut pudo haber representado originariamente a la Vía Láctea.</p>
<p>Cuando escuché esta explicación, un escalofrío recorrió mi espalda y el vello de mi cuerpo se erizó. En aquel lejano país, en el cuerpo de la Diosa Nut, había encontrado la misma Ruta de las Estrellas que yo había recorrido con mis propios pies, a través del Camino de Santiago.</p>
<p>Daimon tenía razón. Todo estaba relacionado. Puede que los símbolos fueran distintos, pero todo empezaba a hablarme en un mismo lenguaje. El de la intuición, el que conectaba directamente con mi energía femenina. Yo empezaba a experimentarlo en mi propio cuerpo.</p>
<p>Al igual que Nut, sentía todo un universo celeste transitando por mi interior, recorriendo mi cuerpo para llegar hasta mi útero y salir a la luz. En esos momentos no necesitaba comprender con mi mente qué me quería decir todo aquella amalgama de sentimientos.</p>
<p>Por primera vez en mi vida no quise saber. No me hacían falta las explicaciones. Me bastaba con mirar el cielo estrellado, para saber que yo formaba parte de ese universo.</p>
<p>Fue entonces cuando tuve la certeza de que todos los cuerpos celestes que estaban allí arriba, fuera de mí, también se encontraban en mi interior.</p>
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<p>CAPÍTULO XVII</p>
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<p>Paula saludó con la mano desde la ventanilla del tren.</p>
<p>Su hija respondió al saludo con una sonrisa y un gesto afirmativo de la cabeza, en el arcén de la estación.</p>
<p>Habían transcurrido 18 días desde que ella llegara a la Gran Ciudad, para cuidar a Elena.</p>
<p>Sin embargo, a Paula le pareció que había pasado mucho más tiempo. Las fechas marcadas por el calendario, no se correspondían con la cantidad y la calidad de vivencias internas que, tanto ella como Elena, habían tenido.</p>
<p>Para su hija el tiempo no había pasado en balde. Elena no era la misma persona, hundida y deprimida, que Paula se había encontrado días atrás. Había momentos en que todavía se quedaba como perdida, con la mirada puesta en el vacío, como si un retazo de su alma hubiera quedado retenido en algún recoveco oscuro, sin poder ver la claridad.</p>
<p>Pero a pesar de eso, aunque la profunda herida que sentía en su interior aún supurase, Paula estaba segura de que Elena había vuelto a tomar las riendas de su vida. Y esa había sido la señal para indicarle a ella que debía volver a Rossal, y continuar con la suya.</p>
<p>El tren arrancó y Paula no pudo evitar sentir un nudo en el estómago. Se arrellanó en su asiento y, mientras contemplaba el paisaje que rápidamente pasaba a su lado, intentó discernir cuales eran los sentimientos que le provocaban esa reacción física de encogimiento.</p>
<p>No tuvo que pensar demasiado para reconocer que tenía miedo de su reencuentro con Matías. Él le había dicho que iría a recogerla a la estación de San Roque y la llevaría con su coche a Rossal.</p>
<p>También le había dejado caer, como el que no quería la cosa, que podría quedarse esa noche todo el tiempo que hiciera falta puesto que al día siguiente, 1 de noviembre, era la festividad de Todos los Santos y no trabajaba.</p>
<p>Sólo de pensar en ese encuentro, que se iba a realizar unas horas después, Paula sentía escalofríos, sobre todo por la inseguridad que tenía, con respecto a los sentimientos de Matías hacia ella, y a los suyos propios.</p>
<p>En realidad, no sabía en qué punto se encontraba la relación que, de forma tan brusca, quedó interrumpida, y que se había mantenido en las últimas semanas a base de breves llamadas telefónicas.</p>
<p>Muy inquieta, notó cómo se le descomponía el cuerpo y, de forma precipitada, tuvo que dirigirse a los servicios del tren.</p>
<p>Cuando terminó con sus necesidades fisiológicas, se chapuzó la cara en el pequeño lavabo y se mojó el cuello con agua fresca. Pretendía aliviar un poco la tensión que estaba sufriendo. Mientras se secaba con una toallita de papel, Paula contempló su rostro en el espejo.</p>
<p>De pronto cayó en la cuenta de que Matías la vería bastante cambiada. Durante el tiempo que había pasado con su hija, había perdido peso, estaba más delgada, y eso la hacía parecer más joven. Los pómulos se marcaban todavía más en su rostro, resaltando las pecas y agrandando sus expresivos ojos verdes.</p>
<p>Pero el cambio más espectacular afectaba a su pelo. Había hecho que se lo decolorasen, y se había dejado su color natural: castaño con canas. Al contrario de lo que pudiera pensarse, los cabellos blancos esparcidos por su cabeza, no la hacían parecer mayor.</p>
<p>Pero sí le daban cierto aire de madurez y la apariencia de una persona que había vivido mucho.</p>
<p>La imagen que le devolvió el espejo, a la que aún no se había acostumbrado, le dio seguridad en sí misma y disposición para afrontar el futuro, fuera el que fuera.</p>
<p>Dirigiéndose a ella misma, dijo en voz alta:</p>
<p>Bueno, Paula, ahora te toca a ti decidir qué quieres ser de mayor. Ya es hora de que tú también te responsabilices de tu vida. Eso es lo que le has estado diciendo a tu hija ¿no?</p>
<p>Pues aplícatelo a ti misma.</p>
<p>Paula volvió a su asiento en el tren, con la cara más sonrosada y el ánimo mejor dispuesto que cuando, de forma precipitada se había tenido que marchar a los lavabos.</p>
<p>Sin embargo, no podía evitar seguir experimentando cierto nudo en la boca del estómago.</p>
<p>Apoyó la cabeza en el respaldo, y cerró los ojos, respirando profundamente, para relajarse un poco. Instintivamente se llevó la mano al cabello y se lo retiró hacia atrás, como si el pelo le molestase en la cara. Recordó el día en que su hija y ella fueron a la peluquería para ponerse guapas y cambiar el look.</p>
<p>Ninguna de las dos podía prever que, en lugar de teñirse el pelo, decidirían dejárselo de su color natural y acabar, de una vez por todas, con la tiranía de los tintes. Fue su hija la que lo propuso, y ella se negó al principio. Cuando iban en el coche, camino de la peluquería, Elena le propuso: ¿Y si hacemos un acto de rebeldía y no nos teñimos el pelo?</p>
<p>Ni hablar respondió ella con rapidez tú dices eso porque eres joven y no tienes canas… Pero yo, parecería una vieja. ¡No es verdad! ¡Seguro que tengo yo más canas que tú! Pero sabes qué te digo, que no me importa. ¡Estoy tan cansada de fingir! He fingido tanto en mi matrimonio, que ahora necesito mostrarme como soy. ¡Con mis canas, mis arrugas y todo!</p>
<p>Paula reflexionó sobre las palabras de su hija y sonrió en su fuero interno. Era evidente que Elena afrontaba el cambio de su imagen externa, como una proyección de la transformación interior que estaba viviendo. Quiso acompañarla y, sin pensarlo dos veces, respondió:</p>
<p>De acuerdo, tú ganas. Si hay que dejarse las canas, me las dejaré. Tengo mucha curiosidad por verme. Llevo encima tantos tintes, que ya no sé cual es mi color de pelo… De todas maneras, siempre podr volver a te irme otra vez si no me convence.</p>
<p>Pero la convenció. Y a su hija también. Visiblemente animada con su nuevo aspecto, Elena le comentó:</p>
<p>No te lo vas a creer, mamá, pero me siento una mujer nueva, más auténtica. Más yo misma. Estoy segura de que Jorge desaprobaría este cambio. A él siempre le han gustado las rubias y yo fui tan estúpida como para teñirme el pelo a su gusto, siendo morena. Porque fue él quien me convenció para cambiarme el color. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas?</p>
<p>Manteniendo los ojos cerrados y dejándose mecer por el vaivén del tren, Paula recordó que esa era la pregunta que más veces se había hecho su hija, a lo largo de las últimas dos semanas. C mo he podido ser tan gilipollas?</p>
<p>Durante todo ese tiempo su relación con Elena había experimentado también un cambio espectacular. Se podría decir que el dolor de su hija, que en principio pareció separarlas, había acabado uniéndolas de manera mucho más íntima y profunda.</p>
<p>Paula llegó a tener la sensación de que no eran madre e hija, sino dos buenas amigas que se contaban sus penas y se hacían confidencias. Hasta tal punto fue así, que ella estuvo tentada de contarle a Elena su romance con Matías. Si no lo hizo fue porque la opinión que su hija tenía en esos momentos del género masculino, estaba por debajo del subsuelo.</p>
<p>Sin embargo, estaba convencida de que Elena sospechaba algo. Casi a diario hablaba por teléfono con Matías. Cuando su hija estaba delante, Paula intentaba no mostrarse afectada y despachaba rápidamente la conversación, alegando que luego llamaría ella.</p>
<p>En una ocasión, Elena le preguntó: ¿Quién te llama tanto? ¿No te habrás echado un novio? ¡Pues claro que no! respondió Paula, a la defensiva. Es el jardinero que quiere saber cuando vuelvo, porque quiero plantar… ¡Es broma! la interrumpió Elena riéndose no tienes que darme explicaciones y, además, tampoco sería tan raro que tuvieras un ligue. Eso sí, no dejes de ser tú misma por ningún hombre, como he hecho yo.</p>
<p>Paula recordó cómo la impactaron las palabras de su hija, aunque tomándolas con cautela, dado que la opinión que Elena tenía de los hombres dejaba mucho que desear.</p>
<p>Debido a su mala experiencia matrimonial, había pasado de un extremo al otro.</p>
<p>De estar sometida a Jorge, a tener un rechazo feroz hacia el género masculino. De cualquier manera, si las palabras de su hija habían resonado tanto en su interior, era porque ella también había renunciado a muchos aspectos de su personalidad, para no enfadar a su marido.</p>
<p>Sin ir más lejos, recordó cómo había abandonado su afición por la escritura, cómo había borrado de su mente las verdaderas razones. Y este recuerdo, una vez más, la sumió en un estado de animadversión hacia el hombre con quien había compartido su vida durante tantos años.</p>
<p>Volver a escribir se dijo para sus adentros, mientras abría los ojos y volvía la mirada hacia el paisaje de la ventanilla aunque me cueste trabajo hacerlo, volveré a escribir. Nadie me hará renunciar a ello Esta afirmación le sorprendió porque, realmente, no existía nadie en su vida que interfiriera sobre cualquier cosa que ella quisiera hacer. En realidad era totalmente libre, y podía considerarse una persona afortunada.</p>
<p>Reflexionó que se encontraba bien de salud, aún era joven, su pensión de viudedad y los ahorros de los que disponía, propiciaban que viviera de una forma holgada, sin tener que preocuparse por el dinero. Qu más puedo pedir? dijo para sí misma.</p>
<p>Pero, a pesar de que la vida le sonreía, ella sentía un gran vacío interior. Era una sensación como si se estuviera perdiendo algo. Como si la vida consistiera en mucho más de lo que se podía percibir a simple vista, y se estuviera perdiendo la parte más importante.</p>
<p>Al hacerse consciente de estos pensamientos, sin saber por qué, le vino a la cabeza el manuscrito de Sara Bermúdez. Llevaba sin leerlo desde hacía muchos días. Había estado tan dedicada a su hija, a hablar con ella, a estar junto a ella, a salir y a hacer cosas juntas, que el manuscrito había pasado a un segundo plano.</p>
<p>Se preguntó por qué volvía a acordarse de él en esos momentos. Después de pensar un rato, llegó a la conclusión de que también la escritora Sara Bermúdez, que aparentemente tenía todo lo que podía desear, y llevaba una vida satisfactoria, había expresado sentir ese vacío interior.</p>
<p>En esos instantes, quizás por primera vez en su vida, Paula supo con certeza a qué inquietud interna se refería la escritora. Era la misma que ella estaba experimentado, la que había llevado a Sara Bermúdez a recorrer todos aquellos lugares sagrados, buscando el alimento que pudiera calmar su hambre de auténtica vida, más allá de las apariencias.</p>
<p>El impacto de este profundo sentimiento hizo que Paula se levantase de su asiento y se encaminase hacia la cafetería del tren. Necesitaba estirar un poco las piernas, moverse.</p>
<p>Miró el reloj. Era un poco pronto para comer, pero tenía hambre. Pidió un bocadillo y una cerveza, se retiró a un rincón y empezó a comérselo con ansia, como si se lo fueran a quitar.</p>
<p>Al darse cuenta se detuvo y suspiró profundamente para aliviar su tensión. Ese sentimiento interno que acababa de identificar, ese vacío interior, esa hambre de su espíritu no se podía saciar con el bocadillo que tenía entre las manos.</p>
<p>Sin saber por qué, le dieron ganas de llorar. Se sintió sola y desvalida, como cuando era una niña y nadie iba a visitarla los domingos al colegio donde estaba interna. De pronto, toda esa fortaleza que había experimentado un rato antes, se vino abajo y en la escena apareció esa Paula infantil y esa vieja y maldita certeza de que nadie la quería y a nadie le importaba.</p>
<p>Haciendo de tripas corazón, terminó el bocadillo, pagó la consumición y abandonó la cafetería. No quería volver a su asiento, por lo que se quedó un rato de pie en uno de los descansillos del tren, allí al menos no estaba rodeada de gente.</p>
<p>Intentó sobreponerse a ese estado anímico tan lúgubre y negativo, tan conocido, que se había instalado en su alma durante su infancia y que se negaba a abandonarla por completo.</p>
<p>Sintió lástima por sí misma. Aunque más que lástima era compasión. Pero no por la Paula adulta que era ahora, sino por esa niña que todavía reclamaba atención y cariño desde su interior.</p>
<p>Sin poder contener las lágrimas, le hizo una promesa a la niña que fue y que inesperadamente se había presentado en su vida. Le prometió que la cuidaría, que la querría y que se ocuparía de ella, para que nunca más se sintiera sola y abandonada.</p>
<p>Paula cerró los ojos y, aunque no era ella la que la provocaba la imagen, vio en su mente, con toda claridad, a esa niña. Se vio a sí misma cuando era pequeña. Y vio cómo la niña se acercaba hasta ese tren, hasta ese momento de su vida. Cómo miraba a la Paula adulta y, sonriéndole, se cogía de su mano.</p>
<p>El tiempo parecía haberse detenido. La imagen era tan vívida, que Paula sintió como si una pequeña manita la agarrara de la mano de verdad. Notó en su palma los dedos pequeños y cálidos de la pequeña y, con gesto protector, hizo el ademán de apretarla.</p>
<p>Fue entonces cuando la imagen se desvaneció. Paula abrió los ojos y regresó a la realidad de aquel tren que la conducía hasta su casa. Un poco aturdida, sin saber muy bien qué había pasado y sin poder catalogar la experiencia que acababa de vivir dentro de los parámetros normales, miró a un lado y a otro. No había nadie cerca, estaba sola.</p>
<p>Todavía desconcertada, decidió volver a su asiento.</p>
<p>Una vez acomodada de nuevo, cogió los auriculares que le habían facilitado, y se los puso con la intención de ver una película que empezaban a proyectar en el vídeo. Lo que quería era no pensar, distraerse, no darle vueltas a lo que se iba a encontrar cuando llegase a la estación de San Roque, y Matías estuviera esperándola en el andén.</p>
<p>Con intención de abstraerse un poco, Paula empezó a ver la película pero ésta no lograba captar su interés. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó dormida. Antes de hacerlo, en el estado de duermevela que precede al sueño, Paula pensó que aquel tren era una metáfora de la vida y que dentro de unos momentos se daría de bruces con su destino.</p>
<p>Matías estaba muy inquieto. Comió rápidamente en su casa y se volvió a la Biblioteca.</p>
<p>Su padre no se encontraba bien. Según le había contado su madre, Adán había vomitado por la mañana. Presumiblemente había comido algo a escondidas, que le había sentado mal.</p>
<p>Aunque tenía que llevar una dieta blanda, escondía comida que tenía prohibida y se la comía cuando nadie lo veía. Luego, cuando se ponía enfermo, echaba la culpa de lo que le pasaba a su mujer, decía que había querido envenenarlo. Además de lo mal que se sentía físicamente, se ponía inaguantable.</p>
<p>Durante la comida, Matías apenas escuchó a su madre contándole la batalla que había librado toda la mañana con Adán. Bastante tenía él con el problema que se le venía encima. Porque era evidente que no podría mantener durante mucho tiempo ese doble juego con Susana y con Paula.</p>
<p>Antes o después tendría que tomar una determinación y, en esos momentos, se sentía incapaz de hacerlo.</p>
<p>El hecho de que Paula hubiera permanecido en la Gran Ciudad más tiempo de lo que pensaba, había facilitado las cosas, en cierto modo. Pero sólo aparentemente, ya que al no verla en las últimas semanas, no había tenido elementos de juicio para decidir si quería establecer una relación más sólida con ella.</p>
<p>Lo que era evidente es que sentía por Paula una atracción sexual como no había experimentado nunca por ninguna otra mujer, ni siquiera cuando era más joven. Sólo con pensar que iba a verla dentro de unas horas, estaba tan excitado que a duras penas podía mantener su pene aprisionado en el pantalón.</p>
<p>Pero claro, esa atracción estaba muy bien para los encuentros apasionados en la cama, pero no era suficiente para dejar a su novia, liarse la manta a la cabeza y pasar por el trago de decirle a su madre que se había comprometido con una mujer viuda, mucho mayor que él.</p>
<p>No estoy dispuesto a pagar el precio familiar y social que supondría pensó San Roque es sólo un pueblo y seríamos la comidilla. Mi madre se moriría de vergüenza. No lo podría soportar. Qu iba a pensar la gente?</p>
<p>Matías resopló mientras hacía la ficha a los libros que habían llegado nuevos. No estaba muy satisfecho consigo mismo. La pregunta interna que acababa de hacerse: Qu va a pensar la gente? le parecía impropia de l. De hecho, era la pregunta que siempre formulaba su madre, y que lo ponía de los nervios.</p>
<p>Por otra parte, y para complicar las cosas aún más, estaba el cambio de actitud de Susana con relación al sexo. En los últimos días habían hecho el amor varias veces.</p>
<p>Cuando antes, era una odisea la que tenía que pasar sólo para meterle mano.</p>
<p>Le gustaba follar con Susana. A nadie le amarga un dulce pensaba pero no sentía con ella la brutal pasión que había experimentado con Paula. Susana era una buena chica, no lo negaba pero, siendo sincero consigo mismo, tenía que reconocer que no estaba enamorado de ella.</p>
<p>Dios, vaya conflicto me he montado yo solo reflexionó en su interior. Lo que tenía que hacer era largarme de San Roque. Ni la una ni la otra. Dejar a mi madre que se las entendiera con Adán, que para eso se cas con l. Y yo… Yo debería cambiar de vida.</p>
<p>Dar clases en algún instituto o en la universidad, que es lo que me gusta, y para eso estudi una carrera, no para estar aquí rellenando fichas como un gilipollas Matías suspiró profundamente, y se llevó la mano al pendiente que tenía en su oreja derecha. Miró nuevamente el reloj. ¡Qué larga se le estaba haciendo la tarde! De cualquier forma, en unas horas volvería a ver a Paula. Aunque no supiera muy bien cuales eran sus sentimientos hacia ella, lo que estaba claro es que se moría de ganas por tenerla entre sus brazos.</p>
<p>Pensó que había tenido suerte de que al día siguiente Susana estuviera todo el día de guardia en la farmacia, así él podría estar con Paula. Aunque no iba engañarse, esa doble vida amorosa tenía los días contados. San Roque era un pueblo, y Rossal, menos que pueblo. Debería tomar una decisión antes de que alguna de las dos se enterase de la existencia de la otra. O las dos. Mira que si me quedo sin ninguna! pensó con cierto cinismo.</p>
<p>El tono elevado de la música que ponen al final de una película, fue lo que despertó bruscamente a Paula. Sin saber muy bien dónde estaba, tardó un rato en darse cuenta de que iba en el tren y se había quedado dormida durante toda la emisión del video.</p>
<p>Con cierto alivio se quitó los auriculares de las orejas, que le estaban haciendo daño, y miró el reloj para saber cuanto faltaba para llegar a San Roque. En menos de dos horas estaría allí y esta certeza hizo que se le acelerase el corazón, al pensar en el reencuentro con Matías. Su imagen esperándola en el andén de la estación le hizo recordar que acababa de soñar con ese momento.</p>
<p>Haciendo un esfuerzo, le vino a la memoria, de una forma un tanto difusa, la escena del sueño que acababa de tener. En ella se veía a un Matías adolescente, vestido de caballero con una cota de malla, y una melena hasta el cuello, que la esperaba paseándose en el andén, junto a un hermoso caballo blanco.</p>
<p>La mujer que bajaba del tren era ella. Y aunque no se parecían en nada, Paula sabía, con toda seguridad, que era ella. Se trataba de una joven rubia, con el pelo lacio que le llegaba por la cintura. Rodeando la cabeza llevaba puesta una diadema que tenía en la frente una preciosa esmeralda verde.</p>
<p>El vestido de Paula en el sueño era blanco y largo, con adornos dorados. Al bajar ella del tren y avanzar hacia el caballero Matías, éste hincó la rodilla derecha en el suelo y bajó la cabeza, ofreciéndole su espada. Paula la cogió y, con gran ceremonial, pronunciando unas palabras en un lenguaje extraño, armó caballero a Matías.</p>
<p>Él levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron, sintiendo Paula un profundo amor por aquel joven adolescente. Matías le cogió la mano y la rozó ligeramente con sus labios, en un fugaz beso. Después, subió a su caballo blanco y se marchó a galope, internándose en un bosque.</p>
<p>No recordaba más del sue o, pero la escena que había visto le resultaba familiar. Yo he visto en un grabado a ese joven y a la mujer pensó pero en el sueño éramos Matías y yo. Qu cosa más rara!</p>
<p>Volvió a mirar el reloj y sólo habían pasado cinco minutos desde la última vez que lo había consultado. Qu largo se me va a hacer lo que queda de viaje! reflexionó.</p>
<p>Después de intentar poner atención a un documental sobre leones, que estaban emitiendo en la televisión del tren, decidió retomar la lectura del manuscrito de Sara Bermúdez. Seguro que así se me pasa el tiempo volando.</p>
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<p>CAPÍTULO XVIII</p>
</title>
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<p>Sentados cómodamente en el salón de mi casa de Rossal, mientras disfrutábamos de una cerveza, Daimon me anunció que estábamos llegando al final de un ciclo. Según él, el Camino que estaba recorriendo y, en definitiva, cualquier otro relacionado con el alma o la espiritualidad, se desarrollaba en espiral, a lo largo de ciclos sucesivos. ¿Cómo en la Divina Comedia de Dante? pregunté.</p>
<p>Como se refleja en ese libro y en otros muchos que se han escrito a lo largo de los siglos.</p>
<p>Añadió que aún tenía que hacer peregrinaciones a tres lugares sagrados. Primero dijo debería iniciar el Camino de Santiago andando, por su ramal aragonés. Desde Jaca debía desplazarme, siguiendo las flechas amarillas, unos doce kilómetros hasta llegar a un cruce. Allí me desviaría de la ruta de las estrellas que figura en las guías oficiales, y cogería la carretera hacia un lugar llamado Santa Cruz de la Serós.</p>
<p>Cuando estés en este pueblo, tienes que subir hasta el monasterio de San Juan de la Peña, donde estuvo guardado el Grial que ahora se encuentra en la catedral de Valencia. ¿Y después?</p>
<p>Después nada, das media vuelta, bajas otra vez a Santa Cruz de la Serós y, por el mismo camino que has utilizado para ir, vuelves a Jaca, coges el tren y regresas a tu casa. ¿Sólo eso? Pues vaya peregrinación más corta, no me llevará más de tres días, contando ida y vuelta.</p>
<p>Daimon me atravesó con su temible mirada. Después suavizó sus facciones y soltó una sonora carcajada, antes de decir:</p>
<p>Las peregrinaciones no se miden por el número de kilómetros recorridos. No son más largas o más cortas. Uno puede andar muchos días y no enterarse de nada. Miles de turistas visitan a diario los lugares sagrados que hay repartidos por todo el mundo, y no ven alterado su nivel de consciencia. Cuando vayas a San Juan de la Peña, te darás cuenta de que ese recorrido es más que suficiente. Tendrán que transcurrir años hasta que seas consciente de lo que te ha pasado y de cómo te ha influido ese Camino que ahora consideras tan corto.</p>
<p>Y cuando vuelva de San Juan de la Peña, ¿dónde tendré que ir? me atreví a preguntar, después del rapapolvo que me había echado.</p>
<p>No te preocupes ahora de eso. Cada cosa en su momento, no pierdas energía pensando en el futuro, porque el futuro está condicionado por el presente.</p>
<p>Continuamente estamos eligiendo entre varias opciones, aunque no nos demos cuenta.</p>
<p>Y esa elección que hacemos hoy, condiciona nuestro mañana. Los caminos son infinitos. Todos conducen al mismo destino final, pero hay tantas formas de llegar como personas.</p>
<p>Me miró un rato, como evaluando el alcance de sus palabras, y continuó: ¡Desconfía de aquéllos que creen que el Camino que ellos transitan es el único y verdadero! Esa mirada intransigente de unos pocos iluminados de pacotilla ha sido padecida por todo el género humano durante siglos.</p>
<p>Te refieres a Hitler, o a la Inquisición ¿por ejemplo?</p>
<p>No sólo Hitler y la Inquisición. Los que se creen los únicos poseedores de la verdad han existido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Lo malo es que siempre han usado su poder para denigrar y someter a los demás. Su nombre es Legión. Esa es la auténtica cara del diablo, la división, el ansia de poder para controlar y manipular a otros. Y todo en nombre de la divinidad. Pero no te inquietes añadió viendo mi cara de pena todo está bien, todo es necesario para la evolución de las almas, todo forma parte del juego de la vida.</p>
<p>El juego de la vida. ¿Cuándo vas a explicarme en qué consiste ese juego? pregunté un poco molesta con tanto enigma.</p>
<p>Yo no voy a explicarte nada respondió Daimon serás tú misma quien lo descubra. Así es este camino de los locos que tú y yo seguimos. Ya te lo he dicho muchas veces. Tu maestro interior y la propia vida son tus guías. En este camino lo que cuenta es la propia experiencia, no lo que yo pueda decirte. Y basta ya de cháchara.</p>
<p>Prepara la mochila de nuevo, y ponte en marcha, Sin darme opción a réplica, se levantó del sofá y se dirigió hacia la puerta de la calle, saludándome con la mano en señal de despedida. Antes de salir y dar un sonoro portazo, se volvió hacia donde yo estaba y me anunció que cuando volviera de San Juan de la Peña él mismo me conduciría a un lugar que era muy importante para mí.</p>
<p>Luego, sin dar más explicaciones, desapareció de mi vista.</p>
<p>Ese mismo día empecé a organizar mi viaje a Jaca. Después de un desplazamiento en autobús tendría que coger un tren que, tras varias horas de trayecto, me dejaría en esa ciudad del Pirineo aragonés. Dormiría allí y empezaría mi Camino al día siguiente al amanecer.</p>
<p>Esos eran los planes, sin embargo, el camino empezó ya con el viaje en el tren que me llevaría hasta Jaca. Nada más subir y sentarme en mi asiento, el rostro de un diablo, que me miraba fijamente, me hizo ponerme en estado de alerta.</p>
<p>Delante de donde yo iba sentada, por encima de los asientos, en la parte donde se deposita el equipaje, había una mochila y unas prendas de vestir, colocadas de tal manera, que desde mi sitio se veían como la cara de un diablo.</p>
<p>Realmente no había que tener mucha imaginación para ver en aquellas cosas, colocadas supuestamente al azar, la imagen de una figura demoníaca, cuyo rostro me observaba con una mueca de sonrisa burlona. Aunque yo no quería hacerle mucho caso, no podía apartar la vista de aquel diablo.</p>
<p>Pensé que, una vez más, y como ya había ocurrido en la iglesia de Rènnes le Château, de nuevo un diablo me salía al camino. ¿Para indicarme quizás que las situaciones que iba a vivir escondían alguna enseñanza secreta? ¿O tal vez el demonio que me miraba fijamente era el guardián de algún umbral sagrado que yo tenía que traspasar?</p>
<p>Removiéndome en mi asiento, mi cuerpo se puso alerta, a la espera de algún acontecimiento que llamase mi atención. Este no se hizo esperar. En el tren viajaba un joven inmigrante que parecía de origen marroquí. Cuando el revisor fue a pedirnos el billete, esta persona no lo llevaba, y esto provocó un altercado.</p>
<p>El revisor, que parecía borracho, empezó a insultar en voz alta al inmigrante. El joven, aparentemente asustado, bajaba la cabeza y se limitaba a permanecer callado.</p>
<p>Ante la sumisión del inmigrante, el revisor se envalentonó cada vez más. No sólo le dijo que debía bajarse del tren en la próxima estación, sino que, buscando la complicidad de los viajeros que estábamos en el vagón, empezó a despotricar en voz alta sobre los que venían de fuera a quitarnos los puestos de trabajo.</p>
<p>Para mi asombro, la mayoría de las personas que allí había, se pusieron del lado del revisor, y empezaron también a expresar en voz alta su postura contraria hacia toda aquella gentuza, como la definieron, que venían a nuestro país a aprovecharse de nosotros.</p>
<p>Yo no daba crédito a lo que estaba viendo. Sólo un joven intervino para defender al inmigrante y para decirle al revisor que si tenía que decirle que debía abandonar el tren que lo hiciera, pero que se estaba extralimitando en sus funciones. Esto provocó que la discusión se hiciera más agresiva todavía.</p>
<p>Yo estaba indignada por el trato que estaba recibiendo el inmigrante, por parte del revisor y de todos los que le apoyaban. También estuve a punto de intervenir, apoyando la postura del joven que lo defendía, pero al mirar al diablo con su sonrisa burlona, como si estuviera satisfecho de aquella división, opté por callarme.</p>
<p>Algo en mi interior me decía que me limitase a observar. La discusión aún duró un rato. Al revisor que había montado el espectáculo se unió otro empleado más, que tenía el mismo aspecto que el primero de encontrarse bebido.</p>
<p>Finalmente, al llegar a una parada, donde el tren permaneció mucho rato porque había un cambio de máquina, el inmigrante fue obligado a bajar, sin haber dicho una palabra. También se apeó allí la mayoría de la gente que iba en ese vagón. Y con alguno ellos se fue también el demonio simulado en su equipaje. Yo respiré tranquila al perder de vista el rostro diabólico.</p>
<p>Al final nos quedamos solos en el vagón, el joven que había protestado y yo. Éramos los únicos que íbamos hasta Jaca. Me enteré después de que él vivía allí. Al verme con la mochila me preguntó si iba a hacer el Camino de Santiago. Le dije que sí, que quería ir a San Juan de la Peña.</p>
<p>Hablamos de este monasterio, del Camino y también del incidente que había ocurrido en el tren. Ambos estábamos indignados, aunque nuestra postura había sido distinta. Él había salido en defensa del inmigrante, y yo me había limitado a observar.</p>
<p>Al llegar a Jaca me comentó que al día siguiente pondría una denuncia al revisor, por la actuación que había tenido con el inmigrante. Como le pillaba de camino hacia su casa, me acompañó y me dejó en la puerta del albergue de peregrinos.</p>
<p>Allí pasé la noche, sin poder dormir muy bien, pensando en todo lo que había ocurrido en el tren y, sobre todo, en qué me quería decir a mi todo aquello. No supe descifrarlo y decidí dejarlo estar y tratar de descansar un poco. Al día siguiente me esperaban muchos kilómetros hasta el monasterio de San Juan de la Peña.</p>
<p>Paula se quitó las gafas e interrumpió la lectura durante unos instantes. Miró el reloj y comprobó que aún quedaba un rato para llegar a San Roque. Sólo con pensar que allí estaría esperándola Matías, su corazón empezó a brincarle de nuevo en el pecho.</p>
<p>Por unos momentos cerró los ojos, trató de relajarse y de no pensar en nada. Pero no lo logró. Su mente se disparó imaginándose mil y una situaciones en su reencuentro con Matías. Después de respirar profundamente varias veces para tranquilizarse, optó por seguir leyendo.</p>
<p>Sólo el manuscrito de Sara Bermúdez conseguía atraer su atención y hacerle olvidar, aunque fuera momentáneamente, que en poco tiempo debería enfrentarse a Matías, con todo lo que ello implicaba.</p>
<p>Tranquila dijo para sus adentros no por mucho madrugar amanece más temprano.</p>
<p>Lo que tenga que ser, será Dicho esto, se puso de nuevo las gafas y continu leyendo la peregrinación de Sara a San Juan de la Peña.</p>
<p>Cuando me levanté aún no había amanecido. Antes de iniciar el Camino me fui hacia la catedral. Tenía mucho interés en verla, sobre todo la puerta oeste, llena de mensajes simbólicos y escritos para el peregrino, según había podido leer en Internet antes de emprender el viaje.</p>
<p>Afortunadamente las puertas de la catedral ya estaban abiertas. Coincidiendo con el amanecer, pude contemplar en el tímpano el famoso crismón de ocho brazos que, a modo de mandala cósmico, aparecía flanqueado por dos leones.</p>
<p>Saqué de la mochila el papel que contenía la información que había obtenido en la red, sobre el simbolismo de la puerta occidental de esta catedral románica.</p>
<p>Un escrito en latín hablaba sobre las letras que aparecían en el crismón. La traducción era, más o menos, ésta: En esta escultura, lector, procura conocer que la P (Rho griega) es el Padre. La A (Alfa) es el Hijo y la doble O (Omega) el Espíritu Santo.</p>
<p>Me fijé que la inscripción no mencionaba para nada la otra letra del crismón, la S (sigma) cuya forma recordaba a la serpiente. Estaba claro que la iglesia católica había demonizado a este animal, y prefería no mencionarlo.</p>
<p>Sin embargo Daimon me había contado que la serpiente representaba, entre otras cosas, la energía telúrica. Por eso aparecía en los lugares sagrados en los que abundaba esta energía de la tierra. En ocasiones, la serpiente era aplastada por el pie de la imagen de la Virgen. Lo que representaba la necesidad de pisar con nuestros pies y caminar por esos lugares, para beneficiarnos de esa energía. Tal y como ocurría en el Camino de Santiago.</p>
<p>Pero el tímpano de esta puerta occidental contenía aún más mensajes para el peregrino: El león situado a la izquierda tenía bajo sus patas una figura humana, agarrada por una serpiente otra vez la serpiente y la traducción de la leyenda decía, más o menos: El león reconoce al que busca por los suelos (que también podía traducirse como tierra), y Cristo a quien se lo pide.</p>
<p>El león de la derecha tenía un oso bajo sus garras y un basilisco bajo su vientre. La traducción de la frase latina, según el autor Juan G. Atienza, podría ser: El león es fuerte para aplastar el reino de la muerte.</p>
<p>Finalmente, al pie del tímpano rezaba otra inscripción que, según este mismo autor, era una llamada a vivir el proceso iniciático y que podría leerse de la siguiente manera:</p>
<p>Si deseas vivir, tú que estás sujeto a la ley de la muerte, ven suplicante, desechando venenosos placeres. Limpia el corazón de pecados, para no morir de una segunda muerte.</p>
<p>Pensé que con esto era suficiente, no quería detenerme más porque me esperaba un largo recorrido hasta el monasterio de San Juan de la Peña. Cuando llegase a mi destino, tendría que bajar ese mismo día, antes de que anocheciera, porque arriba no había ningún sitio donde quedarse a dormir bajo techo.</p>
<p>Reflexionando interiormente sobre aquellos símbolos y mensajes, grabados en la piedra en el siglo XI, inicié mi andadura siguiendo las flechas amarillas que marcaban el Camino de Santiago. Ellas me guiarían durante unos diez kilómetros, por una carretera que discurría paralela al río Aragón, hasta llegar a un cruce en el que debía desviarme hacia Santa Cruz de la Serós.</p>
<p>En ese cruce comprobé que había un hostal y reservé una habitación para quedarme allí cuando volviera del monasterio de San Juan de la Peña. Tomé un bocado, me aprovisioné de agua y me dispuse a andar cuatro kilómetros más, adentrándome hacia la montaña, para llegar a la aldea de Santa Cruz de la Serós.</p>
<p>No me detuve y empecé a subir por una carreterilla que se elevaba por laderas en espiral, discurriendo por un bosque de robles y hayas. Nada más empezar a subir pensé que esta carretera llena de curvas, bien podría ser una metáfora del Camino espiritual, tal y como me lo había explicado Daimon.</p>
<p>Pero lo que más me llamó la atención, fue la cantidad de águilas que había surcando el cielo, por encima de la carretera. Me detuve al inicio de la subida para verlas mejor.</p>
<p>Eran preciosas y majestuosas, todo un espectáculo para la vista.</p>
<p>Mientras elevaba mi cabeza hacia los cielos, vi como una gran águila venía derecha volando hacia donde yo estaba. No sabía qué hacer y me quedé quieta, paralizada, sin poder dejar de mirarla.</p>
<p>El águila se acercó peligrosamente hacia mí y pasó sobrevolando bajo por encima de mi cabeza. Aunque no iba a rozarme, yo me agaché instintivamente y la seguí con la mirada. Ella, igual de majestuosa, se alejó elevándose otra vez hacia el cielo.</p>
<p>La experiencia fue tan espectacular, que me quedé sobrecogida. Sentí por dentro que aquel animal alado, símbolo de la altura del espíritu iluminado, me daba la bienvenida y su bendición ante aquel camino cuesta arriba que yo iba a emprender.</p>
<p>Recordé que en el cristianismo, el águila se identificaba con el papel de mensajero celestial. Por eso a San Juan evangelista se le representaba como un águila. También recordé que Dante se había referido a este animal como el pájaro de Dios. Y que el águila bicéfala era una alegoría de Jano bifronte, el dios de las puertas.</p>
<p>Jano!! Así se llama mi vecino pensó Paula para sus adentros Qué raro que su nombre aparezca ahora en este manuscrito. Cuando vuelva a Rossal me haré la encontradiza con él, y le preguntaré cosas sobre Sara Bermúdez. Ellos debieron conocerse… Y ahora que recuerdo! Él fue quien me indic el sitio d nde yo debía cavar en mi jardín, donde luego encontr este manuscrito!</p>
<p>Asombrada y un tanto alterada, Paula continuó con la lectura que, nuevamente, había atrapado su atención. En esos momentos no quería llegar a Rossal ni ver a Matías ni hacer nada de nada. Sólo le interesaba seguir leyendo la peregrinación de Sara a San Juan de la Peña.</p>
<p>Durante toda la ascensión por aquella carretera, que discurría en espiral, fui acompañada por las águilas que volaban sobre mi cabeza. Era como si me protegieran.</p>
<p>Yo me sentía transportada a otro mundo y con una lucidez de conciencia mayor que en cualquier otro momento de mi vida.</p>
<p>Otra cosa llamó mi atención, el número 40 se repetía cada vez que yo avanzaba y subía dando la vuelta a la espiral. Aparecía inscrito en una señal de tráfico, para indicar a los conductores que no podían circular a más de esa velocidad. Para mi tenía otro significado.</p>
<p>El número en negro, estaba inscrito en un círculo rojo con fondo blanco. Según me había explicado Daimon, estos tres colores representaban en la alquimia las tres fases necesarias para la transformación: la nigredo fase de disolución la rubedo fase del sacrificio y la albedo, que es la fase de la resurrección.</p>
<p>Pero había más, el arquetipo del número 40 expresaba la transformación profunda.</p>
<p>Por eso la crisis más importante en la vida de las personas suele ocurrir en torno a los 40 años. Una edad que se considera como la mitad de la vida y el momento en que uno debe replantearse toda su existencia para iniciar el camino de regreso que le conducirá a la muerte y a otra vida lejos del cuerpo físico.</p>
<p>La subida duró un par de horas, y mis piernas empezaban a resentirse. No en vano llevaba ya recorridos casi 25 kilómetros, desde que había salido por la mañana de la catedral de Jaca. Y ocho había sido cuesta arriba.</p>
<p>Pensé que aún tenía que andar otros doce kilómetros de vuelta hasta el hostal donde había reservado habitación. Me alegré de haber sido tan previsora y me reconfortó pensar en la ducha caliente que podría tomar cuando volviera.</p>
<p>El monasterio de San Juan de la Peña me impresionó y, en cierto modo, me recordó al templo de Hatshepsut que había visto en Egipto, excavado en la roca. Aunque el claustro de San Juan me pareció aún más impactante y espectacular.</p>
<p>Saqué mi entrada para ver el interior y llegué a la sala dónde, sobre una mesa de piedra que hacía de altar, se suponía que se habían oficiado misas con el Santo Grial.</p>
<p>Recorriendo todo ese espacio, me sorprendí a mí misma diciéndome, sin ningún género de dudas: Esa ventana no estaba ahí.</p>
<p>Seguí la inspección del lugar en solitario y al cabo del rato una guía, que en cierto modo ponía en duda que allí hubiera estado el Grial, comentaba a un grupo de turistas que una ventana que se veía en la sala, no estaba allí inicialmente, sino que se había construido varios siglos después. Este comentario intrascendente vino a ratificar mi afirmación y a confirmar lo que yo sentía desde que entré en el monasterio: que ya había estado allí en otro tiempo, en una vida anterior.</p>
<p>El monasterio, según había leído antes de emprender la peregrinación, estaba dedicado a San Juan Bautista, aunque era evidente la simbología de sus muros que aludía a la dualidad, y a los opuestos. No pude olvidar que este Juan, puerta del solsticio de invierno, era una de las caras del dios Jano. ¡Otra vez Jano! pensó Paula mientras se removía en su asiento del tren y continuaba leyendo:</p>
<p>Lo más destacado del lugar, sin duda, era su claustro al aire libre, enclavado en una oquedad del monte Pano cuyo nombre se parecía mucho a Jano con multitud de llaves (claves) grabadas en los muros y sus alegóricos capiteles.</p>
<p>Lo que más me impactó fue ver la inscripción que figuraba en la puerta por la que se accedía al claustro, y que el autor Juan G. Atienza traducía de forma tan significativa:</p>
<p>Por esta puerta cualquier fiel puede grabar el cielo + si investiga en la fe para captar los designios de Dios.</p>
<p>Permanecí recorriendo el lugar hasta que cerraron sus puertas a los turistas. Comí un bocadillo en un chiringuito que había en un prado donde se ubicaba el llamado monasterio nuevo ahora en ruinas y emprendí el camino de vuelta, carretera abajo, acusando el cansancio.</p>
<p>A esas horas de la tarde el sol caía a plomo y yo llegué a Santa Cruz de la Serós casi exhausta. Me metí en un bar y bebí tres latas seguidas de un refresco de los que llevan azúcar.</p>
<p>Después de descansar un buen rato, visité la iglesia que lleva el mismo nombre que esa aldea. En la puerta de acceso al templo, dedicada a la Virgen, podía leerse una inscripción que traducida, venía a ser:</p>
<p>Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la vida, sentid más sed de mí que de vino. Bendito sea quien quiera penetrar en este templo de la Virgen. Y corrígete primero si apeteces a Cristo.</p>
<p>Estas palabras, sobre todo la última frase, me impresionaron mucho.</p>
<p>Sin detenerme más en aquel lugar, volví a coger la carretera y, haciendo el camino de vuelta, llegué hasta el hostal donde había reservado una habitación.</p>
<p>Me encontraba muy cansada, el sol me había quemado la cara y los brazos y lo único que quería era ducharme, echarme en la cama y dormir. El agua caliente reconfortó los doloridos músculos de mi cuerpo. Había hecho demasiados kilómetros casi sin descansar. Pensé que al día siguiente tendría agujetas.</p>
<p>No tenía hambre, así que decidí no cenar nada. Llamaría a Daimon y luego me iría a la cama. Pero no pudo ser. Como me imaginaba, su teléfono no estaba conectado. Tendría que esperar mi llegada a Rossal para hablar con él.</p>
<p>Me tumbé en la cama y apagué la luz. Sin embargo, no podía dormir. Repasé mentalmente todo lo que había vivido desde que me subí al tren para llegar a Jaca.</p>
<p>Daimon tenía razón una vez más. Aquella había sido una peregrinación muy corta, pero muy intensa. Aunque yo todavía no sabía muy bien qué significado darle a mi experiencia.</p>
<p>A pesar del cansancio, tarde varias horas en dormirme y, cuando lo hice, tuve sueños muy extraños de los que no me acordaba al levantarme al día siguiente. Al amanecer, volví a cargar con mi mochila y me encaminé hacia Jaca, por la misma carretera que había traído el día anterior, pero en sentido contrario.</p>
<p>Aunque hasta ese momento no había visto a ninguno, me crucé con varios peregrinos que hacían el recorrido opuesto al mío y me deseaban buen camino, mirándome con extrañeza.</p>
<p>Esta circunstancia de que yo fuera al revés, aparentemente sin importancia, vapuleó de lleno mi razón y me hizo saber, sin ningún genero de dudas, que esa era una de las claves más importantes de ese Camino que yo acababa de hacer.</p>
<p>Con gran emoción supe que, en mi vida, tenía que desandar lo andado y desaprender lo aprendido, para poder seguir en ese camino de los locos del que hablaba Daimon.</p>
<p>Supe que si en la plaza del Obradoiro había invertido mi mirada, ahora tenía que dejar atrás muchas cosas que había adquirido con esfuerzo. No sólo no las necesitaba, sino que eran un obstáculo para continuar mi evolución espiritual.</p>
<p>Fui totalmente consciente de que no tenía que buscar ningún Grial en el exterior, porque ese Grial estaba dentro de mí. O mejor dicho, era yo misma. Me di cuenta de que sólo a través de mi receptividad y entrega podría llenar mi Grial interior.</p>
<p>Entonces la frase que había visto en la iglesia de Santa Cruz de la Serós, dedicada a la Virgen, la energía femenina, cobró un nuevo sentido para mí. Con razón decía Yo soy la puerta, pasad pronto a través mío, soy la fuente de la vida…</p>
<p>Y también cobró sentido la última frase de esa inscripción: Y corrígete primero si apeteces a Cristo Sentada en la estación de Renfe de Jaca, mientras tomaba un bocadillo y esperaba el tren que me llevaría de vuelta a casa, repasé mi vida y me di cuenta de que, efectivamente, tenía muchas cosas que corregir y resolver, antes de seguir mi camino.</p>
<p>Paula interrumpió la lectura y cerró los ojos. Sin saber por qué, se identificó con el estado de ánimo que Sara expresaba a través de su relato. Aunque sólo la conocía por las fotos que venían en la solapa de sus libros, se la imaginó en esa sala de la estación, esperando el tren para volver a su casa.</p>
<p>Ella también iba en el tren y también volvía a su casa la misma que tuvo Sara después de haber pasado varios días con su hija en la Gran Ciudad. Aunque en ningún momento había sido consciente de estar haciendo ninguna peregrinación a ningún lugar sagrado, lo cierto es que ya no era la misma que partió unos días atrás.</p>
<p>Pensó que ni siquiera su aspecto exterior era el mismo. Su pelo no era del mismo color, su ropa no era la misma, puesto que había tenido que comprarse ropa nueva, dado el escaso equipaje que se llevó.</p>
<p>Pero, sobre todo, ella ya no era la misma mujer, después de haber tenido que acompañar a su hija en su dolor. Y puede que la lectura del manuscrito de Sara, también le hubiera hecho tener una perspectiva nueva de la existencia. No lo sabía. Lo único que sabía es que volvía a Rossal y se reencontraría con Matías.</p>
<p>Las reflexiones de Paula quedaron interrumpidas bruscamente. Por los altavoces del tren anunciaban la llegada inminente a San Roque. Daban las gracias por haber elegido esa opción para viajar, y recordaban a los usuarios que no olvidasen ningún objeto personal.</p>
<p>Al escuchar este mensaje, a Paula empezó a latirle el corazón con fuerza. De manera atolondrada guardó apresuradamente el manuscrito de Sara Bermúdez en la bolsa de viaje que llevaba. Se puso una chaqueta y se preparó en el pasillo para bajar.</p>
<p>Al llegar a la estación, y antes de que el tren se detuviera, Paula divisó a Matías, que miraba hacia los vagones con expectación. Nada más verlo, no tuvo ninguna duda de que esa noche volvería a hacer el amor con él.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XIX</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Matías miraba fijamente las puertas de los vagones, para ver bajar a Paula.</p>
<p>Sus piernas temblaban ligeramente y no era debido al frío otoñal.</p>
<p>Con impaciencia, recorrió el andén buscándola. Llegó hasta la cabecera del tren y no la vio. Dio media vuelta y, finalmente, descubrió su silueta junto a un grupo de viajeros.</p>
<p>Paula vio a Matías y, con gesto sonriente, se acercó hasta donde estaba. Él salió a su encuentro de forma atolondrada, chocando con varias personas. Cuando ambos se juntaron, quedaron quietos uno frente al otro, sin saber qué decir.</p>
<p>Matías la besó torpemente en las mejillas. Se fijó en su pelo y, de forma instintiva, lo acarició levemente.</p>
<p>Estás muy guapa le dijo te sienta muy bien ese color.</p>
<p>Es el mío. Son mis canas respondió Paula, satisfecha con la aprobación de Matías.</p>
<p>Pues te queda muy bien, incluso pareces más joven insistió él.</p>
<p>Paula sonrió. Matías le quitó de las manos la bolsa de viaje que traía, y cargó con ella.</p>
<p>Ambos se encaminaron hasta el coche, que estaba en el aparcamiento de la estación.</p>
<p>A Paula le latía el corazón con fuerza. Al llegar, se introdujo en el vehículo mientras Matías dejaba la bolsa de viaje en el maletero. Cuando éste se metió en el coche, la abrazó sin darle tiempo a reaccionar y empezó a besarla de forma apasionada. Paula, sintiendo una gran excitación, se dejó llevar.</p>
<p>Al cabo de unos momentos, Matías miró por el espejo retrovisor, como para comprobar que nadie los había visto besarse. Puso el coche en marcha, lo sacó del aparcamiento, y cogió la carretera hacia Rossal.</p>
<p>Paula se había quedado sin habla, como la vez anterior cuando estuvo con Matías. Sólo sonreía como una estúpida, pero se daba cuenta de que no controlaba la situación, y eso no le gustaba.</p>
<p>No supo decir que no cuando Matías le anunció que podía pasar la noche con ella, porque al día siguiente era fiesta y no trabajaba. Paula pensó que hubiera preferido pasar la noche sola. De cualquier forma, lo que respondió no tenía nada que ver con sus pensamientos. ¡Qué bien dijo, tenía muchas ganas de verte!</p>
<p>Yo también afirmó Matías y ahora que te he visto me doy cuenta de que tenía aún más ganas de estar contigo de las que yo quería reconocer.</p>
<p>Apenas si cruzaron palabra por el camino. Matías le preguntó por su hija y Paula respondió que ya se encontraba mucho mejor. No dio más explicaciones. No tenía ganas de empezar una conversación sobre la situación de Elena y lo que ambas habían vivido en las últimas semanas.</p>
<p>En menos de media hora estuvieron en Rossal. Matías había conducido a gran velocidad, como si tuviera prisa por llegar. Cuando aparcaron ante la puerta de su casa, mientras Paula buscaba las llaves en el bolso, notó que Matías miraba a un lado y a otro de la calle, como si temiera que alguien pudiera verle entrar.</p>
<p>Paula, por su parte, desvió la mirada hacia la casa de su vecino. Se sobresaltó al ver los ojos penetrantes de Jano, observándola desde una de sus ventanas. Hizo un gesto de saludo con la mano, pero el hombre no le respondió. Se limitó a meterse dentro y a bajar la persiana, como si le importase muy poco la vida de su vecina.</p>
<p>Mientras abría la puerta, Paula pensó que al día siguiente iría a visitarlo, con cualquier excusa, para hablar de Sara Bermúdez. Una vez dentro de la casa, apenas si le dio tiempo a encender la luz.</p>
<p>Cuando iba a decir hogar, dulce hogar, se qued con la palabra en la boca porque Matías la había arrinconado con suavidad contra la pared, y ya tenía su mano bajo la blusa, acariciándole el pecho, al tiempo que la besaba con rapidez y apasionamiento.</p>
<p>Paula notó, apretándole su cuerpo, la gran excitación de Matías. Por unos instantes algo en su interior quería resistirse, decirle que no fuera tan rápido. Pero esa voz se hizo enseguida lejana y ella se entregó a su fogosidad.</p>
<p>Casi de forma inmediata, estaban en su dormitorio, medio desnudos, revolcándose en la cama. Paula estaba como embriagada. Con Paco nunca había tenido relaciones tan ardientes. Hicieron el amor dos veces, casi sin descanso entre medias. Sólo el suficiente para que Matías se recuperase. Puesto que era él el que, en todo momento, llevaba la iniciativa.</p>
<p>Después de la segunda vez, exhaustos, se quedaron durmiendo abrazados. Cuando se despertaron era después de la medianoche. La casa estaba fría y Paula encendió el calentador y la calefacción.</p>
<p>Mientras Matías se duchaba, Paula se vistió de nuevo y empezó a improvisar una cena con latas que guardaba en la despensa, y el fiambre que tenía en el frigorífico. Él había preferido quedarse en casa y, de todas maneras, ya era muy tarde para encontrar algún sitio abierto donde cenar.</p>
<p>Paula se sentía un poco desconcertada. Pens que el revolc n había estado muy bien, mejor que bien; pero esa sensación de falta de control, de estar dirigiéndose hacia el abismo, no sólo no se le iba de la cabeza, sino que la tenía preocupada.</p>
<p>Durante la cena, Matías estuvo muy cariñoso. Repitió varias veces que, al verla, se había dado cuenta realmente de lo que la había echado de menos y de lo que la necesitaba. Paula estuvo a punto de preguntarle si, además de necesitarla, también la quería, pero se calló. Fue Matías quien quiso saber si le había comentado a su hija algo sobre él. Un tanto perpleja, Paula respondió que no. ¿Por qué? quiso saber Matías.</p>
<p>Pues no sé respondió ella me ha parecido un poco prematuro. Al fin y al cabo cuando yo me fui a la Gran Ciudad, sólo habíamos pasado un día juntos.</p>
<p>Si, es verdad. Nada más conocernos te tuviste que marchar. Pero aquel día fue muy importante. Al menos para mí.</p>
<p>Entre los dos se instaló un pesado silencio. Parecía como si ambos estuvieran sopesando la mejor forma de abordar la situación. Fue Matías el que continuó preguntando: ¿Y a ti qué te parece lo que está pasando entre nosotros?</p>
<p>Paula tragó saliva antes de responder. Se le acababa de hacer un nudo en la garganta. Le hubiera gustado no tener esa conversación aquella noche. Le parecía demasiado precipitada. Era como si Matías tuviera prisa por tomar una decisión con respecto a ella.</p>
<p>Por otro lado pensó quizás fuera un buen momento para hablar sinceramente y aclarar las cosas. Para ver si merecía la pena o no seguir adelante. Se imaginó que Matías tendría las mismas dudas que ella tenía.</p>
<p>Finalmente, respondió de forma sincera:</p>
<p>La verdad es que no lo sé. Esta forma de relacionarme es totalmente nueva para mí.</p>
<p>Yo sólo he estado con un hombre, mi marido, y desde luego no se parecía mucho a ti, ni la situación tenía ninguna semejanza. Era militar añadió, como si eso aclarase algo por sí solo. Jamás se me habría pasado por la cabeza liarme con alguien que, por la edad, podría ser mi hijo. ¿Y a ti la diferencia de edad te parece un obstáculo? preguntó Matías, queriendo llegar al fondo de la cuestión.</p>
<p>Paula se detuvo a pensarlo antes de responder. Quería ser totalmente sincera. No sólo con Matías, sino con ella misma. Tras unos momentos de reflexión, dijo:</p>
<p>Personalmente, no me supone ningún obstáculo la edad que tengas. Creo que es más difícil asumirlo para ti que para mí. Tampoco digo que para mí sea fácil añadió.</p>
<p>Me costará mucho trabajo que mis hijos lo entiendan. Bueno, sobre todo mi hijo. Se parece mucho a su padre y está un poco chapado a la antigua. Creerá que estoy loca.</p>
<p>Pero al fin y al cabo se trata de mi vida, no de la suya. Yo no le digo a él como tiene que vivir.</p>
<p>Matías sonrió y cogió la mano de Paula, entendiendo lo difícil que le estaba resultando aquella conversación. Al verla tan preocupada, le pareció una persona sensata y honesta.</p>
<p>Sintió un gran cariño por ella, y remordimientos por no haberle hablado de Susana. En realidad, aquella conversación que estaba planteando, era más necesaria para él que para ella.</p>
<p>Pensó que era él quien tenía que aclararse de una puñetera vez, y estaba dispuesto a hacerlo. Al reencontrarla de nuevo, se había dado cuenta de que quería estar con Paula.</p>
<p>Le gustaba mucho, más que ninguna otra mujer le había gustado nunca, y para estar con ella tenía que ir cerrando otros capítulos de su vida. Incluyendo lo de permanecer viviendo con sus padres.</p>
<p>Por lo que veo dijo Matías has pensado en nosotros y en lo que dirían tus hijos de nuestra relación.</p>
<p>Sí, claro que he pensado! Aunque no he querido darle muchas vueltas porque…</p>
<p>Paula interrumpió su razonamiento. Matías la observaba con expectación, y ella continuó:</p>
<p>Porque no sabía a ciencia cierta cuales eran tus sentimientos hacia mi… S lo pasamos un día juntos! dijo como justificándose. No sabía cual iba a ser tu reacción cuando volviera, y si querrías seguir viéndome.</p>
<p>Pues ahora ya la sabes dijo él atrayéndola hacia sí y abrazándola yo quiero que sigamos juntos. Mi madre tampoco va a entender lo de la diferencia de edad, y eso va a ser un obstáculo, no lo niego, pero estoy dispuesto a saltarlo. ¡Ahora que te he encontrado, no te voy a dejar escapar! concluyó sonriendo.</p>
<p>Permanecieron abrazados durante largo rato. Después, quitaron la mesa juntos y salieron un poco a la terraza. Contemplaron las estrellas y el mar, escuchando el murmullo de las olas.</p>
<p>Aunque afuera hacía frío, ellos no lo notaban. Matías se sentía feliz al reencontrar a Paula, y dispuesto a ordenar su vida para continuar su relación con ella. Por unos momentos estuvo tentado de hablarle de Susana. Pero no lo hizo.</p>
<p>Pensó que no merecía la pena, ahora que había decidido dejarla. Tenía muy claro que no era a ella a quien quería. En realidad, nunca había querido a Susana y no debía haberse dejado arrastrar por ella y por su madre, para seguir manteniendo una relación que no le satisfacía.</p>
<p>Dejó de pensar en Susana, en su madre, y en los problemas que tenía que afrontar, al haber aparecido Paula en su vida. La contempló con cariño y la apretó contra su pecho.</p>
<p>En esos momentos se sentía tranquilo y liberado, como niño con zapatos nuevos.</p>
<p>Sin necesidad de mediar palabra, Matías y Paula salieron de la terraza y se retiraron al dormitorio. Allí hicieron nuevamente el amor, con el mismo apasionamiento que las veces anteriores, y cada vez más compenetrados.</p>
<p>Paula se sintió más cómoda con él que cuando habían llegado. La conversación que habían tenido le había resultado clarificadora. Las barreras internas que mantenía en torno a él, cedieron el paso a la confianza. Relajada y tranquila, se durmió en sus brazos.</p>
<p>Durmieron hasta bien entrada la mañana y cuando se despertaron, hicieron el amor una vez más. Paula fue la primera en dejar la cama. Se pasó al baño y se duchó. El día había amanecido fresco y soleado. Salió a la terraza y respiró la brisa que llegaba del mar.</p>
<p>Mientras Matías se duchaba, ella preparó el desayuno. Café y unas tostadas con mantequilla y mermelada. Era el Día de Todos los Santos, la gente llenaba los cementerios recordando a sus muertos. Ellos habían decidido pasear por la playa y luego buscar algún sitio donde comer.</p>
<p>Durante el desayuno, ninguno de los dos mencionó para nada la conversación que habían tenido la noche anterior. Ambos se mostraban contentos y cariñosos. Sólo hablaban o bromeaban sobre temas intrascendentes.</p>
<p>Al acabar de desayunar, Matías dijo que iba a conectar el móvil, por si había alguna llamada de su casa.</p>
<p>Tal y como está mi padre aclaró a Paula no puedo estar mucho tiempo desconectado, por si surge algo. Con Adán nunca se sabe.</p>
<p>Matías conectó el móvil y, casi de inmediato, el aparato empezó a emitir sonidos, sin interrupción. Su rostro cambió de color ¿Pasa algo? le preguntó Paula, asustada.</p>
<p>Son llamadas perdidas desde mi casa, realizadas a última hora de anoche. Algo ha pasado dijo con un tono de preocupación.</p>
<p>Matías llamó de forma inmediata a su madre, pero nadie cogía el teléfono.</p>
<p>No lo cogen dijo esa no es buena señal.</p>
<p>Además de las llamadas que había desde su domicilio, Matías tenía otras que se habían hecho desde el móvil de Susana. Esto le alarmó más todavía, pero no se atrevió a llamarla. Cada vez más preocupado, insistió en seguir llamando a su casa. Seguían sin cogerlo. ¿No tiene móvil tu madre? le preguntó Paula No. Siempre le estaba diciendo que tenía que comprarse uno, por la situación de mi padre, pero ella siempre me respondía que no lo necesitaba. ¿Y no puedes llamar al móvil de alguien, de alguna vecina o alguien que viva cerca y te pueda informar? dijo ella.</p>
<p>Matías se quedó pensando unos momentos, y vio la ocasión para llamar a Susana. Ella le informaría de lo que había pasado.</p>
<p>Voy a intentar llamar a otro número le dijo a Paula mientras se salía a la terraza, alegando que allí fuera había más cobertura.</p>
<p>Paula le dejó con sus gestiones, y se dedicó mientras tanto a recoger de la mesa las tazas del desayuno.</p>
<p>Susana, que estaba en la farmacia porque tenía guardia, cogió el teléfono casi de inmediato. Lo primero que hizo fue preguntarle a Matías dónde estaba. Éste no contestó y se limitó a decir: ¿Qué ha pasado?</p>
<p>A tu padre le dio anoche un ataque al corazón. Como no te encontraba, tu madre me avisó. Llamé a una ambulancia y se lo llevaron al Hospital, ahora está en la UCI.</p>
<p>Vale, luego te llamo, yo voy ahora para allá. ¿Dónde estabas? insistió ella Tengo que hablar contigo.</p>
<p>Ya te lo contaré respondió él secamente yo también tengo que hablar contigo.</p>
<p>Hasta luego.</p>
<p>Con gesto contrariado, Matías contó a Paula lo que le había pasado a su padre.</p>
<p>No tengo más remedio que irme para el Hospital. ¿Quieres que te acompañe? dijo ella.</p>
<p>No, mejor no. Mi madre estará fatal y no es el mejor momento para presentártela. Ya habrá tiempo. Tú quédate aquí. Luego te llamaré.</p>
<p>Paula asintió con la cabeza y se abrazó a él. Matías le correspondió con el abrazo, la estrechó contra su pecho y la besó en los labios. Ella le acompañó hasta el coche. Antes de arrancar, Matías dijo:</p>
<p>Ya ves cuantas complicaciones. Se diría que hay una mano negra que no nos permite estar juntos. O sales tú corriendo por tu hija, o salgo yo por mi padre. Pero no te preocupes, volveré.</p>
<p>Paula asintió con una sonrisa, y le dijo adiós con la mano. Después se metió nuevamente en su casa. Antes de hacerlo, miró hacia las ventanas de su vecino. No vio nada, la casa parecía estar vacía. Ninguna señal de que allí viviera un ser humano.</p>
<p>Matías condujo deprisa y en pocos minutos llegó al hospital de San Roque. Pasó a la sala de espera de la UCI y allí se encontró a su madre, muy abatida. Al verle, se abrazó a él y empezó a llorar, intentando contarle lo que había pasado. Pero el llanto no le dejaba hablar. Matías la estrechó contra sus brazos y le pidió que se tranquilizara.</p>
<p>Cuando estuvo más calmada, le contó que su padre se había encontrado mal de repente y que ella se asustó mucho porque él no estaba. ¿Dónde te habías metido? le preguntó Eva entre sollozos.</p>
<p>En casa de un amigo mintió. Lo siento. Siento no haber estado en casa cuando me necesitabas. ¿Cómo está?</p>
<p>Su madre le explicó que no lo sabía, que no le habían dejado verlo desde que ingresó en la UCI, y que todos los que estaban en la sala eran familiares de enfermos ingresados en esta Unidad, que estaban esperando la llegada del médico para que les informase.</p>
<p>Matías intentó que su madre se marchase a casa, puesto que ya estaba allí él para informarse. Pero Eva no quiso irse. Ambos esperarían al médico y, según lo que dijera, ya verían lo que hacían.</p>
<p>Durante la espera, Matías se separó de su madre y llamó a Paula para informarle de la situación. Le dijo que ese día ya no iba a poder volver a Rossal, pero que la llamaría en cuanto supiera algo más concreto.</p>
<p>Al cabo de una hora, que a Matías se le hizo eterna, apareció el médico y empezó a llamar a los familiares de los ingresados para informarles. Una media hora después, les tocó el turno a ellos.</p>
<p>El médico, un hombre ya mayor, no se anduvo por las ramas y les dijo que Adán había sufrido un infarto de consideración y que se encontraba muy grave.</p>
<p>Según les informó, aún era prematuro saber si respondería satisfactoriamente al tratamiento, porque todavía no habían pasado las primeras 24 horas. Pero añadió que, a sus 85 años, no debían hacerse muchas ilusiones, y sí estar preparados para lo peor.</p>
<p>Les dijo que podían verlo durante unos minutos a través de un cristal. Y, puesto que no podían estar con él, les aconsejó que después se marchasen a su casa hasta el día siguiente.</p>
<p>Hasta mañana por la mañana no tendrán más información. Si se produce alguna novedad, yo mismo les avisaré. Es mejor que se vayan a descansar añadió en tono suplicante. Ustedes ya no pueden hacer nada por él.</p>
<p>Matías y su madre vieron a Adán, entubado y conectado a varias máquinas, desde el cristal de un pasillo. El impacto de verle de aquella manera fue muy fuerte para Eva, que sufrió un ataque de llanto y ansiedad.</p>
<p>Rápidamente fue sacada de la UCI y atendida por una enfermera, que le dio un tranquilizante. La mujer, profesional y acostumbrada a esas escenas, aconsejó a Matías que se la llevase a su casa para que pudiera descansar. Además, le dijo que la pastilla que le había dado la haría dormir.</p>
<p>Aunque al principio se resistió, Eva accedió finalmente a que se marchasen a casa.</p>
<p>Durante el trayecto en coche, no hablaron. Matías observó que su madre iba como zombi. Pensó que era la pastilla que empezaba a hacerle efecto. Al llegar, la acompañó a su habitación y la ayudó a quitarse los zapatos y a tumbarse en la cama.</p>
<p>Eva seguía sin hablar, aunque de vez en cuando gimoteaba.</p>
<p>Venga mamá, descansa un poco le dijo Matías mientras bajaba la persiana.</p>
<p>Yo creo que se va a recuperar ¿verdad? murmuró la mujer, con poca convicción.</p>
<p>Claro, no te preocupes mintió Matías, que no pensaba igual. Ahora duerme un poco.</p>
<p>Cuando iba a cerrar la puerta del dormitorio de su madre, Matías oyó que Eva le preguntaba: ¿Dónde estabas anoche?</p>
<p>Ya te lo he dicho, en casa de un amigo volvió a mentir, con la seguridad de que su madre no le había creído.</p>
<p>Paula estaba sentada al sol en la terraza, contemplando el mar, cuando recibió la llamada de Matías. Tenía el móvil junto a ella para poder oírlo si él la llamaba. De forma precipitada lo conectó y escuchó la voz que le llegaba del otro lado, con un tono de preocupación.</p>
<p>Matías le explicó lo que les había dicho el médico, y las pocas esperanzas que él tenía de que su padre saliera con vida de aquel infarto.</p>
<p>Es curioso dijo él mi padre y yo nunca nos hemos llevado bien y sin embargo ahora me da mucha pena pensar que puede morirse.</p>
<p>Paula no sabía qué decirle. Ella también estaba apenada. Aunque no conocía a su padre, sentía lástima por Matías y porque a lo largo de su vida no hubieran sido capaces de reconciliarse.</p>
<p>Ya ves cómo se complica todo. Si Adán muere, mi madre me va a necesitar a su lado más que nunca…</p>
<p>Paula le interrumpió:</p>
<p>Escúchame, no creo que éste sea el momento para hablarle a tu madre de mí. Ya habrá tiempo. Ahora debes estar a su lado, pase lo que pase. ¡Nosotros tenemos toda la vida por delante! Soy vieja, pero no tanto añadió Paula en tono alegre, queriendo animar a Matías.</p>
<p>La conversación no duró mucho más. Llamaban a la puerta de su casa y Matías dijo a Paula que tenía que abrir. Ella le pidió que la tuviera informada, y él quedó en volver a llamarla después.</p>
<p>Matías no se sorprendió cuando al abrir la puerta se encontró a Susana. Sin poder evitar un gesto de contrariedad, le indicó que pasase y respondió con frialdad a su abrazo.</p>
<p>Pens que tenía el don de la oportunidad. La que faltaba dijo para sus adentros.</p>
<p>Susana notó que, por muy afectado que estuviera con lo de su padre, la actitud de Matías con ella no era normal. Por eso se apresuró a preguntarle con firmeza: ¿Qué es lo que te pasa?</p>
<p>Matías reflexionó unos momentos antes de responder. Por una parte, se daba cuenta de que no era el mejor momento para hablarle de Paula. Por otra parte, estaba ya harto de engaños y quería aclarar las cosas cuanto antes. Finalmente, optó por decir:</p>
<p>La verdad, Susana, me pasan muchas cosas, pero no creo que éste sea el mejor momento para hablar de ellas, cuando mi padre se está muriendo.</p>
<p>Pues yo tengo algo que decirte. Me he escapado un rato de la farmacia para hablar contigo dijo ella con seguridad. ¿Tan importante es que no puede esperar? preguntó Matías de mala gana.</p>
<p>Sí, es muy importante, y creo que no puede esperar. A mí me hubiera gustado que las circunstancias fueran otras, pero…</p>
<p>Vale, pues tú dirás dijo Matías con frialdad e impaciencia.</p>
<p>Susana se sentó en un sillón de la sala de estar e indicó a Matías que hiciera lo mismo.</p>
<p>Éste lo hizo con desgana, pero antes de que ella empezara a hablar, oyeron gritos que procedían del dormitorio de su madre.</p>
<p>Se miraron y, sin mediar palabra, ambos se levantaron deprisa y acudieron corriendo al lado de Eva. Cuando llegaron a la habitación, la mujer estaba presa otra vez de un ataque de llanto y ansiedad.</p>
<p>Paula rebuscó en la despensa y el frigorífico algo para comer. No tenía ganas de salir ella sola. Seguro que los restaurantes y bares de la zona estaban hasta arriba, y prefería quedarse en casa. Además, Matías podía llamar en cualquier momento y era mejor que la pillara en casa.</p>
<p>También ella quería llamar a sus hijos para comunicarles que había llegado bien y que ya estaba en Rossal instalada de nuevo. Era raro que ninguno de los dos la hubiera llamado todavía. Pensó que quizás eso era un buen síntoma de que ya la consideraban mayorcita y podían prescindir de su tutela.</p>
<p>Como no había mucho surtido para comer, terminó haciéndose un sándwich de jamón de york con queso, y abriéndose una cerveza para tomarlo todo en la terraza. El día era estupendo. Al sol incluso hacía calor. Mientras comía, pensó en Matías y en todo lo que había pasado desde que volvió de la Gran Ciudad. ¡Dios mío dijo en voz alta si ni siquiera hace 24 horas! Últimamente parece como si toda mi vida se hubiera acelerado. Como si tuviera prisa por recuperar todo lo que no he vivido en los últimos años.</p>
<p>El sol de la terraza y el buen tiempo hicieron que Paula se adormeciera un poco después de la comida. Cuando se despertó, se preparó un café para espabilarse y buscó en la bolsa de viaje, que aún tenía sin deshacer, el manuscrito de Sara Bermúdez.</p>
<p>Cogió las gafas, se acomodó en una tumbona, y se dispuso a leerlo en el punto donde lo había dejado el día anterior, cuando volvía a San Roque en el tren.</p>
<p>Recordó la última frase que había leído: … repasé mi vida y me di cuenta de que, efectivamente, tenía muchas cosas que corregir y resolver, antes de seguir mi camino.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XX</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Tumbada en el asiento de atrás del coche de Daimon, hice casi todo el viaje dormitando. Él me estaba conduciendo a un lugar que, según decía, era muy importante para mí.</p>
<p>Salimos de Rossal todavía de noche, con la intención de llegar a aquel sitio, escondido entre las montañas de El Bierzo, antes de mediodía. Según había dicho Daimon, era conveniente que llegásemos cuando el sol se encontrase en su cenit, en su punto culminante de luz y fuego.</p>
<p>No paramos durante todo el viaje ni para echar gasolina. Cuando yo dejaba de dormir y trataba de mantener una conversación con Daimon, todos mis esfuerzos resultaban vanos.</p>
<p>Lo único que había podido sonsacarle desde hacía días, era que la visita a aquel lugar era muy importante para mí.</p>
<p>Pero no había manera de que me dijera por qué era tan importante y por qué sabía con tanta certeza que lo era. Yo le acusaba de hacerse el misterioso. Él se reía, pero no soltaba prenda.</p>
<p>A esas alturas de nuestra relación, ya no le preguntaba cómo o por qué sabía la mayoría de las cosas que me decía. Sin embargo, que no le preguntase no quería decir que yo no me interrogara a mí misma al respecto.</p>
<p>A veces las seguridades que afirmaba tener respecto a mi persona me sacaban de quicio. A pesar de ello yo las aceptaba porque confiaba en él. Y porque mi experiencia a su lado me decía que siempre tenía razón.</p>
<p>Tras varias horas de viaje, dejamos la autovía y llegamos a una aldea perdida en las montañas. Allí, aparcamos el coche y empezamos a andar por un camino de tierra por donde él me iba indicando. Después de haber pasado tanto tiempo dentro del coche, aquella caminata me sabía a gloria.</p>
<p>Yo iba muy atenta, mirando todo aquel bosque que rodeaba el camino descendente por el que íbamos andando. Aunque la pendiente no era muy pronunciada, era evidente que con cada paso nos adentrábamos más hacia el interior de un valle.</p>
<p>Al llegar a una encrucijada del camino, yo me adelanté y seguí uno de los dos senderos que se ofrecían. Daimon me preguntó: ¿Sabes hacia dónde vamos?</p>
<p>No tengo ni idea le respondí sin dejar de andar pero he tenido la certeza de que era por aquí.</p>
<p>Él no dijo nada y siguió detrás de mí. Sin ninguna razón especial, yo empecé a andar más deprisa, casi corriendo, como si de verdad supiera a donde iba. Era una sensación extraña, nada racional. Yo me dejaba llevar. Mis pies parecían saber a dónde me conducían. Mi emoción crecía por momentos, aunque no sabía por qué.</p>
<p>Al cabo de una media hora de caminata llegamos a un prado verde. Allí, escondida, había una ermita en ruinas, pero lo suficientemente en pie como para poder pasar a su interior.</p>
<p>Dejé a la entrada la pequeña mochila que llevaba a la espalda y el bastón que me había servido de apoyo. Con gran expectación me introduje en la ermita. Daimon se quedó en la puerta. Se diría que estaba atento a mis emociones y a lo que yo pudiera experimentar.</p>
<p>Cuando llegué adentro me quedé paralizada. Todo aquello me resultaba muy familiar.</p>
<p>En el lugar donde se ubicaba el altar, tras la mesa de piedra que hacía estas funciones, había unas pinturas muy desconchadas, que llamaron mi atención.</p>
<p>Las pinturas representaban dos columnas, a derecha e izquierda del altar, que sostenían a modo de dosel unas cortinillas azules con estrellitas. Me quedé pensando dónde había visto algo así, y de pronto me vino a la mente la carta número siete del Tarot de Marsella, que se denomina El Carro.</p>
<p>Este descubrimiento me causó una gran excitación interior, que se acrecentó aún más cuando miré hacia el techo. Allí, aunque estaba muy borroso, vislumbré toda la superficie pintada de azul cobalto como si se tratara de la representación del cielo tachonado de estrellas. ¡Como en la tumba de Egipto! grité.</p>
<p>Un poco aturdida por mi descubrimiento, salí corriendo de la ermita y, de forma atropellada, empecé a contarle a Daimon, muy alterada, que en otro tiempo el techo de esa ermita estaba pintado de azul con estrellas y que las pinturas que había detrás del altar, se correspondían con el arcano de El Carro del Tarot.</p>
<p>Excitadísima, lo cogí de la mano y lo llevé conmigo al interior de la ermita, señalándole al techo. Él se dejaba llevar.</p>
<p>Mira, ahí! Todo el techo estaba pintado! Aunque ahora no se vea bien…</p>
<p>Ese techo lo pintaste tú dijo con calma, pero con una certeza y autoridad que no admitía dudas.</p>
<p>Al escuchar sus palabras, algo se hizo añicos en mi interior. Mil espejos se rompieron.</p>
<p>Yo veía cada trozo flotando en el aire y reflejando imágenes diferentes. Estas se juntaban y separaban de forma alternativa, como si fuera un rompecabezas, para crear un todo único e inseparable.</p>
<p>Los oídos me zumbaban, sentí un ligero mareo y empecé a llorar de forma convulsiva.</p>
<p>Daimon me miraba sin hablar, observando cómo daba rienda suelta a mis emociones.</p>
<p>En un momento dado me abrazó y, con suavidad, me condujo hacia el prado verde y soleado que rodeaba a la ermita.</p>
<p>Ambos nos sentamos en el suelo y yo le dije:</p>
<p>No sólo pinté el techo de la ermita, también pinté el dosel como en la carta del Tarot.</p>
<p>Sí, lo sé dijo él.</p>
<p>Yo tenía un Tarot que traje de algún sitio. Y era algo muy apreciado por mí añadí con convicción, sin saber realmente de dónde salían mis palabras.</p>
<p>Emocionada, le miré fijamente a los ojos y algo en su interior me resultó familiar.</p>
<p>Tú y yo ya nos conocíamos antes ¿verdad? Estuvimos juntos en este sitio.</p>
<p>No era una pregunta, sino una afirmación.</p>
<p>Así es respondió Daimon con un tono de ternura en la voz. Tú y yo nos hemos sentado muchas veces en este prado, con otras personas, y hemos mantenido muchas conversaciones.</p>
<p>Yo asentía con la cabeza, sin poder evitar que las lágrimas acudieran a mis ojos.</p>
<p>Escucha bien lo que voy a decirte, Sara. Voy a hablarte de una vida pasada que compartimos.</p>
<p>Pensé que después de lo que había experimentado en el interior de la ermita, nada más podía sorprenderme. Me equivocaba.</p>
<p>Tú en esa vida eras cátara, vivías en Carcasona y viniste hasta aquí huyendo de la Inquisición y de las matanzas de cátaros en el sudeste francés.</p>
<p>Yo le escuchaba emocionada, sabiendo, sintiendo en lo más profundo de mi alma, que aquello era cierto. Él continuó:</p>
<p>Yo era templario. Estábamos asentados en El Bierzo y te acogimos y protegimos, como a tantos otros cátaros que vinieron huyendo desde Francia.</p>
<p>Al escuchar lo que decía Daimon, tuve una experiencia extraordinaria, de las que desafían a la razón y, sin embargo, no nos plantean ninguna duda.</p>
<p>En ese mismo escenario, en aquel mismo lugar donde estábamos sentados, vi a una mujer joven y supe que era yo. Físicamente no se parecía en nada a mi aspecto actual, pero yo no tenía ninguna duda de que esa mujer y yo éramos la misma persona.</p>
<p>Era joven, muy morena, delgada, con una melena rizada que le llegaba hasta los hombros y unos expresivos ojos negros que derrochaban vitalidad. Sin saber por qué la imagen cambió y yo vi a esa mujer, desnuda, en un paraje donde había una gran piedra, una especie de menhir, bailando a la luz de la luna.</p>
<p>Informé a Daimon de las visiones que estaba teniendo y él sonrió. Me dijo que no me asustase ni pensase nada malo. Que, entre otras cosas, yo trabajaba entonces con las energías de la luna.</p>
<p>También me confirmó que yo tenía un Tarot. Y que este Tarot de Marsella, aunque teóricamente se ignoraba su procedencia, había tenido su origen en los cátaros.</p>
<p>Al menos fueron ellos los que lo trajeron a nuestro país añadió y, concretamente, tú fuiste una de esas personas. Recuerdo cómo nos echabas las cartas, que para ti eran un libro cifrado que contenía las distintas etapas que recorren todos los humanos, del camino espiritual. ¿El Camino de los locos? pregunté empezando a encajar en mi mente las piezas de un rompecabezas, cuya magnitud aún no podía vislumbrar.</p>
<p>El Camino de los locos, Sara dijo mirándome fijamente a los ojos es el que recorren los sabios. ¿Comprendes ahora por qué el arcano en el que se sustenta todo ese camino iniciático que representa el juego del Tarot es precisamente El Loco?</p>
<p>Pero tú ya sabes todas estas cosas. ¡Eras tú quien nos las enseñabas! ¿Yooo? pregunté incrédula Eso me resulta imposible de aceptar.</p>
<p>Pues aunque no lo creas, así es. El problema es que no lo recuerdas. Pero no te preocupes, a partir de ahora empezarás a recordar.</p>
<p>Paula estaba tan embebida en la lectura del manuscrito, que no se dio cuenta de que su teléfono móvil estaba sonando. Como si regresase de un sueño, de pronto escuchó ese sonido familiar y se abalanzó hacia el aparato para darle a la tecla que lo conectaba.</p>
<p>Escuchó la voz infantil de su nieta, contándole que, como no había cole, mamá la había llevado al cine a ver una película de dibujos. Paula le preguntó si le había gustado, y Clara respondió afirmativamente, antes de pasarle el teléfono a su madre.</p>
<p>Hola mamá dijo Elena en tono jovial supongo que estarás bien, ya que no te molestas en llamarnos.</p>
<p>Lo siento, hija, pero anoche llegu tan cansada que me acost enseguida. Y hoy…</p>
<p>Paula no sabía qué excusa poner. Elena le facilitó las cosas.</p>
<p>Déjalo mamá, no hace falta que pongas ninguna excusa. ¿Estás bien? preguntó en el mismo tono alegre.</p>
<p>Sí, sí, estoy estupendamente. Y disculpa por no haber llamado. Por aquí hace un día estupendo. He salido a pasear por la playa mintió y al terminar de comer me he puesto a leer, y se me ha ido el santo al cielo.</p>
<p>Ya me dirás el título de la novela. Debe ser muy interesante ironizó Elena.</p>
<p>Si, está muy interesante…Ya te lo dir.</p>
<p>La conversación duró poco más. Paula se despidió de su nieta, que se puso de nuevo al teléfono, y después de su hija.</p>
<p>Impactada por lo que acababa de leer, reflexionó sobre la posibilidad de haber vivido otras vidas, antes que ésta. Aunque la propuesta le planteaba muchas dudas, algo en su interior simpatizaba con esa teoría.</p>
<p>Si eso fuera así, ¿habré conocido a Matías en otra vida? se preguntó en voz alta.</p>
<p>El teléfono volvió a sonar, interrumpiendo sus pensamientos. En la pantalla del aparato vio el nombre de su hijo.</p>
<p>También Fernando se quejó de que no le hubiera llamado la noche anterior, al llegar a Rossal. Y Paula volvió a repetir las mismas disculpas que le había dado a Elena.</p>
<p>La conversación con él fue aún más breve que con su hija. Intercambiaron comentarios sobre el tiempo que hacía en Rossal y en Sahala y Paula se despidió, pidiéndole a Fernando que le diera un abrazo a Amalia.</p>
<p>Al colgar, sonrió al comprobar que sus hijos se preocupaban por ella. Reflexionó que tenía mucha suerte al tener dos hijos como ellos. Pero no pudo evitar una especie de aguijón en el estómago al pensar cómo recibirían la noticia de su relación con Matías.</p>
<p>Tal y como discurrían las cosas, eso era algo a lo que se tendría que enfrentar, tarde o temprano.</p>
<p>Sintió un escalofrío y se dio cuenta de que apenas había ya luz suficiente ya para leer.</p>
<p>No era muy tarde, pero como en la madrugada del día anterior habían adelantado la hora, por el horario de invierno, enseguida se hacía de noche.</p>
<p>Se pasó al salón y cerró la puerta de la terraza. Se puso una rebeca para entrar en calor, y se sentó bajo una lámpara de pie que había junto al sofá. Pensó en cómo se encontraría el padre de Matías, y cómo reaccionaría su madre cuando la conociera.</p>
<p>Sin querer darle más vueltas al problema que se le avecinaba, Paula decidió para sus adentros que cada cosa en su momento. Volvi a coger el manuscrito de Sara y pens que cuando fuera a San Roque compraría, sin más demora, un Tarot de Marsella.</p>
<p>Matías se despertó sentado en el sillón de la sala de estar de su casa, que se encontraba en penumbra. Esa habitación nunca había sido muy luminosa, aún así estaba demasiado oscura. ¡Tanto había dormido!</p>
<p>Miró el reloj y cayó en la cuenta de que con el cambio de hora anochecía antes. No encendió la luz. Se encontraba muy cansado y contrariado con el ataque al corazón que había sufrido su padre, en el peor momento dijo para sus adentros.</p>
<p>No podía evitar pensar que Adán, que siempre había estado jodiendo, iba a seguir haciéndolo hasta el último día de su vida. Cerró los ojos y trató de relajarse un poco.</p>
<p>Suponía que Susana aún se encontraba en el dormitorio de su madre. Allí la había dejado él, intentando tranquilizarla.</p>
<p>Al parecer lo había conseguido, porque ya no se oían los gemidos de Eva. Después de acudir con Susana corriendo a su dormitorio, alertados por los gritos de su madre, ella le había suministrado otro calmante y le había echado de la habitación, diciéndole:</p>
<p>Déjanos solas. Ya me ocupo yo. Acuéstate si quieres y descansa un rato.</p>
<p>Matías había salido a tomarse un bocadillo. Aunque en realidad sólo era una excusa. Lo que quería era tomar un poco de aire, porque el ambiente de su casa le resultaba asfixiante.</p>
<p>Al volver se había asomado al dormitorio de su madre, y la había visto desde la puerta, hablando tranquilamente con Susana. Sin alertarles de su llegada, se había ido a la sala de estar y allí se había quedado dormido en el sillón.</p>
<p>Conforme se iba espabilando, el mal humor volvió a adueñarse de él, al pensar en Paula, en la necesidad de romper su relación con Susana, y en la situación familiar que se avecinaba con su madre, en el caso de que su padre muriera.</p>
<p>Me pregunto si todavía puede pasar algo peor dijo para sus adentros parece como si me hubieran echado una maldici n gitana, mal de ojo o algo así.</p>
<p>Decidido a tomar las riendas de la situación, se levantó de un salto y se metió en el baño para chapuzarse la cara. Cuando volvió a la sala de estar, Susana lo estaba esperando. ¿Has dormido bien? le preguntó cuando vine antes estabas como un tronco y no quise despertarte. ¿No tienes que trabajar? dijo él a modo de respuesta.</p>
<p>He llamado por teléfono a la farmacia y me han dado permiso para que me quede aquí con tu madre. No te preocupes, pueden arreglárselas sin mí. Además añadió bajando el tono de voz tengo que hablar contigo.</p>
<p>Soy todo oídos dijo Matías, sentándose para escucharla.</p>
<p>Susana se sentó a su lado en el sofá y carraspeó con nerviosismo. Matías la miraba con dudosa expresión en el rostro, y ella sonrió, alterada. ¿Qué es lo que pasa? preguntó él.</p>
<p>Estoy embarazada soltó Susana sin pensarlo más. ¡Quéee! ¿Qué has dicho? dijo Matías levantándose de un salto, con el rostro desencajado.</p>
<p>Lo que has oído: estoy embarazada. ¿Pero cómo es posible? ¡No puede ser! añadió él, perplejo. ¿Cómo que no puede ser? afirmó Susana un tanto enfadada Si hemos estado follando, puede ser. Y no sólo puede ser. Es que es. ¿Estás segura? ¿No te habrás equivocado? ¡Claro que estoy segura! ¿Cómo voy a equivocarme en algo así? Me he hecho varias pruebas hoy mismo en la farmacia, y han dado todas positivas. Llevaba ya cinco días de retraso en la regla, y yo soy puntual como un reloj.</p>
<p>Matías daba vueltas por la habitación, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando.</p>
<p>Lo primero que vino a su mente fue la imagen de Paula. ¿Cómo iba a decirle que estaba esperando un hijo de otra mujer? O ¿cómo iba a decirle a Susana ahora que estaba enamorado de otra? ¡Esto es increíble! dijo elevando el tono de voz no puede estar pasándome algo así. ¡No me lo puedo creer!</p>
<p>Se dejó caer en el sillón, y escondió la cabeza entre las manos. Susana lo observaba, sin atreverse a decir nada. Al cabo de unos momentos encontró las suficientes fuerzas para decir:</p>
<p>Voy a tener ese hijo, contigo o sin ti.</p>
<p>Matías dejó de sujetarse la cabeza con las manos y la atravesó con la mirada. En esos momentos sintió un odio profundo hacia ella y le dieron ganas de gritarle que tuviera el hijo ella sola, puesto que él no había sido consultado.</p>
<p>Pero no dijo nada, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Al cabo de unos instantes, aún con los ojos cerrados, ya más sereno, preguntó a Susana.</p>
<p>Me gustaría que me explicaras qué ha pasado. Por qué voy a tener un hijo, sin que me hayas consultado. No puedo creerme que esto haya sido un accidente. Cuando hacíamos el amor, no utilizábamos preservativos porque tú me dijiste que no hacía falta, que tomabas anticonceptivos. ¿Qué ha pasado? preguntó con calma, abriendo los ojos y mirándola fijamente.</p>
<p>Susana se echó a llorar y, a trompicones, dijo al fin:</p>
<p>Puedes creer lo que quieras. Yo no lo he planeado, ha ocurrido, sencillamente. ¿Cómo que ha ocurrido sencillamente? gritó Matías, perdiendo los nervios.</p>
<p>Estas cosas no ocurren sencillamente. La pregunta es muy simple: tomabas o no tomabas anticonceptivos? Y si no tomabas ¿por qué no me lo dijiste? ¡No tomaba, no! respondió ella gritando ¿Para qué iba a tomar si casi nunca nos acostamos juntos? Al principio sí tomaba, pero luego dejé de hacerlo. Aún así, los días que hicimos el amor en el coche y en el hotel, yo tomé precauciones.</p>
<p>Ya, ya veo lo bien que las tomaste dijo Matías en tono irónico ¿Y se puede saber cómo tomaste precauciones?</p>
<p>Usé un espermicida dijo Susana bajando la voz. ¿Qué coño es eso? preguntó él, visiblemente enfadado.</p>
<p>Es un gel muy bueno que compr en la farmacia… Aunque es obvio que no ha dado resultados.</p>
<p>Sí, es obvio. Pídele a tu jefa que te devuelva el dinero afirmó él en tono sarcástico.</p>
<p>Matías no sabía qué pensar. A su mente acudieron los recuerdos del cambio en el comportamiento de Susana. Del día en que había ido a buscarle a la Biblioteca en su coche, y se lo había llevado a una playa para hacer el amor.</p>
<p>Recordó también cómo ese mismo fin de semana ella había reservado habitación en un hotel, para que pasasen la noche juntos, rompiendo así con lo que había sido su comportamiento habitual.</p>
<p>Por mucho que quisiera pensar que el embarazo de Susana había sido un accidente, no lo podía creer. No creía que ella hubiera usado ningún espermicida, ni nada similar. Lo que pensaba es que, de forma deliberada, ella lo había engañado para quedarse embarazada.</p>
<p>Susana se acercó hasta Matías, con lágrimas en los ojos, y le puso una mano sobre el hombro. Con voz entrecortada, le dijo:</p>
<p>Tienes que creerme, ha sido un accidente. Yo no lo he provocado, pero ya que está aquí, bienvenido sea… Yo no te pido nada añadió haciendo pucheros haz lo que creas más conveniente… Pero piensa que tampoco es tan grave. Tarde o temprano íbamos a casarnos y tendríamos hijos.</p>
<p>Matías la observó y no pudo evitar una sonrisa irónica, destinada más a sí mismo que a Susana. ¿Cómo iba a decirle que él nunca tuvo intención de casarse y de tener hijos con ella? ¿Cómo iba a decirle que había otra mujer? ¿Cómo iba a hacerle ver que ella se había montado una película ficticia sobre su relación, que nunca se había ajustado a la realidad?</p>
<p>Permaneció en silencio, pensando que lo que le pasaba sólo podía ser una broma pesada del destino. Pensó en Paula y también en lo que debía hacer ahora, pero no conseguía concentrarse. Le dolía mucho la cabeza, necesitaba descansar. Pensar con calma en todo lo que estaba pasando. Y tomar una decisión.</p>
<p>Pero qu decisi n? dijo para sus adentros Pensó que, aunque decidiera quedarse con Paula, ¿cómo iba a explicarle que la había estado mintiendo y que mantenía una relación con Susana al mismo tiempo que con ella? ¿Cómo iba a decirle que estaba esperando un hijo de otra?</p>
<p>La situación era muy complicada, y él no tenía fuerzas para pensar, y mucho menos para decidir nada. Reflexionó que lo mejor era dejarlo estar y tratarlo al día siguiente con más calma. Necesitaba consultarlo con la almohada.</p>
<p>Así se lo iba a decir a Susana, cuando sonó su teléfono móvil. Matías lo cogió y, de forma instintiva, se salió al pasillo para hablar. Al cabo de unos minutos volvió a la sala de estar y le dijo a Susana:</p>
<p>Adán ha muerto.</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XXI</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Paula se había quedado perpleja. Con atención, miró y volvió a mirar el manuscrito de Sara Bermúdez. Evidentemente, y por mucho que lo volviera del derecho y del revés, allí no había nada más. Se había terminado.</p>
<p>Si te fijabas bien, se notaba que faltaban páginas, las hojas habían sido cortadas con unas tijeras a ras del lomo. ¿Quién podía haber hecho algo así, la propia Sara? Pero ¿con qué sentido? Aquello no tenía ni pies ni cabeza.</p>
<p>Vaya, con lo emocionante que estaba se lamentó Paula en voz alta.</p>
<p>Después de la secuencia en que Sara descubría que había sido cátara, el manuscrito apenas si contaba nada más. Sólo unas pequeñas reflexiones sobre cómo la vida de la escritora había cambiado sustancialmente, a partir de ese momento. Y sobre cómo empezaban a llegar a su mente recuerdos de otras vidas, que daban aún más sentido a su existencia actual.</p>
<p>Después de eso, Daimon anunciaba a Sara que tenía que recorrer la ruta de las estrellas, desde Santiago de Compostela hasta Fisterra. Pero nada se decía ya en el manuscrito sobre este recorrido, puesto que las hojas habían sido cuidadosamente cortadas.</p>
<p>Las últimas palabras que leyó Paula, reflejaban el momento en el que Daimon decía a Sara que tenía que volver al punto donde se encontraron, frente a la Catedral, en la Plaza del Obradoiro. Desde allí debía seguir las flechas amarillas que la conducirían al lugar donde realmente terminaba ese mágico Camino: el mar.</p>
<p>El mar añadió Daimon es el origen de nuestra vida en la tierra, y con tu regreso se cierra así un simbólico círculo.</p>
<p>O sea que el Camino a Fisterra empieza donde el otro termina, ¿en la concha que hay en el suelo, y que indica el kilómetro cero? preguntó Sara.</p>
<p>Así es dijo Daimon, satisfecho ¿y qué te recuerda ese cero, que no tiene valor en sí mismo, pero que añadido a otros números es tan importante?</p>
<p>El arcano del Loco, otra vez. El que no tiene número. El peregrino. Porque El Loco es el peregrino, verdad? El que sigue el Camino de los locos.</p>
<p>El Loco es el que anuncia la manifestación de la divinidad en la vida. Es la encarnación de esa divinidad en el hombre, así hay que interpretarlo. El que recorre el camino de los locos está irremediablemente abocado a defender en su existencia nuevos valores, dejando atrás la importancia de las empresas materiales. Por eso este arcano viaja con tan poco equipaje, sólo con un hatillo en el hombro. Necesita ir ligero y las posesiones, no sólo materiales, sino emocionales y mentales, atrasan. Incluso pueden llegar a impedir el recorrido por el camino del espíritu. De forma provisional, claro añadió porque no hay nada que pueda impedirlo realmente. Todos estamos abocados a regresar a nuestra esencia espiritual. ¿Qué más puedes decirme del Camino de Santiago a Fisterra? preguntó Sara con interés. ¿Qué quieres que te diga? Es la parte más simbólica de todo el Camino de Santiago.</p>
<p>Dura tres días. Cuando el peregrino finaliza la ruta de las estrellas en la Catedral añadió llega hasta una tumba. Porque ese es un Camino de muerte. El peregrino se ha transmutado, y la personalidad que empezó en Roncesvalles, muere. La persona que comenzó, no es la misma que lo termina. Pero la alquimia interior aún no se ha realizado del todo continuó. Tras esa muerte iniciática, el peregrino tiene que resucitar y lo hace, simbólicamente, al tercer día. Cuando llega al lugar donde se ubica el fin de la tierra, o lo que es lo mismo, Fisterra, más allá sólo está el mar Atlántico.</p>
<p>Las aguas donde cada jornada muere el sol, para renacer al día siguiente. Por eso el grito de los peregrinos cuando en la Edad Media llegaban a Santiago era: ¡¡ Ultreya!!</p>
<p>Más allá.</p>
<p>Estas palabras,</p>
<p>Ultreya!! Más allá, eran las últimas que figuraban en el manuscrito de Sara Bermúdez. Despu s, no había nada. El libro, titulado El camino de los locos, terminaba ahí. A continuación sólo se encontraba el vacío dejado por unas hojas pulcramente cortadas. Este vacío recordaba que aún había más, que ese no era el final.</p>
<p>Pero por alguna razón que Paula ignoraba, no era accesible para ella.</p>
<p>Sin poder evitar cierta inquietud en su pecho, se levantó del sofá y salió a la terraza.</p>
<p>Hacía fresco y se frotó los brazos. La noche era oscura, no había luna, pero las estrellas brillaban con intensidad. Sin darse cuenta se le había pasado la tarde leyendo.</p>
<p>Miró el reloj, era hora de cenar, pero no tenía hambre. Sintió remordimientos al haberse olvidado de Matías y de su padre. Se preguntó cómo estaría evolucionando el anciano del infarto que había sufrido.</p>
<p>Razonó que era muy raro que Matías no la hubiera llamado. Entró al salón y cogió el teléfono móvil. Nada. Confirmó que no tenía llamadas perdidas o mensajes. Cuando iba a dejarlo nuevamente en la mesa, sonó la familiar musiquilla del anuncio de Coca cola.</p>
<p>Era Matías. Se sobresaltó al ver su nombre en la pantalla.</p>
<p>Al escuchar el tono de su voz, Paula supo de inmediato que algo malo había pasado.</p>
<p>Adán ha muerto dijo Matías sin más rodeos.</p>
<p>No sabes cómo lo siento se lamentó Paula aunque ya era una persona mayor y en cierto modo se espere, supongo que no por eso deja de ser más doloroso. Yo era muy pequeña cuando murió mi madre, apenas me acuerdo.</p>
<p>Matías permaneció en silencio, pensando que no era la muerte de su padre lo que más le afectaba en esos momentos. Suspiró y, con voz entrecortada, añadió:</p>
<p>Ahora estoy en el tanatorio del hospital, no puedo hablar mucho. Mi madre ha estado toda la tarde muy alterada y tengo que estar pendiente de ella.</p>
<p>Claro dijo Paula debe ser muy duro… Quieres que vaya? Puedo hacer algo?</p>
<p>Me gustaría estar a tu lado, pero no quiero molestar y…</p>
<p>No, por favor, no vengas la interrumpió Matías con cierta brusquedad Te agradezco mucho el ofrecimiento, pero no creo que fuera lo más oportuno en estos momentos… Prefiero que no vengas concluyó, en un tono más suave, que a Paula le pareció forzado.</p>
<p>Como quieras dijo ella, a la defensiva. Sólo quiero que sepas que estoy a tu lado.</p>
<p>Gracias… Ahora tengo que colgar.</p>
<p>Sí claro… Cuándo es el entierro? preguntó, al comprobar que Matías no le decía nada.</p>
<p>Mañana a las 7 de la tarde, en la iglesia del cementerio… Pero preferiría que no vinieras dijo con sequedad.</p>
<p>Bueno, como quieras, pensaba acercarme…Allí habrá mucha gente y pasar desapercibida.</p>
<p>Mejor que no vengas, Paula le pidió él. No me presiones, por favor. Déjame que haga esto a mi manera. Yo te llamaré cuando todo este lío haya pasado. Ahora tengo cosas que resolver y no puedo pensar en nosotros.</p>
<p>Paula se quedó atónita al escucharle, sin saber qué era lo que le molestaba tanto.</p>
<p>Experimentó un pinchazo en el pecho, se sintió herida.</p>
<p>No era mi intención presionarte, ni muchísimo menos afirmó con tristeza en la voz y no creo que mi presencia en el entierro de tu padre fuera causa de molestia para nadie. No se trata de que me presentes a tu madre. Mi intención al asistir era sólo la de poder estar a tu lado en estos momentos de dolor… Pero si no quieres que vaya añadió no iré.</p>
<p>Entre ambos se instaló un pesado silencio. Finalmente, Matías suavizó el tono de frialdad que había empleado, y dijo:</p>
<p>Perdóname, no quería que te molestaras. Ya sé que no me presionas, son otras circunstancias las que me están presionando, no tú. ¿A qué otras circunstancias te refieres? preguntó Paula con interés.</p>
<p>Ahora no puedo hablar, está llegando gente al tanatorio y tengo que atenderlos. Mi madre está muy nerviosa. Ya hablaremos y… perd name, de verdad.</p>
<p>No te preocupes, supongo que estos son momentos muy duros para ti. Ya hablaremos.</p>
<p>Sí, ya hablaremos. De todas maneras insistió Matías preferiría que no vinieras mañana al entierro. No te voy a poder atender.</p>
<p>Vale, no te preocupes, si no quieres que vaya, no iré dijo Paula de mala gana, antes de colgar.</p>
<p>Cuando dejó el móvil sobre la mesita que había junto al sofá, Paula se puso a llorar. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero tenía acumulada en el pecho una gran tensión, que necesitaba desahogar.</p>
<p>Durante un buen rato permaneció llorando, dando rienda suelta a sus emociones.</p>
<p>Cuando se hubo tranquilizado, se dio cuenta de que no estaba mejor, sino que por dentro se sentía aún más enfadada. Se preguntó el porqué y, para descubrirlo, empezó a mantener un diálogo consigo misma.</p>
<p>Hablar en voz alta, como si tuviera una conversación con otra persona, siempre la había ayudado a clarificarse: ¿Por qué estás tan enfadada? se preguntó. O mejor dicho ¿con quien?</p>
<p>Pensó unos momentos antes de responderse. Si algo no se podía permitir era engañarse a sí misma. Para empezar, estaba enfadada con Matías. Esa persona arisca y cortante, con la que acababa de hablar por teléfono, no se parecía nada al hombre tierno y cariñoso que había pasado la noche a su lado y había desayunado con ella, esa misma mañana. Y ese cambio tan brusco, en tan poco tiempo, era algo que no le gustaba nada.</p>
<p>Siempre le habían molestado profundamente los injustificados cambios de humor de su marido, y no estaba dispuesta a tener que aguantar a otro Paco, pendiente de comprobar con qué talante se había levantado ese día, para ver si salía el sol o había tormenta.</p>
<p>Claro que en estas horas ha ocurrido algo tan excepcional, como que su padre ha muerto afirmó una Paula que, sin lugar a dudas, estaba a favor de justificar cualquier actitud de Matías.</p>
<p>Tras una breve pausa, como para tomar aliento, continuó:</p>
<p>Si, pero esa circunstancia, siendo muy importante, aclaró, recalcando la frase no es motivo suficiente como para que me diga que le estoy presionando, por algo tan simple y natural como querer asistir al entierro de su padre.</p>
<p>Esperando la respuesta de la otra Paula, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como el que remacha un clavo bien puesto. La otra, no tard en responder:</p>
<p>Es evidente que no le has presionado. Él mismo te lo ha aclarado. Ha dicho que lo que le presionaban eran otras circunstancias, y no tú.</p>
<p>Paula suspiró profundamente y, dispuesta a terminar con el monólogo, se preguntó en voz alta: ¿Y qué coño de circunstancias son esas? ¿A qué se refiere? ¿Por qué tanto misterio? ¿Por qué tanto empeño en que no asista al entierro? ¿Por qué no voy a asistir si quiero hacerlo? ¡Ni que yo tuviera que esconderme de algo! Soy una persona libre y adulta, y voy donde quiero… Así que, le guste o no, ma ana ir al entierro concluyó con convicción. ¡Ya soy muy mayorcita para permitir que me digan lo que tengo que hacer!</p>
<p>Matías esperaba a la puerta de la iglesia del cementerio a que llegase el féretro con los restos mortales de su padre. Si le hubieran preguntado qué sentía en esos momentos, no hubiera sabido qué responder. Estaba tan impactado con el embarazo de Susana, que esa noticia había dejado en un plano secundario la muerte de Adán.</p>
<p>Mientras aguardaba y recibía el pésame de las personas que acudían a la iglesia, Matías no dejaba de darle vueltas a una breve conversación que acababa de tener con su madre.</p>
<p>Eva, vestida de riguroso luto, le estaba ayudando a hacerse el nudo de la corbata, que hacía juego con el traje gris marengo que Matías llevaba puesto para la ocasión. A lo largo de su vida se había puesto tan pocas veces corbata, que nunca había aprendido a hacerse bien el nudo.</p>
<p>Después de los ataques de ansiedad que había sufrido el día anterior, su madre se mostraba en esos momentos tranquila y serena, manejando la situación con gran aplomo.</p>
<p>Fue ella la que estuvo pendiente de las flores, la música, las velas, y de todos los detalles. Como si en lugar de organizar un entierro, se tratase de una fiesta. Matías la observaba, un tanto perplejo. Llegó a pensar que estaba disfrutando del momento.</p>
<p>Al verla elegir con tanta frialdad el vestuario más adecuado, y comprobar cómo su peluquera acudía a casa para peinarla, Matías pensó que su madre parecía estar viviendo una liberación, largamente esperada.</p>
<p>Cuando terminó de hacerle el nudo de la corbata y le ayudó a ponerse la chaqueta, Eva lo condujo cariñosamente ante un espejo en el que podía verse de cuerpo entero, y sonrió satisfecha al ver lo guapo que estaba su hijo.</p>
<p>La cara de Matías, sin embargo, no hacía juego con la sonrisa y el aplomo que demostraba su madre. Al contrario, se le veían ojeras y el gesto amargado.</p>
<p>Vamos dijo Eva dándole un golpecito cariñoso en la espalda no pongas esa cara… Lo que tienes que hacer es casarte con Susana y formar una familia. Ya eres mayorcito para andar por ahí tan suelto.</p>
<p>Matías se quedó completamente mudo y con cara de idiota, mientras notaba cómo la rabia que se había generado en la boca del estómago, le subía a la garganta. ¿Quéeee? ¿Sabes que Susana está embarazada? dijo sin poder contener una mirada de rencor hacia su madre.</p>
<p>Hijo le respondió ésta una madre lo sabe todo… Y cuando digo todo añadió de forma enigmática, empujándole suavemente hacia la puerta de la calle me refiero a todo… No s en qu pensáis los hombres, la verdad. Si yo no me hubiera empe ado, tú tampoco habrías nacido nunca.</p>
<p>Las palabras de Eva impresionaron vivamente a Matías. No se le iban de la cabeza.</p>
<p>Durante el trayecto en coche hasta la iglesia del cementerio, no volvió a cruzar palabra con su madre. Pero en su mente empezaban a encajar las cosas con claridad. Una claridad que, lejos de gustarle, le ponía los pelos de punta.</p>
<p>Después de esa conversación con Eva, sus sospechas se habían confirmado. Ya no tenía ninguna duda de que el embarazo de Susana no había sido casual. Ella lo había engañado para tener ese hijo. Y seguramente lo había hecho con el beneplácito y la complicidad de su propia madre. ¡Cómo había sido tan idiota para no darse cuanta de que ambas mujeres conspiraban a sus espaldas!</p>
<p>Quizás Eva se había enterado de su relación con Paula. Esa frase lapidaria que había pronunciado, de que lo sabía todo le hacía sospechar que eso era posible. Y quizás esa relación en ciernes era lo que había movido a ambas mujeres a idear el embarazo de Susana, para provocar y acelerar la boda que tanto deseaban las dos.</p>
<p>Los pensamientos de Matías quedaron interrumpidos por la llegada del féretro con los restos mortales de Adán. El cura, que también aguardaba en la puerta, roció el ataúd con agua bendita y pronunció una oración. Después, Matías y un grupo de amigos de sus padres, cargaron con la caja y la introdujeron en la iglesia, depositándola frente al altar.</p>
<p>Paula llegó a la iglesia en el taxi que la había recogido en Rossal para trasladarla al cementerio de San Roque. Había dudado mucho a la hora de escoger la ropa para asistir al entierro. No se le había pasado por la cabeza vestirse de negro, pero tampoco quería llamar la atención. Finalmente, eligió un traje de pantalón blanco, con una blusa negra bajo la chaqueta.</p>
<p>Cuando entró en la iglesia, la misa ya había empezado. Deliberadamente había elegido llegar un poco tarde, para no tener que encontrarse con Matías antes del funeral. Él no había vuelto a llamarla desde la noche anterior, y no sabía muy bien cual iba a ser su reacción cuando la viera en el entierro.</p>
<p>La iglesia no era muy grande, y se encontraba llena. Paula se situó, discretamente, en uno de los últimos bancos. Desde su ubicación, pudo ver a Matías vestido con un traje.</p>
<p>Pensó que estaba muy guapo. A su derecha había una mujer enlutada, muy arreglada.</p>
<p>Paula dedujo que debía ser su madre.</p>
<p>A la izquierda de Matías había una joven rubia. Vestía un traje de chaqueta de color café con leche, con la falda muy ajustada y bastante corta. Paula se preguntó quien sería, puesto que Matías no tenía hermanas. Pensó que debía ser alguien de la familia, quizás alguna prima.</p>
<p>Sin saber por qué, Paula no dejó de observar los movimientos de esa joven. Ella, a su vez, estaba pendiente de Matías. Durante la homilía, vio cómo le cogía la mano con un gesto de consuelo. Esta imagen hizo que Paula sintiera una punzada en el estómago.</p>
<p>Al terminar la misa, Paula se quedó en el banco sin saber qué hacer. La gente hacía cola para dar el pésame. Al observar que también echaban la mano y besaban a la joven rubia que había junto a Matías, Paula pensó que, sin duda, ella sería de la familia.</p>
<p>El día de difuntos había amanecido cálido y soleado. Aunque a esas horas el sol ya se había puesto, dentro de la iglesia hacía un calor asfixiante. El olor del incienso, mezclado con el de las flores y el humo de los cirios, provocó en Paula un ligero mareo.</p>
<p>Como no quería llamar la atención, decidió salirse afuera para esperar allí a Matías.</p>
<p>Se apartó de la puerta de la iglesia y se alejó hasta llegar a una esquina. Desde allí podría ver, de forma discreta, la salida de Matías cuando terminase el pésame. Mientras esperaba, no pudo evitar oír una conversación entre dos mujeres, al otro lado de la pared.</p>
<p>Hablaban en un tono bastante alto. Desde donde estaban, no podían ver a Paula. Al principio ella estaba inmersa en sus pensamientos, y no prestó atención a lo que estaban diciendo. Pero al escuchar el nombre de Matías, puso interés en la conversación. ¡Pobre Matías! decía una de ellas se le ve muy afectado, más que a Eva, que la he visto muy serena. Ayer estaba con un ataque de nervios… Susana se tuvo que ir de la farmacia para atenderla. Desde luego, no se podrá quejar porque esta chica la quiere muchísimo. Cuando se case con Matías, se podrá decir aquello de que Eva no pierde un hijo, sino que gana una hija. ¡Pocas suegras y nueras se llevan tan bien como ellas! ¡Y que lo digas! afirmó la otra mujer, asintiendo con la cabeza.</p>
<p>Paula tuvo que apoyarse en la pared. No daba crédito a lo que estaba escuchando. ¿Cómo que Matías iba a casarse con una tal Susana? Este pensamiento le trajo a la memoria la imagen de la joven rubia que estaba junto a él en la iglesia. Procurando que las mujeres no la vieran se acercó más hacía la esquina, pegada a la pared, para seguir escuchando lo que decían. ¿Y cuando es la boda? preguntó una de las mujeres.</p>
<p>Pues no lo s, pero no creo que tarde demasiado… Es que Susana está embarazada añadió la otra bajando un poco la voz, aunque no lo suficiente como para que Paula no lo oyera.</p>
<p>Al escucharlo, ésta sintió un vuelco en el estómago, y tuvo ganas de vomitar. ¡Qué me dices! ¿Y tú cómo lo sabes, te lo ha dicho ella?</p>
<p>No me lo ha dicho directamente, pero se hizo tres pruebas de embarazo en la farmacia, y las tres le dieron positivas. No es que yo quisiera enterarme, pero casualmente me enteré dijo riéndose por lo bajines.</p>
<p>La otra mujer también se rió, y ambas hicieron unos comentarios en voz baja, que Paula no pudo entender.</p>
<p>Pues sabes lo que te digo dijo una de las mujeres que con una boda y un nacimiento previsto, lo mejor que les ha podido pasar es que Adán se haya muerto ahora.</p>
<p>Es verdad corroboró la otra estaba ya muy mayor y… un poco ido de la cabeza.</p>
<p>Tanto la madre como el hijo estaban esclavizados con la enfermedad de Adán… Ahora podrán vivir más tranquilos. Además, es ley de vida.</p>
<p>Paula no quería seguir escuchando más. Quería salir corriendo de allí, pero sus piernas no la obedecían. Estaban como clavadas al suelo, inmóviles. Se había quedado petrificada, como si aquello sólo fuera un mal sueño.</p>
<p>Pero si no es real, si s lo es una pesadilla, por qu duele tanto?, se pregunt en su interior.</p>
<p>No hubiera sabido decir el tiempo que permaneció allí, junto a aquella pared. A lo lejos vio cómo salía de la iglesia, y se adentraba en el cementerio, el féretro con los restos mortales de Adán, seguido de un numeroso grupo de gente.</p>
<p>Entre ellos divisó a Matías, flanqueado por las dos mujeres que lo cogían del brazo, una a cada lado.</p>
<p>Su madre y su novia dijo Paula en voz baja, entre sollozos.</p>
<p>La imagen le provocó una tremenda angustia y, sin poder evitarlo, empezó a llorar.</p>
<p>Cuando consiguió tranquilizarse un poco y pudo moverse, se alejó de allí a toda prisa, en busca de un taxi que la llevara a su casa.</p>
<p>No quería que Matías la encontrara allí después de enterrar a su padre. No quería que la viera.</p>
<p>O mejor dicho susurró soy yo la que no quiere verlo más</p>
<empty-line/>
<epigraph>
<p>CAPÍTULO XXII</p>
</epigraph>
<empty-line/>
<p>Paula paseaba descalza por la orilla de la playa. El día era luminoso, pero fresco.</p>
<p>Llevaba los pantalones remangados y, en algunos momentos las olas le mojaban los pies. El agua estaba fría, pero ella no la evitaba. Al contrario, agradecía ese frescor que le estimulaba la circulación de la sangre.</p>
<p>Había leído que en los pies están reflejados todos los órganos del cuerpo. Que son como una especie de mapa de nuestro organismo, y que al masajear el lugar correspondiente a un determinado órgano en la planta del pie, se restituye la energía y el equilibrio en ese órgano concreto.</p>
<p>Ella, en esos momentos, necesitaba un aporte de energía extra en su organismo porque, después de la ruptura con Matías, se había quedado floja y desanimada, sin verle demasiado sentido a su existencia. Lloraba con frecuencia y después de hacerlo se sentía aún peor, porque no le gustaba experimentar lástima por sí misma.</p>
<p>Habían pasado ya varios días desde la ruptura, y esa misma mañana se había visto sorprendida por una llamada de Matías. La conversación había sido breve, sólo para informarle que se casaba el día 28 de diciembre.</p>
<p>Paula pensó que era una fecha muy apropiada: el día de los inocentes. Al fin y al cabo lo que propiciaba esa boda era la próxima llegada al mundo de un ser inocente.</p>
<p>Aspirando la brisa fresca del mar, recordó la conversación que habían tenido, unas horas atrás.</p>
<p>No sé por qué me llamas para contarme que te casas. ¿No me estarás invitando? ¿No pretenderás que vaya a llevarte las arras? ¿O quizás me llamas para que le lleve la cola a la novia? le preguntó Paula, con sarcasmo e irritación.</p>
<p>No, perdona. Quizás no haya sido buena idea llamarte. No era mi intención enfadarte…</p>
<p>Entonces ¿cuál era tú intención? le interrumpió ella con brusquedad.</p>
<p>Verás, tengo muy mala conciencia con respecto a ti. Creo que no me porté bien contigo. No espero que me perdones en estos momentos, porque aún está todo muy reciente, pero sí me gustaría que lo hicieras en el futuro.</p>
<p>Ya. Vamos, que te portas como un cerdo, y encima quieres quedar bien… Por qu me llamas para decirme que te casas? ¿No es suficiente con el daño que me has hecho? dijo Paula, sin poder evitar un sollozo al final de la frase.</p>
<p>Matías no respondió de inmediato. Un denso silencio se interpuso entre ambos. Pasados unos momentos, se disculpó otra vez.</p>
<p>Lo siento, Paula, no quería hurgar en la herida. Ha sido una tontería llamarte… Pero, aunque no lo creas, me sentía en la obligación de decírtelo. No pienses que para mí está resultando nada fácil añadió pensé romper con Susana y tratar de recuperar tu cariño. Pero me di cuenta de que iba a ser imposible. Se trata de mi hijo, y eso lo cambia todo. Aunque tú me hubieras perdonado y siguiéramos juntos, ese niño se iba a interponer siempre entre nosotros. Creo que lo más conveniente es lo que voy a hacer, casarme… lo cual no quiere decir que sea lo mejor para mí.</p>
<p>Paula suspiró profundamente y permaneció en silencio unos instantes. En realidad no sabía qué responder. No podía decir que no comprendiera las razones de Matías para casarse, pero eso no aliviaba su dolor. Finalmente, y tratando de contener el llanto, dijo:</p>
<p>Adi s, Matías. No vuelvas a llamarme… Iba a decirte que espero que seas feliz, pero además de que me parece una cursilada, en estos momentos estoy muy dolida contigo y tu felicidad me importa un bledo.</p>
<p>Claro, lo comprendo dijo él. No te preocupes, no te molestar más…</p>
<p>Por cierto le interrumpió Paula tengo la novela de Sara Bermúdez, El color de las palabras, que me trajiste de la Biblioteca. La fecha de devoluci n ya se ha pasado… lo digo porque el préstamo está a tu nombre y no quiero que tengas problemas.</p>
<p>Bueno, puedes quedártela. La compraré y la repondré yo en la Biblioteca. No te preocupes.</p>
<p>Bien, pues eso es todo. Adiós, Matías dijo Paula antes de colgar, sin darle tiempo a responder.</p>
<p>Paula se sentó en una mesa al sol, en un pequeño bar que había junto a la playa. El recuerdo de la conversación que acababa de mantener con Matías, le trajo a la memoria la que había tenido lugar, unos días atrás, la misma noche del entierro de su padre, cuando rompió con él.</p>
<p>En aquella llamada telefónica, Paula no le dio opción a muchas explicaciones. Cuando llegó en taxi a su casa, aún muy alterada por lo que acababa de oír, llamó a Matías y le soltó de una que lo sabía todo. Que tenía novia, una tal Susana, que estaba embarazada y que iban a casarse.</p>
<p>Matías se quedó atónito y tardó un rato en reaccionar: ¿Cómo te has enterado?</p>
<p>Es curioso cómo me he enterado dijo Paula visiblemente afectada he ido al entierro de tu padre y allí he escuchado a dos mujeres hablar. Una se lo estaba contando a la otra. Sé hasta que tu novia se hizo varias veces la prueba del embarazo en una farmacia, y que todas le dio positiva.</p>
<p>Matías no podía dar crédito a lo que estaba oyendo. ¿Cómo era posible que le estuviera ocurriendo algo así?</p>
<p>Ahora comprendo por qué ponías tanto empeño en que no fuera al entierro de tu padre. No lo entendía, pero ahora ya lo sé. No querías que viera a esa chica cogida de tu brazo, haciéndote caranto as durante el funeral. Pero la vi… Qu imb cil, pens que sería algún familiar, alguna prima tuya o algo así…! Bueno, tampoco iba tan desencaminada añadió con ironía y rabia prácticamente era ya de la familia ¿no?</p>
<p>Paula, no sé qué puedo decirte afirmó Matías con un tono de lamento en la voz.</p>
<p>Sólo respóndeme a dos preguntas muy sencillas. ¿Esta chica es tu novia? ¿Está embarazada?</p>
<p>No es tan sencillo… ¿Sí o no? le apremió Paula, tajante Vamos, si no es verdad, dime que todo es mentira.</p>
<p>Matías resopló al otro lado del teléfono, antes de responder:</p>
<p>No, no es mentira. Me gustaría decirte otra cosa, pero lo que me preguntas es verdad.</p>
<p>Entonces no tenemos nada más que hablar dijo Paula con un tono de amargura, aguantando el llanto antes de colgarle.</p>
<p>Matías volvió a llamarla por teléfono esa misma noche, pero ella no lo cogió. Tampoco al día siguiente, ni al otro. Después él dejó de llamar y, al cabo de una semana, Paula borró el número del móvil. Como si con ese gesto pudiera apartarlo definitivamente de su vida.</p>
<p>Pero las cosas no le estaban resultando fáciles. Se sentía profundamente herida, engañada, desamparada. Se sentía una víctima de la situación, y esa sensación de cordero sacrificado era lo que más le molestaba.</p>
<p>Bebió un largo sorbo de la cerveza, que comenzaba a calentarse por el efecto del sol, y sonri al recordar la fecha de la boda de Matías: el 28 de diciembre, no te jode. reflexionó para sus adentros.</p>
<p>Le dieron ganas de ponerse a llorar, pero se aguantó. Ya había derramado demasiadas lágrimas por una situación que no tenía remedio. Aún así, no pudo dejar de pensar que Matías se casaba el día de los inocentes. Y así es como ella se sentía, como una pobre inocente degollada por unas circunstancias que en ningún momento había buscado ni propiciado. A su mente le vino una imagen en la que Matías, como si fuera el mismísimo rey Herodes, la cogía a ella del cuello y… zas, la degollaba.</p>
<p>La vivacidad de esta imagen mental la desconcertó: ¡Jesús! murmuró entre dientes qué cosa más desagradable.</p>
<p>De pronto, y sin poder evitarlo, se echó a reír porque la película que veía proyectada en su mente, más que dramática, le pareció cómica. Matías vestía de emperador romano con toga y sandalias. Y llevaba una corona de laurel, ladeada sobre la cabeza. Pero, y ella…</p>
<p>La sonrisa se transformó en carcajada al recrear la imagen. La cabeza y la cara eran suyas, sin lugar a dudas, tal y como se veía en la actualidad. Pero esa cabeza destacaba por su desproporción al verse sobre los hombros en un cuerpo desnudo de bebé. ¡Dios santo! exclamó en voz alta, sonriendo qué disparate.</p>
<p>Nada más pronunciar estas palabras, miró a un lado y a otro para comprobar si alguien, de los que estaban alrededor, la habían escuchado. Cada uno parecía estar en lo suyo.</p>
<p>Sólo vio que el camarero, que servía otras mesas cercanas, la miraba con cara de asombro.</p>
<p>Sin poder contener la risa, Paula le hizo un gesto con la mano, al tiempo que pedía en voz alta: ¡Me trae la cuenta, por favor!</p>
<p>Paula abandonó el bar y se encaminó hacía su casa. Comprobó que la ridícula imagen que había visto en su mente, le había cambiado el humor. No le había venido mal ver a Matías, con sus ridículas sandalias atadas a sus piernas peludas. Pero lo más refrescante había sido reírse de sí misma, y de la situación.</p>
<p>Sobre todo de la situación. Una parte de ella quería seguir haciéndose la víctima. Pero otra, no estaba por la labor y se mofaba de su intento por seguir considerándose inocente.</p>
<p>Una frase reson en su interior: No hay nadie inocente. Todos somos responsables de nuestra vida, y atraemos a ella, aunque de manera inconsciente, las personas y las circunstancias que necesitamos porque nos ayudan a evolucionar.</p>
<p>La frase, saliera de donde saliera, le gust. Aunque da un poco de miedo pensó porque, según esta teoría no le puedes echar las culpas a nadie de las desgracias que te ocurran. S lo tú eres responsable de tu vida.</p>
<p>Le pareció estar escuchando la voz de Sara Bermúdez. O, al menos, la voz que ella creía que debía de tener la escritora. Se paró en seco y se dio cuenta de que, en los últimos días, desde que había roto con Matías, muchas veces había hablado con ella misma para sus adentros, pero en realidad era como si mantuviera una conversación con Sara. Y lo más curioso es que ésta, a pesar de que estaba muerta, le contestaba. O eso le parecía a ella. ¡¡Será posible!! exclamó, muy afectada ¿me estaré volviendo loca?</p>
<p>Esa palabra, loca son como un eco en su interior y provoc que, al llegar a su casa, cogiera el manuscrito de Sara, titulado El camino de los locos. Reley algunos párrafos y se lamentó, una vez más, de que las últimas páginas estuvieran cortadas con unas tijeras.</p>
<p>Se había quedado sin saber qué experiencias había vivido Sara, en el Camino de Santiago a Fisterra. Recordó lo extraño que había sido encontrar aquel manuscrito enterrado en su jardín. De pronto, siguiendo un impulso, se encaminó con decisión a casa de Jano.</p>
<p>Aunque el corazón le latía tanto en el pecho, que parecía que se le iba a salir, Paula venció el miedo que le daba llamar a aquella puerta, y pulsó el timbre. Nadie respondió.</p>
<p>Ella estaba segura, sin embargo, de que su vecino se encontraba dentro.</p>
<p>Pegó el oído a la puerta, y escuchó música. Pero nada, nadie le abría. Esta vez sin contemplaciones, y sabiendo que Jano estaba en su casa, aporreó la puerta con fuerza.</p>
<p>Como respuesta, la música que se escuchaba adentro subió el volumen, pero nadie le abrió.</p>
<p>Un tanto irritada se volvió a su casa. Al llegar a su verja, giró la cabeza bruscamente y le pareció que se movían los visillos de una de las ventanas de la casa de Jano. ¡Será imbécil! dijo en voz alta ya me pedirá algún día algo y yo pondré la música a toda pastilla y me haré la loca.</p>
<p>Loca pensó otra vez la palabreja. Así voy a terminar yo Entró a su casa y miró el reloj. Faltaban quince minutos para que pasara por Rossal el autobús que iba a San Roque. Pensaba cogerlo, porque tenía muchas cosas que comprar.</p>
<p>Acababa de decidir que se iba a hacer el Camino desde Santiago hasta Fisterra. Iba a comprarse todo lo necesario: unas buenas botas, mochila, un bastón, pantalones c modos, un chubasquero… ¡Ah, que no se me olvide! dijo mientras se cambiaba las zapatillas de deporte por unos zapatos y metía dinero en el bolso también me compraré un Tarot. Tengo ya ganas de echarle la vista encima a ese arcano que se llama El Loco.</p>
<p>Días después, Paula contemplaba la mole de piedra de la catedral de Santiago, en su fachada oeste, parada en el centro de la Plaza del Obradoiro. Justo donde se encontraba una concha dorada en el suelo, y una marca indicando el kilómetro cero.</p>
<p>Acababa de amanecer y se disponía a iniciar el camino que la llevaría de Santiago a Fisterra, recorriendo a pie casi cien kilómetros en tres días. Había llegado hasta allí en autobús la tarde anterior, y había pasado la noche en un hostal cercano a la Plaza del Obradoiro.</p>
<p>Apenas si había dormido, nerviosa, pensando en la aventura que iba a emprender.</p>
<p>Durante toda la noche había escuchado las campanas de la Catedral dando las horas, mientras ella contaba los minutos que faltaban para el amanecer.</p>
<p>Después de echar un último vistazo a la imponente Catedral, Paula se giró y empezó a bajar por la Rua das Hortas. Al pasar por la iglesia de San Fructuoso, hizo un gesto de saludo con la cabeza, casi imperceptible, a las cuatro figuras que había sobre el tejado.</p>
<p>Las que representaban a las virtudes Cardinales: Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. O a los cuatro palos de la baraja del Tarot. En un bolsillo de su mochila, Paula llevaba, para que la acompañase en el Camino, la carta que representaba el arcano del Loco.</p>
<p>Al principio siguió sin dificultad las flechas amarillas que le indicaban la ruta, pero antes de salir de Santiago se perdió y tuvo que volver sobre sus pasos para regresar al camino correcto. Este incidente le enseñó que no se podía despistar, que debía ir atenta para no equivocarse.</p>
<p>El primer albergue del Camino, donde Paula pasaría la noche, era el de Negreira, situado a unos 25 kilómetros de Santiago. Según había leído en la guía que llevaba, ésta era una villa de origen medieval, aludida por Ernest Hemingway en su famosa novela Por quien doblan las campanas.</p>
<p>Paula llegó al albergue pasadas las cinco de la tarde, a punto de pedir los santos óleos.</p>
<p>Iba tan cansada, que apenas si cruzó palabra con los escasos peregrinos que se encontraban allí. Lo único que quería era darse una ducha caliente, comer algo y descansar.</p>
<p>Y eso fue lo que hizo. No le habían salido rozaduras ni ampollas en los pies, pero no recordaba haber estado tan cansada en toda su vida. La noche la pasó en la parte baja de una litera, metida en su saco de dormir, sin apenas pegar ojo. Los ronquidos de algunos peregrinos y su estado de excitación, le impidieron conciliar bien el sueño.</p>
<p>Fue de las primeras en levantarse y en ponerse nuevamente en la ruta, al día siguiente, hacia el albergue de un lugar llamado Olveiroa, que estaba a casi 35 kilómetros de Negreira.</p>
<p>Al salir estaba nublado y caía una lluvia fina y molesta para caminar. Se puso el chubasquero pero, al cabo de una hora, tuvo que quitárselo porque, como la prenda no dejaba transpirar, llevaba la camiseta empapada de sudor, con el agravante de que el día estaba bastante fresco.</p>
<p>Durante toda la ruta no se encontró con ningún peregrino. Paró en un bar junto a una carretera para tomarse un bocadillo de tortilla y una cerveza. Después de descansar un poco y tomar café, se puso de nuevo en marcha.</p>
<p>Si el día anterior la caminata le había resultado muy dura, esa tarde creyó morir. Parecía que nunca iba a llegar a Olveiroa y una y mil veces se preguntó qué estaba haciendo allí, y por qué había abandonado la comodidad de su casa para emprender aquel camino.</p>
<p>Pasaban las cinco de la tarde cuando descansó junto a un extraño cementerio que había al borde de una carretera. Estaba tan agotada, que pensó quedarse a pasar la noche allí, aunque fuera al aire libre. Pero si las estatuas de ángeles ya resultaban inquietantes a la luz del día, no quiso ni pensar cómo resultarían por la noche.</p>
<p>Por eso, bebió agua, llenó la cantimplora en una fuente que había junto al cementerio, y siguió su camino. Media hora después, no podía más. Le dolía todo el cuerpo y, era tal su desesperación, que se paró y empezó a reírse de forma histérica. ¡¡Dios mío!! dijo en voz alta ¿me estaré volviendo loca?</p>
<p>El sonido de su propia voz y la imagen del arcano del Loco, que llevaba en la mochila, provocaron en ella más hilaridad. Entonces ocurrió algo extraordinario. Paula se sintió partida, desdoblada y, como si se tratase de otra persona, se vio a sí misma llorando de risa, sin poderse contener.</p>
<p>Instantes después, se apoderó de ella un extraño estado de ánimo. Sin parar de reír, satisfecha y feliz, alzó los brazos hacia el cielo y empezó a girar. En aquellos momentos, todo le daba igual.</p>
<p>Pensó que le daba lo mismo vivir que caer muerta en aquel lugar. La existencia era grandiosa, intensa, misteriosa y apasionante. Ocurriera lo que ocurriera, era un privilegio sentirse viva en este maravilloso mundo.</p>
<p>La extraña sensación de plenitud duró sólo unos instantes. O quizás una eternidad. El tiempo no contaba en aquellos momentos, se había detenido, pero el profundo sentimiento de euforia y paz que Paula había experimentado, le daría fuerzas para llegar a Olveiroa.</p>
<p>Una vez en el albergue, se duchó y se arrastró como pudo a tomar un cola cao caliente y una magdalena en un bar cercano. Después, a pesar de que no eran más de las 8 de la tarde, se acostó en la litera, se metió en su saco y se quedó dormida casi al instante. No se despertó hasta doce horas después.</p>
<p>Con ánimo vitalista emprendió la última jornada del Camino, para recorrer los más de 30 kilómetros que la separaban de Fisterra. Cuando salió estaba nublado, pero después el sol se dejó caer a plomo, a pesar de que era el mes de noviembre.</p>
<p>Hacia mitad del Camino, al pasar por un lugar llamado Hospital, la ruta se bifurcaba para ir a Fisterra, o a Muxía. Ella siguió las flechas amarillas que la conducían hacia su destino: el fin de la tierra.</p>
<p>Al cabo de unos pocos kilómetros, se quedó paralizada y, emocionada, empezó a llorar.</p>
<p>A la vuelta de un recodo, en el alto de O Cruceiro da Armada, divisó el mar. Eufórica, supo, sin lugar a dudas, que allí estaba su origen como ser vivo en esta tierra.</p>
<p>Con fuerzas renovadas, bajó hasta la localidad de Cee y allí, en un bar frente al mar, engulló un inmenso bocadillo de tortilla recién hecha, bebió una cerveza que le supo a gloria, y después del café continuó en dirección a Corcubión, pasando por un bonito paseo marítimo.</p>
<p>Desde allí hasta Fisterra, se le hizo muy cuesta arriba. El cansancio podía con ella cada vez que adelantaba un paso. Al llegar a un bosque, bajó por unas escaleras que la conducirían a una playa: la de Langostera. Fisterra estaba ya a un tiro de piedra.</p>
<p>Cuando Paula llegó la playa estaba desierta. Sólo a lo lejos se divisaban algunas personas, paseando junto al mar. Aquel hermoso paisaje y la cercanía de su destino, la hicieron detenerse.</p>
<p>Se quitó la mochila y se sentó en la arena a descansar un rato y a contemplar el mar. El día continuaba soleado. Después de un rato se dispuso a marcharse, pero algo la retenía en aquella playa. Sintió unas ganas inmensas de bañarse, de sumergirse en aquellas aguas limpias.</p>
<p>Dudó unos instantes, después pensó que, si no se bañaba, no se lo iba a perdonar nunca: ¡A la mierda los prejuicios! dijo en voz alta.</p>
<p>Con rapidez, se despojó de la ropa y se quedó sólo con un body, que le haría las veces de bañador. Pensó que se iba a trasparentar cuando se metiera en el agua, porque era de color blanco, pero eso no la detuvo. Nada podía detenerla.</p>
<p>Con resolución, salió corriendo y se metió en el agua. Estaba tan fría, que le cortaba la circulación; aún así siguió adelante, lanzando pequeños aullidos cada vez que se metía más adentro. Cuando el agua le llegaba casi por el cuello, empezó a nadar.</p>
<p>Dio unas cuantas brazadas, pero estaba tan congelada, que decidió salirse. Una vez en la orilla, cuando iba a vestirse de nuevo, un impulso la hizo volver al agua. Esta vez tenía intención de disfrutar el baño, a pesar del frío.</p>
<p>Y así fue. Estuvo nadando un buen rato, hasta que no sintió lo helada que se encontraba el agua. Hizo el muerto, se relaj, y se dej mecer por el vaiv n de las olas.</p>
<p>Pensó que su vida, a partir de esos momentos, sería como aquel baño, extraordinario y placentero, a pesar del frío. Decidió que se iba a sumergir en la existencia, sin miedo, con la seguridad y la confianza de que la vida la llevaría por los caminos más apropiados para ella. Con la certeza de que la sostendría. De la misma forma que el mar la sostenía flotando en esos momentos.</p>
<p>Se sintió muy emocionada, y con ganas de llorar. Nadó todavía un poco más, ya no sentía ningún frío, el agua estaba muy buena y no daban ganas de salirse. A pesar de todo, tenía que seguir su camino. Cuando salía, se dio cuenta de que se había dejado puesto el reloj, y de que éste se había parado. Sin pensarlo, se lo quitó y lo arrojó al mar, todo lo lejos que pudo.</p>
<p>A partir de estos momentos dijo en voz alta con cierta solemnidad comienza un nuevo tiempo para mí. Ese reloj, que me ha acompañado durante los últimos años, ya no me sirve, por eso se ha parado. Por eso debe quedarse aquí.</p>
<p>Paula salió del agua y, mientras se vestía, se dio cuenta de que un grupo de personas la miraban con curiosidad, y hacían comentarios entre ellos. Seguramente llevaban ya un rato observando cómo se bañaba. Pensó que, sin duda, su body se transparentaba al salir del agua.</p>
<p>Y qu más da? reflexionó no tengo nada que ocultar. Se volvi, hacia esas personas, sonrió, y los saludó con la mano. Nadie respondió a su saludo, y el grupo de mirones continuó su camino. Ella terminó de vestirse, se puso su mochila, cogió su bastón y siguió hacia el pueblo.</p>
<p>Desde la playa, un sendero de los que se hacen para que la gente camine, la condujo a Fisterra. Llegó enseguida. El baño la había revitalizado y caminó a muy buen ritmo.</p>
<p>Además, por dentro se sentía eufórica y muy contenta de haber emprendido esa ruta desde Santiago.</p>
<p>Al llegar al albergue, se duchó rápidamente, se cambió de ropa y se dispuso a subir hasta el faro, desde donde vería la puesta de sol. Afortunadamente el día estaba claro, no había una sola nube, y podría divisar sin problemas, cómo las aguas del Atlántico se tragaban al astro rey.</p>
<p>Salió del albergue llevando en la mano una de las camisetas que había llevado puesta durante el Camino, con la intención de quemarla al llegar al faro.</p>
<p>Le habían dicho que quemar una prenda era un acto simbólico que representaba la muerte de lo viejo y caduco, y el renacimiento a una nueva vida, algo muy significativo para ella.</p>
<p>Como símbolo de esa nueva vida, Paula llevaba una camiseta azul marino, que había comprado en el albergue de Fisterra, que tenía en el pecho una flecha amarilla. Una flecha similar a las muchas que había visto a lo largo de la ruta, indicándole el camino correcto para que no se perdiera. En esos momentos, todos esos símbolos enlazaban directamente con su existencia.</p>
<p>Al llegar al faro, quemó a duras penas la camiseta porque arriba se movía mucho viento, y las pequeñas llamas del mechero que había comprado, resultaban insuficientes para prender en la tela.</p>
<p>Después se sentó frente al horizonte, y se dispuso a ver la puesta de sol en silencio.</p>
<p>Otros peregrinos iban llegando también para contemplar el espectáculo. No hablaban entre ellos, cada uno estaba recogido en sí mismo, con sus propios pensamientos, esperando el sagrado momento.</p>
<p>Poco a poco el disco solar fue descendiendo hacia el mar, tiñendo de color anaranjado todo el horizonte. Paula sentía una gran emoción por dentro. Sólo por contemplar lo que estaba viendo, merecía la pena haber andado tantos kilómetros y haber penado tanto hasta llegar allí.</p>
<p>En unos instantes, la gran bola de fuego empezó a sumergirse en las aguas y, momentos después, desapareció. Sin saber por qué, a Paula se le saltaron las lágrimas. Se quedó allí, paralizada, sin poderse mover, disfrutando del momento, sabiendo en su interior que todo estaba bien.</p>
<p>Sintió que todo lo que existe en el universo responde a unas pautas establecidas. Que nada sucede al azar. Que el sol que ahora se había tragado el mar en el fin de la tierra, aparecería al amanecer en el otro extremo, para inundar la vida con su luz y su calor.</p>
<p>Un escalofrío recorría su espalda, cuando escuchó detrás de ella una voz que le decía:</p>
<p>Hola, Paula.</p>
<p>Sin darle tiempo a pensar que allí nadie la conocía, se giró y vio a una atractiva mujer que le sonreía. Se quedó extrañada por unos instantes, sin saber qué decir, como si la presencia de aquella mujer no encajara en ese lugar. Momentos después, supo con toda seguridad quien era ella, aunque la escena no tuviera ninguna lógica.</p>
<p>Sara? Eres Sara Bermúdez?… No estabas muerta? se atrevió a preguntar, mientras el vello se le erizaba.</p>
<p>Sí, soy Sara… y ya ves que no estoy muerta respondió riéndose.</p>
<p>Paula se levantó y se dejó abrazar por Sara. Quiso decir algo, pero no le salían las palabras. Pensó que aquello no podía ser verdad, que seguramente era una alucinación producida por la emoción del momento.</p>
<p>Como si estuviera al tanto de sus pensamientos, Sara le cogió las manos y se las apretó ligeramente, en un gesto cariñoso, antes de decir:</p>
<p>No intentes buscarle explicación lógica a todo, hay otras razones que están por encima de la razón que nosotros conocemos. Ven dijo llevándosela un poco más atrás quiero presentarte a alguien.</p>
<p>Paula se dejaba llevar como si estuviera sonámbula, pero su mente bullía sin parar.</p>
<p>Te presento a Daimon dijo Sara. ¡¡Jano!! gritó Paula sin poderse contener ¡¡Es Jano!! ¿no?</p>
<p>Hola, la saludó el hombre tendiéndole la mano, ya nos conocemos. Sí, para ti he sido Jano, pero también soy Daimon.</p>
<p>No… no entiendo nada dijo Paula sintiendo un ligero mareo.</p>
<p>Bueno, vamos a tomar algo caliente y te lo explicamos. Aquí empieza a hacer frío.</p>
<p>Los tres se subieron a un coche, que estaba en el aparcamiento del faro y que condujo Sara. Daimon se sentó a su lado, y Paula se situó en la parte de atrás. Al cabo de unos minutos llegaron a un restaurante que había junto al puerto, y eligieron una discreta mesa que había en un rincón.</p>
<p>Pidieron la consumición y, antes de que Paula abriera la boca, Sara empezó a hablar.</p>
<p>En primer lugar y, como verás, no estoy muerta, no soy ninguna aparición.</p>
<p>Pero tu hijo, que me vendió la casa, me dijo que habías muerto.</p>
<p>Rodrigo te lo dijo porque yo le pedí que lo hiciera.</p>
<p>Pero él me dijo que había heredado la casa insistió Paula.</p>
<p>Esa casa, en la que tú vives, siempre ha estado a su nombre. Cuando la compré, aunque era yo la que iba a vivir allí, la puse a nombre de Rodrigo. Es mi único hijo y fue un regalo que le hice. Después me trasladé a vivir a otro lugar, muy cerca de Rossal, por cierto, ya lo verás, y la casa se puso en venta. Daimon se instaló en la suya, después de que nos conociéramos en el Camino de Santiago, como ya habrás leído en el manuscrito. ¡¡Claro, el manuscrito!! Ya me resultaba un poco sospechoso que Jano, quiero decir Daimon, aclaró mientras éste se reía me hubiera indicado que excavase en el lugar exacto en el que lo encontré.</p>
<p>Las palabras de Paula fueron celebradas con risas por sus compañeros de mesa, como si hubiera contado un chiste. ¡Nosotros lo pusimos ahí para que tú lo encontraras! Yo lo escribí para ti. dijo Sara.</p>
<p>Y como eras bastante torpe aclaró Daimon tuve que decirte exactamente dónde debías cavar. Mientras lo hacías, ambos te observábamos desde mi casa. ¿Quéee? ¿Pero por qué? preguntó Paula incrédula, sin entender nada de nada.</p>
<p>Bueno, verás…Digamos que te echamos el ojo. Daimon te lo ech. ¿Cómo que me echasteis el ojo? preguntó Paula, mirándolos a ambos como si estuvieran mal de la cabeza.</p>
<p>No, no estamos locos dijo Sara, como si le leyera el pensamiento.</p>
<p>Aunque sigamos el camino de los locos continuó Daimon.</p>
<p>Estas palabras provocaron nuevas risas entre Sara y Daimon, que parecían dos chiquillos celebrando la ocurrencia. Paula, por su parte, no sabía qué pensar. Estaba reuniendo el valor suficiente para levantarse y huir de allí a toda prisa.</p>
<p>No, no te vayas dijo Sara intentando poner un gesto de sobriedad ya te lo explicamos, pero debes tener una mente abierta para comprenderlo.</p>
<p>Soy toda oídos dijo Paula en actitud receptiva, sin estar segura de querer escuchar.</p>
<p>Daimon también se puso serio e hizo un gesto con la cabeza como para dar permiso a las explicaciones de Sara. Esta pidió a Paula que no la interrumpiera.</p>
<p>Cuando digo que Daimon te vio, me estoy refiriendo a que vio la energía que rodea tu cuerpo y supo que debíamos enseñarte el camino de los locos.</p>
<p>Paula iba a abrir la boca, pero Sara le hizo un gesto con la mano para que no lo hiciera.</p>
<p>Daimon y yo hemos abandonado el mundo de apariencias que normalmente confundimos con la auténtica vida. Vivimos en el mundo, claro, comemos y tenemos las mismas necesidades materiales que los demás, pero dedicamos toda nuestra energía y nuestra existencia a facilitar que otros inicien el mismo camino espiritual que nosotros recorremos. ¿Sois una especie de maestros espirituales o algo así? preguntó Paula sin poder contenerse.</p>
<p>No somos maestros, porque en este sendero tú eres tu propio maestro. Simplemente somos personas que estamos en el mismo camino y contactamos con otros que quieran iniciarse en él. Les mandamos señales. ¿Cómo las flechas amarillas del Camino de Santiago? quiso saber Paula.</p>
<p>Sí, eso es, como las flechas amarillas aprobó Sara la imagen, señalando a la camiseta de Paula. Daimon fue mi flecha, y lo sigue siendo. Ahora yo seré tu flecha añadió mirando fijamente y con dulzura a Paula y algún día tú también serás flecha para alguien… Esto es así concluyó a modo de explicación. ¿Y por qué yo? preguntó Paula con gesto de preocupación.</p>
<p>La pregunta provocó nuevamente las risas de Sara y Daimon.</p>
<p>No nos reímos de ti se apresuró a aclarar Sara. Nos reímos porque todos nos hacemos siempre la misma pregunta. ¿Por qué tú? Porque ese es un camino que todos, absolutamente todos, recorreremos antes o después. Quizás por distintos senderos, que son múltiples y variados, según la personalidad y la naturaleza de cada cual… En realidad, la pregunta es incorrecta. No es ¿por qué yo?, sino ¿por qué ahora? ¿Y por qué ahora? preguntó Paula.</p>
<p>Porque ahora, y no antes, es cuando estás preparada para recibir la enseñanza. Así de simple. Es ahora porque cuando uno está preparado, cuando su personalidad ha vivido y superado numerosas pruebas, es cuando aparecen en su vida las personas y circunstancias idóneas para reconducir su existencia por los caminos de la espiritualidad. ¿Lo entiendes?</p>
<p>Más o menos dijo Paula, sin entender demasiado.</p>
<p>Daimon la miró fijamente, con esos ojos que tanto habían asustado a Paula en otras ocasiones. Sin embargo, en esos momentos no sintió miedo, sino una gran tranquilidad.</p>
<p>Como si estuviera hipnotizada, se abandonó a la profundidad de aquella mirada y una vívida imagen acudió a su mente. Era la imagen de ella misma unas horas atrás, flotando en el mar, abandonada a la existencia, con la seguridad interna de que ésta la mantendría en la superficie y le indicaría el camino que debía tomar. Su camino: ¿El camino de los locos?</p>
<p>Este no es un camino fácil dijo Sara pero no tengas ninguna duda de que es el tuyo. Si no, nosotros no estaríamos aquí, no te habríamos encontrado. Y no es un camino fácil porque aquí no hay maestros, ni guías, ni gurús. Es el camino solitario que recorre El Loco del Tarot.</p>
<p>Paula sintió una corriente eléctrica que empezaba en la coronilla y recorría su espalda a través de la columna vertebral. Con gran emoción, sacó del bolsillo de su pantalón la carta de El Loco, y la puso encima de la mesa. Sara y Daimon se miraron, y asintieron con la cabeza. Sara continuó:</p>
<p>Este es el Camino del eterno peregrino, el que no encuentra acomodo en ningún sitio.</p>
<p>Somos los críticos de la sociedad, nuestro sino consiste en poner en entredicho todo lo establecido, pero no con la intención de cambiarlo, sino porque ese es nuestro destino.</p>
<p>Sabemos que no hay nada que cambiar, que todo ocurre por alguna razón, que todo está bien y responde a un Plan Superior. No nos importa el poder sobre los demás continuó Nuestro camino está en el lugar donde nos encontramos en cada momento, en el eterno presente, y eso cambia a cada instante. En este camino, admitir la propia ignorancia es la mayor sabiduría a la que se puede aspirar y ésta, precisamente, es la condición esencial de todo aprendizaje. Este, Paula, es el Camino sin camino, sin mapas ni guías que nos muestren el recorrido. A excepción de nuestro guía interior y de esa gran maestra que es la vida.</p>
<p>Paula no entendía muy bien todo lo que Sara le decía. Aquello, lo que estaba viviendo, le parecía una locura, pero algo en su interior conectaba con las palabras de aquella mujer.</p>
<p>Con lágrimas en los ojos y una tremenda emoción que le aplastaba el pecho, Paula supo que aquel encuentro sólo era el principio de una nueva etapa en su vida. Algo que la cambiaría por completo.</p>
<p>Supo con toda certeza que Sara sería la flecha amarilla que la ayudaría a recorrer el camino de los locos y que ambas compartirían muchas conversaciones y muchas experiencias.</p>
<p>Se sintió una persona muy afortunada, agradecida a la vida por haber conocido a aquel par de locos, y experiment una gran paz interior, como nunca antes la había sentido.</p>
<p>Sara cesó de hablar, sabía que Paula no la estaba escuchando, y quería dejarle saborear la emoción de aquel momento tan importante y tan trascendental para ella.</p>
<p>Permaneció en silencio unos momentos y sonrió a Daimon, que también estaba emocionado. Después, Sara cogió la mano de Paula y, con firmeza, pero con gran dulzura en la voz, le anunció:</p>
<p>Tenemos mucho camino por delante.</p>
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<p>Ediciones Que Vayan Ellos Albacete, 2006</p>
<p><a type="note" l:href="#http://www.rosavillada.es">www.rosavillada.es</a></p>
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<subtitle>02/04/2010</subtitle>
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